El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: HORACIO

JEANNE DE RILO

Jeanne despertó sobresaltada. Se quedó sentada en la cama, recuperando el resuello, esperando a que su corazón se tranquilizase.

Miró por la ventana que quedaba a la izquierda de su cama. La aurora empezaba a avisar de la llegada de un nuevo día.

Se levantó, recogió sus rizos castaños en una coleta y se acercó al reclinatorio situado en una de las esquinas de la habitación. Se arrodilló, se persignó y juntó las manos para rezar, clavando la mirada en el crucifijo que tenía ante ella. Tras esta primera plegaria, abrió un pequeño libro de oraciones que tenía sobre el reclinatorio; la página estaba marcada por un pequeño boceto que había hecho de su hijo, Iván. Lo miró durante unos momentos con rostro tenso. Puso el dibujo delante de ella, sobre el atril del reclinatorio. Justo debajo del dibujo colocó el devocionario y comenzó a rezar una de las oraciones.

La habitación de madera se iba definiendo lentamente. Diversos enseres tomaban forma: estanterías repletas de libros, una mesa con un espejo donde reposaban un aguamanil y una jofaina bellamente decorados, un armario de tres puertas, varios cuadros que ocupaban buena parte de las paredes…

Cuando Jeanne terminó sus oraciones, la habitación ya estaba completamente iluminada. Devolvió con delicadeza la imagen de su hijo a las páginas del devocionario y se puso de pie. Caminó lentamente hasta el centro de la habitación, con la mirada baja, perdida en sus pensamientos. Levantó la cabeza y miró el océano a través de la ventana. El mar parecía en calma y no había apenas nubes en el cielo. No sentía frío ni calor. Era un día más de otoño.

Cuando bajó a la gran sala, ya había un atareado trasiego de siervos y familiares. Se acercó a saludar a varios de sus sobrinos que desayunaban juntos en una de las mesas. Todos le devolvieron el saludo con alegría. Jeanne sonrió; adoraba a los niños. Adoraba vivir en una gran casa repleta de niños. Probablemente, ella era la tía favorita de buena parte de la chiquillería; les encantaba leerles cuentos, enseñarles a dibujar, jugar con ellos al escondite y buscarlos en los mil recovecos de la enorme casa. Sobre todo tras la marcha de Iván.

Como en tantas otras ocasiones, se sentó a desayunar con los pequeños. Decidió hacerlo junto a Jon, el hijo de su hermano Joan, que llevaba varios días apesadumbrado, tras la trifulca que se había montado por su zancadilla a Brais. Abrazó al chaval, le dio un sonoro beso en la mejilla y empezó a servirse lo que iba a desayunar. A base de preguntas, consiguió sacar a Jon de su retraimiento. Cuando el desayuno había terminado, Jon ya sonreía como solía.

-¿Dónde está tu padre? -le preguntó su tía, al levantarse de la mesa.

-En las cuadras, me parece -respondió el muchacho.

Jeanne besó otra vez a su sobrino, se despidió de los otros niños y se dirigió sonriente hacia la puerta principal. Todos los sirvientes saludaban con reverencias el paso de Jeanne, pues era uno de los miembros de la Casa más queridos por los vasallos, que reconocían en ella la misma capacidad de entrega a los demás de la que siempre había hecho gala su padre. Era incontable el número de ocasiones en que les había dado pruebas de su bondad, en casi todas sus formas. Se ocupaba, además, de dar clases de varias lenguas en la escuela superior, donde estudiaban los hijos más talentosos de los vasallos de la Casa de Rilo. Disfrutaba enseñando las lenguas que mejor conocía: latín, griego, francés y ruso. Algunos de sus alumnos, ya adultos y entregados a la responsabilidad de capitanear barcos, criar caballos o dirigir plantaciones, le pedían, al verla pasear por los caminos de Rilo a lomos de su yegua favorita, que se acercase a tomar algo en sus casas y compartir con sus familias la lectura en voz alta de poemas de Horacio, Baudelaire o Pushkin, o a declamar cantos de la Ilíada o la Odisea; ofrecimientos que agradecía y solía aceptar con el mayor de los gustos.

Al llegar a las cuadras, le dijeron que su hermano estaba al final del largo edificio, en compañía de su madre. Jeanne tardó bastante en llegar hasta ellos, pues se iba deteniendo para saludar y acariciar a muchos caballos, cuyos nombres conocía casi en su totalidad. Se detuvo un buen rato con Aglaya, su yegua favorita, que había traído con ella tras su estadía en Rusia. El animal resopló contento al ver aparecer a su dueña, aunque pareció quedar un poco decepcionado al ver que se volvía a marchar sin el acostumbrado paseo por los acantilados.

Jeanne vio a su hermano al fondo, inconfundible por su pelo tan corto, en abierto contraste con las largas cabelleras que solían lucir los hombres de la Casa de Rilo. Parecía serio, escuchando lo que le decía Aliénor, que hablaba con enfado contenido. Jeanne prefirió esperar a que terminasen la conversación, así que se acercó a otro caballo, mientras vigilaba de reojo lo que hacían su madre y su hermano.

Finalmente, Aliénor se despidió de su hijo con un beso y se dirigió hacia la puerta contraria a aquella por la que había entrado Jeanne. Ésta se acercó entonces y abrazó a su hermano por la espalda.

Joan se sorprendió, pero enseguida reaccionó apretujando a su hermana pequeña y dándole muchos besos en la frente y en las mejillas. A Jeanne le encantaban los mimos de los suyos y se dejó hacer.

-Justo acaba de irse madre hace un momento -dijo Joan.

-Lo sé -reconoció su hermana-. No quise acercarme antes, para que terminaseis de hablar tranquilamente.

Joan sonrió, pero su atención se dirigió casi de inmediato a un vasallo que acababa de entrar en las cuadras. Comenzó a hablar con él, seco, pidiendo explicaciones sobre el retraso en el cumplimiento de cierta tarea. El vasallo pidió disculpas, pero el tono de Joan se agriaba cada vez más. El vasallo acabó yéndose por donde había venido, con la cabeza baja.

Jeanne se acercó a su hermano y tocó con sus dedos su mano derecha. Joan apartó la mano.

-Si alguna vez he tenido alguna autoridad sobre nuestros vasallos, padre me la acabó de quitar toda el día que me golpeó en público -dijo Joan, con la mirada baja-. Nunca podré ser el señor de esta Casa.

-¿Has hablado con él? -preguntó Jeanne.

-No antes de que se disculpe -respondió Joan-. Madre está de acuerdo conmigo.

Jeanne apoyó la cara en el brazo de su hermano y apretó su mano.

-Perdónale tú antes, Joan, te lo ruego -pidió su hermana-. Habla con él. Hazlo por mí, si me quieres algo.

Joan miró a su hermana con ternura.

-Sabes que te adoro -dijo-. Pero el vaso ya rebosa. Nada de lo que he hecho ha sido nunca suficiente para él. He soportado responsabilidades que no me correspondían y nunca lo ha tenido en cuenta. Nada de lo que pueda llegar a hacer sería capaz de compararse a la alegría que le produciría que mañana Frances apareciera por la puerta…

-No puedes echarle en cara eso, Joan. Todos estamos tristes por la ausencia de Frances. Cuánto más él, siendo su padre -replicó Jeanne, tirando dulcemente de su mano.

-…y nunca hace caso de mis avisos con respecto a la situación de nuestros vasallos -continuó Joan, que ya no parecía escuchar a su hermana-. Es cierto que no perdemos tanta población como otras Casas, pero la perdemos. Nos debilitamos. Y padre sigue siendo demasiado blando con ellos. Algún día estaremos en la misma situación que el abuelo Auguste y no habremos hecho nada para evitarlo…

-Yo tampoco creo que la solución del abuelo sea la más adecuada, Joan -confesó Jeanne.

Joan se apartó de su hermana.

-Pues alguna habrá que buscar -replicó-. Lo que no podemos hacer es quedarnos de brazos cruzados, esperando que los problemas se resuelvan solos.

Jeanne se sentó en un taburete cercano, mirándose las manos, con cara preocupada.

-No creo que exista el miembro de una Casa que no esté pensando en ello, Joan -dijo su hermana-. Eso también explica que padre esté más… nervioso, últimamente. Pero no creo que sea un problema con una solución fácil, si es que tiene alguna. Su raíz es profunda. Muy profunda.

Joan bufó y puso brazos en jarras. Movió la cabeza nervioso, negando.

-Las Casas, la más bella artesanía civilizatoria jamás creada por el ser humano, desaparecerá de la historia consumida en un inútil, apático y culpable mar de dudas -dijo Joan, con vehemencia-. Sinceramente, prefiero la actitud del abuelo Auguste. Quizá sea errada, pero al menos está intentando hacer algo.

Jeanne bajó la mirada un momento; pero la volvió a elevar y la clavó en los ojos de su hermano.

-Estoy de acuerdo en que la actitud es importante, hermano. Empezando por la diferencia crucial que existe en creer que las Casas son un artefacto humano o un regalo del Cielo.

La cara de Joan se retorció en una mueca de disgusto aburrido.

-Con vuestra piedad quietista lo único que lograremos es volver a ver el mundo sometido a la máquina y a las pasiones más diabólicas.

-Nuestro reino no es de este mundo, Joan.

-Cierto, hermana; pero por nuestras acciones seremos juzgados; y la omisión también es acción. Si no te enfrentas al Mal, le estás ayudando a vencer.

Jeanne cruzó las piernas y se inclinó sobre ellas, como si así fuera más fácil que llegase a oídos de su hermano lo que estaba intentando explicarle.

-De eso precisamente estamos hablando, Joan. En esta situación, ¿qué es el Mal, exactamente? ¿Vale la pena hacer cualquier cosa para salvar las Casas, aún a riesgo de que se transformen en algo completamente distinto a lo que han sido hasta ahora?

-¿No haremos nada, entonces, para evitar su destrucción, por miedo a provocar su corrupción? -Joan gritaba-. ¿Dejaremos que nuestros enemigos nos aplasten, que maten o esclavicen a nuestros hijos, que nos conviertan en cómplices asalariados de la destrucción de todo lo que es bueno y bello en la Creación, sólo para demostrar que somos mejores que ellos? Eso también es el Mal desde mi punto de vista, hermana. Casi peor que el del Mundo.

Joan miró furioso a su hermana durante unos segundos. Con un último gesto de fastidio, se fue de las cuadras sin despedirse.

Jeanne permaneció sentada, con la mirada perdida entre la paja del suelo, atrapada en negros pensamientos. Los pocos vasallos que había alrededor acompañaban en silencio la pesadumbre de su señora, mientras trataban de continuar con sus tareas.

 

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CIERTOS VERSOS QUE NACIERON EN CUALQUIER MAÑANA

“Consideremos también la impresión diferente que las palabras de un autor clásico como Homero u Horacio hacen sobre los jóvenes o sobre los viejos. Pasajes que para un muchacho no son más que vulgaridades retóricas ni mejores ni peores que otros cien pasajes de cualquier escritor ingenioso; pasajes que el muchacho aprende de memoria y cree que están bien, que imita con éxito, según él cree, en su fluida versificación, a la larga, cuando han pasado largos años y ha tenido experiencia de la vida, penetran dentro de él y atraviesan su alma con su triste seriedad y su exactitud al vivo, como si nunca los hubiera leído. Entonces comprende por qué ciertos versos que nacieron en cualquier mañana o en cualquier atardecer de un festival jonio o entre las colinas sabinas, han durado generación tras generación, durante mil años, con un poder sobre nuestras facultades y una fascinación que la literatura de nuestra propia época con sus obvias ventajas no puede emular. Quizá sea ésta la razón de la opinión medieval que consideraba a Virgilio como un profeta o un mago. Sus frases y sus palabras sueltas, sus patéticos versos truncados, dan expresión, como si fueran la voz de la misma naturaleza, al dolor y al hastío, y al mismo tiempo a la esperanza de cosas mejores, que es la experiencia de los hijos de la naturaleza de todos los tiempos.”

Ensayo para contribuir a una gramática del asentimiento, del Beato John Henry Newman; Encuentro, 2010; pg. 78.

Retrato del cardenal John Henry Newman, de John Everett Millais

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester