El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: JOSÉ ANTONIO

PRADO ESTEBAN DIEZMA

Muchas veces se ha hecho explícito en este blog un posicionamiento existencial que comparto con algunas personas, a las cuales trato de mantener todo lo cerca que este mundo permite. Enraizados en el Catolicismo, con posturas morales y éticas que nos encuadran en eso que el común suele catalogar de derechas, nuestra actitud política, sin embargo, podría considerarse furibundamente anti-sistema. Contemplando por igual a estado y mercado como enemigos formidables a los que combatir, nos podemos llegar a sentir más cercanos a la tradición de lucha anarquista que al colaboracionismo con el mundo actual que practica el 90% de la feligresía católica realmente existente.

En ningún caso se trata de una necesidad de epatar, ni de sentirnos extraordinarios. Creemos sinceramente que es pura coherencia con la doctrina social tradicional de la Iglesia Católica; la misma que llevó, por ejemplo, a miles de campesinos españoles a encuadrarse en las partidas de guerra carlistas para enfrentar la modernidad que destruía sus formas consuetudinarias de vida.

A la derechona -como le gustaba llamarla a José Antonio-, ese mejunje pútrido de burguesía especuladora con adornos de catecismo, que clama contra la destrucción de la familia mientras reduce salarios haciendo inviable cualquier sostén económico de padres y madres, sería capaz de asesinarla con mis propias manos desnudas.

Hemos conocido a través de José Carlos Aguirre a una mujer anarquista española que nos ha producido un impacto formidable. Y que nos confirma que, en el estado actual de cosas, hay que buscar compañeros de lucha en lugares, en principio, insospechados.

Sin embargo, desde nuestro punto de vista, el que hemos ido construyendo juntos durante años, todo tiene sentido. Todos los que tienen al demonio como enemigo, son mis amigos. Y el que no entiende que, ahora mismo, estado y mercado son dos caras del demonio, no entiende nada.

Allá ellos.

COMÚN LA CONVERSACIÓN

Acabo de empezar la lectura de Rosas de plomo (Jesús Cotta; Stella Maris, 2015) y no me abandona en casi ninguna página el nudo en la garganta ni la humedad en las pupilas.

Quede claro que casi todos los patriotas y aduladores de las virtudes del pueblo llano me sacan de quicio. Hay muy pocos hombres que me hagan sentir sinceridad en sus encendidas proclamas de redención nacional y/o popular.

Pero hay excepciones. Me emociona sobremanera un campesino gallego pidiendo justicia a Dios, dibujado por Castelao. Me emociona la salvaje búsqueda de justicia para el pueblo español que destilan cada acto y cada palabra de José Antonio Primo de Rivera; a pesar de todos sus errores y precipitaciones (no tantos como la masa ignorante sospecha), su honestidad fue puesta constantemente a prueba durante años, hasta el sacrificio final.

Y me emocionan estas palabras dichas por Lorca al periodista Octavio Ramírez el 28 de enero de 1934 (pg. 36):

“…¿qué Gobierno cualquiera que sea su orientación política, va a desconocer la grandeza augusta del teatro clásico español, de nuestro mayor timbre de gloria, y no va a comprender que es el más seguro vehículo de la elevación cultural de todos los pueblos y todos los habitantes de España?”

Y en la página 43 podemos leer lo siguiente:

“Ante el periodista Enrique Moreno Báez, en 1933, afirma emocionarle el vivo entusiasmo con que el público sano y campesino acoge y entiende los autos sacramentales de Calderón, como si no hubieran pasado siglos desde que fueron escritos, y que en ese público ha encontrado más cordialidad que en las capitales, porque nuestro teatro clásico es moderno y antiguoeterno como el mar y el campesino plenamente intuye la calidad mágica de sus versos.”

Como decía Jorge Guillén, hablando de la obra de Góngora:

“El poeta debe someterse a un canon y continuar un estilo. Góngora hace suyo ese estilo agravando su magia y acumulando sus primores. Pero ninguna malicia de composición despunta como un estreno en el poema gongorino. Todo tiene sus lejanos o próximos antecedentes griegos, latinos, italianos, españoles. […] Nuestro gran andaluz debió de encarnar el tipo de hombre que principia por revisar en una etapa problemática los fundamentos de su empresa. De suerte que el arte de los predecesores le parecerá un resultado preparatorio donde los elementos poéticos se combinan con otros pertenecientes a las maneras del orador y del historiador. Habrá, pues, que eliminar lo común y reforzar lo genuino y distintivo. En este punto Góngora se aproxima al remoto, muy remoto, Mallarmé: ‘Je n’ai créé mon ouvre -decía en una carta de 1867- que par élimination‘. La suma lograda será nueva, novísima, escandalosamente novedosa. En ella entraba, factor primordial, el quid divino, el genio de aquel hombre, quien encarna un tipo muy hispánico: el extremista de la tradición.”

Este texto me trae al recuerdo no pocas conversaciones con mi mujer, respecto de la creación artística, la originalidad y la oscurantista búsqueda moderna de la novedad -a través de una eterna y cansina acumulación de transgresiones adolescentes-. Pero Lorca y José Antonio sabían que el auténtico crecimiento del árbol al que uno pertenece no puede prescindir del propio árbol; y que sólo asegurando la recepción de la savia que recorre ramas vetustas y un tronco bien enraizado, pueden el poeta y el hombre florecer y dar fruto.

Ese árbol hermoso que es España, llaga que no sana nunca -como de Cuerpo Glorioso-, y que en el azote del vendaval canta a sus hijos con el rumor de hojas antiguas:

Supuesto que es esta vida

una representación,

y que vamos un camino

todos juntos, haga hoy

del camino la llaneza,

común la conversación.

No hubiera mundo a no haber

esa comunicación.

En estos versos de El gran teatro del mundo de Calderón parece apelarse a la, al parecer imposible, íntima conexión espiritual de ese par de extremistas de la tradición, que tan inclasificables parecen precisamente porque no sueñan con pasados abolidos, sino que cazan sombras sagradas sobre las colinas eternas. ¿Y cómo no iba a ser posible la comunicación entre dos hombres que amaban desde la misma fuente? Esa fuente que Lorca cantó en homenaje de un formidable músico católico, un tal Manuel de Falla, en su Oda al Santísimo Sacramento del Altar:

Es así, Dios anclado, como quiero tenerte.
Panderito de harina para el recién nacido.
Brisa y materia juntas en expresión exacta,
por amor de la carne que no sabe tu nombre.

Es así, forma breve de rumor inefable,
Dios en mantillas, Cristo diminuto y eterno,
repetido mil veces, muerto, crucificado
por la impura palabra del hombre sudoroso.

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CATOLICISMO Y ESTADO MODERNO (II)

“Las dictaduras, papá, tienen sus leyes físicas propias, que las hace deslizarse por una rampa hacia su irrenunciable manera de ser. Tú rociaste de catalanismo tu manifiesto inaugural y tus primeros pasos. Y luego fuiste rodando hacia un centralismo absoluto. Pensaste en un movimiento patriótico, y te ha salido una cofradía devota. Hablaste de unas Cortes representativas y sinceras, y hemos tenido una Asamblea con aire de tertulia casera. Tú mismo tienes la sensación de que no podrás hacer nada heroico frente a planteamientos tan pequeñitos. No importa ya que la violencia pueda ser eficaz, es tarde para lo que importa, sería grave e injusta. Napoleón quiso ser moderado y legalista y la rampa que digo le llevó al fusilamiento del duque d’Enghien, que había provocado un levantamiento monárquico que apenas había empezado. También la rampa delirante llevó a Mussolini, que quiso empezar con leyes y elecciones, al asesinato del jefe de la oposición, Matteotti. Es una ley física como la de la gravedad.”

Palabras dichas por José Antonio Primo de Rivera a su padre, según el testimonio de José María Pemán; del libro José Antonio: entre odio y amor, de Arnaud Imatz; editorial Áltera, 2006; pgs. 496-497.

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