El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: MARTÍNEZ MESANZA

¿DE QUÉ ESTÁ HECHA LA POESÍA?

“¿De qué está hecha la poesía que se puede leer? De obsesiones, sin duda. Y de pasión. Si no se cree con obstinada pasión en algo muy concreto o si no duele no creer en nada, no hay poesía. Si sólo se cree en vaguedades, como la belleza ideal, la Humanidad (con mayúscula y sin rostro) o la bondad de la naturaleza, no hay poesía. Menos aún, si se manejan con maniqueísmo esas abstracciones. ¿De qué está hecha? De inconsecuencia, sin duda. De fe y de pasión traicionadas. De conciencia de la propia traición. No vale estar satisfechos. Creer y estar satisfechos de creer: eso no sirve, porque ahí no hay obstinación ni pasión, sino un estado amorfo del alma, sin historia, sin sangre, sin sacrificio. Y lo que menos sirve es que la Poesía (así, abstracta y también con mayúscula) obsesione más que cualquier otra cosa. La obstinada pasión por la Poesía está detrás de toda la poesía que no se puede leer.”

La calle de la reina Ester, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2017; pg. 21.

“Testing the Water”, de Kim Kogan (2009)

INQUE MEUM SEMPER STENT TUA REGNA CAPUT

“Los amantes viven sin sentido. El amor es un vicio y, como vicio, no ama a quien puede librarle de su enfermedad. Aunque ella, si alguna vez estuvo enferma, ya se ha curado. Él, no. ¿Qué es ella para él? Su casa, la poderosa hermosura y las palabras que mienten. ¿Y él para ella? Creo que ni él mismo lo sabe. Ella ha nacido sólo para que él se duela y pase las noches en blanco. ¿Por qué la quiere sin adornos? ¿Por qué dice que la pura forma se basta a sí misma? Seguramente, no porque así la vea más hermosa, sino para que otros hombres no se fijen en ella. Pero resulta un empeño imposible: quien la ve, sólo con verla, peca; para no desearla, tendrían que estar ciegos. Recela hasta de lo que nada es, hasta de su misma sombra. Los celos son insoportables. Es capaz de irrumpir en casa de ella al alba y de buscar señales en el lecho para ver si no ha dormido sola. El amor tiene efectos (metafísicamente) devastadores: el amante ve en sí mismo la nada. Siente la imposibilidad de amar a otra, y de necesidad hace virtud: cuando se convence de que ella ya no le hace caso, obstinado, se propone servir a un largo amor; vivo, será de ella; muerto, lo seguirá siendo. Su fe última será la misma que su fe primera. Ésa será su gloria. La seguirá amando, incluso cuando, muerto ya, sus huesos ardan en la pira funeraria. A veces, cree sentirse libre o, al menos, con ánimo para buscar el olvido a través del estudio o poniendo entre él y ella el tiempo y la distancia, el paso de los años y el inmenso espacio de los mares. O le dice a ella, diciéndoselo a sí mismo, que no era tan hermosa, que fue él quien, con sus versos, le dio la hermosura. O se complace imaginándosela vieja, con los senos caídos y con las arrugas desfigurándole el rostro. Pero es otro empeño imposible. Los reinos de Cintia estarán siempre sobre su cabeza.”

La calle de la reina Ester, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2017; pgs. 43-44.
Como tantas otras, pieza cobrada por nuestro cazador predilecto, José Luis de la Cuesta (detective salvaje donde los haya).

UNA CONFERENCIA DE VICENTE GALLEGO

En su entrada de ayer, Ángel nos regalaba un enlace a una interesantísima conferencia del poeta Julio Martínez Mesanza. La cual pertenecía a un ciclo, organizado por la Fundación Juan March, en el que fueron tomando parte varias docenas de poetas.

Curioseando, he podido encontrar una conferencia dada por Vicente Gallego. Teniendo en cuenta que su poema Compromiso es la tercera entrada más visitada de este blog, he pensado que quizá fuera de vuestro interés tener acceso a los pensamientos del autor sobre lo que la poesía pueda ser.

Yo conocí a Vicente Gallego, como tantas otras cosas buenas de las que he llegado a ser conocedor, gracias a Santiago Gerchunoff, que me regaló su bellísimo poemario Santa deriva hace ya muchos años.

La conferencia se titula Sobre el arte de hurtarse y su tesis principal la comparto completamente.

Y me resulta curioso que dicha tesis me haga pensar inmediatamente en el concepto de verdad desarrollado por Gustavo Bueno en su Teoría del Cierre Categorial, en la que el punto culminante (la verdad de un enunciado científico) se alcanza cuando la actuación del sujeto gnoseológico (resumiendo: el ser humano) se vuelve irrelevante para su validez.

Realmente, encuentro no poca poesía en el hecho de que la verdad, en todo ámbito, necesite de cierta sacrificial evanescencia del individuo que la hizo posible.

No creo que sea casualidad. Más bien, creo que es la clave de todo.

CAJAMARCA

Aquí la reflexión no tiene peso,
castra el valor y ensucia los designios.
Es oro el grito que atacar ordena
y luz la orden segura que no vuelve.

Poema incluido en la antología Soy en mayo, de Julio Martínez Mesanza; Renacimiento, 2007; pg. 49.

“Esa noche Pizarro mantuvo una reunión con el inca, ya que trajo a Atahualpa a que cenara con él. El banquete fue servido en una de las salas que daban a la gran plaza que unas horas antes había sido el escenario de la matanza y el suelo todavía estaba cubierto con los cuerpos de los súbditos del inca. Se situó al monarca cautivo junto a su conquistador. Parecía no haber comprendido completamente el alcance de su calamidad. Si lo hacía, mostraba una sorprendente fortaleza. Es la fortuna de la guerra, dijo, y si podemos dar crédito a los españoles, expresó su admiración por la habilidad con que habían conseguido atraparlo entre sus propias tropas. Añadió que sabía de los avances del hombre blanco desde el momento de su desembarco, pero que lo insignificante de su número le había llevado a infravalorar su fuerza. No tenía duda de que le sería muy fácil dominarles a su llegada a Cajamarca con su fuerza superior y, como deseaba ver por sí mismo qué tipo de hombres eran, les había permitido atravesar las montañas con la intención de tomar a los que eligiera para su propio servicio, apoderarse de sus maravillosas armas y caballos y matar al resto.”

Historia de la conquista de Perú, de William H. Prescott; Antonio Machado Libros, 2006; pg. 194.

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