El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: ESCRIBIR

RUGBY Y LITERATURA

Alguien de exquisito gusto me envía este maravilloso artículo periodístico. Ese periodismo deportivo (periodismo, en general) que resulta ya tan escaso y que parece borrar la frontera entre el mero periodismo y la alta literatura.

Espero que también vosotros disfrutéis de esta pequeña obra maestra de Nacho Hernández, al que prestaremos especial atención en El Sosiego Acantilado a partir de ahora.

LA SEMILLA DE MOSTAZA, JUAN CLÍMACO Y LAS CUATRO ESTACIONES

Aprovechando que la nena duerme, os escribo para deciros que la última entrada del proyecto-blog La Semilla de Mostaza me ha resultado interesante y, sobre todo, lúcida.

Así que, más allá de las precauciones mostradas, seguiré prestando especial atención al devenir de sus andanzas y aventuras. Quién sabe, quizá un Juan Rilo se encuentre entre ellos.

Por otro lado, también he de recomendaros el nuevo blog de un conocido mío, seminarista católico, que nos irá ofreciendo un relato con cada nueva estación del año. Por ahora, tenemos un Cuento de Verano y un Cuento de Otoño. Están muy bien escritos y creo que pueden ser de vuestro agrado.

Y ya que estamos hablando de las estaciones, he de referirme a mi último descubrimiento musical: la violinista moldava Alexandra Conunova, que me tiene sorbido el seso con esta maravillosa interpretación de la eterna obra de Vivaldi. Espero que os guste tanto como a mí.

DONDE EL LOGOS SE HACE CARNE

No recuerdo exactamente cuál era el título de aquella asignatura optativa. Sí recuerdo que Quintín solía hacer el chiste de que le ponía esos nombres a sus asignaturas para asustar a los alumnos y evitar que se apuntasen a sus clases. Es cierto que las clases de Quintín solían estar repletas de gente; y que Quintín nunca anduvo mal de ego, tampoco es falso. La asignatura que dedicaba a los filósofos del barroco europeo, por ejemplo, se llamaba Ontopraxeología, nada menos.

Me apunté a ambas en mi segundo año de carrera, que creo fue el último de Quintín Racionero como docente en la Universidad Complutense, antes de hacerse cargo definitivamente de la cátedra que había ganado en la UNED.

Me parece que el título era Genealogía de la Metafísica. Y básicamente era una historia de la filosofía griega que, combatiendo la típica interpretación, ya muy criticada, de aquélla como un progresivo paso del mythos al logos, trataba de hacerse cargo de todo el logos presente ya, por ejemplo, en la mitología griega.

Así que muchas de las clases consistían en Quintín contándonos un cuento. El cuento era siempre un mito griego. Y tras la narración, Quintín analizaba el contenido del relato y los conceptos que en él se exponían y articulaban.

Lo buen narrador que era Quintín es algo difícilmente describible con palabras. Un regalo del cielo, sin duda alguna.

El caso es que le pedí que fuera mi director de tesis. En segundo de carrera. Y él me aceptó, aunque mi idea de tema de investigación era bastante peregrina: quería hacer lo que él hacía con los mitos griegos, pero aplicándolo a los relatos de la mitología celta. Esperando probablemente que algún día me aburriría de tal tontería, me puso deberes, y me dijo que debería irme de Erasmus a Alemania y estudiar lógica de clases. Empecé a ir a clases de alemán en una academia para completar las muy limitadas que nos impartían en la carrera.

Pero el devenir de la vida me acabó alejando de Quintín. Y tras su marcha a la UNED, poco trato mantuvimos.

Ese interés primero por examinar mitos, lo recuerdo como algo semejante al niño que desmonta un reloj para intentar descubrir cómo funciona; con el resultado lógico y terrible de no descubrir casi nada sobre el funcionamiento de un reloj, que, mientras tanto, ha quedado roto en el proceso.

Aquel estudiante de filosofía se había presentado a un concurso literario de la Complutense con un relato de unas 50 páginas, El Picotazo, que dio a leer a su profesor Quintín Racionero. Creo que le gustó algo, aunque tampoco quedó fascinado, ni mucho menos. Básicamente, porque era bastante malo y pueril. Pero sí me dijo una cosa que, me parece, intentaba ser un halago: me había enfrentado cara a cara con el problema del nihilismo. Y eso le había gustado.

A mis compañeros de Facultad de aquel entonces les parecía un poco ridícula mi idea de tesis. No se lo puedo echar en cara. Al fin y al cabo, nos preparábamos para ser filósofos, no cuentistas.

Existiendo los lenguajes científicos y filosóficos, ¿para qué rebuscar en narraciones mitológicas? ¿Cuánto logos podía morar en un cuento? ¿Y de qué calidad? La mitología griega aún tenía un pase, era la antesala de la filosofía; pero, ¿la mitología celta?…

Había que estudiar las críticas kantianas y dejarse de tonterías. Y lo cierto es que me las leí. Y leer a Kant es la mejor forma de comprender ese sarampión que sacudió Europa durante el siglo XIX, llamado Romanticismo. Encerrados en un cielo abstracto, la elite europea corrió de forma enloquecida en dirección contraria. Reacción desquiciada e histérica a una situación desquiciada y delirante.

Pero también estaba leyendo a Platón y haciéndome cargo de la molesta reaparición en sus diálogos de los mitos, cada vez que las explicaciones de Sócrates no parecían llegar a ningún lado.

Había quiebras en la filosofía que sólo parecían atacables desde la narración.

Mientras tanto, yo seguía bebiéndome los clásicos de la literatura occidental, donde el logos se hacía carne. Donde se continuaba el trabajo de los redactores del canon bíblico. Donde seguía medrando el árbol de la sabiduría de Occidente, su tradición de sentido común.

Para finalmente llegar a la conclusión de que la filosofía es la hermana cobarde de la literatura. Un nihilismo no enfrentado; un miedo a fabular encastillado tras muros de palabras. Terror al error. A decir sí a algo. A perderse. A vivir.

Quizá, por encima de todo, miedo a encontrar.

¿Era eso lo que pulsaba en aquel adolescente ridículo que sólo quería estudiar filosofía para entender mejor cuentos muertos?

¿Es eso lo que nunca cambió? ¿Es eso lo que siempre he sido, a través de todos mis avatares: un detective de relatos?

Y… ¿es, acaso, la vida, otra cosa que un relato de detectives?

Salvajes, por supuesto. Pues no pueden decir que les gusta leer, porque leer es respirar.

Leer es rezar.

Y escribir es perseguir verdad. Su existencia es un éxodo sagrado en busca del Santo Grial, un cáliz tallado en piedra basta, alrededor del cual los narradores dan sentido a sacrificios ancestrales.

Los sacrificios que hacen posible el eterno retorno de lo divino entre los seres que han de morir.

Donde se escancia el vino que nos permite morar
con sosiego
en los acantilados a los que pertenecemos.

TU PUTO GRUPO POMPIER

Enterado del último debate entre las huestes de la intelligentsia católica, me entretengo en los intermedios de estudio y trabajo siguiendo sus pormenores.

Ciertamente, la tensión entre cristiano y Mundo es un elemento crucial de esta religión. Buena parte de la motivación para escribir Las Casas proviene del incansable reflexionar sobre esa agonía fundamental del ser cristiano. Que tiene una derivada muy importante al tratar de pensar qué pueda llegar a ser, concretamente, una política cristiana.

En la obra, intento que todas las posiciones tengan su voz, aunque yo pueda tener más afinidad con algunas de ellas. Porque puedo tener más afinidad, pero lo que no tengo es la Verdad absoluta.

Pero es cierto que siempre me resultan chocantes las posiciones cristianas que tratan de usar a Cristo como excusa para cambiar el mundo. Yo creo que la enseñanza cristiana fundamental es que el mundo no se cambia, el mundo se sufre. Hasta la cruz, si es necesario. Que de ese sufrimiento pueda surgir un cambio a mejor del mundo, creo que es cosa de poco interés para el auténtico creyente. O, por lo menos, de bastante menor interés que la vida eterna.

También tengo que reconocer que me hacen gracia los cristianos que se quejan de que ahora es más difícil ser un buen cristiano. Vamos, que ahora mismo es muy difícil ser bueno. Porque el mundo ha cambiado mucho.

Claro, como Cristo vivió durante el imperio carolingio, rodeado de monasterios.

Según esa bobada de argumento, Cristo nunca hubiese podido ser Cristo en la época en la que nació.

En fin, que cada cual haga lo que crea menester para salvar su alma. Incluido criticar a los grupitos rivales que conforman las huestes de la intelligentsia católica. No sé si servirá de algo, pero al menos pasamos el rato.

EL QUE ESTÁ DONDE ESTÁN LOS MUERTOS

Como tantos otros, conocí la existencia de Luis María Panero a través de la película El desencanto, de Jaime Chávarri.

Interesado por el personaje, he visto varias entrevistas suyas que están colgadas en YouTube. Más allá de cualquier otra consideración sobre su persona -que, seguramente, no importa demasiado-, siempre me ha resultado claro y evidente que me encontraba ante un talento poético formidable.

Uno de esos seres cuyo decir está siempre atestado de sentidos.

Volví a tener la misma sensación al leer este artículo, del cual extraigo el siguiente párrafo:

El antipoeta se me queda mirando con las orejas paradas al oír tan curioso pareado, se gira y pregunta: “¡Brodsky! ¿Quién es este muchacho?”. De inmediato Brodsky le aclara que soy Bruno, viejo amigo de Roberto Bolaño, a quien conocí en México. Parra escucha con atención y le pregunta a Leopoldo si conoce a Bolaño. Leopoldo contesta: “No. ¿Es el que está donde están los muertos?”.

No sé si hay mejor definición de la obra de Bolaño.

WICKE

Lo conocí a los doce años. Es decir, hace unos treinta.

Hoy, como ayer, hemos estudiado juntos en la sala de lectura del centro cultural. Él prepara las oposiciones para bibliotecas; yo, para los Cuerpos Generales de Justicia.

Es uno de esos amigos ante los que no puedes inventarte ser algo que no eres, porque te ha visto en tus peores momentos. A pesar de ello, me quiere y me aprecia. A Dios gracias.

En cierta ocasión, me salvó de que me cayese la paliza de mi vida; aunque, seguramente, me la merecía.

Nos hemos visto mutuamente en carne viva, por dolores diversos (típicos de cualquier existencia humana).

Hoy, como ayer, hemos salido a descansar un rato del estudio, en compañía de un par de cafés de máquina (y un cigarro, que se ha fumado él).

-Por cierto, hace tiempo que te lo quería decir; ¿estás escribiendo algo, que ibas colgando en el blog? Una historia, como que ibas poniendo capítulos…

-Sí, así en plan apocalíptico… -le digo, esbozando media sonrisa.

-Es que me leí unos cuantos, del tirón, y me estaba gustando mucho… Me mola así el rollo apocalíptico. Y no sé, quería saber si había algo más.

Mi sonrisa se amplía.

-Sí, 129 páginas. Lo tengo parado ahora, pero me gustaría continuar cuando pase esto… Las Casas se llama.

-Sí, Las Casas. ¿Me lo puedes enviar?

-Sí, claro. Le quito los resúmenes, esquemas y apuntes para futuros capítulos y te lo envío.

Se acaban el cigarro y los cafés. Regresamos al estudio.

Y mi espíritu aún sigue sonriendo agradecido, mientras escribo esta entrada.

LA BIBLIA, LA LITERATURA, EL ARTE, LA BELLEZA

Si uno va a pasar por la vida, mejor tomársela en serio y agarrar todos los toros por los cuernos.

No sé cuántas entradas más voy a necesitar hacer sobre Jordan Peterson. Supongo que no me detendré hasta que consiga que lo incorporen a la lista obligatoria de autores a estudiar en la educación pública española; es decir, que nunca voy a dejar de colgar vídeos suyos, porque es imposible que consiga tal cosa.

En el enlace que os pongo más abajo (en el que se pueden activar los subtítulos en castellano), a partir del minuto 37 y 24 segundos, el señor Peterson inicia una reflexión sobre las palabrotas que adornan el título de esta entrada.

Sé que muchos de vosotros, furibundos antimodernos, estáis en una cruzada total contra el sentimentalismo contemporáneo. Pero yo, pobre pecador, he de reconocer que no he podido evitar llorar de alegría y agradecimiento mientras escuchaba al profesor Peterson.

Espero que también sea de vuestro interés.

UN MONTÓN DE ENLACES

Supongo que, a estas alturas, ya todo el mundo conoce a Jordan Peterson. Yo lo hice a través del blog de Ángel. Y he vuelto a ver vídeos suyos en YouTube también por culpa de Ángel y todas esas entradas que está dedicando en los últimos días a ese trío de formidables humoristas y héroes de la civilización occidental que son Peter Boghossian, James Lindsay y Helen Pluckrose.

El caso es que, en esos vídeos que Ángel enlazaba, YouTube te sugería entrevistas a, y conferencias de, Jordan Peterson. Y me he pegado un pequeño atracón en los dos últimos días.

Si aún no lo conocéis, os lo recomiendo, por supuesto. Me cuesta trabajo pensar en algún ser humano vivo que encarne mejor que él el concepto de sentido común.

Supongo que lo que más me impresiona de él es su honestidad. Y su compromiso con la búsqueda y defensa de la verdad. Emociona y da esperanza. Os enlazo más abajo un vídeo de un acto reciente en Australia (subtitulado en español, aunque el inglés de Jordan Peterson es maravillosamente comprensible), en compañía de Dave Rubin, otra persona que vale la pena conocer. Pero también me gustaría que vierais este vídeo en el que un creyente musulmán le plantea una serie de cuestiones; la forma en que se plantean las preguntas y la forma en que Jordan Peterson las responde, el completo despliegue de la interacción entre estos dos seres humanos, me parece de una belleza civilizatoria casi insoportable.

En fin, ha sido un gran día, a Dios gracias. Por la mañana, Bea recibió en su oficina el encargo que hice el domingo en Iberlibro:

Estoy muy contento, porque es realmente complicado encontrar los libros de cuentos de Andrew Lang a un precio aceptable, aunque sean usados (como es el caso).

En breve haré el primer intento de leerle a Ana Ofelia un cuento antes de acostarse; me mueve más el entusiasmo que la razón, porque seguramente es aún demasiado pequeña para tales menesteres. Pero bueno, tampoco me pondré demasiado pesado.

A Andrew Lang lo he conocido a través de uno de los pocos blogs que sigo con asiduidad: De libros, padres e hijos, bitácora dedicada a lo que su nombre indica, desde una perspectiva cristiana (católica, en concreto). Mantengo profundas y larguísimas discusiones silenciosas en el interior de mi cabeza con el autor por no pocas de sus entradas, discusiones que han tenido gran influencia en muchas cosas escritas por mí en los últimos meses. Pero son polémicas que agradezco sobremanera, pues me resultan fértiles. Y no puedo hacer otra cosa que dároslo a conocer y recomendar su lectura frecuente. Sobre todo si sois padres.

En fin, un saludo berciano.

GRACIAS

¿Por qué sigo escribiendo aquí?

Es una buena pregunta para la que no tengo una respuesta clara.

La verdad es que este blog es lo más parecido que he sentido nunca a tener una vocación. Más necesidad que placer. Pero muchas veces, sí, placer. Aunque otras, quizá no pocas, dolor, rabia, confusión.

Alguna vez he pensado en dejarlo. Sí, claro. Ni una ni dos.

No busco interacción. No me gusta discutir. Con otros. Porque me paso el día discutiendo conmigo mismo. Con esa discusión basta.

Pero ocurren cosas bellas. Con este blog. Gente que lo sigue leyendo, a pesar del suicidio del superhéroe católico que lo habitaba al principio. Me gusta que me siga leyendo gente que sabe lo pequeño que soy.

Y el caso es que hoy me siento muy agradecido por esa fidelidad. Paseo por las calles de esta pequeña ciudad de provincias, descansando del estudio y del trabajo, a cientos de kilómetros de mi compañera, de mi hija y de mi madre, y lo hago feliz. Agradecido. Acompañado.

Y nada. Os quería agradecer, a esos pocos que me seguís acompañando, en este pasatiempo que, quizá, algún día, lea mi hija.

Y pensar eso es tan increíble. Nuevos agradecimientos me nacen en el alma. Y sentido de la responsabilidad.

Mira, hija, así fui aprendiendo a vivir. Tú también, haz lo que puedas.

Y a todos vosotros, gracias por estar ahí.

Que Deus vos teña no seu colo.

ESA CLASE DE HOMBRES

Desde los jardines del campus llegaba el eco de otra concentración en apoyo de los ejércitos de la Unión.

-Lo mejor es dejar que los personajes describan su propio carácter a través de la narración de sus acciones. No presenten a un personaje diciendo que es un hipócrita; simplemente, muestren a ese personaje actuando de una manera contraria a lo que dice. Fabio Carlsen comienza el segundo capítulo de las Crónicas de un misterio encarnado con la siguiente frase: era de esa clase de hombres que, al salir del baño de un bar, siempre lo dejaban más limpio de lo que lo encontraban -Ramos-Hollande lanzó una mirada al conjunto de su clase-. ¿Qué les da a entender esta frase? ¿Qué piensan ustedes de un hombre que es definido de esta manera?

Ramos-Hollande vio muchas sonrisas entre sus alumnos y algún que otro rostro pensativo; uno de ellos, el de Patricia, que asistía de oyente por primera vez a una de sus clases. Unas sillas más allá de donde estaba ella sentada, un joven de aspecto tímido levantó la mano de forma casi imperceptible. Cuando estaba a punto de devolverla a su estado de reposo inicial, Ramos-Hollande le señaló, obligándole a ponerse de pie.

-Todo dependerá… -balbuceó el joven-… del contenido de la siguiente frase que nos presente el autor.

La cara de Ramos-Hollande mostró sorpresa. Hizo un gesto con la mano, pidiendo al alumno que desarrollara su respuesta.

-Quiero decir… -prosiguió el joven, de forma atropellada-… necesitamos más datos para saber si estamos ante un simple maniático de la limpieza, impulsado por un desequilibrio mental; o ante una personalidad generosa, que se preocupa por los demás.

-¿Y no podrían darse ambas cosas en un mismo personaje? -preguntó otra alumna, sentada casi al final del aula.

-No, claro que no -replicó el joven-. No se puede estar centrado en uno mismo y en los demás al mismo tiempo.

Ramos-Hollande sonrió y bajó la cabeza, divertido.

-Ciertamente, el señor Torres tiene razón -explicó el escritor-, quizá sea necesario un nuevo matiz para concretar más al personaje. Pero yo quería hacer hincapié, con esta definición, en el hecho de que el escritor nos presenta a un hombre que se plantea la mejora del mundo en las acciones más cotidianamente oscuras. Este hombre no está pensando en grandes movimientos políticos y culturales, no está pensando en guerras o revoluciones -la mirada de Ramos-Hollande se volvió desafiante-. No, en lo que está pensando es en el asco que le da encontrar sucios los baños de los bares a los que va. Y para evitar esa desagradable sensación a cualquier persona que ocupe su lugar ante la misma taza de váter, este hombre se esmera en que no se note su paso por ella. O, si se nota, que sea para bien. Porque a todos nos gusta entrar en los servicios de un bar o de una cafetería, y encontrarlos limpios, ¿no?

Unas pocas cabezas se movieron afirmativamente entre el público.

-Es una acción muy pequeña y fácil de realizar, que cambia el mundo -continuó el profesor-. Vivimos tiempos en los que pronto podréis comprobar cómo la mayoría de los que aspiran a ser grandes transformadores del mundo, aquellos que dicen querer cambiarlo de verdad, a lo grande, desprecian estas pequeñas acciones; y se excusan en sus grandes ideales para dejar las tazas de váter mucho más sucias de lo que las encontraron.

Unos pocos alumnos rieron. Patricia sonreía, hasta que se dio cuenta de la extraña seriedad que reflejaban los rostros de la mayoría de los presentes.

El alumno tímido se volvió a levantar, con gesto de ligero enfado.

-¿Nos está queriendo decir que hasta un maniático de la limpieza es mejor persona que alguien que aspira a transformar la sociedad? -dijo el joven, visiblemente excitado.

Ramos-Hollande tensó los músculos de su cara.

-Yo sólo hablo de literatura, señor Torres -dijo el escritor, con tono seco-. Sólo les explico cómo presentar a un personaje humilde -hizo una pausa antes de continuar-. Y no se equivoque, señor Torres; no existe esa distancia sideral que usted parece encontrar entre las necesidades del individuo y las necesidades del grupo. Ambas cosas no son excluyentes. No es necesario negarse a uno mismo para satisfacer al grupo, ni negar al grupo para afirmarse a uno mismo. La mejor forma de encontrar el modo adecuado de amar a los otros es amarse adecuadamente a uno mismo.

-¿Y a dios por encima de todas las cosas? -preguntó el señor Torres, transformando de repente la timidez en sarcasmo.

Ramos-Hollande, con gesto serio, dio por terminada la clase.

Patricia permaneció sentada, mirando con preocupación al joven señor Torres, que se dirigía en ese momento hacia la salida del aula.

Quod Vidimus

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The Wanderer

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En Compostela

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De libros, padres e hijos

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A Día de Hoy

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