El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: GARCÍA FITZ

YIHAD

Matadlos donde quiera que los encontréis y expulsadlos de donde os hayan expulsado.
La oposición (a vuestra creencia) es más grave que matar.
No luchéis con ellos junto a la ‘Mezquita Inviolable’ si ellos no lo ha
cen, pero si os atacan, matadlos; esta es la recompensa de los incrédulos.

Y si cesan… Allah es Perdonador y Compasivo.

Luchad contra ellos hasta que no haya más oposición y la Adoración debida sea sólo para Allah.
Pero si cesan, que no haya entonces hostilidad excepto contra los injustos.

Corán, Sura 2ª (de la Vaca), aleyas 190-192

 

“Las protestas de los autores musulmanes y de los especialistas en el estudio de la cultura islámica por la simplificación del concepto de yihad no dejan de estar justificadas y amparadas por las fuentes del islam, por la Tradición y por corrientes de pensamiento muy significadas, tanto medievales como actuales. Tal vez sea necesario, dadas las circunstancias que vivimos, poner el énfasis en el aspecto moral, interior, del esfuerzo en el camino de Dios, especialmente si con ello se consiguiera abrir los ojos a los sectores islamistas más radicales o se contribuyera a calmar el miedo de los gobiernos o ciudadanos occidentales a sus vecinos o conciudadanos musulmanes. Pero creemos que sería un error, por lo menos desde la perspectiva del análisis histórico, que es la que aquí interesa, considerar que la interpretación belicista del yihad es poco más que una manipulación de Occidente o una perversión originada en la mente abstrusa de determinados fanáticos musulmanes. Negar esta otra interpretación -la belicista– o reducirla a una patología marginal no ayuda a comprender la complejidad y totalidad de dicho concepto y mucho menos explica su impacto en el comportamiento de las sociedades y su utilización -cuando no directa manipulación- por los poderes políticos islámicos a lo largo de la historia.

Ciertamente, el yihad es el esfuerzo en el camino de Dios que debe realizar el creyente, y como tal no es susceptible de ser reducido al concepto de guerra santa o similares pero, como ha subrayado Tibi, quienes absuelven al islam de la utilización de la violencia o desvinculan la noción de yihad del empleo de la fuerza no hacen sino confundir a sus interlocutores. Como podrá imaginarse, no tratamos de juzgar ni de dilucidar aquí la verdadera naturaleza del yihad, sino la forma en que éste ha sido interpretado históricamente y, desde esta perspectiva, no puede negarse que el esfuerzo al que debe hacer frente el musulmán, aunque sea algo más que un combate bélico de tintes sagrados, ha sido entendido también a la luz de esta última faceta: en la lectura predominante, el yihad no sólo es guerra, pero también es guerra. Más aun, si nos fijamos en la atención que se le presta, tanto en el Corán y la Sunna, como en las obras jurídicas posteriores que dedicaron partes sustanciales a reflexionar sobre el yihad y a regularlo, habrá que reconocer que, al menos para el período medieval, la interpretación militarista es esencial y prioritaria, y que el concepto se refiere, fundamentalmente, a un tipo de actividad guerrera justificada por la religión y bendecida como una acción meritoria, que es lo que a la postre le confiere ese aire de familiaridad con la noción cristiana de guerra santa.

Desde luego, en el seno del movimiento almohade, los inspiradores y dirigentes pusieron mucho énfasis en la corrección de las costumbres, y con ello animaron a los creyentes a caminar en la senda del esfuerzo y de la perfección moral marcada por el Profeta, pero la interpretación predominante -no nos atrevemos a decir que única- del esfuerzo en el camino de Dios y, en todo caso, la más patente, fue la belicista, puesto que el yihad -en tanto que acción armada- pasó a ocupar una posición central como herramienta ideológica y militar al servicio de su programa de reformas y de la construcción de su proyecto político.”

Las Navas de Tolosa, de Francisco García Fitz; Ariel, 2012; pgs. 444-445.

'Mahoma de camino a la batalla contra la tribu de Banu Qaynuqa'; ilustración incluida en el Jami' al-tawarikh (principios del siglo XIV)

‘Mahoma de camino a la batalla contra la tribu de Banu Qaynuqa’; ilustración incluida en el Jami’ al-tawarikh (principios del siglo XIV)

POR EL IMPERIO HACIA DIOS O POR DIOS HACIA EL IMPERIO

“La división y los conflictos entre los Estados del norte preocupaban extraordinariamente en Roma, no sólo por la convicción de que aquellas actitudes entorpecían la lucha contra el islam en España y abrían a los musulmanes el camino de la expansión -como se demostraría en Portugal en 1191-, sino también porque se desarrollaban en un contexto alarmante para la cristiandad; durante toda la segunda mitad del siglo XII, los Estados Latinos en Tierra Santa fueron perdiendo posiciones frente al islam, especialmente desde la unificación de Siria y Egipto bajo el poder de Salah al-din. En 1187 el ejército latino fue derrotado en Hattin y las localidades más importantes, entre ellas Jaffa, Jerusalén, Beirut y Acre, pasaron a manos de los musulmanes. Eso quiere decir, pues, que el flanco oriental de la cristiandad se derrumbaba casi al mismo tiempo en que los enfrentamientos entres los reinos cristianos peninsulares se recrudecían y facilitaban una ofensiva almohade en el frente occidental.

[…] la batalla de Alarcos vino a poner de manifiesto la debilidad e inconsistencia de aquellos acuerdos: […] bastó con que Alfonso VIII se precipitara al buscar a los almohades sin esperar a sus aliados leoneses y navarros y que su ejército sufriera una derrota memorable, para que el entramado diplomático papal se viniera abajo de manera ruidosa. Alfonso IX y Sancho VII volvieron a renovar sus reclamaciones territoriales, a irrumpir en las fronteras castellanas en pie de guerra y, lo que era peor desde la perspectiva pontificia, a aliarse militarmente con los musulmanes. El resultado, ya lo sabemos, fue desastroso para Castilla: sus fronteras frente al islam retrocedieron hasta el Tajo. La paz y la unidad de acción, tan trabajosamente alcanzada por la diplomacia papal, apenas habían durado, resultando evidente que a los monarcas cristianos los problemas fronterizos preocupaban e importaban más que ‘la defensa de la cristiandad’. La situación era, otra vez, alarmante.

En Roma estaban perplejos, consternados, escandalizados. Un mes antes de que se iniciara la primera campaña almohade por Castilla -en 1196- y se materializara, por tanto, el retroceso territorial, el Papa conminaba a Sancho VII de Navarra a que renunciase a su alianza con los norteafricanos y a unirse a Alfonso VIII y Pedro II de Aragón en la guerra contra los musulmanes. En octubre de 1196, después de la citada expedición, Celestino III se mostraba muchísimo más duro y excomulgaba a los socios necesarios en aquel desastre: el rey de León, Pedro Fernández de Castro y otros nobles. Contra Alfonso IX la reacción papal fue furibunda: no solo lo excomulgó, sino que predicó contra él una Cruzada para la que concedió las indulgencias pertinentes y le amenazó con exonerar a sus vasallos del juramento de fidelidad si el monarca persistía en su actitud. Unos meses después, en abril de 1197, volvía a reiterar la concesión de indulgencias propias de la Cruzada para quienes luchasen contra el rey leonés, legitimando las conquistas que el de Portugal -que de hecho había invadido Galicia en 1196- o cualquier otro pudiera hacer en el reino de León. Ni la excomunión, ni la presión ni las amenazas fueron suficientes para evitar que leoneses y navarros continuasen aliados con los musulmanes y haciendo la guerra a Castilla.

A finales de 1197, Alfonso VIII, después de sufrir dos expediciones islámicas calamitosas y en guerra abierta contra sus vecinos, que asolaban sus fronteras, conseguía que el Emir se aviniera a firmar treguas. Si tenemos en cuenta cuál había sido la política papal durante las últimas dos décadas en relación con España, se entiende que el balance no podía ser más negativo: el islam de Occidente, representado por el imperio almohade, alcanzaba uno de sus momentos hegemónicos; las relaciones entre los reinos cristianos peninsulares habían llegado a un grado de deterioro difícilmente superable; la alianza entre algunos de éstos y los musulmanes se mostraba particularmente dañina y corrosiva. Para muchos, dentro y fuera de la Península, en 1197 se había llegado a una situación insostenible.

Visto con cierta perspectiva temporal, la desunión y el enfrentamiento entre poderes cristianos, la colaboración con los almohades y el fracaso de la diplomacia pontificia desde 1172 en adelante habían perjudicado a todos, especialmente a Portugal, León y Castilla. Tras dos décadas de retroceso territorial frente al islam, se hacía evidente la necesidad de recomponer el escenario político, de solventar problemas y de aunar voluntades si se quería cambiar una tendencia que no beneficiaba a nadie, salvo a los musulmanes. Como puede imaginarse, la apuesta no era fácil, pero la misma experiencia histórica de las últimas décadas demostraba que, si aquella situación se alcanzaba, los musulmanes podían ser derrotados. A pesar de todas las dificultades, en 1212 otra vez llegaría a conseguirse la confluencia deseada, sólo que ahora el éxito sería mucho más resonante que nunca.”

Las Navas de Tolosa, de Francisco García Fitz; Ariel, 2012; pgs. 127-128, 131-133.

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