El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: ESCRIBIR

TU PUTO GRUPO POMPIER

Enterado del último debate entre las huestes de la intelligentsia católica, me entretengo en los intermedios de estudio y trabajo siguiendo sus pormenores.

Ciertamente, la tensión entre cristiano y Mundo es un elemento crucial de esta religión. Buena parte de la motivación para escribir Las Casas proviene del incansable reflexionar sobre esa agonía fundamental del ser cristiano. Que tiene una derivada muy importante al tratar de pensar qué pueda llegar a ser, concretamente, una política cristiana.

En la obra, intento que todas las posiciones tengan su voz, aunque yo pueda tener más afinidad con algunas de ellas. Porque puedo tener más afinidad, pero lo que no tengo es la Verdad absoluta.

Pero es cierto que siempre me resultan chocantes las posiciones cristianas que tratan de usar a Cristo como excusa para cambiar el mundo. Yo creo que la enseñanza cristiana fundamental es que el mundo no se cambia, el mundo se sufre. Hasta la cruz, si es necesario. Que de ese sufrimiento pueda surgir un cambio a mejor del mundo, creo que es cosa de poco interés para el auténtico creyente. O, por lo menos, de bastante menor interés que la vida eterna.

También tengo que reconocer que me hacen gracia los cristianos que se quejan de que ahora es más difícil ser un buen cristiano. Vamos, que ahora mismo es muy difícil ser bueno. Porque el mundo ha cambiado mucho.

Claro, como Cristo vivió durante el imperio carolingio, rodeado de monasterios.

Según esa bobada de argumento, Cristo nunca hubiese podido ser Cristo en la época en la que nació.

En fin, que cada cual haga lo que crea menester para salvar su alma. Incluido criticar a los grupitos rivales que conforman las huestes de la intelligentsia católica. No sé si servirá de algo, pero al menos pasamos el rato.

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EL QUE ESTÁ DONDE ESTÁN LOS MUERTOS

Como tantos otros, conocí la existencia de Luis María Panero a través de la película El desencanto, de Jaime Chávarri.

Interesado por el personaje, he visto varias entrevistas suyas que están colgadas en YouTube. Más allá de cualquier otra consideración sobre su persona -que, seguramente, no importa demasiado-, siempre me ha resultado claro y evidente que me encontraba ante un talento poético formidable.

Uno de esos seres cuyo decir está siempre atestado de sentidos.

Volví a tener la misma sensación al leer este artículo, del cual extraigo el siguiente párrafo:

El antipoeta se me queda mirando con las orejas paradas al oír tan curioso pareado, se gira y pregunta: “¡Brodsky! ¿Quién es este muchacho?”. De inmediato Brodsky le aclara que soy Bruno, viejo amigo de Roberto Bolaño, a quien conocí en México. Parra escucha con atención y le pregunta a Leopoldo si conoce a Bolaño. Leopoldo contesta: “No. ¿Es el que está donde están los muertos?”.

No sé si hay mejor definición de la obra de Bolaño.

WICKE

Lo conocí a los doce años. Es decir, hace unos treinta.

Hoy, como ayer, hemos estudiado juntos en la sala de lectura del centro cultural. Él prepara las oposiciones para bibliotecas; yo, para los Cuerpos Generales de Justicia.

Es uno de esos amigos ante los que no puedes inventarte ser algo que no eres, porque te ha visto en tus peores momentos. A pesar de ello, me quiere y me aprecia. A Dios gracias.

En cierta ocasión, me salvó de que me cayese la paliza de mi vida; aunque, seguramente, me la merecía.

Nos hemos visto mutuamente en carne viva, por dolores diversos (típicos de cualquier existencia humana).

Hoy, como ayer, hemos salido a descansar un rato del estudio, en compañía de un par de cafés de máquina (y un cigarro, que se ha fumado él).

-Por cierto, hace tiempo que te lo quería decir; ¿estás escribiendo algo, que ibas colgando en el blog? Una historia, como que ibas poniendo capítulos…

-Sí, así en plan apocalíptico… -le digo, esbozando media sonrisa.

-Es que me leí unos cuantos, del tirón, y me estaba gustando mucho… Me mola así el rollo apocalíptico. Y no sé, quería saber si había algo más.

Mi sonrisa se amplía.

-Sí, 129 páginas. Lo tengo parado ahora, pero me gustaría continuar cuando pase esto… Las Casas se llama.

-Sí, Las Casas. ¿Me lo puedes enviar?

-Sí, claro. Le quito los resúmenes, esquemas y apuntes para futuros capítulos y te lo envío.

Se acaban el cigarro y los cafés. Regresamos al estudio.

Y mi espíritu aún sigue sonriendo agradecido, mientras escribo esta entrada.

LA BIBLIA, LA LITERATURA, EL ARTE, LA BELLEZA

Si uno va a pasar por la vida, mejor tomársela en serio y agarrar todos los toros por los cuernos.

No sé cuántas entradas más voy a necesitar hacer sobre Jordan Peterson. Supongo que no me detendré hasta que consiga que lo incorporen a la lista obligatoria de autores a estudiar en la educación pública española; es decir, que nunca voy a dejar de colgar vídeos suyos, porque es imposible que consiga tal cosa.

En el enlace que os pongo más abajo (en el que se pueden activar los subtítulos en castellano), a partir del minuto 37 y 24 segundos, el señor Peterson inicia una reflexión sobre las palabrotas que adornan el título de esta entrada.

Sé que muchos de vosotros, furibundos antimodernos, estáis en una cruzada total contra el sentimentalismo contemporáneo. Pero yo, pobre pecador, he de reconocer que no he podido evitar llorar de alegría y agradecimiento mientras escuchaba al profesor Peterson.

Espero que también sea de vuestro interés.

UN MONTÓN DE ENLACES

Supongo que, a estas alturas, ya todo el mundo conoce a Jordan Peterson. Yo lo hice a través del blog de Ángel. Y he vuelto a ver vídeos suyos en YouTube también por culpa de Ángel y todas esas entradas que está dedicando en los últimos días a ese trío de formidables humoristas y héroes de la civilización occidental que son Peter Boghossian, James Lindsay y Helen Pluckrose.

El caso es que, en esos vídeos que Ángel enlazaba, YouTube te sugería entrevistas a, y conferencias de, Jordan Peterson. Y me he pegado un pequeño atracón en los dos últimos días.

Si aún no lo conocéis, os lo recomiendo, por supuesto. Me cuesta trabajo pensar en algún ser humano vivo que encarne mejor que él el concepto de sentido común.

Supongo que lo que más me impresiona de él es su honestidad. Y su compromiso con la búsqueda y defensa de la verdad. Emociona y da esperanza. Os enlazo más abajo un vídeo de un acto reciente en Australia (subtitulado en español, aunque el inglés de Jordan Peterson es maravillosamente comprensible), en compañía de Dave Rubin, otra persona que vale la pena conocer. Pero también me gustaría que vierais este vídeo en el que un creyente musulmán le plantea una serie de cuestiones; la forma en que se plantean las preguntas y la forma en que Jordan Peterson las responde, el completo despliegue de la interacción entre estos dos seres humanos, me parece de una belleza civilizatoria casi insoportable.

En fin, ha sido un gran día, a Dios gracias. Por la mañana, Bea recibió en su oficina el encargo que hice el domingo en Iberlibro:

Estoy muy contento, porque es realmente complicado encontrar los libros de cuentos de Andrew Lang a un precio aceptable, aunque sean usados (como es el caso).

En breve haré el primer intento de leerle a Ana Ofelia un cuento antes de acostarse; me mueve más el entusiasmo que la razón, porque seguramente es aún demasiado pequeña para tales menesteres. Pero bueno, tampoco me pondré demasiado pesado.

A Andrew Lang lo he conocido a través de uno de los pocos blogs que sigo con asiduidad: De libros, padres e hijos, bitácora dedicada a lo que su nombre indica, desde una perspectiva cristiana (católica, en concreto). Mantengo profundas y larguísimas discusiones silenciosas en el interior de mi cabeza con el autor por no pocas de sus entradas, discusiones que han tenido gran influencia en muchas cosas escritas por mí en los últimos meses. Pero son polémicas que agradezco sobremanera, pues me resultan fértiles. Y no puedo hacer otra cosa que dároslo a conocer y recomendar su lectura frecuente. Sobre todo si sois padres.

En fin, un saludo berciano.

GRACIAS

¿Por qué sigo escribiendo aquí?

Es una buena pregunta para la que no tengo una respuesta clara.

La verdad es que este blog es lo más parecido que he sentido nunca a tener una vocación. Más necesidad que placer. Pero muchas veces, sí, placer. Aunque otras, quizá no pocas, dolor, rabia, confusión.

Alguna vez he pensado en dejarlo. Sí, claro. Ni una ni dos.

No busco interacción. No me gusta discutir. Con otros. Porque me paso el día discutiendo conmigo mismo. Con esa discusión basta.

Pero ocurren cosas bellas. Con este blog. Gente que lo sigue leyendo, a pesar del suicidio del superhéroe católico que lo habitaba al principio. Me gusta que me siga leyendo gente que sabe lo pequeño que soy.

Y el caso es que hoy me siento muy agradecido por esa fidelidad. Paseo por las calles de esta pequeña ciudad de provincias, descansando del estudio y del trabajo, a cientos de kilómetros de mi compañera, de mi hija y de mi madre, y lo hago feliz. Agradecido. Acompañado.

Y nada. Os quería agradecer, a esos pocos que me seguís acompañando, en este pasatiempo que, quizá, algún día, lea mi hija.

Y pensar eso es tan increíble. Nuevos agradecimientos me nacen en el alma. Y sentido de la responsabilidad.

Mira, hija, así fui aprendiendo a vivir. Tú también, haz lo que puedas.

Y a todos vosotros, gracias por estar ahí.

Que Deus vos teña no seu colo.

ESA CLASE DE HOMBRES

Desde los jardines del campus llegaba el eco de otra concentración en apoyo de los ejércitos de la Unión.

-Lo mejor es dejar que los personajes describan su propio carácter a través de la narración de sus acciones. No presenten a un personaje diciendo que es un hipócrita; simplemente, muestren a ese personaje actuando de una manera contraria a lo que dice. Fabio Carlsen comienza el segundo capítulo de las Crónicas de un misterio encarnado con la siguiente frase: era de esa clase de hombres que, al salir del baño de un bar, siempre lo dejaban más limpio de lo que lo encontraban -Ramos-Hollande lanzó una mirada al conjunto de su clase-. ¿Qué les da a entender esta frase? ¿Qué piensan ustedes de un hombre que es definido de esta manera?

Ramos-Hollande vio muchas sonrisas entre sus alumnos y algún que otro rostro pensativo; uno de ellos, el de Patricia, que asistía de oyente por primera vez a una de sus clases. Unas sillas más allá de donde estaba ella sentada, un joven de aspecto tímido levantó la mano de forma casi imperceptible. Cuando estaba a punto de devolverla a su estado de reposo inicial, Ramos-Hollande le señaló, obligándole a ponerse de pie.

-Todo dependerá… -balbuceó el joven-… del contenido de la siguiente frase que nos presente el autor.

La cara de Ramos-Hollande mostró sorpresa. Hizo un gesto con la mano, pidiendo al alumno que desarrollara su respuesta.

-Quiero decir… -prosiguió el joven, de forma atropellada-… necesitamos más datos para saber si estamos ante un simple maniático de la limpieza, impulsado por un desequilibrio mental; o ante una personalidad generosa, que se preocupa por los demás.

-¿Y no podrían darse ambas cosas en un mismo personaje? -preguntó otra alumna, sentada casi al final del aula.

-No, claro que no -replicó el joven-. No se puede estar centrado en uno mismo y en los demás al mismo tiempo.

Ramos-Hollande sonrió y bajó la cabeza, divertido.

-Ciertamente, el señor Torres tiene razón -explicó el escritor-, quizá sea necesario un nuevo matiz para concretar más al personaje. Pero yo quería hacer hincapié, con esta definición, en el hecho de que el escritor nos presenta a un hombre que se plantea la mejora del mundo en las acciones más cotidianamente oscuras. Este hombre no está pensando en grandes movimientos políticos y culturales, no está pensando en guerras o revoluciones -la mirada de Ramos-Hollande se volvió desafiante-. No, en lo que está pensando es en el asco que le da encontrar sucios los baños de los bares a los que va. Y para evitar esa desagradable sensación a cualquier persona que ocupe su lugar ante la misma taza de váter, este hombre se esmera en que no se note su paso por ella. O, si se nota, que sea para bien. Porque a todos nos gusta entrar en los servicios de un bar o de una cafetería, y encontrarlos limpios, ¿no?

Unas pocas cabezas se movieron afirmativamente entre el público.

-Es una acción muy pequeña y fácil de realizar, que cambia el mundo -continuó el profesor-. Vivimos tiempos en los que pronto podréis comprobar cómo la mayoría de los que aspiran a ser grandes transformadores del mundo, aquellos que dicen querer cambiarlo de verdad, a lo grande, desprecian estas pequeñas acciones; y se excusan en sus grandes ideales para dejar las tazas de váter mucho más sucias de lo que las encontraron.

Unos pocos alumnos rieron. Patricia sonreía, hasta que se dio cuenta de la extraña seriedad que reflejaban los rostros de la mayoría de los presentes.

El alumno tímido se volvió a levantar, con gesto de ligero enfado.

-¿Nos está queriendo decir que hasta un maniático de la limpieza es mejor persona que alguien que aspira a transformar la sociedad? -dijo el joven, visiblemente excitado.

Ramos-Hollande tensó los músculos de su cara.

-Yo sólo hablo de literatura, señor Torres -dijo el escritor, con tono seco-. Sólo les explico cómo presentar a un personaje humilde -hizo una pausa antes de continuar-. Y no se equivoque, señor Torres; no existe esa distancia sideral que usted parece encontrar entre las necesidades del individuo y las necesidades del grupo. Ambas cosas no son excluyentes. No es necesario negarse a uno mismo para satisfacer al grupo, ni negar al grupo para afirmarse a uno mismo. La mejor forma de encontrar el modo adecuado de amar a los otros es amarse adecuadamente a uno mismo.

-¿Y a dios por encima de todas las cosas? -preguntó el señor Torres, transformando de repente la timidez en sarcasmo.

Ramos-Hollande, con gesto serio, dio por terminada la clase.

Patricia permaneció sentada, mirando con preocupación al joven señor Torres, que se dirigía en ese momento hacia la salida del aula.

TRESCIENTOS SESENTA GRADOS

“Ha habido una entonación fundamental que he recibido de los grandes escritores épicos, sobre todo de Tolstói, mucho de Tolstói, y también de Melville, Guimaraes Rosa, Faulkner, Sábato, Nievo, para los que la existencia, aun con sus laceraciones, tiene un sentido, una unidad.

Pero otros, también amados -Ibsen y Kafka en primer lugar-, me han revelado lo contrario, la insuficiencia o la irrealidad de la vida, la dificultad y la innaturalidad o la imposibilidad de vivir, la odisea del individuo que no vuelve a casa sino que se pierde y se disgrega, experimentando la insensatez del mundo y la intolerabilidad de la existencia. Ulises se convertía en el de Pascoli, que ya no encontraba su odisea. Y así, a Pierre Bezuchov, grande, fuerte y bueno, se contraponían el hombre del subsuelo de Dostoievski o el héroe de Kafka transformado en insecto inmundo, los personajes de la negación absoluta, el escribiente Bartleby de Melville, que sólo puede decir que no, o el Wakefield de Hawthorne, que experimenta el vacío y la indiferencia de todo; y otras voces, todavía más desesperadas y rechazadas, que hablan del dolor, del desgarro y la apatía, de un sufrimiento tan profundo y monstruoso que se muestra sin remedio ni liberación, no redimido por una síntesis o visión superior. Quizá por esto me ocupé después de esos grandes escritores que vivieron intensamente el malestar de la existencia y del hacerse, casi con culpable y autolesiva expiación, cómplices torvos y aberrantes como Céline o Hamsun.

En la literatura existen muchas habitaciones y no se necesita elegir ideológicamente entre voces contrastantes; se puede -se debe- creer a la vez en la fe de Tolstói y en la inercia de Oblómov; los grandísimos escritores son aquellos cuya perspectiva abarca trescientos sesenta grados.”

Alfabetos. Ensayos de literatura, de Claudio Magris; Anagrama, 2010; pgs. 11-12.

SIEMPRE MUERTOS

“Así pues, aprendí a leer con Salgari y, además, las hazañas de Kammamuri y del tigre Dharma quedaron ligadas a la voz que me las contaba, arrastrado por la historia e indiferente al autor, más aún, ajeno en aquel tiempo a qué era un autor o a que una historia lo necesitara, convencido de que las historias se narraban solas y de que los hombres, escritores o no, no tenían más trabajo que repetirlas y transmitirlas. Desde entonces, en cierta manera, siempre he pensado que la literatura, en su esencia, es un relato oral y anónimo; que sería mejor si los autores no existieran o si, al menos, no se identificaran, si estuvieran siempre muertos, como le dijo una vez una niña de Grado a Biagio Marin, u obligados al incógnito y a la clandestinidad.”

Alfabetos. Ensayos de literatura, de Claudio Magris; Anagrama, 2010; pg. 9.

LA TEOLOGÍA, SIERVA DE LA LITERATURA

El otoño parecía haber llegado también a Atenas. Lope observaba llover sobre los campos de la inmensa finca de Adonis, desde el amplio salón en el que se encontraban todos reunidos. Una bellísima esclava mulata de ojos verdes, que difícilmente alcanzaba los veinte años de edad, se acercó al gigante para ofrecerle bebida. Lope rehusó con un movimiento de cabeza y una fugaz sonrisa, devolviendo de forma casi instantánea la mirada a los campos empapados.

La muchacha se acercó entonces hasta el sofá donde se sentaban José e Iván, que conversaban con Peras. Los tres aceptaron la invitación y cogieron un vaso de la bandeja; Peras con una leve sonrisa, Iván tratando de no mirar demasiado fijamente a la joven, José mirándola con gozosa admiración; y la siguió mirando mientras la muchacha se alejaba de ellos, en dirección al sofá más cercano a la chimenea, donde hablaban, con rostro serio, Abraham, Thomas y Adonis. Ninguno de los tres quiso beber, así que la esclava se retiró del salón, bajo la atenta y tenaz mirada de José. Cuando ya resultó imposible seguir mirándola, José volvió a hacer caso a lo que Peras estaba diciendo.

-…así que, aunque reconozco que también me gusta leer buenas novelas (y algunas novelas, por supuesto, son de lectura obligatoria, incluso para un filósofo), yo creo que la abstracción propia del lenguaje filosófico es más… adecuada, para expresar la verdad. Por eso la filosofía puede ser sierva de la teología. Cosa que nunca se ha dicho de la literatura.

Iván se quedó callado, sopesando lo que acababa de oír. José hizo un gesto de burla, antes de darle un buen trago a su vaso.

-¿No está usted de acuerdo, don José? -preguntó Peras, que había visto su mueca.

-Dios santo, si me vuelves a llamar don José, me echaré a correr desnudo bajo la lluvia, exigiéndole al cielo a voz en grito que me parta un rayo… -respondió José-. Y no, no estoy de acuerdo. Como no lo está tu propia religión, cuyo fundamento es, precisamente, una novela. No otra cosa son los Evangelios. Así que no, la literatura no puede ser sierva de la teología, porque, de hecho, la teología es sierva de la literatura.

Iván sonrió al escuchar a José y miró a Peras, que no parecía tener respuesta a lo que acababa de oír.

-¿Está usted…? Perdón… ¿Estás diciendo que la religión es un puro cuento? -acertó a preguntar Peras, tras unos momentos de duda.

-No con tono peyorativo, aunque yo no crea en ese cuento como parecéis creer todos vosotros -respondió José-. Tú has dicho que el abstracto lenguaje filosófico es más adecuado para expresar verdades que la mera literatura. Yo lo que te digo es que no hay obra filosófica que se pueda acercar a quinientos estadios a la redonda de la potencia de verdad que puede albergar una buena obra literaria.

Peras no parecía demasiado convencido, así que José continuó.

-Tú puedes tratar de explicarle a alguien lo que es el bien y lo que es el mal, qué tiene que hacer, qué no tiene que hacer… que si tienes que obrar como si la máxima de tu voluntad pueda servir como ley universal y todas esas patochadas… Yo te reto a que compares cualquier definición filosófica de imperativos categóricos con la narración del Evangelio de San Juan sobre la mujer adúltera -José se quedó callado un momento y bajó la mirada hasta la mano que sujetaba el vaso, reposada sobre el cojín del sofá-. Desde mi punto de vista, esa narración es literatura total. Y, por lo tanto, total verdad. Ese dios, que se agacha, aburrido del barullo inquisidor de los expertos en la ley, y se pone a escribir relajadamente en el suelo. Es el único momento de los Evangelios en que le vemos escribir. Pero no sabemos lo que ha escrito, no conocemos la literalidad de su respuesta. Ni siquiera podemos tener claro que sea una respuesta a los expertos en la ley. Quizá, simplemente, se está entreteniendo, ignorando el alboroto de esas personas tan doctas. Y al final, las palabras que dice… -la mirada de José se quedó fija en un punto invisible-. Y uno nota, uno sabe, como sabe que el sol está ahí cuando lo ve en medio del firmamento, que esas palabras son… otro sol; uno que existe en el mismo centro del universo, pero que nunca se apagará, así pasen todos los siglos del mundo. Con el majestuoso sosiego que sólo puede tener el que todo lo sabe, porque él mismo ha dictado las reglas del juego, aplasta con un susurro de verdad todo el vocerío de los leguleyos de la moral. Y, graciosamente despistado de lo que ocurre a su alrededor, se levanta sorprendido de que los amantes de los códigos penales hayan hecho caso de una ley cuyas palabras puede borrar el simple paso del viento, escrita como está en la humilde arena del suelo. Y le dice a la mujer, cara a cara, que lo vuelva a intentar otra vez, sin hacer trampas -José se llevó el vaso a la boca y le dio otro trago-. Sólo un dios puede escribir literatura de ese nivel. Y para escribir a ese nivel, los dioses saben que sólo la literatura funciona. Porque la abstracción de los conceptos, en su borrado de los rostros concretos e individuales que aman, sufren y pecan, es el principio de todas las mentiras.

José volvió a bajar la mirada, junto con el vaso. Peras era incapaz de responder nada. Iván miraba fijamente a José, como si estuviese adivinando un secreto.

También Lope miraba a José, pues había escuchado lo que había dicho. Las miradas de ambos se cruzaron; antes de volver a separarse, un par de segundos después, como si una vergüenza común les impidiese mirarse demasiado rato a los ojos.

En el silencio que habían provocado las palabras de José, se hizo presente la otra conversación.

-…aún falta medio año para el inicio del Concilio -decía Adonis-, así que pueden permanecer en mi casa todo el tiempo que consideren necesario.

-Se lo agradezco mucho -dijo Abraham-, pero, visto lo visto, me preocupa la situación en la que pueda quedar Atenas tras las elecciones de este fin de semana. No quiero arriesgarme a que el Maestro se quede en una ciudad con tantos aspirantes a asesinos, en estado de preguerra civil. De hecho, tampoco le recomendaría a ustedes que se quedaran aquí.

Thomas miró con gesto preocupado a Adonis.

-Tiene usted toda la razón, es mejor que saquen lo antes posible al Maestro de la ciudad -dijo Adonis-. En cuanto a mí, mi sitio está aquí, pase lo que pase. Aunque quizá sea adecuado que mi sobrino Peras vuelva durante una temporada a casa de sus padres -añadió, mirando un momento hacia el otro sofá-. ¿Cómo piensan viajar?

-Creo que dejaremos aquí la furgoneta y, si fuere posible, le compraremos unos caballos -dijo Abraham-. Haremos el viaje sin prisa, tratando de alejarnos de las vías más concurridas.

-Cuidaremos de su furgoneta; y pueden coger todos los caballos que necesiten de mis cuadras -ofreció Adonis.

-Considere entonces la furgoneta como un trueque por los caballos y quedaremos en paz -respondió Abraham.

Adonis aceptó con un movimiento de cabeza.

-Aunque los negocios ya no van tan bien como solían, unos caballos no significan mucho problema para esta casa -añadió, sonriendo-. Por supuesto, también les proporcionaremos comida y otras cosas necesarias para el viaje.

Abraham agradeció a Adonis su ofrecimiento. Y se giró con gesto de sorprendido enojo al escuchar la pregunta que José lanzaba desde su sillón.

-¿Los esclavos ya no trabajan como solían?

Todos miraron a José con los ojos muy abiertos. Lope suspiró. Iván se llevó la mano a la boca y se la estrujó. A Thomas se le dibujó una sonrisilla fugaz.

Adonis miró a José con rostro serio.

-Quizá alguno de mis esclavos fuera cazado por usted -respondió.

José sonrió al escuchar la respuesta.

-Ciertamente, los cristianos dejamos mucho que desear -dijo; y levantando su copa, añadió-. Pero que nunca nos falte un poco de alcohol para ahogar los quejidillos de nuestra conciencia. O un mucho.

Abraham se levantó, caminó un par de pasos, y desde el centro del salón se dirigió a José.

-Te exijo que pidas perdón ahora mismo a nuestro anfitrión.

José y Abraham se miraron. Segundos después, José dejaba el vaso en la mesa, se ponía de pie, y se acercaba hasta el lugar donde se sentaba Adonis.

-Le ruego encarecidamente que acepte mis disculpas -dijo José-. Mi falta de educación no tiene excusa.

-Y yo le ruego que disculpe mi destemplada respuesta -dijo Adonis, a su vez-. Soy el menos adecuado para juzgar la forma en que otros se ganan la vida.

Ambos inclinaron la cabeza. José miró a Abraham y salió del salón.

Lope se dio la vuelta para mirar de nuevo cómo llovía, mientras dejaba escapar otro suspiro.

Quod Vidimus

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The Wanderer

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