El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: HAWTHORNE

TRESCIENTOS SESENTA GRADOS

“Ha habido una entonación fundamental que he recibido de los grandes escritores épicos, sobre todo de Tolstói, mucho de Tolstói, y también de Melville, Guimaraes Rosa, Faulkner, Sábato, Nievo, para los que la existencia, aun con sus laceraciones, tiene un sentido, una unidad.

Pero otros, también amados -Ibsen y Kafka en primer lugar-, me han revelado lo contrario, la insuficiencia o la irrealidad de la vida, la dificultad y la innaturalidad o la imposibilidad de vivir, la odisea del individuo que no vuelve a casa sino que se pierde y se disgrega, experimentando la insensatez del mundo y la intolerabilidad de la existencia. Ulises se convertía en el de Pascoli, que ya no encontraba su odisea. Y así, a Pierre Bezuchov, grande, fuerte y bueno, se contraponían el hombre del subsuelo de Dostoievski o el héroe de Kafka transformado en insecto inmundo, los personajes de la negación absoluta, el escribiente Bartleby de Melville, que sólo puede decir que no, o el Wakefield de Hawthorne, que experimenta el vacío y la indiferencia de todo; y otras voces, todavía más desesperadas y rechazadas, que hablan del dolor, del desgarro y la apatía, de un sufrimiento tan profundo y monstruoso que se muestra sin remedio ni liberación, no redimido por una síntesis o visión superior. Quizá por esto me ocupé después de esos grandes escritores que vivieron intensamente el malestar de la existencia y del hacerse, casi con culpable y autolesiva expiación, cómplices torvos y aberrantes como Céline o Hamsun.

En la literatura existen muchas habitaciones y no se necesita elegir ideológicamente entre voces contrastantes; se puede -se debe- creer a la vez en la fe de Tolstói y en la inercia de Oblómov; los grandísimos escritores son aquellos cuya perspectiva abarca trescientos sesenta grados.”

Alfabetos. Ensayos de literatura, de Claudio Magris; Anagrama, 2010; pgs. 11-12.

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CRUCES DE CAMINOS (II): SOBRE EL ORIGEN DEL SOSIEGO ACANTILADO Y LA VERDAD OBJETIVA TRAS LAS FIGURAS DEL COSMOS

“Ahora imagina un alto acantilado sobre el mar coronado de pasto para las ovejas; un estrecho sendero que sube más arriba, un faro, donde viven el padre de la futura Mrs. Robinson [sic] Primera. Las tardes son apacibles y cálidas. El mar, con un aire de solemne deliberación, con elaborada deliberación, va ceremoniosamente rompiendo en la playa. El aire se anega con el sonido supresor de los largos rugidos del oleaje. No hay tierra más allá de este acantilado, entre Europa y las Indias Occidentales. La joven Agatha (pero deberías darle cualquier otro nombre) va paseando por el acantilado. Se da cuenta de que los continuos embates del mar lo van socavando, así que la muralla caerá, y se producirán algunos corrimientos de tierra. El mar se ha cebado además con aquella zona en la que viven, cerca del faro. Meditando, ella se asoma al borde del acantilado mirando hacia el mar. Descubre un manojo de nubes en el horizonte que presagian una tormenta que romperá la calma. (Es de familia de marinos y siempre ha vivido en la costa, así que aprendió ese tipo de cosas.) Esa imagen alimenta de nuevo sus pensamientos.  De repente ella observa la larga sombra del acantilado sobre la playa, a treinta metros de donde está, y ahora advierte una sombra que se mueve dentro de la sombra. La divisa una de las ovejas que pastan en el lugar, ha llegado hasta el borde del acantilado y dirige una mirada inocente hacia el agua, allí, en un contraste extraño y bello, tenemos la inocencia de la tierra que contempla plácidamente la maldad del mar.”

De una carta escrita por Herman Melville a Nathaniel Hawthorne en 1852; en Melville, de Andrew Delbanco; Seix Barral; 2007; pg. 275.

'Combers', de Andrew Wyeth

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