El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: ESCRIBIR

LOS NOMBRES PROPIOS

No soy hombre de imaginación exuberante. Escribo fundamentalmente desde lo acontecido.

He querido hoy inventar un cuento para dormir a mi hija y he acabado hablándole de los caballos salvajes de los acantilados.

Le he explicado que un acantilado es una montaña junto al mar. Ella ha buscado en El Principito el dibujo de las montañas. Pues ahora imagina que todo esto estuviera rodeado de mar, le he dicho.

Le hablé de las ganas que tenía de llevarla hasta allí. De los potros que miran hacia la puesta de sol.

Y, por supuesto, le hablé de él.

Cuando aún no tenía demasiado claro que le estuviera interesando lo que le contaba, me preguntó: ¿cómo se llama el caballo?

Le dije que no lo sabía.

Ya se durmió. Quizá sueñe con caballos sobre montañas rodeadas de mar.

Yo, mientras tanto, me distraigo dándole vueltas a la importancia de los nombres propios.

OTRA VEZ, TAN DISTINTO

Sorprende la cantidad de escoria que me descubro haber portado.

Otra vez, tan distinto.

Demasiada militancia. Pegajosa. Otra vez. También esa vez; que ya pasó, al parecer.

Exigiendo eternidad a las tesis de mi voluntad. Qué error más tonto…

Sólo ya una militancia: caminar. Tomar notas. Refugiarme en las pequeñas verdades que he ido encontrando; y que no sé cuánto me durarán.

Compartirlas, como el que ofrece una silla a su mesa a la hora de comer. Por regalar.

Hasta que vuelva a descubrirme, una vez más, distinto.

Y la curiosidad de saber qué cosas aguantarán hasta el final del viaje.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XLIII)

Se me fue el día en cuestionarme.

Pensarme escribiendo qué. ¿Pensarme escribiendo?

Desesperado por la ausencia de hilos. Desesperación apática, sin estridencias. Un aburrimiento metafísico.

Y entonces Calle del Orco colgó este formidable poema de Auden.

Y he querido verlo, por un instante, como un buen augurio. Como si doce buitres.

Pero ni siquiera.

Enseguida me he aburrido, también, de mi supersticiosa predilección por las casualidades.

Pero eso da igual.

El poema sigue siendo formidable.

RUGBY Y LITERATURA

Alguien de exquisito gusto me envía este maravilloso artículo periodístico. Ese periodismo deportivo (periodismo, en general) que resulta ya tan escaso y que parece borrar la frontera entre el mero periodismo y la alta literatura.

Espero que también vosotros disfrutéis de esta pequeña obra maestra de Nacho Hernández, al que prestaremos especial atención en El Sosiego Acantilado a partir de ahora.

LA SEMILLA DE MOSTAZA, JUAN CLÍMACO Y LAS CUATRO ESTACIONES

Aprovechando que la nena duerme, os escribo para deciros que la última entrada del proyecto-blog La Semilla de Mostaza me ha resultado interesante y, sobre todo, lúcida.

Así que, más allá de las precauciones mostradas, seguiré prestando especial atención al devenir de sus andanzas y aventuras. Quién sabe, quizá un Juan Rilo se encuentre entre ellos.

Por otro lado, también he de recomendaros el nuevo blog de un conocido mío, seminarista católico, que nos irá ofreciendo un relato con cada nueva estación del año. Por ahora, tenemos un Cuento de Verano y un Cuento de Otoño. Están muy bien escritos y creo que pueden ser de vuestro agrado.

Y ya que estamos hablando de las estaciones, he de referirme a mi último descubrimiento musical: la violinista moldava Alexandra Conunova, que me tiene sorbido el seso con esta maravillosa interpretación de la eterna obra de Vivaldi. Espero que os guste tanto como a mí.

DONDE EL LOGOS SE HACE CARNE

No recuerdo exactamente cuál era el título de aquella asignatura optativa. Sí recuerdo que Quintín solía hacer el chiste de que le ponía esos nombres a sus asignaturas para asustar a los alumnos y evitar que se apuntasen a sus clases. Es cierto que las clases de Quintín solían estar repletas de gente; y que Quintín nunca anduvo mal de ego, tampoco es falso. La asignatura que dedicaba a los filósofos del barroco europeo, por ejemplo, se llamaba Ontopraxeología, nada menos.

Me apunté a ambas en mi segundo año de carrera, que creo fue el último de Quintín Racionero como docente en la Universidad Complutense, antes de hacerse cargo definitivamente de la cátedra que había ganado en la UNED.

Me parece que el título era Genealogía de la Metafísica. Y básicamente era una historia de la filosofía griega que, combatiendo la típica interpretación, ya muy criticada, de aquélla como un progresivo paso del mythos al logos, trataba de hacerse cargo de todo el logos presente ya, por ejemplo, en la mitología griega.

Así que muchas de las clases consistían en Quintín contándonos un cuento. El cuento era siempre un mito griego. Y tras la narración, Quintín analizaba el contenido del relato y los conceptos que en él se exponían y articulaban.

Lo buen narrador que era Quintín es algo difícilmente describible con palabras. Un regalo del cielo, sin duda alguna.

El caso es que le pedí que fuera mi director de tesis. En segundo de carrera. Y él me aceptó, aunque mi idea de tema de investigación era bastante peregrina: quería hacer lo que él hacía con los mitos griegos, pero aplicándolo a los relatos de la mitología celta. Esperando probablemente que algún día me aburriría de tal tontería, me puso deberes, y me dijo que debería irme de Erasmus a Alemania y estudiar lógica de clases. Empecé a ir a clases de alemán en una academia para completar las muy limitadas que nos impartían en la carrera.

Pero el devenir de la vida me acabó alejando de Quintín. Y tras su marcha a la UNED, poco trato mantuvimos.

Ese interés primero por examinar mitos, lo recuerdo como algo semejante al niño que desmonta un reloj para intentar descubrir cómo funciona; con el resultado lógico y terrible de no descubrir casi nada sobre el funcionamiento de un reloj, que, mientras tanto, ha quedado roto en el proceso.

Aquel estudiante de filosofía se había presentado a un concurso literario de la Complutense con un relato de unas 50 páginas, El Picotazo, que dio a leer a su profesor Quintín Racionero. Creo que le gustó algo, aunque tampoco quedó fascinado, ni mucho menos. Básicamente, porque era bastante malo y pueril. Pero sí me dijo una cosa que, me parece, intentaba ser un halago: me había enfrentado cara a cara con el problema del nihilismo. Y eso le había gustado.

A mis compañeros de Facultad de aquel entonces les parecía un poco ridícula mi idea de tesis. No se lo puedo echar en cara. Al fin y al cabo, nos preparábamos para ser filósofos, no cuentistas.

Existiendo los lenguajes científicos y filosóficos, ¿para qué rebuscar en narraciones mitológicas? ¿Cuánto logos podía morar en un cuento? ¿Y de qué calidad? La mitología griega aún tenía un pase, era la antesala de la filosofía; pero, ¿la mitología celta?…

Había que estudiar las críticas kantianas y dejarse de tonterías. Y lo cierto es que me las leí. Y leer a Kant es la mejor forma de comprender ese sarampión que sacudió Europa durante el siglo XIX, llamado Romanticismo. Encerrados en un cielo abstracto, la elite europea corrió de forma enloquecida en dirección contraria. Reacción desquiciada e histérica a una situación desquiciada y delirante.

Pero también estaba leyendo a Platón y haciéndome cargo de la molesta reaparición en sus diálogos de los mitos, cada vez que las explicaciones de Sócrates no parecían llegar a ningún lado.

Había quiebras en la filosofía que sólo parecían atacables desde la narración.

Mientras tanto, yo seguía bebiéndome los clásicos de la literatura occidental, donde el logos se hacía carne. Donde se continuaba el trabajo de los redactores del canon bíblico. Donde seguía medrando el árbol de la sabiduría de Occidente, su tradición de sentido común.

Para finalmente llegar a la conclusión de que la filosofía es la hermana cobarde de la literatura. Un nihilismo no enfrentado; un miedo a fabular encastillado tras muros de palabras. Terror al error. A decir sí a algo. A perderse. A vivir.

Quizá, por encima de todo, miedo a encontrar.

¿Era eso lo que pulsaba en aquel adolescente ridículo que sólo quería estudiar filosofía para entender mejor cuentos muertos?

¿Es eso lo que nunca cambió? ¿Es eso lo que siempre he sido, a través de todos mis avatares: un detective de relatos?

Y… ¿es, acaso, la vida, otra cosa que un relato de detectives?

Salvajes, por supuesto. Pues no pueden decir que les gusta leer, porque leer es respirar.

Leer es rezar.

Y escribir es perseguir verdad. Su existencia es un éxodo sagrado en busca del Santo Grial, un cáliz tallado en piedra basta, alrededor del cual los narradores dan sentido a sacrificios ancestrales.

Los sacrificios que hacen posible el eterno retorno de lo divino entre los seres que han de morir.

Donde se escancia el vino que nos permite morar
con sosiego
en los acantilados a los que pertenecemos.

TU PUTO GRUPO POMPIER

Enterado del último debate entre las huestes de la intelligentsia católica, me entretengo en los intermedios de estudio y trabajo siguiendo sus pormenores.

Ciertamente, la tensión entre cristiano y Mundo es un elemento crucial de esta religión. Buena parte de la motivación para escribir Las Casas proviene del incansable reflexionar sobre esa agonía fundamental del ser cristiano. Que tiene una derivada muy importante al tratar de pensar qué pueda llegar a ser, concretamente, una política cristiana.

En la obra, intento que todas las posiciones tengan su voz, aunque yo pueda tener más afinidad con algunas de ellas. Porque puedo tener más afinidad, pero lo que no tengo es la Verdad absoluta.

Pero es cierto que siempre me resultan chocantes las posiciones cristianas que tratan de usar a Cristo como excusa para cambiar el mundo. Yo creo que la enseñanza cristiana fundamental es que el mundo no se cambia, el mundo se sufre. Hasta la cruz, si es necesario. Que de ese sufrimiento pueda surgir un cambio a mejor del mundo, creo que es cosa de poco interés para el auténtico creyente. O, por lo menos, de bastante menor interés que la vida eterna.

También tengo que reconocer que me hacen gracia los cristianos que se quejan de que ahora es más difícil ser un buen cristiano. Vamos, que ahora mismo es muy difícil ser bueno. Porque el mundo ha cambiado mucho.

Claro, como Cristo vivió durante el imperio carolingio, rodeado de monasterios.

Según esa bobada de argumento, Cristo nunca hubiese podido ser Cristo en la época en la que nació.

En fin, que cada cual haga lo que crea menester para salvar su alma. Incluido criticar a los grupitos rivales que conforman las huestes de la intelligentsia católica. No sé si servirá de algo, pero al menos pasamos el rato.

EL QUE ESTÁ DONDE ESTÁN LOS MUERTOS

Como tantos otros, conocí la existencia de Leopoldo María Panero a través de la película El desencanto, de Jaime Chávarri.

Interesado por el personaje, he visto varias entrevistas suyas que están colgadas en YouTube. Más allá de cualquier otra consideración sobre su persona -que, seguramente, no importa demasiado-, siempre me ha resultado claro y evidente que me encontraba ante un talento poético formidable.

Uno de esos seres cuyo decir está siempre atestado de sentidos.

Volví a tener la misma sensación al leer este artículo, del cual extraigo el siguiente párrafo:

El antipoeta se me queda mirando con las orejas paradas al oír tan curioso pareado, se gira y pregunta: “¡Brodsky! ¿Quién es este muchacho?”. De inmediato Brodsky le aclara que soy Bruno, viejo amigo de Roberto Bolaño, a quien conocí en México. Parra escucha con atención y le pregunta a Leopoldo si conoce a Bolaño. Leopoldo contesta: “No. ¿Es el que está donde están los muertos?”.

No sé si hay mejor definición de la obra de Bolaño.

WICKE

Lo conocí a los doce años. Es decir, hace unos treinta.

Hoy, como ayer, hemos estudiado juntos en la sala de lectura del centro cultural. Él prepara las oposiciones para bibliotecas; yo, para los Cuerpos Generales de Justicia.

Es uno de esos amigos ante los que no puedes inventarte ser algo que no eres, porque te ha visto en tus peores momentos. A pesar de ello, me quiere y me aprecia. A Dios gracias.

En cierta ocasión, me salvó de que me cayese la paliza de mi vida; aunque, seguramente, me la merecía.

Nos hemos visto mutuamente en carne viva, por dolores diversos (típicos de cualquier existencia humana).

Hoy, como ayer, hemos salido a descansar un rato del estudio, en compañía de un par de cafés de máquina (y un cigarro, que se ha fumado él).

-Por cierto, hace tiempo que te lo quería decir; ¿estás escribiendo algo, que ibas colgando en el blog? Una historia, como que ibas poniendo capítulos…

-Sí, así en plan apocalíptico… -le digo, esbozando media sonrisa.

-Es que me leí unos cuantos, del tirón, y me estaba gustando mucho… Me mola así el rollo apocalíptico. Y no sé, quería saber si había algo más.

Mi sonrisa se amplía.

-Sí, 129 páginas. Lo tengo parado ahora, pero me gustaría continuar cuando pase esto… Las Casas se llama.

-Sí, Las Casas. ¿Me lo puedes enviar?

-Sí, claro. Le quito los resúmenes, esquemas y apuntes para futuros capítulos y te lo envío.

Se acaban el cigarro y los cafés. Regresamos al estudio.

Y mi espíritu aún sigue sonriendo agradecido, mientras escribo esta entrada.

LA BIBLIA, LA LITERATURA, EL ARTE, LA BELLEZA

Si uno va a pasar por la vida, mejor tomársela en serio y agarrar todos los toros por los cuernos.

No sé cuántas entradas más voy a necesitar hacer sobre Jordan Peterson. Supongo que no me detendré hasta que consiga que lo incorporen a la lista obligatoria de autores a estudiar en la educación pública española; es decir, que nunca voy a dejar de colgar vídeos suyos, porque es imposible que consiga tal cosa.

En el enlace que os pongo más abajo (en el que se pueden activar los subtítulos en castellano), a partir del minuto 37 y 24 segundos, el señor Peterson inicia una reflexión sobre las palabrotas que adornan el título de esta entrada.

Sé que muchos de vosotros, furibundos antimodernos, estáis en una cruzada total contra el sentimentalismo contemporáneo. Pero yo, pobre pecador, he de reconocer que no he podido evitar llorar de alegría y agradecimiento mientras escuchaba al profesor Peterson.

Espero que también sea de vuestro interés.

En Compostela

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