El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: ESCRIBIR

LAS COSAS DIMINUTAS

Crece el color azul en el día.

Salen los productos de limpieza del lugar en el que suelen esperar. Limpia la suciedad del vaso donde reposan los cepillos de dientes. Deja en remojo jabonoso la escobilla.

Siente en el torso desnudo el fresco de la mañana de septiembre, que penetra por la pequeña ventana. Se arrodilla para frotar cada punto de la bañera.

Desaparecen las manchas ocultas de la taza del váter. Mientras lo hace, piensa en Dios. Y en que hay que vestir a la niña para ir a misa de diez. Los restos acumulados en los tapones. Olvidos orgánicos e industriales son eliminados de la existencia.

Mientras llena el cubo de la fregona, vuelve a pensar en ella. Una vez más. O quizá no haya dejado de hacerlo. Simplemente, hay momentos en que es más consciente de ese movimiento autónomo de su alma.

Se fija en las manchas de su pantalón. Habrá que echarlo a lavar. Ir a misa un poco curioso.

Disfruta del olor a limpieza química, del brillo artificial de los azulejos recién aclarados.

El placer de poner orden. De hacer el mundo más bello y amable para ellas.

Recuerda la sensación de calma de ayer, tras aceptar el camino. Quiere esa pausa, para su escritura. Y el ritmo artesanal de todo lo que ocurre en Phantom Thread.

El paciente relato de las cosas diminutas, donde moran los quicios de la existencia plena.

PHANTOM THREAD

ANYTHING REAL SHOULD BE A MESS

-How can you tell the difference? Can you tell if something really happened?
-They all think it’s about more detail. But that’s not how memory works. We recall with our feelings. Anything real should be a mess.

Blade Runner 2049.

Una pintora me dijo algo muy parecido hablando de su arte: la realidad no se percibe como un sumatorio exacto de detalles; es, más bien, una composición de manchas de diversos tamaños y colores.

Por eso Velázquez resulta más verdadero que cualquier pintor hiperrealista.

Por eso quizá los sentimientos, cambiantes, pueden acabar transformando los recuerdos. El que escribe diarios sabe que ocurre: no pocas sorpresas se dan al leer páginas antiguas…

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Como los carballos de Simou de esta fotografía, tan exacta. Esos carballos a los que yo me subía, pequeño barón rampante, hace más de treinta años. En esta maraña verde mora mi recuerdo infantil. Pero los árboles sobre cuyas ramas me senté ya no existen, ni siquiera en esta fotografía.

No se puede captar la verdad con sobreabundancia de minucias.

Para la verdad inequívoca de aquella tarde, bastan nuestras risas cómplices sobre la cama.
Aunque ya nunca se repitan.

FIN

“Si me diese siquiera el tiempo suficiente para realizar mi obra, lo primero que haría sería describir en ella a los hombres ocupando un lugar sumamente grande (aunque para ello hubieran de parecer seres monstruosos), comparado con el muy restringido que se les asigna en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin límite en el Tiempo, puesto que, como gigantes sumergidos en los años, lindan simultáneamente con épocas tan distantes, entre las cuales vinieron a situarse tantos días.”

Final de El tiempo recobrado, de Marcel Proust; séptimo y último volumen de En busca del tiempo perdido; Alianza, 1998; pgs. 420-421.

“Arreglo en Gris y Negro, nº 2; retrato de Thomas Carlyle”, de James Abbott McNeill Whistler (entre 1872 y 1873)

LA VIDA DESCUBIERTA

“…la grandeza del arte verdadero, del que monsieur de Norpois hubiera llamado un juego de dilettante, estaba en volver a encontrar, en captar de nuevo, en hacernos conocer esa realidad lejos de la cual vivimos, de la que nos apartamos cada vez más a medida que va tomando más espesor y más impermeabilidad el conocimiento convencional con que sustituimos esa realidad que es muy posible que muramos sin haberla conocido, y que es ni más ni menos que nuestra vida. La verdadera vida, la vida al fin descubierta y delucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura; esa vida que, en cierto sentido, habita a cada instante en todos los hombres tanto como en el artista. Pero no la ven, porque no intentan esclarecerla. Y por eso su pasado está lleno de innumerables clichés que permanecen inútiles porque la inteligencia no los ha ‘desarrollado’. Nuestra vida es también la vida de los demás; pues, para el escritor, el estilo es como el color para el pintor, una cuestión no de técnica, sino de visión. Es la revelación, que sería imposible por medios directos y conscientes, de la diferencia cualitativa que hay en la manera como se nos presenta el mundo, diferencia que, si no existiera el arte, sería el secreto eterno de cada uno. Sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de ese universo que no es el mismo que el nuestro, y cuyos paisajes nos serían tan desconocidos como los que pueda haber en la luna. Gracias al arte, en vez de ver un sólo mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse, y tenemos a nuestra disposición tantos mundos como artistas originales giran en el infinito y, muchos siglos después de haberse apagado la lumbre de que procedía llamárase Rembrandt o Vermeer, nos envía aún su rayo especial.”

El tiempo recobrado, de Marcel Proust (7º y último volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 1998; pgs. 244-245.

Detalle del autorretrato de Rembrandt a la edad de 63 años (1669)

EL MUNDO EN UNA PINCELADA

Fue el atisbo de una ilusión, pero bastó para hacer rebosar el pozo. Por unos días. En los que escribir bello estaba siempre a la mano.

No llegaba a ser un sentimiento, quizá apenas una premonición anhelante. Pero fue suficiente un destello mínimo para cimentar un futuro de sucesos.

Como me explicó la pintora que me amó, el ojo construye el mundo con recursos escasos.

Fíjate en el cuello de su blusa; donde parece haber un sinfín de matices y detalles, hay apenas una pincelada blanca.

Yo acerqué la imagen que había visto mil veces y por primera vez contemplé lo simple invisible que siempre había estado ahí.

Pues así también trabajan el deseo y la esperanza. Y de un pálpito irregular brota un amor eterno.

ALGO SEMEJANTE A UN ESPEJO

“Y ocurre igualmente que los productores de obras geniales no son aquellos seres que viven en el más delicado ambiente y que tienen la más lúcida de las conversaciones y la más extensa de las culturas, sino aquéllos capaces de cesar bruscamente de vivir para sí mismos y convertir su personalidad en algo semejante a un espejo, de tal suerte que su vida, por mediocre que sea en su aspecto mundano, y hasta cierto punto en el intelectual, vaya a reflejarse allí; porque el genio consiste en la potencia de reflexión y no en la calidad intrínseca del espectáculo reflejado.”

A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel Proust (2º volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 1999; pgs. 160-161.

“Hold me”, de Malcolm T. Liepke (2019)

VUESTRO ENTREGADO PERSONAJE

Llueve ahí fuera en el mundo. Así que resulta agradable recordar las sagas familiares tras la cena, en compañía de mi madre.

El hermano de mi bisabuela Maruja, carabinero como su padre, que mató a su superior y huyó para siempre, dejando mujer e hijos.

Mi bisabuela Maruja cruzando en barca la Ría, para visitar a su marido preso en el castillo de San Felipe.

La abuela Pacucha echando las cartas. La seriedad con la que lo hacía. Resultaba imposible no creer que realmente entraba en contacto con los hilos del destino. A mí no me gustaba que me las echase. Sólo se lo pedí un par de veces.

Probablemente, porque yo creía ciegamente en su condición de sibila. Y uno siempre teme el peso de las palabras de un dios.

Los relatos de los míos, la literatura en la que crecí, que no deja de incorporar nuevas historias, para sustituir a las que ya escapan de la memoria común.

Este verano conocí a los hijos de una prima muy cercana y me descubrí personaje literario, por obra y gracia de mi tía Marisa, fabulosa narradora y abuela de los zagales; que me interrogaron como si estuvieran delante del Conde de Montecristo.

Voy dejando un reguero de historias que contar, lo cual me hace especial gracia.

Vamos dejando un buen espectáculo, querido amigo, repleto de luces y oscuridades.

Somos hombres, cosas de caída fácil y formidables entusiasmos.

No ahorréis verdades al hablar de mí. Sólo espero proporcionaros un profundo entretenimiento, aunque sea a costa de mi alma.

El gran amor de la bisabuela Maruja no fue mi bisabuelo Agustín. Fue un hombre que le prometió amor eterno antes de coger un barco hacia la otra orilla del océano. Cuba o Venezuela.

Cumplió su promesa de escribirle, de cuidar de ella a través de envíos que nunca llegaron a mi bisabuela, retenidos por la familia de su amado.

El desamor hizo enfermar a mi bisabuela, que estuvo a punto de morir con apenas veinte años.

En esta foto que os ofrezco empezaba a recuperarse, preparándose para dar inicio a la rama a la que pertenezco.

Yo metí su féretro, junto a otros cinco hombres de mi sangre, en un nicho de San Vicente de Mehá, camposanto acantilado sobre la Ría.

Cumplid con vuestros papeles y dad que hablar, amigos míos, que Dios es Dios.

LOS NOMBRES PROPIOS

No soy hombre de imaginación exuberante. Escribo fundamentalmente desde lo acontecido.

He querido hoy inventar un cuento para dormir a mi hija y he acabado hablándole de los caballos salvajes de los acantilados.

Le he explicado que un acantilado es una montaña junto al mar. Ella ha buscado en El Principito el dibujo de las montañas. Pues ahora imagina que todo esto estuviera rodeado de mar, le he dicho.

Le hablé de las ganas que tenía de llevarla hasta allí. De los potros que miran hacia la puesta de sol.

Y, por supuesto, le hablé de él.

Cuando aún no tenía demasiado claro que le estuviera interesando lo que le contaba, me preguntó: ¿cómo se llama el caballo?

Le dije que no lo sabía.

Ya se durmió. Quizá sueñe con caballos sobre montañas rodeadas de mar.

Yo, mientras tanto, me distraigo dándole vueltas a la importancia de los nombres propios.

OTRA VEZ, TAN DISTINTO

Sorprende la cantidad de escoria que me descubro haber portado.

Otra vez, tan distinto.

Demasiada militancia. Pegajosa. Otra vez. También esa vez; que ya pasó, al parecer.

Exigiendo eternidad a las tesis de mi voluntad. Qué error más tonto…

Sólo ya una militancia: caminar. Tomar notas. Refugiarme en las pequeñas verdades que he ido encontrando; y que no sé cuánto me durarán.

Compartirlas, como el que ofrece una silla a su mesa a la hora de comer. Por regalar.

Hasta que vuelva a descubrirme, una vez más, distinto.

Y la curiosidad de saber qué cosas aguantarán hasta el final del viaje.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XLIII)

Se me fue el día en cuestionarme.

Pensarme escribiendo qué. ¿Pensarme escribiendo?

Desesperado por la ausencia de hilos. Desesperación apática, sin estridencias. Un aburrimiento metafísico.

Y entonces Calle del Orco colgó este formidable poema de Auden.

Y he querido verlo, por un instante, como un buen augurio. Como si doce buitres.

Pero ni siquiera.

Enseguida me he aburrido, también, de mi supersticiosa predilección por las casualidades.

Pero eso da igual.

El poema sigue siendo formidable.

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