El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: LAS CASAS

DISCERNIMIENTO

El día era azul como si las tempestades del mundo nunca hubiesen existido. El guerrero descansaba sentado, la espalda apoyada en la base de la torre. Su caballo pastaba la hierba fresca de los alrededores.

Aburrido, pensaba en la belleza de las mujeres. De algunas. Cierto recuerdo forzó una sonrisa fugaz.

Se oyó ruido en la cerradura de la puerta de la torre. El guerrero giró la cabeza lo justo para ver si salía alguien.

Salió el eremita. El sol relucía en su cabeza completamente calva. Se desperezó con un gruñido de satisfacción y miró alrededor.

Vio al guerrero, que le miraba a él.

-Mmm, sigues ahí… -comentó, mientras se acercaba con los brazos en jarras.

El guerrero asintió con la cabeza, sin levantarse.

-¿Sigues queriendo entrar? -preguntó el eremita.

-Sí.

El eremita se rascó la cruz de San Gilberto que llevaba tatuada en la frente.

-Pues no va a ser hoy -dijo, volviendo a poner la mano en un costado.

El guerrero hizo un gesto de resignación, sin dejar de mirar al eremita.

-¿Tienes hambre? -volvió a preguntar.

El guerrero asintió nuevamente, en silencio. El eremita entró en la torre. No tardó en volver a salir, con un trozo de pan y un vaso.

-Vino -dijo, ofreciéndoselo sonriente.

El guerrero estiró ambos brazos para coger lo que se le daba, con un gesto de agradecimiento.

El eremita se sentó a su lado, apoyando también la espalda sobre las enormes piedras de la torre.

-Dicen que hay guerra otra vez -comentó, mientras el guerrero comía y bebía.

-Así es.

-Aquí no.

-Aún no. Pero llegará. Siempre llega.

-¿No deberías estar preparándote para ella? ¿Sirviendo a tu señor en algún sitio?

-Mi señor me ha dado permiso para venir aquí.

-¿Así son las cosas, ciertamente…? -dijo el eremita, mostrando una leve sorpresa.

-Así son, sí.

El eremita giró la cabeza para clavar su mirada en los ojos del guerrero, antes de seguir preguntando.

-¿Eres bueno con la espada?

-No soy malo.

-¿Por qué prescinde entonces de ti, tu señor?

El guerrero terminó de tragar y bebió un sorbo de vino antes de contestar.

-Está preocupado por mi alma.

-¿Ciertamente?

-Ciertamente.

-Supongo que tiene razones para ello.

-Tiene una. Suficiente.

-¿Cuál?

El guerrero dio otro trago y devolvió el vaso al eremita.

-Me he alejado de Dios -respondió.

El eremita rio, como si hubiese escuchado un buen chiste.

-Ciertamente, es una magnífica razón para estar preocupado. Yo lo estaría -se puso en pie-. De hecho, ya lo estoy. Por tu culpa.

El eremita entró de nuevo en la torre y cerró la puerta. Se volvió a escuchar ruido de llaves y candados. Después, ya no se escuchó nada más.

El guerrero permaneció sentado, comiendo pan.

El caballo no había dejado de pastar ni un solo momento.

LA TORRE DE AVAME

El guerrero veía la torre desde su refugio bajo los árboles.

Se envolvió en su capa de color azul marino. La fría lluvia había empapado su capucha, que goteaba. Las rachas de viento hacían bailar como endemoniados a los robles. Su caballo parecía agotado; del viaje, de la lluvia y del frío.

Una luz tenue parpadeaba en una de las ventanas de la torre. De alguna chimenea salía un humo negro que era rápidamente dispersado por el viento.

El dolor le había retenido. Él quería llamar ya a la puerta, pero la cabeza le dolía demasiado; así sería imposible tener una conversación coherente con el eremita. Achacó su mala salud al tiempo y al viaje. Pero no dejó de resultarle curioso el sentido de la oportunidad de aquel malestar.

El alma entera parecía revolverse ante la presencia de la torre.

Trató de encomendar el dolor, pero ciertos pinchazos agudos sólo sacaban de él insultos horrendos. Se palpó la cicatriz del pómulo: ardía. Del ardor brotaban recuerdos negros.

Sin querer, su mente huyó de aquellas oscuridades, para refugiarse en sus recientes conversaciones con la doncella del Bailón. Pero la belleza de aquel recuerdo pareció reavivar aún más el dolor.

¿Dónde está tu mujer, entonces?, había preguntado la joven.

Lejos, en una ciudad esclavista, respondió él.

¿Como esclava?

No. Libre.

La doncella no había preguntado más. Bajó la mirada, al comprender.

Permanecieron varias semanas acuartelados en aquella aldea. El Señor de Rilo había reforzado la vigilancia en sus fronteras, al desatarse las hostilidades en el oriente del mundo.

Todos los días, al atardecer, el guerrero se acercaba a la casa de la doncella, donde su familia le daba de cenar. La belleza de su rostro se mezclaba en su recuerdo con la hermosura de sus palabras. No sabría decir qué le hería más.

La última jornada que pasaron en el Bailón, el guerrero vio una pareja que se alejaba paseando de la casa, al acercarse él. Tras la pareja, dos mujeres caminaban juntas a unos metros de distancia, hablando animadamente. El guerrero reconoció en una de ellas a la madre de la doncella. Su marido, mientras tanto, le recibía alegre a la entrada de su casa.

-El joven Félix, que me ha pedido cortejar a mi hija -dijo bonachón el hombre-. Cómo pasa el tiempo…

El guerrero se quedó parado, con la mirada fija en aquella joven pareja, que parecía conversar con timidez. No podía dejar de contemplar aquella escena: había algo inextinguible en el lento pasear de aquellas cuatro figuras al atardecer. Al inundarse de lágrimas sus ojos, apartó la mirada y entró en la casa, acompañado del dueño.

El guerrero se descubrió mirando la ventana iluminada de la torre. Un nuevo pinchazo le obligó a cerrar los ojos.

Entre recuerdos y dolores, el sueño le fue venciendo.

La luz de la ventana permaneció encendida, como esperando.

Obra de François Fressinier (a quien hemos conocido gracias a la cuenta de Twitter “Ni aquí ni allí“).

EL PRIMER PASO

El monje buscaba en un bolsillo interior de su capa negra. La mano reapareció acompañada de una petaca parda. Alargó el brazo para alcanzársela al guerrero de la Casa de Rilo. Éste, sin dejar de mirar el barco que allá abajo se alejaba hacia el horizonte, la agarró con una mano, la abrió con ayuda de la otra, y le dio un largo trago.

-¿Serás capaz? -preguntó el monje.

-Probablemente no -respondió el guerrero, mientras le devolvía la petaca.

El monje bebió a su vez.

-¿Qué quieres? -volvió a preguntar.

-Todo lo que quería.

El monje resopló y bajó la mirada al suelo un momento, antes de seguir preguntando.

-¿Es posible?

-No -respondió el guerrero-. No todo a la vez, al menos.

El monje volvió a rebuscar en su capa. Esta vez su mano reapareció con un trozo de queso curado. Cortó unos trozos con su navaja y se los pasó al guerrero. Siguieron bebiendo y comiendo queso durante un rato, el tiempo necesario para que los mástiles del barco desapareciesen en el horizonte púrpura.

-No tiene mucho sentido pensar ya en el último paso -dijo el monje, tras masticar un trozo de queso-. Céntrate en dar el primero.

El guerrero no dijo nada. Asintió suavemente, con la mirada perdida en los juegos de colores del cielo.

El monje se levantó y empezó a sacudirse las ropas. Buscó alrededor los caballos, que ramoneaban tranquilos en el mismo lugar donde los habían dejado.

-Ponte en marcha, simplemente -siguió el monje-. No pretendas anticipar lo que sólo el camino puede descubrir.

El guerrero volvió a asentir, esta vez con mayor énfasis, mientras se ponía también en pie. Los dos hombres se miraron por un instante, antes de dirigirse hacia los caballos.

Obra de Taeil Kim (agradecemos a la cuenta Ni aquí ni allí que nos haya dado a conocer a este pintor)

LA COLECCIÓN

El informe descansaba encima de la mesa, sin abrir.

La Primera Magistrada lo miraba de soslayo, derrotada sobre la silla, un pómulo resbalando sobre el puño cerrado.

Su mirada huyó hacia la pared. Allí estaba su colección. Objetos de tortura usados por los esclavistas. Que había ido recogiendo durante la Revolución.

Adornaban su habitación. Para hacer imposible el olvido.

Recordó el día en que dejó de ser virgen. El día de su primera violación. Su amo la había comprado cuando tenía siete años. Le dio la mejor educación que se podía pagar. Los más grandes filósofos y arqueo-ingenieros. Ocho idiomas.

Podía hablar durante horas con su amo. Sobre historia, sobre ciencia, sobre dioses. Sobre amor.

En algún momento, olvidó su condición de objeto parlante. Y se permitió admirar a su propietario. Amarlo, incluso. Quizá.

La penetró por primera vez el día que ella cumplió quince años.

No se sintió violada hasta que la vio a ella: otra niña de siete años comprada pocas semanas después.

Las conversaciones se hicieron más cortas, las violaciones se hicieron más largas.

La mirada de la Primera Magistrada volvió al presente. Fija en el cuchillo que colgaba justo enfrente de ella.

Perezosamente irguió la espalda y abrió el informe.

Patricia abrió la puerta de la habitación.

-¿Tienes un momento, madre?

-Un momento, sí -respondió, mientras volvía a cerrar el informe-. ¿Qué ocurre?

Patricia cerró la puerta tras de sí, acercó una silla y se sentó junto a su madre.

-Estoy preocupada, madre -dijo Patricia, mirando al suelo-. Estoy preocupada por… un par de profesores. Míos.

-¿Por?

-Creo que pueden resultar… agredidos -dijo Patricia, elevando la mirada.

Su madre hizo un gesto de extrañeza.

-¿Quién les iba a querer agredir?

-Algunos alumnos… Ya sabes, los más radicales. Todo está… muy tenso. En todas partes.

-Estamos en guerra, amor. Tensión es lo mínimo que puede haber. Sobre todo si las cosas no van bien.

La Primera Magistrada cerró en un puño la mano que descansaba sobre el informe.

-¿Por qué iban a querer agredir esos alumnos a tus profesores?

Patricia volvió a bajar la mirada.

-Dicen que ellos… les llaman criptocatólicos. Que no apoyan lo suficiente la causa de la Unión. Pero no es verdad… Sólo hacen su trabajo. Muy bien, de hecho.

La Primera Magistrada permaneció callada. Miró a su hija, que permanecía con la mirada fija en el suelo. Se inclinó hacia adelante en la silla, antes de volver a hablar.

-Muchos de tus compañeros tienen a algún familiar en el frente; o es probable que alguno de ellos se incorpore a filas en breve. Es normal que estén nerviosos, que pierdan la paciencia con mayor facilidad.

Patricia asintió, sin levantar la mirada.

-¿Quieres que haga algo? -preguntó la Primera Magistrada.

Patricia dijo que sí con la cabeza.

La Primera Magistrada miró a su hija un momento. Después se inclinó sobre la mesa, abrió el informe, cogió la primera hoja y le dio la vuelta.

-Escríbeme ahí sus nombres -le dijo a Patricia, acercándole la hoja y una pluma-. Yo me ocuparé.

Patricia se levantó. Cogió la pluma y la introdujo en el tintero. Escribió dos nombres y le devolvió la hoja a su madre.

La Primera Magistrada leyó los nombres y volvió a dejar la hoja dentro del informe.

Cogió la cara de Patricia para que le mirase a los ojos y le sonrió.

-No te preocupes más. Ahora, a dormir.

Patricia besó a su madre y salió de la habitación.

La Primera Magistrada se quedó sentada. La mirada regresó al cuchillo de la pared y permaneció allí durante unos minutos.

-Ahmed -llamó la Primera Magistrada.

La puerta se abrió y un hombre uniformado introdujo la mitad de su cuerpo en la habitación.

-¿Necesita algo, Primera Magistrada?

-Sí -contestó, mientras se retiraba un mechón de la cara-. Dile a Pierre que venga mañana por la mañana.

-Ahora mismo, Primera Magistrada.

La puerta volvió a cerrarse. Se levantó de la silla y se dirigió hacia la cama.

Sin volver a mirar la pared, donde descansaba su colección de objetos de tortura.

INVASIÓN

El general dio la orden de avance con su brazo.

La columna de vehículos se puso en marcha, en dirección al desfiladero.

Desde su asiento en la parte de atrás del camión, el joven se fijó en las aguas del río.

-Tienes cara de adolescente -le dijo un soldado sentado justo enfrente-. ¿Seguro que ya has cumplido dieciocho años?

El joven miró un momento a su interlocutor, antes de dirigir la mirada hacia lo alto de las paredes del cañón.

No contestó.

-¿Cómo te llamas? -preguntó esta vez el soldado, endureciendo el tono.

-Louis -respondió el joven, sin dejar de mirar hacia lo alto.

El sol del amanecer creaba sombras peculiares en el desfiladero.

-¿En qué piensas, Louis? -preguntó nuevamente el soldado, que ahora sonaba burlón.

-En que si yo fuera un cruzado de Penn Ar Bed, me parecería éste un lugar perfecto para una emboscada.

El soldado que le preguntaba y el resto de compañeros empezaron a mirar hacia donde miraba Louis, repentinamente inquietos.

-Lo más probable es que los teócratas estén embarcando en estos mismos momentos camino del otro lado del océano… -dijo el soldado, tratando de aparentar seguridad.

El resto intentó sonreír, pero las miradas seguían escapándose hacia lo alto.

-Lo dudo -le dio tiempo a decir al adolescente.

La primera explosión destruyó el tanque que iba en segunda posición, dejando aislado al del general del resto de la columna.

Louis se dejó caer del camión, tras ver el ojo del soldado que le había estado preguntando atravesado por una flecha.

Las explosiones se sucedían con ritmo de furia. Louis hizo una señal a sus aterrorizados compañeros para que le siguieran hacia los árboles que bordeaban el río.

Los cañones de los tanques trataban de apuntar hacia algún lugar, sin tener demasiado claro hacia dónde. Los oficiales que habían sido capaces de reaccionar intentaban poner orden entre una amorfa masa fugitiva.

Ya ocultos entre los árboles, Louis y sus compañeros escucharon cómo el ruido de las explosiones era sustituido por un extraño rugido que inundaba el cañón, rebotando y multiplicándose entre las paredes de roca.

Como si la tierra y el cielo hubiesen decidido gritar al mismo tiempo, amenazando con poner fin a todo lo creado.

Y Louis vio entonces a los jinetes de Penn Ar Bed, sus caballos en inverosímil verticalidad acantilados abajo, inundando el desfiladero, gritando, disparando, desenvainando.

Una desquiciada marea verde cuya contemplación congelaba los músculos y convertía a muchos soldados de la Unión en babosas gimoteantes.

Una de las docenas de lenguas montadas se acercaba furiosa al aislado tanque del general, guiada por el abanderado, al que sus compañeros apenas conseguían seguir el ritmo de galope, y que lucía en su estandarte a un estudioso y tranquilo Santo Tomás de Aquino, que parecía coger su pluma con la misma firmeza con que su portador blandía espadón en la mano derecha.

El general trató de apuntar con su pistola desde la torreta del tanque.

El caballo subió de un salto al vehículo. El espadón chilló al cortar el aire. El caballo bajó de otro salto nuevamente al camino, al que también llegó la cabeza del general, tras rebotar un par de veces en el metal de su tanque.

Louis observaba desde su escondite la destrucción de toda la columna. Miró a sus compañeros de escondite. El más cercano olía a mierda. Louis les obligó con gestos a mirarle fijamente a los ojos. Con otro gesto, les ordenó colocar rifles a la espalda y desenvainar las espadas cortas. El último gesto lo hizo para que le siguieran.

Louis corrió pegado al cauce del río, bajo la protección de los árboles, en dirección a la entrada del cañón.

Sus compañeros y él sólo se detuvieron cuando la masacre dejó de resonar en sus oídos.

Aunque tardaría bastante más en dejar de resonar en sus cabezas.

LO MÁS DIFÍCIL

El río había formado en una de sus curvas una zona de agua estancada, a modo de pequeña laguna. Los cinco compañeros descansaban junto a ella, bajo la frondosidad de los numerosos árboles, gruesos y antiguos. Las montañas, cercanas, permanecían sin embargo invisibles, tras el denso muro de troncos y ramas.

El único sonido que se escuchaba era el del río. Lope no tardó en dormirse.

Iván se fijó en un insecto que caminaba a trompicones hacia la pequeña laguna. Se lo señaló a Thomas, de forma innecesaria, porque el anciano ya lo había visto.

-Una mantis religiosa -dijo-. Es extraño ver una, en esta época del año.

Iván se levantó para acercarse al insecto.

-Parece que tiene sed -comentó-. Va directo al agua.

Thomas agravó su gesto de extrañeza y decidió levantarse para acompañar a Iván en la observación del bicho.

Justo al llegar junto a él, la mantis se zambulló en el agua sin dudarlo un segundo.

-¿Pueden nadar? -preguntó Iván.

-No que yo sepa… -respondió Thomas-. Vaya, vaya…

El abdomen del insecto empezó a retorcerse con violencia, como si algo estuviese tratando de salir al exterior.

De repente, un gusano negro se abrió paso, abandonando el cuerpo del insecto, que flotaba inmóvil en la superficie, como una cáscara vacía.

Iván sintió arcadas y tuvo que hacer un esfuerzo de autocontrol para no vomitar.

-Cristo Santo… -dijo José, que se había unido a ellos por curiosidad-. ¿Qué coños es esa cosa asquerosa?

-Un nematomorfo -explicó Thomas, que seguía los movimientos del gusano recién liberado con evidente interés-. Un parásito que se desarrolla en los cuerpos de pequeños artrópodos; cuando ha madurado lo suficiente, toma el control del sistema nervioso central del anfitrión y lo obliga a tirarse al agua, para poder buscar a otros de su especie y reproducirse. Una fascinante criatura de Dios.

-Lo mismito que está pensando la mantis -bromeó José-. De poco le ha valido toda su religiosidad, a la pobre… Bueno, supongo que ahora estará en el cielo de los bichos, como mártir del cotidiano genocidio de la madre naturaleza… Aunque no sé si hay cielo que compense este tipo de muerte, la verdad…

-Veo que te encuentras mejor -dijo secamente Abraham, que comía algo sentado, apoyado en el tronco de un árbol.

-Oh, sí. Un espectáculo así levanta el ánimo a cualquiera -respondió José-. Dime, Abri, ¿cómo crees tú que entraron estos bichos en el arca de Noé? ¿En forma de gusano? ¿O iban dentro de otra pareja? Porque si iban dentro de algún bicho, me temo que ese bicho se extinguió por aquel entonces…

Abraham dejó de comer, cogió su arco y se fue sin contestar. Lope, que se había despertado, miró con cara de resignación a José y le dijo a Abraham que le esperase, que iría con él a cazar.

José se quedó mirando fijamente al gusano, que se retorcía en el fondo de la laguna. Thomas e Iván volvieron junto a sus mochilas. Thomas sacó algo de carne. A Iván le había huido el apetito muy lejos; tardaría en regresar.

-Nunca pensé que me sucedería tan pronto, pero lo cierto es que echo mucho de menos mi hogar… -comentó Iván.

-¿Por qué piensas que es demasiado pronto para sentir eso? -preguntó el teólogo.

-Bueno, tenía tantas ganas de vivir aventuras, que no pensé…

Iván no terminó la frase y bajó la mirada al suelo.

-Ya -dijo Thomas-. ¿Las aventuras no están siendo lo que tú esperabas?

Iván miró a José, que seguía junto a la laguna.

-Los hombres no están siendo lo que yo esperaba -respondió Iván-. Empezando por mí.

Thomas mordisqueó un trozo de carne salada antes de volver a preguntar.

-¿Qué esperabas de los hombres?

-Que fueran menos… -Iván buscaba palabras que no acababa de encontrar-… complicados. Muchas veces me quedo sin saber qué pensar. De muchas cosas. Me aturde estar tan perdido. Me inquieta ser tan ignorante.

-Sólo Dios conoce las oscuras profundidades de los corazones -dijo Thomas-. El amor al prójimo implica amor a esas oscuridades, saber que forman parte de lo que los hombres son. De lo que tú mismo eres.

-Yo no me veo tan complicado… -replicó Iván, en voz baja.

-Quizá no lo seas -respondió Thomas, sonriente-. Pero el tiempo es un tejedor tenaz de oscuridades. No te sorprendas, si notas que tu forma de ver las cosas se complica. De hecho, ya está ocurriendo, ¿no?

Iván dejó escapar una leve sonrisa cansada.

-Además, las amenazas no dejan de aumentar, en número y calidad -prosiguió el joven-. Cada día que pasa cuesta más trabajo mantener la esperanza en una victoria final.

Thomas miró a Iván muy serio.

-Tu Dios se hizo hombre y fue crucificado -dijo el anciano-. ¿Qué esperabas para ti?

Iván bajó la cabeza, asintiendo.

-Esperaba… -se atrevió a contestar-… esperaba honor, gloria en la batalla, el amor de una mujer, hijos a los que criar… Y no esperaba tener que enfrentar la seria posibilidad de que mi hogar dejase de existir. Es todo demasiado… grande, para mí.

Thomas no dijo nada. Bajó la cabeza y se quedó pensando.

-¿No temes perder nada? -inquirió Iván.

-Sí -respondió Thomas, en voz muy baja-. La sonrisa de Dios.

Iván sonrió.

-¿Por qué vivías en Atenas? -volvió a preguntar el joven.

-Es mi ciudad. Allí nací. Es mi hogar.

-¿Eres katejónico?

-No, simple cristiano. Sin adjetivos, ni complementos de lugar.

Ambos sonrieron.

-¿No preferirías vivir en una Casa?

-No -respondió con dulce seguridad el anciano-. Pero lo haría, si así lo determinase la Divina Providencia.

-Quizá echases de menos entonces Atenas.

-Es probable -dijo Thomas-. Otro demonio más al que tratar de domesticar.

Iván volvió a sonreír.

-Me gustaría tener tu confianza en Dios… -dijo el joven.

-A mí me gustaría tenerla siempre -replicó Thomas.

-¿A veces dudas?

-Soy un hombre anciano, Iván, de profundísimas oscuridades…

-¿No vives en paz?

-Cada vez más, sí. A Dios gracias. Pero incluso la paz puede tener sus oscuridades propias…

Iván hizo un gesto de no entender.

-La paz se logra a costa del mundo -continuó Thomas-. Pero cuanto menos te vence el mundo, más te cuesta entender a los que aún se sienten atados a él. Y, sin embargo, puedes reconocer no poca bondad en muchas de sus preocupaciones mundanas; pero tú no les puedes ayudar. Porque tus palabras de aliento sólo pueden ser recibidas como hielo por sus corazones angustiados. ¿Qué decir al hombre que vela el cadáver de su hijo, aún niño? Sólo el silencio del mundo calmará su dolor. Y ese silencio sólo lo obra Dios.

Thomas e Iván permanecieron callados un buen rato. Ambos miraron a José, que ahora había fijado su atención en las aguas del río.

-Si ser cristiano es eso -dijo Iván, en un susurro-, no sé si alguna lo vez lo he sido. No sé si alguna vez lo seré. Me parece… tan difícil.

-Por supuesto -admitió Thomas-. No sé si habrá algo más difícil. Sin la ayuda de Dios.

José se agachó y recogió algo del agua. Un último brillo del atardecer se coló entre los árboles para iluminar el inerte cuerpo de la mantis religiosa, reposando en la palma mojada de su mano.

DENTRO DE UN PAR DE SEGUNDOS

José observaba los meandros del río desde lo alto del cañón, de pie junto al abismo. La brisa del atardecer daba vida a los faldones de su abrigo. A su espalda, Iván y Thomas se sentaban apoyando la espalda en el tronco de un inmenso roble.

Esperaban el regreso de Abraham y Lope, que habían ido a cazar.

-¿Cuál es la diferencia fundamental entre los cristianos de las Casas y los cristianos katejónicos? -preguntó Iván, que llevaba un rato con gesto abstraído.

El viejo Thomas levantó la cabeza del libro que estaba leyendo.

-Los cristianos katejónicos -respondió- creen que los hombres y sus comunidades políticas tienen la capacidad de retrasar el Apocalipsis; es decir, el Juicio Final.

Iván volvió a quedarse pensativo. José se dio la vuelta, miró por unos breves instantes al joven y al viejo, y volvió a dirigir la mirada hacia abajo, hasta las aguas del río, donde se ahogaban los últimos rayos de sol.

-¿Y por qué quieren retrasarlo? -volvió a preguntar Iván.

Thomas enarcó las cejas.

-Buena pregunta -dijo el viejo-. Es una cuestión de cantidad, supongo. Instaurando repúblicas cristianas, creen que incrementarán el número de almas que se podrán salvar. Los estados cristianos son el katejón. Retrasan la llegada del Anticristo. Retrasan el Juicio Final. Dicen.

-¿Piensas que están equivocados? -pregunta Iván.

-Pienso que es una forma torticera de recaer en el mesianismo, en buscar la construcción del paraíso en este mundo; su mala conciencia les obliga a buscar excusas para sus ansias de poder, haciendo caso omiso de la Tercera Tentación del Desierto.

-¿Cuándo crees tú que ocurrirá el Apocalipsis? -insistió Iván.

-Cuando Dios quiera -respondió Thomas-. Pero, sin ninguna duda, cuando yo muera. Y cuando tú mueras. Y cuando José muera.

Iván miró extrañado al teólogo.

-El fin de la Creación -continuó Thomas- será un suceso que, se nos ha dicho, conllevará el inicio del Juicio universal de todas las almas que han sido; ocurrirá, por lo tanto, en un momento temporal de la historia humana -el teólogo se detuvo un momento antes de continuar-. Pero, a nivel individual, lo único que nos separa del Juicio Final, es nuestra muerte. Así que el Juicio Final puede ser dentro de un millón de años y, al mismo tiempo…

-Dentro de un par de segundos -terminó José.

Que permanecía con la mirada fija en la oscuridad creciente en las profundidades del cañón, mientras el sol de invierno se dejaba morir tras las montañas.

LA TIERRA PROMETIDA

Los cinco se preparaban para acompañar a la familia Santangelo a la Santas Ruinas, a la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Maria insistió en que Iván viajase con ella y con sus hijas en la furgoneta que conducía su marido. Iván aceptó con cara de resignación, tras pedir permiso con la mirada a Abraham.

Lope, mientras tanto, observaba a José desde su montura.

-¿Estás seguro de que quieres venir? -le preguntó, sin mirarle a la cara.

José siguió con la mirada perdida. Dejó escapar un suspiro de cansancio antes de contestar.

-No. Pero voy.

José picó espuelas y su caballo se puso en movimiento con desgana.

Abraham les miró un momento, antes de seguirles y ponerse en marcha con el resto de la caravana.

Maria decidió que Iván se sentaría entre Fatima, que quedaría a su izquierda, y Giovanna, que estaría a la derecha. La matriarca vigilaría toda la escena desde el asiento de atrás, en el que iba acompañada por una hermana suya y una de sus cuñadas, ambas muy sonrientes y dicharacheras.

Iván permanecía muy tieso en su asiento, como si el respaldo quemara. De vez en cuando se atrevía a lanzar miradas cortas a diestra y siniestra, donde siempre encontraba un par de ojos anhelando su atención. Giovanna fue la primera que se atrevió a preguntar a Iván por las aventuras que había corrido hasta entonces. Iván empezó a contar lo que habían vivido, perdiendo poco a poco la timidez, para gran alegría y satisfacción de todas las mujeres que lo rodeaban. Evidentemente, muchas cosas se las guardaba. Pero eso no impedía que el relato fuera de gran interés para las dos jóvenes, ansiosas de novedades curiosas. Aunque Fatima permanecía callada, escuchando con atención, su mirada era intensa, y conseguía poner un poco nervioso a Iván. La narración del encuentro con los humanoides impresionó sobremanera a las dos hermanas. Incluso Fatima se animó a hacer preguntas al respecto.

Poco a poco, el grupo se fue acercando a las ruinas que habían visto el día anterior. Se unieron a la enorme masa de peregrinos que recorría las calles de la antigua ciudad, en dirección al río.

Al aproximarse a sus aguas, vieron que su columna no era la única que avanzaba hacia la colina que se elevaba en la otra orilla; otras procesiones multitudinarias ocupaban los diversos puentes que salvaban la corriente.

Thomas se acercó a la furgoneta y le hizo gestos a Iván para que mirase lo que tenían ante ellos.

-Las Santas Ruinas -dijo el teólogo, sonriente.

Iván no pudo evitar echarse hacia delante en su asiento, tratando de ver mejor. Las mujeres se rieron de su reacción.

-Bajemos todos -ordenó Maria con entusiasmo.

Iván apenas pudo esperar a salir y estuvo a punto de caerse, pero Fatima le ayudó a recuperar el equilibrio, con un exceso de contacto corporal que produjo una embriagadora vergüenza en ambos jóvenes.

Aunque Thomas insistía en señalar aquello que más merecía su interés, a Iván le costó desprender su atención de Fatima.

-El Vaticano, Iván -dijo el anciano.

El joven se quedó parado en medio de la barahúnda, cada vez más densa y apelmazada. Recordó las bellas ilustraciones que había visto de niño en Rilo y no pudo evitar que las lágrimas invadiesen sus mejillas: allí apenas permanecían unos restos ínfimos de los antiguos edificios, columnas fracturadas como astillas de mármol, embadurnados de un extraño color ceniza oscuro, que parecía desprender brillos metálicos al contacto con el exiguo sol.

Thomas dejó de sonreír al ver las lágrimas de Iván. José también se fijó en el joven y se vio obligado a apartar la vista para evitar contaminarse con su emoción.

Lope observaba las Ruinas con sereno interés. Abraham buscaba algo con la mirada.

-Seguidme -dijo el monje al grupo.

Abraham se puso en cabeza y empezó a abrir camino entre la multitud, que se apartaba a su paso, respetando el hábito de Monje Buscador.

Se fueron acercando a un pequeño edificio que parecía estar más completo que el resto, con buena parte del techo aún milagrosamente intacto. En su interior expuesto a la intemperie, los sacerdotes se preparaban para iniciar la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Iván se fijó en los restos de pintura del interior de las paredes.

-Ahí estaba el Juicio Final -le dijo Thomas.

Iván apenas pudo percibir algunas figuras confusas. Era difícil relacionar lo que veía con sus recuerdos de estudiante. Además, cada vez resultaba más complicado moverse entre el gentío. Sintió el cuerpo de Fatima apretarse al suyo, obligada por las circunstancias. Ambos jóvenes se miraron, invadidos un mínimo instante por un rubor delicioso.

Enseguida apartaron las miradas y se obligaron a prestar atención a lo que ocurría alrededor del altar, donde la ceremonia parecía a punto de comenzar.

José se fijó en lo que quedaba del techo: vio a Adán, solo, su dedo suspendido en el aire. Dios había desaparecido.

Perdió la noción del tiempo mientras miraba hacia lo alto. Cuando se quiso dar cuenta, una inmensa masa humana se arrodillaba desde el altar hasta más allá del río, en todas direcciones. Sintiéndose ridículo por ser el único que permanecía de pie, se arrodilló.

Siguió con poco interés el oficio, deseando que terminase lo antes posible. Lo cual no ocurrió demasiado pronto. Aprovechó el momento de la comunión para retirarse del lugar que ocupaba y moverse hacia una zona menos densamente ocupada. Se encontró caminando entre los bellos árboles de un parque muy bien cuidado. Supuso que ahí habían estado, otrora, los famosos jardines vaticanos. Paseó tranquilamente, olvidado de todo.

De repente, una imagen cruzó su mente, y su cara forzó una mueca de dolor. Hizo un movimiento de negación con la cabeza y entonces vio a Lope a su lado. La sorpresa le ayudó a recuperar el control.

-Te vas a perder la comunión -dijo al gigante.

-Te vas a perder tú -respondió Lope.

José no pudo evitar sonreír. Miró a Lope un momento, sacudió la cabeza con un rictus irónico, y volvió a pasear.

Lope le siguió, silencioso, mirando al suelo.

Cuando volvieron al edificio, encontraron a Abraham y a Thomas hablando seriamente con varios monjes y obispos. Iván le explicaba algo a las dos hermanas, señalando la pared del Juicio Final, mientras eran concienzudamente observados por Maria y compañía.

Abraham, al verles llegar, se despidió de sus contertulios, y se acercó a ellos acompañado de Thomas.

-Tenemos que hablar -dice, sin dejar de andar, esperando que los demás le sigan-. Traed a Iván.

Los cuatro siguen a Abraham, que sólo se detiene al llegar al muro de piedra que impide caer al río.

Cuando los cuatro llegan a su altura, el pensamiento de Abraham parece morar en otra dimensión.

Iván mira a Thomas, sin atreverse a romper el silencio; el anciano le devuelve una mirada preocupada.

-El Concilio no será aquí -dice Abraham, finalmente.

José rechista, mientras Iván abre exageradamente la boca.

-¿Demasiado riesgo? -pregunta Lope.

Thomas y Abraham afirman con la cabeza.

-Al parecer, una Casa se ha ofrecido a acoger el Concilio -dice Abraham-. Sin duda alguna, podrá proporcionar seguridad a los asistentes.

-¿Qué Casa? -pregunta José.

-Rilo -responde Thomas.

Todos miran a Iván, cuyos ojos amenazan con apoderarse de la totalidad de su rostro.

-Regreso al hogar, muchacho -dice José, palmeándole el pecho amistosamente.

Lope sonríe.

-Pero tardaremos en llegar -continúa Abraham-. A partir de ahora, iremos andando. Y evitaremos los caminos principales.

-Ah, perfecto -replica José-. Supongo que pueden esperar por nosotros hasta la próxima Caída.

-Todos los participantes harán lo mismo, José -explica Thomas, sonriendo-. Es una cuestión de seguridad. En cualquier caso, el Concilio comenzará el Lunes de Pascua. Tenemos tiempo de sobra.

-Genial -dice José, jocoso-. Espero que tengas dinero suficiente para pagarme las horas extra, querido Abri.

Abraham ni siquiera mira a José.

-El obispo nos ha invitado a comer -dice el monje-. Haced el favor de comportaros.

Abraham empieza a andar en dirección a la derruida capilla. Los otros cuatro le siguen. José va el último, haciendo gestos burlones que nadie ve.

La comida y su sobremesa se extienden con facilidad hasta el temprano atardecer. Maria y los suyos están encantados de poder compartir mesa con el Obispo Ahmed, gracias a su relación con los cinco compañeros. Mientras Lope intenta evitar que José se beba otra copa de vino y Abraham comparte información con otros miembros de su Orden, Iván deja de prestar atención por un momento a las hermanas para fijarse en el teólogo, que tiene la vista clavada en el cielo.

Iván sigue su mirada y se da cuenta de que está anocheciendo: se está produciendo un infinito parto de estrellas sobre ellos.

-La Vía Láctea -dice José, que también está mirando hacia el cielo.

-El Camino de Santiago -dice Thomas, a su vez, sonriendo a Iván.

Lope pone la mano sobre el hombro de Abraham, para llamarle la atención sobre lo que se está perdiendo.

Los cinco miran hacia arriba.

-Considerando la inmensidad del teatro que Dios creó para nuestras representaciones, esos millones de soles y galaxias tan alejados unos de otros, uno se ve tentado a pensar que lo que el Señor quiere de nosotros es que viajemos sin parar, hasta el final de los tiempos -el anciano iluminador hace una pausa antes de continuar-. Un éxodo eterno. Siempre en camino. Siempre buscando. Siempre en camino de una tierra prometida. Siempre a la aventura; es decir, siempre a lo que venga. A lo que no está claro qué vaya a ser. Sin miedo, hacia el caos del futuro. En nuestras pequeñas arcas, naves espaciales quizá algún día. Dejando atrás, sin que merezca una simple mirada por nuestra parte, el pasado tortuoso en el que nos enfangamos. Una minúscula comunidad en perpetuo estado de huida, en perpetua búsqueda de paz y descanso.

Thomas calló un momento. Bajó la mirada un breve instante, antes de volver a elevarla al cielo y continuar hablando:

-Pero quizá el descanso y la paz sean para nosotros, pobres criaturas de Dios, paradójicamente, el estar constantemente en camino. Quizá la tierra prometida sea el camino. Y lo que se va aprendiendo en él.

José bajó la mirada. Se sirvió otra copa de vino, sin que Lope tratase de detenerle, se levantó de la mesa, y se fue en dirección al parque en el que había estado durante la misa.

Abraham le vio marchar y suspiró.

LA MÁXIMA AUSENCIA DE ESTILO

Tras la clase, Ramos-Hollande salió del aula rodeado de varios alumnos. Patricia se encontraba entre ellos, escuchando las explicaciones literarias del profesor. Absortos todos, profesor y alumnos, en el tema tratado; sin apenas darse cuenta de lo que ocurría alrededor; arriesgándose a tropezar por no prestar demasiada atención al suelo por el que pisaban.

Se cruzaron con una columna de la milicia universitaria, uniformada, que se dirigía hacia los patios interiores del campus. El profesor ni se percató de su presencia; pero un par de alumnos que le estaban escuchando desapareció sin despedirse al cruzar miradas con los milicianos.

-…todo gran clásico de la historia de la literatura -seguía explicando Ramos-Hollande- es una respuesta a la pregunta fundamental de todo ser humano: ¿qué hago con mi existencia? ¿Qué se supone que debo hacer con mi existencia? ¿Qué es una existencia buena? ¿Qué es una existencia feliz? De forma explícita o tácita, toda gran novela responde a esa pregunta. Ha de responderla. Bolaño decía que cada gran obra de la historia de la literatura era una plasmación del sentido común de la humanidad. Los clásicos de la literatura universal son el sentido común de la humanidad. Yo estoy completamente de acuerdo con esta definición.

Antes de salir a los patios, repletos de gente, otro par de oyentes se alejaron del grupo; Patricia se despidió de uno de ellos, que le hizo un gesto casi clandestino con la cabeza.

-…por eso toda gran novela debe arriesgar una respuesta final que se enfrente con esa cuestión y cerrar así el círculo de sentido de toda la narración. Una novela que carezca de esa espina dorsal que la sustente de principio a fin, una novela que carezca de un argumento que se resuelva en algún momento, no tiene por qué ser una mala novela, pero nunca podrá ser una buena novela. Y no podrá ser una buena novela, no por carencias técnicas o estilísticas del escritor; será una mala novela por… cobardía. Que, en cierto sentido, si queréis, es la máxima ausencia de estilo -Ramos-Hollande se quedó pensativo durante unos instantes-. Sí, así es, ciertamente: no hay mayor fallo estilístico que ser cobarde. En la vida y en la literatura. Que son la misma cosa, pero de distinta manera. Como el dios de los cristianos, que es la misma cosa, pero de tres formas distintas. Pues igual ocurre con vida y literatura.

Patricia notó las miradas de reojo y los cuchicheos, según iban avanzando por el empedrado de los patios.

-He ahí la importancia del argumento principal, la necesidad de que haya un hilo narrativo fundamental en toda novela. Pero tampoco podemos obligar al lector a ver un mero desfile de escenas sin contenido propio, simplemente para llevarlo al truco final que el argumento general de nuestra historia busca. Las escenas son como motivos o temas musicales que tenemos que ir incorporando a la melodía principal. Son variaciones del tema principal, que pueden alejarse más o menos de la espina dorsal de nuestra obra, pero ni deben tener vida propia… o exenta, más bien… ni deben ser una mera concatenación causal de actos, juegos meramente formales o estructurales que el escritor disponga con el único fin de su mero lucimiento egótico. Porque el final de un libro es importante. Pero sólo puede serlo cuando es la culminación adecuada de todo el edificio que hemos ido construyendo. Como en la vida, el final, el fin, la muerte, ha de ser la culminación de todos los sentidos que hemos tratado de encarnar. Y por eso cada escena es relevante y tiene su peso y su importancia. Cada escena, cada detalle, ha de ser cuidado. ¿Qué es un gran cuadro, una bella pintura, sin los matices que la hacen posible? Por ello, en cada escena se debe palpar la tensión que fluye del argumento principal, se debe mostrar otra faceta del sentido único que lo soporta todo. Pues en cada momento de nuestra existencia ha de estar presente aquello que le da sentido a todo. Aquello que explicará el final. Nuestro final. Y el final de todo.

Patricia se descubrió sola con el profesor, en medio de los patios. Estaban completamente rodeados por milicianos y activistas. Se preparaba un nuevo desfile, en honor de los primeros caídos en la guerra.

Ramos-Hollande salió de su ensimismamiento y fue consciente del lugar en el que se encontraban. Se quedó quieto y miró alrededor, clavando los ojos en aquellos que le miraban a él. Muy pocos le aguantaban la mirada. Pero un joven miliciano de pelo rapado sí lo hizo.

Permanecieron así, mirándose el uno al otro, durante unos segundos que a Patricia le parecieron interminables. Finalmente, agarró al profesor del brazo, y tiró de él para sacarlo de allí.

Mientras Patricia y el profesor abandonaban los patios por otra puerta, la masa de milicianos y activistas comenzaba a desfilar en dirección contraria.

UN HIERRO EN EL CAMPO

Cuando el sacerdote abrió la ventanilla del confesionario, vio resplandecer en la oscuridad un par de ojos verdes, enmarcados por unos párpados arrugados.

-Ave María purísima -se escuchó decir a una voz grave de hombre.

El sacerdote tardó un poco más de lo normal en responder.

-Sin pecado concebida… -dijo, dubitativo.

Trató de atisbar algo más de aquel rostro en la oscuridad. Sólo pudo percibir un destello de plata en la larga cabellera del penitente.

-Padre, confieso que he pecado -dijo la voz, firme.

Los ojos del sacerdote permanecieron sin parpadear más tiempo de lo normal.

-Que el Dios uno y trino te proporcione la humildad necesaria para arrepentirte como es menester… -articuló con voz trémula.

-Señor, Tú lo sabes todo, sabes que Te quiero -respondió el penitente, haciendo una pausa antes de continuar-. Mi última confesión fue hace un par de semanas. Pero he vuelto a pecar. He dado orden de secuestrar a un hombre. Y una vez traído hasta mí, lo he degollado con mi propio cuchillo.

El sacerdote bajó la cabeza y se quedó en silencio.

-¿Qué te llevó a cometer tan horrendo pecado, hijo? -preguntó, tras unos segundos espesos.

-La defensa de todo aquello que Dios me obliga a proteger -respondió sin dudar la voz.

El sacerdote se quedó callado. Los músculos de su rostro se tensaron.

-Hijo mío, dedica el día de hoy a la oración. Ayuna hasta el anochecer. Prescinde de todo contacto con los hombres, a no ser que resulte estrictamente necesario.

-Así lo haré, Padre -respondió la voz-. En la medida de lo posible.

-Por supuesto… -se le escapó al sacerdote, que tosió un poco para recomponerse-. ¿Te arrepientes, entonces, de tu pecado?

-Sí, Padre -respondió la voz, casi suspirando.

El sacerdote volvió a quedarse en silencio, con la mirada perdida. Los ojos verdes salieron de la oscuridad en la que se habían ocultado por un momento y se clavaron en el rostro del cura.

-…mmm, sí… yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

-Amén -contestó la voz, tras la fugaz aparición de una mano que trazaba una cruz en medio de la oscuridad.

-Puedes ir en paz -susurró el sacerdote.

Los ojos verdes volvieron a desaparecer y en su lugar aparecieron dos manos orantes. Poco después, el penitente se levantaba y salía del confesionario.

El sacerdote dejó pasar unos segundos antes de hacer lo mismo. Al salir, pudo ver la alta figura del señor Auguste que se recortaba en la claridad del umbral de entrada a la iglesia, justo antes de que la puerta se cerrase, y la leve luz de las velas volviese a reinar en el templo.

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