El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: IVÁN FERREIRO

MARE NOSTRUM

Ramiro se acercó a la cama, tratando de no hacer ruido, y se quedó de pie, con la espalda ligeramente inclinada hacia adelante, contemplando a su hija y a Frances; dormían plácidamente, tras una atareada noche de llantinas y lactancias.

Ramiro acercó una silla y se sentó al lado del lecho, sin dejar de mirarlas. El movimiento del barco se notaba apenas como un suave balanceo. Ramiro empezó a comparar los rostros de madre e hija, pero no era capaz de encontrar demasiadas similitudes. Sólo los ojos, grandes y redondos, parecían repetirse en ambas.

Durante unos instantes, a Ramiro le pareció que su hija estaba demasiado quieta; con cierta intranquilidad, permaneció vigilante, hasta que notó que el pequeño pecho subía y bajaba con normalidad.

Cuando se quiso dar cuenta, Frances se había despertado y le miraba con ternura.

A Ramiro se le escapó una sonrisa, que rápidamente se ensombreció, y desapareció. Se levantó de la silla y salió del camarote.

Frances permaneció en la cama, con la mirada perdida.

Cuando salió a cubierta, Ramiro encontró un cielo casi por completo azul, salvo por alguna que otra pincelada blanca. Las velas, infladas, arrastraban a gran velocidad el mamotreto metálico. Aún era visible la costa africana a babor. Subió al castillo de proa y se apoyó sobre la borda, para descansar la mirada en la inmensidad del mar.

Los marineros seguían con sus quehaceres, sin prestarle demasiada atención. Acababa de amanecer, así que los rayos del sol aún resultaban agradables para los que tenían tareas en cubierta.

Ramiro notó una mano que se posaba suavemente en su espalda. Al darse la vuelta, encontró a Frances, que llevaba la niña pegada al pecho, envuelta en una larga tela. Su cabello suelto bailaba con la brisa marina.

Se miraron fijamente durante unos segundos.

Después, Ramiro devolvió la mirada al mar.

-Mi padre te tratará bien, estoy segura -dijo Frances-. Es un buen hombre, como tú.

La boca de Ramiro se torció, como si estuviese sintiendo un punzante dolor repentino. Negó con la cabeza.

-Sí, sí lo eres… Me lo has demostrado mil veces.

Frances volvió a acercar una mano, pero se detuvo antes de tocar el hombro de Ramiro y la dejó reposar sobre la espalda del bebé.

-Ojalá… -empezó ella.

Pero no salieron más palabras.

Frances volvió al camarote, lentamente, mientras Ramiro seguía buscando algo en el horizonte.

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EL TIPO QUE ALGÚN DÍA FUI

El borracho se había quedado dormido con El largo adiós abierto sobre la cara, la cabeza a punto de precipitarse por detrás de la silla. Algo parecido a un ronquido se podría oír si no fuera por el ensordecedor ruido del local, en cuya pista de baile se agitaban espasmódicamente casi un centenar de jóvenes, al ritmo del grupo de percusionistas que tocaba sobre el escenario.

Un hombre se sentó en la misma mesa, justo enfrente del dormilón y su colección de jarras vacías.

-Bourbon, por favor -le dijo el recién llegado a la camarera que se acercó.

Las palabras parecieron sobresaltar al inconsciente, provocando la caída al vacío de Raymond Chandler. Uno tras otro, fue consiguiendo abrir los ojos; un poco después, consiguió enfocarlos en su repentina compañía.

-Abraham… -carraspeó-. ¿Cómo carajo me has encontrado…?

-Es mi trabajo. Encontrar gente.

-Cierto… Lo había olvidado -balbuceó-. Últimamente, suelo olvidarlo todo.

Abraham dejó que recuperara la compostura, antes de lanzar la siguiente pregunta.

-¿Cuánto dura ya el últimamente?

El otro retorció la cara en una mueca que trataba de expresar que lo estaba pensando.

-Se me ha olvidado.

La camarera volvió con la petición de Abraham. Miró a su acompañante por si quería algo más, pero no obtuvo la atención necesaria, pues estaba siendo empleada en recoger el libro del suelo. Así que, sin más, la camarera se fue a otra mesa.

Abraham mojó los labios en el bourbon. El borracho, un poco más despejado, se quedó mirándole a los ojos, con una mano desparramada sobre la boca.

-¿Sigues buscando buena gente?

-Sabes que sí, José.

José torció el gesto al escuchar su propio nombre, como si lo hubiese olvidado también.

-¿Y qué haces aquí? -preguntó José, mientras fijaba su atención en las mujeres que bailaban en la pista.

-Encontrarte.

José hizo un gesto de aburrimiento infinito.

-Joder, Abraham, qué puto pesado eres…

-Necesito a alguien para transportar un libro.

Aquello pareció sorprender bastante a José.

-¿Y has pensado en mí? Buff, sí que tenéis que estar jodidos de personal… ¿Escasez de vocaciones?

José dejó escapar algo parecido a una risa cansada. Pero no insistió, al ver la cara seria que se dibujaba al otro lado de la mesa. Bajó un momento la mirada, pero después la volvió a fijar en los ojos de Abraham.

-No vamos a tener otra vez la misma mierda de conversación de siempre, ¿verdad?

Abraham negó con la cabeza, antes de preguntar.

-¿Nos ayudarás?

José miró a Abraham con gesto de extrañeza.

-Por supuesto que no.

Abraham se llevó el vaso a la boca y dio un pequeño trago.

-¿Y qué piensas hacer?

José miraba otra vez hacia la pista de baile.

-No sé… Intentar follarme a alguna de ésas, supongo. Aunque estoy cansado, la verdad…

Abraham siguió mirándole, sin que ningún gesto brotase en su cara.

-¿No quieres saber cuánto pagamos?

José le echó una mirada a Abraham que abandonaba rápidamente un mundo de aburrimiento hacia una inmensidad de asco.

Abraham se acabó el bourbon, sacó una tarjeta de la cartera y la colocó a modo de marcapáginas en El largo adiós. Hecho esto, se levantó, y se marchó sin despedirse.

José le siguió con la mirada hasta perderle de vista. Después su atención resbaló hasta la tarjeta, que sobresalía ligeramente del libro. Aquello duró unos perezosos segundos.

Finalmente, cogió el libro y se dirigió hacia una pelirroja que ocupaba el centro de la pista de baile.

-Buenas, me llamo Philip. Philip Marlowe.

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