El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: DETECTIVES SALVAJES

TAMBOR DE GUERRA 

Cómo me gustaría escribir hoy
algo verdadero.

Escribir un adiós
que sea sólo un hasta luego.

Una caricia
en forma de cuento.

Una sonrisa con rima
con tinta
con tiento.

Con manos ágiles de poeta
recias de guerrero.
Que consuelan, que irritan,
que aman, que matan,
que dan, que quitan.

Soñar que el mundo no me asusta
y vivo
en la muerte siendo.

Que me convierto en el hombre
que mi niño profetizaba:
aspirante a soldado
aprendiz de viejo
escritor de taberna
borracho de cielo.

Que cruzo el fuego
que lleno la nada.

Que invado el infierno
y regreso a casa.

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UN ENTE DE FICCIÓN

“-Ha elegido -dijo- el mejor sitio para contemplar el golfo. Arriba, desde la cima de Notre Dame de la Garde, que sirve como punto de referencia a los barcos sobre el mar, puede sin duda abarcar un panorama más extenso, pero los detalles pierden definición. En mis viajes he visitado muchos puertos bellos, pero sigo pensando que éste no se queda a la zaga. Esa sierra que abraza la bahía como el borde curvo de una concha es una estribación de los Alpes Marítimos; y la fortificación blanca sobre la isla de enfrente se llama el Château d’If. ¿Le suena el nombre tal vez?

Al decirle que lo conocía por El Conde de Montecristo, mi respuesta pareció alegrarle.

-Ah, un homme de lettres; me lo imaginaba. Por favor, ¡permítame ver sus manos! -Y sin previo aviso agarró mi mano derecha y examinó la palma con gran atención. Entonces prosiguió-: Naturalmente el Conde de Montecristo es un ente de ficción. De todos modos, en el castillo de enfrente le enseñarán incluso el pasadizo subterráneo que excavó el abate Farina. Por cierto, un poco más al fondo aún verá otra isla literaria; le llaman Fort Ratonneau.

También aquí capté la alusión, y mi apunte pareció agradar de nuevo al desconocido.

-Veo que es usted una persona bien instruida; sin duda, aún no se ha dedicado a labores que encallezcan las manos. Si le apetece, me gustaría invitarle a tomar té; vivo a pocos pasos de aquí.”

Juegos africanos, de Ernst Jünger; Tusquets, 2004; pgs. 87-88.

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PRADO ESTEBAN DIEZMA

Muchas veces se ha hecho explícito en este blog un posicionamiento existencial que comparto con algunas personas, a las cuales trato de mantener todo lo cerca que este mundo permite. Enraizados en el Catolicismo, con posturas morales y éticas que nos encuadran en eso que el común suele catalogar de derechas, nuestra actitud política, sin embargo, podría considerarse furibundamente anti-sistema. Contemplando por igual a estado y mercado como enemigos formidables a los que combatir, nos podemos llegar a sentir más cercanos a la tradición de lucha anarquista que al colaboracionismo con el mundo actual que practica el 90% de la feligresía católica realmente existente.

En ningún caso se trata de una necesidad de epatar, ni de sentirnos extraordinarios. Creemos sinceramente que es pura coherencia con la doctrina social tradicional de la Iglesia Católica; la misma que llevó, por ejemplo, a miles de campesinos españoles a encuadrarse en las partidas de guerra carlistas para enfrentar la modernidad que destruía sus formas consuetudinarias de vida.

A la derechona -como le gustaba llamarla a José Antonio-, ese mejunje pútrido de burguesía especuladora con adornos de catecismo, que clama contra la destrucción de la familia mientras reduce salarios haciendo inviable cualquier sostén económico de padres y madres, sería capaz de asesinarla con mis propias manos desnudas.

Hemos conocido a través de José Carlos Aguirre a una mujer anarquista española que nos ha producido un impacto formidable. Y que nos confirma que, en el estado actual de cosas, hay que buscar compañeros de lucha en lugares, en principio, insospechados.

Sin embargo, desde nuestro punto de vista, el que hemos ido construyendo juntos durante años, todo tiene sentido. Todos los que tienen al demonio como enemigo, son mis amigos. Y el que no entiende que, ahora mismo, estado y mercado son dos caras del demonio, no entiende nada.

Allá ellos.

LA AVERSIÓN A TODO LO ÚTIL

“Por otro lado, el tedio se infiltraba en mis venas como un veneno mortífero cada día más potente. Me consideraba completamente incapaz de llegar a ser algo en la vida; la expresión en sí ya me resultaba antipática, y entre los miles de oficios que la civilización puede ofrecer, no había ni uno que me pareciera adecuado para mi persona. Más bien me atraían las actividades elementales, como la del pescador, cazador o leñador; aunque desde que me había enterado de que los guardabosques se habían convertido en la actualidad en una especie de contables, que trabajan más con la pluma que con la escopeta, y de que los peces se pescan con barcas a motor, perdí también todo interés. En estos asuntos carecía de la más mínima ambición, y, como el reo de un delito, asistía a esos sermones que los padres suelen soltar a sus hijos adolescentes sobre las distintas salidas profesionales.

La aversión hacia todo lo útil arraigaba cada día más. La lectura y la ensoñación eran mi triaca particular; sin embargo, los reinos donde aún había lugar para las hazañas me parecían inalcanzables. Allí me imaginaba una sociedad de hombres temerarios, cuyo símbolo era el fuego de campamento, el elemento de la llama. Por ser aceptado en ella, por conocer a uno solo de esos tipos que imponían respeto, habría renunciado con mucho gusto a todos los honores que se pueden conseguir dentro y fuera de cualquiera de las facultades.

Sospechaba con razón que sólo es posible conocer a los hijos naturales de la vida si se daba la espalda a los representantes legítimos del orden establecido. Por supuesto mis modelos estaban forjados a la medida de un quinceañero, voraz lector de folletines, que todavía no conoce la diferencia entre héroes y aventureros. Pero poseía un instinto sano, pues suponía que lo extraordinario se hallaba más allá de las esferas sociales y morales de mi entorno. Por ello tampoco quería, como suele ser peculiar a esta edad, llegar a ser inventor, revolucionario, soldado o cualquier otro benefactor de la humanidad; por el contrario, me atraía aquella zona donde la lucha de las fuerzas naturales se expresaba en estado puro y sin finalidad alguna.”

Juegos africanos, de Ernst Jünger; Tusquets, 2004; pgs. 15-16.

Ernst Jünger con el uniforme de la Legión Extranjera francesa

Ernst Jünger con el uniforme de la Legión Extranjera francesa

DETECTIVES ACANTILADOS

Eran las siete bastante pasadas de la mañana y yo me removía nervioso en la parada del mercado; supuestamente, por ahí debería pasar el bus que iba a Cedeira, pero el artefacto no aparecía. Para mi inmenso alivio, el carromato surgió en la curva cuando yo ya empezaba a sospechar que me había pegado el madrugón para nada. Para nada no, la verdad; porque gracias a mi manía de llegar media hora antes a todas mis citas, conseguí enterarme de que el autobús de Cedeira no se cogía en la estación -hasta donde había ido en un primer momento-, sino en el mercado.

El caso es que conseguí montarme en el bus y el propio viaje a Cedeira, que dura más o menos una hora, resultó bastante bonito de por sí. Desde Cedeira, todo el camino a Teixido está muy bien señalado y es imposible perderse.

Llegué al santuario a las diez, haciendo el último tramo a través del Camiño de Costa Pequena, que en ocasiones parece un túnel verde, completamente rodeado de ramas y troncos de árbol. Poco antes de entrar en el Camiño, justo cuando por primera vez pude asomarme a la inmensidad del océano y de los acantilados, tuve mi primer encuentro con un grupo de caballos salvajes, tres adultos y un potrillo.

Al llegar a Teixido, vi al cura del lugar abriendo la iglesia; así que pude rezar un misterio arrodillado ante el retablo del santuario; retablo que, al parecer, es barroco, pero cuyas figuras a mí me produjeron una sensación más propia de esculturas altomedievales.

Tras descansar unos minutos, continué el ascenso a la Garita de Herbeira, uno de los acantilados más altos de Europa. Fue en este tramo en el que me encontré con Paco.

Paco llevaba una bici con un pequeño remolque, en el que portaba, entre otras cosas, una tienda de campaña. Salió hace unas semanas de Zaragoza (él es originario del Pirineo aragonés) con 480 euros (de los que aún le quedaban 100) y había ido en bici hasta Finisterre; desde allí venía siguiendo la costa y hoy le tocaba llegar a Cariño. Ayer durmió en Teixido, donde pudo contemplar, según me contó, una hermosísima puesta de sol (casi más bella que la que vio en Finisterre, que ya fue mucho).

Llegué a la altura de Paco cuando iba empujando su bici por una de las terribles cuestas que tiene el recorrido hasta la Garita. Así que me puse a su lado y me dediqué a darle relevos, para que el hombre pudiese descansar un poco. Os puedo asegurar que no entiendo cómo ha podido hacer tanto camino solo, porque yo quedaba agotado después de cada relevo (que además no eran muy largos, he de reconocer).

Paco se divorció hace ocho años. Trabaja de monitor de esquí, cosa que le apasiona. En su tiempo libre, ayuda como voluntario a gente que ha pasado por el mundo de las drogas. A pesar de tener sólo 58 años, luce con bastante despreocupación los numerosos huecos de su dentadura. Tiene unos profundos, bellos y amables ojos verdes. Repite mucho la palabra espiritual y se desespera porque su hijo de 28 años lo único que hace en su tiempo libre es estar delante de un ordenador.

La intención de Paco es seguir un poco más por la costa gallega y después cruzar España para llegar a Cádiz.

Nos despedimos en la Garita de Herbeira, dándonos un abrazo. Nos deseamos mutuamente que nos fuera bien en la vida. Y nos lo deseamos de verdad, de eso estoy seguro.

Buscar, buscar… buscar es fundamental; no se puede dejar de buscar en la vida… Así me dijo Paco en un momento de nuestra ascensión.

Y es que, claro, ¿dónde puede ser más fácil encontrar a un detective salvaje que al borde de un acantilado?

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ARQUILOQUEA

“-Sigue -dijo Belano-, alguna sabremos.

-¿Qué es una catacresis? -dije.

-Ésa me la sabía, pero se me ha olvidado -dijo Lima.

-Es una metáfora que ha entrado en el uso normal y cotidiano del lenguaje y que ya no se percibe como tal. Ejemplos: ojo de aguja, cuello de botella. ¿Y una arquiloquea?

-Ésa sí que me la sé -dijo Belano-. Es la forma métrica que usaba Arquíloco, seguro.

-Gran poeta -dijo Lima.

-Pero en qué consiste -dije yo.

-No lo sé, te puedo recitar de memoria un poema de Arquíloco, pero no sé en qué consiste una arquiloquea -dijo Belano.

Así que les dije que una arquiloquea era una estrofa de dos versos (dístico), y que podía presentar varias estructuras. La primera estaba formada por un hexámetro dactílico seguido de un trímetro dactílico cataléctico in syllabam. La segunda… pero entonces comencé a quedarme dormido y me escuché hablar o escuché mi voz que resonaba en el interior del Impala diciendo cosas como dímetro yámbico o tetrámetro dactílico o dímetro trocaico cataléctico. Y entonces escuché que Belano recitaba:

Corazón, corazón, si te turban pesares
invencibles, ¡arriba!, resístele al contrario
ofreciéndole el pecho de frente, y al ardid
del enemigo oponte con firmeza. Y si sales
vencedor, disimula, corazón, no te ufanes,
ni, de salir vencido, te envilezcas llorando en casa.

Y entonces yo abrí los ojos con gran esfuerzo y Lima preguntó si aquellos versos eran de Arquíloco. Belano dijo simón y Lima dijo qué gran poeta o qué poeta más chingón. Después Belano se dio vuelta y le explicó a Lupe (como si a ella le importara) quién había sido Arquíloco de Paros, poeta y mercenario, que vivió en Grecia alrededor del 650 antes de Cristo, y Lupe no dijo nada, lo que me pareció un comentario muy apropiado. Después me quedé medio dormido, la cabeza apoyada en la ventana, y escuché que Belano y Lima hablaban de un poeta que escapaba del campo de batalla, sin importarle la vergüenza y el deshonor que tal acto acarreaba, al contrario, vanagloriándose de él. Y entonces yo empecé a soñar con un tipo que atravesaba un campo de huesos y el tipo en cuestión no tenía rostro o al menos yo no podía verle el rostro porque lo observaba desde lejos. Yo estaba bajo una colina y apenas había aire en ese valle. El tipo iba desnudo y tenía el pelo largo y al principio pensé que se trataba de Arquíloco pero en realidad podía ser cualquiera. Cuando abrí los ojos aún era noche cerrada y ya habíamos salido del DF.”

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; Anagrama, 2003; pgs. 560-561.

'Notturno', de Roberto Ferri (2011)

‘Notturno’, de Roberto Ferri (2011)

WHICH THOU MUST LEAVE ERE LONG

¿Qué quiere decir el soneto?, preguntó abruptamente e hizo una pausa. Sus ojos registraron la sala con una impotencia severa y poco menos que satisfecha. ¿Señor Wilbur? No hubo respuesta. ¿Señor Schmidt? Alguien tosió. Sloane dirigió sus brillantes ojos oscuros hacia Stoner. Señor Stoner, ¿qué quiere decir el soneto?

Stoner tragó y trató de abrir la boca.

Es un soneto, señor Stoner, dijo Sloane con sequedad, una composición poética de catorce versos, que sigue ciertas pautas que estoy seguro habrá usted memorizado. Está escrito en lengua inglesa, la cual, según creo, llevará usted varios años hablando. Su autor es William Shakespeare, un poeta que está muerto, pero que a pesar de ello ocupa una posición de cierta importancia en las mentes de algunos. Miró a Stoner durante un momento más y entonces se le pusieron los ojos en blanco, mientras los fijaba ciegamente en algún lugar más allá de la clase. Sin mirar el libro recitó el poema de nuevo y su voz se hizo más profunda y suave, como si las palabras, sonidos y ritmos se hubieran convertido en un instante en él mismo:

En aquella época del año puedes contemplar en mí,
cuando las hojas amarillas, ninguna ya o algunas, cuelgan
de esas ramas que se agitan frente al frío,
desnudos coros ruinosos en los que tarde cantaban dulces pájaros.
En mí ves el ocaso de aquel día
después de que la puesta de sol se funda en poniente;
por la negra noche arrebatada,
la otra cara de la Muerte, que condena al descanso.
En mí ves el resplandor de aquel fuego,
el que sobre las cenizas de su juventud yace,
como el lecho de muerte en que ha de expirar,
consumido por aquello que le alimentaba.
Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte,
amar bien aquello que debes abandonar pronto.

En aquel momento de silencio alguien se aclaró la garganta. Sloane repitió los versos, su voz se hizo plana, volvía a ser su voz.

Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte,
amar bien aquello que debes abandonar pronto.

Los ojos de Sloane regresaron a William Stoner y dijo secamente, El señor Shakespeare le habla a través de trescientos años señor Stoner, ¿le escucha?

William Stoner se dio cuenta de que por unos instantes había estado conteniendo el aliento. Lo expulsó suavemente, siendo entonces consciente de la ropa moviéndose sobre el cuerpo mientras el aliento le salía de los pulmones. Desvió la vista de Sloane hacia otro punto de la sala. La luz penetraba por las ventanas y se posaba sobre los rostros de sus compañeros de manera que la iluminación parecía venir de dentro de ellos mismos para salir hacia la oscuridad; un alumno pestañeó y una sombra delgada cayó sobre una mejilla cuya parte inferior había recogido la luz del sol. Stoner advirtió que sus dedos se estaban soltando de su firme agarre al escritorio. Volteó las manos frente a sus ojos, maravillándose de lo morenas que estaban, de la intrincada manera en que las uñas se adaptaban al romo final de sus diminutas venas y arterias, pulsando delicada y precariamente desde las yemas de los dedos a través de su cuerpo.

Sloane volvió a hablar. ¿Qué le comunica, señor Stone? ¿Qué quiere decir el soneto?

Los ojos de Stoner se elevaron lentamente y sin convicción. Quiere decir, dijo, y con un pequeño movimiento elevó las manos en el aire. Sentía su mirada ausente mientras buscaba la figura de Archer Sloane. Quiere decir, dijo de nuevo, y no pudo terminar lo que había empezado.

Sloane le miro con curiosidad. Después movió la cabeza bruscamente y dijo, La clase ha terminado. Sin mirar a nadie se dio media vuelta y salió del aula.

William Stoner era apenas consciente de los alumnos de su alrededor que se levantaban gruñendo y refunfuñando de sus asientos y salían renqueando de clase. Durante algunos minutos después de que se hubieran ido permaneció sentado sin moverse, absorto en el suelo de estrechos tablones que habían ido perdiendo barniz a causa de las incesantes pisadas de estudiantes que nunca vería ni conocería. Deslizó su propio pie por el suelo, escuchando el seco chirrido de la madera en sus suelas y sintiendo la aspereza a través del cuero. Después él también se levantó y salió despacio de la clase.

El leve frescor de últimos de otoño penetraba por su ropa. Miró a su alrededor, a las desnudas ramas nudosas que se rizaban y retorcían frente al cielo despejado. Topaban con él estudiantes corriendo hacia sus clases; oía el murmullo de sus voces y el sonido de sus tacones contra los caminos empedrados, y veía sus rostros encendidos por el frío, inclinados frente a la suave brisa. Les miraba con curiosidad, como si no les hubiera visto antes y se sentía muy distante y muy cerca de ellos. Retuvo el sentimiento para sí mientras se apresuraba hacia su siguiente clase, y lo retuvo durante la lección de su profesor de química de suelos, contra el zumbido que dictaba cosas para ser escritas en cuadernos y recordadas mediante un arduo proceso que ni siquiera ahora le resultaba familiar.

En el segundo semestre de aquel curso William Stoner abandonó las asignaturas de ciencias e interrumpió sus estudios en la Facultad de Agricultura. Asistió a cursos de introducción a la filosofía y a la historia antigua y a dos asignaturas de literatura inglesa. En verano regresó de nuevo a la granja de sus padres, ayudó a su padre con la cosecha y no mencionó su trabajo en la universidad.”

Stoner, de John Williams; Baile del Sol, 2011; pgs. 16-19.

HOLZWEGE

Las verdades no están en la circunferencia de un círculo cuyo centro es el hombre.

Las verdades se levantan en parajes fragosos que el hombre recorre siguiendo los meandros de una senda sinuosa que las revela, las oculta, finalmente las ostenta o las esconde.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 74.

'Turkey Pond', de Andrew Wyeth (1944)

‘Turkey Pond’, de Andrew Wyeth (1944)

FANATISMO

Llueve en este primer viernes de Cuaresma. Me llueve cuando salgo del metro, en dirección a la biblioteca de Iglesia -donde la sinagoga, siempre vigilada por una pareja de policías nacionales-.

Vengo en busca de Nocturno de Chile.

Bolaño es uno de mis dioses lares; y la poesía de Langlois me está impresionando sobremanera. Quiero verlos discutir a ambos. Quiero ver cómo se desgarran el uno al otro, quiero saberlos de verdad. Quiero salvarlos a los dos.

Pero el libro no aparece. No está donde debería estar. Pido ayuda a un bibliotecario. Resulta que es el bibliotecario adecuado, porque se encarga de mantener ordenadas las estanterías en las que reposan los libros de Bolaño. Pero tampoco él lo encuentra.

Me resigno y empiezo a barajar otras opciones. El bibliotecario regresa, con Nocturno de Chile en la mano: estaba en una de la estanterías de recomendaciones. La casualidad, en la que no creo, me hace sonreír.

Me atiende un bibliotecario distinto cuando formalizo el préstamo. Se mueve con el ralentí de una escena de acción dirigida por Zack Snyder. Habla desde una lejanía farmacológica.

Bajo la escalera, metiendo a Bolaño en la mochila. Me cruzo con una señora gorda, que afronta cada escalón con la pausa de una adicción ansiolítica.

Salgo de nuevo a la lluvia. Un hombre alto y gordo observa en un pasmo, con la boca a medio abrir, el muro de la sinagoga, ahogadas sus lamentaciones en un océano de estupefacientes con receta médica.

Busco una cafetería en la que iniciar la lectura, mientras pienso si mi fanatismo religioso es lo que me rescata de las salvaciones químicas; si estar convencido de que transito por un valle de lágrimas -y que debo transitarlo- es lo que me mantiene alejado de tantos paraísos artificiales.

Y me pregunto también durante cuánto tiempo recibiré la gracia de ser un fanático religioso.

Quítese la peluca…

roberto-bolano

INDICADORES

¿Es cierto, príncipe, que usted dijo en cierta ocasión que el mundo será salvado por la ‘belleza’? ¡Señores -vociferó dirigiéndose a todos-, el príncipe asegura que la belleza salvará al mundo!

El idiota, de F. M. Dostoyevski; Alianza, 2003; vol. 2; pg. 543.

El objetivo de todo detective salvaje es hallar belleza. Porque el detective salvaje cree que donde hay belleza, hay bondad. Hay verdad. Hay salvación.

Porque cree tal cosa, el detective salvaje no puede evitar hacer uso de su dedo índice cada vez que Dios le regala un éxito en la búsqueda. El detective salvaje, en el fondo, desea ser un indicador.

No hay mayor placer que indicar a otros dónde cree uno haber descubierto belleza.

Y uno de las cosas más bellas que un detective salvaje puede encontrar es otro detective salvaje.

Elisenda me señaló uno de esos lugares, como tantas veces hace también en su blog, y yo os enseño lo que ella me enseñó.

Si descubrís algo bello y bueno en esta película, dadle las gracias a ella.

Quod Vidimus

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The Wanderer

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