El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: CASTELAO

MORRIÑA

“Chegóu das Américas un home rico e trouxo consigo un negriño cubano, coma quen trai unha mona, un papagaio, un fonógrafo…

O negriño foi medrando na aldea, onde deprendéu a falar con enxebreza, a puntear muiñeiras, a botar aturuxos abrouxadores.

Un día morréu o home rico e Panchito trocóu de amo para ganalo pan. Co tempo fíxose mozo comprido, sen máis chatas que a súa coor… Aínda que era negro coma o pote, tiña gracia dabondo para facerse querer de todos. Endomingado, con un caravel enriba da orella e unha ponla de malva na chaqueta, parescía talmente un mozo das festas.

Unha noite de estrelas xurdéu no seu maxín a idea de saír polo mundo á cata de riquezas. Tamén Panchito sintéu, como tódolos mozos da aldea, os anceios de emigrar. E unha mañán de moita tristura gabeóu polas escaleiras dun trasatlántico.

Panchito ía camiño da Habana e os seus ollos mollados e brilantes esculcaban no mar as terras deixadas pola popa.

Nunha rúa da Habana o negro Panchito tropezóu cun home da súa aldea e confesóulle saloucando:

-Ai, eu non me afago nesta terra de tanto sol; eu non me afago con esta xente. ¡Eu morro!

Panchito retornóu á aldea. Chegóu probe e endeble; pero trouxo moita fartura no corazón. Tamén trouxo un sombreiro de palla e máis un traxe branco…”

Cousas, de Alfonso Daniel Manuel Rodríguez Castelao; na Obra completa. 1. Narrativa e Teatro; Akal, 1992;  pxs. 99-100.

COSAS

Suelo preguntarme qué hacer con mi escritura.

A veces tengo la tentación del libro, pero me reconozco demasiado perezoso. O que no he encontrado la historia que me motive bastante para perseguir su transcripción durante el tiempo suficiente -que viene siendo lo mismo, pero dicho con otras palabras-.

Me turba además una preocupación que transporto desde mis jóvenes años de ocupaciones políticas: que la escritura no sea mero panfleto, sino persecución de verdades. En la escritura, como dijo el maestro Novoneyra -en uno de los poemas más bellos que se han escrito en lengua gallega- es necesario dejarse en libertá, sin forzal’os sonos a morrer nin levalos a posta pra gardarme. Un consejo que él mismo no siguió en demasiadas ocasiones, degradando su talento poético en contribuciones grotescas con las que pretendía defender sus convicciones políticas.

Si la escritura es verdad no puede ser un mero despliegue de certidumbres propias para adoctrinar a las masas y liberarlas de sus errores. Si la escritura es honesta ha de mostrar su condición de apuesta entre tinieblas, como lo son todas en este valle de lágrimas.

Mas tampoco puedo negar que soy católico: que entre las sombras me alumbra una esperanza, me soporta una fe, me obliga un amor. Y si esto no apareciese en mi escritura, tampoco podría ésta ser verdad.

Así las cosas, ¿cómo escribir sin acabar componiendo un burdo catecismo para correligionarios?

Soy el primero en comprender a todos aquellos alejados de mi fe, cada uno por sus propias y personales razones. Soy el primero en comprender, porque yo mismo he vivido muchos años fuera de la Iglesia una existencia completamente opuesta y enfrentada a cualquier criterio católico.

Y tampoco quiero engañar a nadie, no quiero esconder que uno de los objetivos de mi vida es llevar al huerto a cuántos más contemporáneos mejor. Aunque ha de quedar claro que a donde los quiero llevar es al Huerto de los Olivos, no a ningún cristianismo adulterado de sonrisas bobaliconas y alegrías forzadas.

Tengo mis referentes sobre lo que es escribir católicamente. No me valen Cervantes y Tolkien, que escribían así sin ser conscientes de que lo hacían. Mi propia biografía, sin embargo, me impide hacerlo sin una continua presencia consciente de mi propia condición de católico retornado -prácticamente converso en sentido estricto-. Por ello, el ejemplo más acabado de lo que yo creo ser buena literatura católica es Espada de honor de Evelyn Waugh; mucho más que Retorno a Brideshead, que en cierto sentido me resulta tramposa, quizá por escoger como protagonista a un personaje que, a pesar de su supuesta oposición al catolicismo de sus amigos, es evidente que está en proceso de conversión. Guy Crouchback, sin embargo, me parece uno de los personajes más honestos y formidables de la historia de la literatura; y para ello resulta crucial que sea católico y que sepamos de su catolicidad desde el principio -en una de las primeras escenas lo encontramos confesándose con un cura italiano, tras conocer el rancio abolengo católico de su familia-. Pero, al mismo tiempo, la idea que el lector se puede hacer de su catolicismo se parece más a la oscura noche del alma de un San Juan de la Cruz que a las bobas apologías producidas por el actual catolicismo de masas. De hecho, toda la novela se puede entender como una subida al monte Carmelo de la auténtica fe por parte del protagonista, curado de adolescentes fervores caballerescos y utopías pseudo-políticas.

Un católico verá en Crouchback a un héroe de la fe. Cualquier otro lector simplemente verá a un personaje complicado, atado a ciertos prejuicios sin sentido; pero entenderá también que es un hombre que ha escogido un camino estrecho por el que andar en la vida, más allá de lo que ese camino le parezca. Entenderá que hay una apuesta, aunque no sea la suya. Y, ¿quién sabe?, quizá acabe sintiendo curiosidad por las razones para apostar de esa manera. Quizá perciba una ligera chispa de la belleza inefable que ese camino tiene para nosotros, los católicos. Pero sin ocultar nunca, ¡jamás!, que es un camino estrecho.

Soy católico; ni puedo, ni lo quiero esconder. Soy reaccionario, en el sentido colachiano del término (que no es lo mismo que ser conservador o romántico), y considero que este escolio de don Nicolás es una verdad como un templo: Ser reaccionario es haber aprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar [1406].

Así me gustaría escribir a mí, como invitando.

Pero no encuentro mejor forma de hacerlo que estos pequeños relatos aparecidos aquí de vez en cuando, acompañados normalmente de una imagen. En esto sigo una tradición típicamente gallega. No deja de ser el esquema propio de las Cousas de mi querido Daniel Castelao; figura casi-santificada del nacionalismo gallego, de la que me niego a prescindir, precisamente por el importante componente reaccionario que tenía ese primer brote de nacionalismo en mi pequeño país -y que, como era fácilmente predecible, no tardó en pudrirse con el transcurrir de las décadas-.

Pero sólo un católico inconsciente (al estilo de Cervantes y Tolkien) podría escribir una cousa como ésta, que os ofrezco aquí traducida desde su original gallego:

Camino olvidado que ya no va a ninguna parte. Un camino calzado de piedra, plagado de zarzas enmarañadas y de ortigas ásperas, que se pierde en la boca negra de un sendero.

Yo siempre preguntaba a mi abuela: ¿Dónde va a dar la vereda vieja?

Y mi abuela me respondía con cierto misterio: No va a ninguna parte, mi niño.

Aquella vereda vieja tiraba de mí, y cuando me hice hombre me arriesgué a pasarla. Y más allá del escalofriante sendero me encontré con una aldea sin gente.

Casales de buena piedra, lagares que recuerdan épocas de bonanza, vigas podridas, montones de teja; todo va amortajado con hiedras, zarzas y laureles, y por encima de aquella exuberante vegetación las hojas amarillas y rojas de una viña sin fruto.

Bajo un nogal seco me senté a descifrar sentimientos que aún hoy están allí en espera.

Cuando volví a casa escuché de mi abuela la historia de la aldea olvidada.

-Ocurrió que los del lugar, armados ladrones, robaron el monasterio de Armenteira.

Esperando el momento del reparto de la riqueza el capitán la enterró en sitio secreto; pero al siguiente día el capitán apareció muerto en su lecho y nunca más se supo del tesoro.

Desde entonces todo fueron desgracias. Morían las vacas, se perdían los frutos, morían contrahechos los niños, se secaban las fuentes. Para ahuyentar el mal fario se levantaron gran cantidad de cruceiros.

De nada valió nada. Al final se supo todo y aún hoy el lugar está aislado de las gentes de bien.

Castelao. Obra completa. 1. Narrativa e Teatro; Akal, 1992; pgs. 59-60.

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COMÚN LA CONVERSACIÓN

Acabo de empezar la lectura de Rosas de plomo (Jesús Cotta; Stella Maris, 2015) y no me abandona en casi ninguna página el nudo en la garganta ni la humedad en las pupilas.

Quede claro que casi todos los patriotas y aduladores de las virtudes del pueblo llano me sacan de quicio. Hay muy pocos hombres que me hagan sentir sinceridad en sus encendidas proclamas de redención nacional y/o popular.

Pero hay excepciones. Me emociona sobremanera un campesino gallego pidiendo justicia a Dios, dibujado por Castelao. Me emociona la salvaje búsqueda de justicia para el pueblo español que destilan cada acto y cada palabra de José Antonio Primo de Rivera; a pesar de todos sus errores y precipitaciones (no tantos como la masa ignorante sospecha), su honestidad fue puesta constantemente a prueba durante años, hasta el sacrificio final.

Y me emocionan estas palabras dichas por Lorca al periodista Octavio Ramírez el 28 de enero de 1934 (pg. 36):

“…¿qué Gobierno cualquiera que sea su orientación política, va a desconocer la grandeza augusta del teatro clásico español, de nuestro mayor timbre de gloria, y no va a comprender que es el más seguro vehículo de la elevación cultural de todos los pueblos y todos los habitantes de España?”

Y en la página 43 podemos leer lo siguiente:

“Ante el periodista Enrique Moreno Báez, en 1933, afirma emocionarle el vivo entusiasmo con que el público sano y campesino acoge y entiende los autos sacramentales de Calderón, como si no hubieran pasado siglos desde que fueron escritos, y que en ese público ha encontrado más cordialidad que en las capitales, porque nuestro teatro clásico es moderno y antiguoeterno como el mar y el campesino plenamente intuye la calidad mágica de sus versos.”

Como decía Jorge Guillén, hablando de la obra de Góngora:

“El poeta debe someterse a un canon y continuar un estilo. Góngora hace suyo ese estilo agravando su magia y acumulando sus primores. Pero ninguna malicia de composición despunta como un estreno en el poema gongorino. Todo tiene sus lejanos o próximos antecedentes griegos, latinos, italianos, españoles. […] Nuestro gran andaluz debió de encarnar el tipo de hombre que principia por revisar en una etapa problemática los fundamentos de su empresa. De suerte que el arte de los predecesores le parecerá un resultado preparatorio donde los elementos poéticos se combinan con otros pertenecientes a las maneras del orador y del historiador. Habrá, pues, que eliminar lo común y reforzar lo genuino y distintivo. En este punto Góngora se aproxima al remoto, muy remoto, Mallarmé: ‘Je n’ai créé mon ouvre -decía en una carta de 1867- que par élimination‘. La suma lograda será nueva, novísima, escandalosamente novedosa. En ella entraba, factor primordial, el quid divino, el genio de aquel hombre, quien encarna un tipo muy hispánico: el extremista de la tradición.”

Este texto me trae al recuerdo no pocas conversaciones con mi mujer, respecto de la creación artística, la originalidad y la oscurantista búsqueda moderna de la novedad -a través de una eterna y cansina acumulación de transgresiones adolescentes-. Pero Lorca y José Antonio sabían que el auténtico crecimiento del árbol al que uno pertenece no puede prescindir del propio árbol; y que sólo asegurando la recepción de la savia que recorre ramas vetustas y un tronco bien enraizado, pueden el poeta y el hombre florecer y dar fruto.

Ese árbol hermoso que es España, llaga que no sana nunca -como de Cuerpo Glorioso-, y que en el azote del vendaval canta a sus hijos con el rumor de hojas antiguas:

Supuesto que es esta vida

una representación,

y que vamos un camino

todos juntos, haga hoy

del camino la llaneza,

común la conversación.

No hubiera mundo a no haber

esa comunicación.

En estos versos de El gran teatro del mundo de Calderón parece apelarse a la, al parecer imposible, íntima conexión espiritual de ese par de extremistas de la tradición, que tan inclasificables parecen precisamente porque no sueñan con pasados abolidos, sino que cazan sombras sagradas sobre las colinas eternas. ¿Y cómo no iba a ser posible la comunicación entre dos hombres que amaban desde la misma fuente? Esa fuente que Lorca cantó en homenaje de un formidable músico católico, un tal Manuel de Falla, en su Oda al Santísimo Sacramento del Altar:

Es así, Dios anclado, como quiero tenerte.
Panderito de harina para el recién nacido.
Brisa y materia juntas en expresión exacta,
por amor de la carne que no sabe tu nombre.

Es así, forma breve de rumor inefable,
Dios en mantillas, Cristo diminuto y eterno,
repetido mil veces, muerto, crucificado
por la impura palabra del hombre sudoroso.

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MEMORIA HISTÓRICA (AL TÍO ANTONIO, UN AÑO DESPUÉS DE SU MUERTE)

Extrañas sensaciones las que le invaden a uno, cuando se topa en serios y gordos libros de historia con relatos de la infancia, mamados en reuniones familiares; meollo oral del clan. Cuenta Antony Beevor en su “La Guerra Civil española” (Crítica, 2005; pgs. 702-703):

“En Galicia se creó a principios de 1945 el Exército Guerrilleiro de Galicia, que duró hasta 1950 y que protagonizó episodios épicos como el ajuste de cuentas con Esteban Cortizo [sic], jefe local de la Falange de Mugardos, a quien ejecutaron el 25 de enero de 1945 en el casino del pueblo.”

Enseguida me chirría el “Cortizo”; busco en otros libros, para confirmar mi propio recuerdo: Esteban Cortizas, el ‘Bailarín’. También la fecha baila: Carlos Fernández (‘El alzamiento de 1936 en Galicia’; Ediciós do Castro, 1987; pg. 134) dice que sucedió “sobre las nueve de la noche del 23 de enero de 1946”. Paco Balón, por su parte (‘Paco Balón: memorias de un comunista ferrolano’; Ediciós do Castro, 1999; pg. 129), habla del 22 de noviembre de 1945.

Cortizas, si no me equivoco, era el segundo apellido de mi abuelo materno; su mujer, mi abuela Pacucha, me contó que él había sido ayudado por gente de su familia que formaba parte de las fuerzas vivas del Mugardos franquista. Esto me llevó a preguntar a mi tía Marisa, primogénita de ambos, si nuestra familia estaba emparentada con los Cortizas de ‘El Bailarín’; pero ella me dijo que no, que ésa era otra rama.

Vuelvo a mis leyendas infantiles: creo recordar que Pancho había participado en el asesinato de “El Bailarín”, pero no estoy seguro. Paco Balón me confirma que no:

“Hay que decir que Pancho no participó el 22 de noviembre de 1945 en la ejecución de Esteban Cortizas ‘El Bailarín’. La ejecución fue realizada por Adolfo Allegue Allegue ‘Riqueche’ y José Vázquez Mauriz ‘Patitas’. Su primera acción guerrillera fue la ejecución del falangista Muñiz, en compañía de Riqueche, el día 1 de enero de 1949, en el café Mugardés.”

Allegue y Mauriz; otro par de apellidos comunes entre los míos. Ya se sabe que, en España, a la hora de matarse, todo queda en casa.

Pancho fue uno de los héroes legendarios de mi infancia; cuñado de mi tío Antonio, he oído mil veces el relato de cómo su suegra, la sin par Celestina, lo ocultó en su propia cama para evitar que fuera apresado por la Guardia Civil. Yo conocí a Celestina en los últimos años de su valiente y ajetreada vida, cuando mi madre o mi abuela me llevaban de visita a Rilo (la casa-símbolo de mi sangre); ya no podía hablar, ni apenas levantarse. La cuidó con cariño y entrega su nuera, mi tía Lolita, mujer del tío Antonio. Y es que Rilo tiene el valor de símbolo para mí, fundamentalmente, por mi tía Lolita. En mi familia hay un antes y un después de su muerte. Su marido trabajaba en la Bazán, los astilleros militares de Ferrol; militante del PCE y de CCOO, cuando tales cosas se pagaban muy caro. Vio caer a sus dos compañeros, Amador y Daniel, el 10 de marzo de 1972, por los disparos de la policía ferrolana. Fue represaliado y creo que pasó un mes en la cárcel, si no recuerdo mal. Allí se encontró con Paco Rodríguez, futuro parlamentario del BNG al que yo conocí durante mis años de militancia, que le regaló un libro de Castelao; mi tío me contó que Paco les daba clases de gallego en prisión.

Haber conocido a mi tío Antonio me ha permitido detectar rápidamente la diferencia entre compromiso y charlatanería, entre izquierda social y progresía cutre. Por el contraste de su ejemplo he sido capaz de descubrir a una enorme cantidad de papanatas -aún lo sigo haciendo-. Sin embargo, a estas alturas, tengo la sensación de haber desaprovechado su presencia. Todas las cosas que me podía haber enseñado y que nunca tuve interés por aprender -hasta ahora-: mecánica, carpintería… a hacer sidra (muy rica, por lo que me han contado).
Son hombres de otros tiempos. Tiempos terribles, sin duda. Pero hombres mucho mejores que nosotros.

Nosotros…

En el Casino Mugardés, donde un Allegue y un Mauriz ejecutaron a un Cortizas, muchos años más tarde un niño ferrolano, de segundo apellido Bastida, vio por primera vez ‘La Guerra de las Galaxias’.

26 de agosto de 2013

DÍA DO APÓSTOLO

“Europa representou ao Apóstolo Santiago a semellanza dos seus pelengríns: con esclavina e chapeu cubertos de cunchas-vieiras, un bordón na man dereita e un libro na esquerda; os pés descalzos i en actitude de andar, tal como se ve no cume da torre Saint Jacques, de París, a modo de Santo protector dos camiños, símbolo da alma viaxeira de Europa, a tal extremo que nas artes e na literatura o pelengrín santiaguista chegou a confundirse co Xudeu errante. Hespaña representou ao Apóstolo Santiago á semellanza dos guerreiros da Reconquista: montado nun cabalo branco e brandindo unha espada, terror de sarracenos, que xa vencidos e derrubados no chan, tal como foi descrito por Alfonso, o Sabio, na súa referencia da batalla de Clavijo. Este é o Santiago Matamouros, que se venera nas igrexas hispanas a modo de Patrón das Hespañas, como sempre se dixo: único caso dun Apóstolo de Cristo, representado en forma pouco evanxelizadora. Galiza representou ao Apóstolo Santiago a semellanza dos Patriarcas: sentado, en maxestade; un bastón na man esquerda e un pergameo na dereita; a cabeza erguida, os ollos enfiados cara ao ignoto Occidente e os beizos a repetiren aquel salmo de David: ‘No mar están os teus camiños e nas moitas augas as túas sendas’. Así o representou o mestre Mateo e así o esculpeu no Pórtico da Gloria, con réplica no altar maior, para recibir aos antigos visitantes da súa Catedral e decirlles que o mundo non acaba en Galiza, que Galiza non era un Fisterra senón un peirán avanzado de Europa cara ao continente que aínda estaba por descubrir. Estas tres advocacións do noso Señor Santiago -o pelengrín europeo, o guerreiro hispano e o patriarca galego- corresponden a tres feitos de suma trascendencia: Pola virtude dos camiños que conducían a Galiza, onde os diversos pobos da cristiandade se axuntaban e chegaron a cantar un mesmo himno, fíxose posible a unidade espiritual de Europa, a única conciencia moral europea que no decorrer dos séculos se pudo rexistrar. Polos ideaes cabaleirescos da Edade Media, creados polo xenio celta e nutridos pola fe que o sepulcro apostólico inspiraba, cerrouse Hespaña á marea sarracena e pudo salvarse a civilización occidental. E polo desexo de proseguir o camiño de Santiago, alén do cabo Fisterra venceuse o Mar tenebroso e fíxose posible o descubrimento de América. Velaí as tres sendas, os tres espíritos e os tres feitos en que é doado afincar a gloria deste día, un día tan grande que non hai outro que teña raíces máis fondas no sentimento popular galego, nin categoría universal máis elevada. Cicais fose posible escoller outra data máis íntima e privativa, das moitas que a nosa historia rexistra; pero ningunha superaría o prestixio e trascendencia que o día de hoxe ten.”

Sempre en Galiza, de Alfonso Daniel Rodríguez Castelao; Galaxia, 1996; pxs. 387-388.

Apóstolo Santiago

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester