El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: CORMAC McCARTHY

FRONTERAS

“Siguieron cabalgando. Cabalgaban como hombres investidos de un propósito cuyos orígenes eran anteriores a ellos, como legatarios de sangre de un orden a la vez imperativo y remoto. Pues, aunque cada uno de esos hombres era distinto a cualquier otro, unidos eran algo que nunca había existido y en esa alma comunitaria había yermos casi tan inimaginables como las regiones en blanco de los viejos mapas donde los monstruos están y donde nada hay del mundo conocido salvo vientos conjeturales.”

Blood Meridian or the Evening Redness in the West, de Cormac McCarthy; Vintage International, 2010; pg. 158 [traducción propia].

POR LA CARRETERA

“Hay más, de los buenos. Tú lo dijiste.
Sí.
¿Y dónde están?
Escondidos.
¿De qué se esconden?
Unos de otros.
¿Son muchos?
No lo sabemos.
Pero algunos hay.
Sí. Algunos.
¿Es verdad eso?
Sí. Es verdad.
Pero podría no serlo.
Yo creo que lo es.
Vale.
No me crees.
Sí te creo.
Vale.
Yo siempre te creo.
Me parece que no.
Claro que sí. Tengo que creerte.”

La carretera, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2008; pgs. 137-138.

 

EL SECRETO DE LA BELLEZA DEL MUNDO

“En la última hora de luz suficiente para ver las miras de hierro del rifle entraron cinco ciervos en la bajada, levantaron las orejas, se quedaron quietos y luego se inclinaron para pacer.

Eligió la hembra más pequeña y disparó. El caballo de Blevins se encabritó con un relincho donde le había atado y los ciervos de la bajada se alejaron a saltos y desaparecieron en el crepúsculo. La pequeña hembra quedó coceando en el suelo.

Cuando llegó hasta ella, yacía en su sangre sobre la hierba. Él se arrodilló con el rifle y le puso la mano en el cuello y el animal le miró con ojos cálidos y húmedos en los que no había ningún temor y entonces murió. Se quedó contemplándolo largo rato. Pensó en el capitán y se preguntó si estaría vivo y pensó en Blevins. Pensó en Alejandra y recordó la primera vez que la vio pasar por el camino de la ciénaga al atardecer, con el caballo todavía húmedo porque lo había metido en el lago, y recordó los pájaros y el ganado en la hierba y los caballos en la mesa. El cielo estaba oscuro y un viento frío soplaba por la bajada y a la luz mortecina un matiz frío y azul había convertido los ojos del ciervo en una cosa más de las muchas que le rodeaban en aquel paisaje oscurecido. Hierba y sangre. Sangre y piedra. Piedra y los oscuros medallones que imprimieron sobre ellas las primeras gotas planas de lluvia. Recordó a Alejandra y la tristeza que había visto por primera vez en la curva de sus hombros y que había creído comprender y de la que no sabía nada, y experimentó una soledad que no había conocido desde que era niño y se sintió totalmente ajeno al mundo, aunque todavía lo amaba. Pensó que en la belleza del mundo se escondía un secreto. Pensó que el corazón del mundo latía a un coste terrible y que el dolor del mundo y su belleza se movían en una relación de equidad divergente y que en este temerario déficit podría exigirse en última instancia la sangre de multitudes por la visión de una única flor.”

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy; Debolsillo, 2009; pgs. 313-314.

'Helga', de Andrew Wyeth.

‘Helga’, de Andrew Wyeth.

NO ES PAÍS PARA VIEJOS

“Hace tiempo leí en un periódico de aquí que unos maestros encontraron de casualidad una encuesta que enviaron en los años treinta a varias escuelas del país. Incluía un cuestionario sobre cuáles eran los problemas de la enseñanza en las escuelas. Y encontraron unos formularios que habían enviado desde varios puntos del país respondiendo a estas preguntas. Y los mayores problemas mencionados eran cosas como hablar en clase y correr por los pasillos. Mascar chicle. Copiar los deberes. Cosas por el estilo. Cogieron uno de los impresos que estaba en blanco, hicieron fotocopias y los volvieron a enviar a las mismas escuelas. Cuarenta años después. Y he aquí las respuestas. Violación, incendio premeditado, asesinato. Drogas. Suicidio. Me puse a pensar en eso. Porque la mayoría de las veces cuando digo que el mundo se está yendo al infierno la gente simplemente sonríe y me dice que me estoy haciendo viejo. Que ese es uno de los síntomas. Pero lo que yo creo es que cualquiera que no vea la diferencia entre violar y asesinar gente y mascar chicle tiene un problema mucho mayor que el que tengo yo. Y cuarenta años tampoco es tanto. Tal vez los próximos cuarenta sacarán a la luz algún problema más. Si no es demasiado tarde.

Hace un par de años Loretta y yo fuimos a una conferencia en Corpus Christi y a mí me tocó sentarme al lado de una mujer, era la esposa de no sé quién. Y no paró de hablar, que si la derecha esto que si la derecha lo otro. No estoy seguro ni de lo que quería decir con eso. La gente que yo conozco es básicamente gente corriente. Gente vulgar, si queréis. Así se lo dije a la mujer y ella me miró con cara rara. Pensó que estaba diciendo algo malo de ellos, pero por supuesto donde yo vivo decir gente corriente es un cumplido. Y ella venga a hablar. Al final me dijo, dijo: No me gusta adónde va este país. Yo quiero que mi nieta pueda abortar. Y yo le dije, mire, señora, no creo que a usted le preocupe en realidad adónde va este país. Tal como yo lo veo no me cabe ninguna duda de que su nieta podrá abortar. Es más, creo que además de abortar también podrá hacer que le practiquen a usted la eutanasia. Lo cual puso fin a la conversación.”

No es país para viejos, de Cormac McCarthy; DeBolsillo, 2008; pgs. 155-156.

"A la deriva", de Andrew Wyeth (1982)

“A la deriva”, de Andrew Wyeth (1982)

CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (III)

El sol del amanacer descubrió a Jorge trabajando en sus cultivos. Poseía una finca de tres hectáreas que había comprado al descendiente de un antiguo habitante del pueblo. Fue necesario contactar con dicho descendiente, en una ciudad bastante lejana, para llevar a buen fin el negocio; el hombre había olvidado que tenía en propiedad aquella tierra, así que la oferta de Jorge le cayó como una agradable e inesperada sorpresa. La alegría provocada por su buena suerte hizo que el descendiente se conformase rápidamente a la oferta inicial, así que Jorge consiguió la finca a buen precio.

Mientras examinaba el bancal que acababa de preparar, Jorge pensó en las vueltas que había dado su corta vida hasta su actual estado de agricultor.

Recordó su precoz pasión por la lectura, animada en un principio por sus padres, propietarios de una extensa y bien elegida biblioteca; aunque no tardaron en ver tal afición un tanto excesiva para un niño de su edad; pues era frecuentemente encontrado sentado en el suelo, rodeado de libros abiertos por diversas páginas, y casi nunca entre juguetes o en compañía de otros niños.

Su padre era un próspero ingeniero industrial, que acrecentó su fortuna personal con algunas inversiones bien meditadas, entre las cuales no fue la menos exitosa casarse con la hija de una de las familias más poderosas del espectro conservador del país. Y, aunque no estaba entre sus planes, el hombre se sorprendió a sí mismo perdidamente enamorado de su mujer, católica educada en las mejores instituciones extranjeras que el dinero podía pagar. La pasión que su marido demostraba por ella derritió el estricto sentido del deber con el que la joven había emprendido el camino del matrimonio, recibiendo a manos llenas, sin haberlo sospechado, el don de la felicidad. Los hijos no tardaron en llegar: Jorge era el menor de cinco hermanos, todos hombres, salvo la primogénita.

Todos los profesores que fue conociendo Jorge se entusiasmaban con sus extraordinarias cualidades, al tiempo que se hallaban profundamente preocupados por las dificultades que les suponía dirigir y controlar las lecturas del joven, siempre demasiado libres para los gustos del entorno en el que había nacido. De hecho, las lecturas peligrosas le convirtieron en un polemista formidable, y sus padres asistieron con creciente preocupación al continuo campo de batalla en que se convertían las comidas familiares o las cenas con invitados, en las que Jorge solía sentir la necesidad de corregir cualquier opinión que él consideraba errónea o cualquier prejuicio que él creía estúpido.

La religiosidad meramente sociológica en la que fue criado apenas pudo soportar los terribles embates que las lecturas de Jorge le infligían, pero siguió asistiendo a los oficios por amor a su madre. Sin embargo, cada vez se sentía más alejado de aquella doctrina que él percibía dulzona y sentimentaloide, tan ajena, desde su punto de vista, a los auténticos problemas y realidades que la existencia le planteaba. Prefería la fe agónica de Unamuno a cualquier homilía que pudiera escuchar.

Así las cosas, Jorge decidió estudiar filosofía. Sus padres no se sorprendieron demasiado y, aunque sabían que aquella carrera no le haría rico, sabían que podría obtener con facilidad un buen puesto de profesor, en cualquiera de los múltiples colegios o universidades hasta donde llegaban sus contactos e influencias.

El primer disgusto serio, recordó Jorge, se produjo cuando decidió estudiar en la universidad pública. Quería hacerlo para alejarse del ambiente en el que había crecido y conocer lo que para él era el mundo real: ese mundo al que pertenecía la mayoría de la población, de posibilidades económicas limitadas, obligada a labrarse un futuro a base de su propio talento y esfuerzo personal. Su padre torció el gesto al conocer la noticia y su madre trató de cambiar tal decisión con todas las tácticas y chantajes emocionales de que fue capaz, incluidas gran cantidad de lágrimas y caras tristes y amargadas. No hubo manera.

Así Jorge pudo asistir a clases y tertulias en las que se estudiaba, leía y discutía a Marx, Nietzsche y Freud; se empapó de Ilustración, de Romanticismo, de Idealismo; de Existencialismo y Materialismo; de modernidad y de postmodernidad. Los dogmas de su moribunda religiosidad fueron conceptualizados a través de Kant y Hegel. Su pensamiento político se aparejó con las reflexiones de buena parte de los teóricos y prácticos revolucionarios de los dos últimos siglos.

Las nuevas amistades y relaciones le pusieron al tanto del hedonismo desatado de la época; pero, a pesar de sus cantos de sirena, Jorge nunca sintió la necesidad de acompañar a sus colegas en sus aventuras. A pesar de todas las provocaciones y voluptuosidades que soportaba, su corazón seguía soñando, en el fondo, con amores eternos y puros. Aunque pudo sentirse atraído por más de una compañera de estudios, ninguna de tales atracciones le supuso un trance demasiado peligroso a la hora de mantener una castidad que tampoco se había propuesto salvaguardar. Simplemente, ocurrió así.

Y es que nada le excitaba tanto como un razonamiento riguroso; pero, simultáneamente, leer a Dostoyevski o Tolstoi le proporcionaba una armadura contra todos los decadentismos que medraban a su alrededor. Su capacidad crítica respecto de la contemporaneidad se agudizó, gracias a autores como Houellebecq o Cormac McCarthy, lo que le impidió convertirse en un mero intelectual transgresor.

Su retorno a la fe en la que se había criado se produjo a través del giro intelectual de uno de los profesores por los que más veneración y respeto sentía. Este hombre, famoso entre sus alumnos por su rigor filosófico y su marxismo revolucionario, había empezado a leer a Chesterton, lo que le había llevado a romper con su pasado y hacer extraordinarias apologías públicas del catolicismo, para pasmo general y no poca chanza por parte de casi todos sus antiguos seguidores y camaradas.

Jorge recordó que él mismo ya se había ido distanciando de aquel ambiente universitario, que tanto le había entusiasmado en un principio; y seguir la senda marcada por su profesor le proporcionó la oportunidad de abrirse a nuevas lecturas; las cuales le descubrieron un catolicismo tan distinto de aquél en que había sido formado, que llegó a pensar que se trataba de una religión distinta. El estudio le hizo concluir que, realmente, la excepción era el catolicismo de las últimas décadas, y no ése que le ofrecían autores como el propio Chesterton, Hilaire Belloc, Léon Bloy y otros. De éstos pasó a los Doctores y Padres de la Iglesia, sus auténticas fuentes, que ocuparon sus últimos momentos en la carrera.

Su madre contempló con inmensa alegría cómo su hijo volvía a ir con ella a misa. Pero el entusiasmo inicial pasó a convertirse en un nuevo motivo de preocupación, porque las discusiones en las reuniones familiares no disminuían, sino que tomaban derroteros inesperados. Ya no era criticada la Iglesia, ni la religión, sino la Iglesia actual y su -como recordaba Jorge expresarlo para escándalo de todos los que le escuchaban- desvío y olvido de los auténticos paradigmas de la Tradición católica.

Sus padres no tenían herramientas para analizar las claves de aquella actitud; les bastaba con percibir la incomodidad de las visitas, todas ellas con una posición envidiable en el catolicismo institucionalizado. Para alcanzar una explicación, su madre trató el tema con sus familiares religiosos, quienes, en opinión de Jorge, le proporcionaron una visión ridícula del asunto, muy propia de las posturas que él tanto criticaba: según ellos, su hijo era algo peor que un librepensador marxista, su hijo era un católico tradicionalista.

-No falta mucho para que su hijo empiece a ir a misa en latín… -le dijo un sacerdote amigo de la familia, tras una cena especialmente tensa.

Pero, aunque el tema litúrgico también era de su interés, Jorge estaba centrado en el estudio del distributismo, propuesta de orden político y económico que habían desarrollado Chesterton y sus amigos en las primeras décadas del siglo pasado. Decidió dedicar su trabajo fin de máster al análisis de los fundamentos teóricos de aquel movimiento. Y mientras estudiaba, una idea fue creciendo en su interior.

Terminado el máster, mientras preparaba los papeles para matricularse como doctorando, Jorge empezó a investigar sobre distributistas actuales. Descubrió que había muy pocos; es decir, había mucha gente entusiasmada con Chesterton y sus ideas, pero había muy poca dispuesta a poner en práctica esas ideas que, supuestamente, tanto les entusiasmaban.

Se puso en contacto a través de internet con Kevin Ford, joven católico estadounidense que había dejado su trabajo como profesor de instituto para montar una granja. Viajó hasta Kansas para conocerle. Viajó a Norcia, para visitar a los jóvenes monjes que acababan de iniciar un negocio de fabricación de cerveza. Siempre que tenía noticia de un nuevo proyecto mínimamente inspirado en las ideas chestertonianas, Jorge cogía un avión para conocerlo in situ.

En medio de uno de estos viajes, le llegó la noticia de la muerte de su padre. Sumido en una profunda tristeza, Jorge olvidó durante unas semanas sus sueños y proyectos, mientras ofrecía compañía a su desolada madre, absolutamente destrozada por la pérdida de su marido.

Pero Jorge se encontró de repente en una situación inesperada: era heredero de una inmensa cantidad de dinero. Y la tristeza dio paso a un atronador regreso de los sueños y proyectos, súbitamente posibilitados por la herencia que le había dejado su padre.

Realizó un nuevo viaje, esta vez a un lugar de la costa, hogar de una tía suya, casada con un almirante que estaba destinado en una base naval cercana; allí había pasado largas vacaciones de verano durante su infancia y adolescencia,. Tenía un gratísimo recuerdo de aquellas estancias y de la belleza del lugar, no excesivamente manoseado por la industria moderna. Exploró la zona y se interesó por las fincas en venta. Fue así como acabó encontrando las tres hectáreas en las que ahora mismo vivía.

Cuando no quedó más remedio, porque llegaba el momento de mudarse, Jorge comunicó la noticia a su madre y hermanos. Aunque habían pasado ya unos meses desde la muerte de su padre, todos le echaron en cara lo inadecuado del momento. Su madre, rebosando tristeza y enfado, no quiso despedirse de él.

Y Jorge abandonó su antigua casa, para ir a vivir cerca de los acantilados.

Kevin

EL ENEMIGO

“…me preguntaron si yo creía en Satanás. Y yo dije Hombre, es que no se trata de eso. Y dijeron Ya, pero ¿crees o no? Tuve que pensarlo. Creo que de chico sí creía. Hacia la mitad de mi vida esas creencias se habían diluido un poco. Ahora vuelvo a inclinarme del otro lado. Satanás explica muchas cosas que de lo contrario no tienen ninguna explicación. O no la tienen para mí al menos.”

No es país para viejos, de Cormac McCarthy; DeBolsillo, 2008; pg. 172.

 

“El juez sonrió. Habló en voz queda hacia el cubículo en penumbra. Te enrolaste, dijo, para un trabajo. Pero fuiste tu propio testigo de cargo. En tus propios actos estaba tu sentencia. Antepusiste tus opiniones a los juicios de la historia y rompiste con el grupo del que habías jurado formar parte y de este modo envenenaste todo el proyecto. Óyeme bien. En el desierto hablé para ti y solo para ti y tú hiciste oídos sordos. Si la guerra no es santa el hombre no es más que barro viejo. Incluso el cretino obró de buena fe dentro de sus limitaciones. Pues a ningún hombre se le exigía más de lo que tenía y lo que uno aportaba no se comparaba con la aportación del otro. Pero a todos se les pidió que vaciaran su corazón en el corazón colectivo y solo uno no quiso hacerlo. ¿Puedes decirme quién fue?

Tú, susurró el chaval. Tú fuiste ese uno.

El juez le observó desde los barrotes, meneó la cabeza. Lo que une a los hombres, dijo, no es compartir el pan sino los enemigos. Pero si yo hubiera sido tu enemigo, ¿con quién me habrías compartido? Dime. ¿Con el cura? ¿Dónde anda el cura? Mírame. Nuestra animadversión existía ya antes de que tú y yo nos conociéramos. Pero aun así podrías haberlo cambiado todo.

Tú, dijo el chaval. Fuiste tú.

[…]

Y bailaron, las tablas del suelo vapuleadas por las botas de montar y los violinistas sonriendo horriblemente sobre sus instrumentos decantados. Dominándolos a todos está el juez y el juez baila desnudo con sus pequeños pies vivaces y raudos y ahora dobla el tiempo, dedicando venias a las damas, titánico y pálido y pelado, como un infante enorme. Él no duerme nunca, dice. Dice que nunca morirá. Saluda a los violinistas y luego recula y echa atrás la cabeza y ríe desde lo hondo de su garganta y es el favorito de todos, el juez. Agita su sombrero y el domo lunar de su cráneo luce pálido bajo las lámparas y luego gira y gira y se apodera de uno de los violines y hace una pirueta y luego un paso, dos pasos, bailando y tocando. Sus pies son ágiles y ligeros. Él nunca duerme. Dice que no morirá nunca. Baila a la luz y a la sombra y es el favorito de todos. No duerme nunca, el juez. Está bailando, bailando. Dice que nunca morirá.”

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pgs. 317, 320, 345.

"Satan in his Original Glory", de William Blake (1805)

“Satan in his Original Glory”, de William Blake (1805)

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