El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: JUAN BAUTISTA FUENTES

CAD 7

Salgo a dar una vuelta, para bajar la cena y matar el aburrimiento.

Cuando uno vuelve a vivir en el Barrio de su juventud, los paseos abandonan el ámbito de las meras tres dimensiones y pasan a tener cuatro: el tiempo se convierte en protagonista, haciendo brotar un recuerdo en cada vistazo que uno le echa al mundo alrededor.

Durante el paseo, he vuelto a cruzar por delante del edificio de la foto. Es el CAD de Hortaleza. CAD significa: Centro de Atención al Drogodependiente. Lo visité no pocas veces, hace casi veinte años.

Durante un viaje a Galicia, me cogieron con media bellota de hachís en un parque de Santiago de Compostela. Me sorprendió a traición un policía de paisano mientras me liaba un porro; digo a traición porque ni siquiera Mortadelo se habría disfrazado mejor de abuelo de parque. Me cogió completamente desprevenido, ese agente a punto de jubilarse.

Poco tiempo después, llegaba a mi casa madrileña una alegre carta con su peculiar versión de la diatriba de las pastillas de Matrix: si elegía la pastilla roja, tenía que pagar una multa; si escogía la azul, el premio era un proceso de desintoxicación en el CAD más cercano. Yo, de natural pobre, opté por la pastilla azul.

Como el caso era bastante común entre los jóvenes de mi generación, pude oír docenas de historias que me decían que el trámite era una parida y con un fin de semana de charlas quedaría limpio de polvo y multa. Pero claro, nadie había oído hablar del CAD 7, el de Hortaleza, mi Barrio.

Resultó ser el CAD más eficiente de Madrid. Sus funcionarios se tomaban muy en serio su trabajo. Nadie tardaba menos de nueve meses en librarse de la dichosa multa. Tenía que ir una vez a la semana. Según llegaba, me hacían un análisis de orina para confirmar que lo estaba dejando; para evitar trapicheos con el pis como los que se pueden ver en The Wire, teníamos que mear delante de un funcionario, que además siempre era una funcionaria. Lo cual complica bastante la paz de ánimo necesaria para alguien que quiere miccionar, he de decir.

Tras la meada semanal, tocaba una hora de sesión de grupo con todos los porreros del Barrio lo suficientemente torpes como para dejarse pillar liándose un canuto. La media de edad era de unos 18 años, salvo por la psicóloga, la asistenta social y un politoxicómano muy majo de unos cuarenta y tantos, al que habían bajado de división porque había conseguido concentrarse más en su trabajo de pintor de brocha gorda que en la ingesta de cocaína.

Como yo ya había tenido clases en la Facultad de Filosofía con el profesor Fuentes (ya sabéis… pertenezco a una escuela de pensamiento que considera que la psicología ni es una ciencia ni lo será jamás…) iba a mis reuniones de porreros anónimos con la tensión del militante, dispuesto a ignorar y/o despreciar cualquier tontería que la psicóloga y la asistenta social pudieran decir. Cuando comprendí que aquella actitud sólo iba a conducirme a pasar el resto de mi vida meando una vez a la semana delante de una funcionaria, decidí relajarme y dedicar aquella hora de charla a eso, a charlar.

Como había dejado de fumar hachís en cuanto me llegó la condenada carta, me convertí rápidamente en un alumno aventajado del sistema estatal de lucha contra la drogodependencia. Al mismo tiempo, para no perder habilidades básicas, durante los meses que estuve en tratamiento me dediqué a liarle los porros a los colegas.

El día que me liberaron, uno de ellos me esperó a la salida del CAD, con un canuto listo para ser encendido. Nos saludamos, me lo pasó junto con el mechero, y yo me lo encendí con una profunda y satisfecha calada. Después nos fuimos por ahí a celebrarlo.

La verdad es que yo nunca dejé las drogas. Más bien, se me cayeron. Por desidia o aburrimiento. En cualquier caso, sigo consumiendo algunas que me parecen esenciales para una buena vida: alcohol y tabaco.

Entiendo perfectamente que la gente se drogue de una forma desmedida en este mundo que nos hemos construido. Entre drogas ilegales, legales y las recetadas por el mafioso sistema fármaco-psiquiátrico, dudo que quede alguien sereno sobre la faz de la tierra.

Y no me extraña.

Entre otras cosas, he probado el éxtasis (el MDMA, no el de Santa Teresa), una única vez en la vida. La sensación de felicidad y plenitud es de una potencia tal, que resulta indescriptible. Todo es bueno, todo está bien, la vida es maravillosa, todos son mis amigos, todo tiene sentido. Exactamente igual que el típico eslogan de cualquier nueva campaña de evangelización de la Conferencia Episcopal. Pero claro, con la verdad química haciendo realidad lo que la Conferencia Episcopal sólo puede impostar con risas y sonrisas, éstas sí, estupefacientes.

En cualquier caso, mi Dios no es el de la Conferencia Episcopal, ni el de cualquier otra secta protestante. Se parece más al geniecillo maligno de Descartes. Goza viéndome caer, disfruta arrastrándome por el fango. Mi Dios tiene un negro sentido del humor.

Por eso precisamente creo en Él. Creo que realmente me ama cuando me humilla. Creo que realmente todo el mal que me hace acabará siendo mejor para mí.

En el fondo, creo que no me abandono a los paraísos artificiales porque amo profundamente, más de lo que soy capaz de entender, el sufrimiento que mi Dios me inflige. Quizá porque sólo en la plena consciencia del dolor puedo dar la medida auténtica de mi ser, sea ésta la que fuere, ante las tribulaciones que mi Dios me envía.

Sólo en la dramaticidad que el dolor y el sufrimiento permiten puede el mundo tener sentido.

Sólo en un mundo donde se puede estar mal tiene sentido la palabra mejorar.

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GUSTAVO BUENO

Ha muerto Gustavo Bueno.

Hace unos días, le sacaba una foto a la librería Quijote; la que durante muchos años fue la mejor librería de Ferrol. Y donde yo compré, en 1999, España frente a Europa.

La librería cerró, lo que yo leí como un signo de los tiempos. Estos tiempos que se oscurecen a cada día que pasa. Que nos van avisando de las tormentas por llegar.

El día que conocí a don Gustavo, antes de una conferencia que dio sobre España en nuestra Facultad de Filosofía, Juan Bautista Fuentes me pidió que me quedase con el maestro un momento; don Gustavo fue muy amable conmigo. No recuerdo nada de lo que me dijo, porque sólo recuerdo que me temblaban las rodillas a su lado; como si estuviese junto a un dragón.

España frente a Europa me obligó, a mi pesar, a tomarme en serio por primera vez el carácter católico del amasijo histórico-político al que pertenezco. Supuso la primera brecha seria en la percepción de la realidad que hasta entonces encarnaba.

Gustavo Bueno ha muerto dos días después de hacerlo su mujer. Este hecho basta para dar categoría a la persona. Y es que algunos ateos católicos siempre serán más ejemplares de lo que muchos creyentes católicos podremos aspirar a ser jamás. La Gracia sopla donde y como le place.

Descanse en paz, don Gustavo. Que Deus lle teña no seu colo.

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DETALLES DE UNA CONVERSIÓN A LARGO PLAZO

Es sobre las antinomias de la razón, sobre los escándalos del espíritu, sobre las rupturas del universo, sobre lo que fundo mi esperanza y mi fe.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1317.

“La contradicción entre virtú fortuna. Voluntad y determinación. Comprender la red de hechos contemporáneos para ajustarse a ellos. ¿Es lo único que nos queda? El político nunca podrá abarcar la totalidad de las causas; la fortuna, el destino, la necesidad, la determinación, siempre estarán presentes en las vidas humanas, en las existencias de las comunidades. Fortuna: el cúmulo de acontecimientos no previsibles. Toda voluntad humana está anclada en la imaginación. Toda planificación total y a largo plazo sólo puede acabar en delirio (estoy en el aula de Albiac, bien sûr). El príncipe, cap. XV. Rechazo de la proyección de repúblicas imaginarias. Pensar la política como una planificación del deber ser. ¿Sobre qué? ¿Apoyado en qué? Para Maquiavelo, ahí está la clave del desastre; quien imaginando lo que debería ser, olvida lo que es, se lanza a sí mismo -y a los que le acompañan- al vacío. Caps. XVII y XVIII. Spinoza  sólo reconoce como maestro en pensamiento político a Maquiavelo. Virtú es fuerza de composición, no de descomposición. No me apetecía ir a Lengua Española y Fonética; y me apetecía ver a Fuentes. Así que me dediqué a dar vueltas por la universidad, en su búsqueda. Quiso Dios que lo encontrara cerca de su despacho. Quedó en llamarme el próximo jueves y me recomendó Ortodoxia de Chesterton. No hay solución posible de la contradicción entre virtú fortuna. El problema reside en pensar que tenga que existir una síntesis; puesto que no hay síntesis posible. El ser humano vive en contradicciones brutales que no tienen ninguna solución. El catolicismo no piensa en un orden que esconda la variabilidad humana, sino que la asuma. Será utópico y maquiavélico al mismo tiempo (¿no es ésta la esencia de todas las religiones monoteístas?). El mismo hombre es radicalmente humilde y asquerosamente orgulloso. La esperanza nunca muere en el corazón católico; si muere la esperanza, desaparece el católico: queda el animal. Voluntad y Destino pertenecen por igual al mundo católico. ¿Cómo es posible? Es lindo que el hombre tenga que pensar que el Destino del universo quizá resida en su próxima decisión; y que, sin embargo, al mismo tiempo, piense que sus acciones no sirven para nada, porque ya todo está decidido.”

Escrito en mi diario el jueves 10 de marzo de 2005 (traducido del original gallego).

THe Passion of the Christ garden of olives

SIGMUND FREUD, DOCTOR DE LA IGLESIA

“The ignorant pronounce it Frood, to cavil or applaud.
The well-informed pronounce it Froyd,
But I pronounce it Fraud.”

Gilbert Keith Chesterton

…aquí estamos suponiendo que [la institución psicoanalítica] sólo ha podido gestarse y arraigar en una muy determinada situación socio-cultural e histórica, que vamos a identificar con la sociedad ‘modernista fin de siglo’ (en la transición entre el siglo XIX al XX), y en el seno de ciertas ciudades cosmopolitas características de dicha sociedad (como era el caso desde luego de la Viena finisecular), situación que vamos a caracterizar, a efectos de lo que aquí nos importa, por un proceso de desmoronamiento de las formas de vida comunitarias, y muy en especial de la que consideramos la piedra angular de dichas formas de vida, que es la familia, un desmoronamiento éste que conlleva necesariamente un proceso de desmoralización, es decir, de desfallecimiento de la fuerza moral de ánimo para restaurar dicha vida comunitaria y familiar. […] la institución deberá ciertamente disponer de una determinada concepción teórica del hombre, justamente aquélla que deslegitime por la raíz todo genuino sentido de la responsabilidad moral, y deberá asimismo disponer de una forma práctica de canalizar dicha concepción de modo que sus institucionalizados puedan llegar a asumirla como propia, como la versión verdadera del sentido último de sus vidas, y dicha forma práctica va a consistir en la muy peculiar forma que adopta la terapia psicoanalítica.

La impostura freudiana, de Juan Bautista Fuentes; Encuentro, 2009 (pgs. 15-16).

Una mujer que cae en manos de un psicoanalista se vuelve inadecuada para cualquier uso, lo he comprobado muchas veces. No hay que considerar este fenómeno un efecto secundario del psicoanálisis, sino simple y llanamente su efecto principal. Con la excusa de reconstruir el yo los psicoanalistas proceden, en realidad, a una escandalosa destrucción del ser humano. Inocencia, generosidad, pureza… trituran todas estas cosas entre sus manos groseras. Los psicoanalistas, muy bien remunerados, pretenciosos y estúpidos, aniquilan definitivamente en sus supuestos pacientes cualquier aptitud para el amor, tanto mental como físico; de hecho, se comportan como verdaderos enemigos de la humanidad. Implacable escuela de egoísmo, el psicoanálisis ataca con el mayor cinismo a chicas estupendas pero un poco perdidas para transformarlas en putas innobles, de un egocentrismo delirante, que ya sólo suscitan un legítimo desagrado. No hay que confiar, en ningún caso, en una mujer que ha pasado por las manos de los psicoanalistas. Mezquindad, egoísmo, ignorancia arrogante, completa ausencia de sentido moral, incapacidad crónica para amar: éste es el retrato exhaustivo de una mujer ‘analizada’.

Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq; Anagrama, 1999; pgs. 115-116.

Reclining Woman 1961 Francis Bacon 1909-1992 Purchased 1961 http://www.tate.org.uk/art/work/T00453

‘Reclining Woman’, de Francis Bacon (1961)

LA CHESTERTONADA

A xornada do martes promete ser apaixoante…

Así está escrito en mi diario, el sábado 21 de abril de 2007.

La jornada del martes devino un caluroso y radiante día de primavera. En esa época, andaba yo redactando el capítulo dedicado a la evolución para mi trabajo de DEA. Como descanso, leía los diarios de Jünger.

Una asociación de jóvenes estudiantes de izquierdas había organizado un debate sobre El hombre que fue jueves y había pedido su participación a dos profesores de la facultad. Uno de ellos era el hombre que me dirigía el doctorado: Juan Bautista Fuentes Ortega. Mi entrenada alma de marxista-leninista sospechaba que aquella invitación no escondía otra cosa sino una encerrona para hacer público escarnio de mi maestro, quien había dado recientemente un giro de 180 grados, abandonando el marxismo que había defendido casi toda su vida, para dirigirse -sobre todo de la mano de San Gilberto- de regreso hacia el pensamiento católico. Años después, mis sospechas fueron confirmadas por alguien que también vivió aquella jornada.

Y sí, aquel 24 de abril de 2007 fue realmente apasionante. Me recuerdo caminando detrás de mi maestro y entrar en el aula repleta de estudiantes donde se iba a celebrar el acto. Yo me encontraba al borde de un ataque de nervios. He de confesar que no era demasiado optimista; a pesar de conocer la potencia retórica del maestro, seguía yo sintiendo esa peculiar vergüenza del converso reciente, excesivamente preocupado por dar la talla en la lucha de apariencias contra el bando que acaba de dejar atrás; lo que demuestra más inseguridad y falta de auténtica fe que otra cosa, pero que no deja de ser una fase natural en ese tipo de circunstancias. Ya en la mesa, el profesor miró a los cuatro rincones del aula (incluso los alféizares servían de asientos) y me dijo con gesto serio: Esto es importante… Esto es importante…

La primera intervención confirmó que allí no se iba a debatir El hombre que fue jueves, sino las nuevas ideas filosóficas de Juan Bautista Fuentes. Era (es) uno de los profesores con mayor tirón entre los estudiantes (a pesar del cambio) y no se podía permitir que siguiese alentando desde su cátedra el estudio de la doctrina católica.

Mi preocupación se mezclaba con una creciente tristeza, porque a nadie le gusta ver sufrir a la gente que quiere. Pero entonces comenzó la intervención de mi maestro.

Hablando sobre aquel acto, a veces muchos años después, siempre me ha llamado la atención la disparidad de opiniones sobre el resultado de aquel combate dialéctico. Para mí, la actuación de Fuentes fue de tal calibre, que a veces se me olvida que hubo otro profesor en la mesa. Pero sé que no es una opinión generalizada. Porque no es una opinión objetiva. De hecho, ni pretende, ni quiere serlo. Así que, cada uno presa de sus propios prejuicios, ve la fiesta según le va en ella.

Pero sí creo que aquello fue un antes y un después en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Si Fuentes no había convencido a todos, lo que sí había hecho era ganarse su respeto. A pesar de su giro reaccionario.

Me quedan imágenes muy bellas de aquel día: Fernando, Gabriel y Nacho, sentados en la tarima cerca de Fuentes, a modo de atenta guardia de corps; los múltiples corrillos de gente comentando lo escuchado, en la bella luz de un atardecer primaveral, echando unos cigarrillos antes de que terminara el descanso de la sesión; ese silencio casi místico que invadió el aula abarrotada cuando el maestro se preguntó a sí mismo si creía en Dios.

Las relaciones humanas son complicadas; básicamente, porque son protagonizadas por hombres y mujeres. Lo cual implica casi siempre un riesgo elevado de fracaso y desastre. Pero, a pesar de todo, yo tengo bastante claro que estos recuerdos me provocarán una sonrisa hasta el final de mis días. Y que va a ser difícil que ningún hombre me despierte el mismo nivel de admiración que Juan Bautista Fuentes me hizo sentir durante aquella intervención, el 24 de abril de 2007. Hace hoy ocho años.

Para terminar, me gustaría recordar las palabras de Sancho al final de El Quijote, que nuestro maestro nos leyó un día para poner fin a una de sus formidables clases de doctorado.

No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

INGLATERRA

El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión.”

Carta de J. R. R. Tolkien al padre Robert Murray, 2 de diciembre de 1953 (‘Tolkien. Hombre y mito’, de Joseph Pearce; Minotauro, 2000; pg. 112)

 

Leí por primera vez ‘Las partículas elementales’ en el verano de 2000. Pero mi ejemplar tiene la siguiente anotación: “Xoves, dous de Novembro de 2000. El Puerto de Santa María”. Picado por aquella primera lectura, realizada gracias a la biblioteca de la Facultad de Filosofía, decidí poco tiempo después hacerme con el libro de Houellebecq. Recuerdo la primera relectura, en una biblioteca de la Universidad de Cádiz, donde estudiaba mi primo Fran. Aprovechando los descansos de mi curso de marinería -recién terminada la carrera, mi sueño era embarcarme y conocer mundo-, leía y subrayaba mi edición como si de un ensayo de filosofía se tratase.

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Esta foto tiene apuntado en el dorso: “1-XI-2000 Todos os Santos”. Se trata del penal de El Puerto, ahora casa-museo. En él estuvo preso uno de mis bisabuelos, padre de la madre de mi madre, por los hechos así relatados en el libro de Carlos Fernández, ‘El alzamiento de 1936 en Galicia’ (Ediciós do Castro, 132): “Al estallar la guerra civil, elementos de izquierda se dedicaron a recoger armas y los aparatos de radio por todo el municipio [Mugardos]. Nadie hizo resistencia, pero en la parroquia de Caamouco la familia conocida como los de Piñeiro, apellidada Otero, que vivía en un pazo, se negó a entregar las armas y la radio, se encerraron en su casa en unión del parroco y fueron asaltados a tiros, encontrando la muerte un hijo de la citada familia y el cura. Esto ocurrió en la noche del 21 al 22 de julio. Se quiso incendiar la casa y matar a todos sus habitantes, pero el cabo de Carabineros, Eladio Ramos, logró evitarlo, con la promesa de que procedería a la detención de los Piñeiro al día siguiente. Sin embargo, al conocerse en el pueblo que había triunfado el alzamiento, y asustados de lo que habían hecho, las fuerzas asaltantes se desmoralizaron y huyeron al mismo tiempo que entraban en Mugardos fuerzas de Artillería de El Ferrol, al mando del teniente don Manuel López-Sors.”

Mi bisabuelo, si la memoria familiar no se engaña, llegó a a estar condenado a muerte; pero sucesivas condonaciones de pena le permitieron volver con los suyos varios años más tarde, no sin antes pasar una buena temporada en la otra punta de la península, entre las paredes del edificio de la foto.

Las vueltas de la vida quisieron que dos de sus nietos, hermanos de mi madre, acabasen viviendo en El Puerto de Santa María. Y en casa de uno de ellos, mi tío Agustín, pasé aquel mes y medio del año 2000 mientras realizaba el curso de marinería en Cádiz.

En la década de los 60 del siglo XIX, un niño portuense llamado familiarmente Curro fue enviado a estudiar a Inglaterra, al Oratorio de San Felipe Neri en Birmingham. Esta institución había sido fundada por el sacerdote John Henry Newman, cuya ‘Apologia pro Vita Sua’ estoy leyendo estos últimos días. Unos años antes del viaje de Curro, John Henry Newman había abandonado el Anglicanismo, del que había sido una de las principales figuras teológicas durante el siglo XIX,  para convertirse al Catolicismo. Su ingente trabajo a favor de la ‘Reconquista’ católica de Inglaterra tuvo oficial reconocimiento el 19 de septiembre de 2010, cuando el Papa Benedicto XVI lo beatificaba en una multitudinaria Misa celebrada en Birmingham, durante el primer viaje oficial de un Sumo Pontífice a Inglaterra desde la Reforma Anglicana del siglo XVI.

Pienso mucho últimamente en la enorme influencia que el Catolicismo inglés está ejerciendo, desde hace algo más de un siglo. Resuenan las palabras del anglo-francés Belloc, en su ‘Europa y la Fe’: “El acontecimiento principal, el momento crítico en la gran lucha de la Fe contra la Reforma, fue la apostasía británica. Es éste un punto al que el historiador moderno, que es aún, normalmente, anticatólico, no concede ni puede conceder importancia. Y sin embargo, la apostasía de Gran Bretaña de la Fe de Europa, ocurrida hace trescientos años, es ciertamente el hecho histórico más trascendental de los últimos mil años, del periodo que media entre la salvación de Europa de manos de los bárbaros y nuestros tiempos.” (El Buey Mudo, pg. 207) Los frutos producidos por una rama en principio tan débil, dan prueba una vez más de lo estúpido que es el criterio de la cantidad a la hora de calificar adecuadamente los hechos de la existencia humana; ya no digamos al tratar de vislumbrar su dimensión trascendental. Pues un católico inglés, amigo y compañero de aventuras de Belloc, es, probablemente, el mayor regalo que la Gracia haya proporcionado a la Iglesia en los últimos tiempos.

Conocí a Chesterton (Magister Laetus, como magníficamente lo bautizó Fernando Muñoz) a través de la misma persona que me mostró a Houellebecq. Lo del francés fue una recomendación indirecta. Esa persona se lo recomendó a un conocido mío y éste me lo recomendó a mí, un día de fútbol veraniego. Años más tarde, acudí al despacho de Juan Bautista Fuentes -‘esa Persona’-, tras un tiempo de lejanía voluntaria. En la distancia, ambos habíamos empezado a dar un brusco giro al timón de nuestras respectivas naves. Graciosamente, descubrimos que los dos habíamos elegido el mismo rumbo. Y fue él el que me recomendó leer ‘Ortodoxia’.

Pero la crucial influencia del catolicismo inglés había comenzado en mi vida mucho antes, depositando semillas que sólo esperaban un jardinero adecuado.

Curro se llamaba Francisco Javier Morgan Osborne. Su padre era un galés que, como tantos otros británicos, se había establecido en El Puerto para dedicarse al negocio vinícola. Fue enviado a estudiar a Inglaterra, como ya he dicho, donde fue alumno de John Henry Newman en su Oratorio de Birmingham. En 1883 se ordenaba sacerdote. En 1904, el padre Curro se hacía cargo como tutor de dos hermanos, tras la trágica muerte de la  madre de éstos, y se los llevaba a vivir con él al Oratorio fundado por el padre Newman. Esos niños se llamaban Ronald y Hilary Tolkien.

Poco después de emigrar a Madrid, no sé si en 1988 o ya en 1989, me llamó la atención un libro anunciado en la revista del Círculo de Lectores. Según la descripción, estaba repleto de aventuras, magia, héroes, monstruos y hazañas. A pesar de la inmensa cantidad de páginas, le pedí a mi madre que me lo comprara. El libro, evidentemente, era ‘El Señor de los Anillos’. Y aquel niño de 11 años, que un tiempo antes se había negado a hacer la Primera Comunión -pese a que sus abuelas le habían prometido todos los regalos del mundo si lo hacía-, se leyó el libraco aquel en un mes.

No sé medir con exactitud la influencia de aquella temprana lectura. Me limitaré a decir un humilde ‘no poca’. Así que, cuando muchos años más tarde, me topé en las páginas de ‘Ortodoxia’ las reflexiones de San Gilberto sobre los cuentos infantiles de su niñera y lo opuestas que parecían las enseñanzas de éstos al mundo moderno, noté que un círculo se cerraba al leer: ‘Tardé mucho tiempo para descubrir que el mundo moderno se equivocaba y mi niñera no’.

2 de mayo de 2012

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