El sosiego acantilado

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Categoría: ESCRIBIR

EL LATÍN DE LOS JUZGADOS

Irrumpe en la oficina Hermes, de alados tobillos.

-Éste no está.

-¿Cuál es?

-El 304 del 12, del 4.

-¿Qué es?

-Una ETJ. ¿Estaban ya separadas de trámite, ese año?

-No, ese año aún no. ¿Quién lo pide? ¿El SCEJ?

-No, la UPAD.

Sonido de teclas interpretadas presto vivace.

-Hicieron algo hace un par de meses. Deben de tenerlo arriba.

-Les digo que busquen mejor, entonces.

-Sí.

Y el mensajero de los dioses vuelve a salir volando por las entrañas del edificio.

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EL ESCRITOR DE PENSILVANIA

La primera vez que le vi, se sacaba unos trocitos de papel y un boli de uno de los bolsillos del chubasquero de camuflaje. Se juntaba con Denman (con el que compartía nacionalidad estadounidense) y con Larsson, el sueco con varias causas pendientes en su país por pelearse con la policía.

Mientras ponía orden en sus mini apuntes, hizo un comentario sobre el libro que estaba escribiendo. Evidentemente, me sentí interesado.

-¿Estás escribiendo un libro?

-Sí -dijo sonriente-. Un diario sobre mi experiencia en la Legión Extranjera.

Era de algún lugar de Pensilvania; Pittsburgh, creo. No sé si esa misma noche o al día siguiente, se convirtió en gracioso protagonista durante el castigo a los rusos.

Los rouge rusos (lo cual incluye a todos los eslavos que entendían el idioma), habían organizado una mafia en las duchas para permitir a sus hermanos eslavos más tiempo debajo del agua, limitando el de todos los demás. Un caporal chef que pasaba por allí se enteró del asunto y nos hicieron formar en el patio a las 9 de la fría noche, cuando ya nos habían mandado a las habitaciones. Formamos como pudimos, la mayoría con menos ropa de la apropiada. Mientras explicaba el motivo de la convocatoria, el caporal chef obligaba a hacer fondos a todos los rouge, culpables e inocentes. Los castigos en la Legión suelen ser comunes. Si la caga uno, la cagan todos.

Yo observaba profundamente emocionado todo aquello. Era la encarnación del segundo principio del código de honor del legionario: Chaque légionnaire est ton frère d’arme, quelle que soit sa nationalité, sa race, sa religion. Tu lui manifestes toujours la solidarité étroite qui doit unir les membres d’une même famille.

Mientras el caporal chef mandaba a correr a los agotados rouge, yo pensaba que éste era mi sitio y que no podría ser más feliz en ningún otro lugar del mundo.

El caporal chef dirigió su atención a los blue que estábamos formados contemplando el espectáculo. Entonces se fijó en el escritor de Pensilvania: en chancletas, el jabón en una mano, mientras con la otra sujetaba la toalla que le tapaba la cintura. El aviso de formación le había pillado en la ducha.

El caporal chef, divertido, le dio permiso para volver a la habitación.

-Merci, caporal chef! -voceó el escritor de Pensilvania, mientras los demás reíamos.

Poco más contacto tuve con él. Enseguida nos enviaron a lavar platos a Marsella. Allí, Denman me dijo que pensaba que lo habían mandado para casa. Al parecer, el afán de aventura y ver mundo no eran suficiente motivación para la Comisión. No puedo estar más en desacuerdo.

Quizá algún día encuentre un libro sobre la Legión Extranjera, escrito por alguien de Pensilvania. Y sonreiré recordando aquella fría noche en Aubagne.

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ESCRIBIR, MATAR

Cuenta la leyenda que los conocidos de Jane Austen vivían aterrorizados por la posibilidad de acabar convertidos en personajes de sus novelas.

Karl Ove Knausgård siente haber hecho un pacto con el diablo, al lograr la fama literaria a costa del sacrificio de muchas de sus amistades y relaciones familiares, por haberlas expuesto públicamente en sus libros.

“Una literata que se dice conocida pero no da su nombre desea entablar conmigo una correspondencia encubierta sobre el tema: ¿hasta qué punto puede un escritor ofrecer de pasto al público a sus seres próximos, sacrificarlos a su propio placer? Está convencida de que mi cuento ha tenido consecuencias terribles en mi vida y en nuestra relación, si la heroína es mi compañera y no una amante intermitente. No me gustan los misterios ni el tono del mensaje, pero da en el blanco. Me pregunto si para mí escribir significa necesariamente matar a alguien.”

Una novela rusa, de Emmanuel Carrère; Anagrama, 2008; pgs. 237-238.

'Two Comedians', de Edward Hopper (1965)

‘Two Comedians’, de Edward Hopper (1965)

COSAS

Suelo preguntarme qué hacer con mi escritura.

A veces tengo la tentación del libro, pero me reconozco demasiado perezoso. O que no he encontrado la historia que me motive bastante para perseguir su transcripción durante el tiempo suficiente -que viene siendo lo mismo, pero dicho con otras palabras-.

Me turba además una preocupación que transporto desde mis jóvenes años de ocupaciones políticas: que la escritura no sea mero panfleto, sino persecución de verdades. En la escritura, como dijo el maestro Novoneyra -en uno de los poemas más bellos que se han escrito en lengua gallega- es necesario dejarse en libertá, sin forzal’os sonos a morrer nin levalos a posta pra gardarme. Un consejo que él mismo no siguió en demasiadas ocasiones, degradando su talento poético en contribuciones grotescas con las que pretendía defender sus convicciones políticas.

Si la escritura es verdad no puede ser un mero despliegue de certidumbres propias para adoctrinar a las masas y liberarlas de sus errores. Si la escritura es honesta ha de mostrar su condición de apuesta entre tinieblas, como lo son todas en este valle de lágrimas.

Mas tampoco puedo negar que soy católico: que entre las sombras me alumbra una esperanza, me soporta una fe, me obliga un amor. Y si esto no apareciese en mi escritura, tampoco podría ésta ser verdad.

Así las cosas, ¿cómo escribir sin acabar componiendo un burdo catecismo para correligionarios?

Soy el primero en comprender a todos aquellos alejados de mi fe, cada uno por sus propias y personales razones. Soy el primero en comprender, porque yo mismo he vivido muchos años fuera de la Iglesia una existencia completamente opuesta y enfrentada a cualquier criterio católico.

Y tampoco quiero engañar a nadie, no quiero esconder que uno de los objetivos de mi vida es llevar al huerto a cuántos más contemporáneos mejor. Aunque ha de quedar claro que a donde los quiero llevar es al Huerto de los Olivos, no a ningún cristianismo adulterado de sonrisas bobaliconas y alegrías forzadas.

Tengo mis referentes sobre lo que es escribir católicamente. No me valen Cervantes y Tolkien, que escribían así sin ser conscientes de que lo hacían. Mi propia biografía, sin embargo, me impide hacerlo sin una continua presencia consciente de mi propia condición de católico retornado -prácticamente converso en sentido estricto-. Por ello, el ejemplo más acabado de lo que yo creo ser buena literatura católica es Espada de honor de Evelyn Waugh; mucho más que Retorno a Brideshead, que en cierto sentido me resulta tramposa, quizá por escoger como protagonista a un personaje que, a pesar de su supuesta oposición al catolicismo de sus amigos, es evidente que está en proceso de conversión. Guy Crouchback, sin embargo, me parece uno de los personajes más honestos y formidables de la historia de la literatura; y para ello resulta crucial que sea católico y que sepamos de su catolicidad desde el principio -en una de las primeras escenas lo encontramos confesándose con un cura italiano, tras conocer el rancio abolengo católico de su familia-. Pero, al mismo tiempo, la idea que el lector se puede hacer de su catolicismo se parece más a la oscura noche del alma de un San Juan de la Cruz que a las bobas apologías producidas por el actual catolicismo de masas. De hecho, toda la novela se puede entender como una subida al monte Carmelo de la auténtica fe por parte del protagonista, curado de adolescentes fervores caballerescos y utopías pseudo-políticas.

Un católico verá en Crouchback a un héroe de la fe. Cualquier otro lector simplemente verá a un personaje complicado, atado a ciertos prejuicios sin sentido; pero entenderá también que es un hombre que ha escogido un camino estrecho por el que andar en la vida, más allá de lo que ese camino le parezca. Entenderá que hay una apuesta, aunque no sea la suya. Y, ¿quién sabe?, quizá acabe sintiendo curiosidad por las razones para apostar de esa manera. Quizá perciba una ligera chispa de la belleza inefable que ese camino tiene para nosotros, los católicos. Pero sin ocultar nunca, ¡jamás!, que es un camino estrecho.

Soy católico; ni puedo, ni lo quiero esconder. Soy reaccionario, en el sentido colachiano del término (que no es lo mismo que ser conservador o romántico), y considero que este escolio de don Nicolás es una verdad como un templo: Ser reaccionario es haber aprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar [1406].

Así me gustaría escribir a mí, como invitando.

Pero no encuentro mejor forma de hacerlo que estos pequeños relatos aparecidos aquí de vez en cuando, acompañados normalmente de una imagen. En esto sigo una tradición típicamente gallega. No deja de ser el esquema propio de las Cousas de mi querido Daniel Castelao; figura casi-santificada del nacionalismo gallego, de la que me niego a prescindir, precisamente por el importante componente reaccionario que tenía ese primer brote de nacionalismo en mi pequeño país -y que, como era fácilmente predecible, no tardó en pudrirse con el transcurrir de las décadas-.

Pero sólo un católico inconsciente (al estilo de Cervantes y Tolkien) podría escribir una cousa como ésta, que os ofrezco aquí traducida desde su original gallego:

Camino olvidado que ya no va a ninguna parte. Un camino calzado de piedra, plagado de zarzas enmarañadas y de ortigas ásperas, que se pierde en la boca negra de un sendero.

Yo siempre preguntaba a mi abuela: ¿Dónde va a dar la vereda vieja?

Y mi abuela me respondía con cierto misterio: No va a ninguna parte, mi niño.

Aquella vereda vieja tiraba de mí, y cuando me hice hombre me arriesgué a pasarla. Y más allá del escalofriante sendero me encontré con una aldea sin gente.

Casales de buena piedra, lagares que recuerdan épocas de bonanza, vigas podridas, montones de teja; todo va amortajado con hiedras, zarzas y laureles, y por encima de aquella exuberante vegetación las hojas amarillas y rojas de una viña sin fruto.

Bajo un nogal seco me senté a descifrar sentimientos que aún hoy están allí en espera.

Cuando volví a casa escuché de mi abuela la historia de la aldea olvidada.

-Ocurrió que los del lugar, armados ladrones, robaron el monasterio de Armenteira.

Esperando el momento del reparto de la riqueza el capitán la enterró en sitio secreto; pero al siguiente día el capitán apareció muerto en su lecho y nunca más se supo del tesoro.

Desde entonces todo fueron desgracias. Morían las vacas, se perdían los frutos, morían contrahechos los niños, se secaban las fuentes. Para ahuyentar el mal fario se levantaron gran cantidad de cruceiros.

De nada valió nada. Al final se supo todo y aún hoy el lugar está aislado de las gentes de bien.

Castelao. Obra completa. 1. Narrativa e Teatro; Akal, 1992; pgs. 59-60.

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LA DERROTA

“Intento de reseña das Confesións dun burgués do Sándor Márai (para o Santi, por iso vai en español):

la altura de los hombres se mide teniendo en cuenta la calidad de las tareas asumidas. Los grandes escritores son aquellos que persiguen sin descanso definir lo que ellos mismos son. Los que tratan de decir qué es ese arte llamado escritura. Algunos simplemente escriben; y son correctos en su técnica. Pero para la genialidad, no es suficiente. Algunos lo intentan; todos fracasan. Pero no todos los fracasos son iguales. La descripción que Proust hace de su impotencia para describir esa sensación que le subyuga al observar un grupo de árboles al borde del camino, es una de las cumbres artísticas del hombre. La narración que Márai nos brinda de su génesis como literato, también merece la más alta consideración. Pues demuestra la incapacidad de las individualidades para el arte auténtico, si no son capaces de salir del ridículo ámbito de sus egos para tratar de apresar las transversalidades epocales que los conforman y determinan. En su búsqueda honesta, la persona de Márai se diluye en el cuento de la historia humana. Y su historia es la historia de la decadencia de los sueños de un tiempo ya estéril para el poder. Es la consciencia de una gran idea moribunda. ¿Qué profundo misterio esconde la derrota para el hombre, que siempre que éste intenta definir su experiencia, tan difícil le resulta ser vulgar y mentiroso? No hay respuestas: sólo grandes hombres buscando en una soledad apenas comunicable. Ese apenas es la clave de la genialidad literaria. En ese infinitesimal espacio se mueve Márai. Por eso es éste un libro genial.

Escrito en mi diario el 12 de mayo de 2004.

Fotograma de 'The Passion of the Christ', de Mel Gibson (2004)

Fotograma de ‘The Passion of the Christ’, de Mel Gibson (2004)

ESPERANZA

Tras una larguísima pausa, he retomado la escritura de mi diario. Y al hacerlo, me he dado cuenta de algo. No dejo huecos; mas, si me falta espacio, nunca sigo escribiendo en jornadas por venir. Simplemente, la sobreabundancia de ciertos días completa la vacuidad de otros; pero siempre es una inundación retroactiva, nunca proyectiva.
En esto me reconozco más esperanzado de lo que mi propia opinión del mundo podría justificar.
Completo el pasado, por no reducir las posibilidades del futuro.
Cada nuevo día ha de tener a su disposición una página entera en blanco donde narrar.

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PAISAJE MATRIZ

Tras la breve introducción protagonizada por el olmo duro de cortar, Cormac McCarthy empieza así el primer capítulo de su primera novela:

Desde hacía un rato la carretera estaba desierta, blanca y abrasadora aún, pero el sol teñía ya de rojo el cielo de poniente.

Semilla en la que ya se podía adivinar la presencia del árbol completo. Me impresiona ver el núcleo de todos sus temas e imágenes contenidos en una única frase. El huevo cósmico de una literatura centrada en el Éxodo y la Frontera.

De la misma manera, creo que todo lo que yo pueda llegar a escribir algún día se reduce a darle vueltas a una sola imagen: la de un hombre que fuma en silencio sobre un acantilado, con la mirada perdida en el horizonte del atardecer.

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PODRÍA YO MORIR

El tratado definitivo de estética, como el tratado definitivo de retórica, se halla esparcido en obiter dicta de ese linaje de grandes que va de Homero a Proust.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1207.

“Yo sentía aglomerarse en mí, capaces de ser utilizadas para esto, multitud de verdades relativas a las pasiones, a los caracteres, a las costumbres. Su percepción me causaba alegría, pero me parecía recordar que, más de una, la había descubierto en el dolor, otras en goces muy mediocres. Entonces surgió en mí una nueva luz, menos resplandeciente sin duda que la que me había hecho percibir que la obra de arte era el único medio de recobrar el Tiempo perdido. Y comprendí que todos esos materiales de la obra literaria eran mi vida pasada; comprendí que vinieron a mí, en los placeres frívolos, en la pereza, en la ternura, en el dolor, almacenados por mí, sin que yo adivinase su destino, ni su supervivencia, como no adivina el grano poniendo en reserva los alimentos que nutrirán a la planta. Lo mismo que el grano, podría yo morir cuando la planta se desarrollara, y resultaba que había vivido para ella sin saberlo, sin que me pareciera que mi vida debía entrar nunca en contacto con los libros que yo hubiera querido escribir y para los cuales, cuando en otro tiempo me sentaba a la mesa, no encontraba tema. De suerte que, hasta aquel día, toda mi vida habría podido y no hubiera podido resumirse en este título: Una vocación. No habría podido resumirse así porque la literatura no había desempeñado papel alguno en mi vida. Habría podido resumirse así porque esta vida, los recuerdos de sus tristezas, de sus goces formaban una reserva semejante a ese albumen que se aloja en el óvulo de las plantas y del que éste saca su alimento para transformarse en grano, en ese tiempo en que todavía se ignora que se desarrolla el embrión de una planta, el cual es, sin embargo, lugar de fenómenos químicos y respiratorios secretos pero muy activos. Mi vida estaba así en relación con lo que traería su maduración.”

El tiempo recobrado, de Marcel Proust; Alianza, 1998; pgs. 249-250.

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ESCOLIOS COLACHIANOS SOBRE EL ARTE DE LA ESCRITURA, A MODO DE DECÁLOGO

“[1.] Los defectos del artista que se resigna a sus cualidades acaban volviéndose invisibles.

[2.] El artista espontáneamente original sólo pretende modificar matices.
La originalidad premeditada, en cambio, pretende crear mundos nuevos y sólo zurce centones inconscientes.

[3.] El escritor que no tuvo las preocupaciones de su tiempo le parece a cada época tener las suyas.

[4.] Deploremos menos la obscenidad del novelista actual que su infortunio.
Cuando el hombre se vuelve insignificante, copular y defecar se vuelven actividades significativas.

[5.] El escritor debe exhibir sin epítetos las vilezas que muestra, para que el lector que no se indigna espontáneamente automáticamente se condene.

[6.] La literatura se vuelve palabrería, cuando los conflictos éticos de que trata, en lugar de proyectarse en metafísica, se disuelven en psicología.

[7.] La gloria, para el artista auténtico, no es un ruido de alabanzas, sino el silencio terrible del instante en que creyó acertar.

[8.] La frase perfecta es la que logra con menos gestos señalar más rumbos.

[9.] Nada le parece más superfluo al profano que las indispensables sutilezas.

[10.] Al lector, finalmente, sólo le parece importante el escritor que no se cree más importante que su obra.”

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs. 1059, 841, 1135, 708, 534, 545, 712, 1043, 962, 526.

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DE LA REALIDAD

La Modernidad es una época del mundo que, entre otras cosas, se caracteriza por columpiarse delirante entre antinomias.

Una de las esquizofrenias más activas con las que ha envenenado el mundo es la disyuntiva radical entre cierta cosa normalmente llamada la Realidad (así, con mayúscula gorda y opresiva) y otra cierta cosa conocida como ficción (así, con minúscula tímida y apocada).

Hablan los modernos de la Realidad como algo dado y evidente, un conjunto de hechos monolíticos en los que se agota plenamente el sentido de lo que puede ser conocido; nos alejamos de ella cuando adornamos dicha Realidad con elementos fantásticos, otorgando notas y accidentes a los seres que no se corresponden con sus respectivas sustancias.

Esta falsificación de la Realidad es lo que suele llamarse ficción, fantasía; o, en fin, mito.

Pero este punto de partida es falaz, porque tal conocimiento de la Realidad no es propio de la condición humana. La realidad, para el ser humano, nunca está plenamente clausurada en su sentido último; por las propias limitaciones del conocimiento humano, la realidad está obligada al misterio. Y es ahí donde la posibilidad y la necesidad de narrar nacen.

La gracia de la fantasía no está, por lo tanto, en distraernos de la dura Realidad humana; sino en adiestrarnos en su cualidad misteriosa, que no se puede eliminar de ninguna manera. La promesa de luz total no es para este mundo y la fantasía ayuda a vivir entre tinieblas. El que habla de una Realidad sin incertidumbres, miente.

No hay, por lo tanto, pedagogía más nociva que aquella que promete una Realidad unívoca; es por ello que la oscuridad de los niños así educados, cuando se hacen adultos, es mayor si cabe: topan con el aspecto profundamente misterioso de la existencia y no saben cómo lidiar con él; viven completamente atemorizados, sin esperanza, confundiendo el misterio con la nada.

La época les ha prometido cosas que no está en su mano conceder y acaban comprendiendo que, al final, la Modernidad son los padres. Como dice Gómez Dávila, la creencia en la solubilidad fundamental de los problemas es característica propia al mundo moderno. Que todo antagonismo de principios es simple equívoco, que habrá aspirina para toda cefalalgia. Pero la verdad, para el cristiano, es tensión entre ciertas proposiciones contrarias. La teología no tiene la función de resolver el conflicto, sino de mostrar su necesidad.

No somos los crédulos los que huimos de la verdad, pues nosotros aceptamos el mundo tal y como es: un mundo en el que no queda más remedio que apostar sin tener todos los ases en la manga. De hecho, somos conscientes de que cualquier otra opción sería irracional e insoportable. Para dudar de la existencia de Dios bastaría que existieran pruebas de que existe. Somos los que aceptamos la niebla como puro aliento del mundo los que comprendemos que el mito es el modo único de expresar verdades simples.

Pues todo lo que haga sentir al hombre que el misterio lo envuelve lo vuelve más inteligente.

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