El sosiego acantilado

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Categoría: MAGRIS

LA OBSCENA INOCENCIA

“Broch es un genial desenmascarador del sonambulismo, o sea de ese autoembobamiento con el que los hombres se esconden a sí mismos su propio vacío, con una hórrida buena fe que es la mayor falsificación y que inducía a la abuela de Biagio Marin, tal como cuenta el poeta, a decirle: Acuérdate de que quien peca por ignorancia, por ignorancia se condena. Marin, con toda justicia, consideraba esas palabras como una de las grandes enseñanzas morales de su vida. Si a veces -en determinadas circunstancias en las que, a pesar de todo esfuerzo, no es de veras posible darse cuenta de la situación y de los valores que están realmente en juego- la así llamada buena fe puede ser un atenuante, más a menudo es en cambio un agravante, puesto que es el resultado de una prolongada labor de corrupción de la propia conciencia, aturdida, embriagada o empañada por la costumbre de la mentira y el mal, hasta el extremo de llegar a ser incapaz de distinguir el bien del mal, a convencerse de estar en lo cierto incluso cuando se mancha de culpas porque se niega a mirar cara a cara a la realidad, a la dificultad y la responsabilidad en la elección, a la necesidad de juzgar y de ser juzgada. Si se comete una violencia o una injusticia a sabiendas de que se hace daño, existe al menos la posibilidad de enmendarse y de reparar los agravios; posibilidad que no cabe cuando se es tan obtuso como para no darse cuenta de lo que se hace o tan arrogante y ciego como para considerarlo justo. […] Si hay un Día del Juicio, esa ignorancia, esa especie de obscena inocencia, probablemente se les achacará en su contra, como creía la abuela de Marin.

Dicha ignorancia no sólo hace referencia a la dimensión moral, sino que afecta a la relación con toda la realidad, la existencia y la historia, y a la incapacidad de mirarlas cara a cara sin rémoras, de aguantar su desnuda y abrasadora tensión. Cuanto más lacerante se vuelve esa tensión, tanto más se defienden de ella -lográndolo- los hombres que tienen miedo a no poder soportarla, y se defienden intentando ofuscar su percepción, vivir como sonámbulos…”

Utopía y desencanto, de Claudio Magris; Anagrama, 2001; pgs. 243-244.

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BARES, QUÉ LUGARES

“Ah, sí, las tabernas, decía. The Lamb, Jolly Sailor, The Seven Stars, Help’me thro the world y, desde que me junté con Norah, el Waterloo Inn; no había otra donde le gustara más acabar bajo una mesa. A los marineros les gusta hacer escala, bajar a tierra y meterse en una taberna. Se acostumbra uno a la cosa, hasta el punto de que, cuando en el mar de la vida arrecian las tempestades, se baja a tierra, o sea a la taberna, aunque ya no se esté embarcado en ningún barco. Me gusta beber, aunque lo único que me deis aquí sean esos jarabes y esos tés, beber allí sentado, escuchar sobre todo las voces; el murmullo que de vez en cuando sube de tono y en ocasiones culmina en un grito, lo mismo que crece la resaca con el fragor de una ola más grande que rompe contra las rocas. Me gusta ver las caras, los gestos. El mundo es variado, hace compañía. No hace falta tener amigos; basta con la multitud, con la gente, un rato de charla en la barra, un rostro encendido que dice algo y desaparece para siempre en la muchedumbre gris, qué importa, enseguida hay otro que se asoma y pide una cerveza.”

A ciegas, de Claudio Magris; Anagrama, 2006; pgs. 290-291.

'Wapping', de James McNeill Whistler (1861)

‘Wapping’, de James McNeill Whistler (1861)

EL PORTERO AUSTROHÚNGARO

Todo empezó por un Belén.

Él trabajaba de portero de fin de semana. Su compañero, el que lo hacía entre semana -con mucha probabilidad, el mejor portero del mundo-, solía poner todos los años un Belén. Hasta entonces, el lugar escogido para montarlo había estado justo encima de la entrada al garaje. Pero ese año decidió ponerlo dentro del chiscón en el que ambos hacían guardia.

Una mañana, mientras el portero de fin de semana barría las hojas acumuladas, salió Pantaleón a sacar de paseo a la asistenta. Pantaleón era uno de los seres más inteligentes del edificio, a pesar de su condición canina. No se entienda esto como una crítica a los contratadores del portero de fin de semana, que se preciaba de trabajar para personas, en su gran mayoría, ejemplo de bonhomía, educación y cultura. Sirva entonces el comentario para destacar el hecho extraordinario del perro Pantaleón -‘Panta’, para los allegados-. La asistenta de los dueños de Pantaleón, mientras éste decidía -la mirada perdida en el infinito-, si prefería olisquear meadas de congéneres en la glorieta de Rubén Darío o en la plaza de Chamberí, se fijó en el Belén:

-¡Qué bonito es! Es una preciosidad.

-Sí, sí que lo es; lo raro es que este año lo haya puesto aquí -dijo el portero de fin de semana.

-Sí, solía ponerlo allí encima.

-Sí.

Pantaleón seguía barajando pros y contras.

-Dentro de diez días me voy a mi país, a pasar la Navidad.

-Ajá.

-Me esperan tres nietos -dijo la asistenta, alegremente orgullosa.

-Qué bien. Usted es de Polonia, ¿verdad?

-Sí.

-¿De qué ciudad?

-[nombre indescifrable], al sur, cerca de Cracovia.

Sur, cerca de Cracovia. Algo se agitó dentro del portero de fin de semana. Las largas horas de estar sentado a que su oficio le obligaba habían desquiciado su natural tendencia a la lectura. En concreto, se trataba de un caletre enfermo de mitología habsbúrguica, por culpa de escritores como Joseph Roth y Claudio Magris; así que no tuvo más remedio que seguir inquiriendo:

-Esa zona perteneció al Imperio Austrohúngaro, ¿verdad?

-¿Cómo?… -la asistenta le miraba sin entender.

-Austria; esa parte de Polonia perteneció a Austria, hace mucho, antes de la Primera Guerra Mundial…

-¡Ah, sí, sí! Mi padre hablaba de aquello… Hablaba muy bien de aquellos tiempos. Austria, muy bien -el alma del portero de fin de semana sonrió-. Los que pertenecieron a Alemania y Rusia, mal… Sobre todo Rusia, muy mal… Pero Austria, muy bien.

El patriotismo romántico del portero de fin de semana -su ciudadanía literaria- estaba en éxtasis. Todos sus amigos conocían su amor quijotesco por el último Imperio Habsbúrguico. Todos sus amigos sabían que su manera de ser español, europeo y persona dependían en gran medida de ese luminoso fracaso civilizatorio.

Luz que esa mañana atravesaba décadas, traslados de fronteras, guerras mundiales, generaciones de familias polacas, caídas de muros y migraciones intraeuropeas para brillar en su humilde inicio de jornada laboral.

Pantaleón llegó a la conclusión de que era más probable encontrar perras en celo en la plaza de Chamberí.

 

Y allí se quedó el portero de fin de semana, abrazado a la escoba, mirando el Belén del chiscón, disfrutando de su primer regalo de Navidad.

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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