LA TORRE DE AVAME

El guerrero veía la torre desde su refugio bajo los árboles.

Se envolvió en su capa de color azul marino. La fría lluvia había empapado su capucha, que goteaba. Las rachas de viento hacían bailar como endemoniados a los robles. Su caballo parecía agotado; del viaje, de la lluvia y del frío.

Una luz tenue parpadeaba en una de las ventanas de la torre. De alguna chimenea salía un humo negro que era rápidamente dispersado por el viento.

El dolor le había retenido. Él quería llamar ya a la puerta, pero la cabeza le dolía demasiado; así sería imposible tener una conversación coherente con el eremita. Achacó su mala salud al tiempo y al viaje. Pero no dejó de resultarle curioso el sentido de la oportunidad de aquel malestar.

El alma entera parecía revolverse ante la presencia de la torre.

Trató de encomendar el dolor, pero ciertos pinchazos agudos sólo sacaban de él insultos horrendos. Se palpó la cicatriz del pómulo: ardía. Del ardor brotaban recuerdos negros.

Sin querer, su mente huyó de aquellas oscuridades, para refugiarse en sus recientes conversaciones con la doncella del Bailón. Pero la belleza de aquel recuerdo pareció reavivar aún más el dolor.

¿Dónde está tu mujer, entonces?, había preguntado la joven.

Lejos, en una ciudad esclavista, respondió él.

¿Como esclava?

No. Libre.

La doncella no había preguntado más. Bajó la mirada, al comprender.

Permanecieron varias semanas acuartelados en aquella aldea. El Señor de Rilo había reforzado la vigilancia en sus fronteras, al desatarse las hostilidades en el oriente del mundo.

Todos los días, al atardecer, el guerrero se acercaba a la casa de la doncella, donde su familia le daba de cenar. La belleza de su rostro se mezclaba en su recuerdo con la hermosura de sus palabras. No sabría decir qué le hería más.

La última jornada que pasaron en el Bailón, el guerrero vio una pareja que se alejaba paseando de la casa, al acercarse él. Tras la pareja, dos mujeres caminaban juntas a unos metros de distancia, hablando animadamente. El guerrero reconoció en una de ellas a la madre de la doncella. Su marido, mientras tanto, le recibía alegre a la entrada de su casa.

-El joven Félix, que me ha pedido cortejar a mi hija -dijo bonachón el hombre-. Cómo pasa el tiempo…

El guerrero se quedó parado, con la mirada fija en aquella joven pareja, que parecía conversar con timidez. No podía dejar de contemplar aquella escena: había algo inextinguible en el lento pasear de aquellas cuatro figuras al atardecer. Al inundarse de lágrimas sus ojos, apartó la mirada y entró en la casa, acompañado del dueño.

El guerrero se descubrió mirando la ventana iluminada de la torre. Un nuevo pinchazo le obligó a cerrar los ojos.

Entre recuerdos y dolores, el sueño le fue venciendo.

La luz de la ventana permaneció encendida, como esperando.

Obra de François Fressinier (a quien hemos conocido gracias a la cuenta de Twitter “Ni aquí ni allí“).