El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: LOS PUNSETES

EL INSOPORTABLE PESO DEL TIEMPO PERDIDO

Mi hermana me envía una foto.

Si no me equivoco, es del verano de 2004. Hace quince años. En algún lugar cerca de la ermita de Chamorro, en Ferrol.

Fue un viaje triste, finiquito de un amor espinoso que apenas había durado un año. Poco después de haber abandonado la militancia nacionalista, el estudio del Derecho y el proyecto vital que había articulado mi existencia durante un lustro.

A pesar de todo ello, lo que más me ha llamado la atención al ver la foto es la fuerza que aquel ser que yo era parecía albergar. Las inmensas posibilidades. Los múltiples futuros disponibles.

Parece el momento perfecto para casarse y formar una familia. Para ser padre. Con la fuerza necesaria para enfrentar todas las asperezas de una vida madura.

Pero no era eso en lo que estaba pensando. Desarbolado, aquel barco a la deriva había decidido permitirse un retorno a la adolescencia. Un nuevo comienzo, porque no tenía ni idea de por qué camino continuar.

Un par de meses más tarde, empecé los estudios de Filología Alemana. Y conocí a mi ex-mujer.

El día que me sacó esa foto una muchacha que ya no me amaba, el sol me quemó. Pasé una semana rojo como un cangrejo. Un epílogo ridículo para una de las peores épocas de mi vida. Qué poco aprendí de todo aquello. Quizá es que tampoco había demasiado que aprender.

Y qué de tiempo perdido. Qué de fuerzas malgastadas. Qué despilfarro.

Lo que pudo ser y no fue y ya no será.

Esta foto me produce una melancolía monstruosa. Pero tampoco tengo claro que las cosas hayan podido ser de otra manera. No sé si existía otra forma de alcanzar el conocimiento sobre lo que quiero ser que a través de esta existencia cuyo recuerdo, ahora mismo, me hace sufrir.

Nadie aprende en cabeza ajena, solía decir mi abuela Pacucha. Lo trágico del asunto es que esta forma de aprender suele llegar tarde.

En fin, tratemos de centrarnos en lo que aún queda por hacer, Dios mediante.

No hay tiempo que perder.

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ESA LUZ INFANTIL

Paseo de descompresión en esta ciudad que hoy me resulta especialmente ajena.

Y al fondo de la calle, la mirada es arrastrada hacia el cielo aún azul, aún diurno, subiendo por una masiva escalera de nubes, envuelta en una luz infantil, que me transporta más de treinta años atrás, hacia otro cielo azul, con otra masiva escalera de nubes, elevándose sobre las vías del tren que te llevaban lejos de Ferrol.

Era una luz misteriosa y profética, que anunciaba desarraigos y viajes y lejanías para ese niño que crecía entre aspiraciones heroicas y ansias de aventura.

Es como si ese niño pudiese presentir, al dejarse confundir por aquella luz, toda la melancolía que el dolor de la vida le tenía destinada.
Un anuncio de cruz
que condena y previene,
que aplasta y prepara.

La inmensidad de la condición humana se me vuelve a hacer presente en esta luz infantil y eterna, mientras paseo por las calles del puente de hierro a través del cual trato de llegar al otro lado del acantilado, donde me esperan los míos.

Qué solo estoy sin ellos.

Mientras paseo en varios mundos a la vez, una mujer, que trata de aparentar varias derrotas menos de las que su rostro refleja, combatiendo a la desesperada contra su propia soledad, me pregunta cuál es el libro que llevo en la mano.

-Es una agenda -respondo, sonriendo con toda la amabilidad de la que soy capaz, sin detenerme.

Y sigo caminando hacia el hostal, desvanecida ya la luz eterna e infantil, sumergido en la profecía cumplida.

Tratando de atisbar entre la niebla el final del puente de hierro.

UNA DE ESAS IMÁGENES INSOPORTABLES

Es una de esas imágenes insoportables.

Porque Valeria tenía un año y once meses, casi la misma edad de Ana Ofelia.
Supongo que por eso se me hace insoportable.

Es una de esas imágenes que te hacen dar gracias a Dios
y maldecirlo
en el mismo pensamiento.

Porque sabes lo que son ese año y once meses:

se ha quedado dormida sobre tu pecho
se ha reído con tus bromas
ha bailado contigo por las mañanas.

Se te ha roto el alma al ver su dolor tras un accidente mínimo.
Y ha sido ella la que te ha consolado
rodeando tu cuello con sus bracitos
al ver cómo lloras de preocupación.

Un año y once meses.

Harías cualquier cosa por ella.
Arriesgarías cualquier frontera
cualquier dragón
por darle un futuro.

Es una de esas imágenes insoportables.
De esas que te hacen escribirle a su madre para decirle que la amas
y que la vida sin ellas es una broma absurda.

Es una de esas imágenes insoportables
que habría que graparse en la frente
para verla cada vez que te enfrentes
a un espejo.

Para saber lo que el mundo es
lo que te puede dar
lo que te puede quitar.

Para acostumbrarte a soportar
lo que no quieres ni imaginar.

Porque es una de esas imágenes insoportables.

LA TIERRA PROMETIDA

Los cinco se preparaban para acompañar a la familia Santangelo a la Santas Ruinas, a la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Maria insistió en que Iván viajase con ella y con sus hijas en la furgoneta que conducía su marido. Iván aceptó con cara de resignación, tras pedir permiso con la mirada a Abraham.

Lope, mientras tanto, observaba a José desde su montura.

-¿Estás seguro de que quieres venir? -le preguntó, sin mirarle a la cara.

José siguió con la mirada perdida. Dejó escapar un suspiro de cansancio antes de contestar.

-No. Pero voy.

José picó espuelas y su caballo se puso en movimiento con desgana.

Abraham les miró un momento, antes de seguirles y ponerse en marcha con el resto de la caravana.

Maria decidió que Iván se sentaría entre Fatima, que quedaría a su izquierda, y Giovanna, que estaría a la derecha. La matriarca vigilaría toda la escena desde el asiento de atrás, en el que iba acompañada por una hermana suya y una de sus cuñadas, ambas muy sonrientes y dicharacheras.

Iván permanecía muy tieso en su asiento, como si el respaldo quemara. De vez en cuando se atrevía a lanzar miradas cortas a diestra y siniestra, donde siempre encontraba un par de ojos anhelando su atención. Giovanna fue la primera que se atrevió a preguntar a Iván por las aventuras que había corrido hasta entonces. Iván empezó a contar lo que habían vivido, perdiendo poco a poco la timidez, para gran alegría y satisfacción de todas las mujeres que lo rodeaban. Evidentemente, muchas cosas se las guardaba. Pero eso no impedía que el relato fuera de gran interés para las dos jóvenes, ansiosas de novedades curiosas. Aunque Fatima permanecía callada, escuchando con atención, su mirada era intensa, y conseguía poner un poco nervioso a Iván. La narración del encuentro con los humanoides impresionó sobremanera a las dos hermanas. Incluso Fatima se animó a hacer preguntas al respecto.

Poco a poco, el grupo se fue acercando a las ruinas que habían visto el día anterior. Se unieron a la enorme masa de peregrinos que recorría las calles de la antigua ciudad, en dirección al río.

Al aproximarse a sus aguas, vieron que su columna no era la única que avanzaba hacia la colina que se elevaba en la otra orilla; otras procesiones multitudinarias ocupaban los diversos puentes que salvaban la corriente.

Thomas se acercó a la furgoneta y le hizo gestos a Iván para que mirase lo que tenían ante ellos.

-Las Santas Ruinas -dijo el teólogo, sonriente.

Iván no pudo evitar echarse hacia delante en su asiento, tratando de ver mejor. Las mujeres se rieron de su reacción.

-Bajemos todos -ordenó Maria con entusiasmo.

Iván apenas pudo esperar a salir y estuvo a punto de caerse, pero Fatima le ayudó a recuperar el equilibrio, con un exceso de contacto corporal que produjo una embriagadora vergüenza en ambos jóvenes.

Aunque Thomas insistía en señalar aquello que más merecía su interés, a Iván le costó desprender su atención de Fatima.

-El Vaticano, Iván -dijo el anciano.

El joven se quedó parado en medio de la barahúnda, cada vez más densa y apelmazada. Recordó las bellas ilustraciones que había visto de niño en Rilo y no pudo evitar que las lágrimas invadiesen sus mejillas: allí apenas permanecían unos restos ínfimos de los antiguos edificios, columnas fracturadas como astillas de mármol, embadurnados de un extraño color ceniza oscuro, que parecía desprender brillos metálicos al contacto con el exiguo sol.

Thomas dejó de sonreír al ver las lágrimas de Iván. José también se fijó en el joven y se vio obligado a apartar la vista para evitar contaminarse con su emoción.

Lope observaba las Ruinas con sereno interés. Abraham buscaba algo con la mirada.

-Seguidme -dijo el monje al grupo.

Abraham se puso en cabeza y empezó a abrir camino entre la multitud, que se apartaba a su paso, respetando el hábito de Monje Buscador.

Se fueron acercando a un pequeño edificio que parecía estar más completo que el resto, con buena parte del techo aún milagrosamente intacto. En su interior expuesto a la intemperie, los sacerdotes se preparaban para iniciar la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Iván se fijó en los restos de pintura del interior de las paredes.

-Ahí estaba el Juicio Final -le dijo Thomas.

Iván apenas pudo percibir algunas figuras confusas. Era difícil relacionar lo que veía con sus recuerdos de estudiante. Además, cada vez resultaba más complicado moverse entre el gentío. Sintió el cuerpo de Fatima apretarse al suyo, obligada por las circunstancias. Ambos jóvenes se miraron, invadidos un mínimo instante por un rubor delicioso.

Enseguida apartaron las miradas y se obligaron a prestar atención a lo que ocurría alrededor del altar, donde la ceremonia parecía a punto de comenzar.

José se fijó en lo que quedaba del techo: vio a Adán, solo, su dedo suspendido en el aire. Dios había desaparecido.

Perdió la noción del tiempo mientras miraba hacia lo alto. Cuando se quiso dar cuenta, una inmensa masa humana se arrodillaba desde el altar hasta más allá del río, en todas direcciones. Sintiéndose ridículo por ser el único que permanecía de pie, se arrodilló.

Siguió con poco interés el oficio, deseando que terminase lo antes posible. Lo cual no ocurrió demasiado pronto. Aprovechó el momento de la comunión para retirarse del lugar que ocupaba y moverse hacia una zona menos densamente ocupada. Se encontró caminando entre los bellos árboles de un parque muy bien cuidado. Supuso que ahí habían estado, otrora, los famosos jardines vaticanos. Paseó tranquilamente, olvidado de todo.

De repente, una imagen cruzó su mente, y su cara forzó una mueca de dolor. Hizo un movimiento de negación con la cabeza y entonces vio a Lope a su lado. La sorpresa le ayudó a recuperar el control.

-Te vas a perder la comunión -dijo al gigante.

-Te vas a perder tú -respondió Lope.

José no pudo evitar sonreír. Miró a Lope un momento, sacudió la cabeza con un rictus irónico, y volvió a pasear.

Lope le siguió, silencioso, mirando al suelo.

Cuando volvieron al edificio, encontraron a Abraham y a Thomas hablando seriamente con varios monjes y obispos. Iván le explicaba algo a las dos hermanas, señalando la pared del Juicio Final, mientras eran concienzudamente observados por Maria y compañía.

Abraham, al verles llegar, se despidió de sus contertulios, y se acercó a ellos acompañado de Thomas.

-Tenemos que hablar -dice, sin dejar de andar, esperando que los demás le sigan-. Traed a Iván.

Los cuatro siguen a Abraham, que sólo se detiene al llegar al muro de piedra que impide caer al río.

Cuando los cuatro llegan a su altura, el pensamiento de Abraham parece morar en otra dimensión.

Iván mira a Thomas, sin atreverse a romper el silencio; el anciano le devuelve una mirada preocupada.

-El Concilio no será aquí -dice Abraham, finalmente.

José rechista, mientras Iván abre exageradamente la boca.

-¿Demasiado riesgo? -pregunta Lope.

Thomas y Abraham afirman con la cabeza.

-Al parecer, una Casa se ha ofrecido a acoger el Concilio -dice Abraham-. Sin duda alguna, podrá proporcionar seguridad a los asistentes.

-¿Qué Casa? -pregunta José.

-Rilo -responde Thomas.

Todos miran a Iván, cuyos ojos amenazan con apoderarse de la totalidad de su rostro.

-Regreso al hogar, muchacho -dice José, palmeándole el pecho amistosamente.

Lope sonríe.

-Pero tardaremos en llegar -continúa Abraham-. A partir de ahora, iremos andando. Y evitaremos los caminos principales.

-Ah, perfecto -replica José-. Supongo que pueden esperar por nosotros hasta la próxima Caída.

-Todos los participantes harán lo mismo, José -explica Thomas, sonriendo-. Es una cuestión de seguridad. En cualquier caso, el Concilio comenzará el Lunes de Pascua. Tenemos tiempo de sobra.

-Genial -dice José, jocoso-. Espero que tengas dinero suficiente para pagarme las horas extra, querido Abri.

Abraham ni siquiera mira a José.

-El obispo nos ha invitado a comer -dice el monje-. Haced el favor de comportaros.

Abraham empieza a andar en dirección a la derruida capilla. Los otros cuatro le siguen. José va el último, haciendo gestos burlones que nadie ve.

La comida y su sobremesa se extienden con facilidad hasta el temprano atardecer. Maria y los suyos están encantados de poder compartir mesa con el Obispo Ahmed, gracias a su relación con los cinco compañeros. Mientras Lope intenta evitar que José se beba otra copa de vino y Abraham comparte información con otros miembros de su Orden, Iván deja de prestar atención por un momento a las hermanas para fijarse en el teólogo, que tiene la vista clavada en el cielo.

Iván sigue su mirada y se da cuenta de que está anocheciendo: se está produciendo un infinito parto de estrellas sobre ellos.

-La Vía Láctea -dice José, que también está mirando hacia el cielo.

-El Camino de Santiago -dice Thomas, a su vez, sonriendo a Iván.

Lope pone la mano sobre el hombro de Abraham, para llamarle la atención sobre lo que se está perdiendo.

Los cinco miran hacia arriba.

-Considerando la inmensidad del teatro que Dios creó para nuestras representaciones, esos millones de soles y galaxias tan alejados unos de otros, uno se ve tentado a pensar que lo que el Señor quiere de nosotros es que viajemos sin parar, hasta el final de los tiempos -el anciano iluminador hace una pausa antes de continuar-. Un éxodo eterno. Siempre en camino. Siempre buscando. Siempre en camino de una tierra prometida. Siempre a la aventura; es decir, siempre a lo que venga. A lo que no está claro qué vaya a ser. Sin miedo, hacia el caos del futuro. En nuestras pequeñas arcas, naves espaciales quizá algún día. Dejando atrás, sin que merezca una simple mirada por nuestra parte, el pasado tortuoso en el que nos enfangamos. Una minúscula comunidad en perpetuo estado de huida, en perpetua búsqueda de paz y descanso.

Thomas calló un momento. Bajó la mirada un breve instante, antes de volver a elevarla al cielo y continuar hablando:

-Pero quizá el descanso y la paz sean para nosotros, pobres criaturas de Dios, paradójicamente, el estar constantemente en camino. Quizá la tierra prometida sea el camino. Y lo que se va aprendiendo en él.

José bajó la mirada. Se sirvió otra copa de vino, sin que Lope tratase de detenerle, se levantó de la mesa, y se fue en dirección al parque en el que había estado durante la misa.

Abraham le vio marchar y suspiró.

MONAQUISMO AGGIORNADO

Inquirido el abad sobre alguna oración que resultase especialmente útil a la hora de establecer una adecuada relación con Dios, el anciano respondió:

-Pues tras rezar Vísperas, yo suelo coger el bajo, el hermano Peter se pone a la batería, los hermanos Yuyi y Chirben cogen las guitarras, y toda la comunidad canta junta “Una persona sospechosa” -el anciano hizo una pausa-. No hay mejor forma de recordar que todos somos pecadores.

EJERCICIOS ESPIRITUALES PARA SANTOS MODERNOS

-Espiritualmente hablando… ¿en qué momento se encuentra ahora mismo?

El bloguero reaccionario permaneció unos segundos callado, tratando de establecer contacto directo con el logos.

-Estoy intentando mejorar mi nivel de humildad -respondió el guerrero cultural, la mirada fija en un plano existencial superior.

El entrevistador, haciendo ostensibles esfuerzos para no dejar que se notase su emoción, y a riesgo de obtener un conocimiento excesivo para su limitado intelecto, se atrevió a preguntar:

-¿Y cómo se entrena la humildad?

El último héroe de Occidente sonrió y dijo:

-Pues escucho a los Punsetes, claro. En bucle.

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