El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: CAPÍTULOS DE UN LIBRO NO ESCRITO

LEYENDAS DE LA VORÁGINE

Comían sentados sobre viejos troncos de árboles derrotados. A pocos metros, comenzaba la escalera natural que descendía por toda la fachada del acantilado hasta las dunas.

La mujer comía muy despacio, prestando más atención a lo que le daba vueltas en la cabeza que al arroz de su táper. El hombre lo hacía con ligereza, como preocupado por no perder demasiado tiempo en el asunto; su mirada volvía una y otra vez a la línea de bosque que estaban a punto de dejar atrás.

-No creo que creas realmente en tu dios -dijo ella, dejando la cuchara llena de arroz en el plato.

El hombre siguió masticando, con la mirada fija en los árboles.

-No harías lo que haces, si aún creyeses en él… -insistió ella, con tono socarrón.

El hombre bajó la mirada hasta el arroz y llenó otra cuchara.

-Además, a tu dios no creo que le guste tu pasión por las armas; no es coherente.

El hombre dirigió una rápida mirada hacia el lugar en que ella estaba sentada. Sus mandíbulas se detuvieron. Ella hizo un gesto de satisfacción, al ver la tensión en la cara del hombre; pero cambió la expresión al ver que el hombre hacía un rápido movimiento con la mano hacia su pistola.

Antes de que ella pudiese empezar a gritar, la cabeza de la serpiente explotó llenando su arroz de restos sanguinolentos.

Mientras ella respiraba apuradamente con los ojos muy abiertos, el hombre se levantó y vació el táper de ella. Le dio el suyo, en el que aún quedaba algo de arroz, y se acercó hasta el borde del acantilado para tirar el táper húmedo de veneno.

La mujer intentó comer algo más, mientras miraba el cuerpo descabezado de la serpiente a escasos centímetros de su pie derecho.

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ÉXODO

El acantilado se alza sobre un océano de arena. Bajo la sombra del último árbol, el hombre observa de izquierda a derecha el blanco infinito puesto a hervir por un sol omnisciente.

La mujer aún duerme, tumbada a escasos metros sobre un lecho de musgo. El hombre puede oír su respiración, agitada. Sueña. Otra vez.

Se acerca al borde del acantilado y apunta con el rifle. Pero no dispara. Sólo usa la mira para buscar algo en las paredes de roca: alguna forma de bajar a las dunas. Algún camino hacia el desierto.

Su vista queda fija en un punto. Baja el rifle. Vuelve a subirlo, vuelve a mirar. Ese punto.

Se acerca de nuevo a los árboles. Deja el rifle apoyado entre dos piedras y se sienta en el suelo. Saca algo de la mochila y come. La mira. Escucha su respiración, como si pudiese adivinar en ella el argumento de sus pesadillas.

Se despierta, sobresaltada. Se miran. Ella trata de sonreír.

-Estaba soñando… -balbucea-. Menos mal que me he despertado…

El hombre empieza a recoger el pequeño campamento.

-¿Nos vamos ya? -pregunta ella.

El hombre asiente con la cabeza.

-¿Al desierto? -vuelve a preguntar, con un mínimo gesto de alegría.

El hombre vuelve a asentir, sin mirarla, mientras se pone su mochila.

-¿Estás seguro? -insiste, poniéndose delante de él y mirando a unos ojos que miran más allá del abismo.

Como única respuesta, coge la mochila de ella y comienza a andar. Hacia ese punto.

Ella le ve andar unos metros y después se echa a correr tras él. A saltitos, casi contenta.

Salen de la sombra de los árboles, para dejarse iluminar por un sol moribundo. El aire ha dejado de arder, ya no duele respirarlo. Los tonos rosáceos del cielo que anochece declaran una tregua para el mundo.

El rostro del hombre parece relajarse un poco, como si ya hubiese aceptado que la única manera de cruzar este desierto es caminar entre tinieblas.

DÍA DE CAMPO

Varios zapateros se perseguían sobre la superficie del río. El día no había conocido nubes. Un tapiz azul se percibía tras las ramas de los árboles. Una niña y un niño conversaban sentados junto al agua.

-Si respiro muy lentito, puedo llegar a controlar los latidos de mi corazón. A veces, he conseguido que se detenga durante varios segundos.

El niño la miró con fascinación asustada.

-¿Por qué te gusta que tu corazón deje de latir? -preguntó.

La niña desvió la mirada hacia el lugar donde jugaban los zapateros.

-Porque cuando se acelera, siempre acaba doliendo mucho… -musitó.

El niño se quedó por unos momentos con la mirada clavada en el suelo. El sol poniente esparcía reflejos dorados sobre al agua casi inerte.

-Pero eso es como morirse… -dijo el niño en un susurro.

La niña volvió a mirarle. Una lágrima dorada se deslizaba lentamente por la mejilla del niño, que seguía con la mirada perdida en la tierra húmeda.

La niña le agarró la mano. También ella lloraba silenciosa.

El sol acabó de esconderse tras la bella pared rocosa de la otra orilla, esculpida con paciencia por el río durante eones.

El día de campo había terminado. Pero el niño no quería volver a casa.

EL MONTARAZ DE LA NIEBLA

Dos sombras se acercaban a la cumbre del monte, donde parecía disiparse un poco la niebla.

-Necesito descansar -dijo una de las sombras.

-Ya no queda nada -dijo la otra.

-¿Crees que si llegamos un poco más tarde la cima se habrá ido? -preguntó con retranca la primera sombra.

La otra sombra resopló y buscó una piedra sobre la que sentarse.

Mientras recobraba el aliento, la primera sombra creyó escuchar un ruido.

-¿Hay caballos por aquí? -preguntó.

-No, que yo sepa -respondió la otra sombra.

-Pues me parece haber oído los cascos de uno…

-Quizá sea el Montaraz de la Niebla.

La primera sombra se acercó a la segunda, para verle bien la cara.

-¿El capataz de qué…?

-Montaraz. Montaraz de la Niebla -corrigió.

-¿De qué demonios hablas?

-Ni demonio, ni ángel. Quizá ni siquiera hombre ya… Las gentes del lugar dicen que no sólo oír, que incluso se le puede ver, los días de niebla muy cerrada, como hoy.

La primera sombra miró desconfiada a su alrededor, antes de preguntar nuevamente.

-¿Por qué los días de niebla?

-El Montaraz era el fiel servidor de un poderoso Señor; defendía sus fronteras, patrullaba sus caminos, luchaba sus guerras. Con tal vida, te puedes imaginar que recibió muchas heridas. Cansado de tanta pelea, le pidió a su Señor que le dejase volver a su tierra, para intentar buscar una buena mujer y formar una familia. El Señor se lo prohibió, pero él regresó igualmente. El día que llegó a su villa natal, la niebla era espesa, como hoy. Al cruzar el puente que servía de entrada al lugar, halló a una mujer que observaba con profunda tristeza el cauce del río. Reconoció entonces a aquella muchacha de la infancia con la que había tenido amores. Y ella lo reconoció a él. Al parecer, el reencuentro en el puente hizo que se enamoraran otra vez.

-¿Y qué ocurrió?

-Pues lo que suele ocurrir en estos casos apasionados. Fueron felices y tuvieron un hijo.

-Pero no comieron perdices.

-No. Él se fue de viaje, para reclamar ciertos derechos sobre unas tierras de su familia. Cuando volvió, la mujer y el niño habían desaparecido.

-¿Qué había pasado?

-Nadie le supo dar explicación. Ni su familia, ni la familia de ella. Ni sus amigos. Nadie sabía cómo había desaparecido, ni por qué.

-¿Quizá fue el antiguo Señor del Montaraz, en castigo por su deslealtad?

-Eso dijeron algunos. Eso sospechaba quizá el Montaraz, en lo profundo de su corazón -la sombra calló un instante, antes de continuar-. El caso es que el Montaraz busca desde entonces a su enamorada y a su hijo. Y dicen que busca los días de niebla, porque en día de niebla se había reencontrado con ella en el puente aquel.

La primera sombra creyó escuchar un suspiro cansado y unos cascos de caballo que se alejaban, lentamente, hacia el interior de la niebla.

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FRATERNALMENTE

Se sentó en el banco y dejó la lata de cerveza a su lado. Le dio un trago mientras esperaba el comienzo de la misa.

Al salir a escena el sacerdote oficiante, un barullo atonal y dodecafónico se elevó de los primeros bancos, donde se apelotonaban las párracas del lugar. El hombre se planteó por un momento arrancarse las orejas con sus propias manos. Finalmente, decidió darle otro trago a la cerveza, más largo en esta ocasión.

Durante la homilía, al ver que la tabarra improvisada del sacerdote duraba más de cinco minutos, aprovechó para echar un vistazo al guásap.

Cuando llegó el momento del saludo de paz, su cuerpo se tensó. Fijó la mirada en el cáliz y trató de no prestar atención a ningún otro estímulo sensorial. Fue inútil. Una párraca, con una enorme sonrisa rebosante de humanidad, se le acercó desde los lejanos primeros bancos con la mano extendida. Y así se quedó, de pie ante él, hasta que el hombre se vio obligado a prestar atención a ese ser saludante: miró a la señora, miró su mano. Con gesto neutro de invitación, el hombre acercó la lata de cerveza a la mano de la señora. La señora se alejó con rostro malhumorado.

Terminada la misa, la párraca malhumorada se volvió a acercar, antes de que el hombre lograse alcanzar la puerta de salida.

-Buenas tardes -dijo muy tiesa.

-Buenas tardes -dijo él, dándole otro trago a la cerveza.

-Me he fijado en que no ha comulgado usted.

-Eso se debe a que estaba usted prestándome más atención a mí que al oficio.

-El padre estará encantado de recibirle en confesión, si se encuentra usted en pecado.

-Pues hombre, teniendo en cuenta que estoy divorciado y soy adúltero… pues supongo que sí, estoy en pecado. Pero la confesión sería una pérdida de tiempo.

-¿Por qué?

-Porque no tengo propósito de enmienda.

-No es usted católico, entonces.

-Me temo que sí lo soy.

-¿Teme…? No parece temer nada.

-Si no fuera católico, supongo que me aceptaría como mero hombre de mi época. Estoy solo, copulo cuando me place y tengo un hijo al que apenas veo. Sería uno más entre la masa de desastres existenciales que la degenerada sociedad actual considera vida moderna. Soy tan moderno, de hecho, que, teniendo en cuenta mis propias expectativas, hasta tiene gracia…

-Entonces, ¿por qué se considera católico?

-Porque, bien pensado, no tiene ninguna gracia.

El hombre abrió la puerta de salida.

-¿Y no piensa hacer nada para remediarlo? -dijo la señora, más malhumorada que nunca.

-Sí.

-¿Qué?

-Rezar. Buenas tardes.

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POLUCIONES DIURNAS

La niebla se deslizaba por la superficie del río. Parecía salir de la pipa que fumaba la figura que reposaba en las ruinas del molino. Sentado sobre las losas medievales, dejaba balancearse la pierna derecha sobre el curso del agua, mientras iba pasando las cuentas de un rosario de cinco misterios. Su caballo se entretenía mordisqueando la vegetación de la ribera. Su galgo de tres patas observaba adormilado el sosegado fluir de las aguas.

-¡Arrodillao! -se oyó desde la otra orilla.

El galgo levantó la cabeza y miró en dirección al grito. El fumador arqueó una ceja para ayudarse a enfocar. El caballo siguió mordisqueando sin prestar mayor atención.

Una figura apareció dando saltos en la otra orilla. Barba recogida en tres coletas y cabello recogido en otras dos. Un calzoncillo de color caqui cubriendo vagamente la entrepierna y otro calzoncillo del mismo color encasquetado en la cabeza. Cazadora de camuflaje cruzada por un arco y un carcaj lleno de flechas a la espalda.

-¡Humillao! -volvió a gritar, antes de volver a saltar, esta vez en medio de la corriente; pareció hundirse, pero reapareció para subirse en una piedra que hacía de isleta en medio del cauce-. ¿Qué estás haciendo, Humillao? -el personaje señaló histéricamente en dirección al rosario que el fumador portaba en su mano-. ¿Rezando otra vez, Arrodillao? Rezar es de curas, Humillao. Los curas son todos pederastas. Por lo tanto, rezar es de pederastas. Bueno, la verdad es que yo no se lo voy a echar en cara a los curas…. Yo también me follaría unos cuantos niños lindos; estoy harto de las ovejas de ese granjero idiota de Monterromo. ¿Te van los muchachillos, Arrodillao?

El galgo había dejado de prestar atención y volvía a mirar el irse del río. El fumador devolvió la ceja a su sitio. El caballo acababa de descubrir unas hierbas bien sabrosas.

El ser de la isleta se había excitado con su propia conversación, así que se sacó su enorme falo del exiguo calzoncillo caqui y empezó a masturbarse con entusiasmo.

-¡Mira, Arrodillao! Si nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, dejémonos llevar por todas las corrientes -dicho lo cual, eyaculó con ruidosa satisfacción-. ¡Nuestro semen también va a dar al mar, Amargao!

El fumador dejó de fumar un momento, dejó de pasar las cuentas de su rosario e hizo un gesto como dando a entender que iba a decir algo. El personaje de la isleta se sentó con curiosidad en su roca, tras devolver con mucha dificultad su enorme falo a los límites del calzoncillo caqui.

-Un día, cuando aún vivía en la ciudad, pasé por delante de un banco en el que un indigente se había construido su refugio de cartón. Era pleno día y la ciudad tenía la actividad propia de nuestro contemporáneo mercado pletórico. Justo cuando pasé a su lado, noté un movimiento extraño a la altura de la cintura: miré un momento y vi que el hombre se estaba masturbando sin recato. Su mirada parecía perdida, en una extraña mezcla de concentración y ausencia. Justo cuando yo pasaba delante del indigente, una abuela hacía lo mismo en dirección contraria con sus dos nietas. Pero creo que ellas no se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo.

El personaje de la isleta estalló en una sonora carcajada.

-¿Y tú qué hiciste, Humillao? -preguntó con alegre curiosidad.

-Nada -respondió el fumador, antes dar otra chupada a su pipa-. Quería sentirme enfadado y decirle algo; ponerle en su sitio, o algo por el estilo. Suponía que era eso lo que debía hacer. Pero sólo era capaz de sentir una inmensa pena. ¿Qué infiernos tiene que haber conocido un hombre para actuar así…?

El ser de las cinco coletas se quedó mirando con repentina seriedad al fumador durante unos largos segundos.

-¡Qué profundo eres, Amargao! -estalló, antes de carcajearse nuevamente.

El fumador vació su pipa en el río, se puso el rosario al cuello y metió la escopeta en la funda que colgaba a un lado de la silla de montar. El galgo se alejó del río dando saltitos, siguiendo a su amo que ya cabalgaba entre los árboles.

El ser de las cinco coletas se quedó en el río, pescando a flechazos desde la isleta.

'Las tentaciones de San Antonio' (detalle), de El Bosco (entre 1500 y 1525)

‘Las tentaciones de San Antonio’ (detalle), de El Bosco (entre 1500 y 1525)

UN PUTO COBARDE

Los vio pasar en dirección a la clínica desde el banco en el que estaba sentado. Dejó caer el cigarro por el agujero de la lata de cerveza. Un humo mínimo escapó del interior.

Se levantó y se dirigió hacia ellos. Les alcanzó junto a las puertas acristaladas de la entrada.

-¿A qué venís aquí? -les preguntó de repente, asustándoles.

-¿Perdón…? -preguntó el otro.

-Que qué hacéis aquí -insistió.

El otro miró a la otra, miró hacia las puertas acristaladas y después volvió a mirar al inquisidor.

-¿Y a ti qué coño te importa? -dijo por fin.

-¿Venís a abortar? -les preguntó; para enseguida dirigirse sólo a ella- ¿Estás embarazada?

-¿Y a ti qué coño te importa? -volvió a repetir el otro.

-¿Estás o no estás embarazada? -insistió, ignorándole.

Ella miraba a ambos alternativamente, con la boca medio abierta.

-¿Y a ti qué cojones te importa? -volvió a decir el otro.

-A alguien le tiene que importar, ya que a ti no -respondió, mirándole a los ojos-. ¿Vas a matar a tu hijo? ¿Eso es lo que vas a hacer? ¿Matarás a tu hijo?

-Pero tú de qué coño vas -respondió el otro-. Ella va a hacer lo que le salga del coño. ¿Quién coño eres tú para decir lo que ella tiene que hacer con su cuerpo, vamos a ver?

-¿Tú eres el padre?

-¿Qué coño te importa?

-¿Eres el padre o no?

-¿Que qué coño te importa, te estoy diciendo?

-¿Ni siquiera te atreves a decir que eres el padre?

-¡Pues sí, soy el padre, qué pasa! Y la vengo a acompañar, para que no esté sola, ¿te parece mal?

-¿Para que no esté sola…? -imitó con sarcasmo- Eres todo un caballero, ¿verdad?

-¿Qué dices ahora? ¿Qué estás diciendo? ¿Qué cojones estás diciendo ahora…?

-Acompañas a esta muchacha para que maten a vuestro hijo y te crees que estás haciendo algo bueno -se acercó un poco más al otro, hasta que casi se tocaron sus narices-. No sólo eres un hijo de la gran puta; además eres completamente gilipollas.

El otro lanzó un puñetazo que golpeó torpemente su rostro, pero él se rehízo rápidamente para patearle con repetitivo frenesí en la cara exterior del muslo izquierdo.

-¡Por favor, no le pegue, por favor, no le pegue…! -gritaba la chica.

Se oye un frenazo brusco, un par de puertas que se abren y dos agentes de policía que corren hacia ellos. Consiguen separarlos a duras penas, pues insisten en lanzarse el uno contra el otro. Él es inmovilizado en el suelo, mientras la muchacha se agarra llorando a su compañero, completamente alterado y frotándose la pierna golpeada. Éste le explica al policía que han venido a la clínica y que ese tío no les dejaba entrar y no paraba de insultarles.

-¡Van a matar a su hijo! -grita él, la cabeza aplastada entre la acera y la rodilla del otro policía- ¡Agentes, hagan algo, van a matar a su hijo!

Los dos policías se miran, con una curiosa mezcla de sorpresa y aburrimiento existencial.

-Señor, le recuerdo que el aborto no está prohibido en este país -le explica el policía cuya rodilla estruja su cabeza.

-¡No nos vamos a joder la vida… somos muy jóvenes, hijo de puta! -grita el otro, casi tartamudeando; un hilillo de baba le cae desde una de las temblorosas comisuras.

-¡Claro que no vas a joder tu vida, cobarde de mierda! ¡Vas a joder la vida de tu hijo! ¡Vas a matar a tu hijo porque eres un puto cobarde! ¡Espero que Dios te dé una eternidad de dolor y sufrimiento, por tu puta cobardía asesina! ¡Eres un puto cobarde y no mereces el aire que respiras! ¡No eres más que un puto cobarde! ¡Y encima ella te tiene que dar las gracias por acompañarla a matar a vuestro hijo, verdad? ¡Eres un gran hombre porque acompañas al sacrificio de tus hijos a todas las mujeres que te follas! ¡Eres un puto degenerado y en cualquier país decente la policía me estaría ayudando a colgarte de una farola!

El policía inmovilizador le hace un gesto a su compañero, que se acerca con cara de fastidio; lo agarran entre ambos y lo van llevando hacia el coche patrulla. Él se resiste, tratando de girarse hacia la pareja.

-¡Muchacha! ¡Deja a ese cobarde de mierda! ¡Dale vida a tu hijo! ¡No lo mates! ¡Dale la vida a tu hijo! ¡No lo mates por ese puto cobarde, que no te merece! ¡No os merece!

Se cierra la puerta trasera. Los gritos quedan amortiguados. Arranca y se aleja el coche patrulla. Ella llora hipando, mientras el otro la abraza, junto a las puertas acristaladas de la clínica.

El policía que no conduce desbloquea su móvil, busca en los contactos y hace una llamada. Se pone el aparato en la oreja y espera.

-Nena, voy a llegar un pelín más tarde de lo que pensaba… Sí… No… Cuando salga de la comisaría te llamo, ¿vale?… Te quiero, hasta luego…

Cuelga. Mira hacia atrás. Suspira y vuelve a fijar la vista en la carretera.

Watchmen Rorschach

ALÉJATE DE MÍ, SEÑOR

Estuvo a punto de caer de bruces al entrar en la iglesia. Consiguió mantener un equilibrio inestable y se quedó de pie, la mirada desquiciadamente fija en el sagrario situado tras el altar. Recordó que tenía una lata de cerveza en la mano y con ebria torpeza la dejó en el suelo, junto a la pared.

No había nadie más. El silencio mantenía una armonía perfecta con la escasa iluminación de unas pocas velas.

Fue caminando con obligada lentitud hacia los primeros bancos y se dejó caer de rodillas en uno de ellos. Juntó las manos crispadas delante de su rostro y volvió a fijar la mirada en el sagrario.

-Déjame en paz, Señor… Te lo ruego, no me persigas más… Me siento tan solo… Y no me basta contigo, no me basta… No tengo amigos, no tengo amor. Todos me rehuyen. Les parece mal todo lo que hago o digo. Todo lo que Tú me ordenas hacer o decir. Por hacerte caso, estoy solo. Por tratar de cumplir tus deseos. No puede ser que resulte todo tan costoso… No quiero ser infeliz, no quiero quedarme solo. Quiero la compañía de los otros, quiero ser uno más. Quiero ser normal. Hacer lo que ellos hacen, hablar como ellos hablan, amar como ellos aman. No quiero más tu puerta estrecha, Señor… Por tu culpa, todos me desprecian. Y yo no puedo soportar más esta soledad. Necesito compañía; que alguien se preocupe por mí, con sus manos, con sus palabras, ¡con su cuerpo, con su cuerpo!… Pero cada vez estoy más solo. ¡Todos te ignoran, Señor! ¿Por qué no puedo yo también ignorarte?…

Su cabeza se inclinó, al tiempo que ascendía un sollozo.

-Dios mío, déjame ir…

El párroco lo encontró una hora más tarde, dormido sobre el banco en posición fetal.

Detalle de 'La borrachera de Noé', de Giovanni Bellini (alrededor de 1515)

Detalle de ‘La borrachera de Noé’, de Giovanni Bellini (alrededor de 1515)

I WOULD PREFER NOT TO

Al entrar en la casa de ella, lo primero que vio fue una reproducción del Cristo Crucificado de Velázquez. Se quedó pegado a la puerta recién cerrada, mirando la imagen con expresión de sorpresa tensa. Ella se dio la vuelta, mientras se iba despojando de bolso y abrigo, y se lo encontró allí, pasmado, con los ojos clavados en el cuadro.

-Es de mi abuela -explicó.

-¿Tu abuela vive aquí? -preguntó él, despertando del trance.

-La casa es suya, sí -contestó-. Pero pasa casi todo el tiempo en el pueblo. Así que no será ningún problema… -añadió, con sonrisa traviesa.

Se acercó, pero él hizo un apurado regate, disfrazándolo de movimiento para quitarse la cazadora.

-¿Te encuentras bien…? -preguntó ella.

-Sí, claro -dijo, mientras se quedaba de pie en medio del salón, las manos refugiadas en los bolsillos-. Perfectamente.

Ella se sentó en el sofá, dando a entender que otro tanto se esperaba de él. Con cierto retardo nervioso, también él ocupó su lugar en un extremo del mueble, el peso del cuerpo apenas reposando en el filo del cojín.

Se quedaron mirándose un buen rato. Ella sonrió. Él tragó saliva y de un respingo se sentó a su lado. En otro movimiento súbito, puso una mano en uno de sus pechos. Ella le miró con cierta ternura entretenida. Acercó su rostro para besarle y él, torpe, se fue dejando hacer. Ella se desnudó entonces de cintura para arriba. Él se quedó mirando sus pechos desnudos, con una mirada parecida a la que había puesto al descubrir el Cristo de Velázquez. Ella volvió a sonreír.

-Parece como si fueran las primeras que vieras en tu vida.

Él la miró con el rostro desubicado, trasluciendo el esfuerzo por ofrecer una respuesta adecuada.

-Oh, no, no… qué va… -dijo por fin-. He visto muchas… últimamente. En internet. En los últimos meses he visto toda la pornografía que he podido.

Acompañó este comentario con repetitivos asentimientos de cabeza, los cuales se fueron contagiando a su compañera, que ahora también le miraba con el rostro ligeramente atónito.

-Ajá -consiguió pronunciar ella-. ¿Te gusta mucho la pornografía?

Su cabeza se movió para negar, pero fue corregida por un repentino esfuerzo consciente.

-Una barbaridad -dijo-. Y la semana pasada pagué por los servicios de una meretriz.

Una sonrisa efímera crujió en los labios de ella.

-Vamos, que te fuiste de putas.

Él se quedó pensativo unos momentos.

-Sí, pero sólo con una…

Los dos se miraron durante unos segundos. Él se agarraba los brazos y ella se había olvidado de que estaba medio desnuda.

-¿Te gustó? -preguntó, con forzada curiosidad.

Un sonido lastimero escapó de su garganta, mientras buscaba la respuesta adecuada en algún lugar del techo.

-¿No serás gay? -volvió a inquirir ella, elevando un poco el tono, la cara ligeramente crispada.

-Oh, no, no, no, no… para nada, qué va -afirmó rotundamente.

Ella le miró un momento con suspicacia, antes de acercarse nuevamente a él.

-Bueno, pues enséñame entonces qué has aprendido viendo todos esos vídeos guarrindongos… -concluyó ella, tratando de forzar una voz pícara.

Pero él escapó entonces al extremo del sofá.

-Preferiría no hacerlo -dijo en un suspiro.

-¿Preferirías no hacerlo conmigo? -preguntó ella con los ojos muy abiertos.

Él asintió con la cabeza.

-Entonces, ¿para qué coño has venido?

-Para hacerlo contigo.

Volvieron a mirarse durante unos segundos. Ella cogió aire.

-Bueno… entonces, ahora qué ocurre, ¿se te han pasado las ganas? -preguntó, tratando de sonar paciente.

-No. No -se quedó callado, mirándose las uñas un instante-. Me había obligado a intentar hacerlo hoy contigo, pero… -otra mirada a las uñas-. Pero creo que, quizá, deberíamos conocernos antes… más. Mejor. No sé, pasear. Hablar, comentar los planes que tenemos para la vida. Ya sabes, ver si pensamos igual en las cosas importantes. Sobre cómo educar a nuestros hijos. Y después ya, casarnos. Y entonces, sí, hacerlo. Me apetece mucho, la verdad -terminó, con una sonrisa.

Ella le miró. Sus ojos tardaron un poco más de lo normal en parpadear. Cuando por fin lo hicieron, una carcajada se proyectó en el silencio denso del salón como si hubiese saltado la alarma de la casa: ocupando cada vértice, rebotando en cada sólido, disolviendo toda la materia alrededor de aquel sonido desesperado. Metáfora encarnada de una supernova en la que tiembla el cosmos.

Él vio asustado cómo ella se caía del sofá, retorciéndose en la alfombra, sin poder dejar de emitir aquella risa agónica.

Cuando consiguió calmarse, se quedó sentada en el suelo durante unos minutos, la espalda apoyada en la parte baja del sofá. Él no se atrevía a moverse, ni a decir nada; simplemente esperaba. Finalmente, ella se levantó, se volvió a vestir y, mientras se dirigía al interior de la casa, le dijo que se fuera.

Él recogió sus cosas y fue hacia la puerta. Antes de irse, miró de nuevo el cuadro. Hizo un gesto de fastidio y se marchó.

Velázquez

LA RAZA DE JANINE

Suena el despertador. Abre los ojos. Apenas hay luz.

Apaga el despertador. Un ligero mareo al sentarse. Mira hacia el otro lado de la cama, vacío. El perrito pide atención desde el suelo. Ella le mira, con sonrisa cansada.

Coge el móvil y se acerca al baño. Enciende el móvil mientras orina. El perrito, sentado, observa los dedos que se mueven sobre la pantalla.

Ella llora. El perrito da vueltas sobre sí mismo, nervioso.

En la cocina, descubre que aún queda pizza de la noche anterior. La tira a la basura. Se queda mirando los trozos de pizza que acaba de tirar. Llora otra vez, sin dejar de mirar la basura.

Sin desayunar, coge la correa; el perrito es incapaz de dejar de dar vueltas. Se le escapa algún ladrido.

El perrito mea y ella fuma. El perrito caga y ella fuma. El perrito da vueltas contento y ella se agacha para recoger sus excrementos en una bolsita de plástico. Al sentir el calor de la mierda en sus manos, llora.

Se seca las lágrimas, al notar la presencia de otro dueño de perro.

Se fija en el perro. Parece un galgo, pero hay algo raro en él. Apenas parece moverse. Se mueve como a empujones. Entonces se da cuenta de que le falta una de las patas delanteras. La izquierda. El galgo olisquea en el suelo y gira el cuello para mirar a su dueño. Ella también le mira.

El perrito hace amago de querer acercarse al galgo. Ella decide volver a casa.

Vuelve a mirar el móvil dentro del vagón de metro. Un hombre de unos setenta años le mira los pechos. Un adolescente también le mira los pechos. Una mujer de unos veinte años también le mira los pechos. Un par de jóvenes trajeados, de pie a su lado, se acomodan para poder analizar todo su cuerpo e intercambian comentarios en voz baja sin dejar de mirarla. Nadie le mira a los ojos. Ella se baja del vagón aguantando las ganas de llorar.

Sentada en su mesa, ordenador encendido, mirada perdida. Vuelve a buscar algo en su móvil que no encuentra. Deja el móvil y devuelve la mirada a ningún sitio.

Una mujer pasa por delante de su mesa.

-¿Vienes a desayunar? -pregunta.

Coge el bolso y la sigue sin contestar.

-¿Viste ayer a Joaquín? -pregunta, mientras se acerca el café a los labios.

Ella afirma con un leve movimiento de cabeza y da otra calada al cigarro.

-¿Qué tal? -vuelve a preguntar, tímidamente.

Ella hace un gesto vago.

-Follamos como locos -acaba respondiendo.

* * *

El galgo de tres patas daba saltitos por el descampado. Su dueño le seguía con pasos tranquilos, abstraído. El perrito se acercó al galgo, moviendo el rabo alegremente. Ella se dejó llevar por el impulso de su mascota.

-¿Qué le ocurrió? -pregunta ella, mientras se agacha a acariciar al perro.

-Creo que lo atropelló un coche -responde el dueño-. Lo encontré al borde de la carretera, sangrando. No sabía qué hacer, así que lo cargué en brazos, y fui preguntando por un veterinario, hasta que alguien me supo indicar. Le salvaron la vida, pero hubo que amputar la pata dañada.

-Y decidió quedárselo -añade ella-. ¿Le gustan los perros?

-No.

-¿Por qué se lo quedó, entonces? -preguntó, sin dejar de acariciar al perro, que se dejaba hacer, con los ojos cerrados.

-No sé -dijo el hombre-. Por ninguna razón en particular. Porque yo me lo encontré.

-Pues hizo muy bien -dice ella, levantándose-. Seguro que ahora le hace mucha compañía.

El hombre miró al galgo, que le devolvió la mirada.

-La verdad es que sí -confirmó, tras un momento de silencio-. A usted sí le gustan los perros.

Ella miró a su perrito, que corría contento alrededor del galgo.

-No me disgustan -dijo ella-. Me molesta más la soledad.

Se escuchó el paso de un coche por la carretera cercana. El sol se ocultaba en el horizonte. Ella se agachó de nuevo y volvió a acariciar al galgo. El perro le lamió la cara con timidez. Ella sonrió. También lo hizo el dueño del galgo.

* * *

Vigila el descampado desde su terraza, empalmando cigarrillos. Lista para salir a la calle: la correa del perrito y las llaves de casa al lado del cenicero. Cuando ve aparecer al galgo, sale apurada hacia la puerta. Al salir a la calle, aminora el paso; el perrito sigue corriendo hacia el galgo.

El hombre le saluda con una sonrisa. Y ella vuelve a hablar, donde lo dejaron la última vez.

-Creo que… soy… la mujer perfecta para él…

Una ligera brisa cruzó el descampado.

-Pero él no parece darse cuenta… -siguió, con voz temblorosa.

El hombre la miró como el que mira la ventana de una casa donde vivió tiempo atrás.

-Pertenece usted, por lo que veo, a la raza de Janine…

-¿Se burla de mí? -dijo ella, amagando tono de enfado.

-Para nada -se defendió-. Creo que es trágico.

-¿Quién es Janine?

-Un personaje literario, de François Mauriac -el hombre hizo gesto de esforzarse en recordar- …esas mujeres que tienen la enfermedad de la esperanza, que no se curan de esperar, esas que, después de veinte años, siguen mirando la puerta con ojos de perro fiel

Ella miró al galgo, que le aguantó la mirada sin ningún gesto.

-Yo creo que… la fidelidad es una virtud… -balbuceó ella.

-Yo también. Más aún la esperanza. Pero el escritor está hablando de su aspecto doloroso -la mirada del hombre se vació en el descampado-. Trágico.

-¿Ha conocido usted a muchas… Janine?

-Pues sí, la verdad… -dijo, como si se sorprendiera de su respuesta.

El perrito se empeñaba en arrastrar un palo mucho más grande que él.

-Yo sólo quiero que me amen como yo amo… -dijo ella, casi susurrando.

El hombre miró al horizonte. El galgo se acercó a ella dando saltitos y lamió una de sus manos.

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