El sosiego acantilado

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Categoría: E. H. CARR

MEMORIAS DE UN PORTERO MARXISTA: LA MOSCA

La asamblea ha terminado, hermanas; diseminaos y cumplid con vuestro deber de ahuyentar la paz de entre los seres y de ensuciarlo todo.

El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez; Austral, 1996; pg. 153.

“Una mosca juega el eterno y tonto juego de las moscas y los cristales; lleva ya varias horas. Supongo que morirá, de hambre y agotamiento. El sentido del tacto tiene que ser algo insignificante para las moscas; por mucho que sientan la oposición física del cristal, la percepción de la transparencia gana a cualquier otra sensación. He ahí el materialismo palurdo de las moscas: si el mirar no mira nada, entonces es que no hay nada (materialismo ocular). […] La mosca, tras más de 7 horas empotrándose contra el cristal, dejó de intentar ir hacia el norte y voló hacia el sur. No sé cómo fue exactamente que tomó la decisión; la tomó y nada más. Da que pensar. ¿Hay un límite temporal para la gilipollez de las moscas? No se les puede negar una increíble constancia. Para las moscas resulta tan ilógica la idea de un sólido transparente que, simplemente, no la pueden pensar. Cando topan con un cristal, tan sólo la suerte puede salvarlas.”

Escrito en mi diario el 19 de agosto de 2002 (traducido del gallego original); ese mismo día, terminé de leer el primer volumen de La Revolución Bolchevique (1917-1923), de E. H. Carr.

Fotograma de la película 'Hunger', de Steve McQueen (2008)

Fotograma de la película ‘Hunger’, de Steve McQueen (2008)

COMPRENSIÓN IMAGINATIVA

En las mudanzas, lo normal es perder libros. Más raro resulta encontrarlos.

Pero durante el donoso escrutinio que hemos desatado en la biblioteca de la casa de mi suegra (también la nuestra, a partir de ahora) he hallado alguna que otra joya. Alegre sorpresa fue topar con una traducción publicada por Seix Barral en 1973 del ciclo de conferencias dictadas en Cambridge en 1961 por el historiador inglés Edward Hallett Carr (autor de una monumental historia de la Revolución Rusa, cuyos numerosos tomos leí con pasión en mis politizados años jóvenes). En el libro (titulado ¿Qué es la historia?) acabo de leer el siguiente texto:

…la necesidad, por parte del historiador, de una comprensión imaginativa de las mentes de las personas que le ocupan, del pensamiento subyacente a sus actos: digo comprensión imaginativa, y no simpatía, por temor a que se crea que ello implica acuerdo. El siglo XIX fue flojo en historia medieval porque le repelían demasiado las creencias supersticiosas de la Edad Media y las barbaridades por ellas inspiradas como para comprender imaginativamente a los hombres medievales. O tómese la censoria observación de Burckhardt acerca de la guerra de los Treinta Años: Resulta escandaloso para un credo, sea católico o protestante, colocar su salvación por encima de la integridad nacional. Era dificilísimo para un historiador del siglo pasado, enseñado a creer que era justo y digno de alabanza matar en defensa del país propio, pero inmoral y equivocado matar en defensa de la propia religión, compartir el estado de ánimo de quienes lucharon en la guerra de los Treinta Años. Esta dificultad es particularmente aguda en el campo en que estoy trabajando ahora. Mucho de lo que se lleva escrito en los últimos diez años en los países de habla inglesa acerca de la Unión Soviética, y mucho de lo escrito en ésta sobre dichos países, viene viciado por esa incapacidad de llegar a una comprensión imaginativa, por elemental que sea, de lo que acontece en la mente de la otra parte, de forma que las palabras y las acciones de los otros siempre han de resultar embebidas de mala fe, carentes de sentido o hipócritas. No se puede hacer historia, si el historiador no llega a establecer algún contacto con la mente de aquellos sobre los que escribe.

No puedo estar más de acuerdo; pero no sólo en lo referido al estudio histórico.

Últimamente, tengo que leer y escuchar muchas opiniones sobre los miembros del Estado Islámico. Todo el mundo parece manejar una teoría sobre la verdad oculta que realmente actúa tras su voluntad: la pobreza, el afán de poder, la locura… Siempre hay una causa que obvia el único hecho indudable: su firme y libre decisión de someter sus conciencias a los dictados de una determinada interpetación (salafista) del Islam. Cada individuo podrá tener su propio trasfondo biográfico y sus peculiares circunstancias existenciales; pero sólo desde la comprensión imaginativa de su toma de partido, podremos entender su recia oposición a la usura, a que las mujeres lleven el pelo suelto por la calle o su decisión de volarse en pedazos en medio de una iglesia abarrotada de fieles.

Lo cual, evidentemente, no implica simpatizar con ellos. Simplemente, significa entenderlos. Y al entenderlos, yo al menos, los reconozco como enemigos. Enemigos que, llegado el caso, y con la ayuda de Dios, habrá que matar. Precisamente porque entiendo aquello en lo que creen, entiendo que ellos y yo no podemos convivir en el mismo mundo. Ellos son una amenaza para los míos y para mí; y yo espero ser una amenaza para ellos.

Sin odio. Sosegadamente. Amándolos como a los magníficos enemigos que son.

EI

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