El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: KAFKA

MIRAD CÓMO ESTÁ HECHO EL MUNDO

Me río de Dios, porque veo cómo está hecho el mundo, dice en una historia jasídica un ingenioso y venerable santo judío oriental. No se trata de un devoto dotado accidentalmente de humor, sino de un hombre que es santo sobre todo por su ironía, inseparable -en esa tradición- de la religión. La fe significa, de hecho, una confianza total en Dios, una vida tan impregnada de su presencia que puede permitirse incluso irreverencias familiares, como entre padres e hijos que se quieren. El sentido de Dios está inextricablemente fusionado con toda la persona y constituye su vitalidad, la fuerza, las raíces de la existencia; como bien sabía Kafka, que se sentía culpable por el agotamiento vital -ese enraizamiento insidioso, sobre todo para los modernos, del pecado de la melancolía, de la depresión que priva a la realidad del significado y del placer- y su desarraigo del judaísmo oriental; y que envidiaba a los que pertenecían a él con arrojada inmediatez y, a la manera de aquel buen sastre al que le reprocharon que pasara tantos meses para hacer un par de pantalones cuando al Señor le habían bastado seis días para crear el mundo, se permitían decir: Sí, pero, sinceramente, mirad cómo está hecho el mundo y cómo están hechos estos pantalones.”

Alfabetos. Ensayos de literatura, de Claudio Magris; Anagrama, 2010; pg. 234 [con unos retoques de estilo en la redacción de la traducción de mi propia cosecha].

TRESCIENTOS SESENTA GRADOS

“Ha habido una entonación fundamental que he recibido de los grandes escritores épicos, sobre todo de Tolstói, mucho de Tolstói, y también de Melville, Guimaraes Rosa, Faulkner, Sábato, Nievo, para los que la existencia, aun con sus laceraciones, tiene un sentido, una unidad.

Pero otros, también amados -Ibsen y Kafka en primer lugar-, me han revelado lo contrario, la insuficiencia o la irrealidad de la vida, la dificultad y la innaturalidad o la imposibilidad de vivir, la odisea del individuo que no vuelve a casa sino que se pierde y se disgrega, experimentando la insensatez del mundo y la intolerabilidad de la existencia. Ulises se convertía en el de Pascoli, que ya no encontraba su odisea. Y así, a Pierre Bezuchov, grande, fuerte y bueno, se contraponían el hombre del subsuelo de Dostoievski o el héroe de Kafka transformado en insecto inmundo, los personajes de la negación absoluta, el escribiente Bartleby de Melville, que sólo puede decir que no, o el Wakefield de Hawthorne, que experimenta el vacío y la indiferencia de todo; y otras voces, todavía más desesperadas y rechazadas, que hablan del dolor, del desgarro y la apatía, de un sufrimiento tan profundo y monstruoso que se muestra sin remedio ni liberación, no redimido por una síntesis o visión superior. Quizá por esto me ocupé después de esos grandes escritores que vivieron intensamente el malestar de la existencia y del hacerse, casi con culpable y autolesiva expiación, cómplices torvos y aberrantes como Céline o Hamsun.

En la literatura existen muchas habitaciones y no se necesita elegir ideológicamente entre voces contrastantes; se puede -se debe- creer a la vez en la fe de Tolstói y en la inercia de Oblómov; los grandísimos escritores son aquellos cuya perspectiva abarca trescientos sesenta grados.”

Alfabetos. Ensayos de literatura, de Claudio Magris; Anagrama, 2010; pgs. 11-12.

LA OBRA MAYOR

“La mención de Trakl hizo pensar a Amalfitano, mientras dictaba una clase de forma totalmente automática, en una farmacia que quedaba cerca de su casa en Barcelona y a la que solía ir cuando necesitaba una medicina para Rosa. Uno de los empleados era un farmacéutico casi adolescente, extremadamente delgado y de grandes gafas, que por las noches, cuando la farmacia estaba de turno, siempre leía un libro. Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosisBartlebyUn corazón simpleUn cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.”

2666, de Roberto Bolaño; Anagrama, 2004; pgs. 289-290.

"The Intruder", de Andrew Wyeth (1971)

“The Intruder”, de Andrew Wyeth (1971)

En Compostela

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo