NUEVA APROXIMACIÓN A ANABEL

Suena el despertador. Abre los ojos. Apenas hay luz.

Apaga el despertador. Un ligero mareo al sentarse en la cama. Mira hacia el otro lado de la cama, vacío. El perrito pide atención desde el suelo. Ella le mira, con sonrisa cansada.

Coge el móvil y se acerca al baño. Enciende el móvil mientras orina. El perrito observa sentado los dedos que se mueven sobre la pantalla.

Ella llora. El perrito da vueltas sobre sí mismo, nervioso.

Desayuna sin hambre. Tira el desayuno a la basura, sin terminarlo. Se queda mirando la comida recién tirada. Llora otra vez, sin dejar de mirar la basura.

Vuelve a la habitación. Va colocando la ropa que se va a poner para ir a trabajar encima de la cama revuelta. Se desnuda. Observa su cuerpo en el espejo. El perrito la mira a ella, con la lengua fuera. Ella se toca un pecho. Los ojos clavados en el espejo, pero no miran nada. Hace un gesto de fastidio cansado, al volver a la realidad.

Se ducha. Se seca. Se viste. Se peina. Se pinta. El perrito la ve ir y venir, tumbado en el pasillo. Ella coge la correa y el perrito es incapaz de dejar de girar. Se le escapa algún ladrido.

El perrito mea y ella fuma. El perrito caga y ella fuma. El perrito da vueltas contento y ella se agacha para recoger sus excrementos en una bolsita de plástico. Al sentir el calor de la mierda en sus manos, llora.

Se seca las lágrimas, al notar la presencia de otro dueño de perro.

Vuelve a casa. Se pinta otra vez. Sale de casa sin despedirse del perro, que se tumba cerca de la puerta de entrada, con la cabeza apoyada en el suelo, entre las patas.

Vuelve a mirar el móvil dentro del vagón de metro. Un hombre de unos cincuenta años le mira los pechos. Un adolescente también le mira los pechos. Una mujer de unos cuarenta años también le mira los pechos. El treintañero que está de pie a su lado, se acomoda para poder analizar todo su cuerpo. Un veinteañero que está sentado le mira a los ojos. Ella le devuelve la mirada. Él baja la mirada hasta sus pechos. Ella se queda mirándole a los ojos. Él vuelve a bajar la mirada, a la altura de sus caderas. Ella sigue mirándole a los ojos. Él sube la mirada, de nuevo hacia los pechos. Ella sigue mirándole a los ojos. Él deja de mirarla y se concentra en su móvil. Ella se baja del vagón aguantando las ganas de llorar.

Sentada en su mesa, ordenador encendido, mirada perdida. Vuelve a buscar algo en su móvil que no encuentra. Deja el móvil y devuelve la mirada a ningún sitio.

Dos mujeres pasan por delante de su mesa.

-¿Vienes a desayunar? -pregunta una de ellas.

Coge el bolso y las sigue sin contestar.

-¿Qué tal está Joaquín? -le vuelve a preguntar la misma, mientras se acerca el café a los labios.

-Bien, supongo… -contesta ella, soltando el humo.

Las otras dos la miran. Y se miran la una a la otra. Ella vuelve a mirar su móvil.

-Ese tío sólo quiere metértela… -dice la otra, que unta mantequilla en un trozo de pan.

-¿Quién dice que yo quiera otra cosa? -contesta ella sin mirarla.

La otra hace un gesto de conformidad, mientras abre la mermelada de fresa.

-A mí me encantaría que me la metiese alguna vez -afirma, al introducir el cuchillo en la mermelada-. Está buenísimo.

La del café deja la taza en la mesa y mira la tostada de su compañera.

-Díselo, no creo que le parezca mal -dice ella, mientras da otra calada.

-¿Qué tal con el rubio aquel? -pregunta la del café a la de la tostada.

-Genial -contesta, mientras mastica-. Le invité a casa y follamos como locos toda la noche. Gran polla.

La del café sonríe.

De regreso a la oficina, ella entra en los servicios. Sentada en la taza, llora. Suena el móvil. Lo busca con ansiedad en el bolso. Lo encuentra, pero se le cae al suelo. Lo recoge y mira la pantalla. Con gesto de cansancio, atiende la llamada.

-Hola, mamá… sí, bien, ¿tú?… bien, sí… ¿este fin de semana? No sé, ya veré, pero creo que va a estar complicado… sí, mucho lío… sí, ya te aviso si eso… un beso…

Cuelga y sigue llorando.

* * *

El perrito corre alegre por el descampado. Luz de farolas. No hay estrellas en el cielo. La mancha brillante de la ciudad a lo lejos. El perrito olisquea una lata de cerveza retorcida. Ella fuma y ve cómo el perrito lame la lata. Se acerca otro dueño de perro. Ella llama al perrito y vuelve a casa.

El móvil vibra. Se lo lleva a la oreja.

-¿Ahora? Estoy un poco cansada, pero venga, vale.

El perrito la espera en el portal.

Él come con hambre un trozo de pizza. Ella fuma. El perrito observa fijamente cómo él come pizza, sentado a su lado. Él se fija en el perrito y le acerca un trozo de pizza. El perrito mueve el rabo, se levanta sobre las patas traseras y atrapa el trozo que se le ofrece.

-Estuvo bien el otro día, ¿no? -dice él.

Ella afirma con la cabeza, mientras apaga el cigarro en el cenicero.

-Menos mal, no soporto el humo de tabaco…

Ella le mira y permanece callada.

-Estás muy guapa.

Ella se levanta y va a la habitación. Él la sigue. Cuando el perrito hace amago de entrar, él se lo impide con el pie, y cierra la puerta. El perrito se queda sentado, mirando el picaporte.

'Alone together', de Maria Kreyn (2012)

‘Alone together’, de Maria Kreyn (2012)

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