LAS ACTIVIDADES SIGNIFICANTES DE ESOS CUERPOS

En la página 32 de mi trabajo final para la obtención del Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía, escribía yo:

Aunque poseedor de un vasto conocimiento sobre cualquier tipo de cuestión neurológica, la especialidad de Panksepp es la psiquiatría. Su modo de acercamiento a las cuestiones fundamentales de la emocionalidad humana se ha basado en trabajos de laboratorio fuertemente invasivos con animales. En 1998 aparecía su Affective Neuroscience, que puede ser considerado como el tercer hito de la Affect Revolution acaecida durante la pasada década de los 90.

Mi trabajo se titulaba Discursos actuales de la Biología: las fronteras de la cuantificación. Y el año de estudio, investigación y escritura que dediqué para su redacción fue uno de los más felices de mi vida. Si en algún momento de mi existencia me he sentido efectivamente un filósofo, fue durante aquel año. Y el resultado de aquel año fue un texto que aún me gusta releer de vez en cuando y del que no puedo negar que me siento bastante orgulloso.

Hoy he descubierto que Jordan Peterson considera a Panksepp un genio y que recomienda encarecidamente la lectura de su Affective Neuroscience. En mi trabajo, yo hablaba de Panksepp en el segundo capítulo, dedicado a los debates contemporáneos en el ámbito de la neurobiología. Citaba su obra junto a la de Antonio Damasio y Joseph LeDoux, como tres referentes de un nuevo camino en ese campo de investigación; así, en la página 33:

Insistimos: en estos investigadores no se produce una clausura reduccionista del dualismo de tradición cartesiana, ni de las ambigüedades aristotélicas respecto de los dos intelectos humanos; en estos investigadores está cuajando una concepción del ser humano en la que la somaticidad, los cuerpos de los hombres y las mujeres, recobran completamente su unidad sustancial, resituando los diversos elementos que componen la personalidad humana en una tensa conjugación que se resuelve finalmente en las actividades significantes de esos cuerpos.

Escuchar a Jordan Peterson en la primera conferencia que dedica al estudio de la Biblia me ha traído muchos recuerdos de aquel maravilloso año de estudio universitario. He vuelto a sentir esa intución profunda de que el conocimiento científico en ningún caso imposibilita mi pasión teológica; más bien al contrario, la sitúa en el camino adecuado; sobre todo, paradójicamente, por humilde. Porque la buena ciencia es humilde, pues hace muchos esfuerzos para no hablar sin sentido. La buena ciencia es una de las mejores formas de proteger el misterio, porque pone límites estrictos a lo que un ser humano puede realmente conocer.

Releo el final de aquel trabajo universitario, que ya hice entrada (con unos ligeros retoques) años atrás, y me descubro profundamente cercano a Jordan Peterson. Cuando le escucho hablar, en la misma frase, de la verdad contenida en los cuentos de hadas y del momento de separación evolutiva entre seres humanos y chimpancés, me siento en casa. Y feliz.

No queda otra cosa que buscar en YouTube, reproducir y gozar. A Dios gracias.

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