El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: LAS CASAS

DENTRO DE UN PAR DE SEGUNDOS

José observaba los meandros del río desde lo alto del cañón, de pie junto al abismo. La brisa del atardecer daba vida a los faldones de su abrigo. A su espalda, Iván y Thomas se sentaban apoyando la espalda en el tronco de un inmenso roble.

Esperaban el regreso de Abraham y Lope, que habían ido a cazar.

-¿Cuál es la diferencia fundamental entre los cristianos de las Casas y los cristianos katejónicos? -preguntó Iván, que llevaba un rato con gesto abstraído.

El viejo Thomas levantó la cabeza del libro que estaba leyendo.

-Los cristianos katejónicos -respondió- creen que los hombres y sus comunidades políticas tienen la capacidad de retrasar el Apocalipsis; es decir, el Juicio Final.

Iván volvió a quedarse pensativo. José se dio la vuelta, miró por unos breves instantes al joven y al viejo, y volvió a dirigir la mirada hacia abajo, hasta las aguas del río, donde se ahogaban los últimos rayos de sol.

-¿Y por qué quieren retrasarlo? -volvió a preguntar Iván.

Thomas enarcó las cejas.

-Buena pregunta -dijo el viejo-. Es una cuestión de cantidad, supongo. Instaurando repúblicas cristianas, creen que incrementarán el número de almas que se podrán salvar. Los estados cristianos son el katejón. Retrasan la llegada del Anticristo. Retrasan el Juicio Final. Dicen.

-¿Piensas que están equivocados? -pregunta Iván.

-Pienso que es una forma torticera de recaer en el mesianismo, en buscar la construcción del paraíso en este mundo; su mala conciencia les obliga a buscar excusas para sus ansias de poder, haciendo caso omiso de la Tercera Tentación del Desierto.

-¿Cuándo crees tú que ocurrirá el Apocalipsis? -insistió Iván.

-Cuando Dios quiera -respondió Thomas-. Pero, sin ninguna duda, cuando yo muera. Y cuando tú mueras. Y cuando José muera.

Iván miró extrañado al teólogo.

-El fin de la Creación -continuó Thomas- será un suceso que, se nos ha dicho, conllevará el inicio del Juicio universal de todas las almas que han sido; ocurrirá, por lo tanto, en un momento temporal de la historia humana -el teólogo se detuvo un momento antes de continuar-. Pero, a nivel individual, lo único que nos separa del Juicio Final, es nuestra muerte. Así que el Juicio Final puede ser dentro de un millón de años y, al mismo tiempo…

-Dentro de un par de segundos -terminó José.

Que permanecía con la mirada fija en la oscuridad creciente en las profundidades del cañón, mientras el sol de invierno se dejaba morir tras las montañas.

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LA TIERRA PROMETIDA

Los cinco se preparaban para acompañar a la familia Santangelo a la Santas Ruinas, a la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Maria insistió en que Iván viajase con ella y con sus hijas en la furgoneta que conducía su marido. Iván aceptó con cara de resignación, tras pedir permiso con la mirada a Abraham.

Lope, mientras tanto, observaba a José desde su montura.

-¿Estás seguro de que quieres venir? -le preguntó, sin mirarle a la cara.

José siguió con la mirada perdida. Dejó escapar un suspiro de cansancio antes de contestar.

-No. Pero voy.

José picó espuelas y su caballo se puso en movimiento con desgana.

Abraham les miró un momento, antes de seguirles y ponerse en marcha con el resto de la caravana.

Maria decidió que Iván se sentaría entre Fatima, que quedaría a su izquierda, y Giovanna, que estaría a la derecha. La matriarca vigilaría toda la escena desde el asiento de atrás, en el que iba acompañada por una hermana suya y una de sus cuñadas, ambas muy sonrientes y dicharacheras.

Iván permanecía muy tieso en su asiento, como si el respaldo quemara. De vez en cuando se atrevía a lanzar miradas cortas a diestra y siniestra, donde siempre encontraba un par de ojos anhelando su atención. Giovanna fue la primera que se atrevió a preguntar a Iván por las aventuras que había corrido hasta entonces. Iván empezó a contar lo que habían vivido, perdiendo poco a poco la timidez, para gran alegría y satisfacción de todas las mujeres que lo rodeaban. Evidentemente, muchas cosas se las guardaba. Pero eso no impedía que el relato fuera de gran interés para las dos jóvenes, ansiosas de novedades curiosas. Aunque Fatima permanecía callada, escuchando con atención, su mirada era intensa, y conseguía poner un poco nervioso a Iván. La narración del encuentro con los humanoides impresionó sobremanera a las dos hermanas. Incluso Fatima se animó a hacer preguntas al respecto.

Poco a poco, el grupo se fue acercando a las ruinas que habían visto el día anterior. Se unieron a la enorme masa de peregrinos que recorría las calles de la antigua ciudad, en dirección al río.

Al aproximarse a sus aguas, vieron que su columna no era la única que avanzaba hacia la colina que se elevaba en la otra orilla; otras procesiones multitudinarias ocupaban los diversos puentes que salvaban la corriente.

Thomas se acercó a la furgoneta y le hizo gestos a Iván para que mirase lo que tenían ante ellos.

-Las Santas Ruinas -dijo el teólogo, sonriente.

Iván no pudo evitar echarse hacia delante en su asiento, tratando de ver mejor. Las mujeres se rieron de su reacción.

-Bajemos todos -ordenó Maria con entusiasmo.

Iván apenas pudo esperar a salir y estuvo a punto de caerse, pero Fatima le ayudó a recuperar el equilibrio, con un exceso de contacto corporal que produjo una embriagadora vergüenza en ambos jóvenes.

Aunque Thomas insistía en señalar aquello que más merecía su interés, a Iván le costó desprender su atención de Fatima.

-El Vaticano, Iván -dijo el anciano.

El joven se quedó parado en medio de la barahúnda, cada vez más densa y apelmazada. Recordó las bellas ilustraciones que había visto de niño en Rilo y no pudo evitar que las lágrimas invadiesen sus mejillas: allí apenas permanecían unos restos ínfimos de los antiguos edificios, columnas fracturadas como astillas de mármol, embadurnados de un extraño color ceniza oscuro, que parecía desprender brillos metálicos al contacto con el exiguo sol.

Thomas dejó de sonreír al ver las lágrimas de Iván. José también se fijó en el joven y se vio obligado a apartar la vista para evitar contaminarse con su emoción.

Lope observaba las Ruinas con sereno interés. Abraham buscaba algo con la mirada.

-Seguidme -dijo el monje al grupo.

Abraham se puso en cabeza y empezó a abrir camino entre la multitud, que se apartaba a su paso, respetando el hábito de Monje Buscador.

Se fueron acercando a un pequeño edificio que parecía estar más completo que el resto, con buena parte del techo aún milagrosamente intacto. En su interior expuesto a la intemperie, los sacerdotes se preparaban para iniciar la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Iván se fijó en los restos de pintura del interior de las paredes.

-Ahí estaba el Juicio Final -le dijo Thomas.

Iván apenas pudo percibir algunas figuras confusas. Era difícil relacionar lo que veía con sus recuerdos de estudiante. Además, cada vez resultaba más complicado moverse entre el gentío. Sintió el cuerpo de Fatima apretarse al suyo, obligada por las circunstancias. Ambos jóvenes se miraron, invadidos un mínimo instante por un rubor delicioso.

Enseguida apartaron las miradas y se obligaron a prestar atención a lo que ocurría alrededor del altar, donde la ceremonia parecía a punto de comenzar.

José se fijó en lo que quedaba del techo: vio a Adán, solo, su dedo suspendido en el aire. Dios había desaparecido.

Perdió la noción del tiempo mientras miraba hacia lo alto. Cuando se quiso dar cuenta, una inmensa masa humana se arrodillaba desde el altar hasta más allá del río, en todas direcciones. Sintiéndose ridículo por ser el único que permanecía de pie, se arrodilló.

Siguió con poco interés el oficio, deseando que terminase lo antes posible. Lo cual no ocurrió demasiado pronto. Aprovechó el momento de la comunión para retirarse del lugar que ocupaba y moverse hacia una zona menos densamente ocupada. Se encontró caminando entre los bellos árboles de un parque muy bien cuidado. Supuso que ahí habían estado, otrora, los famosos jardines vaticanos. Paseó tranquilamente, olvidado de todo.

De repente, una imagen cruzó su mente, y su cara forzó una mueca de dolor. Hizo un movimiento de negación con la cabeza y entonces vio a Lope a su lado. La sorpresa le ayudó a recuperar el control.

-Te vas a perder la comunión -dijo al gigante.

-Te vas a perder tú -respondió Lope.

José no pudo evitar sonreír. Miró a Lope un momento, sacudió la cabeza con un rictus irónico, y volvió a pasear.

Lope le siguió, silencioso, mirando al suelo.

Cuando volvieron al edificio, encontraron a Abraham y a Thomas hablando seriamente con varios monjes y obispos. Iván le explicaba algo a las dos hermanas, señalando la pared del Juicio Final, mientras eran concienzudamente observados por Maria y compañía.

Abraham, al verles llegar, se despidió de sus contertulios, y se acercó a ellos acompañado de Thomas.

-Tenemos que hablar -dice, sin dejar de andar, esperando que los demás le sigan-. Traed a Iván.

Los cuatro siguen a Abraham, que sólo se detiene al llegar al muro de piedra que impide caer al río.

Cuando los cuatro llegan a su altura, el pensamiento de Abraham parece morar en otra dimensión.

Iván mira a Thomas, sin atreverse a romper el silencio; el anciano le devuelve una mirada preocupada.

-El Concilio no será aquí -dice Abraham, finalmente.

José rechista, mientras Iván abre exageradamente la boca.

-¿Demasiado riesgo? -pregunta Lope.

Thomas y Abraham afirman con la cabeza.

-Al parecer, una Casa se ha ofrecido a acoger el Concilio -dice Abraham-. Sin duda alguna, podrá proporcionar seguridad a los asistentes.

-¿Qué Casa? -pregunta José.

-Rilo -responde Thomas.

Todos miran a Iván, cuyos ojos amenazan con apoderarse de la totalidad de su rostro.

-Regreso al hogar, muchacho -dice José, palmeándole el pecho amistosamente.

Lope sonríe.

-Pero tardaremos en llegar -continúa Abraham-. A partir de ahora, iremos andando. Y evitaremos los caminos principales.

-Ah, perfecto -replica José-. Supongo que pueden esperar por nosotros hasta la próxima Caída.

-Todos los participantes harán lo mismo, José -explica Thomas, sonriendo-. Es una cuestión de seguridad. En cualquier caso, el Concilio comenzará el Lunes de Pascua. Tenemos tiempo de sobra.

-Genial -dice José, jocoso-. Espero que tengas dinero suficiente para pagarme las horas extra, querido Abri.

Abraham ni siquiera mira a José.

-El obispo nos ha invitado a comer -dice el monje-. Haced el favor de comportaros.

Abraham empieza a andar en dirección a la derruida capilla. Los otros cuatro le siguen. José va el último, haciendo gestos burlones que nadie ve.

La comida y su sobremesa se extienden con facilidad hasta el temprano atardecer. Maria y los suyos están encantados de poder compartir mesa con el Obispo Ahmed, gracias a su relación con los cinco compañeros. Mientras Lope intenta evitar que José se beba otra copa de vino y Abraham comparte información con otros miembros de su Orden, Iván deja de prestar atención por un momento a las hermanas para fijarse en el teólogo, que tiene la vista clavada en el cielo.

Iván sigue su mirada y se da cuenta de que está anocheciendo: se está produciendo un infinito parto de estrellas sobre ellos.

-La Vía Láctea -dice José, que también está mirando hacia el cielo.

-El Camino de Santiago -dice Thomas, a su vez, sonriendo a Iván.

Lope pone la mano sobre el hombro de Abraham, para llamarle la atención sobre lo que se está perdiendo.

Los cinco miran hacia arriba.

-Considerando la inmensidad del teatro que Dios creó para nuestras representaciones, esos millones de soles y galaxias tan alejados unos de otros, uno se ve tentado a pensar que lo que el Señor quiere de nosotros es que viajemos sin parar, hasta el final de los tiempos -el anciano iluminador hace una pausa antes de continuar-. Un éxodo eterno. Siempre en camino. Siempre buscando. Siempre en camino de una tierra prometida. Siempre a la aventura; es decir, siempre a lo que venga. A lo que no está claro qué vaya a ser. Sin miedo, hacia el caos del futuro. En nuestras pequeñas arcas, naves espaciales quizá algún día. Dejando atrás, sin que merezca una simple mirada por nuestra parte, el pasado tortuoso en el que nos enfangamos. Una minúscula comunidad en perpetuo estado de huida, en perpetua búsqueda de paz y descanso.

Thomas calló un momento. Bajó la mirada un breve instante, antes de volver a elevarla al cielo y continuar hablando:

-Pero quizá el descanso y la paz sean para nosotros, pobres criaturas de Dios, paradójicamente, el estar constantemente en camino. Quizá la tierra prometida sea el camino. Y lo que se va aprendiendo en él.

José bajó la mirada. Se sirvió otra copa de vino, sin que Lope tratase de detenerle, se levantó de la mesa, y se fue en dirección al parque en el que había estado durante la misa.

Abraham le vio marchar y suspiró.

LA MÁXIMA AUSENCIA DE ESTILO

Tras la clase, Ramos-Hollande salió del aula rodeado de varios alumnos. Patricia se encontraba entre ellos, escuchando las explicaciones literarias del profesor. Absortos todos, profesor y alumnos, en el tema tratado; sin apenas darse cuenta de lo que ocurría alrededor; arriesgándose a tropezar por no prestar demasiada atención al suelo por el que pisaban.

Se cruzaron con una columna de la milicia universitaria, uniformada, que se dirigía hacia los patios interiores del campus. El profesor ni se percató de su presencia; pero un par de alumnos que le estaban escuchando desapareció sin despedirse al cruzar miradas con los milicianos.

-…todo gran clásico de la historia de la literatura -seguía explicando Ramos-Hollande- es una respuesta a la pregunta fundamental de todo ser humano: ¿qué hago con mi existencia? ¿Qué se supone que debo hacer con mi existencia? ¿Qué es una existencia buena? ¿Qué es una existencia feliz? De forma explícita o tácita, toda gran novela responde a esa pregunta. Ha de responderla. Bolaño decía que cada gran obra de la historia de la literatura era una plasmación del sentido común de la humanidad. Los clásicos de la literatura universal son el sentido común de la humanidad. Yo estoy completamente de acuerdo con esta definición.

Antes de salir a los patios, repletos de gente, otro par de oyentes se alejaron del grupo; Patricia se despidió de uno de ellos, que le hizo un gesto casi clandestino con la cabeza.

-…por eso toda gran novela debe arriesgar una respuesta final que se enfrente con esa cuestión y cerrar así el círculo de sentido de toda la narración. Una novela que carezca de esa espina dorsal que la sustente de principio a fin, una novela que carezca de un argumento que se resuelva en algún momento, no tiene por qué ser una mala novela, pero nunca podrá ser una buena novela. Y no podrá ser una buena novela, no por carencias técnicas o estilísticas del escritor; será una mala novela por… cobardía. Que, en cierto sentido, si queréis, es la máxima ausencia de estilo -Ramos-Hollande se quedó pensativo durante unos instantes-. Sí, así es, ciertamente: no hay mayor fallo estilístico que ser cobarde. En la vida y en la literatura. Que son la misma cosa, pero de distinta manera. Como el dios de los cristianos, que es la misma cosa, pero de tres formas distintas. Pues igual ocurre con vida y literatura.

Patricia notó las miradas de reojo y los cuchicheos, según iban avanzando por el empedrado de los patios.

-He ahí la importancia del argumento principal, la necesidad de que haya un hilo narrativo fundamental en toda novela. Pero tampoco podemos obligar al lector a ver un mero desfile de escenas sin contenido propio, simplemente para llevarlo al truco final que el argumento general de nuestra historia busca. Las escenas son como motivos o temas musicales que tenemos que ir incorporando a la melodía principal. Son variaciones del tema principal, que pueden alejarse más o menos de la espina dorsal de nuestra obra, pero ni deben tener vida propia… o exenta, más bien… ni deben ser una mera concatenación causal de actos, juegos meramente formales o estructurales que el escritor disponga con el único fin de su mero lucimiento egótico. Porque el final de un libro es importante. Pero sólo puede serlo cuando es la culminación adecuada de todo el edificio que hemos ido construyendo. Como en la vida, el final, el fin, la muerte, ha de ser la culminación de todos los sentidos que hemos tratado de encarnar. Y por eso cada escena es relevante y tiene su peso y su importancia. Cada escena, cada detalle, ha de ser cuidado. ¿Qué es un gran cuadro, una bella pintura, sin los matices que la hacen posible? Por ello, en cada escena se debe palpar la tensión que fluye del argumento principal, se debe mostrar otra faceta del sentido único que lo soporta todo. Pues en cada momento de nuestra existencia ha de estar presente aquello que le da sentido a todo. Aquello que explicará el final. Nuestro final. Y el final de todo.

Patricia se descubrió sola con el profesor, en medio de los patios. Estaban completamente rodeados por milicianos y activistas. Se preparaba un nuevo desfile, en honor de los primeros caídos en la guerra.

Ramos-Hollande salió de su ensimismamiento y fue consciente del lugar en el que se encontraban. Se quedó quieto y miró alrededor, clavando los ojos en aquellos que le miraban a él. Muy pocos le aguantaban la mirada. Pero un joven miliciano de pelo rapado sí lo hizo.

Permanecieron así, mirándose el uno al otro, durante unos segundos que a Patricia le parecieron interminables. Finalmente, agarró al profesor del brazo, y tiró de él para sacarlo de allí.

Mientras Patricia y el profesor abandonaban los patios por otra puerta, la masa de milicianos y activistas comenzaba a desfilar en dirección contraria.

UN HIERRO EN EL CAMPO

Cuando el sacerdote abrió la ventanilla del confesionario, vio resplandecer en la oscuridad un par de ojos verdes, enmarcados por unos párpados arrugados.

-Ave María purísima -se escuchó decir a una voz grave de hombre.

El sacerdote tardó un poco más de lo normal en responder.

-Sin pecado concebida… -dijo, dubitativo.

Trató de atisbar algo más de aquel rostro en la oscuridad. Sólo pudo percibir un destello de plata en la larga cabellera del penitente.

-Padre, confieso que he pecado -dijo la voz, firme.

Los ojos del sacerdote permanecieron sin parpadear más tiempo de lo normal.

-Que el Dios uno y trino te proporcione la humildad necesaria para arrepentirte como es menester… -articuló con voz trémula.

-Señor, Tú lo sabes todo, sabes que Te quiero -respondió el penitente, haciendo una pausa antes de continuar-. Mi última confesión fue hace un par de semanas. Pero he vuelto a pecar. He dado orden de secuestrar a un hombre. Y una vez traído hasta mí, lo he degollado con mi propio cuchillo.

El sacerdote bajó la cabeza y se quedó en silencio.

-¿Qué te llevó a cometer tan horrendo pecado, hijo? -preguntó, tras unos segundos espesos.

-La defensa de todo aquello que Dios me obliga a proteger -respondió sin dudar la voz.

El sacerdote se quedó callado. Los músculos de su rostro se tensaron.

-Hijo mío, dedica el día de hoy a la oración. Ayuna hasta el anochecer. Prescinde de todo contacto con los hombres, a no ser que resulte estrictamente necesario.

-Así lo haré, Padre -respondió la voz-. En la medida de lo posible.

-Por supuesto… -se le escapó al sacerdote, que tosió un poco para recomponerse-. ¿Te arrepientes, entonces, de tu pecado?

-Sí, Padre -respondió la voz, casi suspirando.

El sacerdote volvió a quedarse en silencio, con la mirada perdida. Los ojos verdes salieron de la oscuridad en la que se habían ocultado por un momento y se clavaron en el rostro del cura.

-…mmm, sí… yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

-Amén -contestó la voz, tras la fugaz aparición de una mano que trazaba una cruz en medio de la oscuridad.

-Puedes ir en paz -susurró el sacerdote.

Los ojos verdes volvieron a desaparecer y en su lugar aparecieron dos manos orantes. Poco después, el penitente se levantaba y salía del confesionario.

El sacerdote dejó pasar unos segundos antes de hacer lo mismo. Al salir, pudo ver la alta figura del señor Auguste que se recortaba en la claridad del umbral de entrada a la iglesia, justo antes de que la puerta se cerrase, y la leve luz de las velas volviese a reinar en el templo.

TODOS LOS MUERTOS

Según se iban acercando, se encontraban con más gente. Pronto se vieron rodeados de cientos de personas que caminaban en grupos en su misma dirección: hacia el océano de ruinas que se extendía ante ellos.

Los cinco jinetes permanecían en silencio, absortos en lo que sucedía a su alrededor. Iván se dio cuenta de que aquellos grupos de gente eran, en la mayoría de los casos, familias enteras, que procesionaban vestidos completamente de negro, portando todo tipo de adornos con flores de una amplia variedad de colores y formas; pudo ver, desde un niño que apenas sabía andar, que llevaba entre sus deditos una simple margarita, hasta un grupo de hombres que cargaban sobre sus espaldas pesados tronos formados por miles de flores.

Lope vio cómo uno de estos grupos se detenía entre los restos de unos muros que, hace mucho tiempo, habían pertenecido a una casa o edificio. Y allí mismo, en el suelo quebrado de aquellos antiguos hogares, depositaban sus ofrendas florales. Y la mayoría rezaba, al menos unos instantes.

Y de repente, fueron conscientes de que las ruinas de la ciudad muerta volvían a estar habitadas por miles de vivos que venían a recordar a sus antepasados, en el día de Todos los Santos.

José se fijó en una pareja joven, probablemente recién casados. Ella se arrodillaba para depositar un hermoso ramo de rosas blancas, mientras él permanecía de pie, con el sombrero sujeto entre las manos. Cuando ambos se persignaron, José bajó la mirada.

Un hombre de unos sesenta años, que parecía ser el patriarca de una numerosa familia, se fijó en los cinco jinetes y se acercó a Abraham, que encabezaba el grupo.

-Veo que es usted un monje buscador -dijo el hombre, fijándose en el blasón que llevaba el abrigo negro de Abraham-. ¿Puedo preguntarle a que se debe su presencia hoy aquí, hermano? Parecen un poco perdidos, la verdad.

-Le agradezco el interés, señor -respondió Abraham-. Nos dirigimos a las Santas Ruinas, pero ha coincidido nuestra llegada con este día sagrado.

-Hoy no se puede entrar en las Santas Ruinas, hermano -dijo el hombre-. Y mañana estarán completamente dedicadas a la conmemoración de los Fieles Difuntos. Si necesitan un lugar en el que pasar las próximas dos noches, mi familia se sentirá honrada de proporcionarles un techo.

Abraham agradeció el ofrecimiento con una inclinación de cabeza y bajó del caballo. Los otros cuatro hicieron lo mismo. Abraham se los presentó al patriarca, que dijo llamarse Khaled Santangelo. Formaban parte de la Casa de Colonna, pero su señor no se encontraba ahora mismo en sus tierras, ocupado en ciertos asuntos al norte. A pie, los cinco se unieron a la familia, en su regreso tras la ofrenda.

Iván observaba a los miembros de aquella populosa familia con tranquila curiosidad. No tardó en darse cuenta de que él también era objeto de no pocas miradas. Y descubrió a una linda muchacha, rubia, alta y de ojos verdes, que le miraba fijamente, mientras otra muchacha de edad parecida le cuchicheaba al oído, entre sonrisas tímidas.

José observaba la escena; su rostro fue cambiando poco a poco, hasta que se convirtió en una mueca amarga.

Lope bajó la cabeza y suspiró.

Pronto llegaron a una explanada que parecía haber sido utilizada como aparcamiento por todas las familias que habían venido a las ruinas. Se podían ver toda clase de vehículos: caballos, burros, mulos, llamas, carros tirados por cualquiera de los anteriores, carros tirados por viejos coches, motos, furgonetas, camiones…

La familia de Khaled empezó a montar en los suyos, que componían una pequeña flota de transporte en sí misma. Los cinco volvieron a subir entonces a sus caballos y trotaron tras el carro en el que se había montado el patriarca.

Iván vio cómo las dos muchachas se montaban en una furgoneta sin dejar de mirarle y sonreír. El joven bajó la mirada, con las mejillas incendiadas de color.

La caravana se fue haciendo más pequeña, según las diversas ramas de la familia Santangelo se iba desviando hacia sus casas particulares. Iván no puedo evitar vigilar la furgoneta de las muchachas; y sentirse aliviado al comprobar que no se desviaba y que continuaba en su misma dirección, hacia la gran casa de campo que se veía al fondo del camino.

Campos de cultivo en barbecho se extendían alrededor. Una docena de casas salpicaban el paisaje aquí y allá. Pequeños grupos de árboles se amontonaban sobre las colinas. El cielo era de un gris ceniza y estaba empezando a llover, justo cuando llegaron a la casa del patriarca.

Los cinco fueron conducidos por unos sirvientes hacia las habitaciones de invitados. Tendrían que dormir cuatro en dos habitaciones y uno sin compañía.

-Yo duermo solo -dijo José.

-Muy bien -aceptó Abraham-. Yo dormiré con el Maestro.

Lope e Iván se miraron y sonrieron.

-Una cama caliente… -dijo Iván-. Dios, bendito seas.

-Hemos sido invitados a cenar con la familia -dijo Abraham-. Podemos descansar hasta entonces. Y, por favor, que nadie le falte al respeto a nuestro anfitrión esta vez.

José se metió en su habitación y cerró la puerta sin decir nada.

Abraham entró en la suya, seguido de Thomas.

Lope e Iván se volvieron a mirar, sin sonreír. Entraron en la habitación. Austeramente decorada, las paredes apenas lucían el crucifijo que gobernaba la estancia. Lope se acercó a la única ventana, para cerrarla. La escasa luz hizo necesario encender un par de velas. Lope dejó a un lado sus cosas, se quitó las botas y se tumbó sin preámbulos en la cama. Iván aprovechó para rezar. Lope se adormeció con el bisbiseo de las oraciones del joven.

En la habitación de al lado, José lloraba en silencio, sentado sobre el lecho.

Unas horas más tarde, Abraham lo encontró dormido en posición fetal, vestido, la cama sin abrir.

-Prepárate, se acerca la hora de la cena -dijo Abraham.

José se dio la vuelta y Abraham vio sus ojos aún enrojecidos, los surcos de lágrimas en la cara sin lavar. Abraham miró a José. José no miró a Abraham. Abraham, sin salir de la habitación, cerró la puerta tras de sí.

-¿Prefieres quedarte aquí? -preguntó.

-Quizá sí… -balbuceó José-. Sí, creo que será mejor.

Abraham asintió con la cabeza.

-Diré que te traigan la cena a la habitación.

-Gracias… -respondió José, en voz casi ininteligible.

Abraham se quedó de pie, mirando a José, que había inclinado la cabeza.

El monje se acercó a la cama, se sentó junto a José y lo abrazó. José empezó a llorar desconsoladamente entre los brazos de Abraham. Estuvo a punto de decir algo, pero prefirió continuar callado, abrazando y acariciando a José, que temblaba al sollozar.

-Métete en la cama y sigue durmiendo -dijo Abraham, cuando José se tranquilizó un poco.

Abraham le ayudó a quitarse las botas y a meterse, vestido, entre las sábanas.

Le echó una última mirada antes de salir de la habitación. José le daba la espalda, su rostro vuelto hacia la ventana del fondo. Abraham salió de la habitación y se dirigió hacia la de Lope e Iván, para despertarles.

Cuando llegaron al salón principal de la casa encontraron dos mesas preparadas para unos cuarenta comensales, incluyendo a los visitantes. En una de las mesas cenarían los mayores y en la otra los más pequeños. Khaled Santangelo les presentó a su anciana madre, a su mujer Maria, a sus tres hijos, a sus dos hijas, diez nietos y algún que otro hermano o cuñado con su correspondiente parentela.

Iván descubrió entonces que las dos jóvenes muchachas que le habían estado mirando eran Fatima y Giovanna, las hijas pequeñas de su anfitrión. Fatima, la rubia, alta y de ojos verdes, tenía dieciocho años; su hermana Giovanna, morena, un poco más baja y de ojos azules, tenía dieciséis. A Maria, la madre de ambas, le hizo gracia sentar a Iván entre sus hijas, para gran alborozo de éstas, y no poca alegría -interior- de Iván.

Cuando Khaled supo la razón por la cual los cinco se encontraban allí, su rostro se tensó ligeramente.

-Sí, sabía de la convocatoria del Concilio -dijo, tras escuchar a Abraham-. También sé que los sacerdotes de las Santas Ruinas están bastante preocupados por la misma.

-¿Por qué razón? -preguntó Thomas.

-Últimamente, se han visto demasiados personajes extraños por estas tierras… -dijo Khaled, bajando la voz, e inclinándose hacia el maestro iluminador-. Los sacerdotes dudan de la seguridad de la cita.

-¿A quién le podría resultar de interés un concilio, no siendo cristiano? -preguntó Iván.

-Ahora mismo, joven, tal y como están las cosas en el mundo, casi a cualquier persona -respondió Khaled-. Estamos al borde de la guerra al oeste y al este… Las decisiones que se tomen en el Concilio pueden afectar a los equilibrios de fuerzas de ambos conflictos.

-¿Qué noticias hay de la Liga? -preguntó Thomas, con rostro preocupado.

-Los neo-arrianos perdieron las elecciones en Atenas -respondió Khaled, provocando la sonrisa en el rostro del teólogo-, pero eso sólo ha polarizado aún más la situación: tras las elecciones, Atenas se ha convertido en la cabeza del partido anti-arriano; Estambul y Atenas mueven sus hilos ante una inminente guerra civil dentro de la Liga. Constantemente nos llegan noticias de violencia en alguna de sus ciudades.

El rostro de Thomas volvió a ensombrecerse.

-Qué peste, los neo-arrianos -comentó Hachim, el hermano menor de Khaled-. También se sospecha de ellos, con respecto al Concilio. Los sacerdotes creen que podrían intentar influir en los asistentes. Al parecer, muchos obispos katejónicos son favorables a un acercamiento. Pero esa gente odia a los cristianos. Sólo nos quieren para hacerse más fácilmente con el poder.

-¿Y qué ganarían los katejónicos con tal alianza? -preguntó Iván.

-Por un lado, tranquilidad -respondió Thomas-; vivir en ciudades donde los neo-arrianos son numerosos, como tú mismo pudiste comprobar en Atenas, empieza a resultar insoportable. Por otro, no se puede negar que muchos creyentes katejónicos quieren aprovechar la violencia neo-arriana para deshacerse de otras comunidades religiosas, con las que compiten en las ciudades por el mercado de fieles: politeístas, judíos, musulmanes…

Un silencio cayó sobre la mesa. Que sólo fue roto cuando Isabella, la mujer de Khaled, se dirigió a Iván.

-¿No es usted muy joven para estar involucrado en este tipo de aventuras?

Las dos hermanas miraron fijamente a Iván, llenas de curiosidad. Lope no pudo evitar sonreír.

-Quizá sí, un poco… -balbuceó Iván-. Aspiro a formar parte de la Santa Orden de la Búsqueda, y me encuentro en mi año de discernimiento.

La respuesta de Iván provocó una profunda decepción en las caras de las dos muchachas y una decepción bastante mejor controlada en la cara de su madre.

-¿Le puedo preguntar a qué Casa pertenece? -preguntó la mujer-. Por su acento, supongo que proviene de alguna Casa española.

-Así es -respondió Iván-. Pertenezco a la Casa de Rilo.

-¿A alguna familia que podamos conocer? -insistió la madre de las muchachas, aún con los rostros sombríos.

-Iván es hijo de Jeanne, la hija pequeña de Xoán, señor de la Casa de Rilo -intervino Abraham, con tono seco-. Su padre, también llamado Iván, llegó a ser el señor de la Casa rusa de Rogozhin, poco antes de su trágica y temprana muerte.

Iván tragó saliva y trató de sonreír. Todas las miradas se habían clavado en él. Casi todas mostraban una profunda sorpresa y admiración.

-Oh -dijo Maria, que tenía los ojos muy abiertos-. Qué pena, entonces, que sangre tan pura y noble se vea destinada a hacer voto de castidad…

Khaled fulminó a su mujer con la mirada, pero ésta no hizo el menor caso de su marido.

-Bueno, aún me tienen que aceptar en la Orden… -balbuceó Iván.

-Pues si al final la cosa no llega a buen puerto, aquí estaremos encantados de recibirle para que se recupere de la decepción -dijo Maria, con la mejor de sus sonrisas-. Esta tierra posee unos fantásticos bosques donde la caza abunda; y mis hijas estarán encantadas de proporcionarle una agradable compañía, ¿a que sí, muchachas?

Fatima y Giovanna miraron a su madre deseando que se callase de una vez, pero tratando de forzar una sonrisa para rescatar la dignidad del momento. Khaled suspiró y trató de iniciar una conversación con Abraham y Thomas, para no verse obligado a seguir escuchando a su mujer. Iván siguió sufriendo el acoso de la matriarca. Lope comía en silencio, entretenido con los apuros de su joven compañero.

-Por cierto, mamá -dijo Giovanna, la hija menor de Khaled-, ¿cómo era aquella historia que nos contaron hace un tiempo, de una de las hijas del señor de la Casa de Rilo? ¿Que había vuelto a casa o algo así?…

Iván abrió muchos los ojos y los clavó en la madre de Giovanna.

-Oh, sí, qué tonta, no haberlo recordado antes -dijo la mujer, al borde de la risa-. Resulta que Frances de Rilo, su tía, si no me equivoco -Iván asintió con la cabeza-, volvió a Rilo hace unos meses.

Iván se quedó estupefacto.

-¿Estaba bien? ¿Se encuentra bien mi tía? -preguntó Iván, repentinamente nervioso. Lope, Abraham y Thomas también se quedaron expectantes.

-Oh, sí, perfectamente -respondió Maria, quitando importancia al asunto-. El caso es que no volvió sola.

-¿No volvió sola…? -preguntó Iván, extrañado.

-Dios santo, mujer -comentó exasperado Khaled-, ¿puedes acabar de contar el asunto de una vez? ¿No ves que tienes al joven en vilo?

La mujer miró con desdén a su marido, antes de continuar.

-Al parecer, regresó con un hijo recién nacido y el padre del mismo -dijo Maria-. ¿Hace mucho que no la ve?

-De hecho, no la conozco… -dijo Iván, con la mirada perdida-. Justo estábamos volviendo a Rilo desde Rogozhin cuando mi tía se fue. Yo aún era un bebé.

Maria y sus hijas se quedaron con ganas de escuchar más, pero Iván bajó la mirada y permaneció en silencio.

-Como ya les he dicho, mañana se celebrará en las Santas Ruinas la misa por los Fieles Difuntos -dijo Khaled, tratando de animar un poco el ambiente-. Si quieren, podemos ir juntos hasta allí; aunque supongo que a ustedes les ofrecerán unos asientos mejores de los que a nosotros nos está permitido optar.

-Aunque tal cosa fuere cierta, creo que preferiremos quedarnos en su compañía -dijo Abraham-. Ya habrá tiempo de contemplar con calma las Santas Ruinas. Hemos llegado muy pronto. El Concilio no comenzará hasta finales de marzo.

-Oh, pues será magnífico gozar de su compañía -dijo Maria, dirigiendo una sonrisa cómplice a sus hijas-. Y pueden contar con que serán bienvenidos en esta casa durante todo el tiempo que pasen aquí.

Fatima y Giovanna sonrieron a los invitados, mirando de reojo con cierto apuro a su madre.

La cena finalizó sin más novedad y los invitados regresaron a sus habitaciones, aunque la mujer de Khaled pretendía estirar la jornada junto a la chimenea. Pero Abraham rehusó la invitación con perfecto tacto, aunque no tan perfecto desde el punto de vista de doña Maria, que le dijo a sus hijas más tarde que aquel monje era una mala influencia para Iván.

Ya en las habitaciones, Lope abrió la puerta de José. Abraham intercambió miradas con el gigante.

-Duerme -dijo Lope, mientras cerraba la puerta con cuidado.

Se despidieron hasta el día siguiente y se metieron en sus respectivas habitaciones.

Iván permanecía serio. Se arrodilló ante su cama, para rezar. Lope rezó también y esperó a que Iván terminase.

-¿Estás bien, chaval? -preguntó Lope, sentado en la cama, con la espalda apoyada en la pared de la almohada.

-Sí -respondió Iván, suspirando al mismo tiempo-. Estoy pensando, simplemente. En cosas.

-¿Quieres hablar de ellas? -volvió a preguntar Lope.

-No lo sé… Es el día de Todos los Santos. Todos tenemos muertos a los que recordar. O en los que pensar -Iván hizo una mueca-. Y también hay vivos en los que pensar y recordar. Y no sé, Lope… Hacerme monje buscador…

El gigante bajó la mirada. Jugueteó con la cruz de su rosario.

-A tu año de discernimiento aún le quedan muchos meses por delante, Iván. Y no sólo la Orden tiene que tomar una decisión. Tú también tienes que aclararte. Quizá tu vocación no sea convertirte en monje buscador -Lope se quedó callado y miró a Iván antes de continuar-. ¿Crees que echas demasiado de menos a tu familia?

-Sí, creo que sí. Demasiado para alguien que se está preparando para ser monje buscador…

-Y las muchachas te producen mucha curiosidad… -dijo Lope, dejando escapar una sonrisa.

Iván también sonrió.

-Supongo que también demasiada curiosidad… Pero tampoco es algo en lo que esté pensando todo el día. Sólo que… -Iván buscaba las palabras adecuadas-…que creo que me gustaría enamorarme, algún día, y formar una familia. Me gusta ser parte de una familia. Me gusta mi familia.

-Bueno, como tampoco tienes que tomar la decisión esta noche -dijo Lope, en tono distendido-, creo que es mejor que ahora mismo nos dispongamos a dormir.

Iván sonrió y comenzó a desvestirse para meterse en cama.

Lope apagó la vela y la oscuridad puso fin al día.

Pintura de Manuel Castillero Ramírez.

ESA CLASE DE HOMBRES

Desde los jardines del campus llegaba el eco de otra concentración en apoyo de los ejércitos de la Unión.

-Lo mejor es dejar que los personajes describan su propio carácter a través de la narración de sus acciones. No presenten a un personaje diciendo que es un hipócrita; simplemente, muestren a ese personaje actuando de una manera contraria a lo que dice. Fabio Carlsen comienza el segundo capítulo de las Crónicas de un misterio encarnado con la siguiente frase: era de esa clase de hombres que, al salir del baño de un bar, siempre lo dejaban más limpio de lo que lo encontraban -Ramos-Hollande lanzó una mirada al conjunto de su clase-. ¿Qué les da a entender esta frase? ¿Qué piensan ustedes de un hombre que es definido de esta manera?

Ramos-Hollande vio muchas sonrisas entre sus alumnos y algún que otro rostro pensativo; uno de ellos, el de Patricia, que asistía de oyente por primera vez a una de sus clases. Unas sillas más allá de donde estaba ella sentada, un joven de aspecto tímido levantó la mano de forma casi imperceptible. Cuando estaba a punto de devolverla a su estado de reposo inicial, Ramos-Hollande le señaló, obligándole a ponerse de pie.

-Todo dependerá… -balbuceó el joven-… del contenido de la siguiente frase que nos presente el autor.

La cara de Ramos-Hollande mostró sorpresa. Hizo un gesto con la mano, pidiendo al alumno que desarrollara su respuesta.

-Quiero decir… -prosiguió el joven, de forma atropellada-… necesitamos más datos para saber si estamos ante un simple maniático de la limpieza, impulsado por un desequilibrio mental; o ante una personalidad generosa, que se preocupa por los demás.

-¿Y no podrían darse ambas cosas en un mismo personaje? -preguntó otra alumna, sentada casi al final del aula.

-No, claro que no -replicó el joven-. No se puede estar centrado en uno mismo y en los demás al mismo tiempo.

Ramos-Hollande sonrió y bajó la cabeza, divertido.

-Ciertamente, el señor Torres tiene razón -explicó el escritor-, quizá sea necesario un nuevo matiz para concretar más al personaje. Pero yo quería hacer hincapié, con esta definición, en el hecho de que el escritor nos presenta a un hombre que se plantea la mejora del mundo en las acciones más cotidianamente oscuras. Este hombre no está pensando en grandes movimientos políticos y culturales, no está pensando en guerras o revoluciones -la mirada de Ramos-Hollande se volvió desafiante-. No, en lo que está pensando es en el asco que le da encontrar sucios los baños de los bares a los que va. Y para evitar esa desagradable sensación a cualquier persona que ocupe su lugar ante la misma taza de váter, este hombre se esmera en que no se note su paso por ella. O, si se nota, que sea para bien. Porque a todos nos gusta entrar en los servicios de un bar o de una cafetería, y encontrarlos limpios, ¿no?

Unas pocas cabezas se movieron afirmativamente entre el público.

-Es una acción muy pequeña y fácil de realizar, que cambia el mundo -continuó el profesor-. Vivimos tiempos en los que pronto podréis comprobar cómo la mayoría de los que aspiran a ser grandes transformadores del mundo, aquellos que dicen querer cambiarlo de verdad, a lo grande, desprecian estas pequeñas acciones; y se excusan en sus grandes ideales para dejar las tazas de váter mucho más sucias de lo que las encontraron.

Unos pocos alumnos rieron. Patricia sonreía, hasta que se dio cuenta de la extraña seriedad que reflejaban los rostros de la mayoría de los presentes.

El alumno tímido se volvió a levantar, con gesto de ligero enfado.

-¿Nos está queriendo decir que hasta un maniático de la limpieza es mejor persona que alguien que aspira a transformar la sociedad? -dijo el joven, visiblemente excitado.

Ramos-Hollande tensó los músculos de su cara.

-Yo sólo hablo de literatura, señor Torres -dijo el escritor, con tono seco-. Sólo les explico cómo presentar a un personaje humilde -hizo una pausa antes de continuar-. Y no se equivoque, señor Torres; no existe esa distancia sideral que usted parece encontrar entre las necesidades del individuo y las necesidades del grupo. Ambas cosas no son excluyentes. No es necesario negarse a uno mismo para satisfacer al grupo, ni negar al grupo para afirmarse a uno mismo. La mejor forma de encontrar el modo adecuado de amar a los otros es amarse adecuadamente a uno mismo.

-¿Y a dios por encima de todas las cosas? -preguntó el señor Torres, transformando de repente la timidez en sarcasmo.

Ramos-Hollande, con gesto serio, dio por terminada la clase.

Patricia permaneció sentada, mirando con preocupación al joven señor Torres, que se dirigía en ese momento hacia la salida del aula.

MAÑANA

Ramiro de Mar afiló su cuchillo.

Limpió su pistola. Limpió su otra pistola. Las cargó.

Desmontó su escopeta. La volvió a montar. La cargó.

Miró el crucifijo de su madre que presidía la pequeña mesilla de noche.

Miró hacia otro lado. Lo volvió a mirar.

Se arrodilló ante el crucifijo. Rezó.

Ramiro de Mar se acostó, pero no durmió en toda la noche.

DOS DÍAS

Ciento cuarenta y cinco. Ciento cuarenta y seis. Ciento cuarenta y siete. Ciento cuarenta y ocho. Ciento cuarenta y nueve.

Ciento cincuenta.

Se puso en pie y miró sus abdominales en el espejo.

Siguió mirándolos unos segundos más.

Se agachó, cogió el palo que estaba en el suelo, y se golpeó con toda la fuerza de que fue capaz en los abdominales.

Siguió golpeándose. Empezó a sudar. Siguió golpeándose.

Agotado, dejó caer el palo al suelo y se dobló como un ángulo recto.

Mínimamente recuperado, volvió a erguirse y se miró en el espejo.

Seguía teniendo cara de adolescente.

3 DÍAS

UNIÓN

O

MUERTE

Michel Hundt vio la pintada al salir de su primera clase del día, en letras rojas sobre la pared blanca, justo enfrente de su aula.

Algunos alumnos hablaban en corros en el pasillo, mirando alternativamente a la pintada y al profesor.

Michel Hundt bajó la cabeza y caminó hacia su derecha. Al salir del edificio, vio que el campus lucía una enorme cantidad de pancartas. Un grupo de estudiantes se afanaban en colgar otra más entre dos árboles. Otro grupo de estudiantes, en una mesa, recogía alimentos y dinero para los inmigrantes fugitivos de la Casa de Penn Ar Bed.

Michel Hundt creía percibir, a cada momento, miradas de soslayo y cuchicheos herméticos.

Michel Hundt notó cómo le empezaban a sudar las manos cuando pensó en la siguiente clase que tenía que dar, sobre los procesos revolucionarios anteriores al Gran Colapso.

Cuando ya se acercaba a la Facultad de Literatura, en busca de Ramos-Hollande, Michel Hundt decidió que se encontraba mal y se fue a su casa.

CUATRO DÍAS

Mientras sodomizaba a su esclavo de trece años, el filósofo Georg reflexionaba sobre la guerra y la historia.

Resultaba curioso cómo el desarrollo de los acontecimientos tras el Gran Colapso había dispuesto la sincronía de unas comunidades humanas que casi siempre se habían presentado de una forma diacrónica en la historia de la humanidad. No sólo diacrónica, sino prácticamente evolutiva.

El filósofo Georg apenas parecía oír los gemidos de su esclavo -quién sabe si de placer o dolor, quién sabe si ambas cosas a la vez-, mientras le daba vueltas al hecho de que, a pesar de considerar la idea de progreso una mera alucinación de los historiadores, no podía negar la testaruda realidad de que la Unión representaba una figura organizativa con una extraordinaria tendencia a imponerse a cualquier otra forma de sociedad humana que tratase de competir con ella.

Por lo tanto, el filósofo Georg, a punto de eyacular, y mientras aguantaba las ganas de hacerlo, pensó que el resultado de la próxima guerra sólo podía ser uno. Y supuso que, un hombre con sus aptitudes, no tendría demasiado problema en encontrar trabajo en la Unión.

Lo único que echaría de menos serían las facilidades que proporcionaba la esclavitud para ciertos temas. Pero nada que no se pudiese conseguir dentro de la Unión con la adecuada cantidad de dinero.

Y, animado por las posibilidades que se abrían ante él, el filósofo Georg extrajo su pene del ano de su esclavo de trece años y eyaculó sobre su espalda.

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Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

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