El sosiego acantilado

Categoría: JAVIER MARTÍN

KNOW YOUR ENEMY

“Protegido por las autoridades, Abdel Wahab comenzó a imponer la nueva teoría, bautizada Dawa lil Tawhid (Invocación al monoteísmo) y resumida en su obra Kitab al-Tawhid. El libro del monoteísmo es más un compendio de ideas que un libro en sí mismo; serán sus sucesores quienes después lo ampliarán hasta convertirlo en un vasto tratado de cuatro volúmenes. En el original, el fundador del wahabismo defiende el monoteísmo absoluto, rechaza la innovación y reduce el islam a una interpretación única de El Corán y el Hadiz, fruto de su propia reflexión personal. Elogia la yihad y subraya que la verdadera religión se difundió gracias a la lucha contra los idólatras y los politeístas. Según Abdel Wahab, todo aquel que no abrace de forma voluntaria su visión de la fe debe ser combatido. El clérigo impuso, además, una serie de normas de conducta que debían ser observadas. El verdadero musulmán, afirmaba, debe jurar lealtad absoluta a su líder religioso; debe respetar sus enseñanzas, tiene obligación de sumarse a la yihad contra los apóstatas, los blasfemos y los descreídos; y debe odiarlos. En recompensa, tiene garantizada la protección de Alá y el amor del Profeta y de los primeros musulmanes. Y, si muere como mártir, las puertas del Paraíso se le abrirán de par en par. No existen más alternativas. El único camino es el amor, la admiración y la ayuda a aquellos que practican el tawhid, y la aversión y la hostilidad hacia los infieles y los politeístas, resume el propio Abdel Wahab.

Los habitantes del Nejd no aceptaron voluntariamente la nueva doctrina. Su adhesión al wahabismo fue, en gran parte, fruto del terror. Apoyado por los jinetes del gobernador, Abdel Wahab ordenó la quema del santuario en el que se veneraba a uno de los supuestos compañeros del Profeta y el arresto de los hombres y mujeres que no obedecieran sus principios. Sus acciones enervaron a los clérigos locales. La gota que colmó el vaso fue la condena a muerte a una mujer acusada de adulterio. Abdel Wahab tuvo que huir de nuevo. Esta vez fue la definitiva. Halló refugio en el oasis vecino de Dariya, donde su gobernador, un guerrero llamado Muhamad Ibn Saud, había acogido con entusiasmo su concepción de la religión verdadera. Como en tiempos pretéritos, los dos hombres sellaron su amistad con un acuerdo matrimonial. Una de las hijas de Abdel Wahab se casó con el vástago mayor de Ibn Saud. En 1744, ambas familias formalizaron una alianza que desvió el derrotero de la historia.

[En 1932], una vez pacificadas y unidas todas las tierras conquistadas, Ibn Saud anunció el nacimiento del nuevo reino de Arabia Saudí. Su mejor asesor, Harry St. John Philby, que había adoptado el nombre de Abdulah, terció para garantizar la explotación de la nueva riqueza a la Standard Oil Company de California, en consorcio con una empresa local, lo que después daría origen al alumbramiento de ARAMCO, una de las mayores empresas de petróleo del mundo, y a la estrecha cooperación entre el nuevo país y Estados Unidos. El fundador del reino moría en 1953, y fue sucedido por sus dos hijos mayores: Saud y, después, Faisal. La cambiante situación regional convirtió a Arabia Saudí en el nuevo bastión del puritanismo. La ascensión del socialismo castrense en Egipto y las revoluciones en otros países de la zona fueron percibidas como una amenaza. El wahabismo se apoderó entonces de la bandera de la defensa de la fe. Fomentó la creación de organizaciones como el Comité Supremo de Propagación Islámica o el Consejo Supremo Mundial de Mezquitas, y se involucró en un feroz proyecto proselitista que, con los años, cambiarían la faz del mundo. El empujón definitivo llegaría con la guerra del Yom Kipur y la crisis de los precios de la OPEP, que en 1973 llenaría las arcas de una casta de fanáticos ulemas dispuestos a exaltar la intransigencia. Los peores presagios se cumplieron. A principios del siglo pasado, el coronel Van der Meulen, cónsul de Holanda en Yeda entre 1926 y 1945, ya había vaticinado que si la religión es utilizada para exaltar los sentimientos de orgullo y de superioridad en almas primitivas, a las que además se les enseña el deber de la guerra santa, el resultado será heroísmo, crueldad, estrechez de mente, atrofia de lo que es humano y de lo que son los valores verdaderos en el hombre y en el pueblo.

Suníes y chiíes. Los dos brazos de Alá, de Javier Martín; Catarata, 2008; pgs. 139-140, 151-152.

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EN EL SENO DE FAMILIAS ACOMODADAS

Marine Le Pen puede detener la inmigración, pero no puede parar la islamización, que es un proceso espiritual, un cambio de paradigma, un retorno a la religión.

Michel Houellebecq

Son varios los factores que han hecho que el yihadismo se desarrolle tanto y tan rápido después de la revolución. Primero, por las nuevas políticas adoptadas. En tiempos de Ben Ali, todo estaba bajo control del Estado. Hasta las mezquitas. Con la llegada de la libertad religiosa, la anarquía se apropió de los templos. Clérigos salafistas ocuparon muchas de ellas, gracias sobre todo al dinero procedente del wahabismo, de Arabia Saudí y de Emiratos Árabes Unidos, explica [Hedi Yahmed, director de la revista digital tunecina Hakaikh]. Después, naturalmente, el contexto internacional, en particular las guerras en Siria y Libia. La decisión del [gobierno de transición] tripartito de An Nahda de apoyar a los rebeldes sirios llenó de voluntarios tunecinos las filas del EI y de grupos afines a Al Qaeda. Pero también, por moda, como una especie de reacción rebelde contra la dictadura. En tiempos de Ben Ali, Túnez era un estado totalitario que lo controlaba y reprimía todo, incluida la religiosidad, que estaba mal vista. Así que liberados del ojo inquisidor, muchos jóvenes comenzaron a acercarse a las mezquitas para intentar integrar la religión en sus vidas, para buscar la fe y vivirla. Muchos de ellos cayeron en las garras de los grupos salafistas, que de repente podían predicar con total libertad, explica.

Rezgui fue uno de ellos. También Yassine Abidi y Hatem Khachnaoui, quienes el 18 de marzo de 2015 salieron armados con fusiles de una mezquita de la capital y con la misma tranquilidad que su colega asesinaron a 22 turistas en el Museo Nacional del Bardo. Primero ametrallaron un autobús en el aparcamiento. Y después se atrincheraron en las salas del piso superior, que albergan algunos de los mosaicos más bellos del mundo. Tres horas de pánico -antes de ser abatidos- que revelaron graves fallos de seguridad, improvisación y falta de medios. Y que arruinaron la confianza en el frágil Gobierno golpeando uno de sus pilares económicos y su principal carta de presentación al mundo: la industria del turismo.

Según los investigadores, los tres jóvenes asesinos se radicalizaron siguiendo un mismo patrón. Educados en el seno de familias acomodadas, fueron captados por organizaciones radicales como Hizb al Tahrir o Ansar al Sharia, que aprovecharon los tiempos en que su actividad todavía era legal (la primera todavía tiene licencia, la segunda fue prohibida en 2013) para filtrarse en su alma a través de la gatera abierta por sus conflictos existenciales.”

Estado Islámico. Geopolítica del caos, de Javier Martín; Catarata, 2015; pgs. 142-143.

La frase subrayada es la clave en la que nadie parece querer pensar, a la hora de tratar de entender lo que está ocurriendo. Sin embargo, creo que la redacción de dicha frase ya refleja un error de su autor, pues decreta la minoría de edad mental de todos aquellos que optan por formar parte de alguno de los miles de grupos yihadistas que pueblan el mundo en la actualidad, negándoles la categoría de seres humanos responsables de sus propios actos y decisiones. Nosotros no caeremos en tal error, incluso si nos vemos obligados a quitarles la vida.

La clave es que el Occidente parido por la Modernidad no satisface los deseos de plenitud existencial de millones de sus ciudadanos. Ni siquiera la comodidad económica y el ocio consumista sirven de zanahorias suficientes para mantener a estos rebeldes dentro de sus esquemas civilizatorios.

No son pocos, ni simples locos, los que llevan desde hace décadas (siglos, incluso) anunciando que Occidente estaba secando sus propias raíces, lanzándose a un proceso de redefinición infinita que sólo podía traer miseria -material y espiritual- a sus hijos.

En un efecto rebote del péndulo fácilmente predecible, las búsquedas de sentido de los hijos perdidos de Occidente están siendo tan extremas como para arrojar niños ahogados en sus playas fronterizas (mucho más visibles que los millones triturados en las clínicas abortivas). El occidental se conmueve y parpadea, súbitamente despierto de sus nebulosos entretenimientos, y se pregunta qué está ocurriendo, cómo es posible tal sinsentido.

Es entonces cuando nosotros nos paramos delante de nuestros contemporáneos y, con sosiego acantilado, les decimos:

Hay pocas cosas que tengan más sentido que lo que está ocurriendo.

isis

DHIMMA

“Mosul es un buen ejemplo. Nada más tomar la ciudad, Abu Bakr al Bagdadi nombró gobernador: el elegido fue Azhar al Obeidi, general del extinto Ejército iraquí. Apenas dos días después, el oficial publicó un bando con las nuevas normas que regían en las calles: aplicación estricta de ley islámica según la interpretación más restrictiva de la corriente wahabí-saudí. Al igual que en Arabia Saudí, delitos considerados capitales -como el robo a mano armada, la violación o la apostasía- serían castigados con la muerte y su ejecución rápida y pública. La ciega locura de Al Bagdadi y su jauría de alfaquíes transgrede la norma más allá de la rigidez de la letra. El piloto jordano capturado y ajusticiado a principios de 2015 fue quemado vivo en una jaula porque, según la interesada interpretación de los ulemas del Estado Islámico, la ley consigna que el reo debe morir de la misma manera que mata; y él lanzaba fuego desde el cielo.

Los wali se ocupan, también, de que las mezquitas estén llenas y las calles vacías durante las cinco oraciones del día; de que las mujeres vayan tapadas de pies a cabeza y no salgan solas a la calle; de que ni en supermercados, colegios o edificios públicos los sexos se mezclen. De que no se apueste, de que no se escuche música y de que no haya otros símbolos religiosos más que los islámicos. Y de perseguir con saña a homosexuales, blasfemos, adúlteros y asociadores -en esta categoría se incluye a los chiítas-. Normas en vigor también en Arabia Saudí. El absurdo llega hasta para prohibir los helados porque estos no existían en tiempos del Profeta.

Las normas son incluso más restrictivas para los no musulmanes. Si pertenecen a la religión del Libro (cristianos y judíos) tienen tres opciones: someterse, convertirse o huir. Si aceptan el estatus de dimmies (habitual en la Edad Media), deberán pagar un impuesto especial (jizya), abstenerse de utilizar sus símbolos religiosos y renunciar a productos prohibidos como el alcohol y la carne de cerdo. No podrán tampoco portar armas ni rezar en comunidad. Peor destino se les reserva al resto: chiíes y yaizies -a los que se considera politeístas- solo tienen la opción de la conversión o la muerte. Los últimos pueden igualmente ser vendidos como esclavos y sus mujeres engrosar los harenes como concubinas sin derechos.”

Estado Islámico. Geopolítica del caos, de Javier Martín; Catarata, 2015; pgs. 59-60.

Jordan pilot

PROGRESIÓN GEOMÉTRICA

“Según estadísticas de la época, en 1947, año de la partición de la India, había unas 200 escuelas islámicas en Pakistán, un porcentaje escaso de las cuales era deobandi. Apenas treinta años después, su número se había multiplicado por cuatro. De las 893 computadas en 1972, alrededor de un 40% insuflaban las enseñanzas de esta ideología extremista; algo más del 15% estaban controladas por los extremistas de Ahl-i-Hadiz y el resto seguían la doctrina Barendi, defensora de una visión más moderada del islam suní. Las cifras fiables más recientes, proporcionadas por el Ministerio de Asuntos Islámicos en 2002, elevaban a más de 10.000 el número de escuelas islamistas en Pakistán. De ellas, alrededor de medio millar pertenecen a Ahl-i-Hadiz; una cifra similar son chiíes; más de 1000, barendi, y el resto, es decir, más de 7000, integran la tupida red deobandi. Entre todas suman alrededor de 2 millones de estudiantes, de los cuales, cerca de un 1.400.000 se forman en centros de enseñanza comprometidos con una de las interpretaciones más radicales e intransigentes del islam suní.”

Suníes y chiíes, de Javier Martín; Catarata, 2008; pgs. 222-223.

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apología de mí mismo

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Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester