El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: MANUEL CASTILLERO

TODOS LOS MUERTOS

Según se iban acercando, se encontraban con más gente. Pronto se vieron rodeados de cientos de personas que caminaban en grupos en su misma dirección: hacia el océano de ruinas que se extendía ante ellos.

Los cinco jinetes permanecían en silencio, absortos en lo que sucedía a su alrededor. Iván se dio cuenta de que aquellos grupos de gente eran, en la mayoría de los casos, familias enteras, que procesionaban vestidos completamente de negro, portando todo tipo de adornos con flores de una amplia variedad de colores y formas; pudo ver, desde un niño que apenas sabía andar, que llevaba entre sus deditos una simple margarita, hasta un grupo de hombres que cargaban sobre sus espaldas pesados tronos formados por miles de flores.

Lope vio cómo uno de estos grupos se detenía entre los restos de unos muros que, hace mucho tiempo, habían pertenecido a una casa o edificio. Y allí mismo, en el suelo quebrado de aquellos antiguos hogares, depositaban sus ofrendas florales. Y la mayoría rezaba, al menos unos instantes.

Y de repente, fueron conscientes de que las ruinas de la ciudad muerta volvían a estar habitadas por miles de vivos que venían a recordar a sus antepasados, en el día de Todos los Santos.

José se fijó en una pareja joven, probablemente recién casados. Ella se arrodillaba para depositar un hermoso ramo de rosas blancas, mientras él permanecía de pie, con el sombrero sujeto entre las manos. Cuando ambos se persignaron, José bajó la mirada.

Un hombre de unos sesenta años, que parecía ser el patriarca de una numerosa familia, se fijó en los cinco jinetes y se acercó a Abraham, que encabezaba el grupo.

-Veo que es usted un monje buscador -dijo el hombre, fijándose en el blasón que llevaba el abrigo negro de Abraham-. ¿Puedo preguntarle a que se debe su presencia hoy aquí, hermano? Parecen un poco perdidos, la verdad.

-Le agradezco el interés, señor -respondió Abraham-. Nos dirigimos a las Santas Ruinas, pero ha coincidido nuestra llegada con este día sagrado.

-Hoy no se puede entrar en las Santas Ruinas, hermano -dijo el hombre-. Y mañana estarán completamente dedicadas a la conmemoración de los Fieles Difuntos. Si necesitan un lugar en el que pasar las próximas dos noches, mi familia se sentirá honrada de proporcionarles un techo.

Abraham agradeció el ofrecimiento con una inclinación de cabeza y bajó del caballo. Los otros cuatro hicieron lo mismo. Abraham se los presentó al patriarca, que dijo llamarse Khaled Santangelo. Formaban parte de la Casa de Colonna, pero su señor no se encontraba ahora mismo en sus tierras, ocupado en ciertos asuntos al norte. A pie, los cinco se unieron a la familia, en su regreso tras la ofrenda.

Iván observaba a los miembros de aquella populosa familia con tranquila curiosidad. No tardó en darse cuenta de que él también era objeto de no pocas miradas. Y descubrió a una linda muchacha, rubia, alta y de ojos verdes, que le miraba fijamente, mientras otra muchacha de edad parecida le cuchicheaba al oído, entre sonrisas tímidas.

José observaba la escena; su rostro fue cambiando poco a poco, hasta que se convirtió en una mueca amarga.

Lope bajó la cabeza y suspiró.

Pronto llegaron a una explanada que parecía haber sido utilizada como aparcamiento por todas las familias que habían venido a las ruinas. Se podían ver toda clase de vehículos: caballos, burros, mulos, llamas, carros tirados por cualquiera de los anteriores, carros tirados por viejos coches, motos, furgonetas, camiones…

La familia de Khaled empezó a montar en los suyos, que componían una pequeña flota de transporte en sí misma. Los cinco volvieron a subir entonces a sus caballos y trotaron tras el carro en el que se había montado el patriarca.

Iván vio cómo las dos muchachas se montaban en una furgoneta sin dejar de mirarle y sonreír. El joven bajó la mirada, con las mejillas incendiadas de color.

La caravana se fue haciendo más pequeña, según las diversas ramas de la familia Santangelo se iba desviando hacia sus casas particulares. Iván no puedo evitar vigilar la furgoneta de las muchachas; y sentirse aliviado al comprobar que no se desviaba y que continuaba en su misma dirección, hacia la gran casa de campo que se veía al fondo del camino.

Campos de cultivo en barbecho se extendían alrededor. Una docena de casas salpicaban el paisaje aquí y allá. Pequeños grupos de árboles se amontonaban sobre las colinas. El cielo era de un gris ceniza y estaba empezando a llover, justo cuando llegaron a la casa del patriarca.

Los cinco fueron conducidos por unos sirvientes hacia las habitaciones de invitados. Tendrían que dormir cuatro en dos habitaciones y uno sin compañía.

-Yo duermo solo -dijo José.

-Muy bien -aceptó Abraham-. Yo dormiré con el Maestro.

Lope e Iván se miraron y sonrieron.

-Una cama caliente… -dijo Iván-. Dios, bendito seas.

-Hemos sido invitados a cenar con la familia -dijo Abraham-. Podemos descansar hasta entonces. Y, por favor, que nadie le falte al respeto a nuestro anfitrión esta vez.

José se metió en su habitación y cerró la puerta sin decir nada.

Abraham entró en la suya, seguido de Thomas.

Lope e Iván se volvieron a mirar, sin sonreír. Entraron en la habitación. Austeramente decorada, las paredes apenas lucían el crucifijo que gobernaba la estancia. Lope se acercó a la única ventana, para cerrarla. La escasa luz hizo necesario encender un par de velas. Lope dejó a un lado sus cosas, se quitó las botas y se tumbó sin preámbulos en la cama. Iván aprovechó para rezar. Lope se adormeció con el bisbiseo de las oraciones del joven.

En la habitación de al lado, José lloraba en silencio, sentado sobre el lecho.

Unas horas más tarde, Abraham lo encontró dormido en posición fetal, vestido, la cama sin abrir.

-Prepárate, se acerca la hora de la cena -dijo Abraham.

José se dio la vuelta y Abraham vio sus ojos aún enrojecidos, los surcos de lágrimas en la cara sin lavar. Abraham miró a José. José no miró a Abraham. Abraham, sin salir de la habitación, cerró la puerta tras de sí.

-¿Prefieres quedarte aquí? -preguntó.

-Quizá sí… -balbuceó José-. Sí, creo que será mejor.

Abraham asintió con la cabeza.

-Diré que te traigan la cena a la habitación.

-Gracias… -respondió José, en voz casi ininteligible.

Abraham se quedó de pie, mirando a José, que había inclinado la cabeza.

El monje se acercó a la cama, se sentó junto a José y lo abrazó. José empezó a llorar desconsoladamente entre los brazos de Abraham. Estuvo a punto de decir algo, pero prefirió continuar callado, abrazando y acariciando a José, que temblaba al sollozar.

-Métete en la cama y sigue durmiendo -dijo Abraham, cuando José se tranquilizó un poco.

Abraham le ayudó a quitarse las botas y a meterse, vestido, entre las sábanas.

Le echó una última mirada antes de salir de la habitación. José le daba la espalda, su rostro vuelto hacia la ventana del fondo. Abraham salió de la habitación y se dirigió hacia la de Lope e Iván, para despertarles.

Cuando llegaron al salón principal de la casa encontraron dos mesas preparadas para unos cuarenta comensales, incluyendo a los visitantes. En una de las mesas cenarían los mayores y en la otra los más pequeños. Khaled Santangelo les presentó a su anciana madre, a su mujer Maria, a sus tres hijos, a sus dos hijas, diez nietos y algún que otro hermano o cuñado con su correspondiente parentela.

Iván descubrió entonces que las dos jóvenes muchachas que le habían estado mirando eran Fatima y Giovanna, las hijas pequeñas de su anfitrión. Fatima, la rubia, alta y de ojos verdes, tenía dieciocho años; su hermana Giovanna, morena, un poco más baja y de ojos azules, tenía dieciséis. A Maria, la madre de ambas, le hizo gracia sentar a Iván entre sus hijas, para gran alborozo de éstas, y no poca alegría -interior- de Iván.

Cuando Khaled supo la razón por la cual los cinco se encontraban allí, su rostro se tensó ligeramente.

-Sí, sabía de la convocatoria del Concilio -dijo, tras escuchar a Abraham-. También sé que los sacerdotes de las Santas Ruinas están bastante preocupados por la misma.

-¿Por qué razón? -preguntó Thomas.

-Últimamente, se han visto demasiados personajes extraños por estas tierras… -dijo Khaled, bajando la voz, e inclinándose hacia el maestro iluminador-. Los sacerdotes dudan de la seguridad de la cita.

-¿A quién le podría resultar de interés un concilio, no siendo cristiano? -preguntó Iván.

-Ahora mismo, joven, tal y como están las cosas en el mundo, casi a cualquier persona -respondió Khaled-. Estamos al borde de la guerra al oeste y al este… Las decisiones que se tomen en el Concilio pueden afectar a los equilibrios de fuerzas de ambos conflictos.

-¿Qué noticias hay de la Liga? -preguntó Thomas, con rostro preocupado.

-Los neo-arrianos perdieron las elecciones en Atenas -respondió Khaled, provocando la sonrisa en el rostro del teólogo-, pero eso sólo ha polarizado aún más la situación: tras las elecciones, Atenas se ha convertido en la cabeza del partido anti-arriano; Estambul y Atenas mueven sus hilos ante una inminente guerra civil dentro de la Liga. Constantemente nos llegan noticias de violencia en alguna de sus ciudades.

El rostro de Thomas volvió a ensombrecerse.

-Qué peste, los neo-arrianos -comentó Hachim, el hermano menor de Khaled-. También se sospecha de ellos, con respecto al Concilio. Los sacerdotes creen que podrían intentar influir en los asistentes. Al parecer, muchos obispos katejónicos son favorables a un acercamiento. Pero esa gente odia a los cristianos. Sólo nos quieren para hacerse más fácilmente con el poder.

-¿Y qué ganarían los katejónicos con tal alianza? -preguntó Iván.

-Por un lado, tranquilidad -respondió Thomas-; vivir en ciudades donde los neo-arrianos son numerosos, como tú mismo pudiste comprobar en Atenas, empieza a resultar insoportable. Por otro, no se puede negar que muchos creyentes katejónicos quieren aprovechar la violencia neo-arriana para deshacerse de otras comunidades religiosas, con las que compiten en las ciudades por el mercado de fieles: politeístas, judíos, musulmanes…

Un silencio cayó sobre la mesa. Que sólo fue roto cuando Isabella, la mujer de Khaled, se dirigió a Iván.

-¿No es usted muy joven para estar involucrado en este tipo de aventuras?

Las dos hermanas miraron fijamente a Iván, llenas de curiosidad. Lope no pudo evitar sonreír.

-Quizá sí, un poco… -balbuceó Iván-. Aspiro a formar parte de la Santa Orden de la Búsqueda, y me encuentro en mi año de discernimiento.

La respuesta de Iván provocó una profunda decepción en las caras de las dos muchachas y una decepción bastante mejor controlada en la cara de su madre.

-¿Le puedo preguntar a qué Casa pertenece? -preguntó la mujer-. Por su acento, supongo que proviene de alguna Casa española.

-Así es -respondió Iván-. Pertenezco a la Casa de Rilo.

-¿A alguna familia que podamos conocer? -insistió la madre de las muchachas, aún con los rostros sombríos.

-Iván es hijo de Jeanne, la hija pequeña de Xoán, señor de la Casa de Rilo -intervino Abraham, con tono seco-. Su padre, también llamado Iván, llegó a ser el señor de la Casa rusa de Rogozhin, poco antes de su trágica y temprana muerte.

Iván tragó saliva y trató de sonreír. Todas las miradas se habían clavado en él. Casi todas mostraban una profunda sorpresa y admiración.

-Oh -dijo Maria, que tenía los ojos muy abiertos-. Qué pena, entonces, que sangre tan pura y noble se vea destinada a hacer voto de castidad…

Khaled fulminó a su mujer con la mirada, pero ésta no hizo el menor caso de su marido.

-Bueno, aún me tienen que aceptar en la Orden… -balbuceó Iván.

-Pues si al final la cosa no llega a buen puerto, aquí estaremos encantados de recibirle para que se recupere de la decepción -dijo Maria, con la mejor de sus sonrisas-. Esta tierra posee unos fantásticos bosques donde la caza abunda; y mis hijas estarán encantadas de proporcionarle una agradable compañía, ¿a que sí, muchachas?

Fatima y Giovanna miraron a su madre deseando que se callase de una vez, pero tratando de forzar una sonrisa para rescatar la dignidad del momento. Khaled suspiró y trató de iniciar una conversación con Abraham y Thomas, para no verse obligado a seguir escuchando a su mujer. Iván siguió sufriendo el acoso de la matriarca. Lope comía en silencio, entretenido con los apuros de su joven compañero.

-Por cierto, mamá -dijo Giovanna, la hija menor de Khaled-, ¿cómo era aquella historia que nos contaron hace un tiempo, de una de las hijas del señor de la Casa de Rilo? ¿Que había vuelto a casa o algo así?…

Iván abrió muchos los ojos y los clavó en la madre de Giovanna.

-Oh, sí, qué tonta, no haberlo recordado antes -dijo la mujer, al borde de la risa-. Resulta que Frances de Rilo, su tía, si no me equivoco -Iván asintió con la cabeza-, volvió a Rilo hace unos meses.

Iván se quedó estupefacto.

-¿Estaba bien? ¿Se encuentra bien mi tía? -preguntó Iván, repentinamente nervioso. Lope, Abraham y Thomas también se quedaron expectantes.

-Oh, sí, perfectamente -respondió Maria, quitando importancia al asunto-. El caso es que no volvió sola.

-¿No volvió sola…? -preguntó Iván, extrañado.

-Dios santo, mujer -comentó exasperado Khaled-, ¿puedes acabar de contar el asunto de una vez? ¿No ves que tienes al joven en vilo?

La mujer miró con desdén a su marido, antes de continuar.

-Al parecer, regresó con un hijo recién nacido y el padre del mismo -dijo Maria-. ¿Hace mucho que no la ve?

-De hecho, no la conozco… -dijo Iván, con la mirada perdida-. Justo estábamos volviendo a Rilo desde Rogozhin cuando mi tía se fue. Yo aún era un bebé.

Maria y sus hijas se quedaron con ganas de escuchar más, pero Iván bajó la mirada y permaneció en silencio.

-Como ya les he dicho, mañana se celebrará en las Santas Ruinas la misa por los Fieles Difuntos -dijo Khaled, tratando de animar un poco el ambiente-. Si quieren, podemos ir juntos hasta allí; aunque supongo que a ustedes les ofrecerán unos asientos mejores de los que a nosotros nos está permitido optar.

-Aunque tal cosa fuere cierta, creo que preferiremos quedarnos en su compañía -dijo Abraham-. Ya habrá tiempo de contemplar con calma las Santas Ruinas. Hemos llegado muy pronto. El Concilio no comenzará hasta finales de marzo.

-Oh, pues será magnífico gozar de su compañía -dijo Maria, dirigiendo una sonrisa cómplice a sus hijas-. Y pueden contar con que serán bienvenidos en esta casa durante todo el tiempo que pasen aquí.

Fatima y Giovanna sonrieron a los invitados, mirando de reojo con cierto apuro a su madre.

La cena finalizó sin más novedad y los invitados regresaron a sus habitaciones, aunque la mujer de Khaled pretendía estirar la jornada junto a la chimenea. Pero Abraham rehusó la invitación con perfecto tacto, aunque no tan perfecto desde el punto de vista de doña Maria, que le dijo a sus hijas más tarde que aquel monje era una mala influencia para Iván.

Ya en las habitaciones, Lope abrió la puerta de José. Abraham intercambió miradas con el gigante.

-Duerme -dijo Lope, mientras cerraba la puerta con cuidado.

Se despidieron hasta el día siguiente y se metieron en sus respectivas habitaciones.

Iván permanecía serio. Se arrodilló ante su cama, para rezar. Lope rezó también y esperó a que Iván terminase.

-¿Estás bien, chaval? -preguntó Lope, sentado en la cama, con la espalda apoyada en la pared de la almohada.

-Sí -respondió Iván, suspirando al mismo tiempo-. Estoy pensando, simplemente. En cosas.

-¿Quieres hablar de ellas? -volvió a preguntar Lope.

-No lo sé… Es el día de Todos los Santos. Todos tenemos muertos a los que recordar. O en los que pensar -Iván hizo una mueca-. Y también hay vivos en los que pensar y recordar. Y no sé, Lope… Hacerme monje buscador…

El gigante bajó la mirada. Jugueteó con la cruz de su rosario.

-A tu año de discernimiento aún le quedan muchos meses por delante, Iván. Y no sólo la Orden tiene que tomar una decisión. Tú también tienes que aclararte. Quizá tu vocación no sea convertirte en monje buscador -Lope se quedó callado y miró a Iván antes de continuar-. ¿Crees que echas demasiado de menos a tu familia?

-Sí, creo que sí. Demasiado para alguien que se está preparando para ser monje buscador…

-Y las muchachas te producen mucha curiosidad… -dijo Lope, dejando escapar una sonrisa.

Iván también sonrió.

-Supongo que también demasiada curiosidad… Pero tampoco es algo en lo que esté pensando todo el día. Sólo que… -Iván buscaba las palabras adecuadas-…que creo que me gustaría enamorarme, algún día, y formar una familia. Me gusta ser parte de una familia. Me gusta mi familia.

-Bueno, como tampoco tienes que tomar la decisión esta noche -dijo Lope, en tono distendido-, creo que es mejor que ahora mismo nos dispongamos a dormir.

Iván sonrió y comenzó a desvestirse para meterse en cama.

Lope apagó la vela y la oscuridad puso fin al día.

Pintura de Manuel Castillero Ramírez.

PARA HUIR DE ESTA CÁRCEL

Para huir de esta cárcel, hay que aprender a no pactar con sus indiscutibles comodidades.

[…] Noble es la sociedad que no espera para disciplinarse que la disciplinen las catástrofes.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs. 1188, 1174.

'Eternal Gran Vía', de Manuel Castillero Ramírez (2015)

‘Eternal Gran Vía’, de Manuel Castillero Ramírez (2015)

REGRESO AL PLANETA DE LOS SIMIOS

“La tesis de la soberanía popular entrega, a cada hombre, la soberana determinación de su destino. Soberano, el hombre no depende sino de su caprichosa voluntad. Totalmente libre, el solo fin de sus actos es la expresión inequívoca de su ser. La rapiña económica culmina en un individualismo mezquino, donde la indiferencia ética se prolonga en anarquía intelectual. La fealdad de una civilización sin estilo patentiza el triunfo de la soberanía promulgada, como si una vulgaridad impúdica fuese el trofeo apetecido por las faenas democráticas. En las llamas de la proclamación inepta, el individuo arroja, como ropajes hipócritas, los ritos que lo amparan, las convenciones que lo abrigan, los gestos tradicionales que lo educan. En cada hombre liberado, un simio adormecido bosteza, y se levanta.”

Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pg. 81.

'El día que el silencio reinó en el Congreso', de Manuel Castillero Ramírez (ganador del concurso Figurativas 2015, en su modalidad de pintura).

‘El día que el silencio reinó en el Congreso’, de Manuel Castillero Ramírez (ganador del concurso Figurativas 2015, en la modalidad de pintura)

Quod Vidimus

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