El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: JUAN MANUEL DE PRADA

SOBRE EL DICHOSO PIN (LECHES, GARCÍA-MÁIQUEZ FUE MÁS RÁPIDO CON EL CHISTE DE “PIN, PAN, PUN”)

España, al parecer, es un país repleto de gente que sabe cómo educar a los hijos… de los otros. Yo tengo una ligera idea de cómo educar a la mía; espero que salga más o menos bien, aunque no las tengo todas conmigo.

Con respecto a la sexualidad, también tengo una idea aproximada de lo que le quiero contar; aunque sé que tendré que pelear con las opiniones de sus amigos, de los medios de comunicación, de los libros que lea y de las hormonas que la posean (éstas, sin duda, serán mis peores enemigas).

Con lo que no me parece que sea necesario luchar -mejor dicho: contra lo que no creo que yo debiera luchar-, es contra la opinión del estado. No creo que ningún ocupante de la estructura estatal tenga que meter baza en este tipo de asuntos. No porque mis hijos sean míos -no creo que el concepto de propiedad explique de forma adecuada la relación entre padres e hijos-. Mis hijos son mi responsabilidad. Al estado le compete definir qué acciones individuales merecen castigo penal; pero dentro del amplio campo de lo permitido, el estado ni pincha, ni corta. O no debería.

Pero hay gente que no piensa lo mismo. De hecho, en España hay mucha gente que no piensa lo mismo. Por ejemplo, la ministra Celaá y Juan Manuel de Prada. Ellos lo tienen tan claro que hasta pretenden decirnos al resto cómo debemos hacerlo. Ya explicamos en una entrada anterior que, al señor de Prada, más que Diogneto, lo que le va es Magneto. Los estados liberales le resultan una molestia, porque, él sí, ungido de Dios, sabe qué hacer con el poder. Les suele pasar, a los que creen haber sacado a Excalibur de su piedra.

Lo único que me consuela en el aburrimiento de tratar con tanto aspirante a comisario político (o inquisidor), es que la historia suele demostrar que los resultados acaban siendo exactamente los contrarios a los que aspiran.

Mientras tanto, santa paciencia.

LA PUSILÁNIME HIPOCRESÍA DE AQUELLOS QUE ASPIRAN A DARNOS EJEMPLO

Sé que mis orígenes humildes y mi presente pecador no me permiten aspirar a otra cosa. Pero, ciertamente, esperaba otro comportamiento de los mejores.

No puedo afirmar que este artículo de Juan Manuel de Prada le deba algo a esta entrada que yo había publicado 8 días antes, en el remoto verano de 2015. Pudo ser mera casualidad. Al fin y al cabo, Lorca es uno de los grandes, y es normal que mucha gente, al mismo tiempo, lo esté leyendo.

Lo que me cuesta más trabajo pensar es que esta entrada de un conocido blog tradi argentino no tenga nada que ver con la entrada del Sosiego a la que hago referencia más arriba. Les ruego que intenten buscar las 7 diferencias. Pero claro, ¿cómo podía ese faro del más puro catolicismo citar la referencia que le había dado a conocer dicho texto de Lorca, si ya nos había expulsado de su lista de recomendaciones tras la publicación en este blog de Una pequeña historia de amor homosexual?

Porque este blog se había convertido en un devaneo cultural, ya no importante, sino excesivo; y no merecía más publicidad por parte de los elegidos que viven la certeza de la fe.

Se pregunta el cátaro señor qué es lo que le ha ocurrido al catolicismo para ser depuesto tan rápida y fácilmente por las razones del mundo.

Yo le puedo dar una respuesta, entre otras muchas que se agolpan para tal explicación:

la pusilánime hipocresía de aquellos que aspiran a darnos ejemplo.

FUNDAMENTOS DEL PENSAMIENTO POLÍTICO CRISTIANO: LA CARTA A MAGNETO

 

 

EL SUAVE MURMULLO DE LAS COSAS

Tonteando por internet entre test y test de las oposiciones, descubro la historia de la activista cristiana Katy Faust, firme opositora al matrimonio homosexual y, sobre todo, a la adopción de niños por parejas no heterosexuales.

Lo que hace peculiar a Katy Faust es que ella misma fue criada por su madre lesbiana y su compañera, después de que aquélla se divorciara del padre de Katy.

Pero el que esté imaginando una historia de abusos a manos de su madrastra o algo semejante, se equivoca completamente. Katy siente el mayor de los respetos por su madre y su pareja, a las que considera mujeres ejemplares.

El caso es que Katy se convirtió al cristianismo durante su adolescencia y ahí está, defendiendo lo que ella considera justo y verdadero.

Todo esto me hace pensar en el comentario que un amigo me puso el otro día en Facebook, cuando compartí este artículo de Juan Manuel de Prada. Mi amigo se quejaba del misticismo del autor y decía que, seguramente, buena parte de esta oposición al cristianismo no es más que el típico matar al padre de estas últimas generaciones aún educadas en medios socialmente cristianos.

La típica rebeldía de las nuevas generaciones respecto de los valores en los que han sido criados.

La historia de Katy Faust me hace pensar que una de las pocas cosas eternas en el ser humano es, precisamente, este revolverse adolescente contra nuestro primer hogar.

Y en una época que ha exacerbado el estado de rebelión y de crítica a lo anterior hasta la categoría de virtud semidivina, no dejan de resultar curiosos los esfuerzos de tantos movimientos por apoderarse de todas las estructuras educativas y estatales para imponer determinado tipo de ética.

40 años de dictadura nacionalcatólica hicieron de España uno de los países más progresistas del mundo. Otros tantos años de comunismo han hecho de Polonia uno de los países más férreamente católicos del mundo.

Esta vana y agitada lucha por el poder terrenal de los hombres y las mujeres para definir las cosas según dictan sus minúsculos egos, que contemplo con aburrida perplejidad, me hace desear cada vez más el silencio suficiente para intentar escuchar el suave murmullo de lo que las cosas realmente son.

Que, en la mayoría de las ocasiones, se muestra en forma de belleza.

Detalle de ‘Jeanne’, de William Adolphe Bouguereau (1888)

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