El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: CORMAC McCARTHY

SI ÉL NO ES LA PALABRA DE DIOS

“Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Solo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.

Cuando volvió el chico seguía durmiendo. Retiró la lona de plástico azul que lo cubría y la dobló y la llevó al carrito de supermercado y la metió dentro y regresó con los platos y unos copos de avena en su bolsa de plástico y una botella de plástico de sirope. Extendió en el suelo la pequeña lona que les servía de mesa y colocó las cosas y se sacó la pistola del cinturón y la dejó sobre el mantel y luego se quedó mirando cómo dormía el chico. Se había quitado la mascarilla por la noche y estaba sepultada bajo las mantas. Observó al chico y miró entre los árboles hacia la carretera. Ese lugar no era seguro. Ahora que era de día podían verlos desde la carretera. El chico se movió. Luego abrió los ojos. Hola, papá, dijo.
Aquí estoy.
Ya lo sé.”

La carretera, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pg. 10.

EL ALIENTO DE DIOS

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“¿Y mi papá?
No se puede hacer nada más.
Creo que me gustaría decirle adiós.
¿Estarás bien?
Sí.
Adelante. Te espero aquí.
Volvió al bosque y se arrodilló al lado de su padre. Estaba envuelto en una manta como el hombre le había prometido y el chico no lo destapó sino que se sentó a su lado y ahora estaba llorando pero no podía parar. Lloró mucho rato. Te hablaré todos los días, susurró. Y no me olvidaré. Pase lo que pase. Luego se levantó y dio media vuelta y regresó a la carretera.

La mujer al verle lo rodeó con sus brazos y lo estrechó. Oh, dijo, me alegro tanto de verte. A veces le hablaba de Dios. Él intentó hablar con Dios pero lo mejor era hablar con su padre y eso fue lo que hizo y no se le olvidó. La mujer dijo que eso estaba bien. Dijo que el aliento de Dios era también el de él aunque pasara de hombre a hombre por los siglos de los siglos.

Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.”

La carretera, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pgs. 209-210.

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LA VENENOSA FICCIÓN DE CORMAC McCARTHY

[De la entrevista realizada por Richard B. Woodward, publicada el 19 de abril de 1992 en The New York Times; traducción propia]

[…] La novela depende para su vida de las novelas ya escritas. Su lista de los que él llama buenos escritores — Melville, Dostoyevski, Faulkner — excluye a cualquiera que no trate cuestiones de vida y muerte. Proust y Henry James no pasan el corte. No los entiendo, dice. Para mí, eso no es literatura. Hay un montón de escritores que me resulta extraño que sean considerados buenos.

[…] No existe la vida sin derramamiento de sangre, dice McCarthy filosóficamente. Creo que la idea de que la especie puede ser mejorada de alguna forma, de que todo el mundo podría vivir en armonía, es una idea realmente peligrosa. Los que creen tal cosa son los primeros en rendir sus almas, su libertad. Tu deseo de que las cosas sean así acabará haciendo de ti un esclavo y vaciando tu vida.

Obra de Andrew Wyeth

Obra de Andrew Wyeth

CORNELIUS

“En mis tiempos vi cosas muy extrañas. Una vez vi pasar un ciclón por aquí que fue río abajo hasta dejarlo tan seco que se veía el barro y las piedras del fondo y los peces. Levantó casas enteras y las volvió a dejar en sitios donde sus familias no tenían ninguna intención de vivir. Cartas enviadas a Knoxville acabaron en las calles de Ringgold, Georgia. He visto todo lo que quería ver y sé todo lo que quería saber. Ahora solo espero la muerte.
A ver si le va a oír alguien desde las alturas, dijo Suttree.
Ojalá, dijo el trapero.
Miró con la dureza de sus ojos bordeados de rojo la ciudad que empezaba a sumirse en el crepúsculo. Como si la muerte pudiera ocultarse en aquel barrio.
Nadie quiere morirse.
Mierda, dijo el trapero. Pues yo ya estoy harto de vivir.
¿Daría usted todo cuanto tiene?
El trapero le miró con recelo, pero no sonrió.
No faltará mucho, dijo. Los días de un anciano son horas.
¿Y qué pasa después?
¿Cuándo?
Cuando uno se muere.
No pasa nada. Te mueres y ya está.
Una vez me dijo que creía en Dios.
El viejo hizo un gesto vago con la mano.
Quizá, dijo. No tengo motivos para pensar que él crea en mí. Me gustaría verlo un ratito si pudiera, eso sí.
¿Qué le diría?
Pues me parece que le diría sencillamente: Espera. Espera un poco antes de cantarme las cuarenta. Antes de que digas nada, a mí me gustaría saber una cosa. Y él me dirá: ¿Cuál? Y entonces le preguntaré: ¿Se puede saber por qué me metiste en esa mierda de vida ahí en la tierra? No he conseguido entender nada de nada.
Suttree sonrió.
¿Qué cree que le dirá él?
El trapero escupió y se secó la boca.
No creo que pueda responder nada, dijo. No creo que haya una respuesta.”

Suttree, de Cormac McCarthy; DeBolsillo, 2007; pg. 313.

HARROGATE

“Menuda colección, dijo el doctor.
Hay cuarenta y dos.
Sí. Ninguno con rabia. Sentíamos curiosidad. No hemos visto que presenten marcas de ninguna clase.
Harrogate sonrió complacido.
Yo me figuraba que quizá creerían que los habían matado a tiros. Puesto que había tantos, quiero decir.
Sí. Hemos examinado uno.
Ajá.
Estricnina.
La cara de Harrogate hizo un gracioso tic.
¿Qué?, dijo.
¿Cómo lo hizo?
¿Yo, el qué?
¿Cómo lo hizo? Envenenar a cuarenta y dos murciélagos. Únicamente se alimentan en vuelo.
Y a mí qué me cuenta. Estaban muertos. Oiga, les traje uno antes y nadie me dio instrucciones de nada. No se me dijo que hubiera un límite sobre la cantidad.
Señor Harrogate, el ayuntamiento ofrece una recompensa por todo murciélago muerto encontrado en las calles de la ciudad. La situación podría devenir crítica debido a la rabia. Ese es el propósito de la recompensa. No hemos autorizado la matanza de murciélagos al por mayor.
¿Me darán el dinero o no?
No.
Mierda.
Lo siento.
Ya.
Quisiera saber cómo hizo para envenenarlos.
Harrogate se sorbió un diente negro.
¿Qué me dará?, dijo.
El doctor se incorporó en su silla y le estudió detenidamente una vez más.
Bien, dijo, viéndolas venir, ¿cuánto quiere?
Dos dólares.
Es demasiado. Le doy un dólar.
Que sea un dólar y veinticinco centavos.
De acuerdo.
Incluyendo la cena y el helado.
Bien.
Lo hice con una especie de tirachinas.
¿Un tirachinas?
Se lo juro.
El doctor miró al techo.
Ah, ya entiendo, dijo. Entonces, ¿envenenó trocitos de carne y los fue disparando al aire?
Sí. Esos cabrones no dejaban de caer.
Muy ingenioso. Realmente ingenioso.
Soy muy apañado, ¿sabe?
Lástima que sus esfuerzos no hayan servido de nada.
Puede que para usted un dólar con veinticinco no sea nada, pero para mí sí.”

Suttree, de Cormac McCarthy; DeBolsillo, 2007; pgs. 266-267.

Retrato del bufón Juan Calabazas (atribuido a Diego Velázquez)

Retrato del bufón Juan Calabazas (atribuido a Diego Velázquez)

PAISAJE MATRIZ

Tras la breve introducción protagonizada por el olmo duro de cortar, Cormac McCarthy empieza así el primer capítulo de su primera novela:

Desde hacía un rato la carretera estaba desierta, blanca y abrasadora aún, pero el sol teñía ya de rojo el cielo de poniente.

Semilla en la que ya se podía adivinar la presencia del árbol completo. Me impresiona ver el núcleo de todos sus temas e imágenes contenidos en una única frase. El huevo cósmico de una literatura centrada en el Éxodo y la Frontera.

De la misma manera, creo que todo lo que yo pueda llegar a escribir algún día se reduce a darle vueltas a una sola imagen: la de un hombre que fuma en silencio sobre un acantilado, con la mirada perdida en el horizonte del atardecer.

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EL ESTALLIDO DE LA BURBUJA DE JABÓN (PREPARACIÓN ESPIRITUAL PARA LO POR VENIR)

“Se distinguían ya entre el polvo, pintados en el manto de los ponis, galones y manos y soles nacientes y pájaros y peces de todas clases como una obra vieja descubierta bajo el apresto de un lienzo y ahora se podía oír también sobre el retumbo de los cascos sin herrar el sonido de las quenas, esas flautas hechas con huesos humanos, y en la compañía algunos habían empezado a recular en sus monturas y otros a girar desorientados cuando del lado izquierdo de los ponis surgió una horda de lanceros y arqueros a caballo cuyos escudos adornados con añicos de espejos arrojaban a los ojos de sus enemigos un millar de pequeños soles enteros. Una legión de horribles, cientos de ellos, medio desnudos o ataviados con trajes áticos o bíblicos o de un vestuario de pesadilla, con pieles de animales y con sedas y trozos de uniforme que aún tenían rastros de la sangre de sus anteriores dueños, capas de dragones asesinados, casacas del cuerpo de caballería con galones y alamares, uno con sombrero de copa y uno con un paraguas y uno más con medias blancas y un velo de novia sucio de sangre y varios con tocados de plumas de grulla o cascos de cuero en verde que lucían cornamentas de toro o de búfalo y uno con una levita puesta del revés y aparte de eso desnudo y uno con armadura de conquistador español, muy mellados el peto y las hombreras por antiguos golpes de maza o sable hechos en otro país por hombres cuyos huesos eran ya puro polvo, y muchos con sus trenzas empalmadas con pelo de otras bestias y arrastrando por el suelo y las orejas y colas de sus caballos adornadas con pedazos de tela de vistosos colores y uno que montaba un caballo con la cabeza pintada totalmente de escarlata y todos los jinetes grotescos y chillones con la cara embadurnada como un grupo de payasos a caballo, cómicos y letales, aullando en una lengua bárbara y lanzándose sobre ellos como una horda venida de un infierno más terrible aún que la tierra de azufre de cristiana creencia, dando alaridos y envueltos en humo como esos seres vaporosos de las regiones incognoscibles donde el ojo se extravía y el labio vibra y babea.

Oh Dios, dijo el sargento.

Un susurro de flechas atravesó la compañía y varios hombres se tambalearon y cayeron de sus monturas. Los caballos se encabritaban y corcoveaban y las hordas mongoles corrieron paralelas a sus flancos y giraron y arremetieron en pleno sobre ellos lanzas en ristre.

La columna se había detenido y los primeros disparos empezaron a sonar. El humo gris de los rifles se confundía con el polvo que levantaban los lanceros al hacer brecha en sus filas. El chaval notó que su caballo se desinflaba bajo sus piernas con un suspiro neumático. Había disparado ya su rifle y estaba sentado en el suelo trajinando con la cartuchera. Cerca de él un hombre tenía una flecha clavada en el cuello y estaba ligeramente encorvado como si rezara. El chaval habría tratado de estirar la punta de hierro ensangrentada pero entonces vio que el hombre tenía otra flecha clavada hasta las plumas en el pecho y estaba muerto. Por todas partes había caballos caídos y hombres gateando y vio a uno que estaba sentado cargando su rifle mientras la sangre le chorreaba de las orejas y vio hombres de rodillas bascular hacia el suelo para trabarse con su propia sombra y vio cómo a algunos los alanceaban y los agarraban del pelo y les cortaban la cabellera allí mismo y vio caballos de guerra pisoteando a los caídos y un pequeño poni cariblanco con un ojo empañado surgió de las tinieblas y le mordió como un perro y desapareció. De los heridos los había que parecían privados de entendimiento y los había que estaban pálidos bajo la máscara de polvo y otros se habían ensuciado encima o se habían desplomado sobre las lanzas de los salvajes, que ahora atacaban en un frenético friso de caballos con sus ojos estrábicos y sus dientes limados y jinetes desnudos con manojos de flechas apretados entre las mandíbulas y escudos que destellaban en el polvo y volviendo por el flanco contrario de la maltratada tropa en medio de un concierto de quenas y deslizándose lateralmente de sus monturas con un talón colgado del sobrecuello y sus arcos cortos tensados bajo el pescuezo tenso de los ponis hasta haber rodeado a la compañía y dividido en dos sus filas e incorporándose de nuevo como figuras en un cuarto de los espejos, unos con rostros de pesadilla pintados en sus pechos, abatiéndose sobre los desmontados sajones y alanceándolos y aporreándolos y saltando de sus ponis cuchillo en mano y corriendo de un lado a otro con su peculiar trote estevado como criaturas impulsadas a adoptar formas impropias de locomoción y despojando a los muertos de su ropa y agarrándolos del pelo y pasando sus cuchillos por el cuero cabelludo de vivos y muertos por igual y enarbolando la pelambre sanguinolenta y dando tajos y más tajos a los cuerpos desnudos, arrancando extremidades, cabezas, destripando aquellos raros cuerpos blancos y sosteniendo en alto grandes puñados de vísceras, genitales, algunos de los salvajes tan absolutamente cubiertos de cuajarones que parecían haberse revolcado como perros y algunos que hacían presa de los moribundos y los sodomizaban entre gritos a sus compañeros. Y ahora los caballos de los muertos venían trotando de entre el humo y el polvo y empezaban a girar en círculo con estribos sueltos y crines al aire y ojos ensortijados por el miedo como los ojos de los ciegos y unos venían erizados de flechas y otros traspasados por una lanza y se tropezaban y vomitaban sangre mientras cruzaban el escenario de la matanza y se perdían otra vez de vista. El polvo restañaba los pelados cráneos húmedos de los escalpados, quienes con el reborde de pelo por debajo de la herida y tonsurados hasta el hueso yacían como monjes desnudos y mutilados sobre el polvo ahogado en sangre y por todas partes gemían y farfullaban los moribundos y gritaban los caballos heridos en tierra.”

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pgs. 61-63.

'Casita de dulces II', de Guillermo Lorca (2011)

‘Casita de dulces II’, de Guillermo Lorca (2011)

LEER, CAMINAR

La silenciosa comunicación de los lectores. El árbol en el que te convierte cada lectura, que te hace desear estirarte en nuevas ramas que alcancen esos libros que el otro ha leído, y tú no.

Leer a alguien y querer conocerlo. Creo que no hay mejor prueba para la calidad literaria. “¿De dónde ha salido esto? ¿Cómo es posible? ¿Estaré bien a su lado, como estoy bien cuando le leo? ¿Morirá la soledad seca junto a él, como muere cuando me habla con palabras de papel?” Con el terrible riesgo tan bien expresado por aquel personaje de McCarthy en Blood Meridian:

There is no such joy in the tavern as upon the road thereto…

Que se puede completar con esa formidable frase de Santa Catalina de Siena:

El camino al cielo ya es el cielo.

The road, el camino. El Éxodo. La insidiosa sospecha de que la Tierra Prometida es más el caminar hacia ella que ella misma.

Y esa profunda y triste verdad sartreana, que tantas veces se cumple. El infierno son los otros.

Pues también el caminar juntos puede ser desesperante. Ver cómo los compañeros se dedican a adorar becerros de oro.

En cualquier caso, caminar con la esperanza de que se va hacia algún sitio, aunque no se tenga claro hacia dónde. Que no da todo lo mismo.

Pocos han estado conmigo en mis acantilados. Ésos que son referente real de la metáfora. Él sí. Lo recordó en un texto que, siempre que lo leo, me hace llorar de la risa. Siempre me ha gustado caminar a su lado. Lo echo de menos. Le echo de menos.

Hoy he pensado que me gustaría entrevistar a algunos de los escritores que leo. Colgar aquí las entrevistas. Míguel haría las fotos. Es un fotógrafo maravilloso.

Porque es buena persona.

Te haría reír en medio del más árido de los desiertos.

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LORETTA

En la historia siempre han existido seres humanos así. Seres humanos que trabajaron toda su vida, y que trabajaron mucho, sólo por amor y entrega; que dieron literalmente su vida a los demás con un espíritu de amor y de entrega; que sin embargo no lo consideraban un sacrificio; que en realidad no concebían otro modo de vida más que el de dar su vida a los demás con un espíritu de entrega y de amor. En la práctica, estos seres humanos casi siempre han sido mujeres.

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq; Anagrama, 1999; pg. 92.

“A veces me despierto de noche y sé como que existe la muerte que no hay nada que pueda detener este tren como no sea el segundo advenimiento de Cristo. No sé qué sentido tiene que me quede en vela pensando estas cosas. Pero lo hago.

No creo que este trabajo se pudiera hacer sin una esposa. Una esposa bonita y poco común, eso sí. Cocinera y carcelera y no sé cuántas cosas más. Esos chicos no saben la suerte que tienen. Bueno, quizá sí. Siempre supe que ella no corría peligro. Tienen productos frescos del huerto durante gran parte del año. Buen pan de maíz. Alubias. Es sabido que ella les prepara hamburguesas y patatas fritas. Algunos de ellos han vuelto al cabo de los años y estaban casados y les iba bien. Trajeron a sus mujeres. Incluso a sus hijos. No vinieron a verme a mí. Los he visto presentar a sus esposas o a sus novias y luego echarse a llorar. Hombres hechos y derechos. Que habían cometido delitos importantes. Ella sabía lo que se hacía. Siempre lo ha sabido. Así que cada mes nos pasamos de presupuesto con la cárcel, pero ¿qué se le va a hacer? No se le va a hacer nada. Eso es lo que se le va a hacer.”

No es país para viejos, de Cormac McCarthy; DeBolsillo, 2008; pg. 128.

'Nacimiento de la Virgen María', de Bartolomé Esteban Murillo (alrededor de 1660)

‘Nacimiento de la Virgen María’, de Bartolomé Esteban Murillo (alrededor de 1660)

EL FUEGO

Nosotros nunca nos comeríamos a nadie, ¿verdad?
No. Claro que no.
[…] Pase lo que pase.
Pase lo que pase.
Porque nosotros somos de los buenos.
Sí.
Y llevamos el fuego.
Y llevamos el fuego. Así es.
Vale.

La carretera, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pg. 98.

 

Doña Alejandra me ha dado a conocer al patrón de los Taberneros.

Pero antes de hablar del mismo, es necesario hacer un exordio que deje claro nuestro auténtico concepto de Taberna. El cual proviene de la traducción castellana que más hemos manejado de The Flying Inn, realizada por Tomás González y José Elías Rodríguez, cuyo título es La Taberna Errante. Para hacernos una idea de las dificultades de la cuestión, basta citar el título de una traducción anterior, de los años sesenta: La Hostería Volante (idéntica a la típica traducción italiana). Hostería sería buena traducción, si no hubiese una aún mejor: posada.

Pues una Inn es un lugar donde uno puede beber, sí, como en una taberna; pero también es un lugar donde uno puede hospedarse. El Poni Pisador de Bree, en El Señor de los Anillos, es una Inn. Y también lo era aquel lugar en el que José y María no encontraron sitio (…there was no room for them in the inn).

Todo este contenido semántico está presente cuando hablamos de los Taberneros Errantes.

Por eso San Teodoto de Ancira es el patrón de los Taberneros. Porque es el patrón de los posaderos, que viene a ser lo mismo. Regentaba su propia posada en Ancira (la actual Ankara, capital de Turquía, también llamada Angora en otros tiempos) y era muy conocido por su fervor cristiano, especialmente en lo que se refería a la virtud de la caridad. Durante la persecución desatada por Diocleciano en el año 303, su posada se convirtió en refugio para muchos fugitivos y enfermos. Era digna de admiración su capacidad para exhortar a los cristianos a mantener su fe en esos difíciles momentos, cuando es la vida lo que está en juego (no la desorbitada factura de la linda boda, bautizo o comunión de los que nadie se acordará cuando resulte tan necesario abortar, divorciarse o perderse en lujos superfluos).

Fue San Teodoto quien rescató los cuerpos de siete vírgenes cristianas, las cuales, tras haber confesado su fe ante las autoridades paganas, fueron obligadas a prostituirse, torturadas y finalmente arrojadas al agua atadas a piedras. San Teodoto consiguió enterrar dignamente sus cadáveres y por ello fue encarcelado.

Su martirio, tras múltiples torturas, fue llevado a cabo con la espada que es uno de sus símbolos.

El otro que le representa es la antorcha. La antorcha con la que buscó los cuerpos de las mártires ahogadas, durante una noche de piedra. El fuego portátil de su fe del que consiguió hacer entrega (traditio) a las siguientes generaciones de cristianos a través de su heroico ejemplo.

El fuego que debería arder cada vez que se reúne la Taberna Errante.

'Protecting the Light', de J. Kirk Richards (2014)

‘Protecting the Light’, de J. Kirk Richards (2014)

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Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester