El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: DICKENS

PÁGINA EN BLANCO

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez, era la época de la convicción, era la época de la incredulidad, era el momento de la Luz, era el momento de la Oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, teníamos todo ante nosotros, no teníamos nada ante nosotros, nos íbamos todos directamente al Cielo, nos íbamos todos directamente al extremo opuesto…”

Inicio de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens [traducción propia].

Obra de Nick Alm (2016)

Obra de Nick Alm (2016)

SÉ QUE AQUÍ NACÍ

-La verdá, señores -dijo Sam-, no tengo mucha costumbre de cantar sin acompañamiento; pero cualquier cosa por la vida tranquila, como dijo aquel hombre cuando tomó su puesto en el faro.

Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens; Penguin Clásicos, 2016; pg. 780.

Me gusta la naturaleza salvaje de los acantilados ártabros y la geometría euclídea del Barrio de la Magdalena. Me gusta destrozar los pies en la romería particular a Teixido y la tranquila lectura de clásicos ingleses en la mil y una cafeterías ferrolanas.

Soy un hombre azotado por las contradicciones, porque nací en uno de los lugares más contradictorios del mundo. Obrero y militar, tradicional e ilustrado, gallego y español. Mar y tierra. Todo en esta ciudad es un sosiego tenso entre polos enfrentados. Una villa obligada a levitar para sobrevivirse a sí misma, como tan bien explicara mi paisano, Torrente Ballester.

Los ferrolanos somos expertos en fracasos y desastres: reconversiones industriales, derrotas navales, heroínas de plata, plataformas a la deriva… Pero ésta es una ciudad que se niega a la rendición. La Señorita del Sillón me contó que a partir de los camarotes de los navíos ingleses nos inventamos las galerías de balcón corrido. En todos los naufragios supimos aprender una lección.

Acabo de comer, a modo de despedida, en O Camiño do Inglés. Un fantástico restaurante situado entre las ruinosas calles del Ferrol Vello -remoto origen escombrado del resto de la urbe-. Cuando vine hace dos años al entierro de mi querido tío Antonio, el paseo por las calles de Ferrol era desolador: la crisis económica había devuelto la ciudad a los peores momentos de los años ochenta.

Ahora veo la ciudad con ganas de salir adelante. Docenas de negocios familiares siguen insistiendo en dotar de personalidad propia a cada esquina de este microcosmos: cada cafetería tiene un carácter peculiar, cada tienda es cuidada con detallado mimo.

Me ha alegrado ver disfrutar en nuestras calles a los jóvenes marinos del buque escuela argentino Libertad, que nos ha visitado estos días. Su presencia me ha recordado a los amables lectores de este blog con los que comparten nacionalidad.

Hace unas semanas, mi amiga Bea me dijo que veía en Galicia una forma dinámica de entender la tradición. Entroncada en su pasado, no se negaba a florecer novedosa en las exigencias de los tiempos. Yo ya estaba completamente de acuerdo con esa visión; pero este viaje a Ferrol no ha hecho sino confirmar tal análisis.

Y aunque las llagas del pasado aún están presentes -en los locales vacíos, en los vetustos edificios sin reformar, en los yonquis que piden limosna al salir de misa-, el peculiar carácter ferrolano sigue caminando con retranca entre las turbulencias del mundo.

Como un faro indómito en medio del vendaval.

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