El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: GÓNGORA

AL NACIMIENTO DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

Pender de un leño, traspasado el pecho,
y de espinas clavadas ambas sienes,
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho;

pero más fue nacer en tanto estrecho,
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portalillo tener techo.

No fue ésta más hazaña, oh gran Dios mío,
del tiempo por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad con pecho fuerte

(que más fue sudar sangre que haber frío),
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre, que de hombre a muerte.

Luis de Góngora y Argote

"Virgen y Niño", de Miguel Ángel Buonarroti (alrededor de 1525)

“Virgen y Niño”, de Miguel Ángel Buonarroti (alrededor de 1525)

COMÚN LA CONVERSACIÓN

Acabo de empezar la lectura de Rosas de plomo (Jesús Cotta; Stella Maris, 2015) y no me abandona en casi ninguna página el nudo en la garganta ni la humedad en las pupilas.

Quede claro que casi todos los patriotas y aduladores de las virtudes del pueblo llano me sacan de quicio. Hay muy pocos hombres que me hagan sentir sinceridad en sus encendidas proclamas de redención nacional y/o popular.

Pero hay excepciones. Me emociona sobremanera un campesino gallego pidiendo justicia a Dios, dibujado por Castelao. Me emociona la salvaje búsqueda de justicia para el pueblo español que destilan cada acto y cada palabra de José Antonio Primo de Rivera; a pesar de todos sus errores y precipitaciones (no tantos como la masa ignorante sospecha), su honestidad fue puesta constantemente a prueba durante años, hasta el sacrificio final.

Y me emocionan estas palabras dichas por Lorca al periodista Octavio Ramírez el 28 de enero de 1934 (pg. 36):

“…¿qué Gobierno cualquiera que sea su orientación política, va a desconocer la grandeza augusta del teatro clásico español, de nuestro mayor timbre de gloria, y no va a comprender que es el más seguro vehículo de la elevación cultural de todos los pueblos y todos los habitantes de España?”

Y en la página 43 podemos leer lo siguiente:

“Ante el periodista Enrique Moreno Báez, en 1933, afirma emocionarle el vivo entusiasmo con que el público sano y campesino acoge y entiende los autos sacramentales de Calderón, como si no hubieran pasado siglos desde que fueron escritos, y que en ese público ha encontrado más cordialidad que en las capitales, porque nuestro teatro clásico es moderno y antiguoeterno como el mar y el campesino plenamente intuye la calidad mágica de sus versos.”

Como decía Jorge Guillén, hablando de la obra de Góngora:

“El poeta debe someterse a un canon y continuar un estilo. Góngora hace suyo ese estilo agravando su magia y acumulando sus primores. Pero ninguna malicia de composición despunta como un estreno en el poema gongorino. Todo tiene sus lejanos o próximos antecedentes griegos, latinos, italianos, españoles. […] Nuestro gran andaluz debió de encarnar el tipo de hombre que principia por revisar en una etapa problemática los fundamentos de su empresa. De suerte que el arte de los predecesores le parecerá un resultado preparatorio donde los elementos poéticos se combinan con otros pertenecientes a las maneras del orador y del historiador. Habrá, pues, que eliminar lo común y reforzar lo genuino y distintivo. En este punto Góngora se aproxima al remoto, muy remoto, Mallarmé: ‘Je n’ai créé mon ouvre -decía en una carta de 1867- que par élimination‘. La suma lograda será nueva, novísima, escandalosamente novedosa. En ella entraba, factor primordial, el quid divino, el genio de aquel hombre, quien encarna un tipo muy hispánico: el extremista de la tradición.”

Este texto me trae al recuerdo no pocas conversaciones con mi mujer, respecto de la creación artística, la originalidad y la oscurantista búsqueda moderna de la novedad -a través de una eterna y cansina acumulación de transgresiones adolescentes-. Pero Lorca y José Antonio sabían que el auténtico crecimiento del árbol al que uno pertenece no puede prescindir del propio árbol; y que sólo asegurando la recepción de la savia que recorre ramas vetustas y un tronco bien enraizado, pueden el poeta y el hombre florecer y dar fruto.

Ese árbol hermoso que es España, llaga que no sana nunca -como de Cuerpo Glorioso-, y que en el azote del vendaval canta a sus hijos con el rumor de hojas antiguas:

Supuesto que es esta vida

una representación,

y que vamos un camino

todos juntos, haga hoy

del camino la llaneza,

común la conversación.

No hubiera mundo a no haber

esa comunicación.

En estos versos de El gran teatro del mundo de Calderón parece apelarse a la, al parecer imposible, íntima conexión espiritual de ese par de extremistas de la tradición, que tan inclasificables parecen precisamente porque no sueñan con pasados abolidos, sino que cazan sombras sagradas sobre las colinas eternas. ¿Y cómo no iba a ser posible la comunicación entre dos hombres que amaban desde la misma fuente? Esa fuente que Lorca cantó en homenaje de un formidable músico católico, un tal Manuel de Falla, en su Oda al Santísimo Sacramento del Altar:

Es así, Dios anclado, como quiero tenerte.
Panderito de harina para el recién nacido.
Brisa y materia juntas en expresión exacta,
por amor de la carne que no sabe tu nombre.

Es así, forma breve de rumor inefable,
Dios en mantillas, Cristo diminuto y eterno,
repetido mil veces, muerto, crucificado
por la impura palabra del hombre sudoroso.

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