El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: JUAN BAUTISTA FUENTES

UN BOTE DE PASTILLAS AZULES

Creo que aún no tengo veinte años y estoy en el baño, mirando fijamente un bote de pastillas azules que me devuelve la mirada.

Es un bote de diazepam, si mal no recuerdo, prescrito por el psiquiatra de la Seguridad Social a cuya consulta había acudido.

Llevaba unos días sintiendo un extraño nerviosismo, ubicado en la boca del estómago, que no tenía relación alguna con ninguna causa concreta. Estaba nervioso, todo el tiempo, sin saber por qué. Cosa que nunca me había ocurrido.

El doctor de cabecera me mandó al especialista en psiquiatría. En algún momento de la consulta, el psiquiatra me preguntó qué estudiaba. Filosofía, en la Complutense, respondí. Aquello le encantó, pues le daba pie para hablarme de los Diálogos de Platón, que le gustaban mucho; creo que su favorito era El Banquete.

Sin solución de continuidad, el psiquiatra empezó a escribir en un recetario. Me dio el papel, con la dosis prescrita de diazepam. Y ahí acabó todo. Ningún análisis del posible origen de aquel nerviosismo raro. Soma y nada más.

Aquello no me cuadraba. No sé si ya había ido a clase con Fuentes y había empezado a desarrollar mi desconfianza hacia la Psicología y la Psiquiatría. No sé si había leído ya la Historia general de las drogas de Antonio Escohotado, que me hizo entender lo voluble, arbitraria y, en no pocas ocasiones, irracional que puede llegar a ser la artificial línea de separación entre drogas legales e ilegales.

No sé cuál fue la razón, exactamente. Pero decidí no tomar esas pastillas azules y quedarme con mis nervios raros.

Un compañero de la Facultad me dijo que él también sentía algo parecido y se había acabado acostumbrando a vivir con ello. Pensé que quizá yo también podía hacer lo mismo.

Finalmente, le di el bote de pastillas azules a un amigo, que me lo pidió tras saber que yo no iba a hacer uso de él; amigo al que le encantaba experimentar con todo tipo de drogas.

Y al que tuve que visitar varias veces, durante los años siguientes, en diversos pabellones psiquiátricos. Un amigo cuya amistad fui incapaz de mantener, porque se había transformado en Gollum, y yo ya no daba más de mí.

Experiencia que tampoco ayudó a mejorar mi opinión sobre el entramado farmacéutico-psiquiátrico actual.

Hoy ha vuelto el bote de pastillas azules por mor del vídeo que os comparto más abajo, en el que hemos podido ver otra vez al bueno de Jordan Peterson, aún en proceso de recuperación de su adicción a las benzodiacepinas.

Parece que empieza a ver la luz al final del túnel. De lo cual me alegro sobremanera.

Y también me ha hecho sentirme agradecido. Porque, a estas alturas de la vida, parece que uno siempre está pensando en el tiempo perdido y en los errores cometidos.

Pero recordar el bote de pastillas azules me ha hecho pensar otra vez en aquella decisión. Que apenas puedo llamar así, pues fue más bien una intuición; la cual me hizo sospechar de ese camino tan fácil para superar aquella molestia que no acababa de entender.

Un regalo de Dios, sin duda alguna, aquella intuición.

EL AGRADECIMIENTO

Es curioso. De niño, tenía una extraña fijación con Canadá. Supongo que debido a las historias de mi abuelo pescador, cuya muerte mi familia unas veces ubicaba en Terranova y otras en Saint-Pierre-et-Miquelon. Me imaginaba el país, no muy lejos de la realidad, como un inmenso bosque. Lo cual me atraía como el susurro de un misterio.

Hace unos años, incluso me planteé emigrar allí. Últimamente, muchas cosas canadienses me están llamando la atención.

Y hoy, dando tumbos por YouTube, me he topado con el discurso de Leonard Cohen al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras del año 2011.

Benditos tumbos.

Hace unos días, en un comentario, hablaba yo del escaso agradecimiento que observo entre los miembros del arte español actual. En realidad, apenas observo agradecimiento en la práctica totalidad de las mimadas generaciones españolas a partir de la mía. Y creo que eso explica muchas cosas. El que millones de personas no sean capaces de disfrutar y agradecer lo que tienen; que no sean conscientes de lo difícil históricamente que ha sido tener lo que ellas tienen.

Eso explica muchas cosas.

Pues como dicen algunos de mis principales maestros, el humilde agradecimiento en el pecho de cada cual es la única virtud que vale la pena cultivar.

LA RISA DE DIOS

Una de las cosas que más refuerzan mi fe es que Dios se ría de mí.

Cuando uno cree ser causa de una carcajada cósmica que se expande por las galaxias, haciendo eco en la materia oscura y pegando saltos cuánticos entre agujeros negros de masa infinita, no le queda más remedio que inferir la existencia de un ser superior, al que le ha hecho mucha gracia la estupidez y soberbia propias.

Ese ser burlón es Dios.

Si a mí me hubiesen dicho hace no mucho tiempo que en estos momentos estaría intelectualmente fascinado por un profesor universitario de psicología, él mismo psicólogo clínico, hubiese sido yo el que se hubiese carcajeado hasta el infinito.

Creo que todos conocéis ya que, buena parte de mis años de estudiante de Filosofía, los pasé siendo discípulo de Juan Bautista Fuentes, quien era a su vez discípulo de Gustavo Bueno. De hecho, se puede decir que el profesor Fuentes era el experto buenista en el ámbito de la psicología: el encargado de aplicar la Teoría del Cierre Categorial (la teoría de la ciencia de Gustavo Bueno) a la psicología académica.

El resultado de la crítica que mi maestro hacía de la ciencia psicológica era que ésta no podía ser considerada una ciencia estricta. Así que la mayor parte de los alumnos del profesor Fuentes nos tomábamos a coña cualquier cosa con pretensiones de rigor científico que saliese de boca de un psicólogo; y solíamos considerar a éstos meros curas laicos, ridícula imitación del sacramento de la confesión para los decadentes y depresivos habitantes del Occidente postmoderno.

Convertimos en cliché, hasta transformarlo en broma, repetir la siguiente exposición de principios: pertenezco a una escuela de pensamiento que considera que la psicología ni es, ni puede llegar a ser, un saber científico.

Cuando alguna vez te encontrabas con alguien que realmente había tenido una buena experiencia acudiendo a algún tipo de terapia psicológica, le mirabas de reojo, con cierta desconfianza, pensando que aquel pobre había sido engañado por otro charlatán.

Aún así, podíamos llegar a admitir la posibilidad de que un psicólogo realmente resultase beneficioso para alguien; pero, matizábamos, sólo será así en la medida en que dicho psicólogo sea “buena persona”. Es decir, sería beneficioso por bueno, no por psicólogo.

Y si los psicólogos nos parecían un horror, los psicoanalistas eran directamente demonios encarnados. Todo lo que provenía de Freud olía a azufre. Aprendida su crítica en las clases de mi maestro, no valía la pena perder mucho más tiempo con ellos.

¿En qué punto me encuentro ahora mismo? Pues comiéndome los dedos por no poder ponerme a leer a Carl Jung, entre otras cien mil cosas que me dan ganas de leer y ver y conocer tras haber dejado entrar en mi vida al psicólogo Jordan Peterson.

¿Lo escucháis? Es la risa de Dios.

Aunque también es obligado reconocer que, el señor Peterson, por sus lecturas y por sus intereses, no puede ser considerado un mero profesor de Psicología. De hecho, él mismo hace unas críticas a ciertos aspectos de la academia psicológica y psiquiátrica que le acercan no poco a mi maestro Fuentes.

En realidad, el señor Peterson es un filósofo en el sentido estricto del término, si se acepta la definición de Filosofía que los discípulos de Gustavo Bueno consideramos canónica: un saber de segundo grado; el cual sólo es posible alzándose sobre el dominio de una amplia multitud de saberes de primer grado; en el caso de Jordan Peterson: la psicología, la biología, neurología, psiquiatría… pero también teología, literatura, antropología, mitología…

He ahí la clave de la potencia de su pensamiento: esa amalgama de conocimientos diversos tan difíciles de encontrar a la vez en un mismo individuo. Y el hecho de que esos conocimientos son realmente cruciales, fundamentales para realizar las preguntas críticas para todo ser humano.

Todo ello con la intención apasionada de buscar la Verdad; de desentrañar la esencia de la Bondad, para así poder encarnarla.

Dios, no te rías tanto; en el fondo no estábamos tan equivocados.

Pues no deja de ser cierto que, la única manera de ser un buen psicólogo, es ser una buena persona.

[El vídeo tiene subtítulos en español que hay que activar en el menú de ajustes]

EL CUERPO NECESARIO

“El problema crucial, a la hora de plantearse el peso de la conducta en la evolución de las especies, es saber si los efectos Baldwin realmente ocurren; saber cuál es su peso real en los procesos evolutivos. El profesor Sánchez González, junto con el profesor Loredo, explican qué es el efecto Baldwin, o sea, la selección orgánica, en un artículo reciente: “Organic selection supposes that, during their lifetime, organisms make new adaptations (things they learn or new habits they acquire) which have a positive effect on their survival. Although these habits are not directly passed on to their descendants, they can continue through other means (i. e. by repeating individual learning, imitating, facilitating or instructing). These new habits could be, for instance, new migratory routes or new ways to obtain food. They change to some extent the ‘style of life’ of the group (new climate conditions, new predators, new food sources, etc.). In the long term, hereditary changes which occur will be selected if they fit this ‘style of life’ and strengthen the persistence and efficiency of those habits (enhancing temperature regulation, predator detection, food exploitation, etc.).”[1]

Aunque el efecto Baldwin vuelve a ser tenido en consideración por muchos teóricos de la evolución, Sánchez González y Loredo critican a aquellos autores que hacen una interpretación restrictiva de la selección orgánica, en último término mecanicista, eliminando precisamente la problematicidad irreductible de la conducta animal.

En el fondo, late la cuestión siguiente: si la conducta es algo reducible, o no, a las pautas algorítmicas supuestamente determinadas por la estructura neural del organismo; ni siquiera importaría que esta estructura neural estuviera exclusivamente determinada por la carga genética o por presiones ambientales o por ambas, porque incluso el proceso epigenético sería pensado como una programación del organismo, cuya conducta posterior, madura, se vería controlada por dicho programa (que es, precisamente, el que determina su estructura neural). Por su parte, en la selección orgánica, el planteamiento es absolutamente otro: “Es necesario insistir (…) en que lo característico de la conducta es la ‘elección’. ¿Pero cómo podemos llamar ‘elección’ intencional a un subconjunto de caracteres fenotípicos? Habría que considerar (…) si el papel de la conducta es distinto de cualquier otro rasgo fenotípico.”[2]

En definitiva, la discusión se plantea alrededor del concepto de consciencia; si ésta puede ser atribuible a los animales, en qué medida y con qué gradaciones.

El problema de la consciencia ha sido prácticamente un tabú científico hasta hace poco tiempo: tema demasiado cercano a las vaguedades metafísicas de los filósofos. Pero los científicos están perdiendo el miedo. Buena parte de los neurobiólogos de la Affect Revolution a los que hemos hecho referencia en el anterior capítulo, están tratando el problema de la consciencia. Empiezan a tomar en serio la posibilidad de que los animales también la posean, aunque no evidentemente al mismo nivel que la puede tener el ser humano; así que ya se está empezando a hablar de diversos niveles de consciencia animal, precisamente en relación directa con la complejidad conductual desplegable por el organismo correspondiente.[3] Para comprender la importancia crucial de estos planteamientos, léase este texto de Jaak Panksepp: “In sharing this viewpoint about the sources of consciousness, I am affirming a truism of 20th century behavioral science: Evolution can mold brain functions only by inducing changes that modify the efficacy of behaviors. Affective representations promote certain classes of behavior patterns, and with the additional evolution of various highly differentiated sensory and motor tools, affective states may increasingly provide an internal reference point for more complex abilities. Thus, in complex organisms such as human adults, affective feelings may arise from a build-up of reverberations in the extending SELF-schema, which is experienced as a mounting sense of “force” or “presure” to behave in a certain way. With psychological development, organisms may develop a variety of counterregulatory strategies, ranging from various cognitive-perceptual reorientations to the withholding of behavior patterns. In other words, since the basic emotions provide fairly simpleminded solutions to problems, it would be adaptive for organisms to be able to generate alternative plans. Still, such newly evolved brain abilities may continue to be referenced to the affectively experienced neurodynamic status of the primal SELF. To put it quite simply: Animals may adjust their behaviors by the way the behaviors make them feel.”[4]

El proceso de desarrollo de los progresivos niveles de consciencia en la evolución de las especies es el despliegue de círculos concéntricos cada vez mayores, círculos que simbolizan el campo de posibilidades abierto a las conductas de los organismos.[5] Pero el grado de variabilidad, cada vez mayor, que se va desplegando en la propia evolución y que va aportando a los animales más desarrollados una mayor capacidad para llevar a cabo planes alternativos, hace relevante el análisis de la conducta en cuanto que patrón progresivamente variable. Se abre un espacio que la consciencia debe escoger cómo rellenar. Cuanto más compleja sea dicha consciencia, mayor cantidad de soluciones podrán ser encontradas. Es el despliegue de la flexibilidad al nivel de la conducta.

Al mismo tiempo, los beneficios otorgados por el aumento de la flexibilidad conductual parecen ir imponiendo ciertas condiciones a los cuerpos que sustentan tales propiedades. Es decir, no es sólo que las conductas dependan de los cuerpos de los animales que las realizan; sino que los cuerpos empiezan a depender de las conductas que el animal es capaz de ejecutar. Los cuerpos se transforman para adaptarse a las nuevas conductas. Y se transforman para hacer cada vez mejor las conductas descubiertas.

Lo cuál es muy importante cuando nos planteamos el misterio de la antropogénesis: el hombre se define por su impresionante flexibilidad conductual, sin parangón en nuestro planeta. De tal manera, ¿es casual que tal flexibilidad haya surgido en el linaje de los primates? ¿Es casual que un animal racional deba tener cinco sentidos, un sistema nervioso central, unas manos increiblemente versátiles, un sistema hormonal y neuroquímico como el nuestro?

Realmente, ¿es tan azaroso que tengamos el cuerpo que tenemos?”

Discursos actuales de la Biología: las fronteras de la cuantificación; trabajo final de DEA de Xacinto Fernando Bastida García, dirigido por Juan Bautista Fuentes Ortega; pgs. 49-51.

 

[1] “In circles we go. Baldwin’s theory of organic selection and its current uses: a constructivist view”, José Carlos Sánchez González & José Carlos Loredo, en Theory & Psychology, vol. 17 (1): 33-58, 2007; pg. 34. Agradecemos la amabilidad del profesor Sánchez González, que nos hizo llegar este artículo por correo electrónico, el cual ha sido de gran ayuda para el desarrollo de esta investigación (como también lo ha sido su magnífica tesis doctoral, ya citada anteriormente).

[2] “El ‘efecto Baldwin’”; op. cit.; pg. 46.

[3] Es obligado citar el libro de António Damásio, “The feeling of what happens”, Random House, London, 1999 (hay traducción española: “La sensación de lo que ocurre”, Debate, Madrid, 2001). Otro autor muy interesante es el fisiólogo evolutivo australiano Derek Denton, especialmente su libro “The Primordial Emotions: The dawning of consciousness”, Oxford University Press, New York, 2005.

[4] “Affective Neuroscience”; op. cit.; pg. 311.

[5] “(…) la dirección que muestra la evolución es, para Baldwin, el progreso en la plasticidad, en la potencia de acomodación.”; “El ‘efecto Baldwin’”, pg. 187.

EL HUMILDE AGRADECIMIENTO EN EL PECHO DE CADA CUAL

El bueno de Carlos Marín-Blázquez me da a conocer este texto, desconocido para mí, de mi maestro Juan Bautista Fuentes. El resto de la cita lo podéis encontrar aquí.

“De manera que, si alguien me dijera, ¿cuál es la solución?, lo primero que haría es dar respuestas negativas. La solución no es meramente técnica, meramente económica, no es meramente política; la solución está en el pecho de cada cual, en el corazón de cada cual. El error de las izquierdas y de las derechas es confiar en una solución, bien solamente política (las izquierdas), o sólo técnicamente económica (las derechas): que el mercado, por sí mismo, acabará reconstruyéndose… El mercado, por sí mismo, no hace sino reproducir en abstracto la propia laminación de la vida económica. Para eso está el estado, para intervenir. El estado, es decir, esa estructura que no tiene otra función más que la de intervención sobre una sociedad meramente económica, laminadas ya o disueltas las referencias comunitarias, no tiene en sí mismo tampoco la solución. Sin duda yo diría: frente al mercado, el estado. Pero frente al estado, la comunidad. Entonces el problema es que la comunidad no la va a crear nunca el estado, ni la van a crear nunca las relaciones económicas. Y entonces, ¿qué tenemos a nuestra disposición para reparar la vida comunitaria? Pues la solución es muy sencilla, es adoptar una actitud ante la vida tan humilde que consista básicamente en el agradecimiento. Es decir, allí donde halla que el primer movimiento del corazón no sea el agradecimiento, es imposible la instalación de la vida comunitaria. Y por tanto, agradecer es dar las gracias a algo que uno entiende que le han regalado gratuitamente. Allí donde no hay sentido del agradecimiento es imposible la vida comunitaria. Y la vida comunitaria es precisamente compañía espiritual. Y la compañía espiritual, no es algo a lo que tengamos derecho. La compañía espiritual es algo que nos han regalado y que nosotros regalamos. Y por tanto, mientras no seamos capaces de asumir la idea de agradecimiento, no se crearán los pivotes sobre los cuales pueda haber vida comunitaria en función de la cual se podrá empezar a organizar un estado que sea capaz de controlar la situación económica. Y mientras esto no ocurra, no hay soluciones técnico-políticas, no hay soluciones técnico-económicas. La cuestión es cuándo esto podrá ocurrir.”

CAD 7

Salgo a dar una vuelta, para bajar la cena y matar el aburrimiento.

Cuando uno vuelve a vivir en el Barrio de su juventud, los paseos abandonan el ámbito de las meras tres dimensiones y pasan a tener cuatro: el tiempo se convierte en protagonista, haciendo brotar un recuerdo en cada vistazo que uno le echa al mundo alrededor.

Durante el paseo, he vuelto a cruzar por delante del edificio de la foto. Es el CAD de Hortaleza. CAD significa: Centro de Atención al Drogodependiente. Lo visité no pocas veces, hace casi veinte años.

Durante un viaje a Galicia, me cogieron con media bellota de hachís en un parque de Santiago de Compostela. Me sorprendió a traición un policía de paisano mientras me liaba un porro; digo a traición porque ni siquiera Mortadelo se habría disfrazado mejor de abuelo de parque. Me cogió completamente desprevenido, ese agente a punto de jubilarse.

Poco tiempo después, llegaba a mi casa madrileña una alegre carta con su peculiar versión de la diatriba de las pastillas de Matrix: si elegía la pastilla roja, tenía que pagar una multa; si escogía la azul, el premio era un proceso de desintoxicación en el CAD más cercano. Yo, de natural pobre, opté por la pastilla azul.

Como el caso era bastante común entre los jóvenes de mi generación, pude oír docenas de historias que me decían que el trámite era una parida y con un fin de semana de charlas quedaría limpio de polvo y multa. Pero claro, nadie había oído hablar del CAD 7, el de Hortaleza, mi Barrio.

Resultó ser el CAD más eficiente de Madrid. Sus funcionarios se tomaban muy en serio su trabajo. Nadie tardaba menos de nueve meses en librarse de la dichosa multa. Tenía que ir una vez a la semana. Según llegaba, me hacían un análisis de orina para confirmar que lo estaba dejando; para evitar trapicheos con el pis como los que se pueden ver en The Wire, teníamos que mear delante de un funcionario, que además siempre era una funcionaria. Lo cual complica bastante la paz de ánimo necesaria para alguien que quiere miccionar, he de decir.

Tras la meada semanal, tocaba una hora de sesión de grupo con todos los porreros del Barrio lo suficientemente torpes como para dejarse pillar liándose un canuto. La media de edad era de unos 18 años, salvo por la psicóloga, la asistenta social y un politoxicómano muy majo de unos cuarenta y tantos, al que habían bajado de división porque había conseguido concentrarse más en su trabajo de pintor de brocha gorda que en la ingesta de cocaína.

Como yo ya había tenido clases en la Facultad de Filosofía con el profesor Fuentes (ya sabéis… pertenezco a una escuela de pensamiento que considera que la psicología ni es una ciencia ni lo será jamás…) iba a mis reuniones de porreros anónimos con la tensión del militante, dispuesto a ignorar y/o despreciar cualquier tontería que la psicóloga y la asistenta social pudieran decir. Cuando comprendí que aquella actitud sólo iba a conducirme a pasar el resto de mi vida meando una vez a la semana delante de una funcionaria, decidí relajarme y dedicar aquella hora de charla a eso, a charlar.

Como había dejado de fumar hachís en cuanto me llegó la condenada carta, me convertí rápidamente en un alumno aventajado del sistema estatal de lucha contra la drogodependencia. Al mismo tiempo, para no perder habilidades básicas, durante los meses que estuve en tratamiento me dediqué a liarle los porros a los colegas.

El día que me liberaron, uno de ellos me esperó a la salida del CAD, con un canuto listo para ser encendido. Nos saludamos, me lo pasó junto con el mechero, y yo me lo encendí con una profunda y satisfecha calada. Después nos fuimos por ahí a celebrarlo.

La verdad es que yo nunca dejé las drogas. Más bien, se me cayeron. Por desidia o aburrimiento. En cualquier caso, sigo consumiendo algunas que me parecen esenciales para una buena vida: alcohol y tabaco.

Entiendo perfectamente que la gente se drogue de una forma desmedida en este mundo que nos hemos construido. Entre drogas ilegales, legales y las recetadas por el mafioso sistema fármaco-psiquiátrico, dudo que quede alguien sereno sobre la faz de la tierra.

Y no me extraña.

Entre otras cosas, he probado el éxtasis (el MDMA, no el de Santa Teresa), una única vez en la vida. La sensación de felicidad y plenitud es de una potencia tal, que resulta indescriptible. Todo es bueno, todo está bien, la vida es maravillosa, todos son mis amigos, todo tiene sentido. Exactamente igual que el típico eslogan de cualquier nueva campaña de evangelización de la Conferencia Episcopal. Pero claro, con la verdad química haciendo realidad lo que la Conferencia Episcopal sólo puede impostar con risas y sonrisas, éstas sí, estupefacientes.

En cualquier caso, mi Dios no es el de la Conferencia Episcopal, ni el de cualquier otra secta protestante. Se parece más al geniecillo maligno de Descartes. Goza viéndome caer, disfruta arrastrándome por el fango. Mi Dios tiene un negro sentido del humor.

Por eso precisamente creo en Él. Creo que realmente me ama cuando me humilla. Creo que realmente todo el mal que me hace acabará siendo mejor para mí.

En el fondo, creo que no me abandono a los paraísos artificiales porque amo profundamente, más de lo que soy capaz de entender, el sufrimiento que mi Dios me inflige. Quizá porque sólo en la plena consciencia del dolor puedo dar la medida auténtica de mi ser, sea ésta la que fuere, ante las tribulaciones que mi Dios me envía.

Sólo en la dramaticidad que el dolor y el sufrimiento permiten puede el mundo tener sentido.

Sólo en un mundo donde se puede estar mal tiene sentido la palabra mejorar.

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GUSTAVO BUENO

Ha muerto Gustavo Bueno.

Hace unos días, le sacaba una foto a la librería Quijote; la que durante muchos años fue la mejor librería de Ferrol. Y donde yo compré, en 1999, España frente a Europa.

La librería cerró, lo que yo leí como un signo de los tiempos. Estos tiempos que se oscurecen a cada día que pasa. Que nos van avisando de las tormentas por llegar.

El día que conocí a don Gustavo, antes de una conferencia que dio sobre España en nuestra Facultad de Filosofía, Juan Bautista Fuentes me pidió que me quedase con el maestro un momento; don Gustavo fue muy amable conmigo. No recuerdo nada de lo que me dijo, porque sólo recuerdo que me temblaban las rodillas a su lado; como si estuviese junto a un dragón.

España frente a Europa me obligó, a mi pesar, a tomarme en serio por primera vez el carácter católico del amasijo histórico-político al que pertenezco. Supuso la primera brecha seria en la percepción de la realidad que hasta entonces encarnaba.

Gustavo Bueno ha muerto dos días después de hacerlo su mujer. Este hecho basta para dar categoría a la persona. Y es que algunos ateos católicos siempre serán más ejemplares de lo que muchos creyentes católicos podremos aspirar a ser jamás. La Gracia sopla donde y como le place.

Descanse en paz, don Gustavo. Que Deus lle teña no seu colo.

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DETALLES DE UNA CONVERSIÓN A LARGO PLAZO

Es sobre las antinomias de la razón, sobre los escándalos del espíritu, sobre las rupturas del universo, sobre lo que fundo mi esperanza y mi fe.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1317.

“La contradicción entre virtú fortuna. Voluntad y determinación. Comprender la red de hechos contemporáneos para ajustarse a ellos. ¿Es lo único que nos queda? El político nunca podrá abarcar la totalidad de las causas; la fortuna, el destino, la necesidad, la determinación, siempre estarán presentes en las vidas humanas, en las existencias de las comunidades. Fortuna: el cúmulo de acontecimientos no previsibles. Toda voluntad humana está anclada en la imaginación. Toda planificación total y a largo plazo sólo puede acabar en delirio (estoy en el aula de Albiac, bien sûr). El príncipe, cap. XV. Rechazo de la proyección de repúblicas imaginarias. Pensar la política como una planificación del deber ser. ¿Sobre qué? ¿Apoyado en qué? Para Maquiavelo, ahí está la clave del desastre; quien imaginando lo que debería ser, olvida lo que es, se lanza a sí mismo -y a los que le acompañan- al vacío. Caps. XVII y XVIII. Spinoza  sólo reconoce como maestro en pensamiento político a Maquiavelo. Virtú es fuerza de composición, no de descomposición. No me apetecía ir a Lengua Española y Fonética; y me apetecía ver a Fuentes. Así que me dediqué a dar vueltas por la universidad, en su búsqueda. Quiso Dios que lo encontrara cerca de su despacho. Quedó en llamarme el próximo jueves y me recomendó Ortodoxia de Chesterton. No hay solución posible de la contradicción entre virtú fortuna. El problema reside en pensar que tenga que existir una síntesis; puesto que no hay síntesis posible. El ser humano vive en contradicciones brutales que no tienen ninguna solución. El catolicismo no piensa en un orden que esconda la variabilidad humana, sino que la asuma. Será utópico y maquiavélico al mismo tiempo (¿no es ésta la esencia de todas las religiones monoteístas?). El mismo hombre es radicalmente humilde y asquerosamente orgulloso. La esperanza nunca muere en el corazón católico; si muere la esperanza, desaparece el católico: queda el animal. Voluntad y Destino pertenecen por igual al mundo católico. ¿Cómo es posible? Es lindo que el hombre tenga que pensar que el Destino del universo quizá resida en su próxima decisión; y que, sin embargo, al mismo tiempo, piense que sus acciones no sirven para nada, porque ya todo está decidido.”

Escrito en mi diario el jueves 10 de marzo de 2005 (traducido del original gallego).

THe Passion of the Christ garden of olives

SIGMUND FREUD, DOCTOR DE LA IGLESIA

“The ignorant pronounce it Frood, to cavil or applaud.
The well-informed pronounce it Froyd,
But I pronounce it Fraud.”

Gilbert Keith Chesterton

…aquí estamos suponiendo que [la institución psicoanalítica] sólo ha podido gestarse y arraigar en una muy determinada situación socio-cultural e histórica, que vamos a identificar con la sociedad ‘modernista fin de siglo’ (en la transición entre el siglo XIX al XX), y en el seno de ciertas ciudades cosmopolitas características de dicha sociedad (como era el caso desde luego de la Viena finisecular), situación que vamos a caracterizar, a efectos de lo que aquí nos importa, por un proceso de desmoronamiento de las formas de vida comunitarias, y muy en especial de la que consideramos la piedra angular de dichas formas de vida, que es la familia, un desmoronamiento éste que conlleva necesariamente un proceso de desmoralización, es decir, de desfallecimiento de la fuerza moral de ánimo para restaurar dicha vida comunitaria y familiar. […] la institución deberá ciertamente disponer de una determinada concepción teórica del hombre, justamente aquélla que deslegitime por la raíz todo genuino sentido de la responsabilidad moral, y deberá asimismo disponer de una forma práctica de canalizar dicha concepción de modo que sus institucionalizados puedan llegar a asumirla como propia, como la versión verdadera del sentido último de sus vidas, y dicha forma práctica va a consistir en la muy peculiar forma que adopta la terapia psicoanalítica.

La impostura freudiana, de Juan Bautista Fuentes; Encuentro, 2009 (pgs. 15-16).

Una mujer que cae en manos de un psicoanalista se vuelve inadecuada para cualquier uso, lo he comprobado muchas veces. No hay que considerar este fenómeno un efecto secundario del psicoanálisis, sino simple y llanamente su efecto principal. Con la excusa de reconstruir el yo los psicoanalistas proceden, en realidad, a una escandalosa destrucción del ser humano. Inocencia, generosidad, pureza… trituran todas estas cosas entre sus manos groseras. Los psicoanalistas, muy bien remunerados, pretenciosos y estúpidos, aniquilan definitivamente en sus supuestos pacientes cualquier aptitud para el amor, tanto mental como físico; de hecho, se comportan como verdaderos enemigos de la humanidad. Implacable escuela de egoísmo, el psicoanálisis ataca con el mayor cinismo a chicas estupendas pero un poco perdidas para transformarlas en putas innobles, de un egocentrismo delirante, que ya sólo suscitan un legítimo desagrado. No hay que confiar, en ningún caso, en una mujer que ha pasado por las manos de los psicoanalistas. Mezquindad, egoísmo, ignorancia arrogante, completa ausencia de sentido moral, incapacidad crónica para amar: éste es el retrato exhaustivo de una mujer ‘analizada’.

Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq; Anagrama, 1999; pgs. 115-116.

Reclining Woman 1961 Francis Bacon 1909-1992 Purchased 1961 http://www.tate.org.uk/art/work/T00453

‘Reclining Woman’, de Francis Bacon (1961)

LA CHESTERTONADA

A xornada do martes promete ser apaixoante…

Así está escrito en mi diario, el sábado 21 de abril de 2007.

La jornada del martes devino un caluroso y radiante día de primavera. En esa época, andaba yo redactando el capítulo dedicado a la evolución para mi trabajo de DEA. Como descanso, leía los diarios de Jünger.

Una asociación de jóvenes estudiantes de izquierdas había organizado un debate sobre El hombre que fue jueves y había pedido su participación a dos profesores de la facultad. Uno de ellos era el hombre que me dirigía el doctorado: Juan Bautista Fuentes Ortega. Mi entrenada alma de marxista-leninista sospechaba que aquella invitación no escondía otra cosa sino una encerrona para hacer público escarnio de mi maestro, quien había dado recientemente un giro de 180 grados, abandonando el marxismo que había defendido casi toda su vida, para dirigirse -sobre todo de la mano de San Gilberto- de regreso hacia el pensamiento católico. Años después, mis sospechas fueron confirmadas por alguien que también vivió aquella jornada.

Y sí, aquel 24 de abril de 2007 fue realmente apasionante. Me recuerdo caminando detrás de mi maestro y entrar en el aula repleta de estudiantes donde se iba a celebrar el acto. Yo me encontraba al borde de un ataque de nervios. He de confesar que no era demasiado optimista; a pesar de conocer la potencia retórica del maestro, seguía yo sintiendo esa peculiar vergüenza del converso reciente, excesivamente preocupado por dar la talla en la lucha de apariencias contra el bando que acaba de dejar atrás; lo que demuestra más inseguridad y falta de auténtica fe que otra cosa, pero que no deja de ser una fase natural en ese tipo de circunstancias. Ya en la mesa, el profesor miró a los cuatro rincones del aula (incluso los alféizares servían de asientos) y me dijo con gesto serio: Esto es importante… Esto es importante…

La primera intervención confirmó que allí no se iba a debatir El hombre que fue jueves, sino las nuevas ideas filosóficas de Juan Bautista Fuentes. Era (es) uno de los profesores con mayor tirón entre los estudiantes (a pesar del cambio) y no se podía permitir que siguiese alentando desde su cátedra el estudio de la doctrina católica.

Mi preocupación se mezclaba con una creciente tristeza, porque a nadie le gusta ver sufrir a la gente que quiere. Pero entonces comenzó la intervención de mi maestro.

Hablando sobre aquel acto, a veces muchos años después, siempre me ha llamado la atención la disparidad de opiniones sobre el resultado de aquel combate dialéctico. Para mí, la actuación de Fuentes fue de tal calibre, que a veces se me olvida que hubo otro profesor en la mesa. Pero sé que no es una opinión generalizada. Porque no es una opinión objetiva. De hecho, ni pretende, ni quiere serlo. Así que, cada uno presa de sus propios prejuicios, ve la fiesta según le va en ella.

Pero sí creo que aquello fue un antes y un después en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Si Fuentes no había convencido a todos, lo que sí había hecho era ganarse su respeto. A pesar de su giro reaccionario.

Me quedan imágenes muy bellas de aquel día: Fernando, Gabriel y Nacho, sentados en la tarima cerca de Fuentes, a modo de atenta guardia de corps; los múltiples corrillos de gente comentando lo escuchado, en la bella luz de un atardecer primaveral, echando unos cigarrillos antes de que terminara el descanso de la sesión; ese silencio casi místico que invadió el aula abarrotada cuando el maestro se preguntó a sí mismo si creía en Dios.

Las relaciones humanas son complicadas; básicamente, porque son protagonizadas por hombres y mujeres. Lo cual implica casi siempre un riesgo elevado de fracaso y desastre. Pero, a pesar de todo, yo tengo bastante claro que estos recuerdos me provocarán una sonrisa hasta el final de mis días. Y que va a ser difícil que ningún hombre me despierte el mismo nivel de admiración que Juan Bautista Fuentes me hizo sentir durante aquella intervención, el 24 de abril de 2007. Hace hoy ocho años.

Para terminar, me gustaría recordar las palabras de Sancho al final de El Quijote, que nuestro maestro nos leyó un día para poner fin a una de sus formidables clases de doctorado.

No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

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