El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: DETECTIVES SALVAJES

MISTERIOSO TROPIEZO

Si pudiéramos demostrar la existencia de Dios, todo se habría sometido al fin a la soberanía del hombre.

La existencia de Dios es indemostrable, porque con una persona tan sólo podemos tropezar.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs. 905, 920.

“Vermillion Cliffs”, de Jeremy Lipkin

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¿LE HAS DADO YA GRACIAS A DIOS POR ESTE FRACASO?

EL CABALLERO DE LA ROSA

Decido dejarme acompañar durante las comidas por mi colección de óperas aún no vistas. Entre las cuales figuran aquellos DVD que me fueron regalados hace años, durante mi época de portero de fin de semana.

Era una importante familia burguesa, de histórico renombre, acostumbrada a vivir con el dinero suficiente como para no jerarquizar sus prioridades en base a criterios cuantitativamente superficiales. Sus coches eran baratos, funcionales y no les importaba que cumpliesen años; pero todos los veranos tenían plaza reservada en Salzburgo o en Bayreuth. Lo primero es lo primero; y lo primero, para aquella familia, era el arte elevado a su más alta expresión. Algunos de los regalos que ellos recibían en aquellos festivales me eran ofrecidos a mí a la vuelta. Mostraban cariño e interés por ese portero que siempre estaba leyendo, estudiando y escuchando música. Le hacían recomendaciones, conversaban con él sobre literatura.

La familia tenia un amigo que, más que amigo, era otro miembro de la misma. Pasaba el hombre más tiempo en aquel edificio que en su propia casa. Una persona jovial, con una cultura portentosa, apasionado de la ópera y la literatura. Adoraba las obras de Richard Strauss, especialmente las que tenían libreto de Hofmannsthal. Y se empeñó en que yo también las amase. Así que le dijo a su fiel y viejo amigo, uno de los miembros de aquella familia, que me grabase un buen puñado de las que ellos tenían.

Sonrío al recordar su pasión por Florencia. Es inagotable -me dijo tras pasar allí una semana, por enésima vez-; uno podría demorarse durante días en los detalles de una sola de sus iglesias…

Una vez me dio a leer un artículo suyo sobre El Anillo wagneriano, en el que pude vislumbrar cierta tristeza profunda tras su alegre y campechana fachada.

He tardado cierto tiempo en cumplir los deseos de aquel hombre. Aún me emociona recordar el sincero y cariñoso abrazo de despedida que me dio el último día que trabajé en aquel chiscón.

Me gustaría que supiese lo feliz que me ha hecho hoy con su regalo.

Porque yo sé que él piensa, como pienso yo, que el placer de gozar la belleza sólo es superado por el placer de regalarla a quien aún no la conoce.

QUERIDA ANA OFELIA, HIJA MÍA

Querida Ana Ofelia, hija mía:

ayer, tu madre y yo nos echamos a dormir la siesta, nariz con nariz, y tú quedaste en medio, rodeada por nuestros cuerpos. Creo que te gustó la sensación, porque no parabas de moverte, y pude notar en mi propio ombligo las volteretas de tu creciente cuerpecillo.

Cuando -Dios mediante- nazcas, no podremos volver a ofrecerte tal sensación de seguridad. Llegas a un mundo complicado -¿y cuándo no lo ha sido…?-, que, me temo, no va a dejar de complicarse en los años por venir. Tus años.

Así que estoy pensando qué hacer para ayudarte. Qué ofrecerte que te pueda resultar útil en la vida.

Algunas personas piensan que se me da bien escribir. Así que, si Dios quisiera, me gustaría que me diera ideas para escribirte cuentos.

¿Por qué cuentos? Antes de nada, quiero que conozcas a alguien. Un señor inglés, que vivió hace un tiempo, y que realmente escribía muy bien. Y pensaba aún mejor. Era muy rubio, muy alto y muy gordo, y le encantaba contar historias a los niños. También le encantaban los títeres, como a mamá. Se llamaba Gilberto y, en cierta ocasión, escribió lo siguiente:

Los cuentos de hadas no le dan a los niños su primera idea de los monstruos. Lo que los cuentos de hadas le dan al niño es su primera idea clara de la posibilidad de vencer a esos monstruos. El niño sabe íntimamente del dragón desde que tiene imaginación. Lo que el cuento de hadas le trae es un San Jorge para matarlo.

No te voy a mentir, hija mía: vienes a un mundo repleto de monstruos. Tantos y tan poderosos, que a veces sentirás deseos de rendirte. Perderás la esperanza. Creerás que el mundo está mal hecho, que nada tiene sentido.

Pero no es verdad. Tu padre no lo cree así. Tu padre cree en algunos buenos cuentos que alguna buena gente le ha leído; algunos buenos cuentos que él mismo ha encontrado. Porque tu padre es un buscador de cuentos. Ese es mi auténtico oficio: soy un detective, a veces un poco salvaje, que trata de encontrar los mejores cuentos del mundo. Porque son esos cuentos los que me hacen sonreír en medio de la nada. Son los que me hacen apretar los dientes, cuando se desatan el dolor y la desesperanza.

Eso es lo que te voy a ofrecer, si Dios quiere. Y si puedo aportar alguno de mi propia cosecha, pues bienvenido sea.

En cualquier caso, espero que te ayuden a matar muchos dragones.

LA LITERATURA, ES DECIR, LA VIDA

The Wire es la mejor serie de televisión que yo haya visto. Y, a mi buen entender, una de las cimas del arte (de cualquier arte) en lo que llevamos de siglo XXI.

Si tuviera que dedicar una entrada diaria en este blog a cada una de las escenas de la serie que me parecen soberbias, creo que ya no haría otra cosa en lo que me queda de vida.

Elijo la que enlazo más abajo porque explica por sí misma lo que la literatura significa para mí y para tantos otros. No es un gusto, no es un placer, no es un hobby. Es, como el resto de artes dramáticas (el teatro, el cine, las series… la pintura, cuando no se diluye en abstracciones), la propia estructura de la esencia humana ejercitada para la autocomprensión y la compartición a distancia (a veces miles de kilómetros, a veces miles de años) de experiencias vitales.

En sus mejores versiones y resultados, son hallazgos de búsquedas honestas (por lo tanto, acantiladas), que transforman tanto al autor como a los lectores.

Yo, como tantos otros, puedo decir sin mentir: tras leer tal o cual novela, mi forma de entender la vida cambió.

El que habla sobre buena literatura, habla sobre la vida. Esa es la clave, creo yo, para reconocer la buena literatura: te hace hablar en serio de la vida. De lo que realmente importa. De cómo emplear el tiempo que nos ha sido regalado. Planteando preguntas, ofreciendo respuestas -no pocas veces contradictorias-. Pero obligándote a mirar todos los ángulos de tu existencia en profundidad, sin posibilidad alguna de autoengaño. Sin respuestas fáciles, sin falsas comodidades.

Ojalá algún día pueda decirle a mi hijo (o hija): “hey, me gustaría que vieras una cosa”, mientras le pongo el primer capítulo de The Wire.

“-Es una putada, porque el tío va adonde tiene que ir y la piba no era para tanto. Daisy tenía un polvo y mal echado, ¿me entiende? Lo dio todo por ella y, al final, no sirvió para nada.

-Fitzgerald dijo que no había segundos actos en las vidas estadounidenses. ¿Pensáis que es así?

-Joder, estamos en prisión. Será mejor no creer eso…

-Nos dice que el pasado nos acompaña siempre. De dónde venimos, lo que vivimos y cómo lo vivimos… todo eso importa. Creo que eso es lo que quería decir.

-Continúa.

-Es como al final del libro, con los barcos y las mareas… Uno puede cambiar, ¿no? Puedes decir que eres otra persona e inventarte una vida nueva. Pero lo que hiciste primero es tu verdadera identidad y lo que pasó antes es lo que realmente pasó. Da igual que cualquier idiota se crea distinto, porque lo único que te hace distinto es lo que haces o lo que vives… Tenía un montón de libros en la biblioteca. Le flipaban los libros, pero si cogemos uno de la estantería, ni siquiera lo ha abierto. Tiene un montón de libros y no ha leído ninguno. Gatsby era quien era e hizo lo que hizo. Y como no estaba preparado para aceptar la realidad, esa mierda le pasó factura. Eso pienso, en cualquier caso.”

LA BELLEZA INCORRUPTIBLE DE LAS CICATRICES

Las heridas como matices cruciales del ser
como descripciones fugaces en una larga novela
como versos.

Los muros mellados de Notre-Dame de la Garde.

Las llagas eternamente abiertas del Cuerpo Glorioso.

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EL ESCRITOR DE PENSILVANIA

La primera vez que le vi, se sacaba unos trocitos de papel y un boli de uno de los bolsillos del chubasquero de camuflaje. Se juntaba con Denman (con el que compartía nacionalidad estadounidense) y con Larsson, el sueco con varias causas pendientes en su país por pelearse con la policía.

Mientras ponía orden en sus mini apuntes, hizo un comentario sobre el libro que estaba escribiendo. Evidentemente, me sentí interesado.

-¿Estás escribiendo un libro?

-Sí -dijo sonriente-. Un diario sobre mi experiencia en la Legión Extranjera.

Era de algún lugar de Pensilvania; Pittsburgh, creo. No sé si esa misma noche o al día siguiente, se convirtió en gracioso protagonista durante el castigo a los rusos.

Los rouge rusos (lo cual incluye a todos los eslavos que entendían el idioma), habían organizado una mafia en las duchas para permitir a sus hermanos eslavos más tiempo debajo del agua, limitando el de todos los demás. Un caporal chef que pasaba por allí se enteró del asunto y nos hicieron formar en el patio a las 9 de la fría noche, cuando ya nos habían mandado a las habitaciones. Formamos como pudimos, la mayoría con menos ropa de la apropiada. Mientras explicaba el motivo de la convocatoria, el caporal chef obligaba a hacer fondos a todos los rouge, culpables e inocentes. Los castigos en la Legión suelen ser comunes. Si la caga uno, la cagan todos.

Yo observaba profundamente emocionado todo aquello. Era la encarnación del segundo principio del código de honor del legionario: Chaque légionnaire est ton frère d’arme, quelle que soit sa nationalité, sa race, sa religion. Tu lui manifestes toujours la solidarité étroite qui doit unir les membres d’une même famille.

Mientras el caporal chef mandaba a correr a los agotados rouge, yo pensaba que éste era mi sitio y que no podría ser más feliz en ningún otro lugar del mundo.

El caporal chef dirigió su atención a los blue que estábamos formados contemplando el espectáculo. Entonces se fijó en el escritor de Pensilvania: en chancletas, el jabón en una mano, mientras con la otra sujetaba la toalla que le tapaba la cintura. El aviso de formación le había pillado en la ducha.

El caporal chef, divertido, le dio permiso para volver a la habitación.

-Merci, caporal chef! -voceó el escritor de Pensilvania, mientras los demás reíamos.

Poco más contacto tuve con él. Enseguida nos enviaron a lavar platos a Marsella. Allí, Denman me dijo que pensaba que lo habían mandado para casa. Al parecer, el afán de aventura y ver mundo no eran suficiente motivación para la Comisión. No puedo estar más en desacuerdo.

Quizá algún día encuentre un libro sobre la Legión Extranjera, escrito por alguien de Pensilvania. Y sonreiré recordando aquella fría noche en Aubagne.

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SÓLO TÚ LO HACES DIFÍCIL

Venencia.
De avenencia.
1. f. Utensilio formado por un pequeño recipiente cilíndrico en el extremo de una larga varilla, que se emplea para extraer pequeñas cantidades de vino de una cuba.

Desde el derrumbe del pasado verano, decidimos hacernos cargo del papel que tanto hemos defendido en estas páginas, dejándonos despeinar por los huracanes marinos al borde del acantilado.

Nos hemos dejado la media piel que nos quedaba en el intento, pero la cercanía del abismo nos ha permitido afinar la vista.

Condenando todo a una carrera contrarreloj, hemos descubierto las costumbres y tradiciones que queremos para nuestra existencia:

Ir a comer al Candela después de un partido de rugby.

Acariciar borrachos a la gata de la Venencia.

Comerle la oreja a Jaime. Y las mollejas.

Y, sobre todo, dejarse robar el aliento por el asma en tu cama. O el vermú cotidiano (cotidianidad de tres días) al lado del árbol, en nuestro Barrio. O el paseo a través de las décadas y las cataratas.

Todo ha sido verdad al abalanzarnos sobre la distancia. Descubrí la felicidad al amagar exilio.

Puta vida, siempre igual. Pero estas son tus normas, mi Dios, y las acepto y las acato.

Sólo te ruego que protejas a los míos. Que los hagas felices, buenos y bellos.

Y que me concedas la gracia del retorno.

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TAMBOR DE GUERRA 

Cómo me gustaría escribir hoy
algo verdadero.

Escribir un adiós
que sea sólo un hasta luego.

Una caricia
en forma de cuento.

Una sonrisa con rima
con tinta
con tiento.

Con manos ágiles de poeta
recias de guerrero.
Que consuelan, que irritan,
que aman, que matan,
que dan, que quitan.

Soñar que el mundo no me asusta
y vivo
en la muerte siendo.

Que me convierto en el hombre
que mi niño profetizaba:
aspirante a soldado
aprendiz de viejo
escritor de taberna
borracho de cielo.

Que cruzo el fuego
que lleno la nada.

Que invado el infierno
y regreso a casa.

UN ENTE DE FICCIÓN

“-Ha elegido -dijo- el mejor sitio para contemplar el golfo. Arriba, desde la cima de Notre Dame de la Garde, que sirve como punto de referencia a los barcos sobre el mar, puede sin duda abarcar un panorama más extenso, pero los detalles pierden definición. En mis viajes he visitado muchos puertos bellos, pero sigo pensando que éste no se queda a la zaga. Esa sierra que abraza la bahía como el borde curvo de una concha es una estribación de los Alpes Marítimos; y la fortificación blanca sobre la isla de enfrente se llama el Château d’If. ¿Le suena el nombre tal vez?

Al decirle que lo conocía por El Conde de Montecristo, mi respuesta pareció alegrarle.

-Ah, un homme de lettres; me lo imaginaba. Por favor, ¡permítame ver sus manos! -Y sin previo aviso agarró mi mano derecha y examinó la palma con gran atención. Entonces prosiguió-: Naturalmente el Conde de Montecristo es un ente de ficción. De todos modos, en el castillo de enfrente le enseñarán incluso el pasadizo subterráneo que excavó el abate Farina. Por cierto, un poco más al fondo aún verá otra isla literaria; le llaman Fort Ratonneau.

También aquí capté la alusión, y mi apunte pareció agradar de nuevo al desconocido.

-Veo que es usted una persona bien instruida; sin duda, aún no se ha dedicado a labores que encallezcan las manos. Si le apetece, me gustaría invitarle a tomar té; vivo a pocos pasos de aquí.”

Juegos africanos, de Ernst Jünger; Tusquets, 2004; pgs. 87-88.

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Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

non mea voluntas

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester