El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: FAULKNER

CABALLEROS DEL SUR

-No puede casarse con ella, Henry.

Ahora es Henry quien toma la palabra.

-Eso ya lo has dicho antes. Ya te lo dije entonces. Y ahora, ahora ya no puede quedar mucho tiempo, y entonces no nos quedará nada: ni honor ni orgullo ni Dios, puesto que Dios nos abandonó, sólo que a Dios no se le ha ocurrido que sea conveniente notificárnoslo; ni calzado ni ropa nos queda, ni necesidad de ello; no sólo no hay tierra y no hay manera de hacer la comida, sino que tampoco hay necesidad de comida, y si no se tiene a Dios, si no se tiene honor ni orgullo, nada importa, salvo que ahí está aún la carne avejentada e insensata a la que no le importa si fue derrota o fue victoria, porque no ha de morir, porque se esconderá por los bosques y los campos, arrancando hierbajos y raíces… Sí, lo he decidido. Hermano o no, lo he decidido. Lo voy a permitir. Lo voy a permitir.

-No debe casarse con ella, Henry.

-Sí. Dije que sí al principio, pero entonces no estaba decidido. No se lo permití. Pero ahora he tenido cuatro años para decidirlo. Lo voy a permitir. Lo haré.

-Es preciso que no se case con ella, Henry. El padre de su madre me dijo que su madre era una mujer española. Le creí. Hasta que nació él no descubrí que su madre tenía en parte sangre de negra.

¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner; Verticales, 2011; pgs. 446-447.

EL MISMO

“¿En qué año colgaron a aquellos dos, señor Wade?

Fue en 1899. Colgaron a Pleas Wynn y a Catlett Tipton tras asesinar a los Whaley. Los sacaron de la cama y les volaron la tapa de los sesos delante de su hija pequeña. Estuvieron dos años en la cárcel apelando y demás. También hubo un tal Bob Wade implicado en el asunto, con el que, gracias a Dios, no me une parentesco alguno. Creo que lo enviaron a un centro penitenciario. Tipton y Wynn fueron colgados en el prado del juzgado que hay por allí. Era aproximadamente el uno de enero. Todavía estaban puestas las ramitas sagradas y las velas navideñas. Colocaron un andamio enorme con una trampilla para que cayeran los dos a la vez. La gente comenzó a dirigirse hacia el pueblo la noche anterior. Muchos de ellos durmieron en sus carros. Extendieron mantas sobre el césped del juzgado. Por todas partes. No cabía ni un alfiler en el pueblo, la gente se alineaba en columnas de a tres. Había mujeres vendiendo bocadillos por la calle. Tom Davis era el sheriff por aquel entonces. Los trajo de los calabozos, les proporcionó dos predicadores y dejó que fueran cogidos del brazo con sus mujeres y todo. Igual que si estuvieran yendo a la iglesia. Subieron todos al andamio, cantaron y todo el mundo comenzó a cantar con ellos. Los hombres, sombrero en mano. Yo tenía trece años, pero lo recuerdo como si fuera ayer. El pueblo entero y medio condado de Sevier cantando el I Need Thee Every Hour. Después, uno de los predicadores dijo una oración; las mujeres besaron a sus maridos para despedirse, se bajaron del andamio, se dieron la vuelta para observar; el predicador descendió y entonces se produjo un silencio ensordecedor. Luego se abrió de golpe la trampilla que había debajo de ellos, cayeron y quedaron colgados retorciéndose y pataleando durante diez, quince minutos. No os creáis que morir ahorcado es rápido y misericordioso. Y así se acabó la existencia de los Gorras Blancas en el condado de Sevier. A la gente no le gusta hablar de esto hoy en día.

¿Cree que la gente de entonces era más miserable que la de hoy?, preguntó el ayudante.

El viejo estaba mirando con detenimiento el pueblo inundado.

No, contestó. No lo creo. Creo que el hombre sigue siendo el mismo desde el día en que Dios hizo al primero.

Mientras subían las escaleras del juzgado, les iba contando la historia de un viejo ermitaño que vivía en House Mountain, un gnomo harapiento, cuyo pelo le llegaba a la altura de las rodillas, que iba vestido con hojas y cómo la gente solía meterse por el agujero que tenía entre unas rocas y lo desafiaban lanzándole piedras para hacerlo salir.”

Hijo de Dios, de Cormac McCarthy; Debate, 2001; pgs. 136-137.

Restos humanos en la cueva de El Mirador, sierra de Atapuerca

Restos humanos en la cueva de El Mirador, sierra de Atapuerca

LOS AGUJERITOS DE LA CAJA

“A veces tenía que pasar del papel de amigo y compañero al de padrastro y corrector. Malcolm (llamado ahora Buddy o Mac), orgulloso propietario de un rifle del .22, disparó un día contra un halcón hembra en su nido sobre un arce. Cuando, orgulloso, llevó a su casa su trofeo, Faulkner lo obligó a volver, subir al árbol y bajar las crías sin madre y retorcerles el pescuezo. Luego lo azotó con una fusta y lo privó del arma durante seis semanas. Ella Somerville se disgustó una vez lo bastante como para contarle a una amiga que Malcolm Franklin había ido a verla llorando porque su padrastro le había pegado cruelmente. Pero Estelle no ponía ninguna objeción a que Faulkner impusiese disciplina a los niños, y Mac acabaría diciendo más tarde que cualquier buena cualidad que pudiese tener la debía a la fusta y a la bondad de su padrastro.”

Faulkner. Una biografía, de Joseph Blotner; Letras/Destino, 1994; volumen 2, pg. 10.

CON ASMA Y TODO

“Una tarde, cuando bajó después de terminar su trabajo, se puso a mirar lo que estaba leyendo Ben. Oh, Proust. “Por el camino de Swann”, dijo. ¡Swann! El pobre hijo de puta extraviado, y lo llaman esnob. Yo creo que era exactamente lo contrario. Demonios, lo que le hizo Odette. Habría sufrido menos si lo hubiese crucificado, habría sido menos angustioso. Proust tuvo suerte en algunos sentidos. Nunca tuvo que lidiar con Hollywood para ganarse el pan. Yo preferiría haberme pasado la vida en aquel dormitorio suyo forrado de corcho, con asma y todo. Lo aceptaría con mucho gusto, ahora mismo.

Faulkner. Una biografía, de Joseph Blotner; Letras/Destino, 1994; volumen 1, pg. 653.

Faulkner

LA VENENOSA FICCIÓN DE CORMAC McCARTHY

[De la entrevista realizada por Richard B. Woodward, publicada el 19 de abril de 1992 en The New York Times; traducción propia]

[…] La novela depende para su vida de las novelas ya escritas. Su lista de los que él llama buenos escritores — Melville, Dostoyevski, Faulkner — excluye a cualquiera que no trate cuestiones de vida y muerte. Proust y Henry James no pasan el corte. No los entiendo, dice. Para mí, eso no es literatura. Hay un montón de escritores que me resulta extraño que sean considerados buenos.

[…] No existe la vida sin derramamiento de sangre, dice McCarthy filosóficamente. Creo que la idea de que la especie puede ser mejorada de alguna forma, de que todo el mundo podría vivir en armonía, es una idea realmente peligrosa. Los que creen tal cosa son los primeros en rendir sus almas, su libertad. Tu deseo de que las cosas sean así acabará haciendo de ti un esclavo y vaciando tu vida.

Obra de Andrew Wyeth

Obra de Andrew Wyeth

NIHIL SUB SOLE NOVUM

Lo mandaron a la escuela, donde -contó a mi abuelo- aprendí poca cosa, salvo que la mayoría de las hazañas, buenas y malas por igual, merecedoras del oprobio o del elogio, que se hallasen al alcance de los hombres, ya habían sido realizadas, y habían de aprenderse sólo en los libros.

¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner; Verticales, 2011; pg. 308.

'Niña en interior', de Carl Vilhelm Holsøe

‘Niña en interior’, de Carl Vilhelm Holsøe

PUDO MORIR ALGÚN DÍA

“Léala si quiere o no la lea si no quiere. Y es que es muy poca impresión la impresión que uno deja, dese cuenta. Uno nace y prueba tal o cual cosa y no sabe por qué y lo sigue intentando y uno ha nacido al mismo tiempo que mucha más gente, mezclado con todos ellos, como si tuviera que tratar de mover brazos y piernas sujetos por medio de hilos sólo que esos mismos hilos están enganchados a todos los demás brazos y a todas las demás piernas y todos tratan de moverse a la vez y no saben por qué, uno sólo sabe, a lo sumo, que los hilos están entrelazados, enredados los unos con los otros, como si cinco o seis personas quisieran tejer una alfombra al tiempo en el mismo telar, sólo que cada una pretende tejer su propia trama y eso en el fondo no puede importar, ya lo sabe, pues de lo contrario los que han dispuesto el telar tal como es lo habrían hecho un poco mejor, digo yo, y sin embargo tendrá que importar, digo yo, porque uno sigue intentándolo, tiene que seguir intentándolo por todos los medios, y de repente y sin previo aviso todo ha terminado y lo que a uno le queda es un bloque de piedra tallada en la que se ven unos arañazos siempre y cuando alguien se haya acordado de arañar el mármol y ponerlo en su sitio o haya tenido tiempo de hacerlo, y llueve sobre esa roca y luce el sol sobre esa roca y al cabo de un tiempo ya ni siquiera se acuerdan del nombre, de lo que esos arañazos pretendían decir, y no importa. Así que tal vez si puede uno dirigirse a alguien, cuanto más desconocido mejor, y le da algo -un trozo de papel-, lo que sea, cualquier cosa, con la intención no de decir nada en sí mismo, ni siquiera de que esa persona lo lea o lo guarde, ni de que se tome la molestia de deshacerse de él o de destruirlo, al menos será algo, por poca cosa que sea, porque así habrá ocurrido, será recordado aunque sólo sea por pasar de mano en mano, de una mentalidad a otra, y al menos será un arañazo, algo, algo que pueda dejar huella en algo que fue una vez por la razón de que pudo morir algún día, mientras el bloque de piedra no puede ser es porque nunca podrá llegar a ser fue porque no puede morir ni perecer…”

¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner; Verticales, 2011; pgs. 157-158.

Roda maior da Laxe das Rodas

EUPHEUS

“Un día, al final de una semana, regresó a su casa y, cuando llegó el lunes, no volvió a marcharse. A partir de aquel día se le veía diariamente por el centro de la ciudad, en la plaza, sombrío y mugriento, con la mirada llena de aquella expresión furiosa, hostil, que la gente tomaba por locura: aquel aire de violencia desvanecida, semejante a un perfume, a un olor; aquel fanatismo parecido a una brasa que se apaga poco a poco, una especie de evangelismo de dos caras, con una cuarta parte de ferviente convicción y tres cuartas partes de intrepidez física. Así que nadie se sorprendió cuando se supo que recorría el condado, generalmente a pie, para predicar en las iglesias negras. Ni siquiera se asombró nadie cuando, un año después, se conoció el tema de sus sermones. Porque aquel blanco que, para subsistir, dependía casi exclusivamente de la generosidad, de la caridad de los negros, iba solo hasta las iglesias negras más apartadas. Y allí, interrumpiendo el oficio para subir al púlpito, predicaba a los negros, con su voz ronca, muerta. algunas veces con grandes obscenidades, la humildad ante todas las pieles más claras que las de ellos. Inconscientemente paradójico en su fanatismo, les predicaba la superioridad de la raza blanca, presentándose él mismo como el mejor ejemplo. Los negros le creían loco. Pensaban que la mano de Dios le había tocado o que quizás era él quien había tocado a Dios. Lo más probable es que no escuchasen o que no pudiesen comprender lo que el hombrecillo decía. Tal vez le tomaban por el mismo Dios, puesto que, para ellos, Dios era también un hombre blanco cuyos caminos eran siempre un tanto impenetrables.”

Luz de agosto, de William Faulkner; Alfaguara, 2012; pgs. 302-303.

SACRILEGIO

“Se diría que ni siquiera en el púlpito conseguía hacer una distinción entre la religión, la carga de caballería y su difunto abuelo, muerto en su caballo puesto al galope. Y que, acaso, tampoco podía hacer esta distinción en su hogar, en su vida privada. Y Byron piensa que a lo mejor en su casa ni siquiera lo intentaba. Y piensa que era esa clase de cosas las que los hombres hacen a las mujeres que les pertenecen, y que ésa es la razón de que las mujeres tengan que ser fuertes, y que no se las debe censurar por lo que hacen con los hombres, por ellos, a causa de ellos, pues bien sabe Dios que ser la mujer de alguien no es nada fácil. Le dicen a Byron que la esposa del pastor era una mujer pequeña, de aspecto vulgar, y que, a primera vista, dio a la ciudad la impresión de no tener gran cosa a su favor. Pero la ciudad también le dice que si Hightower hubiese sido un poco más equilibrado, si se hubiese comportado como un pastor debe comportarse, en lugar de haber venido al mundo unos treinta años después del único día en que parecía haber vivido de verdad -el día en que su abuelo había muerto montado en su caballo al galope-, también su mujer habría sido como se debe ser. Pero él no era esa clase de hombre y, a veces, por la tarde o ya entrada la noche, los vecinos oían llorar a la muchacha en la casa rectoral, y los vecinos sabían que el marido no podría evitarlo porque no conocía el origen del mal. Algunas veces, aunque fuese domingo, la muchacha se abstenía de ir al templo donde predicaba su marido, y la gente le miraba a él, preguntándose si habría advertido que ella no estaba allí, si aquel hombre, encaramado allá arriba en su púlpito, y que hacía revolotear las manos a su alrededor, no habría acabado por olvidar que tenía una mujer. Los dogmas que creía predicar se llenaban de cargas de caballería, de visiones de derrotas y de glorias, del mismo modo que cuando en la calle se esforzaba en describir las cargas de caballería sus relatos se mezclaban con absoluciones, con coros de serafines guerreros. Por eso era natural que los ancianos caballeros y las ancianas damas pensasen que lo que él predicaba el día del Señor y en la propia casa del Señor se parecía mucho a un sacrilegio.”

Luz de agosto, de William Faulkner; Alfaguara, 2012; pg. 59.

Retrato de Helga, por Andrew Wyeth

Retrato de Helga, por Andrew Wyeth

UN VISTAZO AL ANIMAL

…¿Un hombre? Usted no ha visto nunca un hombre de verdad. No sabe lo que es verse deseada por un hombre de verdad. Y agradézcale a su suerte que no lo ha sabido ni lo sabrá nunca, porque entonces se enteraría de lo que vale en realidad esa carita de mosca muerta, y todas las otras cosas de las que cree estar tan orgullosa y que sencillamente la dan miedo. Y si es lo suficientemente hombre para llamarla puta, usted dirá Sí Sí y se arrastrará desnuda por el polvo y por el fango para que se lo siga llamando…”

Santuario, de William Faulkner; Orbis, 1982; pgs. 66-67.

…Cape & Smith publicaron Santuario el 9 de febrero de 1931. Hubo desde el principio dos reacciones principales: horror ante la materia temática y admiración renuente por el vigor de la obra. En una crítica del Sun de Nueva York del día 13, titulada Una cámara de horrores, Edwin Seaver lo calificaba de uno de los libros más aterradores que he leído en mi vida. Y uno de los más extraordinarios. Dos días después, John Chamberlain decía en The New York Times Book Review que el libro lo había dejado exhausto. El comentario crítico se titulaba La sombra de Dostoievsky en el Sur profundo. (Nueve semanas después, cuando Bennett Cerf le escribió diciendo que quería ver obra suya en The Modern Library y le ofreció ejemplares de volúmenes de la serie, Faulkner contestó: Si me enviaras lo que tengas de Dostoievsky en la lista te lo agradecería mucho. He visto varias críticas de mis libros en las que se apreciaba una influencia de Dostoievsky. Nunca he leído a Dostoievsky, así que me gustaría echarle un vistazo al animal).

Faulkner. Una biografía, de Joseph Blotner; Destino, 1994; vol. I, pgs. 487-488.

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