CATOLICISMO Y ESTADO MODERNO

Es obligatorio para cualquier biógrafo de la reina Isabel II incluir como personaje a Juan Donoso Cortés. No sólo es uno de los más potentes filósofos del derecho de su siglo, sino que es un activo político durante las dos décadas que anteceden a su temprana muerte, en 1853.

Resulta tragicómico contemplar las escenas que la adolescente, caprichosa y lujuriosa Isabel II obliga a sufrir a un portentoso intelectual como Donoso, que tanto había defendido el incremento de su poder soberano frente al de las cámaras representativas. Esta humillación práctica de su potente pensamiento, a manos de los antojos ridículos de una niñata, debieron influir no poco en su proceso de conversión a un sincero catolicismo, admitiendo finalmente que más hacen por el mundo los que oran que los que combaten.

Ha sido imposible no pensar en Carl Schmitt, mientras leo la biografía de Isabel II y las obras completas de Donoso. En general, es difícil no pensar en él, mientras se estudia a su admirado español. Pero, en esta ocasión, se establecía un paralelismo entre la derrotada soberbia de Donoso y la patética escena de Schmitt siendo interrogado en Núremberg, cuando el formidable pensador católico alemán todavía tenía arrestos para defender vanidosamente su superioridad espiritual respecto a Hitler, pero que era incapaz de articular una respuesta al hacerle ver el interrogador que había sido una mera herramienta en el infierno organizado por ese ser espiritualmente inferior.

Brutal lección de humildad, nuevamente.

Las obras de Donoso y Schmitt son prometeicos esfuerzos por intentar domeñar, desde la metapolítica católica, el estado moderno. Las consecuencias prácticas de tales esfuerzos son, en el mejor de los casos, ridículas. Las leyes propias del estado moderno en progresivo despliegue histórico parecen aprovechar con gusto, para su propio crecimiento, las teorías de ambos intelectuales. Creían ellos poder manejar al Leviatán, pero el monstruo tiene voluntad propia.

Curiosamente, muchos de nosotros hemos conocido a estos pensadores en la Facultad de Filosofía de la Complutense, no a través de profesores católicos, no a través de profesores ultraderechistas. Los hemos conocido a través de un profesor marxista de mucho tirón entre los estudiantes; y no para criticarlos, sino para aprender de ellos y de sus ataques al parlamentarismo liberal. Lo cual sólo le puede resultar paradójico a quien tiene tendencia a perderse, por ignorancia, en las grandes palabras terminadas en -ismos. Cuando uno profundiza en los matices, la lógica del asunto es evidente. Todo el que pretende hacer uso del estado moderno, todo el que pretende controlarlo, acaba pensando -y actuando- de una manera parecida.

Estando en tiempo de Cuaresma, resulta normal que a uno le acabe viniendo a la cabeza la segunda tentación del desierto, cuando el diablo le ofrece a Jesús todos los reinos del mundo. Ya que estamos hablando de teología política.

El estado moderno sigue teniendo ese atractivo demoníaco; se acerca y te susurra: “tú no eres como los demás; tú eres bueno y puro; tú sabrás llevar mis riendas; todos serán mejores bajo tu guía”. Ves su sonrisa, que parece sincera, y añade: “quizá, de vez en cuando, debas hacer algún sacrificio, ceder algo para ganar otra cosa; pero no es malo hacer sacrificios, según tus propios criterios, ¿verdad?” Asientes.

Tú sabrás soportar la carga. Llevar el anillo.

Cuando te quieres dar cuenta, huyes del sol y eructas ‘gollum, gollum’ a todo el que intenta hablar contigo.

Quizá por eso algunos vemos cierto sentido a ese curioso palabro, ‘anarcocatolicismo’. Le vemos sentido porque, siendo católicos, somos plenamente conscientes de que el estado moderno no puede ser controlado por ningún hombre. Puede que sólo podamos esperar su derrumbe; y rezar para que algo de valor quede entre sus ruinas.

11 de marzo de 2014

Carl Schmitt

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