El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: DISTRIBUTISMO

HAIKU DISTRIBUTISTA

“No hay mejor forma de ser
que ser
aquello que queremos que los otros sean.”

Radicalismo católico, de Peter Maurin; Catholic Worker Books, 1949; pg. 20 [traducción propia].

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APORÍA FUNDAMENTAL DEL CAPITALISMO

“El capitalismo se hace contradictorio tan pronto como se completa, porque consiste en tratar con la masa de los hombres de dos modos opuestos al mismo tiempo. Cuando la mayoría de los hombres son asalariados, es cada vez más difícil que la mayoría de los hombres sean clientes. Porque el capitalista siempre trata de rebajar lo que su dependiente pide, y al hacerlo merma lo que su cliente puede gastar. Tan pronto como tiene dificultades en su negocio, como sucede actualmente en el negocio del carbón, trata de reducir lo que tiene que invertir en salarios, y al hacerlo reduce lo que otros tienen para gastar en carbón. Quiere que el mismo hombre sea rico y pobre a la vez. Esta contradicción del capitalismo no aparece en las primeras etapas, porque todavía existen poblaciones no sometidas a la condición proletaria común. Pero en cuanto la totalidad de los ricos emplea a la totalidad de los obreros, esta contradicción se hace patente como irónico sino y como evidente fallo. Empleador y empleado se retratan de forma palmaria en la relación de Robinson Crusoe y Viernes. Robinson Crusoe puede decir que tiene dos problemas: la provisión de trabajo barato y la perspectiva de comerciar con los nativos. Pero como trata de estos dos modos diferentes con un mismo hombre, se meterá en complicaciones. Robinson Crusoe posiblemente pueda obligar a Viernes a trabajar a cambio de nada más que su manutención, ya que el hombre blanco tiene todas las armas. Como Geddes, puede hacer economía con un hacha (1). Pero no puede reducir a cero el salario de Viernes y luego esperar que éste le entregue oro, plata y perlas de oriente a cambio de ron y rifles. Ahora bien, en la proporción en que el capitalismo cubre toda la tierra, enlaza grandes poblaciones y es dirigido por sistemas centralizados, se acentúa más y más el parecido de su funcionamiento con el de las solitarias figuras de la isla. Si realmente disminuye el comercio con los nativos hasta hacer necesario que también bajen los salarios de los nativos, sólo podemos decir que si la excusa es verdadera el caso es algo más trágico que si fuera falsa. Sólo podemos decir que entonces Crusoe está ciertamente solo y que Viernes es incuestionablemente desgraciado.”

(1) Se refiere a la polémica política de recortes del gasto público que llevó a cabo en Gran Bretaña el político conservador sir Eric Campbell-Geddes (1875-1937) tras la I Guerra Mundial, que era conocida como ‘el hacha de Geddes’.

Los límites de la cordura, de Gilbert Keith Chesterton; El Buey Mudo, 2010; pgs. 40-41.

Manifestación de obreros católicos en México (alrededor de 1926)

Manifestación de obreros católicos en México (alrededor de 1926)

EL TRABAJADOR CATÓLICO

“Cierto es que para establecer la medida del salario con justicia hay que considerar muchas razones; pero, generalmente, tengan presente los ricos y los patronos que oprimir para su lucro a los necesitados y a los desvalidos y buscar su ganancia en la pobreza ajena no lo permiten ni las leyes divinas ni las humanas. Y defraudar a alguien en el salario debido es un gran crimen, que llama a voces las iras vengadoras del cielo. He aquí que el salario de los obreros… que fue defraudado por vosotros, clama; y el clamor de ellos ha llegado a los oídos del Dios de los ejércitos. [Epístola de Santiago 5, 4]

Por último, han de evitar cuidadosamente los ricos perjudicar en lo más mínimo los intereses de los proletarios ni con violencias, ni con engaños, ni con artilugios usurarios; tanto más cuanto que no están suficientemente preparados contra la injusticia y el atropello, y, por eso mismo, mientras más débil sea su economía, tanto más debe considerarse sagrada.”

Encíclica Rerum Novarum, de Su Santidad León XIII (15 de mayo de 1891), parágrafo 15.

Dorothy Day, poco antes de ser arrestada por manifestarse en apoyo de los trabajadores de la uva de California; tenía 75 años

Dorothy Day, poco antes de ser arrestada por manifestarse en apoyo de los trabajadores de la uva de California; tenía 75 años

CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (III)

El sol del amanacer descubrió a Jorge trabajando en sus cultivos. Poseía una finca de tres hectáreas que había comprado al descendiente de un antiguo habitante del pueblo. Fue necesario contactar con dicho descendiente, en una ciudad bastante lejana, para llevar a buen fin el negocio; el hombre había olvidado que tenía en propiedad aquella tierra, así que la oferta de Jorge le cayó como una agradable e inesperada sorpresa. La alegría provocada por su buena suerte hizo que el descendiente se conformase rápidamente a la oferta inicial, así que Jorge consiguió la finca a buen precio.

Mientras examinaba el bancal que acababa de preparar, Jorge pensó en las vueltas que había dado su corta vida hasta su actual estado de agricultor.

Recordó su precoz pasión por la lectura, animada en un principio por sus padres, propietarios de una extensa y bien elegida biblioteca; aunque no tardaron en ver tal afición un tanto excesiva para un niño de su edad; pues era frecuentemente encontrado sentado en el suelo, rodeado de libros abiertos por diversas páginas, y casi nunca entre juguetes o en compañía de otros niños.

Su padre era un próspero ingeniero industrial, que acrecentó su fortuna personal con algunas inversiones bien meditadas, entre las cuales no fue la menos exitosa casarse con la hija de una de las familias más poderosas del espectro conservador del país. Y, aunque no estaba entre sus planes, el hombre se sorprendió a sí mismo perdidamente enamorado de su mujer, católica educada en las mejores instituciones extranjeras que el dinero podía pagar. La pasión que su marido demostraba por ella derritió el estricto sentido del deber con el que la joven había emprendido el camino del matrimonio, recibiendo a manos llenas, sin haberlo sospechado, el don de la felicidad. Los hijos no tardaron en llegar: Jorge era el menor de cinco hermanos, todos hombres, salvo la primogénita.

Todos los profesores que fue conociendo Jorge se entusiasmaban con sus extraordinarias cualidades, al tiempo que se hallaban profundamente preocupados por las dificultades que les suponía dirigir y controlar las lecturas del joven, siempre demasiado libres para los gustos del entorno en el que había nacido. De hecho, las lecturas peligrosas le convirtieron en un polemista formidable, y sus padres asistieron con creciente preocupación al continuo campo de batalla en que se convertían las comidas familiares o las cenas con invitados, en las que Jorge solía sentir la necesidad de corregir cualquier opinión que él consideraba errónea o cualquier prejuicio que él creía estúpido.

La religiosidad meramente sociológica en la que fue criado apenas pudo soportar los terribles embates que las lecturas de Jorge le infligían, pero siguió asistiendo a los oficios por amor a su madre. Sin embargo, cada vez se sentía más alejado de aquella doctrina que él percibía dulzona y sentimentaloide, tan ajena, desde su punto de vista, a los auténticos problemas y realidades que la existencia le planteaba. Prefería la fe agónica de Unamuno a cualquier homilía que pudiera escuchar.

Así las cosas, Jorge decidió estudiar filosofía. Sus padres no se sorprendieron demasiado y, aunque sabían que aquella carrera no le haría rico, sabían que podría obtener con facilidad un buen puesto de profesor, en cualquiera de los múltiples colegios o universidades hasta donde llegaban sus contactos e influencias.

El primer disgusto serio, recordó Jorge, se produjo cuando decidió estudiar en la universidad pública. Quería hacerlo para alejarse del ambiente en el que había crecido y conocer lo que para él era el mundo real: ese mundo al que pertenecía la mayoría de la población, de posibilidades económicas limitadas, obligada a labrarse un futuro a base de su propio talento y esfuerzo personal. Su padre torció el gesto al conocer la noticia y su madre trató de cambiar tal decisión con todas las tácticas y chantajes emocionales de que fue capaz, incluidas gran cantidad de lágrimas y caras tristes y amargadas. No hubo manera.

Así Jorge pudo asistir a clases y tertulias en las que se estudiaba, leía y discutía a Marx, Nietzsche y Freud; se empapó de Ilustración, de Romanticismo, de Idealismo; de Existencialismo y Materialismo; de modernidad y de postmodernidad. Los dogmas de su moribunda religiosidad fueron conceptualizados a través de Kant y Hegel. Su pensamiento político se aparejó con las reflexiones de buena parte de los teóricos y prácticos revolucionarios de los dos últimos siglos.

Las nuevas amistades y relaciones le pusieron al tanto del hedonismo desatado de la época; pero, a pesar de sus cantos de sirena, Jorge nunca sintió la necesidad de acompañar a sus colegas en sus aventuras. A pesar de todas las provocaciones y voluptuosidades que soportaba, su corazón seguía soñando, en el fondo, con amores eternos y puros. Aunque pudo sentirse atraído por más de una compañera de estudios, ninguna de tales atracciones le supuso un trance demasiado peligroso a la hora de mantener una castidad que tampoco se había propuesto salvaguardar. Simplemente, ocurrió así.

Y es que nada le excitaba tanto como un razonamiento riguroso; pero, simultáneamente, leer a Dostoyevski o Tolstoi le proporcionaba una armadura contra todos los decadentismos que medraban a su alrededor. Su capacidad crítica respecto de la contemporaneidad se agudizó, gracias a autores como Houellebecq o Cormac McCarthy, lo que le impidió convertirse en un mero intelectual transgresor.

Su retorno a la fe en la que se había criado se produjo a través del giro intelectual de uno de los profesores por los que más veneración y respeto sentía. Este hombre, famoso entre sus alumnos por su rigor filosófico y su marxismo revolucionario, había empezado a leer a Chesterton, lo que le había llevado a romper con su pasado y hacer extraordinarias apologías públicas del catolicismo, para pasmo general y no poca chanza por parte de casi todos sus antiguos seguidores y camaradas.

Jorge recordó que él mismo ya se había ido distanciando de aquel ambiente universitario, que tanto le había entusiasmado en un principio; y seguir la senda marcada por su profesor le proporcionó la oportunidad de abrirse a nuevas lecturas; las cuales le descubrieron un catolicismo tan distinto de aquél en que había sido formado, que llegó a pensar que se trataba de una religión distinta. El estudio le hizo concluir que, realmente, la excepción era el catolicismo de las últimas décadas, y no ése que le ofrecían autores como el propio Chesterton, Hilaire Belloc, Léon Bloy y otros. De éstos pasó a los Doctores y Padres de la Iglesia, sus auténticas fuentes, que ocuparon sus últimos momentos en la carrera.

Su madre contempló con inmensa alegría cómo su hijo volvía a ir con ella a misa. Pero el entusiasmo inicial pasó a convertirse en un nuevo motivo de preocupación, porque las discusiones en las reuniones familiares no disminuían, sino que tomaban derroteros inesperados. Ya no era criticada la Iglesia, ni la religión, sino la Iglesia actual y su -como recordaba Jorge expresarlo para escándalo de todos los que le escuchaban- desvío y olvido de los auténticos paradigmas de la Tradición católica.

Sus padres no tenían herramientas para analizar las claves de aquella actitud; les bastaba con percibir la incomodidad de las visitas, todas ellas con una posición envidiable en el catolicismo institucionalizado. Para alcanzar una explicación, su madre trató el tema con sus familiares religiosos, quienes, en opinión de Jorge, le proporcionaron una visión ridícula del asunto, muy propia de las posturas que él tanto criticaba: según ellos, su hijo era algo peor que un librepensador marxista, su hijo era un católico tradicionalista.

-No falta mucho para que su hijo empiece a ir a misa en latín… -le dijo un sacerdote amigo de la familia, tras una cena especialmente tensa.

Pero, aunque el tema litúrgico también era de su interés, Jorge estaba centrado en el estudio del distributismo, propuesta de orden político y económico que habían desarrollado Chesterton y sus amigos en las primeras décadas del siglo pasado. Decidió dedicar su trabajo fin de máster al análisis de los fundamentos teóricos de aquel movimiento. Y mientras estudiaba, una idea fue creciendo en su interior.

Terminado el máster, mientras preparaba los papeles para matricularse como doctorando, Jorge empezó a investigar sobre distributistas actuales. Descubrió que había muy pocos; es decir, había mucha gente entusiasmada con Chesterton y sus ideas, pero había muy poca dispuesta a poner en práctica esas ideas que, supuestamente, tanto les entusiasmaban.

Se puso en contacto a través de internet con Kevin Ford, joven católico estadounidense que había dejado su trabajo como profesor de instituto para montar una granja. Viajó hasta Kansas para conocerle. Viajó a Norcia, para visitar a los jóvenes monjes que acababan de iniciar un negocio de fabricación de cerveza. Siempre que tenía noticia de un nuevo proyecto mínimamente inspirado en las ideas chestertonianas, Jorge cogía un avión para conocerlo in situ.

En medio de uno de estos viajes, le llegó la noticia de la muerte de su padre. Sumido en una profunda tristeza, Jorge olvidó durante unas semanas sus sueños y proyectos, mientras ofrecía compañía a su desolada madre, absolutamente destrozada por la pérdida de su marido.

Pero Jorge se encontró de repente en una situación inesperada: era heredero de una inmensa cantidad de dinero. Y la tristeza dio paso a un atronador regreso de los sueños y proyectos, súbitamente posibilitados por la herencia que le había dejado su padre.

Realizó un nuevo viaje, esta vez a un lugar de la costa, hogar de una tía suya, casada con un almirante que estaba destinado en una base naval cercana; allí había pasado largas vacaciones de verano durante su infancia y adolescencia,. Tenía un gratísimo recuerdo de aquellas estancias y de la belleza del lugar, no excesivamente manoseado por la industria moderna. Exploró la zona y se interesó por las fincas en venta. Fue así como acabó encontrando las tres hectáreas en las que ahora mismo vivía.

Cuando no quedó más remedio, porque llegaba el momento de mudarse, Jorge comunicó la noticia a su madre y hermanos. Aunque habían pasado ya unos meses desde la muerte de su padre, todos le echaron en cara lo inadecuado del momento. Su madre, rebosando tristeza y enfado, no quiso despedirse de él.

Y Jorge abandonó su antigua casa, para ir a vivir cerca de los acantilados.

Kevin

GRANJA Y ESCOPETA (II)

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“Me llamaban pro-bóer y, a diferencia de otros pro-bóer, yo me sentía muy orgulloso del título. Expresaba exactamente lo que quería decir mucho mejor que sus sinónimos idealistas. Algunos intelectuales repudiaban indignados el término y afirmaban que no eran pro-bóer sino sólo amantes de la paz o pacifistas, pero yo era decididamente pro-bóer y decididamente no era un pacifista. Opinaba que los bóers hacían bien en luchar; no que cualquiera haga mal en luchar. Creía que sus granjeros tenían todo el derecho de coger el caballo y el rifle en defensa de sus granjas y de su pequeña comunidad agraria, que había sido invadida por un imperio más cosmopolita al mando de financieros igualmente cosmopolitas.”

Autobiografía, de Gilbert Keith Chesterton; Acantilado, 2003; pg. 127.boer-guerrilla-commandos-boerwar

CAMPESINOS DEL ASFALTO

“La capacidad de oponerse a las lisonjas ideológicas de su tiempo para elegir la búsqueda de la verdad y abrirse al descubrimiento de la fe está testimoniada por otra mujer de nuestro tiempo: la estadounidense Dorothy Day.”

Benedicto XVI, Audiencia General del 13 de febrero de 2013.

 

Termino La larga soledad, autobiografía de Dorothy Day, abrumado por la contemplación de la fuerza sobrenatural que anima a ciertas personas. Te lleva el libro a los barrios proletarios de las principales ciudades estadounidenses, desde la Primera Guerra Mundial, pasando por la Gran Depresión; recupero las sensaciones, ya herrumbrosas, de la lectura de Manhattan Transfer, hace tantos años. Descubro, sin sorpresa, que Dorothy Day y John Dos Passos se conocían y compartían amistades y tertulias. En ambos encuentra uno la descripción de la grisácea civilización industrial, dedicada a amontonar millones de seres humanos en megalópolis insufribles; junglas de asfalto obra de titanes mecánicos y prestamistas, en las que compiten diabólicas soberbias, elevando nuevos zigurats donde sacrificar las almas y los cuerpos de hombres y mujeres, a mayor gloria de la codicia y el lujo; venidos de todas las naciones del mundo, los rascacielos son las nuevas torres de Babel donde cualquier diferencia orgánica queda igualada por un único y dictatorial patrón: el dinero.

En este delirio de fealdad y desesperación, en el que ya la propia supervivencia es una gracia arrancada al destino con esfuerzos sobrehumanos, Peter Maurin, Dorothy Day y muchos otros, sacrificaron sus existencias para crear espacios donde el Evangelio se hiciera visible y palpable.

Doy gracias a Dios por estas vidas ejemplares que voy conociendo, pues me confirman la falsedad de tantos dualismos y contradicciones que la historia de mi país, España, parece presentar a cualquier persona que, impulsada por el rechazo visceral al mundo moderno, decida acercarse a la Iglesia Católica. Ninguna contradicción: este mundo es despreciable; pero ‘este’ mundo no es ‘el’ mundo; e incluso en ‘el’ mundo podemos gozar de un adelanto del Reino de los Cielos. Como dijo Santa Catalina de Siena, en una cita que he descubierto, precisamente, gracias a Dorothy Day: el camino al cielo ya es el cielo.

Tenemos que hacer el tipo de sociedad -había dicho Peter- en que a la gente le resulte más fácil ser buena. Y como su amor a Dios le hacía amar al prójimo, sacrificar su vida por su hermano, se empeñó en denunciar a voz en grito los males de la época: el Estado, la guerra, la usura, la degradación del hombre, la falta de una filosofía del trabajo… Cantó las delicias de la pobreza (no hablaba de indigencia) como un medio para avanzar en dirección a la tierra, para recuperar las queridas cosas naturales de la tierra y el cielo, del hogar. Atacó con todas sus fuerzas a la máquina, porque, como había dicho Pío XI, las materias primas entraban en la fábrica y salían ennoblecidas, y el hombre entraba en la fábrica y salía degradado; y porque arrebataba al hombre algo tan importante como el pan, su trabajo, su trabajo con las manos, su capacidad para utilizar todo lo que era, lo que le hacía un hombre entero y un hombre puro.”

La larga soledad, de Dorothy Day; Sal Terrae, 2000; pgs. 296-297.

12 de agosto de 2013

Day y Maurin

LA TABERNA ERRANTE

“Si está con un amigo, la eternidad que anhela ya ha comenzado. Están sentados en alegre comunión, conscientes de la buena bebida en copa o jarra, conscientes de la luz cálida de la multitud de botellas tras la barra en sombra, conscientes de los hombres que charlan delante de ella, pero conscientes sobre todo el uno del otro, y lo bien que están allí juntos.

[…] La verdad es que iba a la taberna como iba a la iglesia: buscando refrescarse espiritualmente. Aunque a la iglesia iba mucho más a menudo. El padre Ignatius Rice, de Douai, me dijo una vez que las reuniones en tabernas, fundadas por los hermanos Chesterton y Belloc, y continuadas por la Liga distributista de G.K.C., eran lo más parecido a la Comunión de los Santos. Sé que era cierto en cuanto a las reuniones de ellos; espero que lo sea en cuanto a las nuestras.”

G. K. Chesterton, mi amigo, de W. R. Titterton; Rialp, 2011; pg. 63.

Emaús

DISTRIBUTISMO Y NOVEDAD

Suele ser tema recurrente de discusión en la Taberna Errante hasta qué punto el Distributismo supone una novedad en la teoría económica y política. En general, la conclusión es que muy poca; apenas el sustantivo que titula al movimiento. Pero la doctrina en sí no es más que la testaruda repetición de los criterios fundamentales destilados durante siglos por la tradición católica. Si resulta novedosa es más por el creciente contraste con el entorno que por propia pretensión.

Si, a modo de experimento, pusiéramos un hombre en la Gran Vía madrileña, vestido con camisa y vaqueros, y le hiciéramos comportarse como un caballero del siglo XI, es probable que tal personaje resultara extraordinariamente original y novedoso a la mayoría de los viandantes (y quizá no tardase en resultar molesto, si se viese en la obligación de empezar a desfazer entuertos; y, ¿cómo no va a sentir tal necesidad, si le hemos situado en la Gran Vía madrileña?).

Pero tal impresión de novedad sólo tendrá por causa la ignorancia por parte de la masa contemporánea sobre las formas de comportarse en los siglos centrales del medievo.

Sin embargo, no es necesario remontarse tanto tiempo atrás para buscar referentes de la teoría económica y política católica bien aplicada (de la aplicación mala y torticera tenemos ejemplos constantes todos los días). Son muy interesantes, por ejemplo, los siguientes testimonios que se pueden encontrar en el formidable libro “Requetés. De las trincheras al olvido” (Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga; La Esfera de los Libros, 2010). Quede constancia de que no pretendo defender la militancia actual en el carlismo (mi opinión general sobre la monarquía la resume perfectamente Samuel 8). Pero si hay algo que merece la pena ser estudiado con exquisito detalle es la historia de las guerras civiles españolas del siglo XIX; así como las motivaciones de aquellos hombres que decidieron servir con las armas a reyes empecinados en marchar contra el vendaval que arrastra al Ángel de la Historia.

 

“Mi padre era analfabeto, un buen padre y muy trabajador, siempre en el monte, y aunque era carlista y poco hablaba de política, sí contaba de los antiguos auzos, unas casas donde se reunía todo el pueblo para tomar las decisiones. Allí se juntaban los vecinos de cara a elegir el ayuntamiento y el alcalde, a opinar sobre cosas importantes. Allí tenían voto todos: el más pobre y el más miserable tenía el mismo voto que el primero. Si no había arreglo, se hacía votación, y en caso de que no se ganara la votación por mayoría, si empataban, la gente mayor, los viejos, eran los que decidían. Eso era auténtica democracia, y oí mucho a mi padre hablar de eso.

Luego, de los auzos salía el auzolán: trabajos en balde de todos los vecinos en beneficio del pueblo. Se pagaba algún jornal: dos pesetas por día, y si aportabas mula o buey para el trabajo, cuatro pesetas. Entonces había más solidaridad entre la gente.

Después de la guerra carlista fue un desastre para el pueblo: nos quitaron la propiedad comunal de la sierra, el derecho a montes; nos quitaron cosas esenciales para la vida del pueblo.”

Félix Igoa Garciandía. Voluntario de la Partida Barandalla y del Tercio de Santiago.

[pg. 503]

 

“Artajona era un pueblo bastante particular: existía lo que se llamaba la Sociedad de Corralizas, una cosa muy singular. Cuando la Ley de Desamortización, pusieron en venta los comunales, y para evitar que los compraran los ricos, los vecinos se juntaron y compraron de nuevo las tierras de forma colectiva, y así se pudo mantener aquello en beneficio de todo el pueblo. Bueno, pues aquel espíritu en cierto modo se mantenía en el pueblo, y siempre todos muy unidos a la Iglesia.”

José Larrea Ortiz Tafallica. Voluntario del Tercio Lácar. Último requeté superviviente de Los Cuarenta de Artajona, los primeros en entrar en San Sebastián.

[pg. 409]

"Al final de la batalla", de Augusto Ferrer-Dalmau

“Al final de la batalla”, de Augusto Ferrer-Dalmau

CAUSAS DEL FRACASO DEL PRIMER CATHOLIC LAND MOVEMENT

“A pesar de un programa económico bien pensado, el respaldo moral de las jerarquías católicas de Inglaterra, Gales y Escocia y el apoyo intelectual de una multitud de escritores y activistas, el Catholic Land Movement -y todo el proyecto distributista- fracasaron con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Las razones de este fracaso son múltiples.

En primer lugar, el Movimiento terminó repentinamente por problemas financieros. Aunque las jerarquías católicas apoyaban la iniciativa alegremente en el plano moral, no estaban preparadas para respaldarla en su aspecto práctico. Fue un penoso malentendido de la auténtica situación de la sociedad de aquel momento. Ocurrió que cuando los primeros mineros desempleados habían sido suficientemente adiestrados para empezar a trabajar en granjas, no había tierra disponible en la que asentarlos. Una petición muy modesta fue hecha por el CLM a los obispos: hagan el favor de permitir que se forme un grupo al año en todas las parroquias de la isla, con el objeto de mantener y extender este valioso proyecto. A pesar del activo apoyo de Monseñor Dey, la respuesta fue un categórico “no”.

En segundo lugar, el movimiento fue difamado e incomprendido. Los distributistas y su sección estadounidense, los Agraristas del Sur, fueron concienzudamente repudiados por los “intelectuales” del sistema y por la prensa. Liberales y marxistas por igual vieron sus ideas como una peligrosa reacción al “progreso” social prometido por el régimen industrial. Entre la intelligentsia moderna, la etiqueta de “reaccionario” destruye al momento cualquier idea, y los distributistas y agraristas fueron etiquetados como tales desde el principio. Además, las ideas distributistas nunca lograron afianzarse realmente entre los católicos y tampoco entre otros cristianos de convicciones semejantes. Muchos simpatizaron con sus objetivos, pero fueron vistos, erróneamente, como algo pintoresco y romántico, difícilmente capaz de proporcionar una alternativa genuina al capitalismo industrial. Además, muchos católicos se posicionaron de lado del capitalismo, por oponerse al abierto ateísmo comunista y al paganismo nacionalsocialista.

El movimiento también fracasó porque la mayor parte de sus más elocuentes y enérgicos portavoces murieron pocos años después de su comienzo. G. K. Chesterton murió en 1936, el Padre Vincent McNabb en 1943 y Maurice Baring en 1945. Hilaire Belloc falleció en 1953, pero había quedado incapacitado por un derrame cerebral años antes. Pero quizá una de las más tangenciales razones para la desaparición del Catholic Land Movement y el distributismo fue la propia guerra. El movimiento no pudo coger impulso por los dramáticos cambios provocados por la Segunda Guerra Mundial. La influencia del keynesianismo y las exigencias materiales y humanas del esfuerzo bélico unificaron al estado con las empresas para alcanzar un incremento sin precedentes de la producción industrial. Esta convergencia político-económica ayudó a que los Aliados ganaran la guerra, pero también supuso un reordenamiento de toda la economía mundial para beneficio del estado y de la empresa. Hoy, el único “debate” económico real se centra en la proporción de control que estado y empresa deben tener sobre la economía. La expansión de la industria en los años de posguerra también creó asombrosos niveles de riqueza personal (aunque buena parte de la misma estaba basada en deuda) y provocó una interminable proliferación de bienes y tecnologías. Esta explosión material ha cautivado y apabullado de tal manera al hombre moderno que las virtudes de la vida sencilla defendidas por los distributistas han perdido su atractivo o, más trágicamente, ni siquiera pueden ser ya imaginadas.

Mientras entramos en el siglo XXI, el juggernaut industrial parece medrar por todas partes. Se ha incrustado en las mentes de líderes políticos, pensadores e intelectuales de todo el mundo, a través de un lenguaje triunfalista y providencialista -se dice que no hay alternativa. Sin embargo, los problemas que la ubicua y excesiva industrialización han creado crecen tan rápidamente como sus supuestos beneficios. Desde la destrucción masiva del medio ambiente y el crecimiento acelerado de ciudades infestadas de crimen, pobreza y sexualidad anormal, hasta la generalización de enfermedades psicológicas que afligen a cantidades cada vez mayores de la sociedad urbana, los efectos negativos de la cultura industrial se pueden observar por todas partes. Estos problemas, a los que las universidades seculares, think tanks, gobiernos y empresas destinan para su “solución” miles de millones de dólares, han sido exacerbados por la total ausencia de lo que se perdió con la industrialización del mundo -la pérdida de profundidad en las relaciones de la persona con otras personas, con la naturaleza y con Dios. Y para cultivar y sostener tales relaciones se requiere acceso a lo que el Papa Pío XII llamó “espacio, luz, aire y propiedad”. Son éstas condiciones propias de la vida rural y son también las condiciones esenciales para la salud física y espiritual del ser humano. Y sólo cuando un número considerable de personas vive bajo tales condiciones se puede asegurar la salud general de la sociedad.”

‘Flee to the fields. The Faith and Works of the Catholic Land Movement’, VVAA; el texto está sacado de la introducción escrita por Tobias Lanz en 2003; IHS Press, 2003; pgs. 10-12 (traducción propia).

"El Ángelus", de Jean-François Millet (1857-1859)

“El Ángelus”, de Jean-François Millet (1857-1859)

CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XIII)

Se mezclaban los humos de pipa y puro en la oscuridad del techo. Lope siguió con la mirada el parsimonioso ascenso del espíritu de su tabaco, hasta topar con las vigas.

-Hay que hacer algo con esas humedades.

Jorge miró a su vez, interrumpido en la búsqueda de las cerillas.

-Mañana, si deja de llover.

Volvió a encender la pipa, apagada por el mucho hablar. Le encantaban estas tranquilas conversaciones, mientras fuera el cielo empapaba sus campos. Dio unas chupadas, disfrutando del que él llamaba tabaco de las visitas, de sabor afrutado, con olor agradable. Pues su tabaco favorito, el que fumaba en soledad, era de tipo turco, muy violento en la nariz. Dejó salir el humo y se sintió bien. Se levantó de la mecedora y fue hasta la puerta principal. Abrió, recibiendo la fresca humedad del exterior en su piel.

-Parece difícil ser mala persona con este tipo de vida.

Lope enarcó una ceja.

-Hay gente en este mismo pueblo, más campesina de lo que tú llegarás a ser jamás, para quienes un tiro en la nuca sería una muerte demasiado misericordiosa.

Jorge suspiró profundamente, sin dejar de atender a la lluvia. Tras unos momentos, se giró y apoyó un hombro en el marco de la puerta.

-Estás convencido de que soy un ingenuo, ¿verdad?

Lope afirmó con la cabeza, mirándole a los ojos.

-Sí, así es. Trabajar el campo no hace a nadie bueno. Igual que la ciudad no hace a la gente automáticamente mala.

Jorge también dio la razón con un gesto a las palabras de Lope.

-Déjame contarte una historia -Jorge cerró la puerta y se volvió a sentar en la mecedora; la mirada se perdió en el pasado-. Tras leer las primeras obras de aquellos hombres de los que te hablé…

-Charleston… -dudó Lope.

-Chesterton -corrigió Jorge- y Belloc y otros… Bueno, tras empezar a leer a esa gente, y mientras iba compartiendo entusiasmado tales descubrimientos con otras personas, que también estaban leyendo las mismas cosas, con mis mismos intereses, pues seguí investigando sobre su movimiento, sobre cómo trataron de llevar a la práctica aquello de lo que hablaban en sus libros. Fue entonces cuando conocí a Eric Gill… -Jorge hizo una pausa y miró al suelo, antes de continuar- Eric Gill fue un escultor y grabador inglés que vivió en la primera mitad del siglo veinte. Fue uno de los principales miembros y activistas de esa cosa llamada distributismo, puesta en marcha a partir de los escritos, sobre todo, de Chesterton y Belloc. El propio Gill fue uno de sus principales teóricos. Había sido un socialista nietzscheano antes de conocerlos a ellos; en el año 1913, su mujer y él se convierten al catolicismo, influidos por el ambiente chestertoniano. Era un crítico furibundo de la sociedad moderna, de la transformación de los artesanos en artistas de galería, y del mercado del arte; ya antes de convertirse, había fundado una colonia de artesanos en Ditchling, que después de la Primera Guerra Mundial se transformaría en el Gremio de San José y Santo Domingo, intentando recuperar la institución de los antiguos gremios de artesanos medievales. Se convirtió en un referente del movimiento, poniendo en práctica la vuelta al campo, cultivando su propia comida, viviendo en cristiana comunidad, creando arte sacro y escribiendo manifiestos en defensa del distributismo. Además, su fama como escultor y como grabador crece sin parar; recibe el encargo de las representaciones del Viacrucis en la catedral de Westminster, entre otras cosas. Peter Maurin, el creador junto a Dorothy Day del Catholic Worker, lo cita constantemente. La lápida de la tumba de Chesterton, en Beaconsfield, fue hecha por él.

Jorge calla. La pipa se ha apagado, otra vez. Levanta la vista y mira las humedades del techo, antes de continuar.

-El lema en Ditchling era: Hombres ricos en virtud, estudiando la belleza, viviendo en paz en sus casas -deja la pipa en la mesa y vuelve a mirar al suelo-. En 1989, la historiadora Fiona MacCarthy publicó una biografía sobre Eric Gill, en la que saca a la luz lo que él escribió en sus diarios personales. Descubre que Gill era un pervertido y un maníaco sexual y que lo fue durante toda su vida. Antes de su conversión al catolicismo, había tenido relaciones incestuosas con su hermana, las cuales nunca terminaron definitivamente. Era insufriblemente promiscuo y le es infiel a su mujer. De hecho, parece ser que una de las razones para irse a Ditchling en 1907 era, precisamente, reconciliarse con su mujer y alejarse de su anterior vida. Pero la cosa no mejora. Ni aun con la conversión. Gill tiene relaciones con muchas de las mujeres que viven en la comuna. Su propia mujer, aceptando lo inevitable, parece que también participa en tríos diversos. Pero el apetito de Gill es insaciable. Tiene relaciones con la profesora de sus tres hijas. Y abusa de sus dos hijas mayores. Y de su perro.

Lope mira fijamente a Jorge, que sigue mirando al suelo. No deja de llover, fuera.

-Murió en 1940, de cáncer de pulmón. En la cumbre de su carrera. Con el máximo reconocimiento -Jorge sonríe con desgana-. Después, el mundo del arte se olvida de él: es un simple escultor meapilas. Pero tres años después del escándalo producido por la publicación del libro de Fiona, se hace una retrospectiva de su obra en el Barbican de Londres. No hay nada como la perversión para convertirte en un buen producto.

Lope se acaricia la barba incipiente, con la mirada perdida. Recuerda entonces una conversación que tuvieron hace poco.

-Me dijiste que te gustaría visitar alguna vez la tumba de ese Chesterton.

-Sí -responde Jorge.

-Pero, entonces, tendrás que ver la lápida que le hizo el degenerado ése.

-No -Jorge sonríe-. La lápida se cambió en el año 2006, con la excusa de que la hecha por Gill estaba deteriorada. En cualquier caso, será imposible no pensar en ello, si alguna vez llego a hacer ese viaje.

Lope hace un gesto de resignación y muerde el siguiente cigarro que va a encender. El humo recién nacido hace el mismo camino que los anteriores.

-Mañana arreglamos esas humedades, Jorge.

-Vale.

 

5 de octubre de 2013

 

Imagen

Lápida de la tumba de Chesterton realizada por Eric Gill, antes de su sustitución en 2006.

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