El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: CERVANTES

CERVANTES, EL RESENTIDO

Abraham fue el primero en ver el mar Adriático, pero apenas le prestó atención. Enseguida tiró de las riendas para que su caballo encarase la cuesta abajo hacia el litoral. Gruesas pieles negras le protegían del frío viento que corría por las montañas que estaban atravesando. Al norte, unas enormes nubes oscuras empezaban a extenderse por el cielo.

El siguiente en pasar el alto fue Iván, que se sintió extraño al verse a caballo nuevamente sobre unos acantilados.

Tras él cruzaron, manteniendo cierta distancia entre sus monturas, Thomas y José. Lope cerraba la marcha y cuidaba del sexto caballo, que cargaba con buena parte de la comida.

Iván se cubrió la cabeza con la gruesa capucha de su abrigo y se giró para ver cómo se encontraba el anciano teólogo. Thomas no parecía sentir el frío, aunque su rostro reflejaba preocupación; Iván se retrasó un poco para cabalgar a su lado.

-¿Se encuentra bien, Maestro? -le preguntó.

A Thomas le costó salir de su ensimismamiento.

-Me gustaría saber cómo están las cosas en Atenas -admitió, sonriendo con amabilidad a Iván-. No dejo de tener la sensación de haber abandonado a mis amigos…

Iván guardó silencio y dirigió la mirada hacia el mar. Thomas observó al joven.

-¿Echas de menos tu casa, Iván? -preguntó el anciano.

-Sí, claro -respondió-. Pienso mucho en mi madre, sobre todo. Con todas estas noticias… -Iván fijó la mirada en las nubes-. Me inquieta ser un motivo más de preocupación para ella.

-Por lo que se cuenta de tu madre, no creo que sea una mujer frágil -comentó Thomas-. Sin duda es digna representante de la familia a la que pertenecéis.

Iván miró al anciano y sonrió levemente.

-Por lo que veo, usted conoce la historia de mi padre, Maestro -dijo Iván.

-Así es -confirmó Thomas, con rostro serio-. Naciendo en una familia como la tuya, me temo que uno está obligado a estar en boca de todos, aunque no lo quiera.

Iván no dijo nada y trató de prestar atención a lo que hacía su caballo.

-Es admirable, sin embargo, la alegría de tu espíritu, Iván -continuó el anciano-. Es la mejor prueba de lo especial que debe de ser formar parte de la Casa de Rilo.

Iván sonrió fugazmente.

-¿Sabes, Iván? A los cristianos se nos ha acusado en muchas ocasiones de ser una religión de resentidos -explicó Thomas-. Resentidos contra el mundo real por lo que no nos da, aspiramos a recibir nuestra recompensa en un mundo de fantasía al que sólo llegaremos si rechazamos en esta vida todo aquello que, en el fondo, realmente queremos.

-Eso suena a Nietzsche -dijo Iván, sin mirar a Thomas.

-¿Has leído a Nietzsche?

-Mi madre y mi bisabuelo John insistieron en ello. Pero no me gusta demasiado.

Thomas se quedó callado un momento, antes de continuar.

-Desde luego, es una lectura incómoda -admitió el teólogo-. Sobre todo para un cristiano. Pero también fundamental, me atrevería a decir. Un fuego que debemos atravesar. Porque el resentimiento es un peligro real de nuestra creencia. Sobre todo cuando uno se equivoca y cree en promesas que nuestro Dios nunca hizo. A Dios sólo le toca estar a la altura de lo prometido cuando muramos, no antes. Por eso no tiene demasiado sentido enfadarse con Él durante nuestro paso por este valle de lágrimas, por más que nos haga sufrir. Oh, pero nos puede hacer sufrir tanto, ¿verdad? Y, ¿cómo no echarle en cara ese sufrimiento a un todopoderoso dios de amor? Es precisamente eso, nuestra creencia en un dios que es amor, lo que nos hace tan susceptibles a los cristianos de convertirnos en unos resentidos.

-Como José -dijo Iván, en voz baja.

Thomas calló y miró a Iván, al que parecía molestar algo.

-Y si un hombre como José ha acabado así… -añadió Iván; pero no fue capaz de continuar.

-La tragedia del resentido es que vive sólo para despreciar aquello que le resulta imposible alcanzar -dijo Thomas-. Su sobreactuado desprecio de lo que, en el fondo, más fervientemente desea, es un mero engaño a sí mismo; para tratar de soportar su incapacidad de estar a la altura de eso mismo que desea. Pero el resentido sabe perfectamente que aquello que menosprecia es algo superior. Y en su burla de aquello que ama, lo despreciado acaba siendo alabado de una manera que, en ocasiones, le será incluso difícil de igualar a sus más fervientes defensores -Thomas calló un momento, antes de continuar-. El Quijote siempre me ha parecido un ejemplo perfecto de esto. Cervantes siempre me ha parecido un hombre profundamente resentido; pero en su esfuerzo por reírse de las aspiraciones más elevadas del mundo en el que vivía, lo único que acaba consiguiendo es hacer una defensa inigualable de las mismas. Llamar al Quijote El Caballero de la Triste Figura es una forma de mofarse de su personaje y de lo que éste representa; pero, a pesar de los esfuerzos cervantinos, o, irónicamente, precisamente por ellos, para nosotros, los lectores, no hay orden más elevada de caballería, ni título más digno. El resultado final de la obra en la historia de la literatura está tan alejado de las pretensiones iniciales del autor, está tan por encima de sus motivaciones, que no podemos hacer otra cosa que entender que el Quijote ha sacado lo mejor de Cervantes, a pesar de él mismo. La creencia de Cervantes en esos valores era tan grande, que ni su propio resentimiento pudo derribarlos. Y mira que lo intenta con ardor. Cuántas veces te ríes al ver sufrir al Quijote, por sus majaderías y estupideces; pero siempre llega un momento en que ya no lo podemos soportar más. Y nos enfadamos con Cervantes, porque lo consideramos cruel. El Quijote no merece sufrir así. Porque su locura es la locura de todo el que quiere ser mejor y superar la cotidiana mediocridad del mundo que le rodea. Hasta Nietzsche, furioso azote de compasivos y misericordiosos, se enfadó con Cervantes por ese exceso de humillación del Quijote. Y esa victoria del Quijote sobre su autor, acaba siendo la victoria de la mejor parte del alma de Cervantes sobre su propio resentimiento.

Thomas no dijo nada más. Iván permaneció en silencio.

Las nubes ya se habían adueñado completamente del cielo. Empezaba a llover.

Iván se giró un momento hacia atrás: la mirada de José se perdía, vagabunda, entre las piedras del camino.

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LA LITERATURA ES UN OFICIO PELIGROSO

…como merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida.

“Y Cervantes, que fue soldado, hace ganar a la milicia, hace ganar al soldado ante el honroso oficio de poeta, y si leemos bien esas páginas (algo que ahora, cuando escribo este discurso, yo no hago, aunque desde la mesa donde escribo estoy viendo mis dos ediciones del Quijote) percibiremos en ellas un fuerte aroma de melancolía, porque Cervantes hace ganar a su propia juventud, al fantasma de su juventud perdida, ante la realidad de su ejercicio de la prosa y de la poesía, hasta entonces tan adverso. Y esto me viene a la cabeza porque en gran medida todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era. De más está decir que luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería, luchamos por partidos que de haber vencido nos habrían enviado de inmediato a un campo de trabajos forzados, luchamos y pusimos toda nuestra generosidad en un ideal que hacía más de cincuenta años que estaba muerto, y algunos lo sabíamos, cómo no lo íbamos a saber si habíamos leído a Trotski o éramos trotskistas, pero igual lo hicimos, porque fuimos estúpidos y generosos, como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio, y ahora de esos jóvenes ya no queda nada, los que no murieron en Bolivia, murieron en Argentina o en Perú, y los que sobrevivieron se fueron a morir a Chile o a México, y a los que no mataron allí los mataron después en Nicaragua, en Colombia, en El Salvador. Toda Latinoamérica está sembrada con los huesos de estos jóvenes olvidados. Y es ése el resorte que mueve a Cervantes a elegir la milicia en descrédito de la poesía. Sus compañeros también estaban muertos. O viejos y abandonados, en la miseria y en la dejadez. Escoger era escoger la juventud y escoger a los derrotados y escoger a los que ya nada tenían. Y eso hace Cervantes, escoge la juventud. Y hasta en esta debilidad melancólica, en este hueco del alma, Cervantes es el más lúcido, pues él sabe que los escritores no necesitan que nadie les ensalce el oficio. Nos lo ensalzamos nosotros mismos. A menudo nuestra forma de ensalzarlo es maldecir la mala hora en que decidimos ser escritores, pero por regla general más bien aplaudimos y bailamos cuando estamos solos, pues éste es un oficio solitario, y recitamos para nosotros mismos nuestras páginas y ésa es la forma de ensalzarnos y no necesitamos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer y mucho menos que tras una encuesta nuestro oficio sea elegido el oficio más honroso de todos los oficios. Cervantes, que no era disléxico pero al que el ejercicio de la milicia dejó manco, sabía perfectamente bien lo que se decía. La literatura es un oficio peligroso.”

Del discurso leído por Roberto Bolaño al recoger el premio Rómulo Gallegos 1999 por Los detectives salvajes; en Entre paréntesis; Anagrama, 2005; pgs. 37-38.

BENEFICIOS Y MERCEDES

La puerta de la celda se abrió. El prisionero alzó la mirada y vio a su señor ante él. Lucía los ropajes con el típico color verde oscuro de la Casa de Penn Ar Bed. En su rostro mulato brillaban dos esmeraldas que miraban fijamente al vasallo, recias, pero serenas. La larga melena, recogida en tres trenzas entrelazadas, y la barba, eran de un blanco casi plateado.

Un sirviente trajo una silla para que su señor tomara asiento. Cuando lo hizo, noble y cautivo quedaron a la misma altura, mirándose a los ojos.

-¿Qué tal te recuperas de tus heridas, Olivier? -preguntó el señor.

-Bien, supongo.

-¿Comes bien?

El prisionero suspiró y bajó la mirada. Se quedó en esa posición durante unos segundos.

-¿Qué quiere de mí, señor? -preguntó, a su vez.

El noble tardó en responder, sin dejar de mirar a su vasallo.

-Una disculpa que me permita perdonarte -dijo, finalmente.

Olivier se quedó mirando a su señor, sin responder.

-¿Por qué quieres abandonar tus tierras, Olivier? -volvió a preguntar-. Las tierras que tu familia ha trabajado durante generaciones, desde antes de la Caída. ¿Acaso te he tratado mal? ¿Tenías algún agravio que reprocharme?

La boca de Olivier se retorció en una mueca cansada, que recordaba vagamente a una sonrisa.

-No, señor. Usted no ha sido malo conmigo.

-¿Entonces? ¿Por qué abandonar la Casa de Penn Ar Bed, justo en este momento, tan delicado para todos?

-Porque quiero que mis hijos crezcan libres. Quiero que ellos mismos se labren su futuro, sin necesidad de atender a los deseos de nadie que se considere superior por el mero hecho de haber nacido en una u otra cuna.

El noble permaneció con la mirada fija en los ojos de su vasallo.

-¿Eso es lo que crees que ocurrirá en una de esas repúblicas libres? ¿Crees que tus hijos no tendrán que cumplir los deseos de nadie que se crea superior, por una u otra razón? Te equivocas, Olivier. Tendrán que obedecer los deseos de sus patronos; o los deseos de sus clientes, si consiguen el dinero suficiente para montar un negocio propio, y quieren vivir de él. Esa libertad abstracta de la que hablas no existe. Sólo existe la libertad de elegir a quién o a qué nos atamos. Y creo que las Casas ofrecen la mejor opción posible en este mundo.

-Señor, esa libertad concreta de la que habla sólo la tiene usted aquí -dijo Olivier-. Nosotros ni siquiera tenemos la opción de elegir. Usted, en su libertad, al parecer ya ha elegido por nosotros. Ha elegido que ésta es la mejor de las vidas posibles para todos. Y nosotros tenemos que ser niños obedientes, que asuman las consecuencias de su decisión, la suya. Pero yo no quiero vivir como un niño toda la vida. Quiero ser libre, porque quiero ser responsable de lo que me ocurra. Aunque sea para soportar las consecuencias de mis errores. Y quiero lo mismo para mis hijos.

-¿Incluso si la consecuencia es no tener qué dar de comer a tus hijos? ¿Ni un techo bajo el que cobijarlos?

-Incluso en ese caso -respondió el preso, mirando a los ojos a su señor.

El noble permaneció callado durante unos momentos.

-Tu deseo pone en riesgo todo lo que somos, Olivier. Debilitas a la Casa de Penn Ar Bed por una fantasía de libertad.

Olivier bajó la mirada. El señor dirigió la suya a una de las paredes de la celda y se quedó así durante un rato. Cogiendo aire, se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas para seguir hablando.

-¿Soy un mal señor, Olivier?

-Supongo que no, señor -dijo el vasallo, con la mirada baja-. Nuestro padre, sin embargo…

El noble volvió a apoyar la espalda en la silla. Una sombra había cubierto su rostro. Su mirada volvía a huir hacia las paredes.

-Pero ni siquiera a nuestro padre se le ocurrió prohibirnos el exilio -dijo Olivier, mirando a su señor a los ojos.

-Mi… antecesor -dijo el noble, bajando la mirada- apenas tuvo tiempo de entender el nuevo estado de cosas. Soy yo el que tiene que enfrentarse a un estado industrial y ateo justo a la puerta de su casa. Y mis siervos no hacen otra cosa que abandonar el barco que protegió a sus familias durante siglos. Se apresuran inconscientes a ayudar a que la historia se repita. A que se produzca una nueva Caída.

Olivier bajó la mirada.

-No lo permitiré, con la ayuda de Dios -dijo el señor, marcando cada palabra-. Y no puedo entender que arriesgues el bienestar de los tuyos. Recapacita y serás perdonado, tras un leve castigo. Esta lucha es más grande que tú y yo, Olivier.

El vasallo permaneció callado. Su señor se levantó de la silla.

pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve -Olivier empezó a declamar de memoria- me parecía a mí que estaba metido entre las estrecheces de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear el ánimo libre.

El señor reconoció la cita y su rostro se ensombreció.

Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo… -remató Olivier.

Señor y vasallo se miraron.

-¿Qué harás con los míos, Auguste? -preguntó Olivier, con la voz trémula.

El señor bajó la cabeza.

-Ya lo sabes, Olivier -dijo, casi en un susurro-. Tras tu ejecución, los venderé como esclavos.

El vasallo empezó a llorar. Sin poder evitarlo, las lágrimas empaparon completamente sus mejillas. Sus sollozos pronto se convirtieron en un hipo histérico. Sepultó el rostro entre las manos, pero todo su cuerpo parecía agitarse sin control.

El señor, apartando la mirada, golpeó la puerta de la celda con los nudillos.

Cuando la puerta se volvió a cerrar y el vasallo se encontró nuevamente solo, se acostó de lado en su jergón, sin dejar de llorar. Doblado sobre sí mismo, como un feto en el vientre de su madre.

EL SANTO TITIRITERO

Real y verdaderamente os digo, señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don Gaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno.

Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; 2ª parte, capítulo XXVI; Alfaguara, 2004; pg. 757.

“Uno de los pasatiempos preferidos era el teatro de juguete que había fabricado Chesterton recortando y pintando los personajes y el escenario. Ideaba muchos argumentos para las representaciones; las dos más populares eran San Jorge y el dragón Los sietes paladines de la cristiandad. Él reconocía francamente que se divertía tanto como los niños jugando con el teatro. Eso mismo corrobora la hija de Belloc, Eleanor Jebb, que recuerda a Chesterton: En el cuarto de los niños, sentado peligrosamente en una silla demasiado pequeña para su enorme corpachón, haciendo revivir sus marionetas y narrando con voz de trueno romances y trifulcas, con los que se reía casi más que nosotros.”

G.K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, de Joseph Pearce; Encuentro, 2009; pg. 152.

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TREGUA POCA

Oración, guerra, agricultura, son las ocupaciones viriles.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1131.

“Espera el cretino    vivir por siempre
si evita entrar en pendencias,
mas tregua poca    le da la vejez,
si las lanzas sí se la dieran.”

Los dichos de Har, de la Edda Mayor; Alianza, 2009; pg. 39.

'Cervantes en Lepanto', de Augusto Ferrer-Dalmau (2016)

‘Cervantes en Lepanto’, de Augusto Ferrer-Dalmau (2016)

Y GALGO CORREDOR

El galgo se lanzó a correr junto a mí
unos breves segundos.

Corrimos juntos
unos breves segundos
a la vera del río.

Corríamos juntos
y el galgo parecía gozar
conmigo
unos breves segundos
por una llanura eterna.

Se acabó el tiempo juntos.

Volvió el ruido del tráfico
atascando los puentes sobre el río.

Seguí corriendo solo
sobre el cemento.

OTRA CITA DEL TEXTO IMPLÍCITO

“-Dios lo hará mejor -dijo Sancho-, que Dios, que da la llaga, da la medicina. Nadie sabe lo que está por venir: de aquí a mañana muchas horas hay, y en una, y aun en un momento, se cae la casa; yo he visto llover y hacer sol, todo a un mismo punto; tal se acuesta sano la noche, que no se puede mover otro día. Y díganme: ¿por ventura habrá quien se alabe que tiene echado un clavo a la rodaja de la fortuna? No, por cierto; y entre el sí y el no de la mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler, porque no cabría. Denme a mí que Quiteria quiera de buen corazón y de buena voluntad a Basilio, que yo le daré a él un saco de buena ventura: que el amor, según yo he oído decir, mira con unos antojos que hacen parecer oro al cobre, a la pobreza, riqueza, y a las lagañas, perlas.

-¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas maldito? -dijo don Quijote-. Que cuando comienzas a ensartar refranes y cuentos, no te puede esperar sino el mismo Judas que te lleve. Dime, animal, ¿qué sabes tú de clavos, ni de rodajas, ni de otra cosa ninguna?

-¡Oh! Pues si no me entienden -respondió Sancho-, no es maravilla que mis sentencias sean tenidas por disparates. Pero no importa: yo me entiendo, y sé que no he dicho muchas necedades en lo que he dicho, sino que vuesa merced, señor mío, siempre es friscal de mis dichos, y aun de mis hechos.

Fiscal has de decir -dijo don Quijote-, que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda.”

Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; 2ª parte, capítulo XIX; Alfaguara, 2004; pg. 693.

Dibujo de Edward Hopper

Dibujo de Edward Hopper

COSAS

Suelo preguntarme qué hacer con mi escritura.

A veces tengo la tentación del libro, pero me reconozco demasiado perezoso. O que no he encontrado la historia que me motive bastante para perseguir su transcripción durante el tiempo suficiente -que viene siendo lo mismo, pero dicho con otras palabras-.

Me turba además una preocupación que transporto desde mis jóvenes años de ocupaciones políticas: que la escritura no sea mero panfleto, sino persecución de verdades. En la escritura, como dijo el maestro Novoneyra -en uno de los poemas más bellos que se han escrito en lengua gallega- es necesario dejarse en libertá, sin forzal’os sonos a morrer nin levalos a posta pra gardarme. Un consejo que él mismo no siguió en demasiadas ocasiones, degradando su talento poético en contribuciones grotescas con las que pretendía defender sus convicciones políticas.

Si la escritura es verdad no puede ser un mero despliegue de certidumbres propias para adoctrinar a las masas y liberarlas de sus errores. Si la escritura es honesta ha de mostrar su condición de apuesta entre tinieblas, como lo son todas en este valle de lágrimas.

Mas tampoco puedo negar que soy católico: que entre las sombras me alumbra una esperanza, me soporta una fe, me obliga un amor. Y si esto no apareciese en mi escritura, tampoco podría ésta ser verdad.

Así las cosas, ¿cómo escribir sin acabar componiendo un burdo catecismo para correligionarios?

Soy el primero en comprender a todos aquellos alejados de mi fe, cada uno por sus propias y personales razones. Soy el primero en comprender, porque yo mismo he vivido muchos años fuera de la Iglesia una existencia completamente opuesta y enfrentada a cualquier criterio católico.

Y tampoco quiero engañar a nadie, no quiero esconder que uno de los objetivos de mi vida es llevar al huerto a cuántos más contemporáneos mejor. Aunque ha de quedar claro que a donde los quiero llevar es al Huerto de los Olivos, no a ningún cristianismo adulterado de sonrisas bobaliconas y alegrías forzadas.

Tengo mis referentes sobre lo que es escribir católicamente. No me valen Cervantes y Tolkien, que escribían así sin ser conscientes de que lo hacían. Mi propia biografía, sin embargo, me impide hacerlo sin una continua presencia consciente de mi propia condición de católico retornado -prácticamente converso en sentido estricto-. Por ello, el ejemplo más acabado de lo que yo creo ser buena literatura católica es Espada de honor de Evelyn Waugh; mucho más que Retorno a Brideshead, que en cierto sentido me resulta tramposa, quizá por escoger como protagonista a un personaje que, a pesar de su supuesta oposición al catolicismo de sus amigos, es evidente que está en proceso de conversión. Guy Crouchback, sin embargo, me parece uno de los personajes más honestos y formidables de la historia de la literatura; y para ello resulta crucial que sea católico y que sepamos de su catolicidad desde el principio -en una de las primeras escenas lo encontramos confesándose con un cura italiano, tras conocer el rancio abolengo católico de su familia-. Pero, al mismo tiempo, la idea que el lector se puede hacer de su catolicismo se parece más a la oscura noche del alma de un San Juan de la Cruz que a las bobas apologías producidas por el actual catolicismo de masas. De hecho, toda la novela se puede entender como una subida al monte Carmelo de la auténtica fe por parte del protagonista, curado de adolescentes fervores caballerescos y utopías pseudo-políticas.

Un católico verá en Crouchback a un héroe de la fe. Cualquier otro lector simplemente verá a un personaje complicado, atado a ciertos prejuicios sin sentido; pero entenderá también que es un hombre que ha escogido un camino estrecho por el que andar en la vida, más allá de lo que ese camino le parezca. Entenderá que hay una apuesta, aunque no sea la suya. Y, ¿quién sabe?, quizá acabe sintiendo curiosidad por las razones para apostar de esa manera. Quizá perciba una ligera chispa de la belleza inefable que ese camino tiene para nosotros, los católicos. Pero sin ocultar nunca, ¡jamás!, que es un camino estrecho.

Soy católico; ni puedo, ni lo quiero esconder. Soy reaccionario, en el sentido colachiano del término (que no es lo mismo que ser conservador o romántico), y considero que este escolio de don Nicolás es una verdad como un templo: Ser reaccionario es haber aprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar [1406].

Así me gustaría escribir a mí, como invitando.

Pero no encuentro mejor forma de hacerlo que estos pequeños relatos aparecidos aquí de vez en cuando, acompañados normalmente de una imagen. En esto sigo una tradición típicamente gallega. No deja de ser el esquema propio de las Cousas de mi querido Daniel Castelao; figura casi-santificada del nacionalismo gallego, de la que me niego a prescindir, precisamente por el importante componente reaccionario que tenía ese primer brote de nacionalismo en mi pequeño país -y que, como era fácilmente predecible, no tardó en pudrirse con el transcurrir de las décadas-.

Pero sólo un católico inconsciente (al estilo de Cervantes y Tolkien) podría escribir una cousa como ésta, que os ofrezco aquí traducida desde su original gallego:

Camino olvidado que ya no va a ninguna parte. Un camino calzado de piedra, plagado de zarzas enmarañadas y de ortigas ásperas, que se pierde en la boca negra de un sendero.

Yo siempre preguntaba a mi abuela: ¿Dónde va a dar la vereda vieja?

Y mi abuela me respondía con cierto misterio: No va a ninguna parte, mi niño.

Aquella vereda vieja tiraba de mí, y cuando me hice hombre me arriesgué a pasarla. Y más allá del escalofriante sendero me encontré con una aldea sin gente.

Casales de buena piedra, lagares que recuerdan épocas de bonanza, vigas podridas, montones de teja; todo va amortajado con hiedras, zarzas y laureles, y por encima de aquella exuberante vegetación las hojas amarillas y rojas de una viña sin fruto.

Bajo un nogal seco me senté a descifrar sentimientos que aún hoy están allí en espera.

Cuando volví a casa escuché de mi abuela la historia de la aldea olvidada.

-Ocurrió que los del lugar, armados ladrones, robaron el monasterio de Armenteira.

Esperando el momento del reparto de la riqueza el capitán la enterró en sitio secreto; pero al siguiente día el capitán apareció muerto en su lecho y nunca más se supo del tesoro.

Desde entonces todo fueron desgracias. Morían las vacas, se perdían los frutos, morían contrahechos los niños, se secaban las fuentes. Para ahuyentar el mal fario se levantaron gran cantidad de cruceiros.

De nada valió nada. Al final se supo todo y aún hoy el lugar está aislado de las gentes de bien.

Castelao. Obra completa. 1. Narrativa e Teatro; Akal, 1992; pgs. 59-60.

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MAR SESGO

Mar sesgo, viento largo, estrella clara,
camino, aunque no usado, alegre y cierto,
al hermoso, al seguro, al capaz puerto
llevan la nave vuestra, única y rara.

En Scilas ni en Caribdis no repara,
ni en peligro que el mar tenga encubierto
siguiendo su derrota al descubierto,
que limpia honestidad su curso para.

Con todo, si os faltare la esperanza
del llegar a este puerto, no por eso
giréis las velas, que será simpleza.

Que es enemigo Amor de la mudanza,
y nunca tuvo próspero suceso
el que no se quilata en la firmeza.

Incluido en la antología Poesías, de Miguel de Cervantes; Taurus, 1970; pg. 93. Según nota a pie de página, el significado de sesgo es sosegado.

LIBERTAD Y ESTADO SERVIL

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrecheces de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear el ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”

Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; capítulo LVIII de la Segunda Parte; Alfaguara, 2004; pgs. 984-985.

'Don Quijote en Barcelona', de Augusto Ferrer-Dalmau.

‘Don Quijote en Barcelona’, de Augusto Ferrer-Dalmau.

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