El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: GUILLERMO LORCA

POLLA TA DEINA KOUDEN ANTHROPOU DEINOTERON PELLEI

“Muchas cosas hay temibles [y extrañas y asombrosas], pero nada hay como el hombre.
Llega hasta el límite del espumoso mar, en alas del noto proceloso, y lo surca oculto rodeado de olas rugientes.
A la más venerada de las diosas, a la Tierra incorruptible e infatigable, la va él fatigando con el ir y venir de los arados, año tras año, trabajándola con caballos.
Apresa las bandadas de aves, también el tropel de fieras montaraces; y a los seres que pueblan el profundo mar atrapa en las mallas de sus trenzadas redes;
el ingenioso hombre con su ingenio domina al animal salvaje, sometiendo al yugo domador al caballo de poblada crin, así como al indómito toro montaraz.
Se ha procurado el lenguaje y el voluble pensar y las costumbres que rigen la ciudad;
sabe esquivar los dardos de los hielos y el azote de las lluvias.
Recursos tiene para todo y sin recursos en nada se aventura.
Sólo la muerte no ha logrado evitar,
pero sí formas de eludir las inevitables enfermedades.
Dotado de tan sagaz inventiva, ha alcanzado conocimientos inesperados,
que a veces encamina hacia el mal, otras hacia el bien.
Si armoniza las leyes de la ciudad y la justicia jurada de los dioses,
no le cabe mayor gloria como ciudadano;
mas sin ciudad queda
si la insolencia le vuelve injusto.
El que de tal manera actúe,
jamás se siente a mi mesa, ni estemos de acuerdo en nada.”

Divertimento traductor del formidable coro de Antígona, a partir de un par de versiones castellanas, una inglesa y un entretenido combate con un diccionario de griego clásico.

P.S.: partiendo de la traducción realizada por Hölderlin de este párrafo, Heidegger sin embargo prefería volcar deinon como unheimlich (Heim significa casa, hogar; Heimat es patria, el lugar donde uno ha nacido); ¿cuál había sido la decisión de Hölderlin? Ungeheuer; una palabra que ya Nietzsche nos hizo citar.

Fragmento de 'Laura y los perros', de Guillermo Lorca

Fragmento de ‘Laura y los perros’, de Guillermo Lorca

EL ESTALLIDO DE LA BURBUJA DE JABÓN (PREPARACIÓN ESPIRITUAL PARA LO POR VENIR)

“Se distinguían ya entre el polvo, pintados en el manto de los ponis, galones y manos y soles nacientes y pájaros y peces de todas clases como una obra vieja descubierta bajo el apresto de un lienzo y ahora se podía oír también sobre el retumbo de los cascos sin herrar el sonido de las quenas, esas flautas hechas con huesos humanos, y en la compañía algunos habían empezado a recular en sus monturas y otros a girar desorientados cuando del lado izquierdo de los ponis surgió una horda de lanceros y arqueros a caballo cuyos escudos adornados con añicos de espejos arrojaban a los ojos de sus enemigos un millar de pequeños soles enteros. Una legión de horribles, cientos de ellos, medio desnudos o ataviados con trajes áticos o bíblicos o de un vestuario de pesadilla, con pieles de animales y con sedas y trozos de uniforme que aún tenían rastros de la sangre de sus anteriores dueños, capas de dragones asesinados, casacas del cuerpo de caballería con galones y alamares, uno con sombrero de copa y uno con un paraguas y uno más con medias blancas y un velo de novia sucio de sangre y varios con tocados de plumas de grulla o cascos de cuero en verde que lucían cornamentas de toro o de búfalo y uno con una levita puesta del revés y aparte de eso desnudo y uno con armadura de conquistador español, muy mellados el peto y las hombreras por antiguos golpes de maza o sable hechos en otro país por hombres cuyos huesos eran ya puro polvo, y muchos con sus trenzas empalmadas con pelo de otras bestias y arrastrando por el suelo y las orejas y colas de sus caballos adornadas con pedazos de tela de vistosos colores y uno que montaba un caballo con la cabeza pintada totalmente de escarlata y todos los jinetes grotescos y chillones con la cara embadurnada como un grupo de payasos a caballo, cómicos y letales, aullando en una lengua bárbara y lanzándose sobre ellos como una horda venida de un infierno más terrible aún que la tierra de azufre de cristiana creencia, dando alaridos y envueltos en humo como esos seres vaporosos de las regiones incognoscibles donde el ojo se extravía y el labio vibra y babea.

Oh Dios, dijo el sargento.

Un susurro de flechas atravesó la compañía y varios hombres se tambalearon y cayeron de sus monturas. Los caballos se encabritaban y corcoveaban y las hordas mongoles corrieron paralelas a sus flancos y giraron y arremetieron en pleno sobre ellos lanzas en ristre.

La columna se había detenido y los primeros disparos empezaron a sonar. El humo gris de los rifles se confundía con el polvo que levantaban los lanceros al hacer brecha en sus filas. El chaval notó que su caballo se desinflaba bajo sus piernas con un suspiro neumático. Había disparado ya su rifle y estaba sentado en el suelo trajinando con la cartuchera. Cerca de él un hombre tenía una flecha clavada en el cuello y estaba ligeramente encorvado como si rezara. El chaval habría tratado de estirar la punta de hierro ensangrentada pero entonces vio que el hombre tenía otra flecha clavada hasta las plumas en el pecho y estaba muerto. Por todas partes había caballos caídos y hombres gateando y vio a uno que estaba sentado cargando su rifle mientras la sangre le chorreaba de las orejas y vio hombres de rodillas bascular hacia el suelo para trabarse con su propia sombra y vio cómo a algunos los alanceaban y los agarraban del pelo y les cortaban la cabellera allí mismo y vio caballos de guerra pisoteando a los caídos y un pequeño poni cariblanco con un ojo empañado surgió de las tinieblas y le mordió como un perro y desapareció. De los heridos los había que parecían privados de entendimiento y los había que estaban pálidos bajo la máscara de polvo y otros se habían ensuciado encima o se habían desplomado sobre las lanzas de los salvajes, que ahora atacaban en un frenético friso de caballos con sus ojos estrábicos y sus dientes limados y jinetes desnudos con manojos de flechas apretados entre las mandíbulas y escudos que destellaban en el polvo y volviendo por el flanco contrario de la maltratada tropa en medio de un concierto de quenas y deslizándose lateralmente de sus monturas con un talón colgado del sobrecuello y sus arcos cortos tensados bajo el pescuezo tenso de los ponis hasta haber rodeado a la compañía y dividido en dos sus filas e incorporándose de nuevo como figuras en un cuarto de los espejos, unos con rostros de pesadilla pintados en sus pechos, abatiéndose sobre los desmontados sajones y alanceándolos y aporreándolos y saltando de sus ponis cuchillo en mano y corriendo de un lado a otro con su peculiar trote estevado como criaturas impulsadas a adoptar formas impropias de locomoción y despojando a los muertos de su ropa y agarrándolos del pelo y pasando sus cuchillos por el cuero cabelludo de vivos y muertos por igual y enarbolando la pelambre sanguinolenta y dando tajos y más tajos a los cuerpos desnudos, arrancando extremidades, cabezas, destripando aquellos raros cuerpos blancos y sosteniendo en alto grandes puñados de vísceras, genitales, algunos de los salvajes tan absolutamente cubiertos de cuajarones que parecían haberse revolcado como perros y algunos que hacían presa de los moribundos y los sodomizaban entre gritos a sus compañeros. Y ahora los caballos de los muertos venían trotando de entre el humo y el polvo y empezaban a girar en círculo con estribos sueltos y crines al aire y ojos ensortijados por el miedo como los ojos de los ciegos y unos venían erizados de flechas y otros traspasados por una lanza y se tropezaban y vomitaban sangre mientras cruzaban el escenario de la matanza y se perdían otra vez de vista. El polvo restañaba los pelados cráneos húmedos de los escalpados, quienes con el reborde de pelo por debajo de la herida y tonsurados hasta el hueso yacían como monjes desnudos y mutilados sobre el polvo ahogado en sangre y por todas partes gemían y farfullaban los moribundos y gritaban los caballos heridos en tierra.”

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pgs. 61-63.

'Casita de dulces II', de Guillermo Lorca (2011)

‘Casita de dulces II’, de Guillermo Lorca (2011)

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El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester