El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: LOS PUNSETES

Y NO ME DEFIENDO, POR NO MOLESTARTE

Me levanto y, como todos los días, me pongo a Alsina para enterarme de cómo están las cosas. Y las cosas están como siempre.

Pero, entre el barullo de noticias repetidas, me llama la atención una, no tan común.

Vivimos saturados de peroratas públicas de nuestros representantes políticos, especialmente en el sector progresista, sobre los derechos de las mujeres. Se votan decenas de leyes de igualdad, contra la violencia de género, contra el machismo.

Asistimos a un continuo rasgado de vestiduras por los desmanes del patriarcado occidental.

Pero llega la delegación iraní  de visita a la principal institución de nuestra democracia y el único partido que se opone a que las mujeres sean tratadas como seres inferiores (o peligrosos para las frágiles virtudes de los machos iraníes) es VOX. Y (un poquito, pero sin pasarse) Ciudadanos.

Dicen fuentes del Congreso que ese protocolo de (no) saludo es típico cuando nos visitan países árabes.

Árabes.

Uno ya no sabe si la correción política les ha deconstruido el cerebro o es que son unos simples ignorantes. Este protocolo no lo ponen en marcha los países por ser árabes, sino por ser musulmanes.

Musulmanes. Repitan conmigo: musulmanes. Mu-sul-ma-nes.

Mu

sul

ma

nes.

Y los únicos que se han opuesto a que las representantes de nuestra democracia sean tratadas como seres inferiores han sido VOX y (un poquito, pero sin pasarse) Ciudadanos.

Que cada palo aguante su vela.

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TU PUTO GRUPO POMPIER

Enterado del último debate entre las huestes de la intelligentsia católica, me entretengo en los intermedios de estudio y trabajo siguiendo sus pormenores.

Ciertamente, la tensión entre cristiano y Mundo es un elemento crucial de esta religión. Buena parte de la motivación para escribir Las Casas proviene del incansable reflexionar sobre esa agonía fundamental del ser cristiano. Que tiene una derivada muy importante al tratar de pensar qué pueda llegar a ser, concretamente, una política cristiana.

En la obra, intento que todas las posiciones tengan su voz, aunque yo pueda tener más afinidad con algunas de ellas. Porque puedo tener más afinidad, pero lo que no tengo es la Verdad absoluta.

Pero es cierto que siempre me resultan chocantes las posiciones cristianas que tratan de usar a Cristo como excusa para cambiar el mundo. Yo creo que la enseñanza cristiana fundamental es que el mundo no se cambia, el mundo se sufre. Hasta la cruz, si es necesario. Que de ese sufrimiento pueda surgir un cambio a mejor del mundo, creo que es cosa de poco interés para el auténtico creyente. O, por lo menos, de bastante menor interés que la vida eterna.

También tengo que reconocer que me hacen gracia los cristianos que se quejan de que ahora es más difícil ser un buen cristiano. Vamos, que ahora mismo es muy difícil ser bueno. Porque el mundo ha cambiado mucho.

Claro, como Cristo vivió durante el imperio carolingio, rodeado de monasterios.

Según esa bobada de argumento, Cristo nunca hubiese podido ser Cristo en la época en la que nació.

En fin, que cada cual haga lo que crea menester para salvar su alma. Incluido criticar a los grupitos rivales que conforman las huestes de la intelligentsia católica. No sé si servirá de algo, pero al menos pasamos el rato.

MIRAD CÓMO ESTÁ HECHO EL MUNDO

Me río de Dios, porque veo cómo está hecho el mundo, dice en una historia jasídica un ingenioso y venerable santo judío oriental. No se trata de un devoto dotado accidentalmente de humor, sino de un hombre que es santo sobre todo por su ironía, inseparable -en esa tradición- de la religión. La fe significa, de hecho, una confianza total en Dios, una vida tan impregnada de su presencia que puede permitirse incluso irreverencias familiares, como entre padres e hijos que se quieren. El sentido de Dios está inextricablemente fusionado con toda la persona y constituye su vitalidad, la fuerza, las raíces de la existencia; como bien sabía Kafka, que se sentía culpable por el agotamiento vital -ese enraizamiento insidioso, sobre todo para los modernos, del pecado de la melancolía, de la depresión que priva a la realidad del significado y del placer- y su desarraigo del judaísmo oriental; y que envidiaba a los que pertenecían a él con arrojada inmediatez y, a la manera de aquel buen sastre al que le reprocharon que pasara tantos meses para hacer un par de pantalones cuando al Señor le habían bastado seis días para crear el mundo, se permitían decir: Sí, pero, sinceramente, mirad cómo está hecho el mundo y cómo están hechos estos pantalones.”

Alfabetos. Ensayos de literatura, de Claudio Magris; Anagrama, 2010; pg. 234 [con unos retoques de estilo en la redacción de la traducción de mi propia cosecha].

NO HAY ESCAPATORIA, NI LUGAR EN LA MEMORIA (PARADOJAS DEL ROMANTICISMO ESPAÑOL)

Tras la proclamación el 29 de junio de 1707 del Decreto de Nueva Planta del Reino de Valencia, los habitantes de la villa de Requena vieron cómo el primer Borbón que nos reinaba terminaba con casi cinco siglos de puerto seco: es decir, con la posibilidad de cobrar impuestos por el tráfico de mercancías entre los reinos hispanos de Valencia y Castilla.

El proceso de unificación legal y fiscal de la Península continuó sin descanso durante los dos siglos siguientes (las guerras Carlistas del siglo XIX tienen bastante que ver con este proceso).

Cuando el nacionalismo español apela a su gloria imperial, curiosamente, hace referencia a un momento histórico en el cual la unidad legal y fiscal era una utopía impensable. Cuando la derechona española en tertulia total apela al distributismo económico de la Edad Media suele olvidarse de los puertos secos (poco antes de denigrar a las Comunidades Autónomas).

El nacionalista español, como casi todos los nacionalistas, suele ser un liberal con fronteras. Considera que el liberalismo económico es bueno en todas partes; pero como eso le llevaría a la conclusión de que las mismas leyes deberían gobernar en todo el mundo a la vez (y eso es universalismo multicultural), necesita banderitas para distinguir cada cachito de liberalismo (es decir, cada estado-nación). Y eso le lleva a descubrir enormes diferencias entre un español y un francés. O un inglés. Y se siente sometido y esclavizado por la multicultural Unión Europea. Y entonces se sueña imperial, y que extiende su liberalismo a todo el planeta, en lucha contra los otros cachitos de liberalismo de los que se compone el mundo, que también quieren extender su liberalismo idéntico (aunque lo deseen identitario y distinto).

Sin querer asumir que el resultado sería el mismo que busca el liberal universal y multicultural: las mismas leyes económicas gobernando el mundo.

Las mismas leyes gobernando el mismo y único mercado.

“La Ley de garantía de la Unidad de Mercado (Ley 20/2013, de 9 de diciembre) pretende reducir las trabas para las empresas que venden en diferentes comunidades autónomas y que han de cumplir una normativa distinta en cada una de ellas. Las Comunidades tienen transferidas las competencias en materias de comercio y consumo, lo que les permite fijar criterios propios en cuanto al envasado, etiquetado, sistemas de distribución de productos, licencias para su venta, etc. Las empresas que operan en comunidades diferentes han de adaptarse a las diferentes normativas y tramitar las licencias necesarias para operar en cada territorio, lo que les supone un elevado coste en trámites administrativos.

El principio de unidad de mercado tiene su reflejo en el artículo 139 de la Constitución que expresamente impide adoptar medidas que directa o indirectamente obstaculicen la libertad de circulación y establecimiento de las personas y la libre circulación de bienes en todo el territorio español.

La unidad de mercado se fundamenta también en la igualdad de las condiciones básicas de ejercicio de la actividad económica. En concreto, los productores tendrán que pedir una sola licencia en una comunidad autónoma, y podrán comercializar sus productos en todo el país. El establecimiento de este principio de licencia única elimina en la práctica el coste de tener que someterse hasta a 17 regulaciones distintas para operar en España.”

Temario de la oposición al Cuerpo de Gestión Procesal y Administrativa de la Administración de Justicia; vol. 3; Adams, 2019; Anexo I del Tema 63: Procedimiento para la garantía de la unidad de mercado de la Ley Reguladora de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa.

JORDAN PETERSON Y EL OBISPO CATÓLICO

Vale, vale, sí, sí… I know, Jon Snow… Me estoy poniendo un pelín pesado con el señor Peterson.

Pero es que hace diez días colgó en su canal de YouTube una conversación de hora y media con el obispo católico estadounidense Robert Barron (lo siento, pero, por ahora, sólo tiene subtítulos en inglés). Y he pensado que podría resultar de mucho interés para buena parte de vosotros.

Espero que así sea.

Y aprovecho para dejaros otra cancioncita de Los Punsetes, que sé que os hacen mucha gracia (aunque no se lo podáis contar a vuestros colegas tradis, esos que roban puro y duro de este blog, pero sin citar como Dios manda su pequeño pecadillo lector).

Un beso, amiguitos.

EL INSOPORTABLE PESO DEL TIEMPO PERDIDO

Mi hermana me envía una foto.

Si no me equivoco, es del verano de 2004. Hace quince años. En algún lugar cerca de la ermita de Chamorro, en Ferrol.

Fue un viaje triste, finiquito de un amor espinoso que apenas había durado un año. Poco después de haber abandonado la militancia nacionalista, el estudio del Derecho y el proyecto vital que había articulado mi existencia durante un lustro.

A pesar de todo ello, lo que más me ha llamado la atención al ver la foto es la fuerza que aquel ser que yo era parecía albergar. Las inmensas posibilidades. Los múltiples futuros disponibles.

Parece el momento perfecto para casarse y formar una familia. Para ser padre. Con la fuerza necesaria para enfrentar todas las asperezas de una vida madura.

Pero no era eso en lo que estaba pensando. Desarbolado, aquel barco a la deriva había decidido permitirse un retorno a la adolescencia. Un nuevo comienzo, porque no tenía ni idea de por qué camino continuar.

Un par de meses más tarde, empecé los estudios de Filología Alemana. Y conocí a mi ex-mujer.

El día que me sacó esa foto una muchacha que ya no me amaba, el sol me quemó. Pasé una semana rojo como un cangrejo. Un epílogo ridículo para una de las peores épocas de mi vida. Qué poco aprendí de todo aquello. Quizá es que tampoco había demasiado que aprender.

Y qué de tiempo perdido. Qué de fuerzas malgastadas. Qué despilfarro.

Lo que pudo ser y no fue y ya no será.

Esta foto me produce una melancolía monstruosa. Pero tampoco tengo claro que las cosas hayan podido ser de otra manera. No sé si existía otra forma de alcanzar el conocimiento sobre lo que quiero ser que a través de esta existencia cuyo recuerdo, ahora mismo, me hace sufrir.

Nadie aprende en cabeza ajena, solía decir mi abuela Pacucha. Lo trágico del asunto es que esta forma de aprender suele llegar tarde.

En fin, tratemos de centrarnos en lo que aún queda por hacer, Dios mediante.

No hay tiempo que perder.

ESA LUZ INFANTIL

Paseo de descompresión en esta ciudad que hoy me resulta especialmente ajena.

Y al fondo de la calle, la mirada es arrastrada hacia el cielo aún azul, aún diurno, subiendo por una masiva escalera de nubes, envuelta en una luz infantil, que me transporta más de treinta años atrás, hacia otro cielo azul, con otra masiva escalera de nubes, elevándose sobre las vías del tren que te llevaban lejos de Ferrol.

Era una luz misteriosa y profética, que anunciaba desarraigos y viajes y lejanías para ese niño que crecía entre aspiraciones heroicas y ansias de aventura.

Es como si ese niño pudiese presentir, al dejarse confundir por aquella luz, toda la melancolía que el dolor de la vida le tenía destinada.
Un anuncio de cruz
que condena y previene,
que aplasta y prepara.

La inmensidad de la condición humana se me vuelve a hacer presente en esta luz infantil y eterna, mientras paseo por las calles del puente de hierro a través del cual trato de llegar al otro lado del acantilado, donde me esperan los míos.

Qué solo estoy sin ellos.

Mientras paseo en varios mundos a la vez, una mujer, que trata de aparentar varias derrotas menos de las que su rostro refleja, combatiendo a la desesperada contra su propia soledad, me pregunta cuál es el libro que llevo en la mano.

-Es una agenda -respondo, sonriendo con toda la amabilidad de la que soy capaz, sin detenerme.

Y sigo caminando hacia el hostal, desvanecida ya la luz eterna e infantil, sumergido en la profecía cumplida.

Tratando de atisbar entre la niebla el final del puente de hierro.

UNA DE ESAS IMÁGENES INSOPORTABLES

Es una de esas imágenes insoportables.

Porque Valeria tenía un año y once meses, casi la misma edad de Ana Ofelia.
Supongo que por eso se me hace insoportable.

Es una de esas imágenes que te hacen dar gracias a Dios
y maldecirlo
en el mismo pensamiento.

Porque sabes lo que son ese año y once meses:

se ha quedado dormida sobre tu pecho
se ha reído con tus bromas
ha bailado contigo por las mañanas.

Se te ha roto el alma al ver su dolor tras un accidente mínimo.
Y ha sido ella la que te ha consolado
rodeando tu cuello con sus bracitos
al ver cómo lloras de preocupación.

Un año y once meses.

Harías cualquier cosa por ella.
Arriesgarías cualquier frontera
cualquier dragón
por darle un futuro.

Es una de esas imágenes insoportables.
De esas que te hacen escribirle a su madre para decirle que la amas
y que la vida sin ellas es una broma absurda.

Es una de esas imágenes insoportables
que habría que graparse en la frente
para verla cada vez que te enfrentes
a un espejo.

Para saber lo que el mundo es
lo que te puede dar
lo que te puede quitar.

Para acostumbrarte a soportar
lo que no quieres ni imaginar.

Porque es una de esas imágenes insoportables.

LA TIERRA PROMETIDA

Los cinco se preparaban para acompañar a la familia Santangelo a la Santas Ruinas, a la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Maria insistió en que Iván viajase con ella y con sus hijas en la furgoneta que conducía su marido. Iván aceptó con cara de resignación, tras pedir permiso con la mirada a Abraham.

Lope, mientras tanto, observaba a José desde su montura.

-¿Estás seguro de que quieres venir? -le preguntó, sin mirarle a la cara.

José siguió con la mirada perdida. Dejó escapar un suspiro de cansancio antes de contestar.

-No. Pero voy.

José picó espuelas y su caballo se puso en movimiento con desgana.

Abraham les miró un momento, antes de seguirles y ponerse en marcha con el resto de la caravana.

Maria decidió que Iván se sentaría entre Fatima, que quedaría a su izquierda, y Giovanna, que estaría a la derecha. La matriarca vigilaría toda la escena desde el asiento de atrás, en el que iba acompañada por una hermana suya y una de sus cuñadas, ambas muy sonrientes y dicharacheras.

Iván permanecía muy tieso en su asiento, como si el respaldo quemara. De vez en cuando se atrevía a lanzar miradas cortas a diestra y siniestra, donde siempre encontraba un par de ojos anhelando su atención. Giovanna fue la primera que se atrevió a preguntar a Iván por las aventuras que había corrido hasta entonces. Iván empezó a contar lo que habían vivido, perdiendo poco a poco la timidez, para gran alegría y satisfacción de todas las mujeres que lo rodeaban. Evidentemente, muchas cosas se las guardaba. Pero eso no impedía que el relato fuera de gran interés para las dos jóvenes, ansiosas de novedades curiosas. Aunque Fatima permanecía callada, escuchando con atención, su mirada era intensa, y conseguía poner un poco nervioso a Iván. La narración del encuentro con los humanoides impresionó sobremanera a las dos hermanas. Incluso Fatima se animó a hacer preguntas al respecto.

Poco a poco, el grupo se fue acercando a las ruinas que habían visto el día anterior. Se unieron a la enorme masa de peregrinos que recorría las calles de la antigua ciudad, en dirección al río.

Al aproximarse a sus aguas, vieron que su columna no era la única que avanzaba hacia la colina que se elevaba en la otra orilla; otras procesiones multitudinarias ocupaban los diversos puentes que salvaban la corriente.

Thomas se acercó a la furgoneta y le hizo gestos a Iván para que mirase lo que tenían ante ellos.

-Las Santas Ruinas -dijo el teólogo, sonriente.

Iván no pudo evitar echarse hacia delante en su asiento, tratando de ver mejor. Las mujeres se rieron de su reacción.

-Bajemos todos -ordenó Maria con entusiasmo.

Iván apenas pudo esperar a salir y estuvo a punto de caerse, pero Fatima le ayudó a recuperar el equilibrio, con un exceso de contacto corporal que produjo una embriagadora vergüenza en ambos jóvenes.

Aunque Thomas insistía en señalar aquello que más merecía su interés, a Iván le costó desprender su atención de Fatima.

-El Vaticano, Iván -dijo el anciano.

El joven se quedó parado en medio de la barahúnda, cada vez más densa y apelmazada. Recordó las bellas ilustraciones que había visto de niño en Rilo y no pudo evitar que las lágrimas invadiesen sus mejillas: allí apenas permanecían unos restos ínfimos de los antiguos edificios, columnas fracturadas como astillas de mármol, embadurnados de un extraño color ceniza oscuro, que parecía desprender brillos metálicos al contacto con el exiguo sol.

Thomas dejó de sonreír al ver las lágrimas de Iván. José también se fijó en el joven y se vio obligado a apartar la vista para evitar contaminarse con su emoción.

Lope observaba las Ruinas con sereno interés. Abraham buscaba algo con la mirada.

-Seguidme -dijo el monje al grupo.

Abraham se puso en cabeza y empezó a abrir camino entre la multitud, que se apartaba a su paso, respetando el hábito de Monje Buscador.

Se fueron acercando a un pequeño edificio que parecía estar más completo que el resto, con buena parte del techo aún milagrosamente intacto. En su interior expuesto a la intemperie, los sacerdotes se preparaban para iniciar la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Iván se fijó en los restos de pintura del interior de las paredes.

-Ahí estaba el Juicio Final -le dijo Thomas.

Iván apenas pudo percibir algunas figuras confusas. Era difícil relacionar lo que veía con sus recuerdos de estudiante. Además, cada vez resultaba más complicado moverse entre el gentío. Sintió el cuerpo de Fatima apretarse al suyo, obligada por las circunstancias. Ambos jóvenes se miraron, invadidos un mínimo instante por un rubor delicioso.

Enseguida apartaron las miradas y se obligaron a prestar atención a lo que ocurría alrededor del altar, donde la ceremonia parecía a punto de comenzar.

José se fijó en lo que quedaba del techo: vio a Adán, solo, su dedo suspendido en el aire. Dios había desaparecido.

Perdió la noción del tiempo mientras miraba hacia lo alto. Cuando se quiso dar cuenta, una inmensa masa humana se arrodillaba desde el altar hasta más allá del río, en todas direcciones. Sintiéndose ridículo por ser el único que permanecía de pie, se arrodilló.

Siguió con poco interés el oficio, deseando que terminase lo antes posible. Lo cual no ocurrió demasiado pronto. Aprovechó el momento de la comunión para retirarse del lugar que ocupaba y moverse hacia una zona menos densamente ocupada. Se encontró caminando entre los bellos árboles de un parque muy bien cuidado. Supuso que ahí habían estado, otrora, los famosos jardines vaticanos. Paseó tranquilamente, olvidado de todo.

De repente, una imagen cruzó su mente, y su cara forzó una mueca de dolor. Hizo un movimiento de negación con la cabeza y entonces vio a Lope a su lado. La sorpresa le ayudó a recuperar el control.

-Te vas a perder la comunión -dijo al gigante.

-Te vas a perder tú -respondió Lope.

José no pudo evitar sonreír. Miró a Lope un momento, sacudió la cabeza con un rictus irónico, y volvió a pasear.

Lope le siguió, silencioso, mirando al suelo.

Cuando volvieron al edificio, encontraron a Abraham y a Thomas hablando seriamente con varios monjes y obispos. Iván le explicaba algo a las dos hermanas, señalando la pared del Juicio Final, mientras eran concienzudamente observados por Maria y compañía.

Abraham, al verles llegar, se despidió de sus contertulios, y se acercó a ellos acompañado de Thomas.

-Tenemos que hablar -dice, sin dejar de andar, esperando que los demás le sigan-. Traed a Iván.

Los cuatro siguen a Abraham, que sólo se detiene al llegar al muro de piedra que impide caer al río.

Cuando los cuatro llegan a su altura, el pensamiento de Abraham parece morar en otra dimensión.

Iván mira a Thomas, sin atreverse a romper el silencio; el anciano le devuelve una mirada preocupada.

-El Concilio no será aquí -dice Abraham, finalmente.

José rechista, mientras Iván abre exageradamente la boca.

-¿Demasiado riesgo? -pregunta Lope.

Thomas y Abraham afirman con la cabeza.

-Al parecer, una Casa se ha ofrecido a acoger el Concilio -dice Abraham-. Sin duda alguna, podrá proporcionar seguridad a los asistentes.

-¿Qué Casa? -pregunta José.

-Rilo -responde Thomas.

Todos miran a Iván, cuyos ojos amenazan con apoderarse de la totalidad de su rostro.

-Regreso al hogar, muchacho -dice José, palmeándole el pecho amistosamente.

Lope sonríe.

-Pero tardaremos en llegar -continúa Abraham-. A partir de ahora, iremos andando. Y evitaremos los caminos principales.

-Ah, perfecto -replica José-. Supongo que pueden esperar por nosotros hasta la próxima Caída.

-Todos los participantes harán lo mismo, José -explica Thomas, sonriendo-. Es una cuestión de seguridad. En cualquier caso, el Concilio comenzará el Lunes de Pascua. Tenemos tiempo de sobra.

-Genial -dice José, jocoso-. Espero que tengas dinero suficiente para pagarme las horas extra, querido Abri.

Abraham ni siquiera mira a José.

-El obispo nos ha invitado a comer -dice el monje-. Haced el favor de comportaros.

Abraham empieza a andar en dirección a la derruida capilla. Los otros cuatro le siguen. José va el último, haciendo gestos burlones que nadie ve.

La comida y su sobremesa se extienden con facilidad hasta el temprano atardecer. Maria y los suyos están encantados de poder compartir mesa con el Obispo Ahmed, gracias a su relación con los cinco compañeros. Mientras Lope intenta evitar que José se beba otra copa de vino y Abraham comparte información con otros miembros de su Orden, Iván deja de prestar atención por un momento a las hermanas para fijarse en el teólogo, que tiene la vista clavada en el cielo.

Iván sigue su mirada y se da cuenta de que está anocheciendo: se está produciendo un infinito parto de estrellas sobre ellos.

-La Vía Láctea -dice José, que también está mirando hacia el cielo.

-El Camino de Santiago -dice Thomas, a su vez, sonriendo a Iván.

Lope pone la mano sobre el hombro de Abraham, para llamarle la atención sobre lo que se está perdiendo.

Los cinco miran hacia arriba.

-Considerando la inmensidad del teatro que Dios creó para nuestras representaciones, esos millones de soles y galaxias tan alejados unos de otros, uno se ve tentado a pensar que lo que el Señor quiere de nosotros es que viajemos sin parar, hasta el final de los tiempos -el anciano iluminador hace una pausa antes de continuar-. Un éxodo eterno. Siempre en camino. Siempre buscando. Siempre en camino de una tierra prometida. Siempre a la aventura; es decir, siempre a lo que venga. A lo que no está claro qué vaya a ser. Sin miedo, hacia el caos del futuro. En nuestras pequeñas arcas, naves espaciales quizá algún día. Dejando atrás, sin que merezca una simple mirada por nuestra parte, el pasado tortuoso en el que nos enfangamos. Una minúscula comunidad en perpetuo estado de huida, en perpetua búsqueda de paz y descanso.

Thomas calló un momento. Bajó la mirada un breve instante, antes de volver a elevarla al cielo y continuar hablando:

-Pero quizá el descanso y la paz sean para nosotros, pobres criaturas de Dios, paradójicamente, el estar constantemente en camino. Quizá la tierra prometida sea el camino. Y lo que se va aprendiendo en él.

José bajó la mirada. Se sirvió otra copa de vino, sin que Lope tratase de detenerle, se levantó de la mesa, y se fue en dirección al parque en el que había estado durante la misa.

Abraham le vio marchar y suspiró.

MONAQUISMO AGGIORNADO

Inquirido el abad sobre alguna oración que resultase especialmente útil a la hora de establecer una adecuada relación con Dios, el anciano respondió:

-Pues tras rezar Vísperas, yo suelo coger el bajo, el hermano Peter se pone a la batería, los hermanos Yuyi y Chirben cogen las guitarras, y toda la comunidad canta junta “Una persona sospechosa” -el anciano hizo una pausa-. No hay mejor forma de recordar que todos somos pecadores.

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