CAMPESINOS DEL ASFALTO

“La capacidad de oponerse a las lisonjas ideológicas de su tiempo para elegir la búsqueda de la verdad y abrirse al descubrimiento de la fe está testimoniada por otra mujer de nuestro tiempo: la estadounidense Dorothy Day.”

Benedicto XVI, Audiencia General del 13 de febrero de 2013.

 

Termino La larga soledad, autobiografía de Dorothy Day, abrumado por la contemplación de la fuerza sobrenatural que anima a ciertas personas. Te lleva el libro a los barrios proletarios de las principales ciudades estadounidenses, desde la Primera Guerra Mundial, pasando por la Gran Depresión; recupero las sensaciones, ya herrumbrosas, de la lectura de Manhattan Transfer, hace tantos años. Descubro, sin sorpresa, que Dorothy Day y John Dos Passos se conocían y compartían amistades y tertulias. En ambos encuentra uno la descripción de la grisácea civilización industrial, dedicada a amontonar millones de seres humanos en megalópolis insufribles; junglas de asfalto obra de titanes mecánicos y prestamistas, en las que compiten diabólicas soberbias, elevando nuevos zigurats donde sacrificar las almas y los cuerpos de hombres y mujeres, a mayor gloria de la codicia y el lujo; venidos de todas las naciones del mundo, los rascacielos son las nuevas torres de Babel donde cualquier diferencia orgánica queda igualada por un único y dictatorial patrón: el dinero.

En este delirio de fealdad y desesperación, en el que ya la propia supervivencia es una gracia arrancada al destino con esfuerzos sobrehumanos, Peter Maurin, Dorothy Day y muchos otros, sacrificaron sus existencias para crear espacios donde el Evangelio se hiciera visible y palpable.

Doy gracias a Dios por estas vidas ejemplares que voy conociendo, pues me confirman la falsedad de tantos dualismos y contradicciones que la historia de mi país, España, parece presentar a cualquier persona que, impulsada por el rechazo visceral al mundo moderno, decida acercarse a la Iglesia Católica. Ninguna contradicción: este mundo es despreciable; pero ‘este’ mundo no es ‘el’ mundo; e incluso en ‘el’ mundo podemos gozar de un adelanto del Reino de los Cielos. Como dijo Santa Catalina de Siena, en una cita que he descubierto, precisamente, gracias a Dorothy Day: el camino al cielo ya es el cielo.

Tenemos que hacer el tipo de sociedad -había dicho Peter- en que a la gente le resulte más fácil ser buena. Y como su amor a Dios le hacía amar al prójimo, sacrificar su vida por su hermano, se empeñó en denunciar a voz en grito los males de la época: el Estado, la guerra, la usura, la degradación del hombre, la falta de una filosofía del trabajo… Cantó las delicias de la pobreza (no hablaba de indigencia) como un medio para avanzar en dirección a la tierra, para recuperar las queridas cosas naturales de la tierra y el cielo, del hogar. Atacó con todas sus fuerzas a la máquina, porque, como había dicho Pío XI, las materias primas entraban en la fábrica y salían ennoblecidas, y el hombre entraba en la fábrica y salía degradado; y porque arrebataba al hombre algo tan importante como el pan, su trabajo, su trabajo con las manos, su capacidad para utilizar todo lo que era, lo que le hacía un hombre entero y un hombre puro.”

La larga soledad, de Dorothy Day; Sal Terrae, 2000; pgs. 296-297.

12 de agosto de 2013

Day y Maurin