POR DIOS HACIA LA USURA

Hay pocas cosas más clarificadoras que un historiador alienado: cuando un compatriota se pone a cantar las alabanzas y modernidades de los imperios herejes que dieron al traste con la Cristiandad ultramarina, pacientemente construida por el genio católico hispano, uno no puede dejar de recordar la feliz distinción de Gustavo Bueno entre imperios generadores e imperios depredadores.

A mí no deja de resultarme graciosa la reacción que me produce el texto que sigue, pues lo considero una de las mejores defensas que he leído de la América hispana, precisamente por contraposición a las supuestas virtudes de esa banda de mercachifles calvinistas llamada Holanda.

 

“En los años 1620 y siguientes, los holandeses iniciaban de ese modo una nueva etapa en la colonización europea del Nuevo Mundo. Ellos introdujeron en América su entonces modernísima variedad de astuto sentido comercial, expresado en tipos de organización mercantil que reúnen capital por acciones y convierten en autónoma la gerencia con respecto al capital en la marcha del negocio; que proporciona agilidad y facilidades al crédito comercial; que acelera enormemente la velocidad de circulación del dinero; que permite negociar bienes futuros antes de disponer de ellos, dando paso, es cierto, a la especulación, pero también a los seguros como rama financiera independiente y productiva. Los historiadores de la América del siglo XVII harían seguramente muy bien en prestar mayor atención de la que vienen dedicando a la historia de Holanda y subrayar su carácter innovador en lo que a América se refiere sobre todo en el aspecto económico. Junto al avanzado capitalismo comercial que los holandeses llevan al otro lado del Atlántico, las pautas colonizadoras de los pueblos ibéricos y su conducta económica nos parecen ya ineficientes, poco productivas y anticuadas. Las colonizaciones portuguesa y castellana del siglo XVI, con todo su ímpetu y modernidad, consistieron ante todo en poblar y en producir. Holanda, y otras naciones que no hacen más que aprender de ella y seguir sus pasos, harán de la colonización, ante todo, una labor de explotación económica, en la cual lo importante será generar comercio y regularlo eficazmente; el único territorio indispensable es el pequeño enclave comercial, en la tradición de las antiguas talasocracias; poblar y controlar tierras extensas sería esfuerzo inútil, digno de imperios continentales arcaicos; producir no es la tarea clave, sino comprar y vender a los que en Ultramar producen; empresas civilizatorias y empeños religiosos serán trabajos superfluos, por improductivos y costosos; fuera de la ética comercial que regula las relaciones entre mercaderes, cualquier cuestión o principio moral es irrelevante.”

América Hispánica (1492-1898), de Guillermo Céspedes del Castillo; Marcial Pons, 2009; pgs. 284-285.

"Grupo familiar ante un paisaje", de Frans Hals

“Grupo familiar ante un paisaje”, de Frans Hals