TODESCO

“El resto del mundo se llamaba allí Europa, y cuando alguien viajaba Danubio arriba rumbo a Viena se decía que iba a Europa, Europa empezaba allí donde el imperio otomano terminaba antaño. La mayoría de los sefardíes tenía aún la nacionalidad turca. Siempre les había ido bien con los turcos, mejor que a los eslavos cristianos de los Balcanes. Pero como muchos de los sefardíes eran comerciantes adinerados, el nuevo régimen búlgaro mantenía buenas relaciones con ellos, y Fernando, el monarca que reinó durante muchos años, era considerado un amigo de los judíos.

Las lealtades de los sefardíes resultaban bastante complicadas. Eran judíos creyentes, para los que su comunidad religiosa significaba mucho y constituía, sin exagerar, el centro de sus vidas. Pero se creían judíos de un tipo especial, y eso tenía que ver con su tradición española. En el curso de los siglos, desde su expulsión, el español que hablaban entre sí había cambiado muy poco. Algunas palabras turcas había entrado en la lengua, pero eran reconocibles como tales, y casi siempre había también términos españoles para ellas. Las primeras canciones infantiles que escuché eran españolas, oí viejos romances españoles, pero lo más fuerte y para un niño lo más irresistible era el talante español. Con superioridad ingenua se menospreciaba a otros judíos, una palabra que siempre estaba cargada de desprecio era todesco, referido a un judío alemán o askenasi. Hubiera sido impensable casarse con una todesca, y entre todas las familias de las que de niño oí hablar o llegué a conocer en Rustschuk no recuerdo ningún caso de este tipo de matrimonio mixto.”

La lengua salvada, de Elias Canetti; DeBolsillo, 2012; pgs. 25-26.

Canetti