El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: FLEET FOXES

LOS NOMBRES PROPIOS

No soy hombre de imaginación exuberante. Escribo fundamentalmente desde lo acontecido.

He querido hoy inventar un cuento para dormir a mi hija y he acabado hablándole de los caballos salvajes de los acantilados.

Le he explicado que un acantilado es una montaña junto al mar. Ella ha buscado en El Principito el dibujo de las montañas. Pues ahora imagina que todo esto estuviera rodeado de mar, le he dicho.

Le hablé de las ganas que tenía de llevarla hasta allí. De los potros que miran hacia la puesta de sol.

Y, por supuesto, le hablé de él.

Cuando aún no tenía demasiado claro que le estuviera interesando lo que le contaba, me preguntó: ¿cómo se llama el caballo?

Le dije que no lo sabía.

Ya se durmió. Quizá sueñe con caballos sobre montañas rodeadas de mar.

Yo, mientras tanto, me distraigo dándole vueltas a la importancia de los nombres propios.

LO MÁS DIFÍCIL

El río había formado en una de sus curvas una zona de agua estancada, a modo de pequeña laguna. Los cinco compañeros descansaban junto a ella, bajo la frondosidad de los numerosos árboles, gruesos y antiguos. Las montañas, cercanas, permanecían sin embargo invisibles, tras el denso muro de troncos y ramas.

El único sonido que se escuchaba era el del río. Lope no tardó en dormirse.

Iván se fijó en un insecto que caminaba a trompicones hacia la pequeña laguna. Se lo señaló a Thomas, de forma innecesaria, porque el anciano ya lo había visto.

-Una mantis religiosa -dijo-. Es extraño ver una, en esta época del año.

Iván se levantó para acercarse al insecto.

-Parece que tiene sed -comentó-. Va directo al agua.

Thomas agravó su gesto de extrañeza y decidió levantarse para acompañar a Iván en la observación del bicho.

Justo al llegar junto a él, la mantis se zambulló en el agua sin dudarlo un segundo.

-¿Pueden nadar? -preguntó Iván.

-No que yo sepa… -respondió Thomas-. Vaya, vaya…

El abdomen del insecto empezó a retorcerse con violencia, como si algo estuviese tratando de salir al exterior.

De repente, un gusano negro se abrió paso, abandonando el cuerpo del insecto, que flotaba inmóvil en la superficie, como una cáscara vacía.

Iván sintió arcadas y tuvo que hacer un esfuerzo de autocontrol para no vomitar.

-Cristo Santo… -dijo José, que se había unido a ellos por curiosidad-. ¿Qué coños es esa cosa asquerosa?

-Un nematomorfo -explicó Thomas, que seguía los movimientos del gusano recién liberado con evidente interés-. Un parásito que se desarrolla en los cuerpos de pequeños artrópodos; cuando ha madurado lo suficiente, toma el control del sistema nervioso central del anfitrión y lo obliga a tirarse al agua, para poder buscar a otros de su especie y reproducirse. Una fascinante criatura de Dios.

-Lo mismito que está pensando la mantis -bromeó José-. De poco le ha valido toda su religiosidad, a la pobre… Bueno, supongo que ahora estará en el cielo de los bichos, como mártir del cotidiano genocidio de la madre naturaleza… Aunque no sé si hay cielo que compense este tipo de muerte, la verdad…

-Veo que te encuentras mejor -dijo secamente Abraham, que comía algo sentado, apoyado en el tronco de un árbol.

-Oh, sí. Un espectáculo así levanta el ánimo a cualquiera -respondió José-. Dime, Abri, ¿cómo crees tú que entraron estos bichos en el arca de Noé? ¿En forma de gusano? ¿O iban dentro de otra pareja? Porque si iban dentro de algún bicho, me temo que ese bicho se extinguió por aquel entonces…

Abraham dejó de comer, cogió su arco y se fue sin contestar. Lope, que se había despertado, miró con cara de resignación a José y le dijo a Abraham que le esperase, que iría con él a cazar.

José se quedó mirando fijamente al gusano, que se retorcía en el fondo de la laguna. Thomas e Iván volvieron junto a sus mochilas. Thomas sacó algo de carne. A Iván le había huido el apetito muy lejos; tardaría en regresar.

-Nunca pensé que me sucedería tan pronto, pero lo cierto es que echo mucho de menos mi hogar… -comentó Iván.

-¿Por qué piensas que es demasiado pronto para sentir eso? -preguntó el teólogo.

-Bueno, tenía tantas ganas de vivir aventuras, que no pensé…

Iván no terminó la frase y bajó la mirada al suelo.

-Ya -dijo Thomas-. ¿Las aventuras no están siendo lo que tú esperabas?

Iván miró a José, que seguía junto a la laguna.

-Los hombres no están siendo lo que yo esperaba -respondió Iván-. Empezando por mí.

Thomas mordisqueó un trozo de carne salada antes de volver a preguntar.

-¿Qué esperabas de los hombres?

-Que fueran menos… -Iván buscaba palabras que no acababa de encontrar-… complicados. Muchas veces me quedo sin saber qué pensar. De muchas cosas. Me aturde estar tan perdido. Me inquieta ser tan ignorante.

-Sólo Dios conoce las oscuras profundidades de los corazones -dijo Thomas-. El amor al prójimo implica amor a esas oscuridades, saber que forman parte de lo que los hombres son. De lo que tú mismo eres.

-Yo no me veo tan complicado… -replicó Iván, en voz baja.

-Quizá no lo seas -respondió Thomas, sonriente-. Pero el tiempo es un tejedor tenaz de oscuridades. No te sorprendas, si notas que tu forma de ver las cosas se complica. De hecho, ya está ocurriendo, ¿no?

Iván dejó escapar una leve sonrisa cansada.

-Además, las amenazas no dejan de aumentar, en número y calidad -prosiguió el joven-. Cada día que pasa cuesta más trabajo mantener la esperanza en una victoria final.

Thomas miró a Iván muy serio.

-Tu Dios se hizo hombre y fue crucificado -dijo el anciano-. ¿Qué esperabas para ti?

Iván bajó la cabeza, asintiendo.

-Esperaba… -se atrevió a contestar-… esperaba honor, gloria en la batalla, el amor de una mujer, hijos a los que criar… Y no esperaba tener que enfrentar la seria posibilidad de que mi hogar dejase de existir. Es todo demasiado… grande, para mí.

Thomas no dijo nada. Bajó la cabeza y se quedó pensando.

-¿No temes perder nada? -inquirió Iván.

-Sí -respondió Thomas, en voz muy baja-. La sonrisa de Dios.

Iván sonrió.

-¿Por qué vivías en Atenas? -volvió a preguntar el joven.

-Es mi ciudad. Allí nací. Es mi hogar.

-¿Eres katejónico?

-No, simple cristiano. Sin adjetivos, ni complementos de lugar.

Ambos sonrieron.

-¿No preferirías vivir en una Casa?

-No -respondió con dulce seguridad el anciano-. Pero lo haría, si así lo determinase la Divina Providencia.

-Quizá echases de menos entonces Atenas.

-Es probable -dijo Thomas-. Otro demonio más al que tratar de domesticar.

Iván volvió a sonreír.

-Me gustaría tener tu confianza en Dios… -dijo el joven.

-A mí me gustaría tenerla siempre -replicó Thomas.

-¿A veces dudas?

-Soy un hombre anciano, Iván, de profundísimas oscuridades…

-¿No vives en paz?

-Cada vez más, sí. A Dios gracias. Pero incluso la paz puede tener sus oscuridades propias…

Iván hizo un gesto de no entender.

-La paz se logra a costa del mundo -continuó Thomas-. Pero cuanto menos te vence el mundo, más te cuesta entender a los que aún se sienten atados a él. Y, sin embargo, puedes reconocer no poca bondad en muchas de sus preocupaciones mundanas; pero tú no les puedes ayudar. Porque tus palabras de aliento sólo pueden ser recibidas como hielo por sus corazones angustiados. ¿Qué decir al hombre que vela el cadáver de su hijo, aún niño? Sólo el silencio del mundo calmará su dolor. Y ese silencio sólo lo obra Dios.

Thomas e Iván permanecieron callados un buen rato. Ambos miraron a José, que ahora había fijado su atención en las aguas del río.

-Si ser cristiano es eso -dijo Iván, en un susurro-, no sé si alguna lo vez lo he sido. No sé si alguna vez lo seré. Me parece… tan difícil.

-Por supuesto -admitió Thomas-. No sé si habrá algo más difícil. Sin la ayuda de Dios.

José se agachó y recogió algo del agua. Un último brillo del atardecer se coló entre los árboles para iluminar el inerte cuerpo de la mantis religiosa, reposando en la palma mojada de su mano.

GRACIAS A DIOS POR YOUTUBE

Yo, como buen reaccionario, le doy gracias a Dios todos los días por dejarme vivir en una época en la que existe YouTube.

Esta puerta, prácticamente gratuita, al trasiego de belleza, que nos da opción de descubrir y disfrutar tantas joyas lejanas y escondidas.

Que me permite mostrar a mi hija un concierto de Vivaldi, mientras le voy diciendo los nombres de los instrumentos musicales.

Que me da la oportunidad de enviar mensajes de amor en forma de canciones, que me regala lo que en otras épocas era privilegio de cuna o clase.

Gracias, Señor, porque sigo creyendo que la belleza salvará el mundo, y con YouTube es mucho más fácil alcanzarla y regalarla a los demás.

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