El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: FAULKNER

SACRILEGIO

“Se diría que ni siquiera en el púlpito conseguía hacer una distinción entre la religión, la carga de caballería y su difunto abuelo, muerto en su caballo puesto al galope. Y que, acaso, tampoco podía hacer esta distinción en su hogar, en su vida privada. Y Byron piensa que a lo mejor en su casa ni siquiera lo intentaba. Y piensa que era esa clase de cosas las que los hombres hacen a las mujeres que les pertenecen, y que ésa es la razón de que las mujeres tengan que ser fuertes, y que no se las debe censurar por lo que hacen con los hombres, por ellos, a causa de ellos, pues bien sabe Dios que ser la mujer de alguien no es nada fácil. Le dicen a Byron que la esposa del pastor era una mujer pequeña, de aspecto vulgar, y que, a primera vista, dio a la ciudad la impresión de no tener gran cosa a su favor. Pero la ciudad también le dice que si Hightower hubiese sido un poco más equilibrado, si se hubiese comportado como un pastor debe comportarse, en lugar de haber venido al mundo unos treinta años después del único día en que parecía haber vivido de verdad -el día en que su abuelo había muerto montado en su caballo al galope-, también su mujer habría sido como se debe ser. Pero él no era esa clase de hombre y, a veces, por la tarde o ya entrada la noche, los vecinos oían llorar a la muchacha en la casa rectoral, y los vecinos sabían que el marido no podría evitarlo porque no conocía el origen del mal. Algunas veces, aunque fuese domingo, la muchacha se abstenía de ir al templo donde predicaba su marido, y la gente le miraba a él, preguntándose si habría advertido que ella no estaba allí, si aquel hombre, encaramado allá arriba en su púlpito, y que hacía revolotear las manos a su alrededor, no habría acabado por olvidar que tenía una mujer. Los dogmas que creía predicar se llenaban de cargas de caballería, de visiones de derrotas y de glorias, del mismo modo que cuando en la calle se esforzaba en describir las cargas de caballería sus relatos se mezclaban con absoluciones, con coros de serafines guerreros. Por eso era natural que los ancianos caballeros y las ancianas damas pensasen que lo que él predicaba el día del Señor y en la propia casa del Señor se parecía mucho a un sacrilegio.”

Luz de agosto, de William Faulkner; Alfaguara, 2012; pg. 59.

Retrato de Helga, por Andrew Wyeth

Retrato de Helga, por Andrew Wyeth

UN VISTAZO AL ANIMAL

…¿Un hombre? Usted no ha visto nunca un hombre de verdad. No sabe lo que es verse deseada por un hombre de verdad. Y agradézcale a su suerte que no lo ha sabido ni lo sabrá nunca, porque entonces se enteraría de lo que vale en realidad esa carita de mosca muerta, y todas las otras cosas de las que cree estar tan orgullosa y que sencillamente la dan miedo. Y si es lo suficientemente hombre para llamarla puta, usted dirá Sí Sí y se arrastrará desnuda por el polvo y por el fango para que se lo siga llamando…”

Santuario, de William Faulkner; Orbis, 1982; pgs. 66-67.

…Cape & Smith publicaron Santuario el 9 de febrero de 1931. Hubo desde el principio dos reacciones principales: horror ante la materia temática y admiración renuente por el vigor de la obra. En una crítica del Sun de Nueva York del día 13, titulada Una cámara de horrores, Edwin Seaver lo calificaba de uno de los libros más aterradores que he leído en mi vida. Y uno de los más extraordinarios. Dos días después, John Chamberlain decía en The New York Times Book Review que el libro lo había dejado exhausto. El comentario crítico se titulaba La sombra de Dostoievsky en el Sur profundo. (Nueve semanas después, cuando Bennett Cerf le escribió diciendo que quería ver obra suya en The Modern Library y le ofreció ejemplares de volúmenes de la serie, Faulkner contestó: Si me enviaras lo que tengas de Dostoievsky en la lista te lo agradecería mucho. He visto varias críticas de mis libros en las que se apreciaba una influencia de Dostoievsky. Nunca he leído a Dostoievsky, así que me gustaría echarle un vistazo al animal).

Faulkner. Una biografía, de Joseph Blotner; Destino, 1994; vol. I, pgs. 487-488.

'Sigillum', de Roberto Ferri (2013)

‘Sigillum’, de Roberto Ferri (2013)

LA SANGRE Y LA MEMORIA DEL CORDERO

Ojalá dejara usted de traerlo a la iglesia, madre, dijo Frony. La gente habla.

¿Qué gente?, dijo Dilsey.

Yo los oigo, dijo Frony.

Ya sé qué clase de gente será, dijo Dilsey, esos blancos muertos de hambre. Ésos son los que hablan. Los que creen que no vale para la iglesia de los blancos y que la iglesia de los negros no le vale a él.

Pero hablan, dijo Frony.

Que vengan a decírmelo a mí, dijo Dilsey. Diles que al buen Dios no le importa si él es listo o no lo es. Sólo a esos blancos muertos de hambre les importa.

El ruido y la furia, de William Faulkner; Alfaguara, 2008; pg. 294.

Caroline Barr ('Mammy Callie') sosteniendo a Dean, hermano de William Faulkner.

Caroline Barr (‘Mammy Callie’) sosteniendo a Dean, hermano de William Faulkner.

LA REDENCIÓN DE LAS SERPIENTES

“El camino: ahí lo tienes, justo hasta mi puerta. Toda la mala suerte que va y viene por él tiene que encontrarla por fuerza. Le dije a Addie que no era ninguna bicoca vivir junto a un camino como éste, y ella, como mujer que es, dijo: Pues ponte en marcha y vete a otra parte, entonces. Y yo le dije que no era ninguna buena suerte, porque el Señor puso los caminos para viajar: ¿no los ha hecho todos planos y extendidos en la tierra? Cuando quiere que algo esté siempre en movimiento, lo hace alargado, como un camino o un caballo o una carreta, pero cuando quiere que algo esté quieto, en su sitio, lo hace de arriba abajo, como un árbol o un hombre. Así que Él nunca quiso que la gente viviera en los caminos, porque ¿qué es lo que está en un sitio antes, el camino o la casa? ¿Es que alguna vez ha puesto un camino al lado de una casa?, pregunto yo. No, nunca, digo yo, porque es siempre la gente la que no descansa hasta poner su casa donde todo el que pasa en una carreta pueda escupir en el umbral, y así la gente está intranquila y con ganas de coger y largarse a cualquier sitio, cuando lo que Él quiso para ella era que se quedara quieta como los árboles o los maizales. Porque si Él hubiera querido que el hombre estuviera siempre moviéndose de un lado para otro, ¿no lo habría hecho alargado sobre la panza, como a las serpientes? Es de pura lógica que sí.”

Mientras agonizo, de William Faulkner; Anagrama, 2011; pgs. 40-41.

'Wind from the sea', de Andrew Wyeth (1947)

‘Wind from the sea’, de Andrew Wyeth (1947)

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