El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: ESCRIBIR

VILLALPANDO

Villalpando.

Cinco minutos para que el autobús vuelva a la carretera.

Un revoltijo de gorriones entre los andenes.

Hasta que sólo queda una cría. Recién caída del nido, supongo. Se queda quieta y pía. Pía un buen rato. Hasta que se calla. Y mira alrededor. Se acercan de vez en cuando otros gorriones, que parecen sentir curiosidad. O, simplemente, intentan saber si esa cría es suya.

El autobús arranca.

El pequeño gorrión sigue solo y quieto, entre los andenes.

¿Cuál es la función de la angustia de este pequeño gorrión en el destino del universo?

Que sea escrita, quizá.

Y que retumbe en un pequeño ejemplo cotidiano el cósmico y rebosante despliegue de dolor que ha sido necesario montar como escenario, para que pueda ser representado cada uno de nuestros dramas.

Si vuestro Dios no es el autor de ese teatro sangriento, entonces no adoráis al verdadero Dios.

No os preocupéis: suele pasar.

También en Villalpando.

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QUERIDA ANA OFELIA, HIJA MÍA

Querida Ana Ofelia, hija mía:

ayer, tu madre y yo nos echamos a dormir la siesta, nariz con nariz, y tú quedaste en medio, rodeada por nuestros cuerpos. Creo que te gustó la sensación, porque no parabas de moverte, y pude notar en mi propio ombligo las volteretas de tu creciente cuerpecillo.

Cuando -Dios mediante- nazcas, no podremos volver a ofrecerte tal sensación de seguridad. Llegas a un mundo complicado -¿y cuándo no lo ha sido…?-, que, me temo, no va a dejar de complicarse en los años por venir. Tus años.

Así que estoy pensando qué hacer para ayudarte. Qué ofrecerte que te pueda resultar útil en la vida.

Algunas personas piensan que se me da bien escribir. Así que, si Dios quisiera, me gustaría que me diera ideas para escribirte cuentos.

¿Por qué cuentos? Antes de nada, quiero que conozcas a alguien. Un señor inglés, que vivió hace un tiempo, y que realmente escribía muy bien. Y pensaba aún mejor. Era muy rubio, muy alto y muy gordo, y le encantaba contar historias a los niños. También le encantaban los títeres, como a mamá. Se llamaba Gilberto y, en cierta ocasión, escribió lo siguiente:

Los cuentos de hadas no le dan a los niños su primera idea de los monstruos. Lo que los cuentos de hadas le dan al niño es su primera idea clara de la posibilidad de vencer a esos monstruos. El niño sabe íntimamente del dragón desde que tiene imaginación. Lo que el cuento de hadas le trae es un San Jorge para matarlo.

No te voy a mentir, hija mía: vienes a un mundo repleto de monstruos. Tantos y tan poderosos, que a veces sentirás deseos de rendirte. Perderás la esperanza. Creerás que el mundo está mal hecho, que nada tiene sentido.

Pero no es verdad. Tu padre no lo cree así. Tu padre cree en algunos buenos cuentos que alguna buena gente le ha leído; algunos buenos cuentos que él mismo ha encontrado. Porque tu padre es un buscador de cuentos. Ese es mi auténtico oficio: soy un detective, a veces un poco salvaje, que trata de encontrar los mejores cuentos del mundo. Porque son esos cuentos los que me hacen sonreír en medio de la nada. Son los que me hacen apretar los dientes, cuando se desatan el dolor y la desesperanza.

Eso es lo que te voy a ofrecer, si Dios quiere. Y si puedo aportar alguno de mi propia cosecha, pues bienvenido sea.

En cualquier caso, espero que te ayuden a matar muchos dragones.

LA INTUICIÓN DE LA EXPERIENCIA

Noticia del Hollywood Citizen-News, 24 de febrero de 1955: ‘Raymond Chandler, conocido autor de novelas policiacas, fue dado de alta hoy de la guardia psiquiátrica del hospital condal de San Diego, donde fue internado tras un aparente intento de suicidio. La policía informó que Chandler había estado bebiendo sin cesar desde la muerte de su esposa en diciembre.’

Carta a Roger Machell
5 de marzo de 1955

Todo está bien en mí, o tan bien como podría desearse. Sinceramente, no podría decirle si realmente me proponía hacerlo o si mi inconsciente puso en escena un dramón barato. El primer disparo salió sin que me propusiera disparar. Nunca había usado la pistola, y el gatillo era tan liviano que apenas lo toqué para poner la mano en posición cuando se disparó, y la bala rebotó en las paredes de azulejos de la ducha y salió por el techo. Igualmente podría haber rebotado en dirección a mi estómago. La carga me pareció muy débil. Esto se confirmó cuando el segundo disparo (el que debía hacer el trabajo) no salió. Los cartuchos tenían cinco años y supongo que en este clima la carga se había descompuesto. En ese punto perdí el conocimiento… No sé si será o no un defecto emocional, pero no tengo absolutamente ningún sentimiento de culpa ni siento la menor vergüenza por encontrarme con gente en La Jolla que sabe qué sucedió. Lo emitieron por radio aquí. Recibí cartas de todas partes, algunas amables y simpáticas, otras severas, algunas tontas más allá de lo creíble. Recibí cartas de policías, activos y retirados, de dos funcionarios de Inteligencia, uno en Tokio y uno en March Field, Riverside, y una carta de un detective privado en actividad en San Francisco. Todas estas cartas decían dos cosas: 1) que deberían haberme escrito mucho tiempo antes porque yo no sabía cuánto habían significado mis libros para ellos, y 2) cómo es posible que un escritor que nunca fue policía haya llegado a conocerlos de modo tan preciso y retratarlos con tanta exactitud. Un hombre que había servido veintitrés años en la policía de Los Ángeles decía que podía nombrar a prácticamente cada policía que yo he descrito en mis libros. Parecía pensar que yo los había conocido realmente. Esta clase de cosas me hizo dudar un poco porque siempre había creído que si un policía o detective de la vida real leía una novela policiaca, no podía sino reírse con desdén. ¿Quién fue (Stevenson posiblemente) el que dijo que la experiencia es en gran medida cuestión de intuición?”

El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos, de Raymond Chandler; Emecé, 2004; pgs. 252-253.

LA LITERATURA, ES DECIR, LA VIDA

The Wire es la mejor serie de televisión que yo haya visto. Y, a mi buen entender, una de las cimas del arte (de cualquier arte) en lo que llevamos de siglo XXI.

Si tuviera que dedicar una entrada diaria en este blog a cada una de las escenas de la serie que me parecen soberbias, creo que ya no haría otra cosa en lo que me queda de vida.

Elijo la que enlazo más abajo porque explica por sí misma lo que la literatura significa para mí y para tantos otros. No es un gusto, no es un placer, no es un hobby. Es, como el resto de artes dramáticas (el teatro, el cine, las series… la pintura, cuando no se diluye en abstracciones), la propia estructura de la esencia humana ejercitada para la autocomprensión y la compartición a distancia (a veces miles de kilómetros, a veces miles de años) de experiencias vitales.

En sus mejores versiones y resultados, son hallazgos de búsquedas honestas (por lo tanto, acantiladas), que transforman tanto al autor como a los lectores.

Yo, como tantos otros, puedo decir sin mentir: tras leer tal o cual novela, mi forma de entender la vida cambió.

El que habla sobre buena literatura, habla sobre la vida. Esa es la clave, creo yo, para reconocer la buena literatura: te hace hablar en serio de la vida. De lo que realmente importa. De cómo emplear el tiempo que nos ha sido regalado. Planteando preguntas, ofreciendo respuestas -no pocas veces contradictorias-. Pero obligándote a mirar todos los ángulos de tu existencia en profundidad, sin posibilidad alguna de autoengaño. Sin respuestas fáciles, sin falsas comodidades.

Ojalá algún día pueda decirle a mi hijo (o hija): “hey, me gustaría que vieras una cosa”, mientras le pongo el primer capítulo de The Wire.

“-Es una putada, porque el tío va adonde tiene que ir y la piba no era para tanto. Daisy tenía un polvo y mal echado, ¿me entiende? Lo dio todo por ella y, al final, no sirvió para nada.

-Fitzgerald dijo que no había segundos actos en las vidas estadounidenses. ¿Pensáis que es así?

-Joder, estamos en prisión. Será mejor no creer eso…

-Nos dice que el pasado nos acompaña siempre. De dónde venimos, lo que vivimos y cómo lo vivimos… todo eso importa. Creo que eso es lo que quería decir.

-Continúa.

-Es como al final del libro, con los barcos y las mareas… Uno puede cambiar, ¿no? Puedes decir que eres otra persona e inventarte una vida nueva. Pero lo que hiciste primero es tu verdadera identidad y lo que pasó antes es lo que realmente pasó. Da igual que cualquier idiota se crea distinto, porque lo único que te hace distinto es lo que haces o lo que vives… Tenía un montón de libros en la biblioteca. Le flipaban los libros, pero si cogemos uno de la estantería, ni siquiera lo ha abierto. Tiene un montón de libros y no ha leído ninguno. Gatsby era quien era e hizo lo que hizo. Y como no estaba preparado para aceptar la realidad, esa mierda le pasó factura. Eso pienso, en cualquier caso.”

EL LATÍN DE LOS JUZGADOS

Irrumpe en la oficina Hermes, de alados tobillos.

-Éste no está.

-¿Cuál es?

-El 304 del 12, del 4.

-¿Qué es?

-Una ETJ. ¿Estaban ya separadas de trámite, ese año?

-No, ese año aún no. ¿Quién lo pide? ¿El SCEJ?

-No, la UPAD.

Sonido de teclas interpretadas presto vivace.

-Hicieron algo hace un par de meses. Deben de tenerlo arriba.

-Les digo que busquen mejor, entonces.

-Sí.

Y el mensajero de los dioses vuelve a salir volando por las entrañas del edificio.

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EL ESCRITOR DE PENSILVANIA

La primera vez que le vi, se sacaba unos trocitos de papel y un boli de uno de los bolsillos del chubasquero de camuflaje. Se juntaba con Denman (con el que compartía nacionalidad estadounidense) y con Larsson, el sueco con varias causas pendientes en su país por pelearse con la policía.

Mientras ponía orden en sus mini apuntes, hizo un comentario sobre el libro que estaba escribiendo. Evidentemente, me sentí interesado.

-¿Estás escribiendo un libro?

-Sí -dijo sonriente-. Un diario sobre mi experiencia en la Legión Extranjera.

Era de algún lugar de Pensilvania; Pittsburgh, creo. No sé si esa misma noche o al día siguiente, se convirtió en gracioso protagonista durante el castigo a los rusos.

Los rouge rusos (lo cual incluye a todos los eslavos que entendían el idioma), habían organizado una mafia en las duchas para permitir a sus hermanos eslavos más tiempo debajo del agua, limitando el de todos los demás. Un caporal chef que pasaba por allí se enteró del asunto y nos hicieron formar en el patio a las 9 de la fría noche, cuando ya nos habían mandado a las habitaciones. Formamos como pudimos, la mayoría con menos ropa de la apropiada. Mientras explicaba el motivo de la convocatoria, el caporal chef obligaba a hacer fondos a todos los rouge, culpables e inocentes. Los castigos en la Legión suelen ser comunes. Si la caga uno, la cagan todos.

Yo observaba profundamente emocionado todo aquello. Era la encarnación del segundo principio del código de honor del legionario: Chaque légionnaire est ton frère d’arme, quelle que soit sa nationalité, sa race, sa religion. Tu lui manifestes toujours la solidarité étroite qui doit unir les membres d’une même famille.

Mientras el caporal chef mandaba a correr a los agotados rouge, yo pensaba que éste era mi sitio y que no podría ser más feliz en ningún otro lugar del mundo.

El caporal chef dirigió su atención a los blue que estábamos formados contemplando el espectáculo. Entonces se fijó en el escritor de Pensilvania: en chancletas, el jabón en una mano, mientras con la otra sujetaba la toalla que le tapaba la cintura. El aviso de formación le había pillado en la ducha.

El caporal chef, divertido, le dio permiso para volver a la habitación.

-Merci, caporal chef! -voceó el escritor de Pensilvania, mientras los demás reíamos.

Poco más contacto tuve con él. Enseguida nos enviaron a lavar platos a Marsella. Allí, Denman me dijo que pensaba que lo habían mandado para casa. Al parecer, el afán de aventura y ver mundo no eran suficiente motivación para la Comisión. No puedo estar más en desacuerdo.

Quizá algún día encuentre un libro sobre la Legión Extranjera, escrito por alguien de Pensilvania. Y sonreiré recordando aquella fría noche en Aubagne.

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ESCRIBIR, MATAR

Cuenta la leyenda que los conocidos de Jane Austen vivían aterrorizados por la posibilidad de acabar convertidos en personajes de sus novelas.

Karl Ove Knausgård siente haber hecho un pacto con el diablo, al lograr la fama literaria a costa del sacrificio de muchas de sus amistades y relaciones familiares, por haberlas expuesto públicamente en sus libros.

“Una literata que se dice conocida pero no da su nombre desea entablar conmigo una correspondencia encubierta sobre el tema: ¿hasta qué punto puede un escritor ofrecer de pasto al público a sus seres próximos, sacrificarlos a su propio placer? Está convencida de que mi cuento ha tenido consecuencias terribles en mi vida y en nuestra relación, si la heroína es mi compañera y no una amante intermitente. No me gustan los misterios ni el tono del mensaje, pero da en el blanco. Me pregunto si para mí escribir significa necesariamente matar a alguien.”

Una novela rusa, de Emmanuel Carrère; Anagrama, 2008; pgs. 237-238.

'Two Comedians', de Edward Hopper (1965)

‘Two Comedians’, de Edward Hopper (1965)

COSAS

Suelo preguntarme qué hacer con mi escritura.

A veces tengo la tentación del libro, pero me reconozco demasiado perezoso. O que no he encontrado la historia que me motive bastante para perseguir su transcripción durante el tiempo suficiente -que viene siendo lo mismo, pero dicho con otras palabras-.

Me turba además una preocupación que transporto desde mis jóvenes años de ocupaciones políticas: que la escritura no sea mero panfleto, sino persecución de verdades. En la escritura, como dijo el maestro Novoneyra -en uno de los poemas más bellos que se han escrito en lengua gallega- es necesario dejarse en libertá, sin forzal’os sonos a morrer nin levalos a posta pra gardarme. Un consejo que él mismo no siguió en demasiadas ocasiones, degradando su talento poético en contribuciones grotescas con las que pretendía defender sus convicciones políticas.

Si la escritura es verdad no puede ser un mero despliegue de certidumbres propias para adoctrinar a las masas y liberarlas de sus errores. Si la escritura es honesta ha de mostrar su condición de apuesta entre tinieblas, como lo son todas en este valle de lágrimas.

Mas tampoco puedo negar que soy católico: que entre las sombras me alumbra una esperanza, me soporta una fe, me obliga un amor. Y si esto no apareciese en mi escritura, tampoco podría ésta ser verdad.

Así las cosas, ¿cómo escribir sin acabar componiendo un burdo catecismo para correligionarios?

Soy el primero en comprender a todos aquellos alejados de mi fe, cada uno por sus propias y personales razones. Soy el primero en comprender, porque yo mismo he vivido muchos años fuera de la Iglesia una existencia completamente opuesta y enfrentada a cualquier criterio católico.

Y tampoco quiero engañar a nadie, no quiero esconder que uno de los objetivos de mi vida es llevar al huerto a cuántos más contemporáneos mejor. Aunque ha de quedar claro que a donde los quiero llevar es al Huerto de los Olivos, no a ningún cristianismo adulterado de sonrisas bobaliconas y alegrías forzadas.

Tengo mis referentes sobre lo que es escribir católicamente. No me valen Cervantes y Tolkien, que escribían así sin ser conscientes de que lo hacían. Mi propia biografía, sin embargo, me impide hacerlo sin una continua presencia consciente de mi propia condición de católico retornado -prácticamente converso en sentido estricto-. Por ello, el ejemplo más acabado de lo que yo creo ser buena literatura católica es Espada de honor de Evelyn Waugh; mucho más que Retorno a Brideshead, que en cierto sentido me resulta tramposa, quizá por escoger como protagonista a un personaje que, a pesar de su supuesta oposición al catolicismo de sus amigos, es evidente que está en proceso de conversión. Guy Crouchback, sin embargo, me parece uno de los personajes más honestos y formidables de la historia de la literatura; y para ello resulta crucial que sea católico y que sepamos de su catolicidad desde el principio -en una de las primeras escenas lo encontramos confesándose con un cura italiano, tras conocer el rancio abolengo católico de su familia-. Pero, al mismo tiempo, la idea que el lector se puede hacer de su catolicismo se parece más a la oscura noche del alma de un San Juan de la Cruz que a las bobas apologías producidas por el actual catolicismo de masas. De hecho, toda la novela se puede entender como una subida al monte Carmelo de la auténtica fe por parte del protagonista, curado de adolescentes fervores caballerescos y utopías pseudo-políticas.

Un católico verá en Crouchback a un héroe de la fe. Cualquier otro lector simplemente verá a un personaje complicado, atado a ciertos prejuicios sin sentido; pero entenderá también que es un hombre que ha escogido un camino estrecho por el que andar en la vida, más allá de lo que ese camino le parezca. Entenderá que hay una apuesta, aunque no sea la suya. Y, ¿quién sabe?, quizá acabe sintiendo curiosidad por las razones para apostar de esa manera. Quizá perciba una ligera chispa de la belleza inefable que ese camino tiene para nosotros, los católicos. Pero sin ocultar nunca, ¡jamás!, que es un camino estrecho.

Soy católico; ni puedo, ni lo quiero esconder. Soy reaccionario, en el sentido colachiano del término (que no es lo mismo que ser conservador o romántico), y considero que este escolio de don Nicolás es una verdad como un templo: Ser reaccionario es haber aprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar [1406].

Así me gustaría escribir a mí, como invitando.

Pero no encuentro mejor forma de hacerlo que estos pequeños relatos aparecidos aquí de vez en cuando, acompañados normalmente de una imagen. En esto sigo una tradición típicamente gallega. No deja de ser el esquema propio de las Cousas de mi querido Daniel Castelao; figura casi-santificada del nacionalismo gallego, de la que me niego a prescindir, precisamente por el importante componente reaccionario que tenía ese primer brote de nacionalismo en mi pequeño país -y que, como era fácilmente predecible, no tardó en pudrirse con el transcurrir de las décadas-.

Pero sólo un católico inconsciente (al estilo de Cervantes y Tolkien) podría escribir una cousa como ésta, que os ofrezco aquí traducida desde su original gallego:

Camino olvidado que ya no va a ninguna parte. Un camino calzado de piedra, plagado de zarzas enmarañadas y de ortigas ásperas, que se pierde en la boca negra de un sendero.

Yo siempre preguntaba a mi abuela: ¿Dónde va a dar la vereda vieja?

Y mi abuela me respondía con cierto misterio: No va a ninguna parte, mi niño.

Aquella vereda vieja tiraba de mí, y cuando me hice hombre me arriesgué a pasarla. Y más allá del escalofriante sendero me encontré con una aldea sin gente.

Casales de buena piedra, lagares que recuerdan épocas de bonanza, vigas podridas, montones de teja; todo va amortajado con hiedras, zarzas y laureles, y por encima de aquella exuberante vegetación las hojas amarillas y rojas de una viña sin fruto.

Bajo un nogal seco me senté a descifrar sentimientos que aún hoy están allí en espera.

Cuando volví a casa escuché de mi abuela la historia de la aldea olvidada.

-Ocurrió que los del lugar, armados ladrones, robaron el monasterio de Armenteira.

Esperando el momento del reparto de la riqueza el capitán la enterró en sitio secreto; pero al siguiente día el capitán apareció muerto en su lecho y nunca más se supo del tesoro.

Desde entonces todo fueron desgracias. Morían las vacas, se perdían los frutos, morían contrahechos los niños, se secaban las fuentes. Para ahuyentar el mal fario se levantaron gran cantidad de cruceiros.

De nada valió nada. Al final se supo todo y aún hoy el lugar está aislado de las gentes de bien.

Castelao. Obra completa. 1. Narrativa e Teatro; Akal, 1992; pgs. 59-60.

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LA DERROTA

“Intento de reseña das Confesións dun burgués do Sándor Márai (para o Santi, por iso vai en español):

la altura de los hombres se mide teniendo en cuenta la calidad de las tareas asumidas. Los grandes escritores son aquellos que persiguen sin descanso definir lo que ellos mismos son. Los que tratan de decir qué es ese arte llamado escritura. Algunos simplemente escriben; y son correctos en su técnica. Pero para la genialidad, no es suficiente. Algunos lo intentan; todos fracasan. Pero no todos los fracasos son iguales. La descripción que Proust hace de su impotencia para describir esa sensación que le subyuga al observar un grupo de árboles al borde del camino, es una de las cumbres artísticas del hombre. La narración que Márai nos brinda de su génesis como literato, también merece la más alta consideración. Pues demuestra la incapacidad de las individualidades para el arte auténtico, si no son capaces de salir del ridículo ámbito de sus egos para tratar de apresar las transversalidades epocales que los conforman y determinan. En su búsqueda honesta, la persona de Márai se diluye en el cuento de la historia humana. Y su historia es la historia de la decadencia de los sueños de un tiempo ya estéril para el poder. Es la consciencia de una gran idea moribunda. ¿Qué profundo misterio esconde la derrota para el hombre, que siempre que éste intenta definir su experiencia, tan difícil le resulta ser vulgar y mentiroso? No hay respuestas: sólo grandes hombres buscando en una soledad apenas comunicable. Ese apenas es la clave de la genialidad literaria. En ese infinitesimal espacio se mueve Márai. Por eso es éste un libro genial.

Escrito en mi diario el 12 de mayo de 2004.

Fotograma de 'The Passion of the Christ', de Mel Gibson (2004)

Fotograma de ‘The Passion of the Christ’, de Mel Gibson (2004)

ESPERANZA

Tras una larguísima pausa, he retomado la escritura de mi diario. Y al hacerlo, me he dado cuenta de algo. No dejo huecos; mas, si me falta espacio, nunca sigo escribiendo en jornadas por venir. Simplemente, la sobreabundancia de ciertos días completa la vacuidad de otros; pero siempre es una inundación retroactiva, nunca proyectiva.
En esto me reconozco más esperanzado de lo que mi propia opinión del mundo podría justificar.
Completo el pasado, por no reducir las posibilidades del futuro.
Cada nuevo día ha de tener a su disposición una página entera en blanco donde narrar.

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Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester