El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: GROSSMAN

LITERATURA O PROPAGANDA

“En la primavera de 1962, no sólo puso en orden los apuntes de viaje de su visita a Armenia, sino que envió una larga y atentamente meditada carta a Nikita Jruschov, en la que expuso la situación del manuscrito incautado, pidiendo la intervención directa del líder soviético. Grossman insistió en que su novela no era un libro político; él había dicho simplemente la verdad de lo que él mismo había pensado, sentido y sufrido. Estaba dispuesto a admitir que su novela contenía páginas sobre el reciente pasado soviético y sobre la guerra que podrían ser difíciles de leer, pero no había sido menos difícil para él escribirlas. Haciendo presión sobre la vanidad de Jruschov, Grossman escribió que había sido animado por la intervención del líder soviético sobre los crímenes de Stalin en el XX Congreso del Partido en 1956 y en el XXII Congreso en 1961, creyendo de ese modo que su novela podría haber sido publicada ahora. De manera enfática subrayó el contraste entre las afirmaciones públicas de Jruschov y la acción de incautación de sus manuscritos llevada a cabo por el KGB. Lo que rechazaba de manera decidida era la hipótesis espantosa de que su novela no pudiese ver la luz durante 250 años.

Grossman puso repetidamente el acento en que su libro contenía la verdad, que ésta debía ser dicha y que los grandes escritores rusos del pasado no se habían conformado nunca con ser meros ilustradores de las visiones ideológicas corrientes. Se comparó con un padre que había perdido a su propio hijo. Lo más terrible era que su libro había sido requisado por la fuerza y llevado lejos de él: Amo este libro como un padre ama verdaderamente a su hijo. Separarme de mi libro es lo mismo que separar a un hijo de su propio padre. Y concluye:

No tiene sentido ni hay verdad alguna en la situación actual, en la que yo soy físicamente libre, mientras mi libro, al que consagré mi existencia, permanece encarcelado. Después de todo, soy yo el que he escrito el libro y no he renegado de él, y no lo haré nunca. Y sigo pensando, como pensaba mientras lo escribía, haber escrito la verdad. He compuesto el libro a partir de mi amor y de mi piedad por la gente común, de mi fe en ella. Le pido que me devuelvan mi libro.

Al cabo de un par de meses, en julio de 1962, Grossman recibió una respuesta: una llamada telefónica que lo convocaba al Kremlin para encontrarse no con Jruschov, sino con Mijaíl Suslov, el jefe de la ideología del Partido. Se trataba de una mala señal; en efecto, en un encuentro cara a cara Jruschov podría haber cedido quizá, porque ambos compartían la particular característica de ser veteranos de Stalingrado, aunque Jruschov podía guardar todavía rencor por no haber sido entrevistado por Grossman. Pero Grossman y Suslov, el gélido y brutal burócrata de la generación de los años treinta, que apenas una docena de años antes había jugado un papel decisivo en la muerte de muchos colegas de Grossman del Comité Antifascista Judío, no tenían nada en común.

La prodigiosa memoria de Grossman le permitió hacer, al volver inmediatamente a casa después de un encuentro que había durado tres horas, una detallada descripción de las observaciones de Suslov. […] Dijo a Grossman que era un error por su parte continuar defendiendo que su novela no era más que un trabajo artístico; al contrario, era un documento político, cuya publicación habría dañado no sólo al pueblo soviético y al Estado soviético, sino a todos los que están luchando por el comunismo más allá de las fronteras de la Unión Soviética, a todos los trabajadores progresistas de los países capitalistas y a todos los que luchan por la paz. La novela habría hecho únicamente el juego al enemigo.

Suslov recordó a Grossman -como un maestro que reprende cordialmente a un alumno recalcitrante- que la tarea de los escritores soviéticos era producir trabajos que fuesen necesarios al público y útiles a la sociedad. Como viejo experto en equilibrar una crítica feroz con un pequeño aliento, Suslov declaró que seguiría llamando a Grossman camarada; en otras palabras, el suyo era un pecado venial, que podría ser redimido, permitiendo al pecador ser acogido de nuevo en el redil. Repitiendo mecánicamente el guión que le habían pasado los generales de la literatura, Suslov aconsejó a Grossman que volviese al tipo de libros que escribía en el pasado: Stepán KolchuginEl pueblo es inmortal Por una causa justa. Si no fuera así, corría el riesgo de acabar en la misma trampa que Gógol. Él se había aislado de la sociedad  y se había sumergido muy profundamente en las propias experiencias personales con la consecuencia de convertirse en un reaccionario predicador de ideas religiosas y mistificadoras. Suslov estaba convencido de que si Gógol hubiese vivido más tiempo, habría conseguido superar también estas tendencias desafortunadas. Era evidente que Suslov no había echado siquiera un vistazo al manuscrito de Grossman y que, de hecho, no comprendía nada de la literatura rusa. Pero su advertencia era igualmente clara: Grossman debía enderezarse inmediatamente, si no sería catalogado oficialmente como reaccionario, un delito gravísimo.

Después de este encuentro Grossman comprendió finalmente que no tenía posibilidad alguna de recuperar los manuscritos de Vida y destino.”

La vida y el destino de Vasili Grossman, de John y Carol Garrard; Encuentro, 2010; pgs. 384-387.

LA AUTONOMÍA DE LA MUERTE

“Y de repente, el 5 de marzo de 1953 murió Stalin. Esa muerte irrumpió en el gigantesco sistema de entusiasmo mecanizado, de ira y de amor popular decretado por orden de los Comités regionales del Partido.

Stalin murió sin que estuviera planificado, sin la indicación correspondiente de los órganos directivos. Murió sin la orden personal del propio camarada Stalin. En aquella libertad, en aquella autonomía de la muerte había algo explosivo que contradecía la esencia íntima del Estado. Una confusión total se apoderó de las mentes y de los corazones.

¡Stalin había muerto! Algunos se sobrecogieron por el dolor: en ciertas escuelas los profesores obligaron a los alumnos a arrodillarse y, arrodillados también ellos y llorando a lágrima viva, leían el comunicado oficial de la muerte del Vozhd [líder, guía, caudillo]. Durante las asambleas funerarias, en las instituciones y en las fábricas muchos se sumieron en un estado de histerismo; se oían sollozos, gritos de mujeres fuera de sí, algunos se desvanecían. Había muerto el gran dios, el ídolo del siglo XX, y las mujeres sollozaban…

A otros les embargó un sentimiento de felicidad. El campo, desfallecido bajo el peso de la mano de hierro de Stalin, suspiró aliviado. El júbilo invadió a millones y millones de personas confinadas en los campos… Columnas de presos marchaban al trabajo en medio de las espesas tinieblas. El bramido del océano ensordecía el ladrido de los perros guardianes. Y de repente, como la luz de la aurora boreal, un clamor surgió de las filas: ¡Stalin ha muerto! Decenas de miles de reclusos escoltados se transmitían la noticia los unos a los otros, susurrando: La ha palmado… la ha palmado…, y aquel susurro de miles y miles de personas aulló como el viento. La negra noche reinaba sobre la tierra polar. Pero el hielo del océano glacial se había roto, y el océano rugía.

No pocos científicos y obreros, al enterarse de la noticia, sintieron confundirse dentro de sí el dolor con las ganas de bailar de felicidad.

El desaliento había cundido en el momento en que la radio había transmitido el informe médico de Stalin: Respiración de Cheyne-Stokes…, orina…, tensión arterial… El soberano divinizado exhibió de repente su carne débil y senil.

¡Stalin ha muerto! En aquella muerte había un elemento de espontaneidad repentina, infinitamente extraña a la naturaleza del Estado estalinista.

Lo inesperado del hecho hizo estremecerse al Estado, como lo había hecho temblar el ataque imprevisto que se abatió contra él el 22 de junio de 1941.

Millones de personas querían ver el cuerpo del difunto. El día del funeral de Stalin no sólo todo Moscú sino también las provincias, las regiones, se precipitaron a la Casa de los Sindicatos, donde se había instalado la capilla ardiente. Una cola de camiones procedentes de las provincias se extendía a lo largo de muchos kilómetros. El atasco de circulación llegó hasta Sérpujov y bloqueó la carretera que enlaza Sérpujov y Tula.

Millones de personas se dirigieron a pie hasta el centro de Moscú. Torrentes de gente, como negros ríos crujientes en el deshielo, impactaban entre sí, se aplastaban contra las piedras, se retorcían y despedazaban los coches, arrancaban de los goznes las puertas de metal. Aquel día murieron miles de personas. Las desgracias acaecidas el día de la coronación del zar en Jodinka empalidecieron en comparación con el día de la muerte del dios terrenal ruso, picado de viruelas e hijo de un zapatero de la ciudad de Gori.

Parecía que la gente iba al encuentro de la muerte en un estado de arrobamiento, con un sentimiento místico, cristiano o budista, de perdición irremediable. Era como si Stalin, el gran pastor, liquidara a las ovejas aún sin sacrificar, eliminando póstumamente el elemento de casualidad de su terrible plan general.

Reunidos en una asamblea, los colaboradores de Stalin leían monstruosos boletines de la milicia de Moscú, de las morgues, y se intercambiaban miradas. Su confusión iba ligada a una sensación nueva para ellos: la ausencia de miedo ante la ira inevitable del gran Stalin. El amo y señor había muerto.”

Todo fluye, de Vasili Grossman; Galaxia Gutenberg, 2008; pgs. 38-40.

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EL CERRO DE LOS LOCOS Y DE LAS BALAS

Una intempestiva brisa mañanera convierte en caricia el sol de mayo.

Abro los ojos y me dejo inundar de azul, que se cuela entre las ramas desde el hermoso cielo castellano.

Paso a posición de sentado en el banco de abdominales y fijo la mirada en el hombre que está regando. No es del ayuntamiento. Es uno de los locos por los que este cerro se llama como se llama. Riega y planta porque le da la gana. Para hacer más bello el cacho de mundo en el que le tocó vivir.

Me acerco a charlar. El hombre deja de remover el suelo con la azada y atiende educadamente a mis preguntas.

-Unos treinta años… Todo esto lo hemos plantado nosotros… También esos árboles de ahí, sí… Y ese romero, para hacer una barrera natural y evitar que se pierdan las pelotas con las que jugamos ahí…

Sonrío. Uno de mis sueños de vida es ver jugar a mis nietos y bisnietos bajo las ramas de los árboles que yo mismo he plantado. Va a ser difícil de cumplir ya. No tengo hijos y sólo he plantado un árbol. Mi limonero. El próximo 18 de junio cumple 9 años. Pero vive en una maceta. No da mucha sombra.

-¿Es usted de Madrid?

-Sí.

-Es decir, que su pasión por la jardinería no es porque venga de algún pueblo y lo eche de menos…

-No; es simple amor a la naturaleza.

Yo hago abdominales, que es otra forma de jugar, a la sombra de los árboles que estos hombres han plantado. En cierta forma, es como hablar con los abuelos de los que nunca disfruté. Me gusta la sensación.

-Lo del cerro de los locos era porque, cuando había sólo dos gimnasios en Madrid, muchos nos veníamos aquí para hacer ejercicio; y nos duchábamos en la fuente de ahí abajo. En invierno también. Y la gente nos veía empapados en la fuente, en pleno invierno, y nos decía que estábamos locos. De ahí viene.

-¿Y lo del cerro de las balas?

-Porque ahí abajo había un campo de tiro. Y como no había control, volaban las balas por aquí que no veas. Murió un torero que venía a la Dehesa a practicar, por una bala perdida de ésas…

La noticia me sorprende.

-Pensé que el nombre venía de cuando la Guerra Civil…

-Sí, mucha gente piensa eso.

-Porque por aquí pasaba la línea del frente, ¿no?

-Sí, se reforzó toda esta zona, porque pensaban que entrarían por donde la carretera de La Coruña…

-Pero al final entraron por ahí, ¿no? -señalo hacia Ciudad Universitaria.

-Sí… Y en la zona del Clínico estaban a tiros todos los días.

Nos quedamos callados, mirando hacia Moncloa. Hace unos días, durante una conversación sobre literatura española, alguien dijo que estaba harto de leer novelas sobre la Guerra Civil. Completamente de acuerdo. Pero añadí: y, sin embargo, la gran novela sobre la Guerra Civil está por escribir…

Eso pienso, sí. El ejemplo a seguir quizá sería Vida y destino de Grossman. El Tolstoi de Guerra y Paz. Y la profundidad psicológica de Dostoyevski o Roth. Mejor, de ambos. Novela coral, con gran cantidad de personajes. Los protagonistas, deberían encarnar las principales ideologías en lucha; pero el autor debería hacer el esfuerzo de tratar de hacer de todos ellos buenas personas, con buenas intenciones. Irán aprendiendo y desarrollando sus personalidades en las vicisitudes de la guerra, por supuesto, y conocerán el horror, la desilusión y el sacrificio; pero aquél debería de ser el punto de partida para hacer una gran novela sobre nuestra Guerra Civil.

Alguien me contó una anécdota, creo que real. No recuerdo bien los detalles, así como no recuerdo quién me la contó. Puede que la reconstruya mal, pero trataré de transmitir la misma sensación que me transmitió a mí cuando la escuché. Un extranjero visita una zona rural de España, poco después de la Guerra Civil. Se encuentra con un campesino. El extranjero se acerca a charlar, como yo me acerqué a charlar con el loco de la Dehesa. Le dice al campesino que es una tierra muy bella y que es una pena que haya corrido tanta sangre entre hermanos. En el fondo, dice el extranjero, una guerra así no vale la pena.

Entonces el campesino levanta la mirada y la clava en los ojos del extranjero.

-Aquí se luchó por el destino del mundo.

Sin decir más, el campesino se va. El extranjero se queda callado, no sabemos qué piensa exactamente. Como nosotros, no puede saber si el campesino ganó o perdió la guerra.

Su frase es como una oración por el honor de los muertos. De todos los muertos. Así debería ser la gran novela sobre la Guerra Civil española.

-¿Cómo se llama usted?

-Ángel.

Nos damos la mano.

-Yo, Xacinto.

-¿Jacinto?

-Sí, Jacinto.

Nos despedimos.

-Bueno, nos seguiremos viendo por aquí -me dice-. Porque tú vienes mucho por aquí, ¿no?

-Todo lo que puedo.

Cerro de los locos

VIDA Y DESTINO

Aunque el hado, señor, sabe
todos los caminos, y halla
a quien busca entre lo espeso
de dos peñas, no es cristiana
determinación decir
que no hay reparo a su saña.

La vida es sueño, de Calderón de la Barca; Cátedra, 2008; 3112-3117.

“Y ahí estaba, una mujer vieja ahora; vive esperando el bien, cree, teme el mal, llena de angustia por los que viven y también por los que están muertos; ahí está, mirando las ruinas de su casa, admirando el cielo de primavera sin saber que lo está admirando, preguntándose por qué el futuro de los que ama es tan oscuro y sus vidas están tan llenas de errores, sin darse cuenta de que precisamente esa confusión, esa niebla y ese dolor aportan la respuesta, la claridad, la esperanza, sin darse cuenta de que en lo más profundo de su alma ya conoce el significado de la vida que le ha tocado vivir, a ella y a los suyos. Y aunque ninguno de ellos pueda decir qué les espera, aunque sepan que en una época tan terrible el ser humano no es ya forjador de su propia felicidad y que sólo el destino tiene el poder de indultar y castigar, de ensalzar en la gloria y hundir en la miseria, de convertir a un hombre en polvo de un campo penitenciario, sin embargo ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos. Fuera lo que fuese lo que les deparara el futuro -la fama por su trabajo o la soledad, la miseria y la desesperación, la muerte y la ejecución-, ellos vivirán como seres humanos y morirán como seres humanos, y es lo mismo para aquellos que ya han muerto; y sólo en eso consiste la victoria amarga y eterna del hombre sobre las fuerzas grandiosas e inhumanas que hubo y habrá en el mundo.”

Vida y destino, de Vasili Grossman; Galaxia Gutenberg, 2007; pgs. 1092-1093.

‘Portrait of Shorty’, de Jamie Wyeth (1963)

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Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester