El sosiego acantilado

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Categoría: JOSEPH PEARCE

PARA DAR PERMANENCIA (UNA HISTORIA DE AMOR)

“El párroco se enfureció. El muchacho en quien había invertido tanto afecto y dinero lo había engañado y, además, descuidaba sus estudios muy poco tiempo antes del examen para obtener la beca que le permitiría entrar en Oxford. Llamó a Tolkien al oratorio y le exigió que pusiera fin a su romance con Edith. De mala gana, Tolkien accedió a terminar con la relación y el párroco hizo preparativos para trasladar a su pupilo a un nuevo alojamiento, lejos de la muchacha.

[…] Cuando tocaron las 12 de la noche del 3 de enero de 1913, Tolkien celebró su mayoría de edad sentándose en la cama y escribiendo a Edith por primera vez en 3 años. Era una nueva declaración de amor que culminaba con la pregunta que ocupaba el primer lugar en su pensamiento: ¿Cuánto tiempo pasará antes de que podamos unirnos otra vez, ante Dios y el mundo? 

La respuesta de Edith fue devastadora. Se había prometido al hermano de una antigua compañera de escuela.

Una vez superada la sorpresa inicial, Tolkien advirtió insinuaciones en la carta de ella que le daban esperanzas de volver a ganarla. Sólo se había comprometido con su novio porque había sido amable con ella. Sentía que estaba desperdiciando su vida, y había dejado de confiar en que Tolkien todavía quisiera verla después de que hubieran transcurrido los 3 años. Empecé a dudar de ti, Ronald –había escrito-, y pensé que no te preocuparías más por mí. 

El 8 de enero Tolkien viajó en tren hasta Cheltenham. Edith se encontró con él en el andén y caminaron por el campo de los alrededores. Al final del día había decidido romper su compromiso para poder casarse con Tolkien. Él empezó el nuevo trimestre en Oxford con una explosiva felicidad.

Obedientemente, escribió al padre Francis para informarle de que iba a casarse con Edith. Aguardó la respuesta del sacerdote con ansiedad, en parte porque todavía confiaba contar con su apoyo económico y en parte porque deseaba verdaderamente su bendición. El padre Francis respondió con ánimo resignado, si bien muy poco entusiasta, anunciándole su aceptación de lo inevitable.

[…] Hasta muchos años después, Tolkien no pudo poner todo lo ocurrido en una especie de contexto:

tenía que elegir entre desobedecer y hacer sufrir (o engañar) a un tutor que había sido un padre para mí, más que la mayoría de los verdaderos padres… o abandonar el asunto amoroso hasta que tuviera 21 años. No lamento mi decisión, aunque fue muy duro para mi enamorada. Pero ello no fue por culpa mía. Era perfectamente libre y ningún voto la unía a mí, y no me habría quejado… si se hubiera casado con otro. Durante casi 3 años no vi ni escribí a mi amada. Fue extraordinariamente difícil, doloroso y amargo, sobre todo al principio. Los efectos no fueron del todo buenos: recaí en la locura y el ocio y desperdicié gran parte del primer año pasado en la universidad. Pero creo que nada habría justificado el matrimonio sobre la base de un amor juvenil; y probablemente ninguna otra cosa habría fortalecido la voluntad lo bastante para dar permanencia a un amor semejante (por genuino que fuera ese amor verdadero).

[…] El funeral tuvo lugar en Oxford cuatro días después de su muerte, en la sencilla y moderna iglesia de Headingon, a la que había acudido con mucha frecuencia. Las oraciones y las lecturas fueron escogidas especialmente por su hijo John, que también ofició la ceremonia con la ayuda del padre Robert Murray, antiguo amigo de Tolkien, y el sacerdote de su parroquia, monseñor Doran. Fue enterrado junto a su esposa en el cementerio católico de Wolvercote, a unas pocas millas de Oxford. La inscripción de la lápida de granito dice: Edith Mary Tolkien, Lúthien, 1889-1971, John Ronald Reuel Tolkien, Beren, 1892-1973.

[…] Las últimas palabras se las cedo al propio Tolkien, que las escribió en una carta a uno de sus hijos:

Desde la oscuridad de mi vida, tan frustrada, pongo delante de ti lo que hay en la tierra digno de ser amado: el Bendito Sacramento… En él hallarás el romance, la gloria, la fidelidad y el verdadero camino a todo lo que ames en la tierra, y más todavía: la Muerte; mediante la divina paradoja, esa que pone fin a la vida y exige el abandono de todo y, sin embargo, mediante el gusto (o el pregusto) de aquello por lo que sólo puede mantenerse lo que se busca en las reacciones terrenas (amor, fidelidad, alegría) o captar la naturaleza de la realidad, de la eterna resistencia que desea el corazón de todos los hombres.

Tolkien. Hombre y mito, de Joseph Pearce; Minotauro, 2000; pgs. 40-41, 46-47, 43, 217-218, 218.

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EL SANTO TITIRITERO

Real y verdaderamente os digo, señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don Gaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno.

Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; 2ª parte, capítulo XXVI; Alfaguara, 2004; pg. 757.

“Uno de los pasatiempos preferidos era el teatro de juguete que había fabricado Chesterton recortando y pintando los personajes y el escenario. Ideaba muchos argumentos para las representaciones; las dos más populares eran San Jorge y el dragón Los sietes paladines de la cristiandad. Él reconocía francamente que se divertía tanto como los niños jugando con el teatro. Eso mismo corrobora la hija de Belloc, Eleanor Jebb, que recuerda a Chesterton: En el cuarto de los niños, sentado peligrosamente en una silla demasiado pequeña para su enorme corpachón, haciendo revivir sus marionetas y narrando con voz de trueno romances y trifulcas, con los que se reía casi más que nosotros.”

G.K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, de Joseph Pearce; Encuentro, 2009; pg. 152.

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SAM

“Después de la boda disfrutaron de una semana de luna de miel en Somerset pero, tal como esperaban, al cabo de unas semanas la noticia de que el batallón de Tolkien estaba destinado a la matanza del Somme empañó su felicidad.

[…] Tolkien fue rescatado del horror bestial por una fiebre de origen desconocido, como lo llamaron los oficiales médicos. Para las tropas era simplemente fiebre de las trincheras. Lo licenciaron y regresó a casa, agradecido por haber escapado de la pesadilla. Muchos de sus amigos no tuvieron tanta suerte y se unieron a las filas de los cuerpos que cubrían la tierra de nadie.

Entre las persistentes imágenes negativas que lo acosarían durante años, Tolkien guardó al menos una imagen positiva que inspiró uno de los personajes más entrañables de El Señor de los Anillos: Mi ‘Sam Gamyi’ –escribió muchos años después-, es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los asistentes y soldados rasos que conocí en la guerra de 1914, y que me parecieron muy superiores a mí mismo.”

                        Tolkien: hombre y mito, de Joseph Pearce; Minotauro, 2000; pgs. 51, 52.

Alexandra & Sean Astin and Sarah & Maisy McLeod as Elanor, Sam, Rosie, & 'Baby Gamgee', Final scene, ROTK. (Sam and Rosie's second child was a male named Frodo)

TODAVÍA NO ME HE ROCIADO DE GASOLINA

“El 20 de febrero [de 1966], el Sunday Telegraph informaba que Waugh se hallaba en vías de recuperación después de un angustioso año de melancolía nerviosa debida a la pena provocada en él por los cambios de la liturgia católico-romana que habían despojado a la misa de su latinidad tradicional. Lo cierto es que Waugh distaba mucho de estar recuperándose. He envejecido mucho estos dos últimos años, le escribía a Lady Diana Mosley en una carta de fecha 9 de marzo. No estoy enfermo, pero sí muy débil. No tengo ganas de ir a ningún sitio ni de hacer nada, y sé que soy un aburrimiento. El Concilio Vaticano [II] ha podido conmigo. Tres semanas después volvía a escribirle con la Semana Santa y el triduo de Pascua en la cabeza: La Pascua significaba mucho para mí. Antes del Papa Juan [XXIII] y de su Concilio: ellos han acabado con la belleza de la liturgia. Todavía no me he rociado de gasolina y me he prendido fuego, pero ahora tengo que aferrarme tenazmente a la fe sin ninguna alegría.

Incapaz de enfrentarse a la nueva liturgia, Waugh pidió a su viejo amigo de Downside, Dom Hubert van Zeller, que celebrara para él una misa privada en latín el domingo de Pascua. Pero el abad se opuso a ello arguyendo que, en ese momento, Dom Hubert debía estar presente con el resto de la comunidad. Entonces, Waugh le pidió lo mismo al padre Philip Caraman, su amigo y confidente durante sus últimos y difíciles años, que le visitaba con frecuencia y a quien Waugh describía como una visita paciente y amable. Caraman era jesuita y no necesitaba permiso de su superior, y aceptó enseguida.

El 10 de abril, Domingo de Pascua, a las diez de la mañana, el padre Caraman celebró misa en latín en la capilla católica de Wiveliscombe -a unas cinco millas de la casa de Waugh-, a la que tan solo asistieron la familia de este y unos cuantos amigos. Al salir de la iglesia, muchos de los presentes se fijaron en lo contento que estaba Waugh. El padre Caraman puso de relieve su serenidad y su alegría, como si la depresión se hubiese evaporado o como si acabara de salir de una noche oscura del alma: Se mostraba bondadoso y en paz consigo mismo, con esa tranquila serenidad que los sacerdotes solemos encontrar en quienes se están muriendo. Aproximadamente una hora más tarde, Waugh fallecía víctima de un ataque al corazón.

Creo que llevaba mucho tiempo rezando por su muerte, y esta no ha podido ser ni más hermosa ni más feliz, escribió su esposa a Lady Diana Cooper, así que solo puedo dar gracias a Dios por Su misericordia… Pero nuestras vidas nunca volverán a ser las mismas sin él.

Su hija Margaret también escribió a Lady Diana Cooper con palabras de gozo más que de pesar:

No estés muy triste por papá. Creo que ha sido como un milagro. Ya sabes cuántos deseos tenía de morir; y hacerlo el domingo de Pascua, cuando toda la liturgia habla de la muerte y de la resurrección, y después de oír la misa en latín y de recibir la Sagrada Comunión, es exactamente lo que él quería. Estoy segura de que en misa pidió por su muerte. Estoy muy contenta por él.

Escritores conversos, de Joseph Pearce; Palabra, 2006; pgs. 430-431.

MEMENTO, HOMO

“La casa de Belloc es bastante espaciosa, pero cochambrosa y desoladora… Belloc ha aparecido arrastrando los pies -desde el infarto cerebral le cuesta mucho caminar- e increíblemente desaliñado… murmurando para sí y olvidando lo que acaba de decir hace un momento; con barba y ojos iracundos y enojados… Nada que ver con un hombre sereno. Aunque se ha pasado la vida hablando de religión, no parece que quede mucha en él… me ha recordado al rey Lear.”

De los diarios de Malcolm Muggeridge, citados por Joseph Pearce en su libro Escritores conversos; Palabra, 2006; pg. 507.

'Visitando a la abuela', de Denis Ichitovkin

‘Visitando a la abuela’, de Denis Ichitovkin

AGORA XA FOI

La autora me envió un ejemplar de su estudio recién publicado “Conciencia política e literatura galega en Madrid (1950-2000)” (Xerais, 2014). Formo parte en el mismo de la nómina de informantes y me descubrí citado como miembro activo de la militancia nacionalista gallega en Madrid, en los años que asistieron al cambio de milenio. Los datos proporcionados provienen de un intercambio epistolar de los años 2007-2008, cuando yo ya había abandonado el BNG e iba avanzando en mi proceso de conversión, del que la propia autora estaba siendo testigo, a través de las citas y reflexiones que le hacía llegar vía telemática.

Poco antes, por otro lado, había leído la autobiografía de Joseph Pearce -encarecidamente recomendada por el buen Alfonso-, con el que comparto un pasado de militancia política que ambos observamos con crítica lejanía.

Al agradecerle el envío del libro a la autora, le dije: aunque fueron años de muchos errores -y eso no es bueno-, fueron también años de mucho aprender: y eso es maravilloso.

Me sorprendió, no obstante, verme ocupar un lugar en un sesudo estudio académico, por cosa tan ridícula. Pero supongo que es así como se construyen las historias y las identidades. En el ruido de este mundo caído, las cosas son importantes, si alguien las considera importantes. Y en esta época democrática, la opinión de las muchedumbres cree tener los derechos propios de los hechos cuantitativamente minúsculos de la Historia de la Salvación.

¿Por qué me hice militante nacionalista? En ese momento, fue mi modo de enfrentarme al mundo moderno. Religiosamente tullido, mi necesidad de veneración se desplazó hacia mi infancia, una arcadia gallega con aldeas cuasi-medievales, en la que los obreros de los astilleros atravesaban la carretera de Ferrol a Mugardos, manifestándose en contra de la reconversión industrial.

“Ven”, me dijo mi tía Lolita, “vamos a ver pasar al tío Antonio, en la manifestación”; y allí íbamos, al principio de la corredoira, para ver pasar a mi luchador tío comunista. Y yo, más tarde, le cantaba “¡Felipe, Guerra, Astano no se cierra!”; y mi tío se meaba de la risa.

Yo había sido arrancado de Galicia, porque mi madre había encontrado trabajo en Madrid. De la misma forma que se me había arrancado el gallego, porque, como me dijo mi abuela, “con el gallego no se come”.

La Modernidad arrasaba todo lo pequeño a su paso, homogeneizando vidas y naciones, cortando las raíces, espirituales y económicas, de millones.

Mi juvenil forma de rebelión, adolescente e ignorante, pero sincera, fue hacerme nacionalista gallego. Profundizar en mi rechazo al mundo moderno me haría abandonar, más tarde, el nacionalismo, cualquier rastro de marxismo y, en general, cualquier idolatría propia de la desquiciada política contemporánea.

Pero, mientras fui nacionalista, intenté serlo lo mejor posible. Responsable de organización del BNG de Madrid, asistente a asambleas nacionales, gastándome el dinero ganado en mis fines de semana porteriles para viajar en avión hasta Galicia durante las elecciones, organizar y participar en manifestaciones, encierros, ocupaciones; una detención, un ojo morado durante un par de semanas, conocer a importantes sindicalistas, políticos y miembros relevantes de la cultura gallega, discutir con delegados del gobierno, pegar carteles y agitar banderitas cuando conectaban las televisiones con el mitin en curso; presentaciones de libros y conferencias, llevar bollos hechos por mi madre a los trabajadores de Sintel acampados en la Castellana, grabar un “Viva Galiza Ceibe” en los calabozos de la comisaría de Moratalaz, pasar noches en vela a base de Ducados, discutir sobre estrategia leninista con los conmilitones; cantar el “Grândola vila morena” a grito pelado con jóvenes comunistas portugueses en un tugurio de Santiago, mientras Roi dirige el coro subido en una mesa…

Estaba equivocado, pero todo era divertidísimo. Una constante aventura. Y, lo más importante de todo, profunda experiencia de vida.

Al leer a Joseph Pearce, detecté también en la descripción que hace de sus años de racista británico ese melancólico entusiasmo por la actividad frenética del militante convencido. Creo que ambos nos arrepentimos de lo mismo: haber gastado aquella impresionante fuerza juvenil en objetivos tan erróneos y pecaminosos.

En cualquier caso, como decimos en Galicia, agora xa foi.

Pasan os homes e a terra queda,
e na terra o rastro dos traballos,
das bágoas…, das ledicias
dos que viviron antes ca nós.
Antón Losada Diéguez

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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