El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: DICKENS

NUEVA CANCIÓN PARA LA BANDA SONORA DE LA TABERNA ERRANTE

Canadá está demostrando ser la reserva espiritual de Occidente.

Nos ha dado a Jordan Peterson. Y nos ha dado a The Dead South. Sólo con eso ya basta (y sobra) para lo que queda de siglo XXI.

La próxima vez que haya una Taberna Errante, si es que vuelve a haber una, habría que cantar esto a voz en grito. Puedo imaginar escenas hilarantes al ritmo de esta tonada.

De su último album, una maravilla más.

Y es que estoy totalmente de acuerdo (como también lo estaría el señor Pickwick): la mejor forma de ir al cielo es en carretilla.

Porque sólo puedes ir con la ayuda de alguien.

 

HEAVEN IN A WHEELBARROW

Well, if upon that day I die
I’m too drunk to walk let alone to drive
And I’m kickin’ and I’m spittin’ like I’m wild and feral
Won’t you take me to heaven in a wheelbarrow?

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

Well, you can go on your gold steed
Or up on an angel’s wings with speed
Or even in a pyramid like a pharaoh
But I’m going to heaven in a wheelbarrow

There’s a gal on the wrong side of town
Who gets me up when I’m goin’ down
She keeps me in line, shootin’ straight and narrow
Now she’s taking me to heaven in a wheelbarrow

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

Well, I met woman with a cold heart
Tried to take me to hell in a shopping cart
Said, woman, you’re putting my soul in peril
I’m going to heaven in a wheelbarrow

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

A lot of men don’t stand so tall
Most of us, you know we gotta fall
Some are lookin’ life down a shotgun barrel
But I’m going to heaven in a wheelbarrow

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

PÁGINA EN BLANCO

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez, era la época de la convicción, era la época de la incredulidad, era el momento de la Luz, era el momento de la Oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, teníamos todo ante nosotros, no teníamos nada ante nosotros, nos íbamos todos directamente al Cielo, nos íbamos todos directamente al extremo opuesto…”

Inicio de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens [traducción propia].

Obra de Nick Alm (2016)

Obra de Nick Alm (2016)

SÉ QUE AQUÍ NACÍ

-La verdá, señores -dijo Sam-, no tengo mucha costumbre de cantar sin acompañamiento; pero cualquier cosa por la vida tranquila, como dijo aquel hombre cuando tomó su puesto en el faro.

Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens; Penguin Clásicos, 2016; pg. 780.

Me gusta la naturaleza salvaje de los acantilados ártabros y la geometría euclídea del Barrio de la Magdalena. Me gusta destrozar los pies en la romería particular a Teixido y la tranquila lectura de clásicos ingleses en la mil y una cafeterías ferrolanas.

Soy un hombre azotado por las contradicciones, porque nací en uno de los lugares más contradictorios del mundo. Obrero y militar, tradicional e ilustrado, gallego y español. Mar y tierra. Todo en esta ciudad es un sosiego tenso entre polos enfrentados. Una villa obligada a levitar para sobrevivirse a sí misma, como tan bien explicara mi paisano, Torrente Ballester.

Los ferrolanos somos expertos en fracasos y desastres: reconversiones industriales, derrotas navales, heroínas de plata, plataformas a la deriva… Pero ésta es una ciudad que se niega a la rendición. La Señorita del Sillón me contó que a partir de los camarotes de los navíos ingleses nos inventamos las galerías de balcón corrido. En todos los naufragios supimos aprender una lección.

Acabo de comer, a modo de despedida, en O Camiño do Inglés. Un fantástico restaurante situado entre las ruinosas calles del Ferrol Vello -remoto origen escombrado del resto de la urbe-. Cuando vine hace dos años al entierro de mi querido tío Antonio, el paseo por las calles de Ferrol era desolador: la crisis económica había devuelto la ciudad a los peores momentos de los años ochenta.

Ahora veo la ciudad con ganas de salir adelante. Docenas de negocios familiares siguen insistiendo en dotar de personalidad propia a cada esquina de este microcosmos: cada cafetería tiene un carácter peculiar, cada tienda es cuidada con detallado mimo.

Me ha alegrado ver disfrutar en nuestras calles a los jóvenes marinos del buque escuela argentino Libertad, que nos ha visitado estos días. Su presencia me ha recordado a los amables lectores de este blog con los que comparten nacionalidad.

Hace unas semanas, mi amiga Bea me dijo que veía en Galicia una forma dinámica de entender la tradición. Entroncada en su pasado, no se negaba a florecer novedosa en las exigencias de los tiempos. Yo ya estaba completamente de acuerdo con esa visión; pero este viaje a Ferrol no ha hecho sino confirmar tal análisis.

Y aunque las llagas del pasado aún están presentes -en los locales vacíos, en los vetustos edificios sin reformar, en los yonquis que piden limosna al salir de misa-, el peculiar carácter ferrolano sigue caminando con retranca entre las turbulencias del mundo.

Como un faro indómito en medio del vendaval.

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LA OBRA MAYOR

“La mención de Trakl hizo pensar a Amalfitano, mientras dictaba una clase de forma totalmente automática, en una farmacia que quedaba cerca de su casa en Barcelona y a la que solía ir cuando necesitaba una medicina para Rosa. Uno de los empleados era un farmacéutico casi adolescente, extremadamente delgado y de grandes gafas, que por las noches, cuando la farmacia estaba de turno, siempre leía un libro. Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosisBartlebyUn corazón simpleUn cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.”

2666, de Roberto Bolaño; Anagrama, 2004; pgs. 289-290.

"The Intruder", de Andrew Wyeth (1971)

“The Intruder”, de Andrew Wyeth (1971)

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