El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: JORDAN PETERSON

IN STERQUILINIIS INVENITUR

In sterquiliniis invenitur (se encuentra en la suciedad). Se trata, tal vez, del primer mandamiento alquímico. Lo que más falta nos hace siempre se encuentra donde menos queremos buscarlo. Se trata, realmente, de una cuestión de definición. Cuanto más profundo es el error, más difícil es la revolución -más miedo e incertidumbre se liberan como consecuencia de la reestructuración-. Las cosas que son más informativas también son con frecuencia las más dolorosas. En esas circunstancias, es fácil salir huyendo. Pero el acto de huir transforma lo desconocido ambivalente en aquello que resulta demasiado aterrador para afrontarlo. La aceptación de la información anómala aporta terror y posibilidad, revolución y transformación. El rechazo del hecho insoportable asfixia la adaptación y estrangula la vida. Escogemos un camino u otro en cada punto de decisión de nuestra vida, y acabamos siendo la suma total de nuestras decisiones. Al rechazar nuestros errores, ganamos una seguridad a corto plazo, pero renunciamos a nuestra identidad con el proceso que nos permite trascender nuestras debilidades y tolerar nuestras vidas dolorosas y limitadas.”

Mapas de sentidos. La arquitectura de la creencia, de Jordan B. Peterson; Ariel, 2020; pg. 650.

Comentario de mi hija al libro de Jordan Peterson (en un momento de despiste mío).

SEMÁNTICA DEL ACANTILADO

“La idea del paraíso comprende algo más que el ‘lugar previo de estabilidad’. Es, de hecho, todos los lugares previos de estabilidad, concatenados en una representación simple. Todo lugar previo de estabilidad se convierte, así, en orden como tal, perfectamente equilibrado con potencial: se vuelve existencia sin sufrimiento, en Edén o Paraíso, en el ‘jardín tapiado de las delicias’ (en hebreo, edén significa ‘delicia’, ‘lugar de delicias’… Nuestra propia palabra, paraíso, que deriva del persa pairi (alrededor) y daeza (muro, tapia), significa exactamente un recinto cerrado. Así pues, al parecer, el Edén es el jardín tapiado de la delicia). El paraíso es el lugar en el que la perfecta armonía del orden y el caos elimina el sufrimiento al tiempo que satisface las necesidades y placeres de la vida sin trabajo ni esfuerzo. El caos y el orden están integrados perfectamente en el estado paradisíaco.

Por tanto, el paraíso también participa del estado del ‘cosmos’ antes de su división en los elementos, siempre en guerra, constitutivos de la experiencia. Esa condición o estado urobórico, conceptualizado como una manera de ser que está libre o más allá de la oposición, también es necesariamente ese lugar o estado del ser en el que el sufrimiento -como consecuencia de limitación o de oposición- no existe. Esa forma de representación simbólica parece algo paradójica, pues es el ‘dragón del caos’ el que genera la ansiedad temible cuando se manifiesta inesperademente. Sin embargo, el contexto determina la prominencia -determina el significado- en la mitología también, como en cualquier parte. Las condiciones de la experiencia, es decir, el equilibrio obtenido por las fuerzas del orden, el caos y la consciencia, parecen no con poca frecuencia como intolerables en y por sí mismas (en un estado de ansiedad y dolor caracterizado por una tristeza o una depresión severas, por ejemplo). Desde esa perspectiva, el estado del no-ser (equivalente a la identificación con el caos precosmogónico) es la ausencia de toda posibilidad de sufrimiento. En el estado de ideación que caracteriza el suicidio, por ejemplo, la Gran Madre llama. Un alumno mío, que había pasado por una crisis de identidad bastante severa, me contó la historia siguiente:

Me fui de viaje hasta el mar. Detrás de la playa había unos acantilados. Estaba de pie sobre uno de ellos, mirando las aguas. Mi estado mental era depresivo. Fijé la vista en el horizonte. Vi la figura de una mujer hermosa en las nubes. Gesticulaba para que me acercara. Estuve a punto de caer por el precipicio. De pronto salí de mi ensoñación.

Mi mujer me relató algo parecido. Cuando estaba en su última adolescencia y se sentía algo inestable, se fue a acampar en el margen de un río profundo, cerca de su ciudad. Pasó la noche en un repecho que daba a la pronunciada pendiente. A la mañana siguiente, la niebla se elevó desde el río y fue cubriendo todo el valle. Ella se acercó hasta el borde del repecho.

Veía las nubes más abajo. Parecían una almohada grande y mullida. Me imaginé zambulléndome en ellas, donde estaría abrigada y cómoda. Pero una parte de mí sabía que no.

El estado de no-existencia -el estado anterior a la apertura de la caja de Pandora- puede parecer, en muchas condiciones, un estado digno de ser (re)alcanzado.”

Mapas de sentidos. La arquitectura de la creencia, de Jordan B. Peterson; Ariel, 2020; pgs. 465-466.

CAUTO Y DISCIPLINADO

En una vida anterior, yo empezaba a ser algo bello.

Pero, huyendo del camino del héroe ideológico, aposté todo al ensueño de una civilización que anhelaba estática, mintiéndome una vez más.

Presiento el regreso del héroe, sosegado tras una larga conversación con su padre.

Sonrío, mortal,
y contemplo con curiosidad las revoluciones del caos misterioso;
confiado
más que nunca
en que todo tiene sentido
y es profundamente bello.

DESCENSUS AD INFEROS

“Algo que no vemos nos protege de algo que no entendemos. Lo que no vemos es la cultura, en su manifestación intrapsíquica o interna. Lo que no entendemos es el caos que dio origen a la cultura. Si la estructura de la cultura se altera inadvertidamente, el caos regresa. Y hacemos cualquier cosa, lo que sea, para defendernos de ese regreso.

[…] El mundo puede entenderse de manera válida como un foro para la acción, además de como un lugar de las cosas. Describimos el mundo como un lugar de cosas, usando los métodos formales de la ciencia. Sin embargo, las técnicas del relato (el mito, la literatura y el drama) retratan el mundo como un foro para la acción. Las dos formas de representación se han opuesto innecesariamente porque todavía no nos hemos formado una imagen clara de sus dominios respectivos. El dominio de aquella es el mundo objetivo: lo que es desde la perspectiva de la percepción intersubjetiva. El dominio de esta es el mundo del valor: lo que es y lo que debería ser desde la perspectiva de la emoción y la acción.

El mundo como foro para la acción se compone, en esencia, de tres elementos constitutivos, que tienden a manifestarse en patrones típicos de representación metafórica. El primero es territorio inexplorado: la Gran Madre, la naturaleza, lo creativo y lo destructivo, la fuente y el lugar de descanso final de todas las cosas determinadas. El segundo es territorio explorado: el Gran Padre, la cultura, lo protector y lo tiránico, el saber ancestral acumulativo. El tercero es el proceso que media entre los territorios inexplorado y explorado: el Hijo Divino, el individuo arquetípico, el Mundo creativo exploratorio y el adversario vengador. Nosotros estamos adaptados a este mundo de personajes divinos tanto como al mundo objetivo. El hecho de que se dé esa adaptación implica que el entorno es en ‘realidad’ un foro para la acción así como un lugar para las cosas.

La exposición sin protección al territorio inexplorado produce miedo. El individuo queda protegido de ese miedo como consecuencia de la imitación ritual del Gran Padre (como consecuencia de la adopción de la identidad de grupo, que restringe el sentido de las cosas y confiere predictibilidad en las interacciones sociales). Con todo, cuando la identificación con el grupo se hace absoluta (cuando todo tiene que ser controlado, cuando a lo desconocido ya no se le permite existir), el proceso creativo exploratorio que actualiza el grupo ya no puede manifestarse. Esa restricción de la capacidad adaptativa aumenta de manera drástica la posibilidad de agresión social.

El rechazo a lo desconocido equivale a la ‘identificación con el diablo’, el reverso mitológico y adversario eterno del héroe exploratorio creador del mundo. Ese rechazo y esa identificación es una consecuencia del orgullo luciferino, que declara: Todo lo que sé es todo lo que hace falta saber. Ese orgullo es una asunción totalitaria de omnisciencia -la adopción del lugar de Dios por parte de la ‘razón’-, es algo que de manera inevitable genera un estado del ser personal y social indistinguible del infierno. Este infierno se desarrolla porque la exploración creativa -imposible sin un reconocimiento (humilde) de lo desconocido- constituye el proceso que construye y mantiene la estructura adaptativa protectora que da a la vida gran parte de su sentido aceptable.

La identificación con el demonio amplifica los peligros inherentes a la identificación grupal, que tiende por sí misma hacia la idiotización patológica. La lealtad hacia el interés personal (sentido subjetivo) puede servir de antídoto contra la imperiosa tentación que plantea constantemente la posibilidad de negar la anomalía. El interés personal (sentido subjetivo) se revela en la intersección de los territorios explorado e inexplorado, y es indicativo de la participación en el proceso que asegura una adaptación continuada saludable, tanto individual como social.

La lealtad al interés personal es equivalente a la identificación con el héroe arquetípico, el salvador, que sostiene su asociación con el Mundo creativo ante la muerte y a pesar de la presión del grupo para que se amolde. La identificación con el héroe sirve para que disminuya la insoportable valencia motivacional de lo desconocido: es más, proporciona al individuo una posición que a la vez trasciende y mantiene al grupo.”

Mapas de sentidos. La arquitectura de la creencia, de Jordan B. Peterson; Ariel, 2020; pgs. 11, 27-28.

“Freedom From Fear”, de Norman Rockwell (1943)

UN BOTE DE PASTILLAS AZULES

Creo que aún no tengo veinte años y estoy en el baño, mirando fijamente un bote de pastillas azules que me devuelve la mirada.

Es un bote de diazepam, si mal no recuerdo, prescrito por el psiquiatra de la Seguridad Social a cuya consulta había acudido.

Llevaba unos días sintiendo un extraño nerviosismo, ubicado en la boca del estómago, que no tenía relación alguna con ninguna causa concreta. Estaba nervioso, todo el tiempo, sin saber por qué. Cosa que nunca me había ocurrido.

El doctor de cabecera me mandó al especialista en psiquiatría. En algún momento de la consulta, el psiquiatra me preguntó qué estudiaba. Filosofía, en la Complutense, respondí. Aquello le encantó, pues le daba pie para hablarme de los Diálogos de Platón, que le gustaban mucho; creo que su favorito era El Banquete.

Sin solución de continuidad, el psiquiatra empezó a escribir en un recetario. Me dio el papel, con la dosis prescrita de diazepam. Y ahí acabó todo. Ningún análisis del posible origen de aquel nerviosismo raro. Soma y nada más.

Aquello no me cuadraba. No sé si ya había ido a clase con Fuentes y había empezado a desarrollar mi desconfianza hacia la Psicología y la Psiquiatría. No sé si había leído ya la Historia general de las drogas de Antonio Escohotado, que me hizo entender lo voluble, arbitraria y, en no pocas ocasiones, irracional que puede llegar a ser la artificial línea de separación entre drogas legales e ilegales.

No sé cuál fue la razón, exactamente. Pero decidí no tomar esas pastillas azules y quedarme con mis nervios raros.

Un compañero de la Facultad me dijo que él también sentía algo parecido y se había acabado acostumbrando a vivir con ello. Pensé que quizá yo también podía hacer lo mismo.

Finalmente, le di el bote de pastillas azules a un amigo, que me lo pidió tras saber que yo no iba a hacer uso de él; amigo al que le encantaba experimentar con todo tipo de drogas.

Y al que tuve que visitar varias veces, durante los años siguientes, en diversos pabellones psiquiátricos. Un amigo cuya amistad fui incapaz de mantener, porque se había transformado en Gollum, y yo ya no daba más de mí.

Experiencia que tampoco ayudó a mejorar mi opinión sobre el entramado farmacéutico-psiquiátrico actual.

Hoy ha vuelto el bote de pastillas azules por mor del vídeo que os comparto más abajo, en el que hemos podido ver otra vez al bueno de Jordan Peterson, aún en proceso de recuperación de su adicción a las benzodiacepinas.

Parece que empieza a ver la luz al final del túnel. De lo cual me alegro sobremanera.

Y también me ha hecho sentirme agradecido. Porque, a estas alturas de la vida, parece que uno siempre está pensando en el tiempo perdido y en los errores cometidos.

Pero recordar el bote de pastillas azules me ha hecho pensar otra vez en aquella decisión. Que apenas puedo llamar así, pues fue más bien una intuición; la cual me hizo sospechar de ese camino tan fácil para superar aquella molestia que no acababa de entender.

Un regalo de Dios, sin duda alguna, aquella intuición.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XLVI)

Aprovecho para cumplir un deseo y me pongo a leer a Jung.

Y empiezo a entender por qué Jordan Peterson habla de él de la forma en que lo hace.

“De esta tendencia a negar realidad al mal deriva sin duda el principio Omne bonum a Deo, omne malum ab homine, el cual contradice a la verdad de que quien ha creado el calor es también responsable del frío (o sea de la bonitas inferiorum). Puede concederse a Agustín que todas las naturalezas sean buenas, pero no lo bastante para no evidenciar igualmente lo que tienen de malo.

No es fácil llamar a lo que en nuestros días ha sucedido y sucede en los campos de concentración de los estados dictatoriales, una ‘falta accidental de perfección’: sonaría como un escarnio.

La psicología no sabe lo que es el bien y el mal en sí; sólo los conoce como juicios acerca de relaciones: bueno es aquello que, desde cierto punto de vista, aparece como adecuado, aceptable o valioso; malo es lo contrario. Si lo que llamamos bueno es para nosotros un bien ‘real’, hay también un mal y lo malo, igualmente ‘real’ para nosotros. Se ve que la psicología tiene que ver con un juicio más o menos subjetivo, o sea con una antítesis de orden psíquico indispensable para designar relaciones de valor: es bueno lo que no es malo, y es malo lo que no es bueno. Hay cosas que, desde cierto punto de vista, son extremadamente malas, es decir, peligrosas. Cosas tales hay también en la naturaleza humana, que son muy peligrosas y por lo tanto aparecen como correspondientemente malas al que se encuentra en su línea de tiro. Carece de sentido tratar de dorar este mal, en la medida en que de ese modo no se haría sino arrullarse en una falsa seguridad. La naturaleza humana es infinitamente capaz de maldad, y las malas acciones son tan reales como las buenas, hasta donde se extiende la experiencia humana, es decir, hasta donde el alma pronuncia espontáneamente el juicio discriminatorio. Sólo la inconsciencia ignora el bien y el mal. Dentro del ámbito psicológico, uno, honestamente, no sabe lo que predomina en el mundo, si el bien o el mal. Uno simplemente espera que sea el bien, es decir, aquello que aparece como lo conveniente. Nadie podría decir lo que sería el bien tomado en general. Ninguna comprensión de la relatividad y fragilidad del juicio moral nos permite liberarnos de ellas, y quienes se imaginan estar más allá del bien y del mal son por lo común los más malignos demonios que atormentan a la humanidad, y que se retuercen en el tormento y la angustia de su propia fiebre.”

Aion. Contribución a los simbolismos del sí-mismo, de Carl Gustav Jung; Paidós, 1997 (pgs. 64-65).

ARTISTA MARCIAL

La primera vez que me topé con el concepto de artista marcial fue durante la lectura de El Tao del Jeet Kune Do, la caótica e interesantísima recopilación de escritos y pensamientos de Bruce Lee. Aunque la expresión artes marciales, evidentemente, no me resultaba extraña, siempre había considerado a los practicantes de tales disciplinas como meros deportistas.

La idea de un individuo dedicado al estudio y perfeccionamiento de sus capacidades de combate cuerpo a cuerpo, guiado no sólo por la idea del éxito deportivo y/o militar, sino también por la búsqueda de una ética existencial de la que debía formar parte como elemento fundamental la belleza, me resultaba profundamente exótica y atractiva.

Soy de la opinión de que Bruce Lee representa algo bastante más profundo de lo que su mera condición de ídolo pop de la segunda mitad del siglo XX puede dar a entender. O quizá precisamente alcanzó la categoría de ídolo pop por la inesperada potencia de su apuesta vital.

Más allá de sus películas, Bruce Lee fue (y siguiendo siendo) el catalizador de (literalmente) decenas de miles de vocaciones de aprendices de artes marciales en todas y cada una de las esquinas del planeta.

Y el punto crucial en el legado de Bruce Lee como artista marcial fue precisamente el de romper las fronteras que separaban geográfica y civilizatoriamente las distintas tradiciones marciales e iniciar un proceso de mezcla y perfeccionamiento en el que todas esas tradiciones eran trituradas y examinadas con el objeto de alcanzar soluciones marciales de eficacia y belleza máxima. Eso y no otra cosa era el Jeet Kune Do.

Partiendo de su propia tradición china, el kung-fu, Bruce Lee fue investigando en el boxeo occidental, las luchas filipinas, el karate japonés… incluso la colocación del cuerpo en la esgrima europea. Siempre buscando nuevos elementos y movimientos que testar para tratar de producir un sistema mejorado de combate cuerpo a cuerpo.

Y tras la estela de su excesivamente temprana desaparición, miles de gimnasios en todo el mundo se convirtieron en nuevos centros de estudio y práctica de las artes marciales, en un esfuerzo descentralizado y espontáneo a escala planetaria (por primera vez, de toda la humanidad) por desarrollar el arte marcial más bello y eficaz posible.

Ese caldo de cultivo, unido a otros que se habían ido desarrollando durante el siglo XX, dio como resultado la aparición de un curioso negocio-espectáculo a principios de los años 90: el Ultimate Fighting Championship, en el que practicantes de diversas artes marciales combatían unos contra otros para dirimir cuál era la más efectiva y potente. Nacían así las artes marciales mixtas (MMA).

En estos momentos, algunos de los deportistas más famosos del mundo son las estrellas de la UFC y del One Championship (la versión asiática de aquélla). En España, país en el que tanto cuesta que triunfen los deportes de contacto, nos suena un poco el nombre de Conor McGregor.

Pero, en general, no tenemos ni pajolera idea de las andanzas de Israel Adesanya, Georges St-Pierre o Valentina Shevchenko.

Una buena manera de empezar a conocer las artes marciales mixtas es Joe Rogan, cómico monologuista y comentarista televisivo de los combates de la UFC; que en su famosísimo programa de entrevistas lo mismo te trae a Ben Shapiro o Jordan Peterson, que te pone delante a las principales estrellas de las MMA.

Soy muy fan de Joe Rogan, he de decir.

Una de las cosas de las que no nos enteramos en este país tan preocupado por la empatía catalana y el trasiego de tumbas es de la existencia de Khabib Nurmagomedov.

Y me parece que es interesante saber que una de las personas más admiradas ahora mismo en el mundo es un tipo que ha llegado a dominar su categoría en la UFC a través de su formación en sambo, arte marcial creado hace un siglo en los albores de la Rusia revolucionaria para formar a los soldados rojos en el combate cuerpo a cuerpo. Sus creadores, como Bruce Lee, se dedicaron a investigar y estudiar diversas tradiciones de lucha, incluso viajando a otros países.

Uno de ellos, Vasili Oshchepkov, que introdujo la práctica del judo en la Unión Soviética, murió durante las purgas estalinistas de finales de los años 30, irónica (y falsamente) acusado de ser un espía japonés.

Y este es el mundo en el que vivimos, este es el mundo que nos toca, este es el mundo que hay que entender: en el que un devoto musulmán suní de la república autónoma rusa del Daguestán, partiendo de sus conocimientos de un arte marcial soviético, es admirado por el mundo entero, mientras gana (y hace ganar) una inmensa cantidad de dinero, de la que apenas hace exhibición, centrado en el respeto a sus oponentes y a la gloria del combate, en un negocio-espectáculo cuyo centro de operaciones está en Las Vegas, Nevada, USA, en el cual se va perfeccionando día a día el Arte Marcial de la Humanidad en formación (con real y efectiva H mayúscula).

EL SOSIEGO ACANTILADO ES FAN DE “UN TÍO BLANCO HETERO”

Como no podía ser de otra manera, he de añadir. Porque en El Sosiego Acantilado somos fieles adoradores del sentido común; y, ahora mismo, en España, probablemente uno de los más gallardos e inteligentes defensores del sentido común sea Un Tío Blanco Hetero.

Aprovecho su último vídeo, recién salido del horno, para daros a conocer al caballero a aquellos que aún no sepáis de su existencia.

Vídeo que termina prometiendo una próxima entrega sobre el estado actual de las guerras culturales anglosajonas (la impaciencia me corroe por dentro y por fuera en estos momentos) y con una cita audiovisual de alguien muy querido en este blog y por muchos de vosotros.

Un abrazo a todos.

NUEVA CANCIÓN PARA LA BANDA SONORA DE LA TABERNA ERRANTE

Canadá está demostrando ser la reserva espiritual de Occidente.

Nos ha dado a Jordan Peterson. Y nos ha dado a The Dead South. Sólo con eso ya basta (y sobra) para lo que queda de siglo XXI.

La próxima vez que haya una Taberna Errante, si es que vuelve a haber una, habría que cantar esto a voz en grito. Puedo imaginar escenas hilarantes al ritmo de esta tonada.

De su último album, una maravilla más.

Y es que estoy totalmente de acuerdo (como también lo estaría el señor Pickwick): la mejor forma de ir al cielo es en carretilla.

Porque sólo puedes ir con la ayuda de alguien.

 

HEAVEN IN A WHEELBARROW

Well, if upon that day I die
I’m too drunk to walk let alone to drive
And I’m kickin’ and I’m spittin’ like I’m wild and feral
Won’t you take me to heaven in a wheelbarrow?

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

Well, you can go on your gold steed
Or up on an angel’s wings with speed
Or even in a pyramid like a pharaoh
But I’m going to heaven in a wheelbarrow

There’s a gal on the wrong side of town
Who gets me up when I’m goin’ down
She keeps me in line, shootin’ straight and narrow
Now she’s taking me to heaven in a wheelbarrow

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

Well, I met woman with a cold heart
Tried to take me to hell in a shopping cart
Said, woman, you’re putting my soul in peril
I’m going to heaven in a wheelbarrow

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

A lot of men don’t stand so tall
Most of us, you know we gotta fall
Some are lookin’ life down a shotgun barrel
But I’m going to heaven in a wheelbarrow

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

EL GRUPO PRISA ES CÁNCER

Hablaba ayer del buen periodismo ya casi desaparecido y hoy toca hablar del “periodismo” realmente existente.

Veo en la edición digital de El País este artículo; el título me resulta tan ridículo que me veo obligado a leer el resto del panfleto.

Juntar en un texto el nombre de Yiannopoulos con los epítetos homófobo y racista tiene el recorrido siguiente, que yo les voy a contar, por si no lo saben: Milo Yiannopoulos está casado con un hombre de raza negra.

Porque Milo Yiannopoulos es homosexual, a pesar de considerarse también católico. Es uno de los personajes más contradictorios e interesantes de los que han tomado parte en las guerras culturales del occidente anglosajón.

Desde mi punto de vista, Yiannopoulos es una persona extraordinariamente inteligente y, al mismo tiempo, posee un ego que roza el desorden psicopático; pero reducir a individuo tan peculiar y poliédrico a la vulgar categoría de ultraderechista (palabra que, a este paso, va a servir para definirnos a todos y, por lo tanto, para no definir nada) es para que el juntaletras que ha escrito este bodrio sea condenado al infierno de la estupidez eterna.

Si quieren conocer un poco mejor al señor Yiannopoulos, les recomiendo esta entrevista mantenida hace no mucho con Jordan Peterson. Seguro que les servirá para hacerse una idea más cercana a la verdad de quién es Milo Yiannopoulos. Porque el artículo de El País sólo sirve para vivir en una realidad muy simple y muy falsa.

En Compostela

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