El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: JÜNGER

EL ÚLTIMO APUNTE

Nunca podemos contar con el que no se mira a sí mismo con mirada de entomólogo.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 502.

“Por la mañana en el jardín, un alegre día de poco antes de primavera. El acónito florece alrededor del cenador y bajo el haya roja; el jazmín de invierno está marchito. El croco apenas saca sus primeras puntas. En el estanque dos cisnes, fochas y muchos patos, los verderones pican en el árbol de la vida.

Anoche fue la fiesta de la matanza en El león; por la noche sueños intranquilos, entre otros en compañía de Florence Gould. Frente a mí un noble elegantemente vestido; no pertenecía al sueño, sino que era palpable en la habitación. A lo mejor la intensa lectura de Dostoievski me vuelve susceptible ante tales apariciones.”

Último apunte de los diarios de Ernst Jünger, escrito en Wilflingen el 17 de marzo de 1996; el autor moriría casi dos años después, el 17 de febrero de 1998, cerca ya de cumplir los 103 años de vida; en Pasados los setenta V; Tusquets, 2015; pgs. 195-196.

La niebla ocultando el castillo templario de Ponferrada, a la vera del río Sil

La niebla ocultando el castillo templario de Ponferrada, a la vera del río Sil

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FRESAS EN EL BORGOÑA

¿Cómo es posible denominar hombre de acción a quien por su trabajo de presidente de una empresa hace ciento veinte llamadas telefónicas diarias para adelantarse a la competencia? ¿Y es tal vez un hombre de acción el que recibe elogios porque aumenta las ganancias de su sociedad viajando a los países subdesarrollados y estafando a sus habitantes? Por lo general, son estos vulgares despojos sociales los que reciben el apelativo de hombres de acción en nuestro tiempo. Revueltos entre esta basura, estamos obligados a asistir a la decadencia y muerte del antiguo modelo de héroe, que ya exhala un miserable hedor. Los jóvenes no pueden dejar de observar con disgusto el vergonzoso espectáculo del modelo de héroe, al que aprendieron a conocer por las historietas, implacablemente derrotado y dejado marchitar por la sociedad a la que deberán pertenecer un día. Y gritando su rechazo a semejante sociedad en su conjunto, intentan desesperadamente defender su pequeña divinidad.”

Introducción a la filosofía de la acción, de Yukio Mishima; escrito en agosto de 1970, pocos meses antes de su muerte por seppuku; La Esfera de los Libros, 2001; pg. 233.

“Alarmas, incursiones aéreas. Desde la azotea del hotel Raphaël he visto alzarse por dos veces, por la parte de Saint-Germain, unas nubes enormes producidas por explosiones, mientras de allí se alejaban escuadrillas que volaban a gran altura. El blanco de sus ataques eran los puentes del Sena. El modo y la sucesión de las operaciones dirigidas contra las líneas de avituallamiento indican una cabeza fina. La segunda vez, a la puesta del sol, yo tenía en mi mano un vaso de borgoña en el que flotaban fresas. La ciudad con sus torres y cúpulas rojas se extendía allí en su poderosa belleza, semejante al cáliz de una flor sobrevolado para recibir una fecundación letal. Todo era espectáculo, era poder puro, afirmado y realzado por el dolor.”

Escrito por Ernst Jünger en París, el 27 de mayo de 1944; en Radiaciones II; Tusquets, 2005; pgs. 249-250.

'Rocroi, el último Tercio', de Augusto Ferrer-Dalmau (2011)

‘Rocroi, el último Tercio’, de Augusto Ferrer-Dalmau (2011)

LA ÚLTIMA CENA

Para el pensamiento religioso el repertorio tipológico de su historia sagrada se repite indefinidamente en la historia profana.
Los tipos son la estructura de su historia universal.
En los momentos en que su vida tiene significado el hombre repite los gestos de un dios.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 313.

“A última hora de la tarde paseo con el Presidente. En el Boulevard de l’Amiral-Bruix estaba parada una columna de carros blindados que se dirigía al frente. Los jóvenes soldados que formaban sus dotaciones estaban sentados sobre los colosos de acero; el ambiente era como de vela de armas, esa especie de jovialidad con toques melancólicos que yo recuerdo muy bien. De aquellos jóvenes irradiaba densísima la cercanía de la muerte, la gloria de corazones prestos a morir entre llamas.

Cómo pasaban a segundo plano las máquinas, cómo se esfumaba su complejidad y se volvían a un tiempo más simples y más significativas, cual el escudo y la lanza en que se apoya el hoplita. Y cómo estaban sentados los jóvenes en sus carros, comiendo y bebiendo, deferentes los unos con los otros cual novios en la víspera de su fiesta, como en un banquete espiritual.”

Escrito por Ernst Jünger en París, el 7 de junio de 1944; recogido en Radiaciones II; Tusquets, 2005; pg. 255.

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UN ENTE DE FICCIÓN

“-Ha elegido -dijo- el mejor sitio para contemplar el golfo. Arriba, desde la cima de Notre Dame de la Garde, que sirve como punto de referencia a los barcos sobre el mar, puede sin duda abarcar un panorama más extenso, pero los detalles pierden definición. En mis viajes he visitado muchos puertos bellos, pero sigo pensando que éste no se queda a la zaga. Esa sierra que abraza la bahía como el borde curvo de una concha es una estribación de los Alpes Marítimos; y la fortificación blanca sobre la isla de enfrente se llama el Château d’If. ¿Le suena el nombre tal vez?

Al decirle que lo conocía por El Conde de Montecristo, mi respuesta pareció alegrarle.

-Ah, un homme de lettres; me lo imaginaba. Por favor, ¡permítame ver sus manos! -Y sin previo aviso agarró mi mano derecha y examinó la palma con gran atención. Entonces prosiguió-: Naturalmente el Conde de Montecristo es un ente de ficción. De todos modos, en el castillo de enfrente le enseñarán incluso el pasadizo subterráneo que excavó el abate Farina. Por cierto, un poco más al fondo aún verá otra isla literaria; le llaman Fort Ratonneau.

También aquí capté la alusión, y mi apunte pareció agradar de nuevo al desconocido.

-Veo que es usted una persona bien instruida; sin duda, aún no se ha dedicado a labores que encallezcan las manos. Si le apetece, me gustaría invitarle a tomar té; vivo a pocos pasos de aquí.”

Juegos africanos, de Ernst Jünger; Tusquets, 2004; pgs. 87-88.

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LA AVERSIÓN A TODO LO ÚTIL

“Por otro lado, el tedio se infiltraba en mis venas como un veneno mortífero cada día más potente. Me consideraba completamente incapaz de llegar a ser algo en la vida; la expresión en sí ya me resultaba antipática, y entre los miles de oficios que la civilización puede ofrecer, no había ni uno que me pareciera adecuado para mi persona. Más bien me atraían las actividades elementales, como la del pescador, cazador o leñador; aunque desde que me había enterado de que los guardabosques se habían convertido en la actualidad en una especie de contables, que trabajan más con la pluma que con la escopeta, y de que los peces se pescan con barcas a motor, perdí también todo interés. En estos asuntos carecía de la más mínima ambición, y, como el reo de un delito, asistía a esos sermones que los padres suelen soltar a sus hijos adolescentes sobre las distintas salidas profesionales.

La aversión hacia todo lo útil arraigaba cada día más. La lectura y la ensoñación eran mi triaca particular; sin embargo, los reinos donde aún había lugar para las hazañas me parecían inalcanzables. Allí me imaginaba una sociedad de hombres temerarios, cuyo símbolo era el fuego de campamento, el elemento de la llama. Por ser aceptado en ella, por conocer a uno solo de esos tipos que imponían respeto, habría renunciado con mucho gusto a todos los honores que se pueden conseguir dentro y fuera de cualquiera de las facultades.

Sospechaba con razón que sólo es posible conocer a los hijos naturales de la vida si se daba la espalda a los representantes legítimos del orden establecido. Por supuesto mis modelos estaban forjados a la medida de un quinceañero, voraz lector de folletines, que todavía no conoce la diferencia entre héroes y aventureros. Pero poseía un instinto sano, pues suponía que lo extraordinario se hallaba más allá de las esferas sociales y morales de mi entorno. Por ello tampoco quería, como suele ser peculiar a esta edad, llegar a ser inventor, revolucionario, soldado o cualquier otro benefactor de la humanidad; por el contrario, me atraía aquella zona donde la lucha de las fuerzas naturales se expresaba en estado puro y sin finalidad alguna.”

Juegos africanos, de Ernst Jünger; Tusquets, 2004; pgs. 15-16.

Ernst Jünger con el uniforme de la Legión Extranjera francesa

Ernst Jünger con el uniforme de la Legión Extranjera francesa

ERNST Y CARL, LA AMISTAD INSONDABLE

“Wilflingen, 15 de septiembre de 1994

De una carta de Ernst Klett del 13 de septiembre:

Querido Ernst Jünger:

Estos días he estado leyendo, por última vez, el Glosario de Carl Schmitt. La lectura es muy poco gratificante: un provinciano católico, extremadamente inteligente, no supera el hecho de haber fracasado y nosotros lectores hemos de sufrir a consecuencia de ello. Aun con todo, no puedo dejar de reconocer que es una cabeza brillante.

Cabeza aquí, cabeza allá. Cito tan sólo dos pasajes de los muchos que te conciernen:

‘Ernst Jünger… despojos del guillerminismo, igual que Thomas Mann.
Heidegger pasa la prueba de un retorno con nota de más que aprobado; Gottfried Benn excelentemente, Ernst Jünger suspende de forma miserable.’

 No me gusta citar estas mezquindades. Lo hago por si se da el caso de que se publique vuestra correspondencia. Entonces, en mi opinión, debería aludirse a ello en el prólogo o en el epílogo. Por mucho que estoy a favor de olvidar y perdonar: en caso de una publicación debería hacerse visible algo del otro C.S.

P.D.: La infamia de este Schmitt es que en su testamento ha determinado que se publiquen esas impertinencias (y son muchas), después de que habéis estado manteniendo una correspondencia amistosa y llena de respeto mutuo durante más de treinta años.

[…]

Wilflingen, 20 de septiembre de 1994

Querido Ernst Klett:

Los pasajes que me conciernen en el Glosario de Carl Schmitt son, en efecto, enojosos, más para él que para mí.

Son curiosos si se tienen en cuenta las amables cartas que me envió casi el mismo día; ello indica una profunda ambivalencia. Por lo que veo, mi nombre es el que aparece citado con más frecuencia en el registro del glosario.

Cuando C.S. quiso presentarse a consejero de Estado se lo desaconsejé y le propuse que trabajara en un Derecho de Estado fundamental, dadas sus dificultades en Serbia.

Lo que jamás me ha perdonado son Los acantilados de mármol; en una ocasión anotó que lo que yo quería con ello era lograr otra Pour le Mérite en la segunda guerra mundial. Dio rienda suelta a su indignación con El trabajador, que nunca entendió.

Similar es el caso con Gottfried Benn, quien en sus cartas se aproximaba a las Radiaciones.

Después de 1945 se concentró en C.S. un fuerte odio que, por lo que me dijeron los que vivían con él, le hizo sufrir mucho, en un extremo que llegó hasta la manía persecutoria. Al parecer dijo en su lecho de muerte: Ernst Jünger es un amigo fiel.

Vino a verme una noche, poco antes del Tercer Reich. Con anterioridad a esa visita aún era un desconocido, pero la conversación se animó al instante. No sólo le siguió una correspondencia de casi cincuenta años de duración. Aunque católico, fue el padrino de bautizo de Alexander. Cuando me visitaba en Goslar (naturalmente tenía un pase de libre circulación), los funcionarios formaban en la barrera. Para cosas así, los profesores son especialmente susceptibles. Lo que irradiaba mental y personalmente me resultaba vivificante: en mi memoria seguirá siendo un buen amigo insondable.

Pasados los setenta V, de Ernst Jünger; Tusquets, 2015; pgs. 143-144, 145-146.

Ernst y Carl

En París, 1943

GRATIAS AGIMUS TIBI

“Hay un solo pecado, del que todos los demás nacen como de la cabeza de la hidra y salen volando como de la caja de Pandora cuando se abre. Es el desagradecimiento.

Y hay una sola virtud: el agradecimiento. El recién nacido la celebra cuando dormita tras haber tomado el pecho, y el girasol cuando vuelve su cabeza hacia la luz.”

Escrito por Ernst Jünger en Wilflingen, el 2 de junio de 1992; en Pasados los setenta V; Tusquets, 2015; pg. 73.

'Caridad', de William-Adolphe Bouguereau (alrededor de 1878)

‘Caridad’, de William-Adolphe Bouguereau (alrededor de 1878)

EL RODEO

“Vivimos en un interregno, en una cueva llamada tiempo con un rayo de luz. Antes era mejor, después será mejor; al menos indoloro, esto es posible predecirlo con seguridad.

Así pues, ¿para qué el rodeo?: ésta es la cuestión vital para el poeta, el filósofo, el teólogo, la lombriz cubierta de polvo.”

Escrito por Ernst Jünger en Wilflingen, el 9 de julio de 1991; en Pasados los setenta V; Tusquets, 2015; pg. 36.

'Mar y lluvia', de James Abbott McNeill Whistler (1865)

‘Mar y lluvia’, de James Abbott McNeill Whistler (1865)

SOBRE LA CONVERSIÓN FINAL DE JÜNGER

“[…] el tema del que quiere hablar inmediatamente es el luto que lleva en su interior y que aún no ha elaborado: ha muerto Ernst Jünger, el amigo al que se sentía especialmente unido, y la pérdida le ha afectado en lo más íntimo.

¿Cuándo se vieron por última vez?

En septiembre de 1997. Había venido a Basilea, como todos los años, para la feria entomológica. Hacía un día magnífico. Un sol espléndido entibiaba el aire del principio del otoño. Habíamos acordado encontrarnos en el gran salón donde los expositores presentan sus coleópteros. Cuando llegué al lugar de la cita, vi que Jünger estaba todavía distraído observando con la lupa los ejemplares expuestos. Después de haberlos examinado atentamente adquirió un par. Era realmente extraordinario con qué inmediatez y espontaneidad, aun pasando ya de los cien años, se entregaba a su pasión. Después de visitar la feria, comimos con nuestras esposas en el hotel Drei Könige. Jünger estaba bien, estaba de excelente humor, completamente lúcido aún, aunque de vez en cuando fijaba la mirada en un punto lejano y casi parecía ausentarse mentalmente. Fue un último encuentro muy feliz.

¿No volvieron a verse más?

No; luego fui a sus funerales en Wilflingen. Una ceremonia solemne, magnífica. La nieve fresca, caída por la mañana, cubría el paisaje de un blanco que centelleaba bajo los rayos del sol. El féretro iba en un carruaje tirado por corceles blancos. Había venido mucha gente de todas partes, formando una multitud impresionante que se apiñaba en silencio en aquella parte del pueblo. Veteranos de uniforme, un hermoso espectáculo, se habían colocado en formación para presentarle el último saludo. Lo que sorprendió un poco a todos fue que la ceremonia religiosa se celebró con arreglo al rito católico.

Señal exterior de su conversión final al catolicismo…

Así dice, pero yo me inclino a creer que fue más sencillamente la señal de la gran importancia que concedía al ceremonial, a las formas, al lado estético de la vida. En esto el catolicismo era para él ejemplar porque no había perdido el sentimiento de las ceremonias. El simbolismo católico siempre le había fascinado. Por el contrario, el protestantismo es en este aspecto muy pobre y descarnado. En ocasiones tendemos a interpretar este aspecto del catolicismo negativamente, como un empobrecimiento formalista de la religión, y eso nos molesta. Para Jünger era, contrariamente, una especie de estuche de lo simbólico. En cualquier caso, es difícil decir si en los últimos tiempos hubo en él una auténtica conversión al catolicismo.

Es lo que opinan los biógrafos Paul Noack y Heimo Schwilk.

Puede ser, pero me parece curioso y en el fondo inexplicable. Desde luego, es cierto que últimamente Jünger se había interesado de manera especial por los dioses y titanes. Sin duda tendría un papel importante el hecho de que todo el ambiente en el que vivía era profundamente católico: el barón Von Stauffenberg, uno de sus mejores amigos, propietario del castillo en el que residía y de la iglesia que daba al castillo, era un católico riguroso; profundamente católica era también la comunidad de Wilflingen, a la que se sentía tan ligado. Sea como fuere, la ceremonia fúnebre fue grandiosa.

Sin embargo, hay algo que no cuadra en esta conversión…

Por eso me gustaría hablar de ello un día francamente con la señora Jünger y averiguar las razones más profundas de esta sorprendente adhesión al catolicismo.

[…] Ya nos ha dicho que cree en un principio divino, pero usted parece más próximo a un panteísmo naturalista que al Dios personal del cristianismo. Ahora le preguntamos: ¿cree en el más allá, en una vida después de la muerte?

Podría contestarles lo que Jünger me contestó a mí cuando le hice esa misma pregunta: No lo creo; lo sé.

El dios de los ácidos. Conversaciones con Albert Hofmann, de Antonio Gnoli y Franco Volpi; Siruela, 2008; pgs. 121-125, 157.

A LA SANGRE EXCEDE EL LUGAR QUE UNO SE HACE

¿Qué me importan dos guerras mundiales, que yo también he perdido, mientras sigo trabajando en la de los Treinta Años?

Escrito por Ernst Jünger en Wilflingen, el 28 de febrero de 1986; en Pasados los setenta IV, Tusquets, 2011; pg. 21.

Bernard atacaba constantemente las líneas situadas ante la ciudad; mientras tanto, el Rey de Hungría y el Cardenal, desde su posición elevada, enviaban correos en todas direcciones, para fortalecer aquí y allá un punto débil, suministrando munición al continuo cañoneo. En cierta ocasión, un capitán situado entre ambos cayó muerto de un disparo; y a menudo se les rogaba que abandonasen su expuesta posición, siempre en vano. Superioridad numérica, mandos fiables y la soberbia disciplina de las tropas españolas, podrían haber bastado para vencer la batalla de Nördlingen sin la inexperta dirección de los dos príncipes; pero su valentía mereció al menos la aclamación con la que Europa y sus propios soldados los recibieron más tarde.

En el calor del mediodía, los hombres de Horn no dieron más de sí; envió aviso a Bernard de que se iba a retirar tras sus líneas a través del valle, a una colina alejada en la que atrincherarse para pasar la noche. Confiaba en que su colega le cubriese mientras cruzaba el valle.

He aquí el momento que los enemigos habían estado esperando. Abandonaron su posición delante de la ciudad y cargaron, tropas imperiales y españolas al alimón, sobre las ya agotadas tropas de Bernard, el grito de Viva España vibrando ensordecedoramente a través del polvo. Desesperado, Bernard reunió a sus hombres, galopando de batería a batería, maldiciendo a los sudorosos artilleros, amenazándoles con las torturas del infierno si cedían un palmo. Pero no había caso. Rendidos al pánico, sus hombres huyeron; y las agotadas tropas de Horn, que cruzaban el valle en ese mismo momento, recibieron por el costado el impacto total de la huida. Caballos exhaustos se desplomaban bajo sus jinetes; también el de Bernard, pero uno de sus dragones le cedió su viejo y pequeño rocín, aún brioso y fresco, y en él huyó el príncipe. El resto de la historia fue lacónicamente narrada esa noche por el Rey de Hungría en sus cuarteles. El enemigo desperdigado de manera tal que no se hallaban juntos diez caballos. Horn ha sido capturado, Weimar – nadie sabe si está vivo o muerto.

Los vencedores estimaron los muertos del enemigo en diecisiete mil, los prisioneros en cuatro mil; la mayor parte de los cuales, mandos y tropa, se pasaron a las filas imperiales. El Cardenal-Infante montó esa noche sus cuarteles en una pequeña granja, cediendo a los heridos la casona que había sido buscada para él. Posteriormente, envió a España cincuenta de los estandartes capturados y una imagen de la Virgen con los ojos arrancados que había encontrado entre los despojos de los suecos.”

The Thirty Years War, de Cicely Veronica Wedgwood [traducción propia]; The New York Review of Books, 2005; pgs. 366-367.

'El Camino Español', de Augusto Ferrer-Dalmau (2014)

‘El Camino Español’, de Augusto Ferrer-Dalmau (2014)

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester