El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: DOSTOYEVSKI

UNA PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR HOMOSEXUAL

Como un cíclope de piel bermeja al que le estuviese ardiendo el único ojo, una columna de humo se elevaba desde la ventana superior de la Cantine Royale: Michel Hundt fumaba su pipa contemplando la calle, sin prestar la más mínima atención a lo que en la calle ocurría. Entre otras cosas, porque en la calle no pasaba nada.

Michel Hundt debería estar preparando su próxima clase de historia, y a eso precisamente había venido; pero la peculiar forma de concatenación de pensamientos propia del sopor y el tedio le habían llevado hasta un pasado remoto de su vida, sin ninguna razón aparente.

En determinado momento, devolvió la mirada al interior de la cafetería, vacía en su piso superior; y acabó fijándose, por pura inercia de la disposición de su estructura corporal, en las dos estanterías excavadas en la pared de enfrente. Se trataba de la típica biblioteca para intercambiar libros. Michel reconoció los ejemplares de siempre; apenas ocurría algún intercambio muy de vez en cuando.

Pero hace años, la biblioteca de intercambio era muy usada. Y Michel Hundt, de repente, regresó a aquellos años.

-La estantería superior es de Peter Ramos-Hollande -le decía alguien en su recuerdo-; bueno, evidentemente no es suya, pero sólo él la ordena, y todo el mundo sabe que sólo él la ordena: siempre verás un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo; lo sustituyan por el libro que lo sustituyan, Ramos-Hollande siempre vuelve a colocar un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo. Con respecto a los otros libros, casi siempre son los mismos; a veces, por su propio gusto, él mismo cambia alguno o incluye uno nuevo; y, en muy raras ocasiones, acepta hacer permanente algún intercambio propuesto por otro lector. Así que, en cierto modo, se puede decir que tienes delante de ti el canon de Peter Ramos-Hollande.

Y Michel se ve mirando los títulos a la derecha de El Amanecer (el Metamanecer, como bromearían después al recordar juntos estos mismos momentos): el libro primero de El Capital; los tres tomos de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault; Guerra y paz; la poesía completa de Rimbaud; la poesía completa de Catulo; la poesía completa de Arda Lobo; los siete tomos de En busca del tiempo perdido; los diez tomos de Los amores de un libertino filipino; Los placeres y los días; el Anti-Sade, de Federico Bertranou (esta presencia sorprendió sobremanera a Michel); y, por último, 2666.

Unos días más tarde, Michel decidió coger el ejemplar de Guerra y paz y sustituirlo por Vida y destino de Grossman. Una semana después, volvía a haber un ejemplar recién comprado de Guerra y paz; pero Vida y destino permanecía a su lado, para gran diversión de Michel.

En la siguiente ocasión, Michel decidió intercambiar la poesía completa de Rimbaud por la de Baudelaire, con un papel que marcaba la página en la que se encontraba Enivrez-vous.

Michel esperó muchos días el regreso de Rimbaud. Pero sólo lo hizo, un par de semanas después, para permanecer al lado de Baudelaire. La estantería superior de la biblioteca de intercambio empezaba a quedarse sin sitio.

En el tercer intercambio, Michel se atrevió a sustituir El Amanecer por Los demonios de Dostoyevski.

Al día siguiente comprobó, con cierta decepción -y un poco de susto-, que un nuevo ejemplar de El Amanecer había ocupado el puesto de Los demonios. Sin más.

Michel perdió entonces interés en el jueguito; y, por circunstancias de la vida, estuvo una buena temporada sin ir por la Cantine Royale.

Pero cuando volvió a aparecer por allí, unos meses más tarde, en compañía de un novio con el que salía por aquel entonces, justo antes de sentarse en la misma mesa en la que ahora recordaba todo aquello, se fijó en la estantería superior de la biblioteca de intercambio. Y vio que no estaba El Amanecer. Y vio que sí estaban Los demonios. Y El idiota. Y Crimen y castigo. Y Los hermanos Karamazov. Ya no cabía ningún libro más en la estantería superior de la biblioteca de intercambio de la Cantine Royale.

Michel sonrió. Y siguió sonriendo mientras su novio de por aquel entonces le hablaba de algo a lo que no prestó demasiada atención y que ahora era incapaz de recordar.

Al día siguiente, Michel cambió la poesía completa de Catulo por la Divina Comedia. Con un papel que marcaba la página en la que empezaba el Canto XVI del Infierno.

Catulo no regresó. No regresó nunca más. Un día, mientras pensaba en otro intercambio, Michel tomó el ejemplar de la Divina Comedia y lo hojeó; aunque era una edición distinta, también tenía marcada la página del Canto XVI del Infierno con un papel. Michel se dio cuenta de que aquel papel era, en realidad, una carta. Divertido y nervioso, Michel desdobló el papel y leyó:

Antes de nada, debes saber que has de ser paciente conmigo, pues soy ese tipo de persona que no compra cotidianamente alcohol; pero si le regalan una botella de licor, no deja de beberla hasta que se acaba, no mucho tiempo después; y una vez terminada la botella, no compro más. Sólo espero a que me regalen otra. Pero sin ningún tipo de impaciencia. No me quedo a la espera. Simplemente sigo con mi vida. Y si me regalan otra botella, pues la abro, y no dejo de beberla hasta que se acaba, poco tiempo después. Y así, igual, hasta que me muera.

Aplicado a las relaciones humanas, es la mejor manera de confesarte que soy un desastre. No quiero, no me gusta, pero soy un desastre.

Pero no es que sea un maricón lujurioso, ni mucho menos. Lo que ocurre es que quiero ser amado de una determinada manera; no me preocupa demasiado la furia de los sentidos, aunque, por supuesto, te ofreceré mi cuerpo para tu placer; te informo, además, de que prefiero penetrar a ser penetrado; pero rendiré mi virilidad cuando fuere menester a tu deseo, si mi culo, como el resto de mi persona, es amado por ti; y esto lo demostrarás no tanto en el placer, sino en la vejez, cuando quizá no sea capaz de limpiar mis propios excrementos y quizá tú sí seas capaz. Eso quiero que hagas, si tienes mejor salud que yo. Pues yo te prometo hacerlo si mi salud es mejor que la tuya, para aquel entonces. Que me limpies y cuides cuando yo no sea capaz de hacerlo, esperando sosegadamente la muerte, a tu lado, que me amas, porque me limpias y cuidas, aunque ya mi culo, pobrecillo, sólo sirva para ser limpiado.

Es la ausencia de este tipo de amor la que me hace inconstante, infiel y lujurioso. Un amor tan difícil de hallar para nosotros, los sodomitas, sabedores de la condición trágica, por estéril, de nuestros amores; pues mi naturaleza jamás podrá acompañar a mi espíritu a la hora de preñarte, salvo a modo de metáfora, así que nunca seremos causas segundas de una nueva vida, y eso es triste cuando se ama a otro ser humano, ¿verdad?, mas, ¿qué otra cosa puede esperar un hombre que ama a otro hombre? Y parece que esa esterilidad trágica se nos mete en el alma como un castigo de los cielos y en nuestro resentimiento contra el cosmos escupimos aún más si cabe en todo lo que es eterno y dura y es para siempre.

Pero es ese amor, precisamente, el que yo te exijo, que es eterno y dura y es para siempre. Sólo así gozarás del culo de Peter Ramos-Hollande, maldito maricón desconocido.

Michel estuvo a punto de echarse a reír a carcajadas al terminar de leer, pero algo le detuvo. No tenía nada claro si estaba ante una broma o ante una proposición de matrimonio.

Cogió el ejemplar de la Divina Comedia. En el hueco no puso ningún otro libro, sino un trozo de papel que sólo tenía escrito: ¿Qué amor es este del que me hablas?

Una semana más tarde, Michel encontró que el hueco había sido rellenado con una Biblia. Desconcertado, se aproximó, tomó el libro, y lo abrió por el lugar en que sobresalía un papel rasgado. Las páginas estaban brutalmente subrayadas y comentadas en los márgenes con una letra diminuta escrita a lápiz. Era el capítulo 13 de la primera epístola de San Pablo a los corintios.

Michel dejó la Biblia de nuevo en el hueco, sobre un papel en el que escribió un lugar, un día, una hora. Hecho esto, se dispuso a hacer guardia en el piso superior de la Cantine Royale, para que nadie, salvo el mismo Peter Ramos-Hollande, se acercase a esa Biblia.

No tuvo que esperar mucho. Un par de horas más tarde, con la cafetería a rebosar de gente, el escritor apareció con gesto impaciente y se abalanzó sobre la estantería superior de la biblioteca de intercambio; la que sólo él controlaba. Cogió ansioso el papel. Miró a su alrededor, momento en el que Michel se escondió tras el libro que estaba leyendo, y volvió a marcharse con la misma velocidad con la que había llegado.

Un mes después, Ramos-Hollande se trasladó a vivir a la casa de Michel.

De eso hacía ya casi quince años.

Michel Hundt sonrió, le dio una chupada a su pipa, y se puso a preparar su clase de historia.

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JEANNE DE RILO

Jeanne despertó sobresaltada. Se quedó sentada en la cama, recuperando el aliento, esperando a que su corazón se tranquilizase.

Miró por la ventana que quedaba a la izquierda de su cama. La aurora empezaba a avisar de la llegada de un nuevo día.

Se levantó, recogió sus rizos castaños en una coleta y se acercó al reclinatorio situado en una de las esquinas de la habitación. Se arrodilló, se persignó y juntó las manos para rezar, clavando la mirada en el crucifijo que tenía ante ella. Tras esta primera plegaria, abrió un pequeño libro de oraciones que tenía sobre el reclinatorio; la página estaba marcada por un pequeño boceto que había hecho de su hijo, Iván. Lo miró durante unos momentos con rostro tenso. Puso el dibujo delante de ella, sobre el atril del reclinatorio. Justo debajo del dibujo colocó el devocionario y comenzó a rezar una de las oraciones.

La habitación de madera se iba definiendo lentamente. Diversos enseres tomaban forma: estanterías repletas de libros, una mesa con un espejo donde reposaban un aguamanil y una jofaina bellamente decorados, un armario de tres puertas, varios cuadros que ocupaban buena parte de las paredes…

Cuando Jeanne terminó sus oraciones, la habitación ya estaba completamente iluminada. Devolvió con delicadeza la imagen de su hijo a las páginas del devocionario y se puso de pie. Caminó lentamente hasta el centro de la habitación, con la mirada baja, perdida en sus pensamientos. Levantó la cabeza y miró el océano a través de la ventana. El mar parecía en calma y no había apenas nubes en el cielo. No sentía frío ni calor. Era un día más, al final del verano.

Cuando bajó a la gran sala, ya había un atareado trasiego de siervos y familiares. Se acercó a saludar a varios de sus sobrinos que desayunaban juntos en una de las mesas. Todos le devolvieron el saludo con alegría. Jeanne sonrió; adoraba a los niños. Adoraba vivir en una gran casa repleta de niños. Probablemente, ella era la tía favorita de buena parte de la chiquillería; les encantaba leerles cuentos, enseñarles a dibujar, jugar con ellos al escondite y buscarlos en los mil recovecos de la enorme casa. Sobre todo tras la marcha de Iván.

Como en tantas otras ocasiones, se sentó a desayunar con los pequeños. Decidió hacerlo junto a Jon, el hijo de su hermano Joan, que llevaba varios días apesadumbrado, tras la trifulca que se había montado por su zancadilla a Brais. Abrazó al chaval, le dio un sonoro beso en la mejilla y empezó a servirse lo que iba a desayunar. A base de preguntas, consiguió sacar a Jon de su retraimiento. Cuando el desayuno había terminado, Jon ya sonreía como solía.

-¿Dónde está tu padre? -le preguntó su tía, al levantarse de la mesa.

-En las cuadras, me parece -respondió el muchacho.

Jeanne besó otra vez a su sobrino, se despidió de los otros niños y se dirigió sonriente hacia la puerta principal. Todos los sirvientes saludaban con reverencias el paso de Jeanne, pues era uno de los miembros de la Casa más queridos por los vasallos, que reconocían en ella la misma capacidad de entrega a los demás de la que siempre había hecho gala su padre. Era incontable el número de ocasiones en que les había dado pruebas de su bondad, en casi todas sus formas. Se ocupaba, además, de dar clases de varias lenguas en la escuela superior, donde estudiaban los hijos más talentosos de los vasallos de la Casa de Rilo. Disfrutaba enseñando las lenguas que mejor conocía: latín, griego, francés y ruso. Algunos de sus alumnos, ya adultos y entregados a la responsabilidad de capitanear barcos, criar caballos o dirigir plantaciones, le pedían, al verla pasear por los caminos de Rilo a lomos de su yegua favorita, que se acercase a tomar algo en sus casas y compartir con sus familias la lectura en voz alta de poemas de Horacio, Baudelaire o Pushkin, o a declamar cantos de la Ilíada o la Odisea; ofrecimientos que agradecía y solía aceptar con el mayor de los gustos.

Al llegar a las cuadras, le dijeron que su hermano estaba al final del largo edificio, en compañía de su madre. Jeanne tardó bastante en llegar hasta ellos, pues se iba deteniendo para saludar y acariciar a muchos caballos, cuyos nombres conocía casi en su totalidad. Se detuvo un buen rato con Aglaya, su yegua favorita, que había traído con ella tras su estadía en Rusia. El animal resopló contento al ver aparecer a su dueña, aunque pareció quedar un poco decepcionado al ver que se volvía a marchar sin el acostumbrado paseo por los acantilados.

Jeanne vio a su hermano al fondo, inconfundible por su pelo tan corto, en abierto contraste con las largas cabelleras que solían lucir los hombres de la Casa de Rilo. Parecía serio, escuchando lo que le decía Aliénor, que hablaba con enfado contenido. Jeanne prefirió esperar a que terminasen la conversación, así que se acercó a otro caballo, mientras vigilaba de reojo lo que hacían su madre y su hermano.

Finalmente, Aliénor se despidió de su hijo con un beso y se dirigió hacia la puerta contraria a aquella por la que había entrado Jeanne. Ésta aprovechó la ocasión para acercarse y abrazar a su hermano por la espalda.

Joan se sorprendió, pero enseguida reaccionó apretujando a su hermana pequeña y dándole muchos besos en la frente y en las mejillas. A Jeanne le encantaban los mimos de los suyos y se dejó hacer.

-Justo acaba de irse madre -dijo Joan.

-Lo sé -reconoció su hermana-. No quise acercarme antes, para que terminaseis de hablar tranquilamente.

Joan sonrió, pero su atención se dirigió casi de inmediato a un vasallo que acababa de entrar en las cuadras. Comenzó a hablar con él, seco, pidiendo explicaciones sobre el retraso en el cumplimiento de cierta tarea. El vasallo pidió disculpas, pero el tono de Joan se agriaba cada vez más. El vasallo acabó yéndose por donde había venido, con la cabeza baja.

Jeanne se acercó a su hermano y tocó con sus dedos su mano derecha. Joan apartó la mano.

-Si alguna vez he tenido alguna autoridad sobre nuestros vasallos, padre me la acabó de quitar toda el día que me golpeó en público -dijo Joan, con la mirada baja-. Nunca podré ser el señor de esta Casa.

-¿Has hablado con él? -preguntó Jeanne.

-No antes de que se disculpe -respondió Joan-. Madre está de acuerdo conmigo.

Jeanne apoyó la cara en el brazo de su hermano y apretó su mano.

-Perdónale tú antes, Joan, te lo ruego -pidió su hermana-. Habla con él. Hazlo por mí, si me quieres algo.

Joan miró a su hermana con ternura.

-Sabes que te adoro -dijo-. Pero el vaso ya rebosa. Nada de lo que he hecho ha sido nunca suficiente para él. He soportado responsabilidades que no me correspondían y nunca lo ha tenido en cuenta. Nada de lo que pueda llegar a hacer sería capaz de compararse a la alegría que le produciría que mañana Frances apareciera por la puerta…

-No puedes echarle en cara eso, Joan. Todos estamos tristes por la ausencia de Frances. Cuánto más él, siendo su padre -replicó Jeanne, tirando dulcemente de su mano.

-…y nunca hace caso de mis avisos con respecto a la situación de nuestros vasallos -continuó Joan, que ya no parecía escuchar a su hermana-. Es cierto que no perdemos tanta población como otras Casas, pero la perdemos. Nos debilitamos. Y padre sigue siendo demasiado blando con ellos. Algún día estaremos en la misma situación que el abuelo Auguste y no habremos hecho nada para evitarlo…

-Yo tampoco creo que la solución del abuelo sea la más adecuada, Joan -confesó Jeanne.

Joan se apartó de su hermana.

-Pues alguna habrá que buscar -replicó-. Lo que no podemos hacer es quedarnos de brazos cruzados, esperando que los problemas se resuelvan solos.

Jeanne se sentó en un taburete cercano, mirándose las manos, con cara preocupada.

-No creo que exista el miembro de una Casa que no esté pensando en ello, Joan -dijo su hermana-. Eso también explica que padre esté más… nervioso, últimamente. Pero no creo que sea un problema con una solución fácil, si es que tiene alguna. Su raíz es profunda. Muy profunda.

Joan bufó y puso brazos en jarras. Movió la cabeza nervioso, negando.

-Las Casas, la más bella artesanía civilizatoria jamás creada por el ser humano, desaparecerá de la historia consumida en un inútil, apático y culpable mar de dudas -dijo Joan, con vehemencia-. Sinceramente, prefiero la actitud del abuelo Auguste. Quizá sea errada, pero al menos está intentando hacer algo.

Jeanne bajó la mirada un momento; pero la volvió a elevar y la clavó en los ojos de su hermano.

-Estoy de acuerdo en que la actitud es importante, hermano. Empezando por la diferencia crucial que existe entre creer que las Casas son un artefacto humano o un regalo del Cielo.

La cara de Joan se retorció en una mueca de disgusto aburrido.

-Con vuestra piedad quietista lo único que lograremos es volver a ver el mundo sometido a la máquina y a las pasiones más diabólicas.

-Nuestro reino no es de este mundo, Joan.

-Cierto, hermana; pero por nuestras acciones seremos juzgados; y la omisión también es acción. Si no te enfrentas al Mal, le estás ayudando a vencer.

Jeanne cruzó las piernas y se inclinó sobre ellas, como si así fuera más fácil que llegase a oídos de su hermano lo que estaba intentando explicarle.

-De eso precisamente estamos hablando, Joan. En esta situación, ¿qué es el Mal, exactamente? ¿Vale la pena hacer cualquier cosa para salvar las Casas, aún a riesgo de que se transformen en algo completamente distinto a lo que han sido hasta ahora?

-¿No haremos nada, entonces, para evitar su destrucción, por miedo a provocar su corrupción? -Joan gritaba-. ¿Dejaremos que nuestros enemigos nos aplasten, que maten o esclavicen a nuestros hijos, que nos conviertan en cómplices asalariados de la destrucción de todo lo que es bueno y bello en la Creación, sólo para demostrar que somos mejores que ellos? Eso también es el Mal desde mi punto de vista, hermana. Casi peor que el del Mundo.

Joan miró furioso a su hermana durante unos segundos. Con un último gesto de fastidio, se fue de las cuadras sin despedirse.

Jeanne permaneció sentada, con la mirada perdida entre la paja del suelo, enmarañada en negros pensamientos. Los pocos vasallos que había alrededor acompañaban en silencio la pesadumbre de su señora, mientras trataban de continuar con sus tareas.

 

EL ÚLTIMO APUNTE

Nunca podemos contar con el que no se mira a sí mismo con mirada de entomólogo.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 502.

“Por la mañana en el jardín, un alegre día de poco antes de primavera. El acónito florece alrededor del cenador y bajo el haya roja; el jazmín de invierno está marchito. El croco apenas saca sus primeras puntas. En el estanque dos cisnes, fochas y muchos patos, los verderones pican en el árbol de la vida.

Anoche fue la fiesta de la matanza en El león; por la noche sueños intranquilos, entre otros en compañía de Florence Gould. Frente a mí un noble elegantemente vestido; no pertenecía al sueño, sino que era palpable en la habitación. A lo mejor la intensa lectura de Dostoievski me vuelve susceptible ante tales apariciones.”

Último apunte de los diarios de Ernst Jünger, escrito en Wilflingen el 17 de marzo de 1996; el autor moriría casi dos años después, el 17 de febrero de 1998, cerca ya de cumplir los 103 años de vida; en Pasados los setenta V; Tusquets, 2015; pgs. 195-196.

La niebla ocultando el castillo templario de Ponferrada, a la vera del río Sil

La niebla ocultando el castillo templario de Ponferrada, a la vera del río Sil

LA VENENOSA FICCIÓN DE CORMAC McCARTHY

[De la entrevista realizada por Richard B. Woodward, publicada el 19 de abril de 1992 en The New York Times; traducción propia]

[…] La novela depende para su vida de las novelas ya escritas. Su lista de los que él llama buenos escritores — Melville, Dostoyevski, Faulkner — excluye a cualquiera que no trate cuestiones de vida y muerte. Proust y Henry James no pasan el corte. No los entiendo, dice. Para mí, eso no es literatura. Hay un montón de escritores que me resulta extraño que sean considerados buenos.

[…] No existe la vida sin derramamiento de sangre, dice McCarthy filosóficamente. Creo que la idea de que la especie puede ser mejorada de alguna forma, de que todo el mundo podría vivir en armonía, es una idea realmente peligrosa. Los que creen tal cosa son los primeros en rendir sus almas, su libertad. Tu deseo de que las cosas sean así acabará haciendo de ti un esclavo y vaciando tu vida.

Obra de Andrew Wyeth

Obra de Andrew Wyeth

INDICADORES

¿Es cierto, príncipe, que usted dijo en cierta ocasión que el mundo será salvado por la ‘belleza’? ¡Señores -vociferó dirigiéndose a todos-, el príncipe asegura que la belleza salvará al mundo!

El idiota, de F. M. Dostoyevski; Alianza, 2003; vol. 2; pg. 543.

El objetivo de todo detective salvaje es hallar belleza. Porque el detective salvaje cree que donde hay belleza, hay bondad. Hay verdad. Hay salvación.

Porque cree tal cosa, el detective salvaje no puede evitar hacer uso de su dedo índice cada vez que Dios le regala un éxito en la búsqueda. El detective salvaje, en el fondo, desea ser un indicador.

No hay mayor placer que indicar a otros dónde cree uno haber descubierto belleza.

Y uno de las cosas más bellas que un detective salvaje puede encontrar es otro detective salvaje.

Elisenda me señaló uno de esos lugares, como tantas veces hace también en su blog, y yo os enseño lo que ella me enseñó.

Si descubrís algo bello y bueno en esta película, dadle las gracias a ella.

UN VISTAZO AL ANIMAL

…¿Un hombre? Usted no ha visto nunca un hombre de verdad. No sabe lo que es verse deseada por un hombre de verdad. Y agradézcale a su suerte que no lo ha sabido ni lo sabrá nunca, porque entonces se enteraría de lo que vale en realidad esa carita de mosca muerta, y todas las otras cosas de las que cree estar tan orgullosa y que sencillamente la dan miedo. Y si es lo suficientemente hombre para llamarla puta, usted dirá Sí Sí y se arrastrará desnuda por el polvo y por el fango para que se lo siga llamando…”

Santuario, de William Faulkner; Orbis, 1982; pgs. 66-67.

…Cape & Smith publicaron Santuario el 9 de febrero de 1931. Hubo desde el principio dos reacciones principales: horror ante la materia temática y admiración renuente por el vigor de la obra. En una crítica del Sun de Nueva York del día 13, titulada Una cámara de horrores, Edwin Seaver lo calificaba de uno de los libros más aterradores que he leído en mi vida. Y uno de los más extraordinarios. Dos días después, John Chamberlain decía en The New York Times Book Review que el libro lo había dejado exhausto. El comentario crítico se titulaba La sombra de Dostoievsky en el Sur profundo. (Nueve semanas después, cuando Bennett Cerf le escribió diciendo que quería ver obra suya en The Modern Library y le ofreció ejemplares de volúmenes de la serie, Faulkner contestó: Si me enviaras lo que tengas de Dostoievsky en la lista te lo agradecería mucho. He visto varias críticas de mis libros en las que se apreciaba una influencia de Dostoievsky. Nunca he leído a Dostoievsky, así que me gustaría echarle un vistazo al animal).

Faulkner. Una biografía, de Joseph Blotner; Destino, 1994; vol. I, pgs. 487-488.

'Sigillum', de Roberto Ferri (2013)

‘Sigillum’, de Roberto Ferri (2013)

LA MIRADA DEL ESCRITOR

“En los tiempos del leninismo y del estalinismo más terribles, las gentes que leían, clandestinamente, Demonios de Dostoievski se preguntaban: ¿Y cómo lo sabía? Quizás pensaban en una documentación histórico-social excepcional, o quizás en alguna especie de profetismo, adivinación, o talante visionario. Pero hay que responder que lo sabía sencillamente porque era escritor. Y, para aclarar esta afirmación, me gustaría recordar lo que escribe Henry James acerca de lo que podríamos llamar el misterioso o enigmático modo de configurarse una narración. Se lo leo; dice:

Recuerdo a una novelista inglesa, una mujer genial, quien me contó que la alabaron mucho la impresión que había sabido dar en sus relatos sobre la naturaleza y forma de vida de la juventud protestante francesa. La preguntaron dónde había aprendido tanto sobre estos seres recónditos, y ella se había congratulado de sus propias oportunidades. Estas oportunidades consistían en que una vez, en París, cuando subía por una escalera, había pasado frente a una puerta abierta, donde unos jóvenes protestantes, en la casa de un Pastor, estaban sentados alrededor de una mesa, una vez terminada la comida. De un vistazo captó el cuadro; sólo duró un momento, pero ese momento fue una experiencia. Había captado una impresión personal directa, y había formado su modelo… Estaba adornada con la facultad de recoger el ciento por uno, lo que para el artista es una fuente de energía mucho mayor que algo accidental como la residencia o la posición en la escala social. El poder de imaginar lo desconocido por lo conocido, de averiguar la implicación de las cosas, de juzgar el todo por una parte, la cualidad de sentir la vida en general tan intensamente que va bien encaminado para conocer cualquier rincón especial de ella.

Así funciona un escritor, realmente. Éstos fueron toda la documentación y el método para escribir y dar en el corazón del asunto. Y Dostoievski seguro que sólo tenía la conciencia de estar escribiendo una fábula sobre el mal que veía, que luego resultó profética, porque la mirada había sido profunda y por la parte de atrás, sencillamente, que es la que a veces se concede a un escritor. Y se le había concedido, verdaderamente.”

José Jiménez Lozano, en el prólogo a la antología de cuentos de Flannery O’Connor Un encuentro tardío con el enemigo; Encuentro, 2006; pgs. 19-20.

'Sunlight in a Cafeteria', de Edward Hopper (1958)

‘Sunlight in a Cafeteria’, de Edward Hopper (1958)

EL CERRO DE LOS LOCOS Y DE LAS BALAS

Una intempestiva brisa mañanera convierte en caricia el sol de mayo.

Abro los ojos y me dejo inundar de azul, que se cuela entre las ramas desde el hermoso cielo castellano.

Paso a posición de sentado en el banco de abdominales y fijo la mirada en el hombre que está regando. No es del ayuntamiento. Es uno de los locos por los que este cerro se llama como se llama. Riega y planta porque le da la gana. Para hacer más bello el cacho de mundo en el que le tocó vivir.

Me acerco a charlar. El hombre deja de remover el suelo con la azada y atiende educadamente a mis preguntas.

-Unos treinta años… Todo esto lo hemos plantado nosotros… También esos árboles de ahí, sí… Y ese romero, para hacer una barrera natural y evitar que se pierdan las pelotas con las que jugamos ahí…

Sonrío. Uno de mis sueños de vida es ver jugar a mis nietos y bisnietos bajo las ramas de los árboles que yo mismo he plantado. Va a ser difícil de cumplir ya. No tengo hijos y sólo he plantado un árbol. Mi limonero. El próximo 18 de junio cumple 9 años. Pero vive en una maceta. No da mucha sombra.

-¿Es usted de Madrid?

-Sí.

-Es decir, que su pasión por la jardinería no es porque venga de algún pueblo y lo eche de menos…

-No; es simple amor a la naturaleza.

Yo hago abdominales, que es otra forma de jugar, a la sombra de los árboles que estos hombres han plantado. En cierta forma, es como hablar con los abuelos de los que nunca disfruté. Me gusta la sensación.

-Lo del cerro de los locos era porque, cuando había sólo dos gimnasios en Madrid, muchos nos veníamos aquí para hacer ejercicio; y nos duchábamos en la fuente de ahí abajo. En invierno también. Y la gente nos veía empapados en la fuente, en pleno invierno, y nos decía que estábamos locos. De ahí viene.

-¿Y lo del cerro de las balas?

-Porque ahí abajo había un campo de tiro. Y como no había control, volaban las balas por aquí que no veas. Murió un torero que venía a la Dehesa a practicar, por una bala perdida de ésas…

La noticia me sorprende.

-Pensé que el nombre venía de cuando la Guerra Civil…

-Sí, mucha gente piensa eso.

-Porque por aquí pasaba la línea del frente, ¿no?

-Sí, se reforzó toda esta zona, porque pensaban que entrarían por donde la carretera de La Coruña…

-Pero al final entraron por ahí, ¿no? -señalo hacia Ciudad Universitaria.

-Sí… Y en la zona del Clínico estaban a tiros todos los días.

Nos quedamos callados, mirando hacia Moncloa. Hace unos días, durante una conversación sobre literatura española, alguien dijo que estaba harto de leer novelas sobre la Guerra Civil. Completamente de acuerdo. Pero añadí: y, sin embargo, la gran novela sobre la Guerra Civil está por escribir…

Eso pienso, sí. El ejemplo a seguir quizá sería Vida y destino de Grossman. El Tolstoi de Guerra y Paz. Y la profundidad psicológica de Dostoyevski o Roth. Mejor, de ambos. Novela coral, con gran cantidad de personajes. Los protagonistas, deberían encarnar las principales ideologías en lucha; pero el autor debería hacer el esfuerzo de tratar de hacer de todos ellos buenas personas, con buenas intenciones. Irán aprendiendo y desarrollando sus personalidades en las vicisitudes de la guerra, por supuesto, y conocerán el horror, la desilusión y el sacrificio; pero aquél debería de ser el punto de partida para hacer una gran novela sobre nuestra Guerra Civil.

Alguien me contó una anécdota, creo que real. No recuerdo bien los detalles, así como no recuerdo quién me la contó. Puede que la reconstruya mal, pero trataré de transmitir la misma sensación que me transmitió a mí cuando la escuché. Un extranjero visita una zona rural de España, poco después de la Guerra Civil. Se encuentra con un campesino. El extranjero se acerca a charlar, como yo me acerqué a charlar con el loco de la Dehesa. Le dice al campesino que es una tierra muy bella y que es una pena que haya corrido tanta sangre entre hermanos. En el fondo, dice el extranjero, una guerra así no vale la pena.

Entonces el campesino levanta la mirada y la clava en los ojos del extranjero.

-Aquí se luchó por el destino del mundo.

Sin decir más, el campesino se va. El extranjero se queda callado, no sabemos qué piensa exactamente. Como nosotros, no puede saber si el campesino ganó o perdió la guerra.

Su frase es como una oración por el honor de los muertos. De todos los muertos. Así debería ser la gran novela sobre la Guerra Civil española.

-¿Cómo se llama usted?

-Ángel.

Nos damos la mano.

-Yo, Xacinto.

-¿Jacinto?

-Sí, Jacinto.

Nos despedimos.

-Bueno, nos seguiremos viendo por aquí -me dice-. Porque tú vienes mucho por aquí, ¿no?

-Todo lo que puedo.

Cerro de los locos

TESIS

Era también febrero. Fue también viernes. Viernes 13, exactamente. De 2004.

Había ido con mi madre al médico a primera hora para que se hiciera unas pruebas, en compañía de mi madrina. Me sobró tiempo para llegar a la Facultad de Filosofía. Iba a asistir a una defensa de tesis doctoral.

En mi diario apunté un mes después, el 15 de marzo, que acababa de terminar de leer el Tolstoi o Dostoyevski. Fue esa tesis la que me dio a conocer a Steiner.

Siempre he sentido una inclinación natural hacia los detectives salvajes. Hacia los perseguidores de verdades. He tratado de acercarme a este tipo de personalidades. Pero suelen ser relaciones volátiles, siempre a punto de saltar por los aires. Las apuestas son altas en todo momento. A veces los caminos divergen; las verdades encontradas por unos y otros, resultan ser contradictorias. Los egos chocan y estallan.

He vivido, como Koestler, en una frenética cacería de absolutos. Las amistades eran medios para hallar y pulir verdades; herramientas que podían facilitar el descubrimiento del papel perfecto a interpretar.

No digo que sea una buena actitud; digo que era la mía. Probablemente lo sigue siendo, aunque algo sosegada por la experiencia.

La defensa fue prodigiosa. El doctorando ya era uno de los mejores rétores que he conocido. Dignísimo discípulo de su maestro. El desarrollo de la sesión había mutado a mis ojos: no era un tribunal poniendo en aprietos a un estudiante, sino un profesor de Filosofía dando una clase magistral a cinco señores de una cierta edad.

Pero el recuerdo más vivo de aquel día es otro. Una de las escenas más bellas que he contemplado en lo que llevo de peregrino en este mundo. Como dice mi diario: A imaxe do seu pai, nervoso -aquel remexer as maos, esas maos de arranxar oliveiras… Esas manos gigantescas, de trabajador. De emigrante a la gran capital, desde una provincia pre-moderna. De campesino de asfalto. Manos que se acariciaban recíprocamente, como queriendo marear los nervios, como buscando entretener la mirada que apenas se atrevía a fijarse en lo que ocurría. Pero cuando esa mirada se clavaba en su hijo y en los miembros del tribunal, se encendía un orgullo seco, profundo como la raíz de un olivo, sin emotividades superfluas.

El exceso de emoción ya lo ponía yo, que siempre he sido un llorica, al contemplar esa imagen de amor de un padre a su hijo.

Ese día, España valía la pena. España era, en ese momento, un país formidable. Un país en el que los hijos de los obreros, por su propio talento y esfuerzo, llegaban a ser doctores en Filosofía. Fue un día maravilloso.

Mañana, mi amigo hace su segunda defensa de tesis. También en febrero. También en viernes. Esta vez, en la Facultad de Sociología. Allí estaremos, Dios mediante.

Que Deus che teña no seu colo, Fernando.

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GENIALIDAD

“T. E. Lawrence colocó Moby Dick en un ranking junto a Los endemoniados Guerra y paz. Sin duda, uno puede añadir a éstos Billy BuddMardiBenito Cereno y otros. Esos libros angustiados en los que el hombre está abrumado, pero en los que se exalta la vida en cada página, son fuentes inagotables de fuerza y piedad. Encontramos en ellos insurrección y tolerancia, amor eterno e invencible, pasión por la belleza, un lenguaje del orden más elevado: en resumen, genialidad.”

Albert Camus

Cita obtenida en la biografía de Melville de Andrew Delbanco; Seix Barral, 2007; pg. XXII.

'Pescador remendando redes', de Abbott Handerson Thayer (1883)

‘Pescador remendando redes’, de Abbott Handerson Thayer (1883)

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