El sosiego acantilado

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Categoría: McQUEEN

MEMORIAS DE UN PORTERO MARXISTA: LA MOSCA

La asamblea ha terminado, hermanas; diseminaos y cumplid con vuestro deber de ahuyentar la paz de entre los seres y de ensuciarlo todo.

El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez; Austral, 1996; pg. 153.

“Una mosca juega el eterno y tonto juego de las moscas y los cristales; lleva ya varias horas. Supongo que morirá, de hambre y agotamiento. El sentido del tacto tiene que ser algo insignificante para las moscas; por mucho que sientan la oposición física del cristal, la percepción de la transparencia gana a cualquier otra sensación. He ahí el materialismo palurdo de las moscas: si el mirar no mira nada, entonces es que no hay nada (materialismo ocular). […] La mosca, tras más de 7 horas empotrándose contra el cristal, dejó de intentar ir hacia el norte y voló hacia el sur. No sé cómo fue exactamente que tomó la decisión; la tomó y nada más. Da que pensar. ¿Hay un límite temporal para la gilipollez de las moscas? No se les puede negar una increíble constancia. Para las moscas resulta tan ilógica la idea de un sólido transparente que, simplemente, no la pueden pensar. Cando topan con un cristal, tan sólo la suerte puede salvarlas.”

Escrito en mi diario el 19 de agosto de 2002 (traducido del gallego original); ese mismo día, terminé de leer el primer volumen de La Revolución Bolchevique (1917-1923), de E. H. Carr.

Fotograma de la película 'Hunger', de Steve McQueen (2008)

Fotograma de la película ‘Hunger’, de Steve McQueen (2008)

CABALLEROS DEL SUR

-No puede casarse con ella, Henry.

Ahora es Henry quien toma la palabra.

-Eso ya lo has dicho antes. Ya te lo dije entonces. Y ahora, ahora ya no puede quedar mucho tiempo, y entonces no nos quedará nada: ni honor ni orgullo ni Dios, puesto que Dios nos abandonó, sólo que a Dios no se le ha ocurrido que sea conveniente notificárnoslo; ni calzado ni ropa nos queda, ni necesidad de ello; no sólo no hay tierra y no hay manera de hacer la comida, sino que tampoco hay necesidad de comida, y si no se tiene a Dios, si no se tiene honor ni orgullo, nada importa, salvo que ahí está aún la carne avejentada e insensata a la que no le importa si fue derrota o fue victoria, porque no ha de morir, porque se esconderá por los bosques y los campos, arrancando hierbajos y raíces… Sí, lo he decidido. Hermano o no, lo he decidido. Lo voy a permitir. Lo voy a permitir.

-No debe casarse con ella, Henry.

-Sí. Dije que sí al principio, pero entonces no estaba decidido. No se lo permití. Pero ahora he tenido cuatro años para decidirlo. Lo voy a permitir. Lo haré.

-Es preciso que no se case con ella, Henry. El padre de su madre me dijo que su madre era una mujer española. Le creí. Hasta que nació él no descubrí que su madre tenía en parte sangre de negra.

¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner; Verticales, 2011; pgs. 446-447.

EUPHEUS

“Un día, al final de una semana, regresó a su casa y, cuando llegó el lunes, no volvió a marcharse. A partir de aquel día se le veía diariamente por el centro de la ciudad, en la plaza, sombrío y mugriento, con la mirada llena de aquella expresión furiosa, hostil, que la gente tomaba por locura: aquel aire de violencia desvanecida, semejante a un perfume, a un olor; aquel fanatismo parecido a una brasa que se apaga poco a poco, una especie de evangelismo de dos caras, con una cuarta parte de ferviente convicción y tres cuartas partes de intrepidez física. Así que nadie se sorprendió cuando se supo que recorría el condado, generalmente a pie, para predicar en las iglesias negras. Ni siquiera se asombró nadie cuando, un año después, se conoció el tema de sus sermones. Porque aquel blanco que, para subsistir, dependía casi exclusivamente de la generosidad, de la caridad de los negros, iba solo hasta las iglesias negras más apartadas. Y allí, interrumpiendo el oficio para subir al púlpito, predicaba a los negros, con su voz ronca, muerta. algunas veces con grandes obscenidades, la humildad ante todas las pieles más claras que las de ellos. Inconscientemente paradójico en su fanatismo, les predicaba la superioridad de la raza blanca, presentándose él mismo como el mejor ejemplo. Los negros le creían loco. Pensaban que la mano de Dios le había tocado o que quizás era él quien había tocado a Dios. Lo más probable es que no escuchasen o que no pudiesen comprender lo que el hombrecillo decía. Tal vez le tomaban por el mismo Dios, puesto que, para ellos, Dios era también un hombre blanco cuyos caminos eran siempre un tanto impenetrables.”

Luz de agosto, de William Faulkner; Alfaguara, 2012; pgs. 302-303.

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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