El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: MAURIAC

LA RAZA DE JANINE

Suena el despertador. Abre los ojos. Apenas hay luz.

Apaga el despertador. Un ligero mareo al sentarse. Mira hacia el otro lado de la cama, vacío. El perrito pide atención desde el suelo. Ella le mira, con sonrisa cansada.

Coge el móvil y se acerca al baño. Enciende el móvil mientras orina. El perrito, sentado, observa los dedos que se mueven sobre la pantalla.

Ella llora. El perrito da vueltas sobre sí mismo, nervioso.

En la cocina, descubre que aún queda pizza de la noche anterior. La tira a la basura. Se queda mirando los trozos de pizza que acaba de tirar. Llora otra vez, sin dejar de mirar la basura.

Sin desayunar, coge la correa; el perrito es incapaz de dejar de dar vueltas. Se le escapa algún ladrido.

El perrito mea y ella fuma. El perrito caga y ella fuma. El perrito da vueltas contento y ella se agacha para recoger sus excrementos en una bolsita de plástico. Al sentir el calor de la mierda en sus manos, llora.

Se seca las lágrimas, al notar la presencia de otro dueño de perro.

Se fija en el perro. Parece un galgo, pero hay algo raro en él. Apenas parece moverse. Se mueve como a empujones. Entonces se da cuenta de que le falta una de las patas delanteras. La izquierda. El galgo olisquea en el suelo y gira el cuello para mirar a su dueño. Ella también le mira.

El perrito hace amago de querer acercarse al galgo. Ella decide volver a casa.

Vuelve a mirar el móvil dentro del vagón de metro. Un hombre de unos setenta años le mira los pechos. Un adolescente también le mira los pechos. Una mujer de unos veinte años también le mira los pechos. Un par de jóvenes trajeados, de pie a su lado, se acomodan para poder analizar todo su cuerpo e intercambian comentarios en voz baja sin dejar de mirarla. Nadie le mira a los ojos. Ella se baja del vagón aguantando las ganas de llorar.

Sentada en su mesa, ordenador encendido, mirada perdida. Vuelve a buscar algo en su móvil que no encuentra. Deja el móvil y devuelve la mirada a ningún sitio.

Una mujer pasa por delante de su mesa.

-¿Vienes a desayunar? -pregunta.

Coge el bolso y la sigue sin contestar.

-¿Viste ayer a Joaquín? -pregunta, mientras se acerca el café a los labios.

Ella afirma con un leve movimiento de cabeza y da otra calada al cigarro.

-¿Qué tal? -vuelve a preguntar, tímidamente.

Ella hace un gesto vago.

-Follamos como locos -acaba respondiendo.

* * *

El galgo de tres patas daba saltitos por el descampado. Su dueño le seguía con pasos tranquilos, abstraído. El perrito se acercó al galgo, moviendo el rabo alegremente. Ella se dejó llevar por el impulso de su mascota.

-¿Qué le ocurrió? -pregunta ella, mientras se agacha a acariciar al perro.

-Creo que lo atropelló un coche -responde el dueño-. Lo encontré al borde de la carretera, sangrando. No sabía qué hacer, así que lo cargué en brazos, y fui preguntando por un veterinario, hasta que alguien me supo indicar. Le salvaron la vida, pero hubo que amputar la pata dañada.

-Y decidió quedárselo -añade ella-. ¿Le gustan los perros?

-No.

-¿Por qué se lo quedó, entonces? -preguntó, sin dejar de acariciar al perro, que se dejaba hacer, con los ojos cerrados.

-No sé -dijo el hombre-. Por ninguna razón en particular. Porque yo me lo encontré.

-Pues hizo muy bien -dice ella, levantándose-. Seguro que ahora le hace mucha compañía.

El hombre miró al galgo, que le devolvió la mirada.

-La verdad es que sí -confirmó, tras un momento de silencio-. A usted sí le gustan los perros.

Ella miró a su perrito, que corría contento alrededor del galgo.

-No me disgustan -dijo ella-. Me molesta más la soledad.

Se escuchó el paso de un coche por la carretera cercana. El sol se ocultaba en el horizonte. Ella se agachó de nuevo y volvió a acariciar al galgo. El perro le lamió la cara con timidez. Ella sonrió. También lo hizo el dueño del galgo.

* * *

Vigila el descampado desde su terraza, empalmando cigarrillos. Lista para salir a la calle: la correa del perrito y las llaves de casa al lado del cenicero. Cuando ve aparecer al galgo, sale apurada hacia la puerta. Al salir a la calle, aminora el paso; el perrito sigue corriendo hacia el galgo.

El hombre le saluda con una sonrisa. Y ella vuelve a hablar, donde lo dejaron la última vez.

-Creo que… soy… la mujer perfecta para él…

Una ligera brisa cruzó el descampado.

-Pero él no parece darse cuenta… -siguió, con voz temblorosa.

El hombre la miró como el que mira la ventana de una casa donde vivió tiempo atrás.

-Pertenece usted, por lo que veo, a la raza de Janine…

-¿Se burla de mí? -dijo ella, amagando tono de enfado.

-Para nada -se defendió-. Creo que es trágico.

-¿Quién es Janine?

-Un personaje literario, de François Mauriac -el hombre hizo gesto de esforzarse en recordar- …esas mujeres que tienen la enfermedad de la esperanza, que no se curan de esperar, esas que, después de veinte años, siguen mirando la puerta con ojos de perro fiel

Ella miró al galgo, que le aguantó la mirada sin ningún gesto.

-Yo creo que… la fidelidad es una virtud… -balbuceó ella.

-Yo también. Más aún la esperanza. Pero el escritor está hablando de su aspecto doloroso -la mirada del hombre se vació en el descampado-. Trágico.

-¿Ha conocido usted a muchas… Janine?

-Pues sí, la verdad… -dijo, como si se sorprendiera de su respuesta.

El perrito se empeñaba en arrastrar un palo mucho más grande que él.

-Yo sólo quiero que me amen como yo amo… -dijo ella, casi susurrando.

El hombre miró al horizonte. El galgo se acercó a ella dando saltitos y lamió una de sus manos.

Tres patas

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