El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: CARLISMO

EL NOMOS DE LA TIERRA: QUEMAR BILBAO

“-¡Hay que quemar Bilbao! ¡Si hubieras visto! Nos hicieron salir, sacar las cosas, y aquí mismo, con el carro cargado de muebles, estuvimos viendo las llamas… Las pobres vacas mugían de pena, el ternero se escondía bajo la madre, lleno de miedo; los chicos y la mujer, llorando, y no hacían caso. ‘Así escarmentarás’,  me decían… ¡Hay que quemar Bilbao!

Iba a resolverse el largo pleito entre la villa y la tierra llana, que llena con sus incidentes, alguna vez sangrientos, la historia del Señorío de Vizcaya. Iban a ahogar de una vez al pulpo, al alambique con que se les extraía los impuestos, a la oficina del engaño.

Allí, al pie de ellos, en un repliegue de la montaña, se alzaban, dominando a la villa, los viejos muros de la antigua casa-torre de los Zurbarán, testigo un tiempo de las turbulencias de los banderizos, de aquellos rudos parientes mayores, cabezas de la tierra llana, que resistieron con sus mesnadas la formación de las villas, fuerza de los reyes. Aquel viejo caserón era y es monumento del agitado período en que pasó Vizcaya del régimen familiar de la sociedad pastoril al régimen ciudadano de los mercaderes y de las villas; de los buenos usos y costumbres, a las ordenanzas de comercio y los fueros escritos; de la patriarcal casería abierta a todos vientos, a la calle oscura en que se amontonaban los hombres; de la montaña al mar.

Iba a resolverse la larga querella, la del rústico y el urbano; la del hombre de la montaña y del ahorro con el hombre del mar y de la codicia.”

Paz en la guerra, de Miguel de Unamuno; Alianza, 2009; pgs. 153-154.

'Abismo nostálgico', de Augusto Ferrer-Dalmau

‘Abismo nostálgico’, de Augusto Ferrer-Dalmau

CRÓNICAS DE LOS PUERTOS GRISES

“De no rezar por la reina [Isabel II] fueron acusadas las comunidades de franciscanos de Montefaro, donde se hacían maquinaciones, conciliábulos ocultos y “oraciones inusitadas” (AHN, Cons., leg. 12.080 n.147. Fray Alberto Campana a Gracia y Justicia. Ferrol, 16 de septiembre y 10 de diciembre de 1834).”

La Exclaustración, de Manuel Revuelta González; CEU Ediciones, 2010; pg. 173.

 

Tres años más tarde, en 1837, los franciscanos abandonan el monasterio de Santa Catalina de Montefaro, a causa de la desamortización de Mendizábal. En 1849, el vecino de La Coruña, don Domingo Calvo, lo compra al estado por 250.000 reales. Pocos años después, por razones desconocidas, vuelve a poder estatal. En 1904 se aprueba el proyecto de reconstrucción del edificio, para uso militar.

Actualmente, se encuentra cedido su uso al ayuntamiento de Ares. En él realizan actividades un club de tiro con arco, una asociación de amigos del caballo y otra asociación de amigos del medio ambiente.

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DISTRIBUTISMO Y NOVEDAD

Suele ser tema recurrente de discusión en la Taberna Errante hasta qué punto el Distributismo supone una novedad en la teoría económica y política. En general, la conclusión es que muy poca; apenas el sustantivo que titula al movimiento. Pero la doctrina en sí no es más que la testaruda repetición de los criterios fundamentales destilados durante siglos por la tradición católica. Si resulta novedosa es más por el creciente contraste con el entorno que por propia pretensión.

Si, a modo de experimento, pusiéramos un hombre en la Gran Vía madrileña, vestido con camisa y vaqueros, y le hiciéramos comportarse como un caballero del siglo XI, es probable que tal personaje resultara extraordinariamente original y novedoso a la mayoría de los viandantes (y quizá no tardase en resultar molesto, si se viese en la obligación de empezar a desfazer entuertos; y, ¿cómo no va a sentir tal necesidad, si le hemos situado en la Gran Vía madrileña?).

Pero tal impresión de novedad sólo tendrá por causa la ignorancia por parte de la masa contemporánea sobre las formas de comportarse en los siglos centrales del medievo.

Sin embargo, no es necesario remontarse tanto tiempo atrás para buscar referentes de la teoría económica y política católica bien aplicada (de la aplicación mala y torticera tenemos ejemplos constantes todos los días). Son muy interesantes, por ejemplo, los siguientes testimonios que se pueden encontrar en el formidable libro “Requetés. De las trincheras al olvido” (Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga; La Esfera de los Libros, 2010). Quede constancia de que no pretendo defender la militancia actual en el carlismo (mi opinión general sobre la monarquía la resume perfectamente Samuel 8). Pero si hay algo que merece la pena ser estudiado con exquisito detalle es la historia de las guerras civiles españolas del siglo XIX; así como las motivaciones de aquellos hombres que decidieron servir con las armas a reyes empecinados en marchar contra el vendaval que arrastra al Ángel de la Historia.

 

“Mi padre era analfabeto, un buen padre y muy trabajador, siempre en el monte, y aunque era carlista y poco hablaba de política, sí contaba de los antiguos auzos, unas casas donde se reunía todo el pueblo para tomar las decisiones. Allí se juntaban los vecinos de cara a elegir el ayuntamiento y el alcalde, a opinar sobre cosas importantes. Allí tenían voto todos: el más pobre y el más miserable tenía el mismo voto que el primero. Si no había arreglo, se hacía votación, y en caso de que no se ganara la votación por mayoría, si empataban, la gente mayor, los viejos, eran los que decidían. Eso era auténtica democracia, y oí mucho a mi padre hablar de eso.

Luego, de los auzos salía el auzolán: trabajos en balde de todos los vecinos en beneficio del pueblo. Se pagaba algún jornal: dos pesetas por día, y si aportabas mula o buey para el trabajo, cuatro pesetas. Entonces había más solidaridad entre la gente.

Después de la guerra carlista fue un desastre para el pueblo: nos quitaron la propiedad comunal de la sierra, el derecho a montes; nos quitaron cosas esenciales para la vida del pueblo.”

Félix Igoa Garciandía. Voluntario de la Partida Barandalla y del Tercio de Santiago.

[pg. 503]

 

“Artajona era un pueblo bastante particular: existía lo que se llamaba la Sociedad de Corralizas, una cosa muy singular. Cuando la Ley de Desamortización, pusieron en venta los comunales, y para evitar que los compraran los ricos, los vecinos se juntaron y compraron de nuevo las tierras de forma colectiva, y así se pudo mantener aquello en beneficio de todo el pueblo. Bueno, pues aquel espíritu en cierto modo se mantenía en el pueblo, y siempre todos muy unidos a la Iglesia.”

José Larrea Ortiz Tafallica. Voluntario del Tercio Lácar. Último requeté superviviente de Los Cuarenta de Artajona, los primeros en entrar en San Sebastián.

[pg. 409]

"Al final de la batalla", de Augusto Ferrer-Dalmau

“Al final de la batalla”, de Augusto Ferrer-Dalmau

MARX, EL CARLISMO Y ANDREU NIN

Las academias históricas suelen producir manuales, en los que se suelen apoyar las academias filosóficas para trazar esquemas generales y explicaciones ordenadas. En éstos, se estructuran ideas, sentimientos, teorías, ideologías y grupos políticos homogéneos.
Mi experiencia, en general, es que estos alardes taxonómicos suelen oscurecer más que iluminar.
En el pulular de texto a texto, guiado sólo por la lógica humilde de los matices y los detalles, personalidades oficialmente muy alejadas encuentran espacios de opinión común; praxis enemigas en los campos de batalla, ofrecen curiosos espectáculos de identidad teórica.
Las malas soluciones desvelan hombres buenos y los bandos vencedores escupen demonios ocultos.

Leo en las páginas 41 y 42 de la “Historia General del Carlismo”, de Josep Carles Clemente (1992):

“El Carlismo no es un puro movimiento dinástico y regresivo como se empeñaron en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales. Es un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial plagado de papanatas que copiaban a la Revolución Francesa. Los carlistas defendían las mejores tradiciones jurídicas españolas, las de los Fueros y las Cortes legítimas que pisotearon el absolutismo monárquico y el absolutismo centralista del Estado liberal. Representaban la patria grande como suma de las patrias locales con sus peculiaridades y tradiciones propias. […] No existe en Europa ningún país que no cuente con restos de antiguas poblaciones y formas populares que han sido atropelladas por el devenir de la historia (…) En Francia lo fueron los bretones y en España, de un modo mucho más voluminoso y nacional, los defensores de don Carlos: El tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares y nacionales de campesinos, pequeños hidalgos y clero, en tanto que el liberalismo estaba encarnado en el militarismo, el capitalismo (las nuevas clases de comerciantes y agiotistas), la aristocracia latifundista y los intereses secularizados que en la mayoría de los casos pensaban con cabeza francesa o traducían, embrollado, de Alemania.”

Estas palabras son de Karl Marx. Las obtiene el señor Clemente del libro “La Revolución Española 1808-1843”, de Karl Marx y Friedrich Engels. La traducción es de Andreu Nin. Publicado en Madrid, por la Editorial Cenit, en 1929.

Es decir, publicado 8 años antes de la detención, tortura y asesinato de Andreu Nin por parte de los servicios secretos soviéticos, que en ese momento daban apoyo a la República durante la Guerra Civil.
Como cuenta Stanley Payne, en el prólogo al libro de José María Zavala, “En busca de Andreu Nin” (DeBolsillo, 2006; pg 15), sucedió una curiosa paradoja respecto de las dos máximas figuras del POUM:

“(…) Maurín salvó su vida por el hecho de que fue capturado en la zona nacional a principios de la Guerra Civil, donde fue sentenciado a una larga condena en prisión, pero se libró de la ejecución. Si hubiese basado su actividad en zona republicana en 1937, probablemente habría compartido el destino de Nin.”

Gracias a lo cual, el señor Payne pudo conocer a Maurín en Nueva York, en 1958.

La realidad es complicada; pero sólo en su complicación, tiene sentido. No permitáis que la simplicidad os robe la verdad.

11 de julio de 2013

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