El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: FERNANDO MUÑOZ

ENSERES

Hoy, como tantos otros domingos, he ido a comer a casa de mi madre.

Mientras esperaba a que estuviera lista la comida, me he acercado a la terraza. Me gusta comprobar cómo va creciendo el naranjo que les regalé (mi limonero, por cierto, cumplió ayer diez años).

Me fijé entonces en la alacena que Julio, el compañero de mi madre, restauró ya hace un tiempo. Es un mueble precioso, que hoy se veía especialmente bello, sumergido en la abundante luz de la jornada.

Pero, al mismo tiempo, sentí que el mueble parecía demandar otro lugar. No me refiero a un simple cambio de sitio. Encajonado en la estrechez de la pequeña terraza, su mera presencia imponía otra disposición del mundo alrededor: otros espacios, otros ritmos, otras rutinas. Pensé que sería una alacena feliz en una casa de campo, asomada a una ventana desde la que pudiera ver una huerta bien cuidada y un pequeño jardín; y, más allá, el camino que marca la adecuada distancia con el mundo.

Unas manos de mujer cortarían flores cada mañana para poner en el jarrón que reposa en la alacena.

Me vinieron entonces a la mente las reflexiones de Fernando sobre los enseres, que tengo frescas en la memoria por haber tocado el tema en su reciente conferencia sobre Gómez Dávila.

Los enseres gozan así de una doble formalización, constan de partes formales o piezas y, a su vez, pueden distinguirse en su estructura elementos sintácticos o de relación, que remiten a su composición con otros objetos culturales, y elementos semánticos que determinan, justamente, lo que el objeto es de suyo, relativamente al margen de su articulación con esos otros objetos con los que conforma, sin embargo, una red, paisaje o esfera cultural o idiomática. Así, cuando en un determinado entorno cultural aparece un objeto exótico su presencia destaca, como destaca en el discurso la palabra de un idioma foráneo.

Elementos para la comprensión de las raíces metapolíticas de Europa. Del fundamento antropológico de la comunidad al ocaso de la familia en la sociedad universal; tesis doctoral en Sociología de Fernando Muñoz; pg. 70.

IMAG0176

HOMENAJE TABERNARIO A NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA

Fue el pasado sábado 14 de mayo.

A través del Padre Raúl, doña María Jesús tuvo la inmensa amabilidad de cedernos su casa para que pudiéramos reunirnos y escuchar a Fernando hablar de don Nicolás.

Alejandro volvió a ejercer de director y José Luis completó la banda de cuatreros (pues éramos cuatro) que, en compañía de la dueña del lugar, se reunió para rendir homenaje a don Colacho.

Posteriormente, nos fuimos a misa a la Santa Cruz.

Y más allá, aconteció la Taberna. En la que tuvo a bien aparecer la señorita Prim, acompañada del Hombre del Sillón (o viceversa, que tanto monta).

En fin, una bonita jornada, a Dios gracias, de la cual deseamos compartir este cachito con todos vosotros.

Que sea de vuestro agrado e interés.

EL AMOR ALTERA EL HÁBITAT DE LAS ABEJAS

Empieza a convertirse en amable tradición que José Luis me muestre un poema tras la misa dominical. Poema que también hoy me veo en la obligación de compartir con el hiperespacio.

En esta oportunidad, el dicho poema me refrescó una anécdota escuchada en la Taberna de ayer, cuando Fernando nos contó lo que les suele decir a sus alumnos: no sólo Dios es trinitario, también lo es el diablo; y sus tres personas son: Marx, Nietzsche y Freud.

El poema pertenece a la Historia de la Filosofía de Ibáñez Langlois, y dice así:

Un hombre camina por la luz de un jardín
corta una flor de luz y la ofrece a una mujer
la mujer y la flor son muy hermosas
los científicos observan ocultos en el follaje
sus pensamientos zumban bajo el sol
para las ciencias ocultas no cabe ni la menor duda
es un truco burgués muy conocido dice el marxista
las flores ya se sabe retardan la revolución
ese lírico gesto transfiere a lo irreal
una contradicción no resuelta en la infraestructura
en el régimen de propiedad privada de la luz del jardín
para el psicoanalista en cambio es un Edipo vaya
sí un Edipo señores por donde se lo mire
lo que la flor sublima es el destete
lo que la flor actúa es la muerte del señor padre
el sabio estructural ejem dice yo voy más lejos
pues todo lo que hemos visto es puro lenguaje
aquí el texto de La bella durmiente ha conversado
por el morfema flor con el capítulo 2º del Génesis
a través de una pareja que en el fondo no existe
sino en estado de pura significación
el ecólogo el verde aclara esto es un crimen
esa flor nunca jamás debió ser cortada
el amor altera el hábitat de las abejas
el teósofo parapsicólogo susurra la flor no existe
por el jardín sólo ha pasado el Pensamiento puro
el jardín y el amor son las dos caras del Pensamiento
la Eternidad emigra por la flor hacia Sí mismísima
silencio y entretanto el hombre dice amor mío
yo no pretendo decir nada especial pero mira aquí tienes
una flor que se parece extrañamente a ti
la mujer dice gracias más con los ojos que con la voz
los científicos ocultos desaparecen en el follaje
ah las ciencias ocultas del siglo XX
ah los ojos astutos que acechan en la espesura
del bosque que no existe sino en el amor.

En Oficio, antología seleccionada y prologada por Enrique García-Máiquez; Cuadernos de Poesía Númenor, 2006; pgs. 157-158.

'Idilio', de William-Adolphe Bouguereau (1851)

‘Idilio’, de William-Adolphe Bouguereau (1851)

LAS GRANDES OBRAS Y LA COMUNIDAD INVERTIDA

“Las llamadas grandes obras contribuirían a totalizar, dotando de unidad e identidad, a cada esfera cultural, a modo de una suerte de aparato perceptivo capaz de orientar el rumbo de la esfera cultural en el curso histórico por el que dichas unidades (unidades de supervivencia dice N. Elias) transitan. Ahí radica la dimensión política que estas obras poseen siempre. Estas grandes obras alcanzan su máximo radio de acción cuando realizan dicha función sobre plataformas imperiales que, a la vez que las hacen posibles, también reciben de ellas un aporte determinante para su propia unidad e identidad. Estas grandes obras obras de cultura logran desde tales esferas su máxima potencia proyectiva, al punto de definir, a partir de su determinado horizonte histórico (diapolítico), un objetivo metapolítico de alcance universal.

Ahora bien, nuestro presente nos ofrece la contrafigura moderna de semejantes grandes obras en la forma de las obras del nihilismo ultramoderno, fundadas en los viejos maestros de la sospecha. Se elevan éstas sobre una plataforma de ensueño, es decir, sobre la sociedad universal cosmopolita en cuyo seno, queriendo escuchar la voz del hombre nuevo sólo han logrado silenciar la voz del hombre real. En efecto estas grandes obras del nihilismo han contribuido a la demolición de las últimas resistencias opuestas al aventurado alumbramiento del hombre nuevo, al advenimiento del gran individuo que, no obstante su magnitud, busca impotente la (re)construcción de una nueva comunidad.

En efecto, un renovado anhelo de comunidad aparece hoy por doquier. Pero ahora se tratará de una comunidad invertida en cuanto que el individuo se quiere substante y anterior a esa nueva comunidad que busca instituir según sus directrices. Estaríamos ante una comunidad de individuos cuya figura apenas se vislumbra. El nihilismo suspicaz habría logrado así el cenit de la negación que define el proceso de la modernidad. En el desértico silencio que resulta de la crítica, estos nuevos hombres sustantivos aguardan nuevas formas de comunidad. Nueva comunidad a definir en los vacíos espacios dejados por la naturaleza humana, aptos para la construcción sin límites del superhombre.

No podemos afirmar rumbo alguno en este frío espacio vacío, no podría señalársele objetivo alguno. Su rumbo es sin sentido y fruto lúdico de su potentísima voluntad.”

Elementos para la comprensión de las raíces metapolíticas de Europa. Del fundamento antropológico de la comunidad al ocaso de la familia en la sociedad universal, de Fernando Muñoz Martínez; tesis doctoral; pgs. 38-39.

'Estudio del retrato del Papa Inocencio X hecho por Velázquez', de Francis Bacon (1953)

‘Estudio del retrato del Papa Inocencio X hecho por Velázquez’, de Francis Bacon (1953)

LA CHESTERTONADA

A xornada do martes promete ser apaixoante…

Así está escrito en mi diario, el sábado 21 de abril de 2007.

La jornada del martes devino un caluroso y radiante día de primavera. En esa época, andaba yo redactando el capítulo dedicado a la evolución para mi trabajo de DEA. Como descanso, leía los diarios de Jünger.

Una asociación de jóvenes estudiantes de izquierdas había organizado un debate sobre El hombre que fue jueves y había pedido su participación a dos profesores de la facultad. Uno de ellos era el hombre que me dirigía el doctorado: Juan Bautista Fuentes Ortega. Mi entrenada alma de marxista-leninista sospechaba que aquella invitación no escondía otra cosa sino una encerrona para hacer público escarnio de mi maestro, quien había dado recientemente un giro de 180 grados, abandonando el marxismo que había defendido casi toda su vida, para dirigirse -sobre todo de la mano de San Gilberto- de regreso hacia el pensamiento católico. Años después, mis sospechas fueron confirmadas por alguien que también vivió aquella jornada.

Y sí, aquel 24 de abril de 2007 fue realmente apasionante. Me recuerdo caminando detrás de mi maestro y entrar en el aula repleta de estudiantes donde se iba a celebrar el acto. Yo me encontraba al borde de un ataque de nervios. He de confesar que no era demasiado optimista; a pesar de conocer la potencia retórica del maestro, seguía yo sintiendo esa peculiar vergüenza del converso reciente, excesivamente preocupado por dar la talla en la lucha de apariencias contra el bando que acaba de dejar atrás; lo que demuestra más inseguridad y falta de auténtica fe que otra cosa, pero que no deja de ser una fase natural en ese tipo de circunstancias. Ya en la mesa, el profesor miró a los cuatro rincones del aula (incluso los alféizares servían de asientos) y me dijo con gesto serio: Esto es importante… Esto es importante…

La primera intervención confirmó que allí no se iba a debatir El hombre que fue jueves, sino las nuevas ideas filosóficas de Juan Bautista Fuentes. Era (es) uno de los profesores con mayor tirón entre los estudiantes (a pesar del cambio) y no se podía permitir que siguiese alentando desde su cátedra el estudio de la doctrina católica.

Mi preocupación se mezclaba con una creciente tristeza, porque a nadie le gusta ver sufrir a la gente que quiere. Pero entonces comenzó la intervención de mi maestro.

Hablando sobre aquel acto, a veces muchos años después, siempre me ha llamado la atención la disparidad de opiniones sobre el resultado de aquel combate dialéctico. Para mí, la actuación de Fuentes fue de tal calibre, que a veces se me olvida que hubo otro profesor en la mesa. Pero sé que no es una opinión generalizada. Porque no es una opinión objetiva. De hecho, ni pretende, ni quiere serlo. Así que, cada uno presa de sus propios prejuicios, ve la fiesta según le va en ella.

Pero sí creo que aquello fue un antes y un después en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Si Fuentes no había convencido a todos, lo que sí había hecho era ganarse su respeto. A pesar de su giro reaccionario.

Me quedan imágenes muy bellas de aquel día: Fernando, Gabriel y Nacho, sentados en la tarima cerca de Fuentes, a modo de atenta guardia de corps; los múltiples corrillos de gente comentando lo escuchado, en la bella luz de un atardecer primaveral, echando unos cigarrillos antes de que terminara el descanso de la sesión; ese silencio casi místico que invadió el aula abarrotada cuando el maestro se preguntó a sí mismo si creía en Dios.

Las relaciones humanas son complicadas; básicamente, porque son protagonizadas por hombres y mujeres. Lo cual implica casi siempre un riesgo elevado de fracaso y desastre. Pero, a pesar de todo, yo tengo bastante claro que estos recuerdos me provocarán una sonrisa hasta el final de mis días. Y que va a ser difícil que ningún hombre me despierte el mismo nivel de admiración que Juan Bautista Fuentes me hizo sentir durante aquella intervención, el 24 de abril de 2007. Hace hoy ocho años.

Para terminar, me gustaría recordar las palabras de Sancho al final de El Quijote, que nuestro maestro nos leyó un día para poner fin a una de sus formidables clases de doctorado.

No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

78º ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DE SAN GILBERTO

El sábado 14 de junio del pasado 2014, la Taberna Errante conmemoró tan señalada fecha con diversos actos.

Comenzamos con un coloquio en el que Alfonso Díaz y Fernando Muñoz nos dirigieron dos exposiciones; en la primera, Alfonso (licenciado en Economía; aquí podéis leer uno de sus artículos para The Distributist Review) nos habló de la formidable potencia evangelizadora de Chesterton y de los aspectos económicos de su pensamiento; después, Fernando (doctor en Filosofía y Sociología; aquí tenéis un enlace a su blog) nos ofreció sus reflexiones sobre la vida y obra de San Gilberto, haciendo especial hincapié en la influencia del mismo en su propia trayectoria intelectual y personal.

Posteriormente, nos desplazamos hasta la iglesia de la Santa Cruz, donde se ofreció la misa (oficiada por el Padre Gabriel Díaz Patri según el rito tradicional) por el alma de Gilbert Keith Chesterton.

Al concluir la cual nos fuimos todos, como no podía ser de otra manera, de tumultuosa taberna.

Aquí os dejo una grabación del coloquio vespertino, realizada y subida por el gran Alejandro Rubio (que le ha sacado todo el partido posible a nuestros limitados medios técnicos; la exposición de Alfonso empieza en 2:00; la de Fernando en 29:35; las preguntas a partir de 59:30).

Este año, Dios mediante, pensamos repetir. Si os apetece asistir, creo que no ha de tardar el momento de proporcionar toda la información necesaria para ello. Mientras tanto, espero que el vídeo sea de vuestro interés.

TESIS

Era también febrero. Fue también viernes. Viernes 13, exactamente. De 2004.

Había ido con mi madre al médico a primera hora para que se hiciera unas pruebas, en compañía de mi madrina. Me sobró tiempo para llegar a la Facultad de Filosofía. Iba a asistir a una defensa de tesis doctoral.

En mi diario apunté un mes después, el 15 de marzo, que acababa de terminar de leer el Tolstoi o Dostoyevski. Fue esa tesis la que me dio a conocer a Steiner.

Siempre he sentido una inclinación natural hacia los detectives salvajes. Hacia los perseguidores de verdades. He tratado de acercarme a este tipo de personalidades. Pero suelen ser relaciones volátiles, siempre a punto de saltar por los aires. Las apuestas son altas en todo momento. A veces los caminos divergen; las verdades encontradas por unos y otros, resultan ser contradictorias. Los egos chocan y estallan.

He vivido, como Koestler, en una frenética cacería de absolutos. Las amistades eran medios para hallar y pulir verdades; herramientas que podían facilitar el descubrimiento del papel perfecto a interpretar.

No digo que sea una buena actitud; digo que era la mía. Probablemente lo sigue siendo, aunque algo sosegada por la experiencia.

La defensa fue prodigiosa. El doctorando ya era uno de los mejores rétores que he conocido. Dignísimo discípulo de su maestro. El desarrollo de la sesión había mutado a mis ojos: no era un tribunal poniendo en aprietos a un estudiante, sino un profesor de Filosofía dando una clase magistral a cinco señores de una cierta edad.

Pero el recuerdo más vivo de aquel día es otro. Una de las escenas más bellas que he contemplado en lo que llevo de peregrino en este mundo. Como dice mi diario: A imaxe do seu pai, nervoso -aquel remexer as maos, esas maos de arranxar oliveiras… Esas manos gigantescas, de trabajador. De emigrante a la gran capital, desde una provincia pre-moderna. De campesino de asfalto. Manos que se acariciaban recíprocamente, como queriendo marear los nervios, como buscando entretener la mirada que apenas se atrevía a fijarse en lo que ocurría. Pero cuando esa mirada se clavaba en su hijo y en los miembros del tribunal, se encendía un orgullo seco, profundo como la raíz de un olivo, sin emotividades superfluas.

El exceso de emoción ya lo ponía yo, que siempre he sido un llorica, al contemplar esa imagen de amor de un padre a su hijo.

Ese día, España valía la pena. España era, en ese momento, un país formidable. Un país en el que los hijos de los obreros, por su propio talento y esfuerzo, llegaban a ser doctores en Filosofía. Fue un día maravilloso.

Mañana, mi amigo hace su segunda defensa de tesis. También en febrero. También en viernes. Esta vez, en la Facultad de Sociología. Allí estaremos, Dios mediante.

Que Deus che teña no seu colo, Fernando.

292608_4015453347953_353056241_n

INGLATERRA

El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión.”

Carta de J. R. R. Tolkien al padre Robert Murray, 2 de diciembre de 1953 (‘Tolkien. Hombre y mito’, de Joseph Pearce; Minotauro, 2000; pg. 112)

 

Leí por primera vez ‘Las partículas elementales’ en el verano de 2000. Pero mi ejemplar tiene la siguiente anotación: “Xoves, dous de Novembro de 2000. El Puerto de Santa María”. Picado por aquella primera lectura, realizada gracias a la biblioteca de la Facultad de Filosofía, decidí poco tiempo después hacerme con el libro de Houellebecq. Recuerdo la primera relectura, en una biblioteca de la Universidad de Cádiz, donde estudiaba mi primo Fran. Aprovechando los descansos de mi curso de marinería -recién terminada la carrera, mi sueño era embarcarme y conocer mundo-, leía y subrayaba mi edición como si de un ensayo de filosofía se tratase.

Imagen

Esta foto tiene apuntado en el dorso: “1-XI-2000 Todos os Santos”. Se trata del penal de El Puerto, ahora casa-museo. En él estuvo preso uno de mis bisabuelos, padre de la madre de mi madre, por los hechos así relatados en el libro de Carlos Fernández, ‘El alzamiento de 1936 en Galicia’ (Ediciós do Castro, 132): “Al estallar la guerra civil, elementos de izquierda se dedicaron a recoger armas y los aparatos de radio por todo el municipio [Mugardos]. Nadie hizo resistencia, pero en la parroquia de Caamouco la familia conocida como los de Piñeiro, apellidada Otero, que vivía en un pazo, se negó a entregar las armas y la radio, se encerraron en su casa en unión del parroco y fueron asaltados a tiros, encontrando la muerte un hijo de la citada familia y el cura. Esto ocurrió en la noche del 21 al 22 de julio. Se quiso incendiar la casa y matar a todos sus habitantes, pero el cabo de Carabineros, Eladio Ramos, logró evitarlo, con la promesa de que procedería a la detención de los Piñeiro al día siguiente. Sin embargo, al conocerse en el pueblo que había triunfado el alzamiento, y asustados de lo que habían hecho, las fuerzas asaltantes se desmoralizaron y huyeron al mismo tiempo que entraban en Mugardos fuerzas de Artillería de El Ferrol, al mando del teniente don Manuel López-Sors.”

Mi bisabuelo, si la memoria familiar no se engaña, llegó a a estar condenado a muerte; pero sucesivas condonaciones de pena le permitieron volver con los suyos varios años más tarde, no sin antes pasar una buena temporada en la otra punta de la península, entre las paredes del edificio de la foto.

Las vueltas de la vida quisieron que dos de sus nietos, hermanos de mi madre, acabasen viviendo en El Puerto de Santa María. Y en casa de uno de ellos, mi tío Agustín, pasé aquel mes y medio del año 2000 mientras realizaba el curso de marinería en Cádiz.

En la década de los 60 del siglo XIX, un niño portuense llamado familiarmente Curro fue enviado a estudiar a Inglaterra, al Oratorio de San Felipe Neri en Birmingham. Esta institución había sido fundada por el sacerdote John Henry Newman, cuya ‘Apologia pro Vita Sua’ estoy leyendo estos últimos días. Unos años antes del viaje de Curro, John Henry Newman había abandonado el Anglicanismo, del que había sido una de las principales figuras teológicas durante el siglo XIX,  para convertirse al Catolicismo. Su ingente trabajo a favor de la ‘Reconquista’ católica de Inglaterra tuvo oficial reconocimiento el 19 de septiembre de 2010, cuando el Papa Benedicto XVI lo beatificaba en una multitudinaria Misa celebrada en Birmingham, durante el primer viaje oficial de un Sumo Pontífice a Inglaterra desde la Reforma Anglicana del siglo XVI.

Pienso mucho últimamente en la enorme influencia que el Catolicismo inglés está ejerciendo, desde hace algo más de un siglo. Resuenan las palabras del anglo-francés Belloc, en su ‘Europa y la Fe’: “El acontecimiento principal, el momento crítico en la gran lucha de la Fe contra la Reforma, fue la apostasía británica. Es éste un punto al que el historiador moderno, que es aún, normalmente, anticatólico, no concede ni puede conceder importancia. Y sin embargo, la apostasía de Gran Bretaña de la Fe de Europa, ocurrida hace trescientos años, es ciertamente el hecho histórico más trascendental de los últimos mil años, del periodo que media entre la salvación de Europa de manos de los bárbaros y nuestros tiempos.” (El Buey Mudo, pg. 207) Los frutos producidos por una rama en principio tan débil, dan prueba una vez más de lo estúpido que es el criterio de la cantidad a la hora de calificar adecuadamente los hechos de la existencia humana; ya no digamos al tratar de vislumbrar su dimensión trascendental. Pues un católico inglés, amigo y compañero de aventuras de Belloc, es, probablemente, el mayor regalo que la Gracia haya proporcionado a la Iglesia en los últimos tiempos.

Conocí a Chesterton (Magister Laetus, como magníficamente lo bautizó Fernando Muñoz) a través de la misma persona que me mostró a Houellebecq. Lo del francés fue una recomendación indirecta. Esa persona se lo recomendó a un conocido mío y éste me lo recomendó a mí, un día de fútbol veraniego. Años más tarde, acudí al despacho de Juan Bautista Fuentes -‘esa Persona’-, tras un tiempo de lejanía voluntaria. En la distancia, ambos habíamos empezado a dar un brusco giro al timón de nuestras respectivas naves. Graciosamente, descubrimos que los dos habíamos elegido el mismo rumbo. Y fue él el que me recomendó leer ‘Ortodoxia’.

Pero la crucial influencia del catolicismo inglés había comenzado en mi vida mucho antes, depositando semillas que sólo esperaban un jardinero adecuado.

Curro se llamaba Francisco Javier Morgan Osborne. Su padre era un galés que, como tantos otros británicos, se había establecido en El Puerto para dedicarse al negocio vinícola. Fue enviado a estudiar a Inglaterra, como ya he dicho, donde fue alumno de John Henry Newman en su Oratorio de Birmingham. En 1883 se ordenaba sacerdote. En 1904, el padre Curro se hacía cargo como tutor de dos hermanos, tras la trágica muerte de la  madre de éstos, y se los llevaba a vivir con él al Oratorio fundado por el padre Newman. Esos niños se llamaban Ronald y Hilary Tolkien.

Poco después de emigrar a Madrid, no sé si en 1988 o ya en 1989, me llamó la atención un libro anunciado en la revista del Círculo de Lectores. Según la descripción, estaba repleto de aventuras, magia, héroes, monstruos y hazañas. A pesar de la inmensa cantidad de páginas, le pedí a mi madre que me lo comprara. El libro, evidentemente, era ‘El Señor de los Anillos’. Y aquel niño de 11 años, que un tiempo antes se había negado a hacer la Primera Comunión -pese a que sus abuelas le habían prometido todos los regalos del mundo si lo hacía-, se leyó el libraco aquel en un mes.

No sé medir con exactitud la influencia de aquella temprana lectura. Me limitaré a decir un humilde ‘no poca’. Así que, cuando muchos años más tarde, me topé en las páginas de ‘Ortodoxia’ las reflexiones de San Gilberto sobre los cuentos infantiles de su niñera y lo opuestas que parecían las enseñanzas de éstos al mundo moderno, noté que un círculo se cerraba al leer: ‘Tardé mucho tiempo para descubrir que el mundo moderno se equivocaba y mi niñera no’.

2 de mayo de 2012

Imagen

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

non mea voluntas

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester