El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: MARILYN MANSON

SEIS DÍAS

-¿Estás completamente seguro? -preguntó la Primera Magistrada con gesto ligeramente sorprendido.

El hombre del sombrero asintió con la cabeza.

-No sabía que el Principal de Masalia Nova estaba tan preocupado por la Casa de Penn Ar Bed -dijo la mujer sentada a la derecha de la Primera Magistrada-. ¿Qué tipo de alianza pueden tener? ¿Comercial? ¿Militar?

-Al Principal de Masalia Nova no le importa lo más mínimo lo que le pueda ocurrir a la Casa de Penn Ar Bed -dijo la Primera Magistrada-. Somos nosotros los que le preocupamos.

-Guerra en dos frentes es tensar demasiado la cuerda -comentó el hombre sentado a la izquierda de la Primera Magistrada-. Quizá debamos postergar la invasión de Penn Ar Bed.

Todas las miradas convergieron en la Primera Magistrada.

-No -sentenció-. Invadiremos Penn Ar Bed en cuanto Auguste cumpla su amenaza. Y no le quedará más remedio que hacerlo, porque no pienso entregarle a ninguno de los participantes en la matanza de San Miguel; entre otras cosas, porque no tenemos ni idea de quién la llevó a cabo. Y porque no tenemos el más mínimo interés en llegar a saberlo.

-Pero que nos ataquen todos esos aliados en nuestra frontera sur… -insistió el hombre.

-Nos asegurará los votos de los representantes de todas las repúblicas amenazadas, cada vez que propongamos algo en el MetaParlamento -completó la Primera Magistrada, poniéndose de pie-. El Principal nos va a regalar el poder que necesitamos para asegurar la supervivencia de la Unión.

Una sonrisa fugaz se dibujó en el rostro de la Primera Magistrada.

-Y su expansión -añadió la otra mujer, con la mirada perdida.

El hombre del sombrero se despidió con una leve inclinación de cabeza y salió en silencio de la habitación.

Advertisements

ULTIMÁTUM

En siete días, que Dios nos proteja, piensa el señor Auguste.

En siete días, empieza todo, piensa la Primera Magistrada.

En siete días, aún no estaremos preparados, piensa el Principal.

En siete días, será Todos los Santos, piensa Jeanne.

En siete días, estaremos ya muy cerca de las Santas Ruinas, piensa Abraham.

Michel Hundt se queda callado en medio de su clase de Historia.

Patricia baja la cabeza al ver que Michel Hundt pierde el hilo de su clase.

En siete días, la plaga, piensa Santiago de Simou.

En siete días, la verdad, piensa Erik el Rojo.

En siete días, la justicia, piensa el adolescente.

En siete días, el dolor, piensa Ramos-Hollande.

En siete días, que Santa María Virgen sea capaz de retener el brazo de Su Hijo, piensa Marie de Rocamadour.

Ramiro de Mar no piensa en nada. Sólo sufre y reza.

SEGUNDA SEGUNDA CUARENTA

…si ha habido lugar para castigar al pueblo o a la ciudad que descuida castigar el atropello cometido por los suyos…

El prior se reclinó en su silla, haciendo gemir levemente la madera. Su mirada se lanzó a través de la ventana, hacia la luna llena que iluminaba el mar y la costa de Penn Ar Bed.

Sin abandonar el gesto meditabundo, cerró el volumen de la Suma Teológica, dejando la mano apoyada sobre la tapa del libro. Su mirada se desplazó unos centímetros a la derecha, donde reposaba abierta una carta.

El señor Auguste se había dirigido a los dominicos de San Miguel, tras conocerse la convocatoria del Concilio. Les rogaba que tuviesen en cuenta la urgencia de la situación en la que se encontraba la Casa de Penn Ar Bed y buscasen la forma de favorecer la ayuda que necesitaba. Había que convencer a la mayor cantidad posible de cristianos de la necesidad de luchar contra la Unión.

El prior se levantó y se acercó a otra ventana, justo enfrente de aquélla a través de la cual había estado contemplando la noche. No vio entonces la luz de la luna, sino las luces artificiales de la ciudad más cercana, al otro lado de la frontera; una de las repúblicas de la Unión.

El prior volvió a mirar hacia su mesa de estudio, fijando la vista alternativamente en Santo Tomás y la carta de su señor. Después miró el crucifijo que presidía su habitación.

Los ojos se habían detenido en el costado sangrante de Dios, cuando se oyó el primer grito.

Al dirigir la mirada hacia la puerta, el prior escuchó un creciente caos de golpes y gritos que parecían provenir de todos los rincones del monasterio.

El ruido se acercaba cada vez más, al tiempo que el prior se iba alejando de la puerta.

Cuando tropezó con su mesa de estudio, una vela cayó sobre la carta del señor Auguste. Una llama inflamó la epístola, mientras se abría violentamente la puerta de la habitación.

Una forma oscura se esbozó en el umbral. Con un movimiento desganado, la sombra dejó caer algo en el suelo, delante del prior, mientras los gritos y los golpes se iban apagando.

El prior no pudo evitar orinarse encima al ver lo que había en el suelo: las cabezas de los hermanos Joseph, Kalil y Antoine.

La sombra dio unos pasos más y entró en la habitación. Otras sombras la siguieron. La primera sombra se paró ante el prior, que había caído de rodillas. En la mesa ardía ya la Suma Teológica.

La sombra se quitó el pasamontañas. El prior vio la cara de un adolescente.

-La frente abierta y sangrante del bebé -le dijo el joven, acuclillándose para poner su cara a la altura del rostro del prior-. La frente deformada y sangrante del bebé. Los ojos abiertos y sin vida en la cara del bebé.

JUST A CAR CRASH AWAY

El señor de la Casa de Rilo rezaba el rosario de rodillas, frente a la ventana de su habitación, con la mirada anclada en el horizonte.

Oyó el ruido apurado de pasos en la madera del pasillo, así que no le asustó el portazo que su hija Frances dio al entrar en el cuarto. Dejando escapar el aire lentamente de sus pulmones, se puso de pie sin demasiada prisa y se giró. Un par de miembros de su guardia personal le miraban desde el pasillo con cara de sorpresa y sin saber qué hacer. Con un gesto, Xoán les ordenó que cerraran la puerta y les dejaran solos.

Frances miraba a su padre con rostro iracundo, resollando nerviosa. Xoán esperó a que su hija dijera algo.

-Acabo de dejar en mi habitación al padre de mi hija, despidiéndose de ella -empezó Frances, manteniendo controlado el volumen de su voz con un gran esfuerzo de voluntad-, porque, al parecer, tú le has dado permiso para irse con Joan en su delirante expedición suicida.

Xoán se quedó mirando a su hija, con expresión de no entender qué veía ella de extraño en lo que le había contado.

-¿De repente has decidido deshacerte de todas las personas que suponen un incordio y una mácula en tu piadosa y devota casa? -preguntó Frances, elevando la voz.

Xoán se acercó a su hija en dos pasos rápidos. Consiguió dominar a tiempo su mano, que ya estaba preparada para abofetear a Frances.

-¡Sí, venga, padre! ¡Pégame! -gritó Frances-. Siempre ha sido tu única respuesta a todos los problemas.

Xoán bajó la mirada e inspiró profundamente. Volvió a mirar fijamente a su hija, antes de hablar.

-Frances, todos estos años dando vueltas por el mundo que tanto deseabas conocer no han servido para nada, al parecer; no has aprendido nada; sigues echando en cara a los demás lo que sólo tus impulsivas acciones provocan -Xoán hizo una pausa-. Si realmente quieres que Ramiro de Mar, un hombre de los pies a la cabeza, al que admiro profundamente y por el que ya siento un gran cariño y respeto; si quieres, digo, que el padre de tu hija permanezca con nosotros, sólo tú puedes hacer que tal cosa ocurra.

Frances cerró la boca, tensas las mandíbulas, y siguió mirando a su padre con enojo. Pero permaneció callada.

-Yo, hija mía, me siento incapaz de negar a un hombre de su calidad la posibilidad de vivir una existencia digna, acorde con todo aquello en lo que cree.

-¿También actuaba acorde con todo aquello en lo que cree cuando me dejó preñada? -contestó Frances, visiblemente alterada.

Su padre no pudo evitar sonreír y miró a su hija con los ojos muy abiertos.

-Yo pensaba que tú prácticamente lo habías violado…

Frances se agarró las manos y se dio la vuelta.

Xoán suspiró.

-Frances, ese hombre te ama. Y tú quieres obligarle a vivir una vida insoportable…

-¡Yo no quiero eso! -gritó Frances, dándose la vuelta-. Quiero que disfrute de su hija tanto como yo. Y que ayude a educarla…

-¿Y cómo va a hacer eso, Frances, si ni siquiera puede entrar cuando quiere en la habitación de su hija, que es la tuya, porque antes ha de pedirte permiso, no vaya a ser que no estés visible? ¿Cómo te sentirías tú en su lugar? ¿Cómo te sentirías viviendo en una casa ajena, dudando de tu autoridad como padre, sintiendo que vives de prestado? -Xoán elevó el tono de su voz-. ¿Cómo vivir bajo el mismo techo de la persona a la que amas, con la que compartes una de las cosas más sagradas que puedes compartir con alguien, un hijo, sin desesperar a cada minuto, sin volverte loco, porque ni siquiera puedes acariciar a esa persona? -la mirada de Xoán se perdió por unos momentos en un punto invisible.

-¿Y por eso le tienes que dar permiso para correr hacia su muerte? -preguntó Frances, con lágrimas en los ojos.

Xoán miró a su hija con honda tristeza.

-Qué más quisiera yo, Frances, que manteneros a todos vosotros aquí, a salvo bajos mis alas. ¿Qué otra cosa quiere un padre? Pero no puedo obligar a hombres hechos y derechos, perfectamente conscientes de las decisiones que están tomando, a vivir como niños por el resto de sus vidas. Han escogido el honor y la gallardía. Y ante tal decisión sólo puedo callar. Por más que me duela. Por más que sepa que quizá no vuelva a verles jamás -Xoán hizo una pausa-. Que quizá no vuelva a ver a mi hijo…

Frances vio cómo rebosaban los enrojecidos ojos de su padre y un par de surcos húmedos se iban abriendo paso a través de las arrugas de su rostro.

-Padre… -susurró Frances, acercándose a él, y acariciándole la cara, limpiándole las lágrimas, mientras ella seguía llorando-. Padre, lo siento mucho. Siento mucho haberte hecho daño. Siento mucho haberme marchado como lo hice. Siento mucho todo… todo.

Xoán abrazó a su hija y le besó la frente con ternura melancólica.

-Pobre Ramiro, Frances, pobre Ramiro… -susurró-. No podías haber elegido mejor hombre como padre de mi nieta. De verdad que no. Qué pena, qué pena, Señor…

-Lo sé, padre -respondió Frances, sollozando-. Pero no me puedo casar con él, padre. No le amo -Frances se ahogaba-. Y no creo que pueda amar nunca a un hombre… A ninguno…

Xoán apartó un poco a su hija y la miró con gesto extrañado.

Pero antes de que pudiese preguntar nada, Frances le besó en la mejilla y se fue corriendo de la habitación.

FIDELIDAD

Unos golpes en la puerta de su habitación despertaron a Fernando. La luz de la luna llena proporcionaba contornos exiguos a los objetos. Se levantó y abrió la puerta. Asier, el mayordomo de la casa, apareció ante él con rostro serio. Fernando tomó aire.

-¿Otra vez? -preguntó.

El sirviente asintió.

Fernando cogió una bata y salió de su habitación. Asier se quedó de pie, junto a la puerta, viendo cómo se alejaba; después se acercó a la ventana del pasillo y fijó su mirada en algo que estaba ocurriendo fuera de la casa.

Fernando salió al Jardín de Árboles que se encontraba en la parte posterior. Había sido construido por uno de los primeros señores de Simou, no mucho tiempo después de la Caída. Los trancos firmes de Fernando hicieron revolotear la hojarasca otoñal que se acumulaba en el suelo.

La presencia de los robles le anunciaron que estaba llegando a su destino. Tras estos, un inmenso castaño se elevaba sobre un claro en el que la luna iluminaba una lápida, haciéndola brillar como si fuera de plata. Y allí postrado, rodeado por los erizos abiertos de las castañas ya maduras, encontró a su señor, Santiago, llorando e hipando mientras sostenía en una de sus manos una botella vacía de vino.

Fernando se detuvo un momento. Su rostro permanecía inmutable.

El señor de hombres se giró y lo vio.

-Mi fiel Fernando… -dijo, en un sollozo lastimero-. ¿Por qué me sigues siendo fiel, Fernando?

El caballero se acercó y trató de levantar a su señor.

-¡No, no!… -se negó Santiago-. No merezco tu ayuda, no merezco nada…

Fernando dejó de intentarlo y vio cómo Santiago se arrastraba por la tumba, hasta apoyarse sobre la lápida. Soltó entonces la botella, que rodó sobre la piedra hasta caer al suelo, y con la mano libre empezó a acariciar las letras talladas.

-No merezco seguir vivo, Fernando… -gimió.

Fernando no cambió su expresión.

-Eso no está en su mano decidirlo, señor.

Santiago se giró, clavando en su vasallo unos ojos dementes.

-¡¿Ah, no?! ¡¿Ah, no?! -volvió a coger la botella, la rompió sobre la tumba, y con el casco roto amenazó con cortarse el cuello-. ¿Y qué puede hacer Dios contra mi mano? ¡¡Dime!! ¿Qué puede hacer Dios ahora mismo contra mi mano?

Fernando no se movió. Segundos después, Santiago soltó el casco roto, y, sollozando, volvió a sentarse junto a la lápida.

-Soy un cobarde, soy un cobarde… -repetía-. Soy incapaz de impartir justicia, cuando el culpable soy yo…

-Dios ya le ha perdonado, señor.

Santiago fulminó a Fernando con la mirada.

-¿Y tú que sabes? -gritó-. ¿Qué paz puede traer la mera confesión tras este crimen?

Santiago señaló con ambas manos la tumba, de pie sobre ella.

-Aún son visibles los efectos de la Caída, del Segundo Diluvio… -continuó-. ¡Y nosotros, los mejores de entre los hombres de Dios, somos capaces de hacer esto! ¡¡¡Esto!!!

Fernando bajó la mirada un momento.

-Pero Dios nos va a volver a castigar, sí señor -insistió Santiago, con los ojos muy abiertos, sin parpadear-. Ya está preparando otro diluvio de mierda y dolor para castigarnos. ¡Y yo soy el culpable! ¡Yo, nacido y criado para ser ejemplar, para guiar hombres, para impartir justicia divina!

Dirigió su mirada a Fernando. Se fue acercando a él, lentamente, con gesto angustiado.

-¿Cómo os voy a guiar yo, Fernando, entre el dolor que se avecina? ¿Cómo?

Fernando miró a su señor fijamente a los ojos.

-Cumpliré sin dudar cualquier orden que me dé, mi señor Santiago -dijo el vasallo, seco-. Porque tengo la certeza de que cualquier orden que me dé será justa y adecuada a los mandamientos de Dios.

Santiago desvió la mirada, titubeante y afligida.

-Y si la Divina Providencia tiene a bien reclamar mi vida en los acontecimientos que se aproximan -continuó Fernando- no podré gozar alegría mayor que morir a su servicio, mi señor.

Santiago volvió a mirar a su caballero a los ojos. Fernando le sostuvo la mirada.

Santiago se giró un momento hacia atrás, hacia la tumba. Enderezó su espalda, bajó la mirada y apoyó una mano en el hombro de Fernando.

-Ayúdame a limpiar esto, por favor -pidió Santiago-. Y después regresaremos a nuestras habitaciones.

-Por supuesto, mi señor.

Bajo el claro de luna, vasallo y señor se pusieron a recoger cristales rotos.

Y del castaño cayó otro erizo, sobre la tumba; y el fruto que guardaba rodó, liberado por la caída, hasta la base de la lápida.

EL FUEGO PURIFICADOR DE SAN VICENTE BIBLIOTECARIO

-¿Por qué se fue José de la Casa de Simou? -preguntó Iván, en voz baja, a Lope.

La luz de la hoguera permitía a Abraham limpiar su rifle; no hizo ningún gesto, a pesar de que había oído perfectamente la pregunta. Lope dejó por un momento de afilar su cuchillo de combate y buscó con la mirada a José, que conversaba con el ángel negro sobre un risco situado a unos cincuenta metros; después miró a Iván.

-¿Por qué no se lo preguntas tú mismo? -preguntó a su vez Lope, mientras volvía a afilar su cuchillo.

-Lo hice… pero justo entonces me dispararon -respondió Iván-. De todos modos, no sé si me hubiese respondido…

-Seguramente no -opinó Lope.

Iván se quedó callado y miró hacia donde se encontraban José y el ángel. La mujercita alada miraba el Egeo desde uno de los hombros del mutante.

-A pesar de sus modales, creo que, en el fondo, José es un buen hombre… -dijo Iván.

Lope volvió a mirar al chaval. Abraham seguía limpiando su arma. Lope guardó su cuchillo y se sentó más cerca de Iván.

-José era muy parecido a ti, cuando tenía tus años -empezó Lope-. Sólo que mejor en todos los aspectos.

Iván no se esperaba el tono de aquel comentario. Abraham no pudo evitar sonreír, aunque siguió a lo suyo.

-Era el guerrero con más talento natural que yo haya conocido -continuó Lope-. Era, además, bondadoso y justo. Valiente. Siempre dispuesto a ayudar. Siempre dispuesto a servir. A tu edad, era ya también uno de los miembros más cultivados de la Casa de Simou: el tiempo que no empleaba en aprender a luchar, lo pasaba leyendo. Demasiado, quizá. O puede que el problema no estuviese en lo mucho que leía, sino en qué cosas leía… -Lope calló por un momento-. Las lecturas que teníamos a nuestras disposición, por otro lado… A los dos nos gustaba mucho Tolkien, como a ti -dijo Lope, con una sonrisa melancólica; Iván también sonrió-. Recuerdo una carta de Tolkien que leí hace mucho tiempo y que, por alguna razón, nunca he olvidado; me llamó la atención en su momento, porque hablaba de la imposibilidad que sentía para escribir una continuación de El Señor de los Anillos.

-¿Por qué le resultaba imposible? -preguntó Iván con vivo interés.

-Porque no le quedaría más remedio que hablar de la rápida corrupción del hombre cuando sólo conoce el bienestar y la paz. Lo cual, a Tolkien, le resultaba algo demasiado triste y deprimente de contar.

-Ciertamente, resulta más grato hablar de heroicidades que de mediocridades -dijo Iván.

Lope miró al chaval y volvió a sonreír con melancolía. Bajó la vista al suelo.

-Yo he llegado a la conclusión de que Tolkien se equivocaba -siguió Lope-. El mal ha de ser sacado a la luz, para que pueda ser conocido, previsto. Para que uno sepa reconocer peligros que, en caso contrario, le resultarían invisibles hasta que le estallasen en su propia cara. Hablar del mal puede ser deprimente, pero es necesario. Es necesario entender, lo antes posible, lo bajo que puede llegar a caer el ser humano, cualquier ser humano; incluso aquellos llamados a dirigir el destino de los mejores. Incluso aquellos que no tienen más enemigo que el hastío y el aburrimiento, en medio de la mayor de las abundancias. Una buena educación ha de insistir en la facilidad con que el ser humano se convierte en traidor.

-¿Para evitar que nos convirtamos en traidores? -preguntó Iván.

-Claro. Pero quizá haya algo más importante aún: evitar que la traición que suframos algún día nos derrote completamente y nos haga renegar de todo aquello que, en el fondo, amamos de verdad.

Lope calló. Iván se quedó con la mirada fija en su rostro.

-¿De qué habláis? -preguntó José, que llegaba en ese momento.

-De Tolkien -contestó Iván-. ¿Y los humanoides?

-Estirando las alas -contestó José-. ¿Has leído algo más en tu vida, aparte de Tolkien? -preguntó a su vez, con ironía.

-Claro que sí -respondió Iván, sonriente-. Aunque a veces creo que no necesito más que leerle a él. Que Dios me perdone, pero en ocasiones hasta me sobra la Biblia. Me gusta más el Ainulindalë que el Génesis.

-¡Eh, chaval! -exclamó jocoso José-. Como te oiga Abraham decir esas barbaridades te vas a quedar sin cena.

Todos sonrieron, incluso Abraham.

-La verdad es que yo también prefiero el Ainulindalë -comentó, dejando por un momento su tarea.

-¡Pero bueno! -exclamó de nuevo José-. ¡Pero en manos de quién estamos! Necesitas un confesor ahora mismo, Abri. Mientras lo buscas, yo me quedaré al mando. Te esperamos aquí, comiendo jabalí y libando bebidas espirituosas.

-Mañana seguiremos nuestro camino -dijo Abraham, de nuevo serio-. Iván ya está recuperado.

Todos miraron a Abraham.

-Eres un cortarrollos insoportable -dijo José-. ¿Cómo va a estar recuperado, si la fiebre incluso le hace blasfemar? ¿No acabas de oír lo que ha dicho sobre Tolkien y la Biblia?

Lope e Iván sonrieron.

-¿Qué libro de Tolkien volverías a leer, José? -preguntó de repente Iván.

La pregunta sorprendió a José, que se quedó pensando.

-Ninguno -respondió-. Creo que Tolkien está sobrevalorado.

Iván miró a Lope, que se miraba los dedos.

-A veces pienso que San Vicente Bibliotecario quizá se equivocó al conservar sus libros en vez de los del pobre C. S. Lewis -dijo José, sin alegría.

-Pero ese escritor era hereje -dijo Iván-. Pertenecía a una secta que aprobaba el divorcio, nada menos.

-Así es -intervino Lope-. Y, sin embargo, conocemos los testimonios de no pocos católicos, todos grandes figuras del pensamiento romano, que afirman la belleza y verdad de muchas obras del tal C. S. Lewis. Los pocos y minúsculos fragmentos que nos han llegado de este autor se deben a la admiración que despertó entre tantos buenos católicos. Incluso en el propio Tolkien, antes de que su amistad se enfriara.

-San Vicente hizo lo que hizo durante la Caída -dijo Iván, un poco desconcertado-. Supongo que en un momento así, cuando ves lo que ha sufrido la Creación por los desmanes de los hombres, sólo quieres que sobreviva lo más puro, lo que realmente tiene poder para curar al mundo. Por eso quemó tantos libros. Por eso quemó los libros de C. S. Lewis.

Al callar Iván, nadie más habló.

Lope hizo amago de decir algo, pero al final permaneció en silencio.

-Quizá el problema está en creer que la pureza salvará a alguien -dijo José, mientras buscaba en el cielo a los dos humanoides-. Los seres humanos tienen que aprender a vivir con la suciedad, no con la pureza.

Iván miró a José y después miró a Lope. Ninguno le miraba a él.

De repente sintió unos besitos en la oreja derecha y no pudo evitar reír por las cosquillas.

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester