El sosiego acantilado

Categoría: CARL SCHMITT

LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL IZQUIERDISMO

El Mundo-Twitter necesita mensajes escuetos e ideas simples. La formación como ciudadano, sin embargo, exige estudio, muchas horas de lectura y análisis, y la paciencia y el rigor suficientes para examinar cada hecho en sus múltiples matices.

El Mundo-Twitter proyecta, en un eco casi infinito, oraciones enunciativas del tipo: el artículo 155 es una reliquia franquista de la Constitución de 1978. No hace falta ser muy leído para saber lo ridícula que puede llegar a ser esta frase. Pero el Mundo-Twitter, saturado de miles de millones de eructos que reclaman atención, apenas parece dejar tiempo para ese mínimo de lecturas que permitan a una ciudadanía mínimamente formada reírse de lo que es meramente ridículo.

Hace años, propuse a un grupo de colegas de la Facultad de Filosofía que montásemos, entre otros, un seminario de estudio de la ley educativa vigente en aquel momento, con el objeto de tener una opinión mejor formada de cara a proponer reformas en la misma. Uno de esos colegas, que ha llegado a ser concejal de un ayuntamiento formando parte de uno de esos partidos de la Nueva Política, me contestó que no valía la pena perder tanto tiempo estudiando en detalle la ley de educación. Nunca entendí aquella contestación.

El pensamiento infantil imperante detecta fascismo en cualquier escenario donde vea proyectado el relato bíblico de David y Goliat. El artículo 155 sería entonces la maza de Goliat para machacar al pobre David catalán. Esta visión es simple, fácil de comunicar y provoca simpatías casi automáticas. Es perfecta para el Mundo-Twitter.

La enfermedad infantil del izquierdismo actual considera que cualquier minoría es buena y cualquier mayoría es mala. Cualquier persona mínimamente formada sabe que bolchevique es una palabra que en ruso significa miembro de la mayoría. Es evidente que el pensamiento de izquierdas no ha sido siempre estúpido y simplón, y ha sabido analizar las situaciones en base a su contenido y circunstancias particulares, tratando de concretar en qué modo y manera era más factible alcanzar la realización de ciertos valores; los cuales, en muchas ocasiones se presentan de forma problemática y contradictoria.

Pero el Mundo-Twitter ha potenciado la tendencia moderna al eslogan. Y los Nuevos Políticos no parecen haber revertido la situación. Al contrario.

El problema es que el rigor, la paciencia y el estudio siempre serán más lentos de lo que el mundo actual requiere. La gente se aburre si tiene que leer algo más largo que un mensaje de Twitter. La lentitud, para la Modernidad, es reaccionaria.

En el año 2011, cuando estudiaba Derecho, hice el siguiente análisis sobre el concepto de soberanía en el marco de la Unión Europea. Espero que resulte interesante, aunque obligue a perder más tiempo que un mensaje de Twitter.

Soberano es aquel que decide sobre el estado de excepción, comenzaba Carl Schmitt su Teología política.

La discusión sobre la relación entre los ordenamientos jurídicos europeo y español -sobre los conceptos de supremacía y primacía-, en definitiva, es una discusión sobre la soberanía; siguiendo con Carl Schmitt, es una discusión sobre quién determina con carácter definitivo qué son el orden y la seguridad pública, cuándo se han violado, etc..

El artículo 5.2 del Tratado de la Unión Europea tiene un significado casi idéntico al de la Décima Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos: The powers not delegated to the United States by the Constitution, nor prohibited by it to the States, are reserved to the States respectively, or to the people. Mientras en los Estados Unidos la Constitución es la que delega poderes al Gobierno Federal, en Europa, los Estados miembros ‘atribuyen’ competencias a la Unión ‘en los Tratados’.

En la Constitución de los Estados Unidos, en su artículo VI.2, podemos leer lo siguiente: This Constitution, and the Laws of the United States which shall be made in pursuance thereof; and all treaties made, or which shall be made, under the authority of the United States, shall be the supreme law of the land; and the judges in every state shall be bound thereby, anything in the constitution or laws of any state to the contrary notwithstanding.

Este artículo es conocido como la ‘Cláusula de Supremacía’. En principio, el contenido no parece muy distinto a la doctrina sobre la primacía del derecho comunitario, expuesta por el Tribunal de Justicia en su sentencia Costa contra ENEL de 1964.

Pero cuando Carolina del Sur declaró su secesión de los Estados Unidos el 24 de diciembre de 1860, lo hizo alegando, entre otras cosas, el incumplimiento por parte de los estados norteños de sus obligaciones federales, pues no cumplían con la Ley de Esclavos Fugitivos (que obligaba a los estados a devolver a sus legítimos dueños a aquellos esclavos huidos que fuesen hallados en sus respectivos territorios).

La llegada de Lincoln a la presidencia dejaba claro que esa ley tenía los días contados. Y ante este desarrollo de los acontecimientos, los estados sureños se negaron a asumir lo que implicaba la ‘Cláusula de Supremacía’, se declararon soberanos de facto, y proclamaron su propia Confederación. Se apelaba a la Resolución de Virginia de 1798 y al ejercicio ‘deliberado, palpable y peligroso’ de poderes que se creía no correspondían al Estado Federal; pero como no había texto legal en el que apoyar que tal situación pudiese conllevar el derecho de secesión, el presidente saliente James Buchanan (que entendía el enfado de los sureños ante el intrusismo de los abolicionistas del norte) declaró la ilegalidad de los actos de separación, al tiempo que admitía que no tenía poder para impedirlos.

Pero Lincoln sí consideraba que tenía dicho poder; y puestas así las cosas, declarada la excepción y la duda sobre quién tiene el poder -quién es soberano-, no pudiendo apelarse a ningún orden jurídico con capacidad para imponerse con los medios de un estado único, comenzó la guerra; para determinar qué derecho tenía la supremacía, es decir: quién tenía la soberanía.

En nuestro caso, es evidente que la supremacía corresponde a la Constitución Española; no sólo porque los artículos 96.2 y 94.1 siguen dejando en manos de las Cortes Generales la denuncia de cualquier Tratado. Sino porque la propia Unión Europea nunca ha pretendido tal soberanía; lo cual se ha hecho explícito tras el Tratado de Lisboa, en la redacción del nuevo artículo 50.1 del Tratado de la Unión Europea: Todo Estado miembro podrá decidir, de conformidad con sus normas constitucionales, retirarse de la Unión.

Por lo tanto, no existe ningún vacío legal que imponga dudas sobre la supremacía. Y el principio de primacía declarado por el Tribunal de Justicia en la sentencia Costa contra ENEL de 1964 no debe entenderse nunca aplicado a discusiones sobre soberanía última, sino sobre la relación a establecer entre actos jurídicos europeos y españoles en lo referente a competencias que han sido atribuidas libremente por los Estados a la Unión. Por lo tanto, sí parece excesivo el celo del profesor Rubio Llorente, presidente del Consejo de Estado, de pedir la reforma de nuestra Constitución para proceder a la ratificación de la Constitución Europea; pues el artículo 50 del actual TUE está basado en el artículo I-60 de aquélla.

Y es que, llegado el caso, si fuese considerada como inasumible por los órganos soberanos del Estado español la acción de la Unión en tales competencias cedidas, siempre quedaría el último recurso de la separación.

Y ninguna laguna legal podría permitir dudar de que el Estado español es soberano para llevar a efecto tal decisión.”

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ZWISCHEN LAND UND MEER

“En la cosmovisión schmittiana no solo quedan hermanadas España y Alemania, sino las dos regiones de estos países con las que se siente identificado: Schmitt percibe parecidos entre su Sauerland natal y su Galicia adoptiva. Santiago de Compostela era una ciudad que le entusiasmaba más que cualquier ciudad alemana: ‘Santiago es bella más allá de lo verosímil [überwahrscheinlich]; quien no la conoce, no puede hablar sobre Europa’. Galicia es como Plettenberg, un lugar tranquilo; el bien más alto que puede alcanzar el hombre, un pedazo de tierra dotado de orden: ‘Escribo este prólogo para la edición española en el verano de 1961, en una tranquila ría de la costa occidental de Galicia. Los periódicos, la radio y la televisión […] están llenos de informes sobre las últimas hazañas milagrosas de los cosmonautas rusos y americanos. […] Pero la gloria que aquellos medios de masa pueden otorgar es efímera. […] El hombre es y permanece siendo un hijo de esta tierra’. Pero más aún: Galicia y Sauerland poseen una misma alma, capaz de sintetizar los dos elementos fundamentales para la filosofía de la historia de Schmitt: ‘Esta tierra es, todavía más que el Sauerland, una región de enfrentamiento entre tierra y mar [Auseinandersetzung zwischen Land und Meer], así como entre norte y sur’.”

Carl Schmitt pensador español, de Miguel Saralegui; Trotta, 2016; pg. 32.

valdoviño

ERNST Y CARL, LA AMISTAD INSONDABLE

“Wilflingen, 15 de septiembre de 1994

De una carta de Ernst Klett del 13 de septiembre:

Querido Ernst Jünger:

Estos días he estado leyendo, por última vez, el Glosario de Carl Schmitt. La lectura es muy poco gratificante: un provinciano católico, extremadamente inteligente, no supera el hecho de haber fracasado y nosotros lectores hemos de sufrir a consecuencia de ello. Aun con todo, no puedo dejar de reconocer que es una cabeza brillante.

Cabeza aquí, cabeza allá. Cito tan sólo dos pasajes de los muchos que te conciernen:

‘Ernst Jünger… despojos del guillerminismo, igual que Thomas Mann.
Heidegger pasa la prueba de un retorno con nota de más que aprobado; Gottfried Benn excelentemente, Ernst Jünger suspende de forma miserable.’

 No me gusta citar estas mezquindades. Lo hago por si se da el caso de que se publique vuestra correspondencia. Entonces, en mi opinión, debería aludirse a ello en el prólogo o en el epílogo. Por mucho que estoy a favor de olvidar y perdonar: en caso de una publicación debería hacerse visible algo del otro C.S.

P.D.: La infamia de este Schmitt es que en su testamento ha determinado que se publiquen esas impertinencias (y son muchas), después de que habéis estado manteniendo una correspondencia amistosa y llena de respeto mutuo durante más de treinta años.

[…]

Wilflingen, 20 de septiembre de 1994

Querido Ernst Klett:

Los pasajes que me conciernen en el Glosario de Carl Schmitt son, en efecto, enojosos, más para él que para mí.

Son curiosos si se tienen en cuenta las amables cartas que me envió casi el mismo día; ello indica una profunda ambivalencia. Por lo que veo, mi nombre es el que aparece citado con más frecuencia en el registro del glosario.

Cuando C.S. quiso presentarse a consejero de Estado se lo desaconsejé y le propuse que trabajara en un Derecho de Estado fundamental, dadas sus dificultades en Serbia.

Lo que jamás me ha perdonado son Los acantilados de mármol; en una ocasión anotó que lo que yo quería con ello era lograr otra Pour le Mérite en la segunda guerra mundial. Dio rienda suelta a su indignación con El trabajador, que nunca entendió.

Similar es el caso con Gottfried Benn, quien en sus cartas se aproximaba a las Radiaciones.

Después de 1945 se concentró en C.S. un fuerte odio que, por lo que me dijeron los que vivían con él, le hizo sufrir mucho, en un extremo que llegó hasta la manía persecutoria. Al parecer dijo en su lecho de muerte: Ernst Jünger es un amigo fiel.

Vino a verme una noche, poco antes del Tercer Reich. Con anterioridad a esa visita aún era un desconocido, pero la conversación se animó al instante. No sólo le siguió una correspondencia de casi cincuenta años de duración. Aunque católico, fue el padrino de bautizo de Alexander. Cuando me visitaba en Goslar (naturalmente tenía un pase de libre circulación), los funcionarios formaban en la barrera. Para cosas así, los profesores son especialmente susceptibles. Lo que irradiaba mental y personalmente me resultaba vivificante: en mi memoria seguirá siendo un buen amigo insondable.

Pasados los setenta V, de Ernst Jünger; Tusquets, 2015; pgs. 143-144, 145-146.

Ernst y Carl

En París, 1943

LAS AFINIDADES ELECTIVAS

La distinción propiamente política es la distinción entre el amigo y el enemigo.
Carl Schmitt

El general Soleimani recorre con la vista la línea del frente, en algún lugar de Irak. Al otro lado, las tropas negras del Estado Islámico permanecen agazapadas, quizá esperando la llegada de nuevas provisiones, quizá preparando un nuevo movimiento ofensivo.

El jefe de la Fuerza Quds iraní ve cómo se acerca uno de sus colaboradores, miembro del Hezbollah libanés, desplazado a la zona para ayudar en la formación de las milicias chiíes que combaten a los salafistas del NeoCalifato. El libanés aún es incapaz de ocultar su admiración por el general, que pasea despreocupadamente sin casco ni chaleco antibalas. Dos formidables miembros de la elite de la Guardia Revolucionaria escoltan día y noche a su superior.

El general va pasando las cuentas de su tasbih y escucha las noticias sin mirar al libanés. Éste se muestra indignado ante la actitud de los turcos.

-¿Cómo pueden dejar actuar a las tropas del ISIS a través de su territorio? -se enerva- ¿Todo por su estúpido odio a los kurdos?

-Esa información aún no ha sido confirmada -dice el general, monótono.

Turquía y el Estado Islámico ya llevan varios meses compartiendo frontera. Pero esos fanáticos delirantes -así los muestran los medios de comunicación occidentales- son lo suficientemente inteligentes como para no invadir Turquía. Turquía es miembro de la OTAN y los fanáticos pueden ser delirantes, pero no son gilipollas. Bastantes frentes tienen ya abiertos como para darles una excusa magnífica a sus enemigos para presentarse en sus fronteras con decenas de miles de soldados de todos los países infieles del mundo. A su vez, Turquía pasa de meterse en ese avispero hasta que sea estrictamente necesario; y, si es posible, con toda la Alianza Atlántica a sus espaldas. Pero, para ello, es necesario sufrir una invasión formal por parte del NeoCalifato. Mientras tanto, que se maten entre ellos: cuantos menos kurdos y salafistas en el mundo, mejor.

-El Negro se acabará cabreando… -dice el libanés- Ya tiene que estar desesperado, para dejarnos actuar tan libremente; hace nada nos quería machacar en Siria y mira ahora…

El libanés sonrió. El general no. El libanés dejó de sonreír.

-Lo único que importa es tener claro quién es tu peor enemigo en cada momento -la voz del general se fundió con la brisa fría del desierto-; todo lo demás, sobra.

Varias explosiones brillaron al otro lado del frente. Un par de cazas estadounidenses cruzaron inmediatamente después el cielo. El libanés los siguió con la mirada mientras se encendía un cigarro. El general continuó su paseo. Oscurecía.

Soleimani

CATOLICISMO Y ESTADO MODERNO

Es obligatorio para cualquier biógrafo de la reina Isabel II incluir como personaje a Juan Donoso Cortés. No sólo es uno de los más potentes filósofos del derecho de su siglo, sino que es un activo político durante las dos décadas que anteceden a su temprana muerte, en 1853.

Resulta tragicómico contemplar las escenas que la adolescente, caprichosa y lujuriosa Isabel II obliga a sufrir a un portentoso intelectual como Donoso, que tanto había defendido el incremento de su poder soberano frente al de las cámaras representativas. Esta humillación práctica de su potente pensamiento, a manos de los antojos ridículos de una niñata, debieron influir no poco en su proceso de conversión a un sincero catolicismo, admitiendo finalmente que más hacen por el mundo los que oran que los que combaten.

Ha sido imposible no pensar en Carl Schmitt, mientras leo la biografía de Isabel II y las obras completas de Donoso. En general, es difícil no pensar en él, mientras se estudia a su admirado español. Pero, en esta ocasión, se establecía un paralelismo entre la derrotada soberbia de Donoso y la patética escena de Schmitt siendo interrogado en Núremberg, cuando el formidable pensador católico alemán todavía tenía arrestos para defender vanidosamente su superioridad espiritual respecto a Hitler, pero que era incapaz de articular una respuesta al hacerle ver el interrogador que había sido una mera herramienta en el infierno organizado por ese ser espiritualmente inferior.

Brutal lección de humildad, nuevamente.

Las obras de Donoso y Schmitt son prometeicos esfuerzos por intentar domeñar, desde la metapolítica católica, el estado moderno. Las consecuencias prácticas de tales esfuerzos son, en el mejor de los casos, ridículas. Las leyes propias del estado moderno en progresivo despliegue histórico parecen aprovechar con gusto, para su propio crecimiento, las teorías de ambos intelectuales. Creían ellos poder manejar al Leviatán, pero el monstruo tiene voluntad propia.

Curiosamente, muchos de nosotros hemos conocido a estos pensadores en la Facultad de Filosofía de la Complutense, no a través de profesores católicos, no a través de profesores ultraderechistas. Los hemos conocido a través de un profesor marxista de mucho tirón entre los estudiantes; y no para criticarlos, sino para aprender de ellos y de sus ataques al parlamentarismo liberal. Lo cual sólo le puede resultar paradójico a quien tiene tendencia a perderse, por ignorancia, en las grandes palabras terminadas en -ismos. Cuando uno profundiza en los matices, la lógica del asunto es evidente. Todo el que pretende hacer uso del estado moderno, todo el que pretende controlarlo, acaba pensando -y actuando- de una manera parecida.

Estando en tiempo de Cuaresma, resulta normal que a uno le acabe viniendo a la cabeza la segunda tentación del desierto, cuando el diablo le ofrece a Jesús todos los reinos del mundo. Ya que estamos hablando de teología política.

El estado moderno sigue teniendo ese atractivo demoníaco; se acerca y te susurra: “tú no eres como los demás; tú eres bueno y puro; tú sabrás llevar mis riendas; todos serán mejores bajo tu guía”. Ves su sonrisa, que parece sincera, y añade: “quizá, de vez en cuando, debas hacer algún sacrificio, ceder algo para ganar otra cosa; pero no es malo hacer sacrificios, según tus propios criterios, ¿verdad?” Asientes.

Tú sabrás soportar la carga. Llevar el anillo.

Cuando te quieres dar cuenta, huyes del sol y eructas ‘gollum, gollum’ a todo el que intenta hablar contigo.

Quizá por eso algunos vemos cierto sentido a ese curioso palabro, ‘anarcocatolicismo’. Le vemos sentido porque, siendo católicos, somos plenamente conscientes de que el estado moderno no puede ser controlado por ningún hombre. Puede que sólo podamos esperar su derrumbe; y rezar para que algo de valor quede entre sus ruinas.

11 de marzo de 2014

Carl Schmitt

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Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester