El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: LAS CASAS

5 DÍAS

El señor de Penn Ar Bed se dejaba salpicar por las olas que rompían en el acantilado. Contemplaba con gesto neutro la furia del océano, desatado bajo un cielo de cemento. El viento jugaba a hacerle perder el equilibrio, pero el señor lo evitaba apoyando la pierna derecha en la roca que se encontraba ante él. Su caballo, a unos pocos metros, comía la hierba minúscula que crecía entre las piedras.

Así encontró Joan a su abuelo, justo cuando empezaba a llover. Su montura agitó molesta la cabeza, al sentir las primeras gotas de agua.

Auguste se cubrió con la capucha de su largo abrigo, de un oscuro color verde, y se alejó del borde del acantilado, hacia su caballo.

Joan esperó a que montara, mientras se cubría con su capucha de color azul marino. Cuando su abuelo llegó a su altura, Joan picó espuelas y tiró de las riendas para trotar junto a él.

-Sigue con la misma idea, abuelo -dijo Joan.

Auguste miró a su nieto durante un instante mínimo y torció el gesto.

-El futuro próximo viene repleto de oportunidades de morir -dijo el señor, con tono molesto-; no sé por qué tiene tanta prisa en hacerlo. Más que valor, veo impiedad en su determinación.

Joan se quedó callado, con la mirada baja.

-Te permito ese rostro triste sólo en mi compañía, Joan -continuó su abuelo-. Que los vasallos no vean nunca tal cosa. Ha llegado el momento de exigir mucho de ellos; así que debemos exigirnos mucho más aún a nosotros mismos.

-Por supuesto, abuelo -dijo Joan, levantando el rostro-. Lo siento.

El señor de la Casa de Penn Ar Bed puso al galope su caballo y Joan hizo lo mismo. Un rayo iluminó el cielo sobre los acantilados.

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SEIS DÍAS

-¿Estás completamente seguro? -preguntó la Primera Magistrada con gesto ligeramente sorprendido.

El hombre del sombrero asintió con la cabeza.

-No sabía que el Principal de Masalia Nova estaba tan preocupado por la Casa de Penn Ar Bed -dijo la mujer sentada a la derecha de la Primera Magistrada-. ¿Qué tipo de alianza pueden tener? ¿Comercial? ¿Militar?

-Al Principal de Masalia Nova no le importa lo más mínimo lo que le pueda ocurrir a la Casa de Penn Ar Bed -dijo la Primera Magistrada-. Somos nosotros los que le preocupamos.

-Guerra en dos frentes es tensar demasiado la cuerda -comentó el hombre sentado a la izquierda de la Primera Magistrada-. Quizá debamos postergar la invasión de Penn Ar Bed.

Todas las miradas convergieron en la Primera Magistrada.

-No -sentenció-. Invadiremos Penn Ar Bed en cuanto Auguste cumpla su amenaza. Y no le quedará más remedio que hacerlo, porque no pienso entregarle a ninguno de los participantes en la matanza de San Miguel; entre otras cosas, porque no tenemos ni idea de quién la llevó a cabo. Y porque no tenemos el más mínimo interés en llegar a saberlo.

-Pero que nos ataquen todos esos aliados en nuestra frontera sur… -insistió el hombre.

-Nos asegurará los votos de los representantes de todas las repúblicas amenazadas, cada vez que propongamos algo en el MetaParlamento -completó la Primera Magistrada, poniéndose de pie-. El Principal nos va a regalar el poder que necesitamos para asegurar la supervivencia de la Unión.

Una sonrisa fugaz se dibujó en el rostro de la Primera Magistrada.

-Y su expansión -añadió la otra mujer, con la mirada perdida.

El hombre del sombrero se despidió con una leve inclinación de cabeza y salió en silencio de la habitación.

ULTIMÁTUM

En siete días, que Dios nos proteja, piensa el señor Auguste.

En siete días, empieza todo, piensa la Primera Magistrada.

En siete días, aún no estaremos preparados, piensa el Principal.

En siete días, será Todos los Santos, piensa Jeanne.

En siete días, estaremos ya muy cerca de las Santas Ruinas, piensa Abraham.

Michel Hundt se queda callado en medio de su clase de Historia.

Patricia baja la cabeza al ver que Michel Hundt pierde el hilo de su clase.

En siete días, la plaga, piensa Santiago de Simou.

En siete días, la verdad, piensa Erik el Rojo.

En siete días, la justicia, piensa el adolescente.

En siete días, el dolor, piensa Ramos-Hollande.

En siete días, que Santa María Virgen sea capaz de retener el brazo de Su Hijo, piensa Marie de Rocamadour.

Ramiro de Mar no piensa en nada. Sólo sufre y reza.

PÓLEMOS

Incómodo por la visión de tantos barcos atascando la bahía, decidió dirigir su mirada hacia las montañas. Los picos de algunas de ellas ya estaban nevados.

La mansión del Principal era el punto más elevado de Masalia Nova, construida sobre los restos de una antigua iglesia católica.

-Disculpe la tardanza, Empresario Erik -dijo el Principal, entrando casi a la carrera en la terraza, seguido de varios consejeros-, pero, como puede imaginar, son momentos especialmente agitados.

La respuesta fue una escueta sonrisa de comprensión. Uno de los consejeros señaló la mesa cercana al Empresario.

-El contrato está listo para ser firmado -dijo el Principal, desplomándose en su silla-, sólo necesita su lectura y su firma.

El Empresario se acercó sin prisa a la mesa, se sentó con la espalda rígida, y empezó a leer el documento sosteniéndolo con su mano izquierda.

Cuando estaba leyendo la tercera página del contrato, el Empresario detuvo su lectura a la mitad del papel, con la mirada fija en una frase.

El Principal y los consejeros, impacientes, esperaron a que el Empresario hiciera algún comentario. El Empresario los miró uno a uno.

-Veo que se ha incluido una cláusula de penalización por abandono del campo de batalla -dijo al fin.

-Es lo acostumbrado en este tipo de contratos -explicó un negro gordo con varios dientes de oro.

El Empresario permaneció callado, mirando fijamente al consejero que acababa de hablar.

-Mi Empresa nunca ha abandonado el campo de batalla -dijo, dejando el contrato de nuevo en la mesa-. No firmaré.

Los consejeros parpadearon y miraron todos a la vez al Principal, que había dejado reposar la nariz sobre la mano derecha, tapándose la boca. El Principal miró al negro gordo, que se dispuso a hablar.

-Podemos excluir la cláusula -dijo el consejero-, pero la oferta se reducirá un veinticinco por ciento.

El Empresario sonrió e hizo ademán de necesitar una pluma.

Firmado el contrato, los consejeros salieron corriendo con el papel hacia otro lugar del edificio.

El Principal se quedó sentado en la mesa con el Empresario, observándolo con curiosidad, mientras éste parecía perdido en sus propios pensamientos. Unos esclavos se acercaron, con comida y bebida.

-Erik el Rojo, es usted el empresario más peculiar con el que me he encontrado -dijo el Principal, antes de darle un largo trago a su copa de vino tinto-. No parece estar demasiado preocupado por el dinero.

El Empresario sonrió, con la mirada baja.

-Lo justo y necesario -respondió-; tengo que pagar a mis trabajadores.

El Principal se llevó a la boca una aceituna.

-Me han dicho que es usted un fervoroso adorador de Marte -preguntó al Empresario-; y que nunca perdería la oportunidad de participar en una guerra como ésta.

-Me temo que le han informado mal -respondió con una sonrisa excesivamente educada-, la religión no es una de mis debilidades. Aunque sí es cierto que creo que la guerra es padre y rey de todo.

El Principal sonrió mientras cortaba un trozo de solomillo.

-¿Qué debilidades puede tener un hombre como usted, me pregunto? -inquirió, antes de meterse el trozo de carne en la boca.

-La belleza de poder contemplar a un hombre realmente valiente, que no huirá nunca de sus adversarios -dijo el Empresario, levantándose de la silla.

El Principal se sorprendió al ver que su invitado se disponía a marcharse.

-¿Cómo puede ser eso una debilidad? -le volvió a preguntar.

Erik el Rojo se despidió con una exigua reverencia y se dirigió hacia la salida, echándole una última mirada al atestado puerto de Masalia Nova.

SEGUNDA SEGUNDA CUARENTA

…si ha habido lugar para castigar al pueblo o a la ciudad que descuida castigar el atropello cometido por los suyos…

El prior se reclinó en su silla, haciendo gemir levemente la madera. Su mirada se lanzó a través de la ventana, hacia la luna llena que iluminaba el mar y la costa de Penn Ar Bed.

Sin abandonar el gesto meditabundo, cerró el volumen de la Suma Teológica, dejando la mano apoyada sobre la tapa del libro. Su mirada se desplazó unos centímetros a la derecha, donde reposaba abierta una carta.

El señor Auguste se había dirigido a los dominicos de San Miguel, tras conocerse la convocatoria del Concilio. Les rogaba que tuviesen en cuenta la urgencia de la situación en la que se encontraba la Casa de Penn Ar Bed y buscasen la forma de favorecer la ayuda que necesitaba. Había que convencer a la mayor cantidad posible de cristianos de la necesidad de luchar contra la Unión.

El prior se levantó y se acercó a otra ventana, justo enfrente de aquélla a través de la cual había estado contemplando la noche. No vio entonces la luz de la luna, sino las luces artificiales de la ciudad más cercana, al otro lado de la frontera; una de las repúblicas de la Unión.

El prior volvió a mirar hacia su mesa de estudio, fijando la vista alternativamente en Santo Tomás y la carta de su señor. Después miró el crucifijo que presidía su habitación.

Los ojos se habían detenido en el costado sangrante de Dios, cuando se oyó el primer grito.

Al dirigir la mirada hacia la puerta, el prior escuchó un creciente caos de golpes y gritos que parecían provenir de todos los rincones del monasterio.

El ruido se acercaba cada vez más, al tiempo que el prior se iba alejando de la puerta.

Cuando tropezó con su mesa de estudio, una vela cayó sobre la carta del señor Auguste. Una llama inflamó la epístola, mientras se abría violentamente la puerta de la habitación.

Una forma oscura se esbozó en el umbral. Con un movimiento desganado, la sombra dejó caer algo en el suelo, delante del prior, mientras los gritos y los golpes se iban apagando.

El prior no pudo evitar orinarse encima al ver lo que había en el suelo: las cabezas de los hermanos Joseph, Kalil y Antoine.

La sombra dio unos pasos más y entró en la habitación. Otras sombras la siguieron. La primera sombra se paró ante el prior, que había caído de rodillas. En la mesa ardía ya la Suma Teológica.

La sombra se quitó el pasamontañas. El prior vio la cara de un adolescente.

-La frente abierta y sangrante del bebé -le dijo el joven, acuclillándose para poner su cara a la altura del rostro del prior-. La frente deformada y sangrante del bebé. Los ojos abiertos y sin vida en la cara del bebé.

VIGILAR Y CASTIGAR

Jeanne observa desde su habitación cómo se alejan las naves en las que viajan cincuenta caballeros de la Casa de Rilo.

Brilla el sol en los acantilados. Brilla el sol en las velas desplegadas. Brilla el sol, pero no calienta.

Frances entra en la habitación de su hermana, con Juana dormida en los brazos. Jeanne la recibe con una sonrisa dulce y triste. Frances se acerca y apoya la cabeza en el hombro de su hermana; mientras mira también hacia los barcos que se alejan.

-¿Qué tal te encuentras? -pregunta Jeanne, al tiempo que acaricia el rostro de Frances.

-Sola -responde su hermana, mientras se sienta en una silla-. Mucho más de lo que hubiese podido imaginar, la verdad.

Jeanne la sigue con la mirada. Se aleja de la ventana y se acerca lentamente hasta su cama. Se queda un momento de pie, pensativa, antes de sentarse sobre el lecho.

-Por caminos diversos, pero, finalmente, la historia de nuestras maternidades está empezando a ser muy parecida… -dice Frances, con la mirada perdida en la claridad de la ventana-. ¿Qué fue lo más duro para ti?

-La autoridad -responde Jeanne, sin dudar-. Tener que ejercerla. Tener que decir constantemente que no. Tener que castigar y mantenerte firme en los castigos. En multitud de ocasiones, resulta agotador. Porque lo único que quieres es abrazar y mimar a esa criaturita. Pero sabes bien que eso es lo peor que podrías hacer. Sin embargo, una cosa es conocer la teoría y otra muy distinta ponerla en práctica. Gracias a Dios, Iván se crio entre hombres formidables. Pero si me hubiese visto completamente sola, sin la presencia de ningún hombre cerca…

-¿Crees que nos cuesta más por ser mujeres? -preguntó Frances, mientras miraba a su hija.

-No lo sé. La abuela tenía la autoridad de tres generales juntos. Aunque todo el mundo insiste en que era una mujer extraordinaria, fuera de lo común. Así que quizá lo normal no sea eso. Lo normal es que nos guste consolar, arropar, proteger… -Jeanne se quedó pensativa durante unos momentos-. La autoridad necesita violencia. Y siempre he considerado la violencia más propia de hombres. Para mal. Y en el caso de la educación, para bien.

Frances permaneció callada un rato, antes de decir algo.

-No sé, en cuestiones humanas, la casuística siempre tiende al infinito. Pero sí, resulta más fácil imaginar a un hombre castigando que a una mujer… -la mirada de Frances se fugó por un momento, antes de fijarla nuevamente en su hija-. En cualquier caso, me temo que no me va a quedar más remedio que acostumbrarme a ello.

Juana se despertó y exigió su comida. Frances desnudó su pecho y acercó el pezón a la boca de su hija. Jeanne se levantó para contemplar la escena más de cerca. Juana empezó a mamar con entusiasmo.

La mirada de Frances, sin embargo, se había vuelto a extraviar en la luz fría de la ventana.

-Me temo que, en los próximos años, muchas mujeres tendrán que acostumbrarse a ello -dijo, cuando su hija, satisfecha, volvió a quedarse dormida.

“Tentación”, de William-Adolphe Bouguereau (1880)

CERVANTES, EL RESENTIDO

Abraham fue el primero en ver el mar Adriático, pero apenas le prestó atención. Enseguida tiró de las riendas para que su caballo encarase la cuesta abajo hacia el litoral. Gruesas pieles negras le protegían del frío viento que corría por las montañas que estaban atravesando. Al norte, unas enormes nubes oscuras empezaban a extenderse por el cielo.

El siguiente en pasar el alto fue Iván, que se sintió extraño al verse a caballo nuevamente sobre unos acantilados.

Tras él cruzaron, manteniendo cierta distancia entre sus monturas, Thomas y José. Lope cerraba la marcha y cuidaba del sexto caballo, que cargaba con buena parte de la comida.

Iván se cubrió la cabeza con la gruesa capucha de su abrigo y se giró para ver cómo se encontraba el anciano teólogo. Thomas no parecía sentir el frío, aunque su rostro reflejaba preocupación; Iván se retrasó un poco para cabalgar a su lado.

-¿Se encuentra bien, Maestro? -le preguntó.

A Thomas le costó salir de su ensimismamiento.

-Me gustaría saber cómo están las cosas en Atenas -admitió, sonriendo con amabilidad a Iván-. No dejo de tener la sensación de haber abandonado a mis amigos…

Iván guardó silencio y dirigió la mirada hacia el mar. Thomas observó al joven.

-¿Echas de menos tu casa, Iván? -preguntó el anciano.

-Sí, claro -respondió-. Pienso mucho en mi madre, sobre todo. Con todas estas noticias… -Iván fijó la mirada en las nubes-. Me inquieta ser un motivo más de preocupación para ella.

-Por lo que se cuenta de tu madre, no creo que sea una mujer frágil -comentó Thomas-. Sin duda es digna representante de la familia a la que pertenecéis.

Iván miró al anciano y sonrió levemente.

-Por lo que veo, usted conoce la historia de mi padre, Maestro -dijo Iván.

-Así es -confirmó Thomas, con rostro serio-. Naciendo en una familia como la tuya, me temo que uno está obligado a estar en boca de todos, aunque no lo quiera.

Iván no dijo nada y trató de prestar atención a lo que hacía su caballo.

-Es admirable, sin embargo, la alegría de tu espíritu, Iván -continuó el anciano-. Es la mejor prueba de lo especial que debe de ser formar parte de la Casa de Rilo.

Iván sonrió fugazmente.

-¿Sabes, Iván? A los cristianos se nos ha acusado en muchas ocasiones de ser una religión de resentidos -explicó Thomas-. Resentidos contra el mundo real por lo que no nos da, aspiramos a recibir nuestra recompensa en un mundo de fantasía al que sólo llegaremos si rechazamos en esta vida todo aquello que, en el fondo, realmente queremos.

-Eso suena a Nietzsche -dijo Iván, sin mirar a Thomas.

-¿Has leído a Nietzsche?

-Mi madre y mi bisabuelo John insistieron en ello. Pero no me gusta demasiado.

Thomas se quedó callado un momento, antes de continuar.

-Desde luego, es una lectura incómoda -admitió el teólogo-. Sobre todo para un cristiano. Pero también fundamental, me atrevería a decir. Un fuego que debemos atravesar. Porque el resentimiento es un peligro real de nuestra creencia. Sobre todo cuando uno se equivoca y cree en promesas que nuestro Dios nunca hizo. A Dios sólo le toca estar a la altura de lo prometido cuando muramos, no antes. Por eso no tiene demasiado sentido enfadarse con Él durante nuestro paso por este valle de lágrimas, por más que nos haga sufrir. Oh, pero nos puede hacer sufrir tanto, ¿verdad? Y, ¿cómo no echarle en cara ese sufrimiento a un todopoderoso dios de amor? Es precisamente eso, nuestra creencia en un dios que es amor, lo que nos hace tan susceptibles a los cristianos de convertirnos en unos resentidos.

-Como José -dijo Iván, en voz baja.

Thomas calló y miró a Iván, al que parecía molestar algo.

-Y si un hombre como José ha acabado así… -añadió Iván; pero no fue capaz de continuar.

-La tragedia del resentido es que vive sólo para despreciar aquello que le resulta imposible alcanzar -dijo Thomas-. Su sobreactuado desprecio de lo que, en el fondo, más fervientemente desea, es un mero engaño a sí mismo; para tratar de soportar su incapacidad de estar a la altura de eso mismo que desea. Pero el resentido sabe perfectamente que aquello que menosprecia es algo superior. Y en su burla de aquello que ama, lo despreciado acaba siendo alabado de una manera que, en ocasiones, le será incluso difícil de igualar a sus más fervientes defensores -Thomas calló un momento, antes de continuar-. El Quijote siempre me ha parecido un ejemplo perfecto de esto. Cervantes siempre me ha parecido un hombre profundamente resentido; pero en su esfuerzo por reírse de las aspiraciones más elevadas del mundo en el que vivía, lo único que acaba consiguiendo es hacer una defensa inigualable de las mismas. Llamar al Quijote El Caballero de la Triste Figura es una forma de mofarse de su personaje y de lo que éste representa; pero, a pesar de los esfuerzos cervantinos, o, irónicamente, precisamente por ellos, para nosotros, los lectores, no hay orden más elevada de caballería, ni título más digno. El resultado final de la obra en la historia de la literatura está tan alejado de las pretensiones iniciales del autor, está tan por encima de sus motivaciones, que no podemos hacer otra cosa que entender que el Quijote ha sacado lo mejor de Cervantes, a pesar de él mismo. La creencia de Cervantes en esos valores era tan grande, que ni su propio resentimiento pudo derribarlos. Y mira que lo intenta con ardor. Cuántas veces te ríes al ver sufrir al Quijote, por sus majaderías y estupideces; pero siempre llega un momento en que ya no lo podemos soportar más. Y nos enfadamos con Cervantes, porque lo consideramos cruel. El Quijote no merece sufrir así. Porque su locura es la locura de todo el que quiere ser mejor y superar la cotidiana mediocridad del mundo que le rodea. Hasta Nietzsche, furioso azote de compasivos y misericordiosos, se enfadó con Cervantes por ese exceso de humillación del Quijote. Y esa victoria del Quijote sobre su autor, acaba siendo la victoria de la mejor parte del alma de Cervantes sobre su propio resentimiento.

Thomas no dijo nada más. Iván permaneció en silencio.

Las nubes ya se habían adueñado completamente del cielo. Empezaba a llover.

Iván se giró un momento hacia atrás: la mirada de José se perdía, vagabunda, entre las piedras del camino.

JUST A CAR CRASH AWAY

El señor de la Casa de Rilo rezaba el rosario de rodillas, frente a la ventana de su habitación, con la mirada anclada en el horizonte.

Oyó el ruido apurado de pasos en la madera del pasillo, así que no le asustó el portazo que su hija Frances dio al entrar en el cuarto. Dejando escapar el aire lentamente de sus pulmones, se puso de pie sin demasiada prisa y se giró. Un par de miembros de su guardia personal le miraban desde el pasillo con cara de sorpresa y sin saber qué hacer. Con un gesto, Xoán les ordenó que cerraran la puerta y les dejaran solos.

Frances miraba a su padre con rostro iracundo, resollando nerviosa. Xoán esperó a que su hija dijera algo.

-Acabo de dejar en mi habitación al padre de mi hija, despidiéndose de ella -empezó Frances, manteniendo controlado el volumen de su voz con un gran esfuerzo de voluntad-, porque, al parecer, tú le has dado permiso para irse con Joan en su delirante expedición suicida.

Xoán se quedó mirando a su hija, con expresión de no entender qué veía ella de extraño en lo que le había contado.

-¿De repente has decidido deshacerte de todas las personas que suponen un incordio y una mácula en tu piadosa y devota casa? -preguntó Frances, elevando la voz.

Xoán se acercó a su hija en dos pasos rápidos. Consiguió dominar a tiempo su mano, que ya estaba preparada para abofetear a Frances.

-¡Sí, venga, padre! ¡Pégame! -gritó Frances-. Siempre ha sido tu única respuesta a todos los problemas.

Xoán bajó la mirada e inspiró profundamente. Volvió a mirar fijamente a su hija, antes de hablar.

-Frances, todos estos años dando vueltas por el mundo que tanto deseabas conocer no han servido para nada, al parecer; no has aprendido nada; sigues echando en cara a los demás lo que sólo tus impulsivas acciones provocan -Xoán hizo una pausa-. Si realmente quieres que Ramiro de Mar, un hombre de los pies a la cabeza, al que admiro profundamente y por el que ya siento un gran cariño y respeto; si quieres, digo, que el padre de tu hija permanezca con nosotros, sólo tú puedes hacer que tal cosa ocurra.

Frances cerró la boca, tensas las mandíbulas, y siguió mirando a su padre con enojo. Pero permaneció callada.

-Yo, hija mía, me siento incapaz de negar a un hombre de su calidad la posibilidad de vivir una existencia digna, acorde con todo aquello en lo que cree.

-¿También actuaba acorde con todo aquello en lo que cree cuando me dejó preñada? -contestó Frances, visiblemente alterada.

Su padre no pudo evitar sonreír y miró a su hija con los ojos muy abiertos.

-Yo pensaba que tú prácticamente lo habías violado…

Frances se agarró las manos y se dio la vuelta.

Xoán suspiró.

-Frances, ese hombre te ama. Y tú quieres obligarle a vivir una vida insoportable…

-¡Yo no quiero eso! -gritó Frances, dándose la vuelta-. Quiero que disfrute de su hija tanto como yo. Y que ayude a educarla…

-¿Y cómo va a hacer eso, Frances, si ni siquiera puede entrar cuando quiere en la habitación de su hija, que es la tuya, porque antes ha de pedirte permiso, no vaya a ser que no estés visible? ¿Cómo te sentirías tú en su lugar? ¿Cómo te sentirías viviendo en una casa ajena, dudando de tu autoridad como padre, sintiendo que vives de prestado? -Xoán elevó el tono de su voz-. ¿Cómo vivir bajo el mismo techo de la persona a la que amas, con la que compartes una de las cosas más sagradas que puedes compartir con alguien, un hijo, sin desesperar a cada minuto, sin volverte loco, porque ni siquiera puedes acariciar a esa persona? -la mirada de Xoán se perdió por unos momentos en un punto invisible.

-¿Y por eso le tienes que dar permiso para correr hacia su muerte? -preguntó Frances, con lágrimas en los ojos.

Xoán miró a su hija con honda tristeza.

-Qué más quisiera yo, Frances, que manteneros a todos vosotros aquí, a salvo bajos mis alas. ¿Qué otra cosa quiere un padre? Pero no puedo obligar a hombres hechos y derechos, perfectamente conscientes de las decisiones que están tomando, a vivir como niños por el resto de sus vidas. Han escogido el honor y la gallardía. Y ante tal decisión sólo puedo callar. Por más que me duela. Por más que sepa que quizá no vuelva a verles jamás -Xoán hizo una pausa-. Que quizá no vuelva a ver a mi hijo…

Frances vio cómo rebosaban los enrojecidos ojos de su padre y un par de surcos húmedos se iban abriendo paso a través de las arrugas de su rostro.

-Padre… -susurró Frances, acercándose a él, y acariciándole la cara, limpiándole las lágrimas, mientras ella seguía llorando-. Padre, lo siento mucho. Siento mucho haberte hecho daño. Siento mucho haberme marchado como lo hice. Siento mucho todo… todo.

Xoán abrazó a su hija y le besó la frente con ternura melancólica.

-Pobre Ramiro, Frances, pobre Ramiro… -susurró-. No podías haber elegido mejor hombre como padre de mi nieta. De verdad que no. Qué pena, qué pena, Señor…

-Lo sé, padre -respondió Frances, sollozando-. Pero no me puedo casar con él, padre. No le amo -Frances se ahogaba-. Y no creo que pueda amar nunca a un hombre… A ninguno…

Xoán apartó un poco a su hija y la miró con gesto extrañado.

Pero antes de que pudiese preguntar nada, Frances le besó en la mejilla y se fue corriendo de la habitación.

FIDELIDAD

Unos golpes en la puerta de su habitación despertaron a Fernando. La luz de la luna llena proporcionaba contornos exiguos a los objetos. Se levantó y abrió la puerta. Asier, el mayordomo de la casa, apareció ante él con rostro serio. Fernando tomó aire.

-¿Otra vez? -preguntó.

El sirviente asintió.

Fernando cogió una bata y salió de su habitación. Asier se quedó de pie, junto a la puerta, viendo cómo se alejaba; después se acercó a la ventana del pasillo y fijó su mirada en algo que estaba ocurriendo fuera de la casa.

Fernando salió al Jardín de Árboles que se encontraba en la parte posterior. Había sido construido por uno de los primeros señores de Simou, no mucho tiempo después de la Caída. Los trancos firmes de Fernando hicieron revolotear la hojarasca otoñal que se acumulaba en el suelo.

La presencia de los robles le anunciaron que estaba llegando a su destino. Tras estos, un inmenso castaño se elevaba sobre un claro en el que la luna iluminaba una lápida, haciéndola brillar como si fuera de plata. Y allí postrado, rodeado por los erizos abiertos de las castañas ya maduras, encontró a su señor, Santiago, llorando e hipando mientras sostenía en una de sus manos una botella vacía de vino.

Fernando se detuvo un momento. Su rostro permanecía inmutable.

El señor de hombres se giró y lo vio.

-Mi fiel Fernando… -dijo, en un sollozo lastimero-. ¿Por qué me sigues siendo fiel, Fernando?

El caballero se acercó y trató de levantar a su señor.

-¡No, no!… -se negó Santiago-. No merezco tu ayuda, no merezco nada…

Fernando dejó de intentarlo y vio cómo Santiago se arrastraba por la tumba, hasta apoyarse sobre la lápida. Soltó entonces la botella, que rodó sobre la piedra hasta caer al suelo, y con la mano libre empezó a acariciar las letras talladas.

-No merezco seguir vivo, Fernando… -gimió.

Fernando no cambió su expresión.

-Eso no está en su mano decidirlo, señor.

Santiago se giró, clavando en su vasallo unos ojos dementes.

-¡¿Ah, no?! ¡¿Ah, no?! -volvió a coger la botella, la rompió sobre la tumba, y con el casco roto amenazó con cortarse el cuello-. ¿Y qué puede hacer Dios contra mi mano? ¡¡Dime!! ¿Qué puede hacer Dios ahora mismo contra mi mano?

Fernando no se movió. Segundos después, Santiago soltó el casco roto, y, sollozando, volvió a sentarse junto a la lápida.

-Soy un cobarde, soy un cobarde… -repetía-. Soy incapaz de impartir justicia, cuando el culpable soy yo…

-Dios ya le ha perdonado, señor.

Santiago fulminó a Fernando con la mirada.

-¿Y tú que sabes? -gritó-. ¿Qué paz puede traer la mera confesión tras este crimen?

Santiago señaló con ambas manos la tumba, de pie sobre ella.

-Aún son visibles los efectos de la Caída, del Segundo Diluvio… -continuó-. ¡Y nosotros, los mejores de entre los hombres de Dios, somos capaces de hacer esto! ¡¡¡Esto!!!

Fernando bajó la mirada un momento.

-Pero Dios nos va a volver a castigar, sí señor -insistió Santiago, con los ojos muy abiertos, sin parpadear-. Ya está preparando otro diluvio de mierda y dolor para castigarnos. ¡Y yo soy el culpable! ¡Yo, nacido y criado para ser ejemplar, para guiar hombres, para impartir justicia divina!

Dirigió su mirada a Fernando. Se fue acercando a él, lentamente, con gesto angustiado.

-¿Cómo os voy a guiar yo, Fernando, entre el dolor que se avecina? ¿Cómo?

Fernando miró a su señor fijamente a los ojos.

-Cumpliré sin dudar cualquier orden que me dé, mi señor Santiago -dijo el vasallo, seco-. Porque tengo la certeza de que cualquier orden que me dé será justa y adecuada a los mandamientos de Dios.

Santiago desvió la mirada, titubeante y afligida.

-Y si la Divina Providencia tiene a bien reclamar mi vida en los acontecimientos que se aproximan -continuó Fernando- no podré gozar alegría mayor que morir a su servicio, mi señor.

Santiago volvió a mirar a su caballero a los ojos. Fernando le sostuvo la mirada.

Santiago se giró un momento hacia atrás, hacia la tumba. Enderezó su espalda, bajó la mirada y apoyó una mano en el hombro de Fernando.

-Ayúdame a limpiar esto, por favor -pidió Santiago-. Y después regresaremos a nuestras habitaciones.

-Por supuesto, mi señor.

Bajo el claro de luna, vasallo y señor se pusieron a recoger cristales rotos.

Y del castaño cayó otro erizo, sobre la tumba; y el fruto que guardaba rodó, liberado por la caída, hasta la base de la lápida.

LA TEOLOGÍA, SIERVA DE LA LITERATURA

El otoño parecía haber llegado también a Atenas. Lope observaba llover sobre los campos de la inmensa finca de Adonis, desde el amplio salón en el que se encontraban todos reunidos. Una bellísima esclava mulata de ojos verdes, que difícilmente alcanzaba los veinte años de edad, se acercó al gigante para ofrecerle bebida. Lope rehusó con un movimiento de cabeza y una fugaz sonrisa, devolviendo de forma casi instantánea la mirada a los campos empapados.

La muchacha se acercó entonces hasta el sofá donde se sentaban José e Iván, que conversaban con Peras. Los tres aceptaron la invitación y cogieron un vaso de la bandeja; Peras con una leve sonrisa, Iván tratando de no mirar demasiado fijamente a la joven, José mirándola con gozosa admiración; y la siguió mirando mientras la muchacha se alejaba de ellos, en dirección al sofá más cercano a la chimenea, donde hablaban, con rostro serio, Abraham, Thomas y Adonis. Ninguno de los tres quiso beber, así que la esclava se retiró del salón, bajo la atenta y tenaz mirada de José. Cuando ya resultó imposible seguir mirándola, José volvió a hacer caso a lo que Peras estaba diciendo.

-…así que, aunque reconozco que también me gusta leer buenas novelas (y algunas novelas, por supuesto, son de lectura obligatoria, incluso para un filósofo), yo creo que la abstracción propia del lenguaje filosófico es más… adecuada, para expresar la verdad. Por eso la filosofía puede ser sierva de la teología. Cosa que nunca se ha dicho de la literatura.

Iván se quedó callado, sopesando lo que acababa de oír. José hizo un gesto de burla, antes de darle un buen trago a su vaso.

-¿No está usted de acuerdo, don José? -preguntó Peras, que había visto su mueca.

-Dios santo, si me vuelves a llamar don José, me echaré a correr desnudo bajo la lluvia, exigiéndole al cielo a voz en grito que me parta un rayo… -respondió José-. Y no, no estoy de acuerdo. Como no lo está tu propia religión, cuyo fundamento es, precisamente, una novela. No otra cosa son los Evangelios. Así que no, la literatura no puede ser sierva de la teología, porque, de hecho, la teología es sierva de la literatura.

Iván sonrió al escuchar a José y miró a Peras, que no parecía tener respuesta a lo que acababa de oír.

-¿Está usted…? Perdón… ¿Estás diciendo que la religión es un puro cuento? -acertó a preguntar Peras, tras unos momentos de duda.

-No con tono peyorativo, aunque yo no crea en ese cuento como parecéis creer todos vosotros -respondió José-. Tú has dicho que el abstracto lenguaje filosófico es más adecuado para expresar verdades que la mera literatura. Yo lo que te digo es que no hay obra filosófica que se pueda acercar a quinientos estadios a la redonda de la potencia de verdad que puede albergar una buena obra literaria.

Peras no parecía demasiado convencido, así que José continuó.

-Tú puedes tratar de explicarle a alguien lo que es el bien y lo que es el mal, qué tiene que hacer, qué no tiene que hacer… que si tienes que obrar como si la máxima de tu voluntad pueda servir como ley universal y todas esas patochadas… Yo te reto a que compares cualquier definición filosófica de imperativos categóricos con la narración del Evangelio de San Juan sobre la mujer adúltera -José se quedó callado un momento y bajó la mirada hasta la mano que sujetaba el vaso, reposada sobre el cojín del sofá-. Desde mi punto de vista, esa narración es literatura total. Y, por lo tanto, total verdad. Ese dios, que se agacha, aburrido del barullo inquisidor de los expertos en la ley, y se pone a escribir relajadamente en el suelo. Es el único momento de los Evangelios en que le vemos escribir. Pero no sabemos lo que ha escrito, no conocemos la literalidad de su respuesta. Ni siquiera podemos tener claro que sea una respuesta a los expertos en la ley. Quizá, simplemente, se está entreteniendo, ignorando el alboroto de esas personas tan doctas. Y al final, las palabras que dice… -la mirada de José se quedó fija en un punto invisible-. Y uno nota, uno sabe, como sabe que el sol está ahí cuando lo ve en medio del firmamento, que esas palabras son… otro sol; uno que existe en el mismo centro del universo, pero que nunca se apagará, así pasen todos los siglos del mundo. Con el majestuoso sosiego que sólo puede tener el que todo lo sabe, porque él mismo ha dictado las reglas del juego, aplasta con un susurro de verdad todo el vocerío de los leguleyos de la moral. Y, graciosamente despistado de lo que ocurre a su alrededor, se levanta sorprendido de que los amantes de los códigos penales hayan hecho caso de una ley cuyas palabras puede borrar el simple paso del viento, escrita como está en la humilde arena del suelo. Y le dice a la mujer, cara a cara, que lo vuelva a intentar otra vez, sin hacer trampas -José se llevó el vaso a la boca y le dio otro trago-. Sólo un dios puede escribir literatura de ese nivel. Y para escribir a ese nivel, los dioses saben que sólo la literatura funciona. Porque la abstracción de los conceptos, en su borrado de los rostros concretos e individuales que aman, sufren y pecan, es el principio de todas las mentiras.

José volvió a bajar la mirada, junto con el vaso. Peras era incapaz de responder nada. Iván miraba fijamente a José, como si estuviese adivinando un secreto.

También Lope miraba a José, pues había escuchado lo que había dicho. Las miradas de ambos se cruzaron; antes de volver a separarse, un par de segundos después, como si una vergüenza común les impidiese mirarse demasiado rato a los ojos.

En el silencio que habían provocado las palabras de José, se hizo presente la otra conversación.

-…aún falta medio año para el inicio del Concilio -decía Adonis-, así que pueden permanecer en mi casa todo el tiempo que consideren necesario.

-Se lo agradezco mucho -dijo Abraham-, pero, visto lo visto, me preocupa la situación en la que pueda quedar Atenas tras las elecciones de este fin de semana. No quiero arriesgarme a que el Maestro se quede en una ciudad con tantos aspirantes a asesinos, en estado de preguerra civil. De hecho, tampoco le recomendaría a ustedes que se quedaran aquí.

Thomas miró con gesto preocupado a Adonis.

-Tiene usted toda la razón, es mejor que saquen lo antes posible al Maestro de la ciudad -dijo Adonis-. En cuanto a mí, mi sitio está aquí, pase lo que pase. Aunque quizá sea adecuado que mi sobrino Peras vuelva durante una temporada a casa de sus padres -añadió, mirando un momento hacia el otro sofá-. ¿Cómo piensan viajar?

-Creo que dejaremos aquí la furgoneta y, si fuere posible, le compraremos unos caballos -dijo Abraham-. Haremos el viaje sin prisa, tratando de alejarnos de las vías más concurridas.

-Cuidaremos de su furgoneta; y pueden coger todos los caballos que necesiten de mis cuadras -ofreció Adonis.

-Considere entonces la furgoneta como un trueque por los caballos y quedaremos en paz -respondió Abraham.

Adonis aceptó con un movimiento de cabeza.

-Aunque los negocios ya no van tan bien como solían, unos caballos no significan mucho problema para esta casa -añadió, sonriendo-. Por supuesto, también les proporcionaremos comida y otras cosas necesarias para el viaje.

Abraham agradeció a Adonis su ofrecimiento. Y se giró con gesto de sorprendido enojo al escuchar la pregunta que José lanzaba desde su sillón.

-¿Los esclavos ya no trabajan como solían?

Todos miraron a José con los ojos muy abiertos. Lope suspiró. Iván se llevó la mano a la boca y se la estrujó. A Thomas se le dibujó una sonrisilla fugaz.

Adonis miró a José con rostro serio.

-Quizá alguno de mis esclavos fuera cazado por usted -respondió.

José sonrió al escuchar la respuesta.

-Ciertamente, los cristianos dejamos mucho que desear -dijo; y levantando su copa, añadió-. Pero que nunca nos falte un poco de alcohol para ahogar los quejidillos de nuestra conciencia. O un mucho.

Abraham se levantó, caminó un par de pasos, y desde el centro del salón se dirigió a José.

-Te exijo que pidas perdón ahora mismo a nuestro anfitrión.

José y Abraham se miraron. Segundos después, José dejaba el vaso en la mesa, se ponía de pie, y se acercaba hasta el lugar donde se sentaba Adonis.

-Le ruego encarecidamente que acepte mis disculpas -dijo José-. Mi falta de educación no tiene excusa.

-Y yo le ruego que disculpe mi destemplada respuesta -dijo Adonis, a su vez-. Soy el menos adecuado para juzgar la forma en que otros se ganan la vida.

Ambos inclinaron la cabeza. José miró a Abraham y salió del salón.

Lope se dio la vuelta para mirar de nuevo cómo llovía, mientras dejaba escapar otro suspiro.

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