El sosiego acantilado

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Categoría: HEGEL

EL DEMONIO DE LA MELANCOLÍA

Probablemente, toda melancolía tiene su origen primero en la pérdida de la forma de sentir el paso del tiempo en la infancia.

Esa irrecuperable profundidad y anchura de los minutos y las horas. El interminable espectáculo de los días. El pormenorizado detalle de los instantes.

Con qué amable diligencia accedía la luz de un determinado paisaje a su contemplación extática.

La misteriosa y embriagadora animación de todo lo que existe -el niño siempre es politeísta, su mundo está repleto de dioses-. Esa plena sensación de vivir agradablemente sumergido en el mundo, ligado por mera intuición a sus más inasibles y fascinantes secretos.

Permanecen en nuestra memoria, como si hubiesen sido largas reflexiones de sobremesa adulta, momentos que seguramente no llegaron a suponer más que fugaces interrupciones de lo cotidiano.

Creo que era Hegel el que veía en el relato de la expulsión del Paraíso, en el libro del Génesis, la descripción mítica del surgimiento de la autoconciencia adulta en toda vida humana. El paso del niño al hombre. El paso quizá, más ancestral aún, del animal al hombre.

En determinado momento, tras una acción que apenas era otra cosa que un juego más, la mirada cambia. Y el niño se descubre desnudo. Su mirada ha cambiado, sin querer. Una maldición parece haber caído sobre el mundo alrededor y donde antes veía dioses, ahora empieza a ver demonios.

El niño se descubre desnudo y en su debilidad recién descubierta, en su repentino hallarse a la intemperie, en la frialdad de un mundo antes cálido, el tiempo se presenta ante él no como una circularidad lúdica, sino como una amenaza constante de quiebra definitiva.

Toda acción va ya preñada con la posibilidad de una nueva caída, de un nuevo error. Durante el resto de nuestra existencia, el retorno a ese jardín infantil queda vedado por la presencia de dos ángeles armados con espadas llameantes.

Nada vivo puede regresar.

Probablemente, toda melancolía tiene su origen en la pérdida de la eternidad que gozamos siendo niños.

Pero nuestra principal tarea como hombres quizá sea vivir con dignidad ese exilio, que es la misma esencia de nuestra condición humana.

El recuerdo melancólico de lo perdido siempre hará del mundo presente un lugar peor. Es por ello que la melancolía necesita ser domesticada, como cualquier otro demonio.

En los últimos años de su larga vida, mi bisabuela era incapaz de recordar lo que había hecho cinco minutos antes, pero podía hablar durante horas sobre sus recuerdos de infancia.

Si insistimos demasiado en querer vivir como niños, la existencia adulta se volverá insoportable. En la superación de sus durezas, en resistir sus fríos, en aguantar de pie sus golpes, es donde el hombre puede hallar satisfacción y alegría de vivir. ¿No son esas las historias que nos gusta leer y escuchar? ¿No son esos los ejemplos que nos gustaría imitar?

Volver al Paraíso ya no está en mis manos. Sólo asumirme como desterrado y dar amor a mis compañeros de viaje, tan desamparados como yo.

Seguir aprendiendo a mirar con indiferencia el revoloteo de la melancolía, cuando la jornada ya claudica en sus horas más agotadas.

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LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ

“El umbral que daba paso a la Edad Moderna quedó, pues, rebasado cuando el tribunal tradicional de la Historia fue transferido, merced a la concepción del colectivo singular, a la ‘historia en general’. Robespierre utilizaba una fórmula de transición cuando, en 1792, apelaba a la posteridad: [Posteridad naciente, a ti corresponde hacer crecer y alcanzar días de prosperidad y felicidad]. El juicio histórico [historisch] se convirtió en una expectativa histórica de que se hiciese justicia. Lo que contaba como paradigma no era ya una historia particular, sino que toda la historia se procesualizaba al reivindicarse para su ejecución una misión de fundación y administración de justicia. Cuando Herder publicó sus Ideas para la filosofía de la historia de la humanidad, tomó como punto de partida que, igual que en la naturaleza, también en la historia ‘valen las leyes naturales, la cuales están en la esencia de la cosa’. Semejante regla quería decir que ‘el abuso se castigará a sí mismo y que precisamente por el celo infatigable de una razón en constante crecimiento, el desorden se convertirá con el tiempo en orden’. La moral de la historia se temporalizó en la historia como proceso. Muy pronto se hizo célebre el hemistiquio de Schiller de 1784: La historia del mundo es el tribunal mundial [Die Weltgeschichte ist das Weltgericht]. La renuncia a una justicia compensatoria en el más allá conducía a la temporalización de esa justicia. La historia hic et nunc alcanza un carácter ineluctable: Lo que el minuto ha arrancado / no lo devuelve ya ninguna eternidad.

En 1822, Humboldt podía constatar que ‘el derecho’ se provee de existencia y validez ‘en la marcha inexorable de los sucesos que se juzgan y castigan eternamente’. Formulaba así teóricamente lo que se había convertido en la legitimación histórico-filosófica universal de la acción política cuando, por ejemplo, se invocaba el ‘derecho de la historia mundial’, que se sabía del lado propio. O cuando Ernst-Moritz Arndt proclamaba que ‘quienes quieren hacer retroceder al Estado son unos payasos o unos niños. Así lo ha juzgado la larga historia, y este tribunal proporciona una de las pocas doctrinas del pasado que debiéramos usar’. Y, en 1820, Pölitz confirmaba que la historia, desde 1789, ha suministrado la fecunda prueba de las ‘preñadas palabras’ de Schiller.

La historia, experimentada como tribunal, podía descargar al historiador de la subjetividad con que formaba su juicio. Por esta razón, Hegel se defendía con buena conciencia frente al reproche de haberse ‘arrogado el comportarse como un juez mundial’ al desarrollar toda la historia como un proceso. Los sucesos de la historia general mundial representaban para Hegel la ‘dialéctica de los espíritus particulares de los pueblos, el tribunal universal’. Como rótulo de la formación del juicio moral de los historiadores sobre el proceso en cuanto historia universal, la consideración filosófica de la historia propia de la Ilustración se había consolidado como filosofía de la historia de la Edad Moderna.

Cuando, más tarde, la Escuela Histórica se rebeló contra esta interpretación, no pudo ya hacer saltar la malla de experiencias con la que se había encontrado. El topos acompaña desde entonces a la historia de la Edad Moderna, ya sea para aplicarlo crítica o ideológicamente, pues es indicio de la unicidad y de la dirección de las experiencias modernas, que están rebasándose continuamente. En 1841, Wilhelm Schulz escribía en el Brockhaus der Gegenwart: ‘Al impulso unilateral le siguió inmediatamente el castigo de la historia mundial en tanto que tribunal mundial, en tanto que el desmedido salto atrás hacia el pasado se convirtió para la restauración en un salto mortale tanto como para la Revolución lo había sido el salto hacia el futuro’.

También como fase retórica, y desprovista de cualquier significado hegeliano, la metáfora del tribunal se alimentaba de presuponer una justicia que se ejecutaba a través de la historia. Por eso Hitler -por nombrar sólo uno de los innumerables ejemplos-, podía invocar, al defenderse de la acusación de alta traición: Por mucho que ustedes nos declaren mil veces culpables, la diosa del eterno tribunal de la historia romperá sonriente en pedazos la solicitud del fiscal y el fallo de este tribunal; pues ella nos absuelve.

historia/Historia, de Reinhart Koselleck; Trotta, 2004; pgs.62-65.

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