El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: JÜNGER

EL AGRADECIMIENTO

Es curioso. De niño, tenía una extraña fijación con Canadá. Supongo que debido a las historias de mi abuelo pescador, cuya muerte mi familia unas veces ubicaba en Terranova y otras en Saint-Pierre-et-Miquelon. Me imaginaba el país, no muy lejos de la realidad, como un inmenso bosque. Lo cual me atraía como el susurro de un misterio.

Hace unos años, incluso me planteé emigrar allí. Últimamente, muchas cosas canadienses me están llamando la atención.

Y hoy, dando tumbos por YouTube, me he topado con el discurso de Leonard Cohen al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras del año 2011.

Benditos tumbos.

Hace unos días, en un comentario, hablaba yo del escaso agradecimiento que observo entre los miembros del arte español actual. En realidad, apenas observo agradecimiento en la práctica totalidad de las mimadas generaciones españolas a partir de la mía. Y creo que eso explica muchas cosas. El que millones de personas no sean capaces de disfrutar y agradecer lo que tienen; que no sean conscientes de lo difícil históricamente que ha sido tener lo que ellas tienen.

Eso explica muchas cosas.

Pues como dicen algunos de mis principales maestros, el humilde agradecimiento en el pecho de cada cual es la única virtud que vale la pena cultivar.

HOME OF THE BRAVE

Seguramente sea cosa mía y de mis sentimentalismos, pero encuentro una belleza peculiar en que una estrella del rock cante el himno del país en el que ha crecido. El país que le ha permitido llegar a ser estrella del rock.

No es cosa rara en los Estados Unidos, país al que admiro en casi todo, salvo en la práctica inexistencia de seguridad social y sanidad pública. Para este tipo de cosas, soy un socialdemócrata europeo (o canadiense) típico.

Más raro es encontrar por estos lares estrellas del rock que expresen su agradecimiento al país en que han nacido (salvo que se trate de españoles nacidos en Galicia, Cataluña o País Vasco, para agradecer que son gallegos, catalanes o vascos y para denostar la opresión española).

Yo, por mi parte, me siento bastante agradecido al hecho de haber nacido español. En esta precisa época histórica. He podido acceder a cosas impensables, en otros tiempos (en casi todos los otros tiempos, si he de ser preciso), para un individuo medio de mi clase social. Y me gustaría que la mayoría de los jóvenes ciudadanos españoles pudieran tener acceso al mismo tipo de cosas que yo he disfrutado. Es decir, me gustaría que nuestro sistema, como mínimo, se mantuviera; si es que no es posible mejorarlo.

No creo que tal cosa sea posible sin el fortalecimiento de la Unión Europea y su futura conversión en un estado federal. Sé que este punto de vista es debatible y estoy dispuesto a escuchar opiniones informadas al respecto. Aunque me resulta difícil pensar que España pueda mantener su estado social y de derecho, en un mundo de súper-estados, sin formar parte de uno de ellos. El asunto es cuál. Yo elijo la Unión Europea. Porque, entre otras cosas, elijo cualquier lugar donde existan dificultades constitucionales para que el poder se convierta en un agente despótico y totalitario.

La guerra que se viene librando para la formación del estado mundial del que hablaba Jünger cada vez es más intensa. Uno puede suicidarse, tratar de mantenerse al margen (si es que tal cosa es posible) o tomar partido por algún nicho civilizatorio. Está en juego qué matices sean los que definan dicho estado mundial.

Soy un demócrata tocquevilliano. Consciente de las debilidades del sistema; pero más consciente aún de los horrores que se pueden desatar cuando todo tipo de mesías exigen acumular poder para construir cielos en la tierra.

Supongo que por eso me emocionan los países en los que hombres orgullosos de su libertad deciden cantar en honor de aquello que les ha permitido gozar de la misma.

EL ÚLTIMO APUNTE

Nunca podemos contar con el que no se mira a sí mismo con mirada de entomólogo.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 502.

“Por la mañana en el jardín, un alegre día de poco antes de primavera. El acónito florece alrededor del cenador y bajo el haya roja; el jazmín de invierno está marchito. El croco apenas saca sus primeras puntas. En el estanque dos cisnes, fochas y muchos patos, los verderones pican en el árbol de la vida.

Anoche fue la fiesta de la matanza en El león; por la noche sueños intranquilos, entre otros en compañía de Florence Gould. Frente a mí un noble elegantemente vestido; no pertenecía al sueño, sino que era palpable en la habitación. A lo mejor la intensa lectura de Dostoievski me vuelve susceptible ante tales apariciones.”

Último apunte de los diarios de Ernst Jünger, escrito en Wilflingen el 17 de marzo de 1996; el autor moriría casi dos años después, el 17 de febrero de 1998, cerca ya de cumplir los 103 años de vida; en Pasados los setenta V; Tusquets, 2015; pgs. 195-196.

La niebla ocultando el castillo templario de Ponferrada, a la vera del río Sil

La niebla ocultando el castillo templario de Ponferrada, a la vera del río Sil

FRESAS EN EL BORGOÑA

¿Cómo es posible denominar hombre de acción a quien por su trabajo de presidente de una empresa hace ciento veinte llamadas telefónicas diarias para adelantarse a la competencia? ¿Y es tal vez un hombre de acción el que recibe elogios porque aumenta las ganancias de su sociedad viajando a los países subdesarrollados y estafando a sus habitantes? Por lo general, son estos vulgares despojos sociales los que reciben el apelativo de hombres de acción en nuestro tiempo. Revueltos entre esta basura, estamos obligados a asistir a la decadencia y muerte del antiguo modelo de héroe, que ya exhala un miserable hedor. Los jóvenes no pueden dejar de observar con disgusto el vergonzoso espectáculo del modelo de héroe, al que aprendieron a conocer por las historietas, implacablemente derrotado y dejado marchitar por la sociedad a la que deberán pertenecer un día. Y gritando su rechazo a semejante sociedad en su conjunto, intentan desesperadamente defender su pequeña divinidad.”

Introducción a la filosofía de la acción, de Yukio Mishima; escrito en agosto de 1970, pocos meses antes de su muerte por seppuku; La Esfera de los Libros, 2001; pg. 233.

“Alarmas, incursiones aéreas. Desde la azotea del hotel Raphaël he visto alzarse por dos veces, por la parte de Saint-Germain, unas nubes enormes producidas por explosiones, mientras de allí se alejaban escuadrillas que volaban a gran altura. El blanco de sus ataques eran los puentes del Sena. El modo y la sucesión de las operaciones dirigidas contra las líneas de avituallamiento indican una cabeza fina. La segunda vez, a la puesta del sol, yo tenía en mi mano un vaso de borgoña en el que flotaban fresas. La ciudad con sus torres y cúpulas rojas se extendía allí en su poderosa belleza, semejante al cáliz de una flor sobrevolado para recibir una fecundación letal. Todo era espectáculo, era poder puro, afirmado y realzado por el dolor.”

Escrito por Ernst Jünger en París, el 27 de mayo de 1944; en Radiaciones II; Tusquets, 2005; pgs. 249-250.

'Rocroi, el último Tercio', de Augusto Ferrer-Dalmau (2011)

‘Rocroi, el último Tercio’, de Augusto Ferrer-Dalmau (2011)

LA ÚLTIMA CENA

Para el pensamiento religioso el repertorio tipológico de su historia sagrada se repite indefinidamente en la historia profana.
Los tipos son la estructura de su historia universal.
En los momentos en que su vida tiene significado el hombre repite los gestos de un dios.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 313.

“A última hora de la tarde paseo con el Presidente. En el Boulevard de l’Amiral-Bruix estaba parada una columna de carros blindados que se dirigía al frente. Los jóvenes soldados que formaban sus dotaciones estaban sentados sobre los colosos de acero; el ambiente era como de vela de armas, esa especie de jovialidad con toques melancólicos que yo recuerdo muy bien. De aquellos jóvenes irradiaba densísima la cercanía de la muerte, la gloria de corazones prestos a morir entre llamas.

Cómo pasaban a segundo plano las máquinas, cómo se esfumaba su complejidad y se volvían a un tiempo más simples y más significativas, cual el escudo y la lanza en que se apoya el hoplita. Y cómo estaban sentados los jóvenes en sus carros, comiendo y bebiendo, deferentes los unos con los otros cual novios en la víspera de su fiesta, como en un banquete espiritual.”

Escrito por Ernst Jünger en París, el 7 de junio de 1944; recogido en Radiaciones II; Tusquets, 2005; pg. 255.

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UN ENTE DE FICCIÓN

“-Ha elegido -dijo- el mejor sitio para contemplar el golfo. Arriba, desde la cima de Notre Dame de la Garde, que sirve como punto de referencia a los barcos sobre el mar, puede sin duda abarcar un panorama más extenso, pero los detalles pierden definición. En mis viajes he visitado muchos puertos bellos, pero sigo pensando que éste no se queda a la zaga. Esa sierra que abraza la bahía como el borde curvo de una concha es una estribación de los Alpes Marítimos; y la fortificación blanca sobre la isla de enfrente se llama el Château d’If. ¿Le suena el nombre tal vez?

Al decirle que lo conocía por El Conde de Montecristo, mi respuesta pareció alegrarle.

-Ah, un homme de lettres; me lo imaginaba. Por favor, ¡permítame ver sus manos! -Y sin previo aviso agarró mi mano derecha y examinó la palma con gran atención. Entonces prosiguió-: Naturalmente el Conde de Montecristo es un ente de ficción. De todos modos, en el castillo de enfrente le enseñarán incluso el pasadizo subterráneo que excavó el abate Farina. Por cierto, un poco más al fondo aún verá otra isla literaria; le llaman Fort Ratonneau.

También aquí capté la alusión, y mi apunte pareció agradar de nuevo al desconocido.

-Veo que es usted una persona bien instruida; sin duda, aún no se ha dedicado a labores que encallezcan las manos. Si le apetece, me gustaría invitarle a tomar té; vivo a pocos pasos de aquí.”

Juegos africanos, de Ernst Jünger; Tusquets, 2004; pgs. 87-88.

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LA AVERSIÓN A TODO LO ÚTIL

“Por otro lado, el tedio se infiltraba en mis venas como un veneno mortífero cada día más potente. Me consideraba completamente incapaz de llegar a ser algo en la vida; la expresión en sí ya me resultaba antipática, y entre los miles de oficios que la civilización puede ofrecer, no había ni uno que me pareciera adecuado para mi persona. Más bien me atraían las actividades elementales, como la del pescador, cazador o leñador; aunque desde que me había enterado de que los guardabosques se habían convertido en la actualidad en una especie de contables, que trabajan más con la pluma que con la escopeta, y de que los peces se pescan con barcas a motor, perdí también todo interés. En estos asuntos carecía de la más mínima ambición, y, como el reo de un delito, asistía a esos sermones que los padres suelen soltar a sus hijos adolescentes sobre las distintas salidas profesionales.

La aversión hacia todo lo útil arraigaba cada día más. La lectura y la ensoñación eran mi triaca particular; sin embargo, los reinos donde aún había lugar para las hazañas me parecían inalcanzables. Allí me imaginaba una sociedad de hombres temerarios, cuyo símbolo era el fuego de campamento, el elemento de la llama. Por ser aceptado en ella, por conocer a uno solo de esos tipos que imponían respeto, habría renunciado con mucho gusto a todos los honores que se pueden conseguir dentro y fuera de cualquiera de las facultades.

Sospechaba con razón que sólo es posible conocer a los hijos naturales de la vida si se daba la espalda a los representantes legítimos del orden establecido. Por supuesto mis modelos estaban forjados a la medida de un quinceañero, voraz lector de folletines, que todavía no conoce la diferencia entre héroes y aventureros. Pero poseía un instinto sano, pues suponía que lo extraordinario se hallaba más allá de las esferas sociales y morales de mi entorno. Por ello tampoco quería, como suele ser peculiar a esta edad, llegar a ser inventor, revolucionario, soldado o cualquier otro benefactor de la humanidad; por el contrario, me atraía aquella zona donde la lucha de las fuerzas naturales se expresaba en estado puro y sin finalidad alguna.”

Juegos africanos, de Ernst Jünger; Tusquets, 2004; pgs. 15-16.

Ernst Jünger con el uniforme de la Legión Extranjera francesa

Ernst Jünger con el uniforme de la Legión Extranjera francesa

ERNST Y CARL, LA AMISTAD INSONDABLE

“Wilflingen, 15 de septiembre de 1994

De una carta de Ernst Klett del 13 de septiembre:

Querido Ernst Jünger:

Estos días he estado leyendo, por última vez, el Glosario de Carl Schmitt. La lectura es muy poco gratificante: un provinciano católico, extremadamente inteligente, no supera el hecho de haber fracasado y nosotros lectores hemos de sufrir a consecuencia de ello. Aun con todo, no puedo dejar de reconocer que es una cabeza brillante.

Cabeza aquí, cabeza allá. Cito tan sólo dos pasajes de los muchos que te conciernen:

‘Ernst Jünger… despojos del guillerminismo, igual que Thomas Mann.
Heidegger pasa la prueba de un retorno con nota de más que aprobado; Gottfried Benn excelentemente, Ernst Jünger suspende de forma miserable.’

 No me gusta citar estas mezquindades. Lo hago por si se da el caso de que se publique vuestra correspondencia. Entonces, en mi opinión, debería aludirse a ello en el prólogo o en el epílogo. Por mucho que estoy a favor de olvidar y perdonar: en caso de una publicación debería hacerse visible algo del otro C.S.

P.D.: La infamia de este Schmitt es que en su testamento ha determinado que se publiquen esas impertinencias (y son muchas), después de que habéis estado manteniendo una correspondencia amistosa y llena de respeto mutuo durante más de treinta años.

[…]

Wilflingen, 20 de septiembre de 1994

Querido Ernst Klett:

Los pasajes que me conciernen en el Glosario de Carl Schmitt son, en efecto, enojosos, más para él que para mí.

Son curiosos si se tienen en cuenta las amables cartas que me envió casi el mismo día; ello indica una profunda ambivalencia. Por lo que veo, mi nombre es el que aparece citado con más frecuencia en el registro del glosario.

Cuando C.S. quiso presentarse a consejero de Estado se lo desaconsejé y le propuse que trabajara en un Derecho de Estado fundamental, dadas sus dificultades en Serbia.

Lo que jamás me ha perdonado son Los acantilados de mármol; en una ocasión anotó que lo que yo quería con ello era lograr otra Pour le Mérite en la segunda guerra mundial. Dio rienda suelta a su indignación con El trabajador, que nunca entendió.

Similar es el caso con Gottfried Benn, quien en sus cartas se aproximaba a las Radiaciones.

Después de 1945 se concentró en C.S. un fuerte odio que, por lo que me dijeron los que vivían con él, le hizo sufrir mucho, en un extremo que llegó hasta la manía persecutoria. Al parecer dijo en su lecho de muerte: Ernst Jünger es un amigo fiel.

Vino a verme una noche, poco antes del Tercer Reich. Con anterioridad a esa visita aún era un desconocido, pero la conversación se animó al instante. No sólo le siguió una correspondencia de casi cincuenta años de duración. Aunque católico, fue el padrino de bautizo de Alexander. Cuando me visitaba en Goslar (naturalmente tenía un pase de libre circulación), los funcionarios formaban en la barrera. Para cosas así, los profesores son especialmente susceptibles. Lo que irradiaba mental y personalmente me resultaba vivificante: en mi memoria seguirá siendo un buen amigo insondable.

Pasados los setenta V, de Ernst Jünger; Tusquets, 2015; pgs. 143-144, 145-146.

Ernst y Carl

En París, 1943

GRATIAS AGIMUS TIBI

“Hay un solo pecado, del que todos los demás nacen como de la cabeza de la hidra y salen volando como de la caja de Pandora cuando se abre. Es el desagradecimiento.

Y hay una sola virtud: el agradecimiento. El recién nacido la celebra cuando dormita tras haber tomado el pecho, y el girasol cuando vuelve su cabeza hacia la luz.”

Escrito por Ernst Jünger en Wilflingen, el 2 de junio de 1992; en Pasados los setenta V; Tusquets, 2015; pg. 73.

'Caridad', de William-Adolphe Bouguereau (alrededor de 1878)

‘Caridad’, de William-Adolphe Bouguereau (alrededor de 1878)

EL RODEO

“Vivimos en un interregno, en una cueva llamada tiempo con un rayo de luz. Antes era mejor, después será mejor; al menos indoloro, esto es posible predecirlo con seguridad.

Así pues, ¿para qué el rodeo?: ésta es la cuestión vital para el poeta, el filósofo, el teólogo, la lombriz cubierta de polvo.”

Escrito por Ernst Jünger en Wilflingen, el 9 de julio de 1991; en Pasados los setenta V; Tusquets, 2015; pg. 36.

'Mar y lluvia', de James Abbott McNeill Whistler (1865)

‘Mar y lluvia’, de James Abbott McNeill Whistler (1865)

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